el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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sábado, 31 de julio de 2021

ESSENTIAL X-MEN Vol.8

Esta semana pude leer un solo libro, pero es un masacote de casi 550 páginas, así que está muy bien.
Y sí, llegué a ese momento que yo siempre señalo como el punto ideal para bajarse de X-Men y X-Factor, por lo menos hasta que llegue Grant Morrison a New X-Men. Si sos muy fan de los X-Men clásicos (tanto los de Stan Lee y Jack Kirby como los de Chris Claremont, Len Wein, Dave Cockrum, John Byrne y familia), acá está ese punto clave (la saga de Inferno) en la que Claremont y Louise Simonson cierran un montón de puntas argumentales, atan cabos y le ponen un moñito precioso a los primeros 25 años de este concepto segundón de los ´60 ascendido a franquicia en los ´80. Lo que viene después es ostensiblemente inferior a lo que nos ofreció Claremont hasta este punto, y si bien en su momento lo seguí leyendo, no es algo que me interese tener o releer. Post-Inferno banco a Louise Simonson en New Mutants, alguna saguita de Claremont en Excalibur, y por ahí alguna aventura de la revista solista de Wolverine. Pero sin dudas con Inferno se cierra la Era de Oro de los mutantes, y cuanto más nos acercamos a 1990, más avanzamos hacia una caída muy marcada en la calidad de Uncanny X-Men y X-Factor, y al viraje bestial de New Mutants hacia la ilegible X-Force. Ojo, este tomo tampoco está al nivel demoledor del anterior. Hasta que llegamos a Inferno, Claremont nos inflige un par de sagas que sin ser chotas, ya muestran signos de estiramiento al pedo y de un cierto desgaste por parte del veterano guionista. Sobre todo en esa trilogía contra los Brood, que no tiene pies ni cabeza. El arco contra los Reavers dentro de todo zafa, excepto por ese final absurdo en el que los X-Men se proponen devolver TODO lo que habían robado estos criminales a sus dueños originales, en un operativo al estilo Papá Noel, en la noche del 24 de Diciembre. Un argumento pueril, e insostenible. Pero como siempre, Claremont te entretiene con el buen manejo de los vínculos entre los personajes, diálogos copados y un gran nivel en los bloques de texto. También antes de Inferno tenemos un Annual con dos historias, una en la Savage Land con el High Evolutionary (también con los diálogos y los vínculos como principal atractivo) y una muy graciosa contra Mojo, totalmente en joda, que no es genial, pero casi. Y también la saga de Genosha, oscura, intensa y un toque estirada. El final es apoteótico. Cinco números de Uncanny y cuatro de X-Factor contra los demonios del limbo, los Marauders, N´astyrh, el enigmático Mr. Sinister y la mismísima Madelyne Pryor, ahora transformada en Goblyn Queen. Son muchas páginas y la verdad es que los malos desaprovechan demasiadas oportunidades de hacer boleta a los buenos. Pero es una narración atrapante, todo el tiempo pasan cosas fuertes, y los guionistas te convencen de que lo que está en juego es realmente grosso. Al pobre hijito de Scott y Madelyne lo revolean como al guantelete del infinito en Avengers: Endgame, los buenos se pelean entre ellos y hasta hay cosas que no se entienden si no leés los episodios de New Mutants que este libro no incluye (por suerte tengo las revistitas). Pero lo realmente importante es que acá se pasan en limpio un montón de temas pendientes, acerca de Madelyne, Jean Grey, el Phoenix, los hermanos Summers… y además tenemos machaca a gran escala contra villanos de inconmensurable poder, algún que otro giro imprevisto y un final bien orquestado, donde no te sentís estafado sino satisfecho a tal punto que –repito- podés decir “chau, hasta acá llego”, sin sentir que quedan cuentas por saldar. En el primer número de este Essential (Uncanny nº 229) la diosa Roma les propone a los X-Men atravesar el portal Siege Perilous y empezar una nueva vida. Le dicen que no, y se quedan a protagonizar estos 15 episodios (y el Annual) que acabamos de comentar. Un par de meses después de Inferno le van a decir “bueno, dale” y el resultado va a ser muy negativo. Pero no vamos a entrar en esa etapa. En cuanto a los dibujantes, hasta el momento de Inferno tenemos una alternancia entre Marc Silvestri (que me resultó bastante más limitado que cuando leí este material en los ´80) y Rick Leonardi, mejor que Silvestri, más suelto, más plástico, pero todavía lejos de su mejor nivel. En el Annual tenemos un montón de páginas dibujadas como los dioses por el siempre brillante, sutil y exquisito Arthur Adams. Y en la saga de Inferno vemos a Silvestri esforzarse un poco más en las páginas de Uncanny (de hecho, hay un número en el que el dibujo realmente me gustó, quizás porque en vez de Dan Green lo entinta Hilary Barta), y perder por goleada en la comparación con el dibujante de X-Factor, que no es otro que el maestro Walt Simonson. Con la posibilidad de dibujar poquísimos fondos, Simonson nos brinda un trabajo sublime en los cuerpos y los rostros, al nivel de trabajos monumentales onda X-Men/ Teen Titans. Las tintas de Al Milgrom complementan a la perfección el trazo dinámico del maestro, que le impone emoción a la acción y una profundidad genuina a las escenas más introspectivas. Por supuesto, la posibilidad de disfrutarlo en blanco y negro también potencia el impacto del dibujo de Simonson. Si no tenés la menor idea de quiénes son los X-Men, o de por qué personajes como Wolverine, Storm, Colossus, Nightcrawler, Cyclops o Jean Grey se ganaron un lugar en la cultura de masas a nivel planetario, los primeros ocho Essentials de X-Men te explican todo de un modo magnífico. A lo largo 14 años, Chris Claremont y sus dibujantes pusieron la vara tan alta que ni ellos la volvieron a alcanzar. Y en el medio redefinieron el concepto de qué es y cómo funciona un grupo de superhéroes. Una gloria. Nada más, por esta semana. Nos reencontramos el finde que viene, acá en el blog.

sábado, 23 de enero de 2021

17 al 23 de ENERO

Llegó ese momento del finde en el que me siento a reseñar los libros que leí durante la semana. Arranqué tranqui, con un masacote de 560 páginas. El Essential X-Men Vol.7, con altas papongas de los años 1986-88. En materia de dibujantes, esta etapa de Uncanny X-Men muestra cómo de a poco Marc Silvestri evoluciona de clon apenitas más moderno de John Buscema hacia un dibujante más personal, más influenciado por Arthur Adams. Se ve que Dan Green (el entintador titular de esta serie) entendía perfectamente a dónde quería ir Silvestri, porque lo complementa muy bien. Y también se ve que la coordinadora (Ann Nocenti, genia y figura) no dejaba que el dibujante se jugara todo a la espectacularidad y dejara en segundo plano la claridad y la fluidez del relato. Además, hay varios números con suplentes de muy buen nivel, como Kerry Gammil, Bret Blevins. Rick Leonardi o Jackson Guice, y un par realmente de lujo, como Alan Davis y Barry Windsor-Smith. El tomo también incluye dos Annuals, uno dibujado por Davis (que se luce infintamente más en blanco y negro) y otro por el ya citado Art Adams, también infernal, con un entintado preciosista de Terry Austin. Y además tenemos los cuatro números de la miniserie Fantastic Four vs. X-Men, donde Austin entinta a Jon Bogdanove. No es un mal combo, pero en el contexto del resto de los dibujantes, queda un poco atrás. Los guiones de Chris Claremont están muy bien, llevan hacia adelante la serie de modo muy armónico, con una dirección clara, en la que no se notan volantazos bizarros. El gran defecto es que, al igual que en el tomo anterior, Claremont ya no cuenta la historia de los X-Men, sino la de Storm, Wolverine y sus amiguitos. Esta es la etapa en la que, tras las bajas sufridas en la Mutant Massacre, el grupo salea buscar refuerzos, y entran casi de golpe cuatro personajes nuevos. Ninguno llega a opacar en lo más mínimo a Logan y Ororo, incluso cuando esta última se aleja del equipo para vivir una extensa aventura que va a terminar con la recuperación de sus poderes, justo a tiempo para Fall of the Mutants. Claremont narra la historia de Storm a modo de un sub-plot de largo aliento, y me da la sensación de que se disfrutaría más si fuera una novela gráfica o un one-shot por afuera de la serie, en vez de diluída, cortada en fetas entre tantos números. Fall of the Mutants es lo más flojo del tomo. El villano no tiene mucha explicación, la resolución es medio frutera (como cada vez que Claremont recurre al personaje de Roma), y por ahí lo más atractivo es ver a Colossus de nuevo en acción. Ah, no, pará: el guión del Annual 11 (el que dibuja Alan Davis) es groseramente peor que el de Fall of the Mutants. Un verdadero delito a mano armada. El resto está muy bien, con algunos momentos sobresalientes. Varios de ellos están en la miniserie con los Fantastic Four, que me volvió a impactar como la primera vez, primero porque casi no hay machaca, y segundo por lo bien que escribe Claremont a los FF, sobre todo a Reed, Sue, Ben y Franklin. Estuvo muy bueno el reencuentro con todo este material, que había leído numerito a numerito en mi ya lejana adolescencia, cuando era un adicto a los títulos mutantes que todos los años se clavaba 15 o 16 dosis de Uncanny X-Men. Este año le entro seguro al Vol.8.
Y también leí el Vol.3 de Ryuko, el manga de Eldo Yoshimizu que acá publica Buen Gusto. De nuevo, me masacró con el dibujo, con la cantidad de técnicas que emplea sin salir nunca del blanco y negro, cómo cambia de estilo según la secuencia, cómo te va del dibujo despojado y lineal a una sobrecarga de rayitas, rayones, manchas y texturas totalmente barroca, y de un poder expresivo devastador. Yoshimizu es un virtuoso del dibujo que no para de sorprenderme, desde la puesta en página y los ángulos que elige, hasta cómo dibuja las onomatopeyas. Todo es cada vez más extremo, más personal, más genial. El guion… creo que se enroscó demasiado, que le sobran personajes, que está mucho más pensado como novela gráfica que como serie, con lo cual se debe disfrutar mil veces más leído todo de un saque que cortado en cachos y con las largas pausas que estoy clavando yo entre tomo y tomo. Hay personajes realmente atractivos, pero la runfla se espesó demasiado, me parece. Y ya desde la primera vez que los enemigos de Ryuko la rodearon con varios chumbos y en vez de matarla se pusieron a conversar, perdí un poco el interés. De todos modos, hasta prestándole poca atención, el manga te scaude con algunos momentos de acción de tremenda potencia y con algunos momentos intimistas (como el de Ryuko y su mamá cuando caminan bajo la nevada) resueltos con gran destreza narrativa. Eldo Yoshimizu es uno de los tantos mangakas a los que les vendría bárbaro trabajar con guionistas, pero su labor en la faz gráfica es tan hipnótica, salta al vacío tantas veces, que creo que le compro cualquier garcha que le editen. Nada más, por hoy. La semana que viene, nuevas reseñas. Gracias y hasta entonces.

lunes, 10 de agosto de 2020

ESSENTIAL X-MEN VOL.6

A lo largo de varios días, fui recorriendo de a poco este tremendo masacote de 656 páginas, que desemboca nada menos que en la Mutant Massacre, el primer crossover entre los títulos de la línea X-Men, que para este entonces (1986) ya contaba con tres series mensuales. El tomo arranca en 1985, con el nº 199 de Uncanny X-Men, con Chris Claremont muy concentrado en darle chapa a Rachel, un personaje que finalmente se sacará de encima pocos números después en circunstancias medio frutihortícolas. Acá también termina de darle relieve al plot de Freedom Force y justo cuando está todo listo para un nº 200 memorable, calzan el New Mutants Special y el X-Men Annual 9, más de 100 páginas con los mutantes en Asgard, totalmente descolgadas del resto. Esa saga es gloriosa, quizás lo más redondito a nivel desarrollo de personajes de toda la Era Claremont, y ya la reseñamos allá por el 24/08/11, cuando tuve la desgracia de leerla a color. Y después sí, de Asgard nos vamos a París, para presenciar el juicio a Magneto, y la despedida (nunca definitiva) del Profesor Xavier, que se va al espacio con Lilandra y los Starjammers. La movida de poner a Magneto a cargo de la escuela de Xavier se va a sentir mucho más en la revista de los New Mutants que en la de X-Men, donde el Amo del Magnetismo va a aparecer poco y en un rol menor. Los protagonistas de esta etapa son –por mucha diferencia- Wolverine y Storm, mientras que el resto apenas acompaña. Para darle chapa a Storm, Claremont se deshace de Cyclops de un modo por lo menos polémico, pero claro, se venía X-Factor y Scott tenía que estar en esa revista, donde era imposible reemplazarlo. Colossus, Nightcrawler, Rogue y Kitty tienen roles bastante secundarios y Rachel ocupa el centro de la escena hasta el nº 209, donde se esfuma sin dejar rastros. El número anterior, el 208, fue el primero que me compré en la adolescencia, el que me decidió a seguir todos los meses Uncanny X-Men y a aspirar a completar la colección para atrás, algo que pude hacer varias décadas después gracias a los gloriosos Essentials. El 210 es un número bien de transición, donde por primera vez los lectores de X-Men nos enteramos que existe X-Factor. Y de ahí hasta el final del mega-broli, tenemos toda la Mutant Massacre, con tres números de Uncanny, tres de X-Factor, uno de New Mutants, uno de Power Pack y ¡dos de Thor!. Esto es muy interesante, porque muestra lo minuciosa y lo ajustada de la coordinación entre las revistas que llevaba adelante Ann Nocenti. Los personajes y la trama pasan de una revista a otra sin tropiezos, todo se explica para que si leías sólo Thor o sólo X-Factor entendieras absolutamente todo lo que estaba pasando (aunque la resolución no va a estar en esas revistas, sino en Uncanny) y hasta tiene la misma escena vista de dos puntos de vista distintos (escrito por distintos guionistas), uno en un título y otro en otro, obviamente publicados el mismo mes. El argumento en sí es muy básico, y deja más preguntas que respuestas, pero está bueno porque le pega sacudones violentos tanto a los X-Men como a los X-Factor. Una pena que a este experimento le haya ido tan bien que Marvel decidió repetirlo una y mil veces, hasta que ya los cruces entre revistas fueran un obstáculo para disfrutar la lectura de los comics de mutantes. En materia de dibujantes, acá tenemos la despedida (por un tiempo) de John Romita Jr., que venía militando y mejorando grosso en Uncanny X-Men hacía unos cuantos números. Entre suplentes e invitados están (agarrate fuerte) Barry Windsor-Smith, Alan Davis, Rick Leonardi, Brett Blevins y June Brigman. En la saga de Asgard tenemos las que quizás sean las páginas más gloriosas de Arthur Adams. En X-Factor, dos de los tres números los dibuja Walt Simonson prendido fuego (con guiones de su esposa Louise). En Thor está Sal Buscema en su mejor momento. En New Mutants, dibuja Butch Guice y entinta Kyle Baker. Y en Power Pack, Louise Simonson ya trabajaba en equipo con Jon Bogdanove (quien va a ser su compañero muchos años en Superman: The Man of Steel), acá mucho más sobrio, mucho menos grotesco que cuando desembarque en DC. O sea que en cuanto a la calidad gráfica, el Essential nos tira un combo realmente demoledor. Ya en el próximo tomo, sin Romita Jr. (que se iba para consagrarse definitivamente en Daredevil), me imagino que habrá más altibajos. Pero este tramo es maravilloso y en blanco y negro se disfruta mucho más que con esos colores espantosos que le ponían a los comic-books de los ´80. Brillante lo de Chris Claremont, y obviamente lo de Ann Nocenti, para jugar a pleno con una franquicia cuyo éxito se empezaba a descontrolar, pero que acá se expande de modo consistente, atrapante, con ideas arriesgadas y con la generosidad que hace falta para que otros guionistas vengan y se sumen al juego y lo enriquezcan. Tan arriba estaba Claremont en este punto, que hasta hace interesantes los tie-ins con la insostenible Secret Wars II. ´Nuff said. Y nada más, por hoy. Estén atent@s, que pronto nos reencontramos con nuevas reseñas, acá en el blog.

lunes, 9 de marzo de 2020

ESSENTIAL X-MEN Vol.5

El viernes me tocó un viaje infinito a la Loma del Orto y aproveché para devorarme un tomo bestial, con 632 páginas de Uncanny X-Men en majestuoso blanco y negro. Este tomo (continuación directa del que vimos hace justo seis meses, el 09/09/19) trae material de los años 1984 y 1985, un momento en el que Uncanny X-Men ya estaba afianzada como la revista más taquillera de la época más exitosa de Marvel, en la que alcanzó una hegemonía tan absoluta que dos de cada tres comics que se vendían en EEUU salían de la Casa de las Ideas. El maestro Chris Claremont, a esta altura una estrella casi al nivel de Stan Lee, se daba cuenta de que una hinchada gigantesca seguía a esta serie (y a New Mutants) pasara lo que pasara, un poco por los personajes y un poco por él. Y en algún momento entiende también que esta hinchada es muy fiel y muy erudita. Ya no hace falta que los personajes expresen en los diálogos quiénes son y qué poderes están usando, no hace falta explicar quiénes son Lee Forrester, o Raven Darkholme, o cómo funciona el Hellfire Club. Esto, por supuesto, hace que los guiones sean cada vez más ágiles, y que -cuando Claremont se decide a mandar sus clásicos masacotes de texto- estos vayan para otro lado, cumplan otra función.
Los primeros diez episodios de este Essential (nºs 180 al 189) podrían llamarse Storm y sus Amigos. Todo, absolutamente todo gira en torno a Ororo, su personalidad, los cambios en su aspecto, en su actitud, en su forma de vincularse con el resto del elenco de la serie, y por supuesto en torno a su inmenso poder, su chapa, su belleza y su nobleza sin límites. El nº180 es tremendo en este sentido. Claremont se mete en la piel de Storm como nunca antes un guionista se había metido en un personaje y de ahí salen los diálogos y las escenas más profundas y conmovedoras que recuerdo haber leído en un comic hasta ese entonces. Rogue y Colossus tienen sus momentos, Nightcrawler y el Profe mojan de vez en cuando con algún momento copado, Kitty y Wolverine aparecen poco y nada y el resto del espacio Claremont se lo dedica a los personajes nuevos (Rachel, Forge, Selene) y al plot que avanza por detrás de las aventuras que es (como en el Essential anterior) el de la formación de la Freedom Force.
Los nºs 190 y 191 son bastante flojitos (esa lucha medio Elseworldesca contra Kulan Gath, que Kurt Busiek repetiría en Avengers unos años después casi sin cambiarle una coma), el 192 es un prólogo a una saguita (la de Magus) que se desarrollará en New Mutants, el Annual 8 es una huevada completamente intrascendente y después tenemos los dos numeritos con Alpha Flight, de los que ya hablé bastante en la reseña del 24/08/11.
El nº193 es un episodio doble, ya con Kitty y Logan de regreso para reforzar un elenco que había quedado muy reducido, y una historia muy fuerte. A partir de ahí tenemos otros cuatro episodios bastante autoconclusivos, entre ellos el obligado crossover con Secret Wars II del que Claremont sale muy bien parado. Y el tomo cierra con el nº198, secuela al glorioso nº186, con el reencuentro entre el guionista y Storm, su personaje fetiche, al que lleva de regreso a África para una historia absolutamente emotiva, sin buenos, ni malos, ni machaca entre muchachos superpoderosos, a años luz de lo que podías leer en 1985 en cualquier comic de Marvel o DC con la excepción de Saga of the Swamp Thing.
Estos dos numeritos “solistas” de Ororo cuentan con los dibujos del inconmensurable Barry Windsor-Smith, en un nivel superlativo. Y mejorado ampliamente al republicarse en blanco y negro. El Annual 8 lo dibuja Steve Leialoha (bien, más que aceptable), la mini con Alpha Flight la dibuja Paul Smith (de nuevo, ver reseña del 24/08/11) y todo el resto está dibujado por una dupla excelente, nunca valorada en toda su dimensión: John Romita Jr. en lápices y Dan Green en tintas. Claro, te ponen al lado a Barry Windsor-Smith y parecés un choto, hagas lo que hagas. Pero de verdad, JRJr y Green dejan el alma en cada página. Acá hay emoción, hay power, hay buenas ideas narrativas y recursos muy efectivos para que el relato no se desplome bajo el peso de los masacotes de texto que cada tanto disparaba Claremont. Este JRJr todavía joven no tenía la elegancia de Paul Smith ni la chispa de John Byrne, pero a la hora de contarte la historia, te agarraba de la… garganta en la primera viñeta y no te soltaba hasta el final.
En síntesis, gran época para Uncanny X-Men, con un equipo creativo muy estable y afiladísimo, invitados de primera línea y una coordinadora, la querida Ann Nocenti, con las riendas bien firmes como para que el éxito no se les fuera de control. Eso va a pasar, claro, pero más adelante.
Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.


lunes, 9 de septiembre de 2019

ESSENTIAL X-MEN Vol.4

Otro viaje largo y otro Essential que le escapa a la eterna pila de las lecturas pendientes.
Sigo redescubriendo la seminal etapa de Chris Claremont en Uncanny X-Men, ahora en glorioso blanco y negro. El tomo arranca en el medio de una extensa saga en el espacio, que coincide con los últimos numeritos que dibuja Dave Cockrum y el debut del genial Paul Smith. No es ni en pedo la mejor saga de los X-Men, pero Claremont te entretiene con los sacudones que le pega a Carol Danvers, y con el subplot que deriva en la formación de los New Mutants. A partir del nº167 de Uncanny todo sucede en paralelo a ese segundo título y no fueron pocas las veces que tuve ganas de echarle mano a las revistitas de New Mutants y leerlas una vez más.
El Essential incluye también la graphic novel God Loves, Man Kills, un tremendo alegato de Claremont contra el neo-fascismo de la era de Ronald Reagan y la hipocresía nivel Dios de los pastores mediáticos que llenaban las pantallas con verdades sumamente discutibles presentadas como dogmas absolutos. El dibujo estuvo a cargo de Brent Anderson y sí, no sólo se ve anticuado y con poca onda, sino que el traspaso del color directo a blanco y negro tiene menos aciertos que la gestión de Mauricio Macri.
Y después de eso, el tomo se pone bestial: viene el arquito de los Morlocks, la panquequeada de Rogue, el frustrado casamiento de Wolverine y Mariko, el misterio de Madelyne Pryor, el inicio del plot que va a terminar con la formación de la Freedom Force… una idea grossa atrás de otra, salpicadas con la incorporación de un montón de personajes nuevos, muchísimo desarrollo para los que ya estaban (Storm y Cyclops son los que más cambian a lo largo de estos episodios), larguísimas escenas (números enteros) en los que no vuela un sopapo, un lujo atrás de otro. Sumémosle el trazo de Paul Smith, elegante, fluído, potente, expresivo, con momentos de altísimo vuelo en la planificación de la página, y estaremos frente a una etapa realmente memorable de la serie.
Lo más flojo debe ser ese Annual 100% en joda con el Impossible Man, que no se va al descenso gracias a la magia que tira Michael Golden en el dibujo. Acá están las viñetas de Golden que marcarían a fuego a Arthur Adams, un homenaje a Jim Steranko y un montón de secuencias zarpadísimas. Después llega John Romita Jr. a reemplazar a Paul Smith, y empieza el casting para encontrarle un entintador que logre ensamblarse bien con el estilo de esta bestia en ciernes, que ya se parecía poco a lo que había mostrado en Spider-Man, Dazzler y Iron Man. Bob Wiacek (el entintador de Smith) no le encuentra la vuelta, John Romita Padre convierte los dibujos de su hijo en dibujos suyos, Brett Breeding también lo tapa mucho y finalmente será el maestro Dan Green el que se convierta en el complemento ideal de Romita Jr., por lo menos hasta que se vaya a Daredevil y forme equipo con el inigualable Al Williamson.
Entre una cosa y otra, el Essential cubre hasta el nº179 (marzo de 1984), o sea que me queda por delante por lo menos un Essential más antes de que Uncanny se empiece a empantanar con crossovers medio falopa y empiece a cambiar de dibujante cuatro veces por año. Estos son años de gloria para la serie insignia de lo mutantes, con un guionista que no sólo te entretenía, sino que te dejaba pensando, te bajaba línea y no paraba nunca de abrir nuevos plots y subplots para tenerte todo el tiempo recontra-adicto a la serie. Hoy que estamos todos al hiper-palo con el relanzamiento del maestro Jonathan Hickman, no está mal bajar un cambio, mirar un toque para atrás y volver a maravillarse con las proezas ochentosas de un Chris Claremont hoy bastante olvidado, pero que hace 35 años estaba en un nivel superlativo, muy a la vanguardia de lo que era el mainstream superheroico de esa época.
Tengo más Essentials de X-Men sin leer, pero los cuelgo hasta el año que viene, para no aburrir.

Gracias a todos los que se acercaron a saludar en la Universidad de Palermo y en el Docta Comics, y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

martes, 23 de julio de 2019

ESSENTIAL X-MEN Vol.3

Un año y puchitos después de haber leído el Vol.2 (ver reseña del 11/07/18) vuelvo a la carga con esta relectura de toda la etapa de X-Men a cargo del maestro Chris Claremont.
Este tomo recupera los nº 145 al 161, el grueso de la segunda etapa de Dave Cockrum como dibujante de la serie, allá por 1981-82. El trabajo de Cockrum es desparejo, con excelentes primeros planos, aceptables planos medios y desastrosas pifias cuando tiene que dibujar a los personajes de cuerpo entero tomados de lejos. El entintado elegante y algo sobrecargado de Joe Rubinstein lo levanta mucho, pero cuando lo complementan las tintas de Bob Wiacek, las limitaciones de Cockrum quedan mucho más expuestas. En los episodios en los que Cockrum descansa y en los Annuals tenemos algunos suplentes interesantes: un temprano Bill Sienkiewicz que se empieza a despegar de a poquito de Neal Adams y pela chapa de campeón, un Brent Anderson todavía un poco tímido (mucho mejor en el Annual 5 que en el nº 160, el siempre eficaz Bob McLeod y un primerizo John Romita Jr., bastante rústico, al que las tintas de McLeod y su solvencia para la narrativa gráfica ayudan a salir bien parado. O sea que, sin ser catastrófica, la faceta visual de este Essential está bastante por debajo de la del Vol.2, donde la dupla integrada por John Byrne y Terry Austin nos dejaba algunas de las mejores páginas publicadas por Marvel en sus primeros 20 años de historia.
Vamos a los guiones, a ver qué tiene para ofrecernos Chris Claremont. Lo primero que me llamó la atención es la CERO CHAPA que tiene Wolverine. Nadie que lea este Essential puede siquiera imaginarse que pocos años después el petiso canadiense sería una figura central del Universo Marvel. Acá está groseramente pintado al óleo. Nightcrawler no tiene mucho más protagonismo, excepto por uno de los Annuals, que gira en torno a su origen. Colossus aporta un poquito más, Cyclops tiene unas cuantas escenas memorables en esos números en los que reaparece Corsair y le blanquea que en realidad es su padre, y la chapa grossa, los roles realmente importantes, Claremont se los reserva a Storm y Kitty Pryde, lejos los personajes que más se desarrollan a lo largo de estas 528 páginas. Con Kitty, el guionista juega a que los lectores jóvenes se sientan identificados, y con Ororo, juega a plantarte al Personaje Perfecto, la heroína recontra-poderosa, valiente, solidaria, piadosa, afectuosa con los compañeros, racional y disciplinada en los combates, un monumento a la belleza, la nobleza y la magnificencia.
Pero además, no conforme con poner el foco sobre Kitty y Storm, Claremont no para un segundo de sumar personajes femeninos fuertes: acá reaparece (y tiene mucho desarrollo) Carol Danvers, aparecen también Dazzler, Spider-Woman, Tygra, Rogue (todavía como villana), Stevie Hunter, Moira McTaggert, Margali Szardos, Gabrielle Haller, Lee Forrester, Lilandra, Polaris, Deathbird… Incluso acá vemos el sacudón místico que conviere a Illyana Rasputin en una chica de 13 años, y tenemos un Annual con los Fantastic Four como invitados en el que Sue Richards se luce muy por encima de Ben, Johnny y Reed. Y por supuesto, la omnipresente sombra de Jean Grey. Claremont se hacía absoluto cargo de lo extrema que había sido la decisión de boletear a Jean, y cada vez que puede explora las consecuencias de aquel monumental suceso. Me queda claro que el guionista tenía como prioridad reforzar la “rama femenina” del Universo Marvel, empezando obviamente por el título más exitoso de la casa, que para 1982 ya era Uncanny X-Men.
Las historias en sí… hay mejores y peores. Algunas medio pavotas, otras medio bizarras, otras más jugadas, pero siempre con los personajes como eje principal, nunca como engranajes reemplazables. Como siempre cuando leo material de los ´80, me asombra la cantidad de texto que metían los guionistas, repartidos entre bloques de texto, diálogos y los (hoy casi extintos) globos de pensamiento. Claremont te metía en 22 páginas una cantidad de palabras que en los comics de hoy resulta impensable. Hoy se narra de un modo más visual, con la acción desparramada en muchas más páginas para que la imagen tenga más peso, más responsabilidad a la hora de llevar adelante las tramas y explicar lo que haga falta explicar. Y como hoy los guionistas escriben pensando en el TPB, no tenemos al incio de cada episodio esa breve recapitulación de lo que había sucedido en el anterior, tan típica de la época en la que los comics eran sólo revistitas individuales, nunca TPBs, ni Essentials, ni Omnibus, ni nada.
Prometo para este año por lo menos un Essential más de Uncanny X-Men, en el que veremos cómo se expande la franquicia mutante y cómo Paul Smith asciende meteóricamente al Olimpo de los dibujantes de superhéroes.

Gracias por estar ahí y nos reencontramos pronto, acá en el blog.

martes, 18 de diciembre de 2018

ESSENTIAL IRON FIST

Otro viaje largo, otro Essential al buche.
Este maravilloso masacote de casi 600 páginas recupera todas las apariciones solistas de Iron Fist desde su debut en el nº15 de Marvel Premiere hasta el punto en que se forma la dupla con Power Man, en el nº50 de la revista de este último. En total son 31 episodios, una animalada.
Al principio, la serie de Iron Fist en Marvel Premiere es tan errática como cualquier otro comic de superhéroes publicado por Marvel a mediados de los ´70. En las primeras ocho apariciones meten mano cuatro guionistas y tres dibujantes, en un desfile bastante caótico. Sin embargo, esos ocho episodios iniciales narran en profundidad el origen de Iron Fist, delinean una misión, un sentido para el personaje y llegan a un final (en el nº 22, escrito por Tony Isabella) que bien podría haber sido definitivo. Si nunca más volvía a aparecer Daniel Rand después de ese cierre, estaba todo bien, nadie se podía sentir defraudado. Y además, los tres guionistas que suceden a Roy Thomas (autor de la primera aparición de Iron Fist) conservan el principal hallazgo del guionista inicial: los bloques de texto escritos en segunda persona, en los que el narrador omnisciente le habla no al lector, sino al propio Iron Fist. Un recurso narrativo de inmenso potencial y sumamente efectivo… que ya había puesto en práctica unos años antes nada menos que Héctor G. Oesterheld en las aventuras de Argón, uno de los personajes que le tocó escribir en su paso por Columba.
Lo cierto es que en el nº22 de Marvel Premiere la saga de Iron Fist no se terminó, sino que encontró a partir del número siguiente a quien sería su guionista definitivo, a cargo del personaje durante varios años: el maestro Chris Claremont, que en ese mismo momento la estaba rompiendo en X-Men. Los dos primeros episodios de Claremont son flojitos, poco trascendentes, pero a partir del tercero, justo cuando forma equipo por primera vez con un joven John Byrne, empieza a levantar vuelo, a tomar lo mejor que le dejaron los guionistas anteriores y combinarlo con ideas nuevas. Siempre habilidoso para escribir personajes femeninos, Claremont le da mucha bola a Coleen Wing y Misty Knight, reformula villanos tomados de otras series y de los back issues de Marvel Premiere y crea a algunos nuevos, entre ellos al celebérrimo Sabretooth. 
¿En qué falla Claremont, o por qué Iron Fist nunca levanta la temperatura que levantaron sus X-Men? Porque lo mantiene siempre a un nivel urbano, con alguna aventura más internacional, pero sin esa dimensión épica que –en sus mejores momentos- va a cobrar Danny Rand una vez formada la dupla con Luke Cage. Estas son aventuras de barrio, con fuerza dramática, con un héroe de apenas 19-20 años que tiene mucho que aprender y mucho que replantearse, pero sin mayores consecuencias y sin siquiera meterse en temas relevantes a nivel socio-político. Apenas hay una referencia no demasiado explícita a la guerrilla irlandesa en Inglaterra y no mucho más.
Los dibujantes anteriores a Byrne son el maestro Gil Kane (a un nivel demoledor), Larry Hama (por entonces asistente de Neal Adams, encima entintado por Dick Giordano, que también compartía estudio con Adams y colaboraba con él en varios proyectos), un muy tosco Arvell Jones y un Pat Broderick con mejores intenciones que resultados. Y después tenemos el privilegio de ver evolucionar episodio a episodio a John Byrne, quien -en las páginas de Iron Fist- pasará de dibujante primerizo recién llegado a las “ligas mayores” a monstruo legendario.
Al principio lo entinta un tal Al McWilliams, que lo achata, lo hace parecer un dibujante mucho más clásico, una especie de Russ Manning con menos onda. Le va a ir un poco mejor cuando lo entinte Frank Chiaramonte y va a llegar a su mejor momento al final de la serie de Iron Fist, cuando las tintas estén a cargo del veterano maestro Dan Adkins, al que le sobra oficio para tapar las ya poquísimas cagadas que se mandaba Byrne. En el número final de Iron Fist y en la trilogía que desemboca en la Power Man & Iron Fist nº50, el gran Dan Green se caga bastante en Byrne, lo tapa considerablemente al poner su sello personal. Pero nada te prepara para los dos numeritos de Marvel Team-Up, en los que Claremont cierra los plots que le quedan colgados cuando se cancela Iron Fist: acá a Byrne lo masacra ese asesino serial de dibujantes, ese verdadero criminal de la tinta llamado Dave Hunt. Incluso con los lápices del prócer anglo-canadiense, esas páginas precipitan la calidad gráfica del tomo al nivel del peor episodio de Arvell Jones (el que entinta otro muerto, Vince Colletta).
Si sos fan de Iron Fist, de las Daughters of the Dragon, de los Heroes for Hire, o de Chris Claremont, o de John Byrne, y querés conocer los inicios de estas leyendas, acá tenés muchas páginas muy disfrutables. En cambio, si lo que te atrae de Iron Fist es el costado de las artes marciales, la verdad que no, que acá le dan mínima bola a ese tema. Creo que sólo en los episodios de Doug Moench y Larry Hama se lo toman más o menos en serio. El resto, lo sarasea bastante.

Tengo sin leer material más reciente de Iron Fist, así que prometo reencontrarme con él en un futuro cercano. Gracias a todos los que se acercaron a saludar en la Colossus Com de Catamarca y volvemos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

miércoles, 11 de julio de 2018

ESSENTIAL X-MEN Vol.2

Me clavé otro masacote violento con más de 500 páginas de los mejores comics de superhéroes que te podías imaginar en 1979-80. Un tramo de lo que aparece en este Essential aparece también en el libro reseñado acá hace seis años, el 17/07/11, pero por supuesto en blanco y negro. En base a eso, dos reflexiones: 1) Había leído (por milésima vez) la saga de Dark Phoenix en 2011, la releí ahora teniéndola bastante fresca y aún así me volvió a impactar y a emocionar. Es un clásico insumergible, inagotable, una joya pero de verdad. 2) ¡Cuánto más lindo se ve el trabajo de John Byrne y Terry Austin sin esos colores asquerosos, repugnantes, desagradables, nauseabundos que les ponían a los comics de Marvel en los ´70! Esto lo destaco cada vez que agarro un Essential, pero en el caso de Byrne y Austin la diferencia a favor del blanco y negro es realmente pasmosa. Como en esta época Uncanny X-Men se daba todos los gustos, el Essential incluye además un Annual dibujado por George Pérez, y ahí también, me volví loco de felicidad con detalles, texturas y pinceladas de magia que tira Pérez en el dibujo y que a color no se lucían ni en pedo como en esta edición.
Pero vamos a lo importante, que son los guiones. Esta es la etapa mágica de Chris Claremont. En algún momento del primer Essential (lo vimos hace justo un mes, el 11/06/18), Uncanny X-Men pasa de bimestral a mensual y el guionista aprovecha para empezar a planear sagas más largas, a más largo plazo. Ya no le calienta dejar las historias en medio de un “continuará”, no le calienta meter números que son meros prólogos o build-ups hacia sagas grossas, o incluso extensos epílogos de las mismas, en las que los personajes bajan 800 cambios y se cuelgan en escenas más cotidianas, más intimistas, casi sin atisbos de machaca. Este rubro, el de los episodios “de transición” en los que no está en juego ni el universo ni una fiyu del Mundial, es algo que infinitos guionistas le copiarían poco después a Claremont, sin llegar nunca a sacarles el jugo que le sacaba el buen Chris.
En cuanto a los arcos argumentales, obviamente todo lo que viene antes o después de la saga de Dark Phoenix empalidece frente a ese pináculo del Noveno Arte, pero acá hay varias historias de alto impacto: el arco contra Proteus, toda la presentación del Hellfire Club, la muy aplaudida Days of the Future Past… De acá salen ideas, personajes y conceptos con los que el propio Claremont y un largo séquito de guionistas menores robarán durante no menos de 20 años. Difícil imaginarse el éxito que tuvieron los X-Men en comics, tele y cine sin estos años dorados de Claremont y Byrne.
Y después hay aventuritas menores (con Dazzler, Alpha Flight, Arkon, el Dr. Strange, Man-Thing…), a las que nunca les falta ritmo, momentos emotivos, algún dilema moral potente… y esos diálogos, bloques de texto y globos de pensamiento cuasi-infinitos con los que nos bombardeaba Claremont y que hoy resultan sumamente anticuados. De todos modos hay que reconocer la calidad de la prosa del guionista y cómo no daba puntada sin hilo: cada comentario, cada apreciación o reflexión que tiran los personajes en estos pensamientos o diálogos sirven para apuntalar ideas que –más tarde que temprano- van a ser importantes para disparar, hacer avanzar o resolver las tramas.
Otro elemento que acá se ve con bastante claridad es el amor de Byrne por Wolverine, un personaje que mientras el dibujante era Dave Cockrum aparecía siempre al fondo, en roles segundones o tercerones. Evidentemente el genio anglo-canadiense vio potencial en ese personaje medio choto, y ni bien se suma como co-argumentista de la serie, el rol de Wolverine crece muchísimo, de la mano de un desarrollo alucinante en su personalidad, en su vínculo con los otros X-Men, su background con Alpha Flight y el rango y el uso de sus poderes. Ahí también, Marvel le debe un container lleno de dólares a Claremont y Byrne, aunque los creadores de Logan hayan sido Len Wein y Herb Trimpe.
De los más remotos confines del espacio exterior a un tugurio infecto de Harlem donde los faloperos van a inyectarse heroína, los X-Men de Claremont y Byrne recorrieron varios mundos, rieron, lloraron, amaron, odiaron, vivieron y murieron. Y resucitaron, obvio. Casi 40 años después de su primera aparición, estas historias siguen conmoviendo por su fuerza, su ambición, su sensibilidad, su gran sintonía con lo que sucedía en esa época a nivel artístico, político, social… y hasta por un cierto humor que suele aparecer en algunos diálogos, una cierta frescura, que se va a extrañar mucho en años posteriores, cuando X-Men se vuelva una serie demasiado oscura, demasiado circunspecta y demasiado autorreferencial.
Tengo más Essentials de X-Men en la pila de los pendientes, pero creo que los voy a dejar en el freezer hasta el año que viene, así avanzo con material que no leí nunca. Grazie per tutti, aguante Croacia y vuelvo pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

lunes, 11 de junio de 2018

ESSENTIAL X-MEN Vol.1

Allá por el 16/11/17, cerraba una reseña con la promesa de retomar a los X-Men desde el Giant-Size nº1, de 1975, cuando debuta la formación más exitosa del grupo mutante, de la mano de dos maestros que ya no están con nosotros: Len Wein y Dave Crockrum. Con esa consigna empieza un repaso por la gloriosa colección Essential X-Men, que nos llevará hasta 1989 (más o menos) de la mano del muchachito cuasi-ignoto que heredó tempranamente esta serie cuando Wein la dejó recién iniciada, y la llevó a ser la más taquillera y relevante del mainstream superheroico durante muchísimos años. Por supuesto, me refiero a ese monstruo icónico llamado Chris Claremont. El aporte de Claremont a esta serie es inconmensurable. Okey: el que tuvo los huevos para relanzar un título tercerón, cuasi-olvidado como era X-Men en 1975, fue Len Wein. Huevos cósmicos, podríamos decir, porque en vez de especular con un equipo que incluyera a uno o dos personajes nuevos y revitalizara un toque a los que venían batallando desde los ´60, Wein subió la apuesta y metió a cuatro personajes nuevos, dos que ya existían pero no tenían mucha relación con los X-Men y uno sólo de los ya conocidos por los lectores. Hoy eso no lo hace nadie. Ni Gerard Way cuando relanzó a la Doom Patrol se animó a tanto.
De todos modos, el que se cargó la mochila, se arremangó y trabajó a sol y sombra para darle chapa a Storm, Nightcrawler, Colossus, Wolverine y Banshee fue Claremont. Nunca supe por qué casi no se esforzó por darle onda a Thunderbird, por lograr que aunque sea una parte de los lectores lo bancaran, pero sospecho que la gracia era impactar desde temprano, haciendo boleta a uno de estos nuevos héroes, como para indicarle al público que acá nadie estaba a salvo. No contento con crear el andamiaje que aún sostiene a estos personajes, Claremont hizo más sólidos, más creíbles y más poderosos al Professor Xavier, a Cyclops y más tarde a Jean Grey, y hasta tuvo tiempo para sumar (sin salir de estos primeros 25 episodios que recopila el Essential) a personajes importantísimos como Moira McTaggert, la emperatriz Lilandra, Guardian (o Weapon Alpha, o Vindicator), los Starjammers y Black Tom Cassidy. Sólo por eso, por los personajes que incorporó y por cómo desarrolló a los que creó Len Wein, Claremont ya merecería ser considerado el mejor guionista de X-Men de todos los tiempos. Ni hablar de los personajes que sumará en los próximos Essentials.
Estas primeras aventuras -además de dejar mucho espacio para el desarrollo de todos estos héroes, heroínas y villanos- tienen mucha fuerza, hay conflictos realmente potentes, sacudones imprevistos, mucha integración con el Universo Marvel, mucho respeto a la labor de los guionistas que escribían Uncanny X-Men en los ´60 y una sensación absolutamente moderna: esto es fantasía en esteroides, con sagas cósmicas, villanos zarpados, la Savage Land, monstruos locos, alucinaciones o trampas que hacen que los buenos se peleen entre ellos y toda la parafernalia de siempre… pero se nota que Claremont manejaba una sintonía muy fina con lo que pasaba en el mundo real en ese momento (1975-78), hay un tono muy contemporáneo, muy rico, que hace que estos comics hoy resulten mucho más atractivos que casi todo lo que publicaban las grandes editoriales en esa época. Por supuesto que hay unos masacotes de texto infinitos, que los personajes hablan demasiado, que te acribillan con unos globos de pensamiento que parecen El Capital de Karl Marx con las notas al pie y todo, y que cada vez que arranca un nuevo episodio te tenés que fumar que alguien recapitule lo que pasó en los anteriores. Lo que Claremont contaba en 17 páginas, hoy cualquier guionista te lo cuenta en 48. Pero la verdad es que está todo muy bien pensado, muy bien ejecutado, con un ritmo que hace que las tramas y sub-tramas generen adicción y uno se pregunte cómo mierda hacían los fans de los ´70 para leer esto de a 17 páginas ¡por bimestre!, porque hasta el nº 112 Uncanny X-Men era bimestral.
En cuanto a la faz gráfica, libres al fin de esos coloristas de lesa humanidad que masacraban a los dibujos con total impunidad, me encontré con un Cockrum que en blanco y negro se ve mucho mejor que a color y que resiste con aguante y decoro los constantes cambios de entintador. El mejor Cockrum llega cuando lo dejan entintarse a sí mismo, y cuando hablamos de este dibujante siempre subrayamos lo mismo: su infalible manejo de la narrativa y el fuerte contraste entre unos primeros planos magníficos y algunas falencias bastante evidentes cuando dibuja los cuerpos enteros.
Y cuando Cockrum tira la toalla llega la dupla devastadora: John Byrne en lápices y Terry Austin en tintas. Chau, game over. No se puede pedir nada mejor, posta. El próximo Essential está todo dibujado por Byrne y Austin, así que volveré a babearme como en aquel 17/07/11 (cuando reseñé el tomo recopilatorio de la Dark Phoenix Saga) o más, porque esta vez será en monumental blanco y negro.
La seguimos muy pronto. ¡Gracias a los amigos de Córdoba que se acercaron al Docta Comic a saludar!

domingo, 20 de diciembre de 2015

20/12: STARLORD MEGAZINE

Starlord es un personaje que me resulta interesante, pero del que nunca había leído nada. Por eso, cuando vi este one-shot decidí darle una oportunidad. Este “Megazine” es una publicación rara, una especie de bola de nieve. Termina con siete páginas de prólogo a una miniserie que salió en 1996, el mismo año que se editó el one-shot. Todo el resto del material es una reedición del Starlord Special Edition de 1982. A su vez, este Special Edition le agregaba color y seis páginas dibujadas (como la San Puta) por Michael Golden a una publicación de 1977, el n° 11 de Marvel Preview. O sea que, con pequeños aditamentos, este Megazine es una especie de tercera edición de aquel Marvel Preview de 1977 en el que brillaban dos pibes que todavía no estaban consagrados, pero que la venían rompiendo: Chris Claremont y John Byrne.
La aventura en sí está muy en sintonía con lo que sucedía en aquel 1977: el estallido de Star Wars. La saga de Starlord también tiene imperios galácticos, razas alienígenas, armas alucinantes, naves zarpadas, príncipes, monstruos, aventureros y una historia de amor. Para mi gusto, Peter Quill resuelve todo muy fácil. Nunca un enemigo lo pone en verdaderos aprietos, nunca tiene que enfrentarse a un dilema moral complejo. Va, confronta y gana. Y se ocupa de que a sus jóvenes aliados no les pase nada demasiado grave. El sacudón más lindo llega al final: Claremont acierta al guardarse para las últimas páginas el origen del personaje, que es –lejos- lo más interesante de esta historia.
Como siempre que redescubrimos material de los ´70, sorprende la gran cantidad de texto que tenían en esa época los comics de Marvel. Hoy sería totalmente descabellado plantear un comic que narre en menos de 60 páginas lo que narra Claremont en esta historia, principalmente porque el desarrollo se piensa de modo mucho más visual, con mucha más exposición por parte del dibujo y mucha menos por parte de los textos. De hecho eso queda en recontra-evidencia en las páginas del final, las que pertenecen (a modo de preview) a la miniserie de 1996. Pero bueno, uno creció leyendo los choclazos de texto de Claremont y ya está acostumbrado a la calidad de su prosa y al grado de introspección al que se anima a través de los diálogos y los globos de pensamiento, otro recurso que ya casi no se usa en el comic yanki más o menos realista.
El dibujo de John Byrne es espectacular. Todavía no está tan definido su estilo como en sus últimos números de Uncanny X-Men, o su etapa en Fantastic Four. Pero ya se ve la fuerza, el talento, el riesgo para plantear puestas en página novedosas, y ese laburo obsesivo en los fondos. Esta historieta se publicó originalmente en blanco y negro, por eso Byrne dejó la vida en la iluminación, con efectos, tramas mecánicas y texturas alucinantes. Una pena que en 1982 esto haya sido coloreado por Glynis Oliver, enemiga declarada de mis retinas, a la que vi estropear decenas de comics buenísimos. Esta no es la excepción, para nada. Si el dibujo de Byrne no se luce todavía más es porque lo opaca mucho ese color tosco, chato, por momentos digno de una revista de Columba. Sospecho que Michael Golden dibujó sus páginas sabiendo que se iban a colorear, por eso se ve una armonía mayor entre la línea del ídolo y los colores de esta asesina serial de viñetas.
Resumiendo, por ahí le faltó un poquito de espesor a los conflictos para que la saga de Starlord tuviera menos gusto a pochoclo, y no terminé de comprar a Sandy y Kip, los personajes secundarios más destacados. De todos modos, me encontré con un relato sólido, con mucho ritmo y con unas cuantas ideas muy atractivas. Más allá del placer que da reencontrarse con Chris Claremont y John Byrne, una de las duplas definitivas de la historia del comic-book. Me imagino que tras el éxito de la peli de Guardians of the Galaxy este material se debe haber vuelto a publicar, y espero que haya sido en blanco y negro.

viernes, 29 de mayo de 2015

29/ 05: STAR TREK: DEBT OF HONOR

Nunca fui fan de Star Trek y nunca lo seré. La única serie que me enganchó bastante fue ST: Deep Space 9, que a) no la vi completa y b) me cerraba porque era la que más rompía con el molde de la Star Trek clásica, la de los ´60, que siempre me pareció una garcha insoportable. Casualmente esta graphic novel de 1992 tiene como protagonistas a James T. Kirk y sus adláteres, la tripulación clásica del Enterprise con la que jamás me copé ni un poquito. ¿Cómo caí en esta historieta? Y, por los autores… Guión de Chris Claremont y 92 páginas dibujadas a todo culo por Adam Hughes. ¿Daba para ponerse en estrecha frente a esos nombres? La verdad que no.
La historia que propone Claremont incluye 30 páginas en las que pasa algo que todo fan de Star Trek alguna vez quiso leer o ver: la Federación, los klingons y los romulanos obligados a unirse para derrotar a una amenaza en común. Tres tripulaciones, un sólo obbjetivo, una alianza inevitable entre eternos rivales. Y ya está. Ahí se terminaron los méritos de esta novela a nivel guión. El enemigo a vencer es tristísimo, carente de onda y de imaginación. La lucha en sí es aburrida, anticlimática, y la interacción entre los personajes de los tres bandos tiene algunos detalles copados… perdidos entre toneladas de diálogos tan extensos como intrascendentes.
Y si durante esas 30 páginas el guión choto empantana a un argumento atractivo, imaginate lo que será el resto de la novela, en la que NO HAY un argumento atractivo. Son 62 páginas muy arduas, muy difíciles de sobrellevar. Debt of Honor arranca como un epílogo de una película, Star Trek IV: The Voyage Home, que jamás vi. Así que desde el vamos me la pasé gambeteando referencias a cosas que desconocía. Después, hasta llegar a la parte interesante, hay dos flashbacks bastante largos al pasado del Capitán Kirk, que sirven para establecer su vínculo con T´cel, un personaje bastante interesante, creado por Claremont para esta novela. De cada encuentro entre Kirk y esta enigmática mujer quedan facturas pendientes, cosas que no se dicen, sentimientos que no se blanquean. Uno supone que el encuentro final entre ellos los va a encontrar a punto caramelo, en la cumbre de un in crescendo dramático inolvidable. Pero no: es una escena más, tan olvidable como tantas otras.
Lo peor que tiene este guión (además de la sobreabundancia de referencias a películas y episodios de la serie que nunca vi o no recuerdo) es la grotesca cantidad de texto. Y los bloques de texto son pocos, así que un porcentaje abrumador de esta animalada verbal está puesta en los diálogos, que son miles y larguísimos. Los personajes no paran de hablar un minuto, se retrucan, cada tanto meten chistes, se acuerdan de cosas que pasaron hace décadas, se presentan con los personajes nuevos que no los conocen, nunca dejan de nombrarse con nombre, apellido o rango para que vos sepas quiénes son y qué carajo hacen en el Enterprise… Me imagino que para los hardcore fans de la ST clásica esto habrá sido un nerdgasmo. Para mí fue un suplicio.
Entre todos esos millones de globos infladísimos, se ven los fastuosos dibujos de Adam Hughes, como para aliviar mis pesares. Hughes tiene un sólo problema: es tan bueno, tan superior a la media, y tiene una línea tan única, tan identificable, que se nota demasiado cuando aparecen personajes que no dibuja él, sino que se los “pasa” a sus asistentes, que eran sus compañeros del estudio Gaijin (Jason Pearson, Joe Phillips, Cully Hamner, Brian Stelfreeze…). Los trazos de estos ilustres suplentes, si bien son correctísimos, desentonan demasiado con la elegancia de Hughes, a pesar de los esfuerzos del entintador Karl Story por “homogeneizarlos” de alguna manera. Obviamente lo que mejor dibuja Hughes son las mujeres y las expresiones faciales. Y en este último rubro sus méritos son doblemente valiosos, porque las caras, además de ser creíbles, se tienen que parecer a las de los actores a los que la hinchada identifica con Kirk, Spock, Sulu, etc.. Eso está tan bien logrado que hace ruido, porque cuando comparten viñeta los personajes/actores con los personajes creados ad hoc para la historieta se ven claramente dos niveles distintos de realismo. De todos modos son detalles mínimos, irrelevantes. Tener en la mano 92 páginas de Adam Hughes es algo tan power y tan infrecuente que todas esas minucias se desploman en segundos. Obvio que con menos texto los dibujos se lucirían más, pero así igual brillan con la legítima jerarquía de un clásico contemporáneo como es Hughes.
Ni hace falta que te diga que si sos fan del dibujante, o de la Star Trek clásica, tenés que ir “a donde ningún hombre ha ido antes” a tratar de conseguir esta novela. Y si no, escapale en warp-9, porque te vas a pegar un embole sideral.

viernes, 2 de enero de 2015

02/ 01: MARADA THE SHE-WOLF

Vuelven las reseñas y arrancamos con un clásico ochentoso injustamente poco celebrado por las hordas de fans. Durante la primera mitad de los ´80, además de pasar a la historia por su trabajo con los X-Men, los New Mutants y demás pilares del por entonces muy compacto “universo mutante”, Chris Claremont escribió un montón de otras cosas, dentro y fuera del género superheroico. Y cuando se empezó a copar con aventuras de ambientación histórica con elementos fantásticos, encontró en John Bolton al socio ideal. Juntos realizaron la saga de Black Dragon (ambientada en el Medioevo) y la saga de Marada the She-Wolf, que tiene lugar en algún momento del Imperio Romano, entre el año 50 A.C. (ese que nos sabemos de memoria los fans de Astérix) y el año 50 D.C.. No quiero decir con esto que la saga de Marada abarque 100 años, sino que transcurre en años no muy precisos, dentro de ese margen. Esta es una historieta que primero se publicó “en fetas” en la revista Epic, y cuando se juntaron las páginas suficientes como para armar una “novela gráfica”, Marvel la republicó en ese formato, aunque lamentablemente quedaron afuera las aventuras en blanco y negro.
La verdad es que lo único que distingue a Marada de otras heroínas del género “espada y brujería” es la ambientación real, el hecho de que los personajes interactúen con un hecho de la Historia posta, que es el Imperio Romano. Todo lo demás, podría sucederle tranquilamente a Red Sonja, por ejemplo. Claremont mantiene esa “fachada” de la ambientación histórica, pero rápidamente se las ingenia para meter hechizos, demonios, criaturas bizarras, dimensiones místicas y demás elementos fantásticos que son los que en definitiva van a animar las tramas. A los tribunos, centuriones, legionarios y demás súbditos del César los vamos a ver poco y nada, en un rol más bien de decorado, sin mayor relevancia ni para los buenos ni para los malos.
Supongo que desde que nombré a Red Sonja te estás imaginando un comic re-cabeza, con el énfasis puesto en la machaca al estilo Conan y repleto de fan service, de tomas en las que una heroína con escasa vestimenta rebolea sus suculentas carnes de un lado al otro de la página. Bueno, nada que ver. Acá hay una cierta impronta de relato de Robert E. Howard y –para qué te lo voy a negar- hay alguna escenita medio zarpada que (en el contexto de principios de los ´80) alguna pija habrá parado. Pero nada de eso es lo principal. Claremont va en busca de una aventura fina, elegante, con bastante introspección y bastante énfasis en las relaciones, en los vínculos entre los personajes. Los hachazos, los flechazos y los espadazos no pueden faltar, pero no es por ahí por donde pasa la cosa.
La segunda aventura (desarrollada en las últimas 19 páginas del libro) agrega además un elemento interesante, que es la intriga palaciega. El argumento no es muy original, ni muy inspirado, pero los recursos del guionista para disfrazarlo de algo un poco más “gourmet” y menos pochoclero están muy bien. En la segunda aventura también se desenfatiza un poco el tema del misticismo, de los hechizos y conjuros que abundan en la primera parte, y todas las luchas son contra humanos normales, no contra criaturas demoníacas.
En los dos tramos del libro, se luce ampliamente el arte del maestro John Bolton. Incluso cuando Claremont lanza su clásico tsunami de bloques de texto, el británico se las rebusca para que sus imágenes no pierdan el protagonismo. Bolton se mata en las expresiones faciales (que no son precisamente su fuerte), en las escenas de acción, en la iluminación, en los fondos y sobre todo en darle plasticidad y dinamismo a los cuerpos, que no parezcan fotos ni estatuas, sino gente en movimiento. Y además de romperla en todo esto, demuestra que en los ´80 era uno de los verdaderos monstruos del color directo. Sin computadoras, con técnicas 100% clásicas, logra composiciones y climas que no tienen nada que envidiarle a los de los grandes maestros de la ilustración fantástica (obviamente con Frank Frazetta a la cabeza) y que además están puestos en función de la narrativa. Si te gusta Bolton (o el dibujo realista) esto te va a maravillar.
Esto es aventura clásica, bien old school, pero de gran nivel, de la mano de dos capos que estaban en un momento increíble. Y no, la novela gráfica de Marvel no trae TODO Marada, pero la nueva edición de Titan sí. Así que si eventualmente la veo a buen precio trataré de capturarla, para tener también las historias cortas en blanco y negro.

lunes, 11 de marzo de 2013

11/ 03: X-MEN VIGNETTES Vol.1

Alla por Noviembre de 2010 apareció en este blog la reseña del segundo volumen de esta serie de recopilaciones de historias cortas de los ´80, aunque ambientadas en los ´70. Te recomiendo releer ese texto antes de adentrarte en este. ¿Ya está? Perfecto. La única diferencia importante entre ambos tomos es que en el primero TODAS las historias fueron escritas por Chris Claremont. El resto, sigue los mismos lineamientos ya comentados en la reseña del Vol.2.
Este es el Claremont definitivo, el imbatible, el tipo capaz de crear las más ambiciosas epopeyas cósmicas, y además breves pero intensas no-aventuras del género slice of life. El tipo que le dio a los superhéroes una humanidad y una tridimensionalidad que nunca antes habían tenido, el que respetó como nadie la consigna de armar las sagas DESDE los personajes y no crear amenazas frutihortícolas, descolgadas de la palmera, para mandarlas a pelear contra los héroes, simplemente porque estos están aburridos y justo ese día no hubo maremotos, terremotos, ni erupciones volcánicas. La Gran Claremont es la de meterse a full en la mente de estas criaturas de papel y tinta y tratar de mostrarnos, sin salir de la historieta, la ficción y la aventura, un mapa de la psiquis de cada uno de ellos. Como el personaje de los X-Men que lee mentes es Jean Grey, no sorprende a nadie que las más notables de estas historias cortas sean las que tienen como protagonista a la pelirroja: en la primera, Claremont arma la amistad entre Jean y Storm (y se mete en la psiquis de Ororo para explicar su claustrofobia). La segunda (y para mi gusto la mejor) narra la previa de un encuentro romántico entre Jean y Scott Summers en 12 páginas sin textos, absolutamente memorables. La tercera desentraña la transformación de Marvel Girl en Phoenix, esa que sucede a bordo de una nave tripulada por la colo, en una secuencia que expande (y legitima) las explicaciones que nos dieran otros guionistas de por qué y cómo sobrevivió Jean, en la previa al lanzamiento de X-Factor. Y la cuarta gira en torno a la relación con Misty Knight, con Jean ya transformada y todavía medio virgen en el manejo de los inmensos poderes del Phoenix.
Además de esas cuatro joyitas, hay un par de esos unitarios medio bajoneros tan típicos del Claremont de los ´80, esos en los que el guionista baja línea con historias profundas, melancólicas, con avalanchas de bloques de texto tan poéticos como verborrágicos. Tres de esos me gustaron mucho: el de Colossus y la bailarina, el de Nightcrawler y el pibe que tiene cáncer y el flashback al pasado de Magneto, con ese broche de oro que nos lo muestra (una vez más) tanteando a ver qué onda el camino de la redención. El resto, sin aportar demasiado, no está mal. Creo que la única historia floja es la de Wolverine y Sabretooth.
Los 13 episodios están dibujados por el maestro John Bolton en su estilo realista, bien concentrado en los climas, con momentos de asombroso virtuosismo, aunque a veces opacado por la labor de los coloristas. Por ahí no están todos los fondos que uno hubiese querido ver, pero el laburo en cuerpos y rostros es tan sólido, que está todo bien. La historieta mejor dibujada es la del Hellfire Club, que nos narra cómo Sebastian Shaw da un golpe de estado y toma las riendas de la sombría organización. En la reseña del Vol.2 yo decía que se notaba que a Bolton no le interesaban demasiado las escenas de acción, ya que ponía más pilas en las otras, las de clave tranqui e intimista. Acá el maestro me cerró bien el orto: este episodio, el del Hellfire Club, es el más violento del tomo, el más jugado a la machaca, y el que ofrece mayor lucimiento por parte del británico. Por supuesto, en la historieta 100% muda, Bolton aprovecha que no tiene que compartir protagonismo con los abundantes textos de Claremont y deja la vida en cada viñeta. Ahí también hay muchas secuencias de altísimo vuelo, en las que el dibujante da cátedra.
Y lo más lindo: además de estar muy bien por sí mismas, estas breves historietas están pensadas para complementar a los 13 primeros episodios de los X-Men escritos por Chris Claremont, es decir, a comics inolvidables, que le trajeron aire nuevo al género de los superhéroes allá por mediados de los ´70, cuando el mainstream olía peor que el túnel que conecta las estaciones Callao y Tribunales de la línea D. Por si faltara algo, mientras aquellas gemas setentosas exponían las (no tantas) limitaciones de Dave Cockrum, acá el dibujo está en manos de un John Bolton inspiradísimo, 100% compenetrado con el giro que Claremont se propone darle a las historias. Estas “vignettes” (que alguna vez fueron los back-ups de la revista Classic X-Men) me recordaron por qué estaba buenísimo ser fan de los mutantes a mediados de los ´80. Y por segunda vez (porque ya las había leído, hace más de 25 años) me hicieron feliz.

miércoles, 24 de agosto de 2011

24/ 08: X-MEN: THE ASGARDIAN WARS


Otra vez rompo una extensa sequía en materia de comics de Marvel con una obra potente de los ´80, en la que saca a relucir su chapa el hoy venido a menos Chris Claremont. Este libro compila los dos numeritos de la miniserie X-Men/ Alpha Flight, el New Mutants Special Edition y el X-Men Annual 9, todo publicado originalmente en 1985, el último año de reinado supremo de Marvel, previo al ocaso de su Segunda Era de Oro.
En ambas historias el villano es Loki y en ambas el Dios del Engaño les regala a los héroes poderes o facultades que estos se atreven a rechazar, porque conocen (o sospechan) la letra chiquita de los contratos que se firman con el hermanastro de Thor. Los argumentos de ambas sagas son minúsculos, la machaca no es del todo escasa, pero sí intrascendente y prácticamente innecesaria, y el 85% del atractivo reside en el magistral trabajo de desarrollo de personajes que lleva adelante Claremont. El tipo sabía perfectamente hacia dónde quería llevar a cada uno de sus héroes y heroínas (y a los de Alpha Flight, serie que él no controlaba) y todo está armado para que los personajes avancen y ganen en espesor y complejidad.
Hace 25 años todavía pasaban muchas cosas grossas en los anuales, las miniseries y hasta en los spin-offs de las sagas importantes, cosa que hoy no sucede ni a palos. En estas historias (publicadas por afuera de las series regulares de X-Men, Alpha Flight y New Mutants) hay giros definitivos (y de los otros) para muchísimos personajes y son pocos los que vuelven de estas aventuras igual que como se fueron. O sea que el que leía sólo las series regulares de pronto se encontraba con que –de un número a otro- Mirage era una valkyria, Karma volvía a ser flaca, o Cyclops y Rachel se trataban como si se conocieran de hacía años. Sin dudas, Claremont (y la coordinadora Ann Nocenti) se esforzaban para que esto que pasaba por afuera de las series mensuales tuviera la chapa y el impacto como para convertirse en historias troncales de la ambiciosa (y gigantesca) historia que estaban contando mes a mes.
Parte de la chapa provenía de los dibujantes elegidos, que no eran los tipos que se mataban todos los meses para sacar 22 páginas con fritas, sino artistas más finolis, con muchos fans pero no tanta producción. En la saga con Alpha Flight el trabajo le cayó a Paul Smith (que la había descosido en la serie mensual de X-Men) y el tipo realmente puso todo. Con su trazo en evolución hacia la síntesis (una evolución no del todo comprendida por el entintador Bob Wiacek), Smith se banca las páginas de 12 viñetas, las millones de cabecitas que hablan, y se luce cuando tiene que imaginar trajes y locaciones fantásticas. Por supuesto, todo lo que Smith hace bien se opaca cuando empieza la saga con los New Muties, donde deslumbra con fulgor incandescente un inspiradísimo Arthur Adams, totalmente prendido fuego, decidido a dejar una marca imborrable en la historia de los X-Men desde su primera viñeta. Lo de Adams son más de 110 páginas de un nivel impresionante, llenas de dibujos maravillosos, a veces apretados por la gran cantidad de texto y la gran cantidad de viñetas que Claremont pedía en cada página. O sea que, visualmente, es un libro prácticamente impecable, con una calidad muy infrecuente en los comics mainstream de hoy.
La gran cagada es, por supuesto, el color. Estoy seguro de que hoy este material está disponible en ediciones nuevas, totalmente recoloreadas. Y por supuesto, recomiendo leer ESAS ediciones, no los comics del ´85 ni este TPB del ´88, donde el color es catastrófico, absolutamente inadmisible en la era post-Image. Posta, sin llegar a niveles columbísticos, esto está coloreado muy, muy mal, sin la menor conmiseración para con los dibujantes que dejaron la vida en cada página. Era lo que había en esa época, es cierto, pero era horripilante, mal.
Increíble cómo, 25 años después, estas historias se la siguen bancando, incluso con argumentos tan chiquitos. Eso es mérito del guión, y en ese rubro, el Chris Claremont de los ´80 era el pulenta, el paradigma, el ejemplo a imitar. Un grosso.

domingo, 17 de julio de 2011

17/ 07: X-MEN: THE DARK PHOENIX SAGA


Hacia un montón que no comentaba comics de Marvel, pero mirá con qué paponga volví. Este es uno de los comics más importantes en la historia del género superheroico y (junto al Daredevil de Frank Miller) uno de los comics que forjaron el paradigma que imperó durante toda la década del ´80. No creo que haga falta -31 años después- ponerme a hablar maravillas de este trabajo hiper-consagratorio de Chris Claremont, John Byrne y Terry Austin. Ya lo hizo antes demasiada gente más grossa. Prefiero colgarme en detalles que ilustran lo distinto que era el comic maisntream de 1980 en relación con el actual.
Lo primero que llama la atención es el color. Dios mío, esta saga, con guiones y dibujos de la reputísima madre, tiene unos colores inmundos, todos mal impresos, fuera de registro, sobresalidos por afuera de los contornos del dibujo, cuadros enteros pintados todos del mismo color (la Gran Columba), una paleta tan limitada como estridente, negros plenos que no son plenos, un moré grotesco que se ve a ocho cuadras, una cosa más asquerosa que chuparle las suelas a Indiana Jones. Esto, que hoy nos parece alienígena, fue la norma hasta que apareció Image. Recién a mediados de los ´90, Marvel y DC pudieron publicar comics coloreados decentemente en sus series regulares, en sus formatos económicos. Los coloristas de Uncanny X-Men de hace 30 años (Bob Sharen y Glynis Wein) merecen ser sometidos a los más ignominiosos tormentos en las fosas más oscuras del Averno por haber estropeado de esa manera cruel y miserable los gloriosos dibujos de Byrne, entintados a la pluscuamperfección por Terry Austin.
Otro elemento que ya quedó a años luz es la cantidad de texto que aparece en cada viñeta y en cada página. Claremont jamás mezquinó palabras: sin ser Don McGregor, era un tipo que solía meter mucho diálogo y muchos globos de pensamiento. Leído en su momento, no sé si las parrafadas que Chris les hacía pensar y decir a sus personajes producían escozor. Pero para el lector acostumbrado al comic actual, esto es un delirio. Son hiper-choclos infinitos, monólogos de Enrique Pinti metidos a presión adentro de los globos. Hoy los comics tienen mucho menos texto, porque pasan menos cosas por episodio. Cosas que antes los autores te explicaban en un diálogo infinito, o en un gigantesco globo de pensamiento, hoy ocupan toda una secuencia, seguramente de varias páginas, donde todo es mucho más visual, pero donde las tramas avanzan mucho más lento. Lo que Claremont contó entre los números 129 y 137 de Uncanny, hoy alcanza para llenar no menos de 16 comic-books de 22 páginas. Sin contar crossovers ni tie-ins, por supuesto.
Y lo otro que quiero destacar: el comic de 1980 era demasiado reader-friendly. Estaba todo demasiado explicado. En cada capítulo de la saga, Claremont expone el argumento central, nos muestra, describe y nombra a cada uno de los héroes y villanos, y hasta a veces hace que los personajes expliquen sus poderes mientras los usan, como en la Legión de los ´60. Hoy, si no leiste el episodio anterior, no entendés una chota y nadie te lo explica, en parte porque el guionista presupone que buena parte del público va a leer la saga cuando salga el TPB, toda de un saque. Por eso también se miente menos con los cliffhangers impactantes al pedo, de esos que en los ´80 abundaban mal. Hoy hay cliffhangers, pero menos, y no se los resuelve en la primera página del episodio siguiente, como si nada.
Este TPB es el clásico, o sea que apesta. No tiene las portadas, y ni siquiera te aclara qué números de qué serie recopila. Zafa por el prólogo de Stan Lee y por la fastuosa portada de Bill Sienkiewicz, que se luce más en otras ediciones. Si todavía no tenés esta joya en tu colección, fijate si las ediciones más recientes fueron recoloreadas (es bastante probable), o mandate directo a los Essentials, donde la vas a disfrutar en espectacular blanco y negro, sin padecer los oprobiosos colores de la versión original. Acá te esperan la muerte de Phoenix, la primera aparición del Hellfire Club, de Kitty Pryde, de Dazzler y de Emma Frost. Vas a ver a Wolverine sacado y jodido por primera vez, un breve regreso a los X-Men de Angel y Beast, un garche muy lindo entre Jean y Scott, y el genocidio de 5.000 millones de seres vivos a manos de una superheroína totalmente pasada de rosca. Todo condimentado con una combinación perfecta entre conceptos innovadores, acción y caracterización, que muchos trataron (con distintos niveles de éxito) de imitar. Como el Ave Fénix, el comic de superhéroes (que venía de una década tirando a patética) renació de sus cenizas con esta obra maestra de Chris Claremont y John Byrne, que acá juntaron con pala la chapa que áun hoy siguen dilapidando.

lunes, 29 de noviembre de 2010

29/ 11: ESSENTIAL MAN-THING Vol.2


Otro Essential bastante prescindible, que no aporta demasiado.
Arrancamos con la última etapa de Steve Gerber al frente de Man-Thing, una rara combinación de historias intrascendentes y sagas más filosas, de contenido más social, como la del vikingo que lidera una cruzada fascista y reaccionaria en Citrusville, el pueblito que linda con el pantano donde Man-Thing juega de local. Pero la fórmula se agota, la revista se cancela y, sin mezquinar nunca el vuelo literario de su prosa y algunos diálogos notables, Gerber se despide con una hecatombe multi-dimensional tan caótica como innecesaria.
El personaje reaparece en otras revistas, con otros guionistas, y finalmente, en 1979 vuelve a tener serie propia, ahora escrita por Michael Fleischer. Este guionista dura (por suerte) sólo tres números, y son los tres peores números del Essential: un disparate atrás de otro, en un intento tristísimo por clonar la etapa de Len Wein y Berni Wrightson en Swamp Thing. Pero viene un crossover con Dr.Strange que está bueno, y lo escribe Chris Claremont, que escribía también la serie regular del Tordo. Claremont se copa con Man-Thing y se queda hasta el final de esta (breve) segunda serie. Ni bien llega, corrige el rumbo insostenible trazado por Fleischer, e incluso se deshace del único logro de su antecesor: los bloques de texto narrados en segunda persona, un yeite setentoso que a mí particularmente me encanta y que –dicen- lo inventó Archie Goodwin. La fórmula de Claremont es muy parecida a la de Gerber: historias humanas, de gente común, en las que Man-Thing apenas participa, y –de golpe- volantazo y festival de demonios, piratas místicos, vórtices dimensionales y fumanchereadas varias. Por suerte las historias de gente común están buenas. Algunas ni siquiera tienen acción, por eso, para que “pase algo”, tanto Claremont como Gerber abusan de la secuencia repetida hasta el hartazgo de Man-Thing revoleando a la mierda a algún caimán sublevado que lo ataca a él o a alguna minita de esas que siempre se pierden por los pantanos de Florida. Y antes de cerrar el tema guiones, hay que destacar también un Giant-Size (el 5) que trae tres historias cortas, de las cuales una (la que escribe Wein) es excelente.
Pero si leés comics por los dibujos, con este Essential la vas a pasar peor que si vas a un acto kirchnerista disfrazado de Julio Cobos. Muchos, demasiados episodios están dibujados por Jim Mooney, un dibujante anticuado, sin onda, con menos creatividad que un parabrisas, un bodrio. Y si eso te parece choto, agarrate, porque al lado de lo que viene después, Mooney es Brian Bolland. Justo cuando Claremont queda como guionista titular, los dibujos caen en manos de un verdulero irredento, un muerto de frío que no puede publicar ni en el más croto de los fanzines: Don Perlin. Bancado a muerte por Jim Shooter (que en esta época ya era el capo máximo de Marvel) Perlin rara vez laburó en proyectos que no tuvieran como jefe al gigante de Pittsburgh, y es lógico. Sólo un amigo incondicional, un familiar, o alguien de quien Perlin conocía oscuros secretos sexuales podría darle trabajo a un dibujante tan, tan malo. Igual, si te animás a bucear en ciénagas boñiguescas, acá vas a encontrar un numerito hermoso de Gene Colan (el de Dr. Strange!), una joyita de John Buscema y Tom Palmer, un par de John Byrne con muchas pilas aunque entintado medio para atrás, y 30 páginas magníficas (con las que abre el Essential) íntegramente realizadas por el prócer filipino Alfredo Alcalá en un nivel altísimo. Esto último es finoli de verdad.
Y hasta acá llegamos. No recuerdo ninguna otra historia de Man-Thing digna de ser leída y guardada hasta la breve (y fundamental) serie de fines de los ´90 que escribía J.M. DeMatteis, o sea que no me enganchan ni mamado para un eventual tercer Essential. La próxima vez que necesite una dosis de criaturas del pantano, agarro para el lado de Louisiana, me parece…

sábado, 27 de noviembre de 2010

27/ 11: X-MEN VIGNETTES Vol.2


¿Te acordás cuando los X-Men eran lo más, cuando esperabas como loco la próxima Uncanny, cuando cada tanto salía una miniserie con revelaciones grossas acerca de los personajes más interesantes, cuando leías X-Factor y New Mutants para ver por dónde podía llegar a despuntar la próxima saga que sacudiera al mundo de los mutantes? Yo me acuerdo! A mí me duró cuatro años, de 1985 a 1989. Casualmente a partir del ´86 empecé a juntar también Classic X-Men, que traía reediciones de toda la era post-Giant Size, complementada con breves historias 100% nuevas, pero ambientadas en paralelo a esa gloriosa etapa de fines de los ´70 y principios de los ´80. A veces las escribía el Pope Máximo, el Prócer Mutante, el guionista que llevó este concepto segundón de Stan Lee al primer plano: Chris Claremont. ¿Te acordás cuando Claremont era Número Uno Indiscutido? Bueno, ese Claremont escribía los back-ups de Classic X-Men. No todos: algunos se los dejaba a Jo Duffy (la de Power Man & Iron Fist) y otros a la coordinadora de la mejor época de Uncanny, la genial Ann Nocenti. Los subnormales de Marvel nos cuentan que en este libro hay historias de los tres guionistas, pero no aclaran cuál escribió cada uno.
Pero todo eso palidece y deja de importar cuando abrís el libro y te encontrás con que TODAS esas historietas están dibujadas por John Bolton. Bolton tiene otras dos obras maestras en conjunto con Claremont (Marada the She-Wolf y The Black Dragon) y es obvio que se entienden perfectamente. Con Nocenti también tiene una joya oculta, otra de esas mini-glorias de los ´80 que pasaron desapercibidas entre tanta grossitud: Someplace Strange. Bolton es un clásico, un dibujante realista perfecto, que cuando no se colorea él mismo, trabaja en un registro académico, de engañosa simplicidad, de perfecta comprensión, un maestro de los climas, de las pausas, de los rostros expresivos… y no tanto de la acción, que la dibuja bien, pero se nota que no es lo que más lo emociona.
Y está perfecto que lo hayan elegido para estas historietas, donde la acción está csai siempre, pero rara vez es lo importante. Estas historias indagan en el aspecto más íntimo, más humano de los héroes y villanos de X-Men. Se concentran en los momentos tranquis, en esas pausas que hasta los héroes más grossos se toman entre epopeya y epopeya. A veces (en las historias menos copadas) los guionistas se limitan a mostrarnos prólogos o epílogos de las historietas que ya conocíamos, pero casi siempre hay algo más. Fieles al estilo de Claremont, casi todas las historias se juegan a meterse a fondo en las mentes de los personajes. Las más interesantes son las que nos muestran a un sólo personaje, en una aventura breve, de baja intensidad, pero que sirve para definir mejor su personalidad o su relación con otros héroes o villanos.
Así descubrimos cómo y con quién debutó sexualmente Colossus, qué volvió muy hijo de puta a Magneto, qué gesto noble tuvo Black Tom Cassidy con su primo Banshee, cómo Corsair se unió a los Starjammers, cómo Lilandra descubrió la existencia de Charles Xavier, cómo Mastermind sedujo y corrompió a Jean Grey y varios detalles jugosos más. A nivel guión, los episodios de Storm son los menos interesantes, pero irónicamente son los que Bolton dibuja con más pilas, o sea que a nadie le importa el guión. Además enganchan poco con la “historia grande” de los X-Men, al igual que las aventuras solistas de Nightcrawler y de Wolverine, y a diferencia de las de Jean, que son episodios bastante importantes de la inolvidable saga de Phoenix. Pero muchas de estas historietas son joyitas en sí mismas, más allá de si aportan mucho o poco a la mitología mutante. Un placer reencontrarse con ellas tantos años después y un recuerdo muy feliz de cuando uno creía que el X-Cebamiento le iba a durar forever. Por suerte una legión de guionistas impresentables (y la decadencia del propio Claremont) se esforzaron por arrancarnos de las garras de aquel adictivo vicio ochentoso.
¿Qué clase de blog comiquero tarda 330 días para hablar de los X-Men? Esto es poco serio…