Este voluminoso tomo recopila historietas autobiográficas de cinco autores chilenos que se lanzan de lleno a la no-aventura de contar sus vidas en viñetas. Veamos cómo les fue.
Arrancamos con casi 50 páginas de Gaspar Pujadas, un dibujante chileno que cuenta su vida acá en Buenos Aires. La verdad, muy flojito. El dibujo tiene mucha búsqueda y poco hallazgo, cuando quiere ser gracioso rara vez lo logra y cuando se pone a reflexionar o a filosofar naufraga en la intrascendencia.
Seguimos con una chica llamada Shan!, que me parece que es la que logra los mejores resultados. Primero, porque plantea todo en el exigente formato de tira, como si publicara en un diario, y se re-banca esa elección. Shan! tiene el timing de los buenos humoristas gráficos, los que saben plantear y rematar en espacios chicos, y además –sin salir de su vida real- logra momentos de verdadera comicidad. Todo sostenido en un estilo muy, muy marcado, que es el chibi, la vertiente humorística en la que incursionan muchas autoras de manga. Shan! maneja de taquito estas convenciones y estas deformaciones y, sin ser genial, ofrece unas cuantas páginas de lectura muy amena, muy dinámica.
El tercer artista en presentarnos su vida en viñetas es Necrotax, un dibujante al que todavía le falta mucho. Su búsqueda va mitad por el lado dark del estilo académico-realista, mitad por el lado de dibujantes más estilizados, tipo Paul Pope , más alguna influencia del manga. Por momentos, sobre todo en las últimas planchas, parece un clon de Salvador Sanz que se quedó a mitad de camino. Las historias cotidianas de Necrotax dejan bastante margen para la imaginación y el delirio, e incluso para flashbacks a otras etapas de su vida, con lo cual no llega nunca a aburrirnos. Cuando se afiance en su estilo gráfico, este autor se puede poner interesante.
En el siguiente tramo me reencuentro con Claudio Rocco, el dibujante de Trolley, aquel comic reseñado a fines del mes pasado, protagonizado por tranvías. Rocco opta de nuevo por un dibujo muy, muy sencillo, en la línea de los humoristas yankis más minimalistas (un Tom Wilson, ponele) o de Fujiko Fujio, la dupla responsable de El Gatito Doraemon. Es un estilo bien definido, donde todo lo que no está desaparece no por impericia, sino por decisión del autor. La embarra un poco en las últimas planchas, cuando mete esos grisados feos, sin criterio, que por ahí hubiesen quedado bien si el libro se publicaba a color. Los chistes... ni fu ni fa. Se agradecen ciertos chispazos de mala leche y el homenaje a El Eternauta, pero no hay demasiadas ideas que uno no haya visto ya mil veces.
Y el tomo cierra con casi 50 páginas de Yako, el dibujante más pretencioso de los cinco. Yako se debe creer que es un capo de las artes plásticas volcado a la historieta. Sobredibuja groseramente, mete 8.000 técnicas de entintado en cada viñeta, por arriba de la tinta mete rayones blancos, texturas, aguadas... una sobredosis de recursos que no logran ocultar que lo más importante (el dibujo) es decididamente precario. Narrativa, ni en pedo. Estas son las páginas con menos manejo de la narrativa de todo el tomo, lo cual es bastante decir. Y las historias son básicamente aburridas, depresivas, grises. Sólo tengo para rescatar el hecho de que Yako es el autor que más se mete con el contexto social que hoy sufren los jóvenes chilenos. En varios pasajes de Yako se ve claramente cómo opera el capitalismo salvaje en el país vecino y cómo deja a la mayoría de sus habitantes sin educación, sin salud, sin derechos laborales, sin esperanzas.
El balance del libro no me dio positivo, en absoluto, y por si faltara algo está muy mal encuadernado y es casi imposible leerlo sin quedarte con hojitas sueltas en la mano. Dejémonos de chorear un par de años con la autobiografía, o pongamos huevos tamaño tiranosaurio para contar historias reales, pero con onda, emoción y talento genuinos.
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lunes, 23 de septiembre de 2013
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