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sábado, 28 de febrero de 2026
POR FIN DE VUELTA
Se viene posteo largo, en parte para compensar los muchos días que hace que no subo reseñas al blog.
Terminé de leer todo el material de historieta argentina publicado en 2025 que me interesó como para capturarlo en formato físico. El último libro fue un cuasi-clásico ochentoso, Husmeante, una obra de Carlos Trillo y Cacho Mandrafina menor en el contexto de la bibliografía compartida por ambos próceres, pero no carente de un cierto encanto. Cuando la descubrí de pibe me encantaron los guiones, pero ahora me quedo definitivamente con los dibujos de Mandrafina como principal atractivo de Husmeante. Acá se ve a un dibujante muy comprometido con las historias, que seguramente se divertía un montón a la hora de traducir en líneas y manchas las ideas y los textos de su compañero. El maestro Ariel Avilez proponía imaginar que Husmeante transcurre en el mismo universo que Morgan, otra historieta dibujada por Cacho en los ´80 (aunque sobre el final de la década), con clima detectivesco/ hard boiled y ambientada en un futuro no tan lejano, donde además de una tremenda desigualdad social tenemos mutaciones físicas grotescas en buena parte de las personas que habitan estas mega-urbes. Me cerró totalmente la idea, aunque en la comparación con Husmeante, los dibujos de Morgan casi dan lástima. Evidentemente, aquella serie escrita por Robin Wood generaba menos entusiasmo en Mandrafina, o se realizó a un ritmo que no le permitía ponerle la dedicación, la imaginación y la jerarquía que puede verse en estas páginas.
Los mejores guiones de Trillo en esta serie merecen una ovación especial, porque son historias planteadas y resueltas en solo cinco páginas, lo cual es casi imposible. Ya vimos (por ejemplo) en Buscavidas y Las Puertitas del Señor López que a Trillo el tema de los espacios acotados no lo condicionaba para nada a la hora de despachar buenas historias, y acá, en varios de los nueve relatos que componen la serie (originalmente realizada entre 1982 y 1983) vamos a tener tramas sólidas, vueltas de tuerca impredecibles y resoluciones muy satisfactorias. Y en otros (por suerte no muchos) historias intrascendentes, ideas remanidas o chistes bobos estirados para que duren cinco páginas. Para bien y para mal, Husmeante es una serie a la que se le nota mucho la fecha de nacimiento: varios de los guiones de Trillo giran en torno a los dos temas que recién en 1982 se podían explorar en la historieta sin miedo a ir en cana (o algo peor), que son la política y el sexo. Husmeante está realizada al calor del destape post-guerra de Malvinas, cuando la dictadura militar ya no tenía resto para perseguir ni reprimir a nadie y la serie aprovecha a pleno ese nuevo aire de libertad. No quiero decir con esto que los resultados de intensificar las dosis de sexo y política sean geniales, para nada. Varias de las mejores historias del tomo son hard boiled clásico, sin un peso real de estos elementos, pero sin dudas son temas que a Trillo siempre le interesaron y que acá están puestos sin tapujos arriba de la mesa, siempre vistos a través de ese prisma sarcástico tan típico del guionista.
Para completar 64 páginas y no quedar muy raquítico, el tomito de Historieteca tiene un montón de extras, entre los que se destaca la gloriosa "Los Héroes Están Cansados", emblemática historieta que Carlos y Cacho aportaron al nº1 de SuperHum® y que ya se había incluido también en la recopilación de Peter Kampf lo Sabía, otro clásico notable de la dupla. En síntesis, Husmeante es un trabajo quintaesencialmente ochentoso, que conserva aún hoy algo de su atractivo, y que los fans de Trillo y Mandrafina seguramente querrán tener en sus bibliotecas, ahora que vuelve a circular en una edición cuidada y accesible.
El verdadero culpable de los muchos días que tardé en volver a postear en el blog es el maestro Timothy Truman. Estuve miles de horas enfrascado en la lectura de Wilderness: The True Story of Simon Girty, the Renegade, un librazo que recopila dos novelas gráficas realizadas por Truman en los albores de los años ´90. Se trata de un comic histórico, con muchísimo texto, en el que Truman demuestra haber investigado a fondo no solo la vida de Simon Girty, sino también la época en la que vivió (1741-1818). Yo nunca le había dado mucha bola a esa etapa de la historia de Estados Unidos, siempre fui más fan de la Guerra de Secesión, pero contada por Truman, me resultó una época fascinante, repleta de emociones fuertes. No me quiero poner a explicar todo el contexto histórico de la novela, porque es el núcleo mismo del laburazo que se mandó Truman. Simplemente contar que Simon Girty fue una figura clave para un proceso que en EEUU se desarrolló varias décadas antes que en Sudamérica, que es el embate de los descendientes de europeos contra los pueblos originarios para apoderarse de sus tierras en nombre del progreso. En EEUU esta guerra no fue menos salvaje que en Argentina, por ejemplo, pero sí mucho más temprana, al punto que varios de los combates más zarpados contra los aborígenes se libraron cuando los yankis todavía no se habían sacado de encima a los realistas, es decir, a los ejércitos que intentaban restaurar el dominio colonial de la corona británica sobre estos territorios.
O sea que tenemos dos bandos de "caras pálidas" (ingleses y yankis) enfrentados entre sí y a su vez con los indios, en un complejo equilibrio de alianzas y traiciones que Truman explica a la perfección, con sus marchas y contramarchas a lo largo de varias décadas. Y sí, Wilderness tiene mucho texto, tira mucha data (otra vez aparece -como en From Hell- la obsesión del historietista que estudió demasiado a fondo un tema y lo quiere demostrar), pero no se hace aburrida porque está escrita a un ritmo intenso, atrapante, porque lo que cuenta es interesante, y porque Truman te destroza en mil pedazos con los dibujos, que son una gloria, sobre todo en la segunda mitad, cuando las tramas mecánicas le disputan el protagonismo a las manchas negras. Como siempre, el dibujo de Truman evidencia algunas fallas cuando enfoca muy de cerca los rostros de los personajes, y cuando los toma muy de lejos, y los define con poquísimos trazos, también hay anatomías que hacen un poquito de ruido. Pero los planos medios, las viñetas resueltas con cuerpos enteros, o las viñetas en las que no hay personajes sino paisajes, son de una belleza indescriptible. Sin hablar del trabajo monumental en la documentación histórica, que reproduce con rigor lugares, armas, vestimentas, carruajes y un largo etcétera.
En un momento, la historia de Simon Girty intersecta incluso con la de Tecumseh, que (como vimos acá el 22/02/22) también apasiona al creador de Grimjack y Scout. Un motivo más para considerar a Wilderness una pieza clave en la bibliografía de Truman. Como las novelas gráficas de temática histórica de -por ejemplo- Lautaro Fiszman, Wilderness narra sucesos de una violencia y una crueldad que hoy nos resultan inadmisibles, pero en aquella época eran moneda corriente. Y Truman acierta al no juzgar a estos hombres atrapados por esta vorágine de violencia y agresión permanente, que en su mayoría terminan cagados a tiros o arruinados por el alcoholismo. Sin dudas, si te interesa la historieta como un vehículo válido para estudiar Historia, este libro te va a volar la peluca, o a hacharte el cuero cabelludo con un tomahawk.
Y tengo leído un tercer librito, pero mejor lo dejo para la próxima, así no aburro con tanta sanata. Gracias por el aguante y no dejen de visitar el canal de YouTube de Comiqueando, que este miércoles estrenamos programa nuevo, como parte de los festejos de los 10 años en esa plataforma. Como dicen los profesores mala onda del secundario, "nos vemos en Marzo".
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lunes, 5 de junio de 2023
LINDO LUNES
Me está costando encontrar ratos para leer comics, porque estoy muy metido en la realización del nuevo número de la Comiqueando Digital. Pero bueno, algo, cada tanto, puedo postear.
Por primera vez me pasó algo muy loco, que es que no pude terminar un librito de 64. Claro, no es cualquier librito. Es Monolinguisti e altri esercizi di stile, la edición italiana de Monolinguistes & Psychanalyse, la recopilación de los primeros trabajos de Lewis Trondheim, de cuando era un autor underground de fines de los ´80. El librito reúne historietas realizadas entre 1988 y 1992, una época en la que el dibujo de Trondheim era crudísimo, muy, muy limitado. Y encima esto le jugaba a favor, porque eran historietas totalmente basadas en el diálogo (o monólogo), en la que toda la gracia residía en los juegos de palabras, en cómo estas se deforman para cambiar de sentido. Al final del libro, hay 44 tiras de "Il dormiglione", en las que TODAS las viñetas de TODAS las tiras muestran un único dibujo, que se repite siempre. Y obviamente, lo gracioso son los textos, que sí cambian en cada viñeta.
Y bueno, descubrí que mi nivel de italiano no alcanza para disfrutar de todos esos juegos de palabras. Me frustró mucho entender la mitad de los chistes, y encima el rotulado de esta edición me resultó confuso, difícil de decodificar. Entonces pegué varios saltos, reboté contra varios relatos en los que no me logré enganchar y terminé en ese sector final dedicado a las tiras, que disfruté bastante. La edición de Rasputín Libri tuvo tres traductores, que deben haber dejado la vida para cambiar los chistes verbales del francés por otros que funcionen en italiano, pero lamentablemente yo no pude sintonizarles la onda. A nivel narrativo, me gustó lo que proponía este Trondheim iniciático, así que cuando pueda conseguir Monolinguistes & Psychanalyse en francés, le voy a dar otra oportunidad.
Después de muchos años (seguro más de 25) volví a leer Cosecha Verde, el clásico de Carlos Trillo y Cacho Mandrafina. Y por primera vez le encontré un problema: la primera mitad es aburridísima. Lo que los autores cuentan en las primeras 60 páginas se podría contar tranquilamente en 24. Y encima la presentación de los personajes y los conflictos está lastrada por una cantidad grosera de estereotipos, de lugares comunes (¿acá también villanos nazis, en serio?), de obviedades muy remanidas tipo "los políticos y los militares son malos", "los marginales y las prostitutas son buenas"... Todo muy gastado, muy cansador. Tal vez no en 1989, cuando se empezó a serializar la obra, pero hoy, sin dudas. Esto se hace tolerable, primero por la calidad descomunal del dibujo de Mandrafina, y segundo porque Trillo pone en juego un recurso novedoso y eficaz: personajes que están lejos del centro de la acción interrumpen la misma para contar algo de lo que está pasando desde su propia óptica, o para agregar información acerca del pasado de algún personaje protagónico que puede (o no) ser relevante para la trama. Esas interrupciones, si bien no todas aportan algo, por lo menos le cambian el ritmo al relato para que no se haga tan denso.
Y la segunda mitad, ya con el Iguana en la cancha, levanta muchísimo. Todo se desarrolla de manera más ágil y menos evidente. Realmente no sabés cómo pueden terminar Malinche y Donaldo porque la situación se vuelve muy extrema, muy áspera. Hasta yo, que ya sabía cómo termina la obra, hubo un tramo en que me puse nervioso, porque la tensión crece hasta hacerse insostenible. En esas 60 páginas finales, Trillo realmente me hipnotizó y me hizo sentir en carne propia el rigor del suspenso más atroz. Y el dibujo de Cacho no baja nunca, y se luce como nunca lo había hecho hasta ese entonces, con momentos sublimes, sobre todo en los flashbacks, donde altera su trazo habitual para jugar con una estética más similar a la del grabado. Esto es Mandrafina en la cima absoluta.
La edición argentina (clon de la última que salió en Francia) incluye también El Iguana, que es bastante posterior a Cosecha Verde pero que nunca se había publicado en nuestro país. Acá tenemos lo contrario a Cosecha Verde: una historia con una premisa a priori poco interesante (una periodista yanki viaja a La Colonia a recabar información sobre un peligroso asesino ya muerto), que resulta en una historieta entretenida gracias a los aciertos de Trillo en el desarrollo.
El Iguana es más corta (80 páginas) y desde el principio incorpora con más naturalidad el humor grotesco (y a veces muy subido de tono) a una historia más "de denuncia", donde la verdad, la memoria y la justicia tienen roles centrales. Pareciera que en esta secuela nada se toma tan en serio como en Cosecha Verde, y seguramente esto le juega a favor. Lo más extraño es que Cosecha... está toda escrita en neutro, y en El Iguana vemos al protagonista utilizar todos los términos imaginables del castellano rioplatense en su vertiente más informal. Pajero, pelotudo, gil de goma... Incluso el Iguana trata a veces de tú y a veces de vos a los otros personajes. Raro que a Trillo se le haya escapado semejante inconsistencia, con lo cual sospecho que fue algo intencional.
El Iguana parece querer advertirnos acerca de las funestas consecuencias que genera la revisión del pasado, cuando este es reciente y terrorífico como el que narran los habitantes de La Colonia cuando recuerdan la vida del Iguana. De hecho, el personaje de Susan Ling, que es quien más se involucra en la investigación, claramente cambia para peor. El resto de la gente, la que padeció más de cerca y en tiempo real el sombrío gobierno del Gran Títere y su despiadado torturador, parece -en cambio- haber cambiado para mejor, y encontrado una vida en la que el miedo tiene menos peso en sus decisiones. Más o menos por ahí va la cosa, y por suerte la "moraleja" está decorada con un montón de situaciones bizarras, algunas casi cómicas, y otras realmente desgarradoras. Si sos fan de Trillo y Mandrafina pero nunca leíste El Iguana porque no conseguías la edición española, estas 80 páginas justifican lo que pagues por el libro que trae también Cosecha Verde... que sigue siendo un clásico, 35 años después de su primera aparición.
Gracias y por el aguante y ni bien pueda reaparezco con nuevas reseñas, acá en el blog.
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martes, 22 de marzo de 2022
DOS MAS Y A LA PAUSA
Bueno, como ya comenté por acá, a partir del jueves voy a estar lejos de Buenos Aires durante unos 15 o 16 días. Hay alguna chance de que postee en el blog, ya sea desde Santiago de Chile o desde Los Angeles, pero no quiero prometer y después no cumplir. Así que, en principio, las reseñas volverán el 10 o el 11 de Abril. Por ahí hay sorpresas antes de esa fecha, por ahí no. Ya veremos.
Sigo adelante con la relectura (ahora en libro y con el color moderno) del Thor de Walt Simonson, y en el Vol.3 me encuentro con que, además de varios números de la serie central, acá se recopilan los cuatro episodios de la miniserie de Balder the Brave, con guion de Simonson y dibujos de Sal Buscema. Es un agregado piola, porque la mini engancha bastante con lo que estaba narrando Simonson en la revista de Thor. Eso sí: está estiradísima. Son cuatro episodios de 22 páginas para contar DOS hechos importantes. Todo el resto es relleno, hecho a base de peleas intrascendentes contra villanos a los que uno sabe que Balder va a derrotar sin dificultad. El dibujo de Buscema está bastante mejor que en el fill-in que aportó al Vol.2, pero igual no hay forma de justificar todas esas páginas para tan poco desarrollo argumental. A menos que seas MUY fan de Balder o de Karnilla, en cuyo caso esto te puede llegar a conmover.
En los números de Thor (todos dibujados a un nivel devastador por Simonson) pasan unas cuantas cosas interesantes. La bandera de "epopeya a todo o nada" flamea de principio a fin, hay buenas ideas para desarrollar a personajes como Loki, Enchantress, Frigga, Lorelei, Heimdall, Lady Sif y sobre todo al Executioner, y -por primera vez- Thor sale realmente malherido de un choque con Hela. Lo único medio flojito es esa aventura de Beta Ray Bill contra ese equipo de super-soldados rusos, que realmente no suma más que excusas para que Simonson dibuje acción al recontra-palo en su estilo explosivo y repleto de dinamismo. Otra vez, las onomatopeyas de John Workman hacen un notable aporte a que todo esto se vea definitivamente poderoso y majestuoso.
El último episodio del tomo es un crossover con la infausta Secret Wars II, y ni siquiera Simonson está exento de las complicaciones que traen los cruces entre tramas que vienen y van de una revista a otra sin mayor explicación. Dentro de todo, el bolonki es comprensible, sobre todo porque lo que no se resuelve en Thor se resuelve en Power Pack, una revista que en ese momento escribía Louise Simonson, la esposa de Walter, y se nota que todo está bien conversado y planificado para no confundir a los lectores que no seguían las dos colecciones. Eventualmente le entraré al Vol.4, ya cerca del final de la serie. Paciencia.
Leí también el Vol.2 de La Guerre des Magiciens, esa serie creada por Carlos Trillo, Roberto Dal Prá y Cacho Mandrafina, que lamentablemente quedó inconclusa. Al final de este álbum nos informan que el tercero es el último, pero jamás se publicó. La trama queda ahí, a mitad de camino, con la inmensa mayoría de las puntas argumentales sin resolver.
El segundo tomo apareció en 2013, bastante después de la muerte de Trillo, y está ambientado en Londres. Pasan menos cosas que en el Vol.1, porque los autores le dedican muchas páginas a flashbacks a cuando los protagonistas eran jóvenes, pero no está mal. Prefiero eso a que me rellenen el álbum con peripecias imposibles que no aportan nada al argumento global de la saga. Acá hay mucho desarrollo para los personajes, y hasta tenemos un par de escenas en las que la magia parece tener alguna relevancia en la trama. ¿Es magia, son ilusiones, qué onda? No está muy claro.
Lo que seguro es magia es lo que pela Mandrafina en la faz gráfica. A pesar de que dibujar a Londres de fines de los años ´30 es un embole, a pesar de que prácticamente no hay páginas de menos de ocho viñetas, a pesar de que algunas páginas tienen una cantidad de texto grotesca, que conspira contra el disfrute del dibujo... a pesar de todo, Cacho deja el alma en cada cuadrito y nos regala una página perfecta atrás de otra. El tratamiento del color, la forma de planificar las escenas de acción, las expresiones faciales, el cuidado por la exactitud de peinados, trajes y vehículos de la época... todo es fascinante. Sobre todo ver a un referente absoluto del claroscuro convertido en un maestro del color. Un trabajo realmente brillante del co-creador de Savarese, El Condenado y Cosecha Verde.
Pero no hay más guerra de los magos. La editorial Delcourt discontinuó la serie tras el Vol.2, y nunca le pregunté a Cacho si llegó a dibujar (o a leer) el guion del tercer y último álbum. No es la primera vez que un editor francés deja trunca una obra de autores argentinos (le pasó a Trillo y Horacio Domingues con La Marque du Pechée y a Gustavo Schimpp y Horacio Lalia con Belzarek), y aparentemente la chapa de Dal Prá y Mandrafina no alcanzó para sacar la serie a flote, ni siquiera como para terminarla y vendérsela a algún editor italiano, español o latinoamericano. Un bajón.
Bueno, nada más. Mañana miércoles hacemos un vivo en el Instagram de Comiqueando que va a estar muy bueno, el viernes estoy presentando ¿Quién quiere ser superhéroe? en el Espacio Shazam! de Santiago de Chile, y el sábado voy a participar de la presentación del tomo integral de El Brujo, también en Shazam!. Después tengo unos días de vacaciones y el 1, 2 y 3 de Abril voy a estar cubriendo la WonderCon en Anaheim, cerquita de Los Angeles y enfrente de Disneyland. Y seguro voy a recorrer comiquerías (y librerías y disquerías y antros nocturnos) en toda esa zona de California. A la vuelta les cuento qué onda. Gracias y hasta entonces.
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martes, 8 de marzo de 2022
DOS LIBRITOS MÁS
Antes de salir para San Nicolás, clavo reseñas de dos libritos que tengo leidos. También vi la peli nueva de Batman, pero me guardo la reseña unos días, así más gente la ve y me siento más impune a la hora de meter spoilers.
En Marzo de 2011, pocas semanas antes de la muerte de Carlos Trillo, se publicó el Vol.1 de La Guerre des Magiciens (La Guerra de los Magos), una creación conjunta de Trillo con su amigo italiano Roberto Dal Prá, que encontró en Cacho Mandrafina un dibujante ideal… pero muy lento. La serie tuvo muchísimos retrasos, al punto que la editorial decidió discontinuarla tras el Vol.2, que apareció bastante después de la muerte de Trillo.
Todavía no leí el Vol.2 y no sé qué tan inconclusa queda la historia, pero el Vol.1 me dejó muy en claro que los guionistas no tenían ningún apuro para hacer avanzar la trama hacia la resolución. En estas primeras 46 páginas, Trillo y Dal Prá presentan a los personajes, establecen el conflicto principal, resuelven un par de peripecias menores en esa Berlín de fines de los años ´30 bajo el yugo de los nazis (sí, otra vez los villanos son los nazis) y no mucho más. En ningún momento la narración se empantana ni se hace aburrida, en parte por el altísimo nivel de los diálogos, y en parte porque los guionistas le imprimen un buen ritmo incluso a secuencias que, en el contexto general de la trama, resultan bastante menores. Hasta ahora, la magia y los magos son elementos de poquísimo peso en la trama, prácticamente monopolizada por el clásico “judíos que intentan zafar de la opresión nazi en condiciones absolutamente desfavorables”. Veremos si en la segunda parte la fantasía dice presente.
El principal atractivo de La Guerre des Magiciens es, irónicamente, lo que más problemas le generó: el trabajo detallista, perfeccionista, con una entrega absoluta, de un Cacho Mandrafina que se animó a ponerle color él mismo a sus dibujos, siempre tan identificados con el claroscuro y el blanco y negro. El resultado es una maravilla, un álbum que visualmente te cautiva, te mete en la historia y te hace vibrar cuantas veces se lo propone. Cada locación y cada personaje están perfectamente plasmados en la página gracias a los pinceles mágicos de Mandrafina, que además mete un hermoso homenaje al inolvidable René Lavand. Las páginas en las que Cacho no se ve restringido por las cuatro tiras de viñetas (que son poquísimas) nos ofrecen unas imágenes de enorme fuerza expresiva, con un lucimiento increíble de un dibujante clásico que jamás pasa de moda ni deja de perfeccionarse. Prometo entrarle pronto al Vol.2.
Y me quedo en Francia, donde en 2019 se publicó Una Hermana, excelente novela gráfica de Bastien Vivés que en 2021 tuvo edición argentina a cargo de Hotel de las Ideas. La traducción de Giselle Prunes acierta al optar por el castellano rioplatense y la verdad es que son pocos los diálogos que no suenan 100% coherentes con la jerga porteña y nuestra manera de hablar.
Los diálogos y los silencios son importantísimos en una obra donde no hay acción ni aventuras, sino más bien una exploración de los vínculos que se generan entre los personajes. Antoine y Héléne son adolescentes retratados con una profundidad y una tridimensionalidad conmovedoras, y además de conducir la trama, generan la inmediata identificación y hasta el cariño de los lectores. Esta es una historieta rara, porque sin ser pornográfica, incluye un montón de momentos que pocas editoriales se animan a publicar, como sexo entre menores de edad, con primeros planos de genitales, eyaculaciones y demás. Pero repito: Vivés no muestra pijas y petes para que nos hagamos la paja, sino que es todo parte de esa experiencia, de ese rito iniciático que viven Antoine y Héléne y que (como suele suceder cuando uno es adolescente y se cree un guacho pistola que se las sabe todas) en un punto se les va de las manos.
El guion de Una Hermana es realmente sólido, está pensado para llegarte al alma, y sobre todo es ágil, dinámico, directo. Vivés no se cuelga en boludeces, no juzga a los personajes, sabe meter pinceladas de humor en momentos dramáticos y logra momentos de increíble tensión que llegaron a ponerme muy nervioso.
El dibujo es muy interesante. Vivés dibuja en un estilo sumamente realista, pero intencionalmente despojado. Es como si le dieran el guion a un virtuoso del estilo académico-realista y después alguien retocara sus dibujos para sacarle elementos, para simplificar la línea y eliminar trazos, texturas, detalles. La base está y es muy buena, pero Vivés busca la síntesis por sobre el despliegue visual, y reduce las viñetas a una combinación de formas muy estilizadas, y muy bien delimitadas por el blanco, el negro y los grises aplicados en el Photoshop. Por supuesto hay algunas viñetas más detalladas, sobre todo cuando elige primeros planos, pero en general se nota eso: un dibujante que quiere mostrar un mundo 100% real, al que le faltan intencionalmente casi todos los detalles que uno apreciaría en una fotografía. Muy recomendable, de verdad.
Y nada más, por hoy. El sábado y el domingo voy a estar con un All-Star Squadron de autores y especialistas participando de Tinta y Trazo, un evento de historieta y humor gráfico en la ciudad bonaerense de Mercedes, donde también habrá un espacio para presentar ¿Quién quiere ser superhéroe?. Si andan por la zona, dense una vuelta que va a estar buenísimo. Gracias y hasta pronto.
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sábado, 8 de mayo de 2021
3 al 9 de MAYO
Esta semana le dediqué bastante tiempo a luchar contra un comic que a priori me interesaba, pero con el que me aburrí mucho. No lo voy a reseñar, pero igual tengo otras cosas leídas que quiero comentar acá.
Empiezo en EEUU, en los inicios de este milenio, cuando Eric Powell desactiva el sello Albatross y las historietas de The Goon pasan a editarse a través Dark Horse. Este Vol.2 (vimos el 0 y el 1 en las reseñas del 25/06/10 y 29/01/20, respectivamente) coincide con la mudanza de The Goon de un sello chiquito, autogestivo, y una editorial ya recontra-afianzada en el mercado.
En estos primeros números en Dark Horse, Powell ofrece un recuento de la historia previa del personaje para quienes no conocían lo anterior, y enseguida se lanza a contar nuevas historias ambientadas en este mundo ominoso, crepuscular… pero 100% proclive a las aventuras en joda. The Goon es, básicamente, una comedia de humor negro. Y el recurso que utiliza Powell para hacernos reir es la naturalización de la violencia desmedida, la mala leche, la grosería y la sordidez extrema. Acá todos los personajes son seres deleznables, cuyo aspecto monstruoso es apenas la cáscara de verdaderos cúmulos de maldad. Todos mienten, todos estafan, todos roban, todos se tratan de llevar lo que no les corresponde y de voltearse a quien no les corresponde, es una jungla despiadada y voraz donde sólo los más fuertes y los más garcas sobreviven. ¿Eso es gracioso? Sí, Powell logra que sea MUY gracioso. Y además lo usa como disparador para las aventuras, que tienen (casi siempre) muchísima acción.
Lo único que me dejó un sabor agridulce en este tomo es que el mejor guion que escribe Powell (las 11 páginas de “The Abomnibale Boggy”) no las dibuja él, sino Kyle Hotz… que no es malo, pero es un clon muy alevoso del mejor Kelley Jones, que a su vez asaltaba a mano armada a Berni Wrightson. Por suerte, de las historias que dibuja el propio Powell (a un nivel apabullante) no hay ninguna chota: todas van de lo simpático a lo recontra-power. Tengo otro tomo de The Goon sin leer, así que pronto volveremos al extraño mundo de Eric a machacarnos con zombies, fascinerosos y zombies, fascinerosos.
Sigo con monstruos y criaturas bizarras que se cagan a palos, y salto a Argentina, año 2020, cuando se publica Bestias Alteradas, una revista de apenas 36 páginas en blanco y negro, con dos historietas completas del capo marplatense Julián Mono. La segunda está escrita por Watkins, y si bien no es mala, tampoco es gloriosa. Pero la primera historieta, esas 15 páginas que Mono escribe y dibuja, es una bomba atómica. El dibujo es alucinante, la puesta en página está muy cuidada, y por si esto fuera poco, el guion es buenísimo, y los diálogos son geniales. Me reí mucho, me encariñé fuerte con el personaje de Loberto (ojalá vuelva en otras aventuras), me copó ese mundo bizarro y extremo en el que transcurre la historia y sin dudas, me dejó muy cebado, pidiendo más. La revista tiene unas publicidades en joda que no desentonan para nada con la onda bizarra y revulsiva de las historietas y que sirven para redondear un paquete muy, muy atractivo para aquellos que disfrutamos de las deformidades que salen de la mente de Mono.
Y para compensar la breve extensión de estos textos, le hago copy-paste a una reseña que escribí hace más de 15 años, perdida en las brumas del tiempo, con la que extrañamente sigo estando bastante de acuerdo.
Me guardé para el final una joyita argentina, poco conocida, pero sencillamente magistral. Cuando a uno le dicen “Robin Wood y Mandrafina”, enseguida se babea y responde “Savarese! El mejor policial de bla, bla, bla...” y el resto no se entiende, por la baba. Sin embargo, esta ilustre dupla tiene en su haber otra creación, una serie bastante más breve, iniciada a fines de los ‘80 y titulada Morgan.
Morgan cuenta la historia de un detective duro en el año 2050, un
tipo anclado en una gigantesca e inhóspita mega-urbe, casi deshabitada, ya que todos los terrestres que pudieron se mudaron a las colonias en otros planetas. En la Tierra queda la lacra, los criminales, los mutantes y los vivos que hacen negocio con la desgracia ajena. De todos modos, Wood aprovecha las posibilidades de esta peculiar ambientación sólo en algunos casos, y pareciera sentirse más cómodo con las convenciones del típico hard boiled, o policial oscuro. En ese rubro, los hallazgos son muchísimos: los casos son complejos, los clientes están perfectamente definidos con un par de pinceladas maestras, y Morgan tiene la actitud perfecta (y unos diálogos geniales) para este tipo de relato.
Lo más impactante de Morgan (por lo menos para mi gusto) es su clima sórdido y su “filo” que lo acerca muchísimo a la historieta más adulta, esa que uno no suele identificar con Columba, sino más bien con Fierro, o Skorpio. De hecho, todas las historietas que integran el primer (y lamentablemente único) tomo recopilatorio de Morgan se podrían haber publicado tranquilamente en Fierro o en Skorpio, siempre y cuando les agregáramos la obligatoria escena de tetas al aire. Morgan tiene esa ironía, esa amargura y ese nihilismo típico del comic para adultos de los ‘80 y eso la convierte en una rara gema en la corona de Robin Wood.
El dibujo de Mandrafina es excelente, como siempre, pero aquí adolesce de un cierto abuso de los primeros planos. Seguramente, Cacho producía muchísimas páginas por semana y eso exige, entre otras cosas, más cabezas enormes y menos paisajes llenos de detallitos. Pero el fuerte es (como en Savarese, como siempre) la narrativa, la forma en que Mandrafina interpreta a Wood, cómo enfoca, cómo complementa a la perfección los textos del guionista, cómo nos mete en ese futuro espantosamente cercano. Del color y las letras, ya está todo dicho (y es todo horrendo). El resto, un lujo, sin duda.
Y ahora sí, no hay más. Pueden pasar por el sitio web de Comiqueando a leer más notas, bajar revistas viejas sin poner un sope en el sector de descargas gratuitas de comiqueandoshop.blogspot.com, comprar la descarga de la Comiqueando Digital nº1 ($ 290, una bicoca), o esperar unos días a que yo lea más material y lo reseñe, acá en el blog.
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The Goon
martes, 27 de junio de 2017
LECTURAS DE INVIERNO CON CALOR
En estos días de invierno en los que hizo calor, aproveché para avanzar un poquito con las lecturas.
Loco Rabia recuperó en 2016 un clásico de Carlos Trillo y Cacho Mandrafina gestado a fines de los ´90 y que nunca se había editado en el país. Viejos Canallas es una especie de secuela de Spaghetti Brothers (o Fratelli Centobucchi, como se la conoce en algunos mercados), que se entiende perfectamente sin haber leído esa extensa serie realizada para los semanarios de la ex-Eura entre 1993 y 1997. Obviamente si leíste todo Spaghetti Brothers pescás un montón de referencias que hace Trillo en esta obra, pero al mismo tiempo, algunas de las cosas que vemos acá pueden parecerte redundantes. O sea que no sé si es mejor o peor haber leído Spaghetti Brothers.
Viejos Canallas, ambientada 25 ó 30 años después de la serie original, es una gran historia en sí misma. No sólo un cierre perfecto para la saga de estos cinco hermanos con muchos guiños a la etapa anterior. El personaje de James es el menos atractivo, y Trillo lo usa para guiar al lector por el mundo tragicómico de la familia Centobucchi, donde lo que sobra son los personajes fascinantes. Incluso con un personaje menos que en Spaghetti Brothers (porque Frank está muerto), la trama familiar que urde Trillo te atrapa desde el principio y te mantiene entusiasmado hasta el final gracias a un amplio arsenal de recursos y golpes de efecto entre los cuales destaco uno: la crueldad. Esta es una obra del Trillo jodido, el Trillo mala leche, políticamente incorrecto, capaz de regodearse en la peor mierda. El personaje de Amerigo Centobucchi (lejos, el más importante, pese a que no llega vivo al final) es el clásico personaje de este Trillo maligno: violento, depravado, sórdido, perverso, 100% irredimible ni siquiera cuando los años lo reducen a ser un viejito hecho mierda. Y el manejo apabullante del humor negro que despliega Trillo logra que las atrocidades que hace Amerigo nos causen gracia, mucha gracia, lo cual es un montón.
Hay muchísimos más logros en los guiones de Viejos Canallas, pero me quiero concentrar en el dibujo de Mandrafina, rarísimo para una obra que se publicó por primera vez en Francia. Pocos fondos, muchos primeros planos, mayoría de páginas de seis cuadros… todo muy bien dibujado, pero a años luz de lo que compran habitualmente los editores franceses. Y en los flashbacks, Cacho se va a la mierda, mal. Ahí cambia el claroscuro y la mancha por un trazo más fino, más complejo, muy basado en unas tramas exquisitas, dignas del mejor Enrique Breccia. Los guiones lo obligan a saltar todo el tiempo entre la década del ´30 y fines de los ´50 y Cacho salta sin problemas, siempre con un manejo impecable de la documentación. Un trabajo hermoso de este virtuoso del Noveno Arte.
De esta misma época (1995-97) es Breakdown, una extensa obra en cuatro tomos del sensei Takao Saito, precursor del gekiga mundialmente famoso por ser el creador de Golgo 13. Como en su obra más popular, acá no hay chistes ni elementos fantásticos. Todo se centra en dos personajes, un periodista inexperto y su jefe, un inescrupuloso director de un noticiero de TV, que sobreviven a una catástrofe sin precedentes causada por un meteorito cuyos fragmentos impactan contra la Tierra.
La calidad del dibujo es magnífica, pero la verdad que en este primer tomo la trama avanza demasiado lento. En 350 páginas Saito no hace mucho más que presentarnos a los protagonistas y al conflicto central de la obra. Me encanta la libertad que tiene, que se nota muchísimo (de hecho, Saito es su propio editor)… no me gusta tanto lo que hace con esa libertad. Secuencias enteras, páginas y páginas, que podrían tranquilamente no estar, y que probablemente, si Breakdown hubiese tenido que pasar por el filtro de un editor, no estarían. En rigor de verdad, Saito usa hasta las escenas más irrelevantes para sumarle realismo y dramatismo a lo que nos está contando. Si su objetivo es que uno se ponga nervioso, esas escenas estiradas al pedo contribuyen a lograrlo.
Pero por otro lado, el autor nos está planteando un conflicto inmenso, de escala global, del cual en 350 páginas nos mostró menos que la puntita. Entonces es válido pensar cuánto nos puede llegar a mostrar en los tres tomos que faltan y decir “¿me estoy por comer otras 1.000 páginas en las que la trama se va a arrastar con la velocidad de un caracol cuadriplégico? ¡Me voy a la mierda!”. Yo compré sólo los dos primeros tomos (los que vi en oferta), así que en cualquier momento me clavo el segundo, y en base a eso decido si busco la mitad que me falta o si cuelgo ahí. El dibujo y la narrativa son fabulosos, hay varios diálogos copados, un subtexto punzante y atractivo, pero desconfío seriamente de que, al ritmo que va Saito, le alcancen 1400 páginas para desarrollar razonablemente la historia.
Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas, acá en el blog. Y si este finde andás por San Nicolás o Rosario, acercate a Villa Constitución, que voy a estar ahí, participando del evento Villa Viñetas junto a autores muy grossos del ámbito nacional.
Loco Rabia recuperó en 2016 un clásico de Carlos Trillo y Cacho Mandrafina gestado a fines de los ´90 y que nunca se había editado en el país. Viejos Canallas es una especie de secuela de Spaghetti Brothers (o Fratelli Centobucchi, como se la conoce en algunos mercados), que se entiende perfectamente sin haber leído esa extensa serie realizada para los semanarios de la ex-Eura entre 1993 y 1997. Obviamente si leíste todo Spaghetti Brothers pescás un montón de referencias que hace Trillo en esta obra, pero al mismo tiempo, algunas de las cosas que vemos acá pueden parecerte redundantes. O sea que no sé si es mejor o peor haber leído Spaghetti Brothers.
Viejos Canallas, ambientada 25 ó 30 años después de la serie original, es una gran historia en sí misma. No sólo un cierre perfecto para la saga de estos cinco hermanos con muchos guiños a la etapa anterior. El personaje de James es el menos atractivo, y Trillo lo usa para guiar al lector por el mundo tragicómico de la familia Centobucchi, donde lo que sobra son los personajes fascinantes. Incluso con un personaje menos que en Spaghetti Brothers (porque Frank está muerto), la trama familiar que urde Trillo te atrapa desde el principio y te mantiene entusiasmado hasta el final gracias a un amplio arsenal de recursos y golpes de efecto entre los cuales destaco uno: la crueldad. Esta es una obra del Trillo jodido, el Trillo mala leche, políticamente incorrecto, capaz de regodearse en la peor mierda. El personaje de Amerigo Centobucchi (lejos, el más importante, pese a que no llega vivo al final) es el clásico personaje de este Trillo maligno: violento, depravado, sórdido, perverso, 100% irredimible ni siquiera cuando los años lo reducen a ser un viejito hecho mierda. Y el manejo apabullante del humor negro que despliega Trillo logra que las atrocidades que hace Amerigo nos causen gracia, mucha gracia, lo cual es un montón.
Hay muchísimos más logros en los guiones de Viejos Canallas, pero me quiero concentrar en el dibujo de Mandrafina, rarísimo para una obra que se publicó por primera vez en Francia. Pocos fondos, muchos primeros planos, mayoría de páginas de seis cuadros… todo muy bien dibujado, pero a años luz de lo que compran habitualmente los editores franceses. Y en los flashbacks, Cacho se va a la mierda, mal. Ahí cambia el claroscuro y la mancha por un trazo más fino, más complejo, muy basado en unas tramas exquisitas, dignas del mejor Enrique Breccia. Los guiones lo obligan a saltar todo el tiempo entre la década del ´30 y fines de los ´50 y Cacho salta sin problemas, siempre con un manejo impecable de la documentación. Un trabajo hermoso de este virtuoso del Noveno Arte.
De esta misma época (1995-97) es Breakdown, una extensa obra en cuatro tomos del sensei Takao Saito, precursor del gekiga mundialmente famoso por ser el creador de Golgo 13. Como en su obra más popular, acá no hay chistes ni elementos fantásticos. Todo se centra en dos personajes, un periodista inexperto y su jefe, un inescrupuloso director de un noticiero de TV, que sobreviven a una catástrofe sin precedentes causada por un meteorito cuyos fragmentos impactan contra la Tierra.
La calidad del dibujo es magnífica, pero la verdad que en este primer tomo la trama avanza demasiado lento. En 350 páginas Saito no hace mucho más que presentarnos a los protagonistas y al conflicto central de la obra. Me encanta la libertad que tiene, que se nota muchísimo (de hecho, Saito es su propio editor)… no me gusta tanto lo que hace con esa libertad. Secuencias enteras, páginas y páginas, que podrían tranquilamente no estar, y que probablemente, si Breakdown hubiese tenido que pasar por el filtro de un editor, no estarían. En rigor de verdad, Saito usa hasta las escenas más irrelevantes para sumarle realismo y dramatismo a lo que nos está contando. Si su objetivo es que uno se ponga nervioso, esas escenas estiradas al pedo contribuyen a lograrlo.
Pero por otro lado, el autor nos está planteando un conflicto inmenso, de escala global, del cual en 350 páginas nos mostró menos que la puntita. Entonces es válido pensar cuánto nos puede llegar a mostrar en los tres tomos que faltan y decir “¿me estoy por comer otras 1.000 páginas en las que la trama se va a arrastar con la velocidad de un caracol cuadriplégico? ¡Me voy a la mierda!”. Yo compré sólo los dos primeros tomos (los que vi en oferta), así que en cualquier momento me clavo el segundo, y en base a eso decido si busco la mitad que me falta o si cuelgo ahí. El dibujo y la narrativa son fabulosos, hay varios diálogos copados, un subtexto punzante y atractivo, pero desconfío seriamente de que, al ritmo que va Saito, le alcancen 1400 páginas para desarrollar razonablemente la historia.
Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas, acá en el blog. Y si este finde andás por San Nicolás o Rosario, acercate a Villa Constitución, que voy a estar ahí, participando del evento Villa Viñetas junto a autores muy grossos del ámbito nacional.
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sábado, 21 de mayo de 2016
OTRAS DOS
Ahora que terminé con las novedades que nos ofreció el mercado editorial argentino durante 2015, me animo a clavarme la reedición de un clásico, en este caso a cargo de la editorial española 001 Ediciones.
Este primer tomo de Savarese reúne los episodios originales de la serie creada en 1978 por Robin Wood y Cacho Madrafina. Son las 12 primeras entregas de esta serie que se extendería por más de 10 años en las revistas de Columba y que está recopilada en libros hasta el final sólo en Italia. Acá podemos atestiguar el origen de Savarese, la muerte de su familia, su llegada a EEUU y recién sobre el final, sus primeros coqueteos con la idea de convertirse en agente de la ley y el orden.
Son historias tristes, desgarradoras, donde las situaciones crueles y violentas que narra Wood están prolijamente adornadas con una prosa sugestiva, con mucho vuelo, que apunta siempre a la emoción y nunca falla. Obviamente hay una abundancia de bloques de texto que hoy nos resulta casi alienígena, pero de alguna manera funciona. Las tramas son atrapantes y por supuesto está muy cuidado el desarrollo de este personaje joven, frágil, inexperto en todo (principalmente en ser feliz), al que Wood y Mandrafina convertirán, con el correr de los años, en un grosso de aquellos.
El dibujo es adusto y expresivo, está resuelto con muchos primeros planos y con una magia increíble a la hora de jugarse todas las fichas la claroscuro. Lástima la calidad de la reproducción (eterno problema a la hora de reeditar trabajos clásicos de Robin Wood) que no logra captar un montón de las sutilezas del trazo de Mandrafina, que acá se ve mucho más opaco y empastado que en otras ediciones.
Otro clásico que resistió bien el paso del tiempo es la maxiserie de los Inhumans, de Paul Jenkins y Jae Lee. Esto armó un lindo kilombito cuando salió allá por 1998-99 y leído hoy, por suerte sigue teniendo onda y sentido. Es una historia rara, bastante rupturista, que busca abordar la temática de los Inhumans desde una óptica muy distinta a la de las clásicas aventuras de los ´60 y ´70. Pero Jenkins se sale con la suya y logra revigorizar la mitología de Blackagar Boltagon y su familia.
La saga en sí está muy estirada, con episodios enteros que podrían tranquilamente no estar. En general, están compuestos por escenas de desarrollo de personajes, o de escenas que le sirven a Jenkins para describir aspectos de esta sociedad basada en la diversidad. La trama central, una clásica rosca política, casi sin margen para la machaca, se resuelve muy sobre el final, de modo para nada predecible. El dibujo de Jae Lee está bien. Esta es la obra en la que se decide a dejar de ser un clon de Leo Manco y buscar su propia identidad dentro del estilo Juan Carlos Flicker, que aún hoy lo tiene como abanderado. No esperes mucha plasticidad, ni muchos logros en materia de narrativa y puesta en página, pero por lo menos no es un artbook con textos encima.
Así que si sos fans de los Inhumans, seguramente te va a interesar bastante más que todos estos títulos que lanzó Marvel en los últimos años y que resultan tan difíciles de diferenciar entre sí y del resto de la línea heroica de la editorial. Con sus defectos y virtudes, los Inhumans de Jenkins y Lee no se parecían a nada de lo que editaba Marvel en ese entonces y eso le otorga a esta serie la chapa de haber propuesto un comic de autor dentro del mainstream (además de haber logrado nominaciones a varios premios en los que Marvel llevaba años siendo sistemática y merecidamente ninguneada).
Y tengo más material leído, pero estas dos reseñas me quedaron larguísimas, así que guardo para una futura entrada. Me despido, no sin antes confirmarles a los amigos uruguayos que nos vemos este finde, el 28 y 29 de Mayo, en Montevideo Comics.
Este primer tomo de Savarese reúne los episodios originales de la serie creada en 1978 por Robin Wood y Cacho Madrafina. Son las 12 primeras entregas de esta serie que se extendería por más de 10 años en las revistas de Columba y que está recopilada en libros hasta el final sólo en Italia. Acá podemos atestiguar el origen de Savarese, la muerte de su familia, su llegada a EEUU y recién sobre el final, sus primeros coqueteos con la idea de convertirse en agente de la ley y el orden.
Son historias tristes, desgarradoras, donde las situaciones crueles y violentas que narra Wood están prolijamente adornadas con una prosa sugestiva, con mucho vuelo, que apunta siempre a la emoción y nunca falla. Obviamente hay una abundancia de bloques de texto que hoy nos resulta casi alienígena, pero de alguna manera funciona. Las tramas son atrapantes y por supuesto está muy cuidado el desarrollo de este personaje joven, frágil, inexperto en todo (principalmente en ser feliz), al que Wood y Mandrafina convertirán, con el correr de los años, en un grosso de aquellos.
El dibujo es adusto y expresivo, está resuelto con muchos primeros planos y con una magia increíble a la hora de jugarse todas las fichas la claroscuro. Lástima la calidad de la reproducción (eterno problema a la hora de reeditar trabajos clásicos de Robin Wood) que no logra captar un montón de las sutilezas del trazo de Mandrafina, que acá se ve mucho más opaco y empastado que en otras ediciones.
Otro clásico que resistió bien el paso del tiempo es la maxiserie de los Inhumans, de Paul Jenkins y Jae Lee. Esto armó un lindo kilombito cuando salió allá por 1998-99 y leído hoy, por suerte sigue teniendo onda y sentido. Es una historia rara, bastante rupturista, que busca abordar la temática de los Inhumans desde una óptica muy distinta a la de las clásicas aventuras de los ´60 y ´70. Pero Jenkins se sale con la suya y logra revigorizar la mitología de Blackagar Boltagon y su familia.
La saga en sí está muy estirada, con episodios enteros que podrían tranquilamente no estar. En general, están compuestos por escenas de desarrollo de personajes, o de escenas que le sirven a Jenkins para describir aspectos de esta sociedad basada en la diversidad. La trama central, una clásica rosca política, casi sin margen para la machaca, se resuelve muy sobre el final, de modo para nada predecible. El dibujo de Jae Lee está bien. Esta es la obra en la que se decide a dejar de ser un clon de Leo Manco y buscar su propia identidad dentro del estilo Juan Carlos Flicker, que aún hoy lo tiene como abanderado. No esperes mucha plasticidad, ni muchos logros en materia de narrativa y puesta en página, pero por lo menos no es un artbook con textos encima.
Así que si sos fans de los Inhumans, seguramente te va a interesar bastante más que todos estos títulos que lanzó Marvel en los últimos años y que resultan tan difíciles de diferenciar entre sí y del resto de la línea heroica de la editorial. Con sus defectos y virtudes, los Inhumans de Jenkins y Lee no se parecían a nada de lo que editaba Marvel en ese entonces y eso le otorga a esta serie la chapa de haber propuesto un comic de autor dentro del mainstream (además de haber logrado nominaciones a varios premios en los que Marvel llevaba años siendo sistemática y merecidamente ninguneada).
Y tengo más material leído, pero estas dos reseñas me quedaron larguísimas, así que guardo para una futura entrada. Me despido, no sin antes confirmarles a los amigos uruguayos que nos vemos este finde, el 28 y 29 de Mayo, en Montevideo Comics.
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lunes, 12 de mayo de 2014
12/ 05: EL CONDENADO
Hace poco más de dos años, el 07/05/12, comentamos otro libro llamado El Condenado, también escrito por Guillermo Saccomanno y también dibujado por Cacho Mandrafina, pero de otra editorial. Claro, ese libro reunía varios episodios de la última etapa de El Condenado, la realizada a principios de este milenio y parcialmente publicada en Fierro. Por otro lado, la editorial que se dedica a recopilar (con exasperante lentitud) los clásicos aparecidos en Skorpio, ofrece estas 120 páginas en las que podemos revivir el inicio de esta serie, los episodios con los que Saccomanno y Mandrafina pusieron en marcha la saga de Marcel Clouzot allá por 1977.
Me gusta porque Saccomanno arranca presentando con muchas pilas un status quo que jamás tuvo pensado conservar. En el primer episodio ya te tira la onda de que no te va a contar la vida de Clouzot en la cárcel de Cayena, sino que al toque se va a fugar. Y al toque se fuga, y deja de ser “el condenado”, para pasar a ser “el fugitivo”. Un par de episodios, porque después se convierte en un errante, un tipo que va para donde sopla el viento; y todo eso en los flashbacks, porque en el presente el tipo vive lo más tranquilo en Australia, donde se lo conoce como un escritor que escucha y cuenta historias en un bar cualquiera. Y lo más lindo es que no pasa lo que pasaría en una película yanki: obviamente en la versión Hollywood de El Condenado veríamos cómo Clouzot vuelve a Francia a resolver el crimen que le endilgaron, para demostrar su inocencia y limpiar su nombre, mientras lo persiguen la policía y algún villano vinculado a su pasado como recluso en Cayena. Por suerte, en la versión de Saccomanno a Clouzot le importa un carajo limpiar su nombre. El tipo asume que ya perdió todo lo que tenía para perder y empieza de nuevo, de cero.
Las aventuras de este primer tramo están bien: tienen unas cuantas sorpresas, pasan cosas bastante impactantes y hay espacio para desarrollar a los personajes, por lo menos como se desarrollaban los personajes en la historieta argentina de los ´70. Lo que no me cierra es el ritmo, MUY pachorro, muy lastrado por esa impronta literaria tan típica de Saccomanno, con mucho diálogo y miles de bloques de texto en los que se luce una prosa florida, riquísima... que queda mucho mejor en un cuento o en una novela que en un comic. Estuve todo el libro esperando más secuencias con indios como la de la página 46, porque los indios no hablan y necesitaba un respiro ante tanto palabrerío. Por suerte (y hablando en serio) casi todos los episodios tienen una linda secuencia muda, en la que los que cuentan la historia son los dibujos de Mandrafina.
Es muy notable observar cómo evoluciona el estilo gráfico de Mandrafina a lo largo de estos nueve episodios. Para el final, ya se ve claramente al Cacho de siempre, al que se consagró en Savarese y no paró de romperla desde entonces. Al principio, en cambio, se ve a un dibujante más genérico, menos personal, con algunos rasgos típicos de Lito Fernández (que fue quien lo introdujo en el mundo del dibujo profesional), con esos cross-hatchings en los fondos típicos de Arturo Del Castillo y con mucho de los dibujantes clásicos norteamericanos. Lo más interesante aparece cuando Mandrafina juega a convertir a El Condenado en Mort Cinder y extrema las iluminaciones para llevarlas a un claroscuro tremendamente brecciano, a todo o nada, a veces complementado con esos efectos de raspados, o de texturas logradas con esponjas, que tanto le gustaban al Viejo. Cuantas más sombras le permite poner la escena, más se luce el trabajo de Mandrafina y más se enrarece esta aventura -a priori tan clásica- con esos trucos breccianos que años más tarde afanaría sin piedad Frank Miller.
En fin, a la primera etapa de El Condenado se le notan bastante los casi 40 años que tiene a cuestas. Si sos fan de la historieta argentina clásica, supongo que no te importará en lo más mínimo y la disfrutarás a lo loco. Y si no, recomiendo empezar por la etapa más reciente de la serie, donde vas a ver a un Mandrafina y un Saccomanno más afilados, más aggiornados, más asentados cada uno en su estilo. Si eso te ceba mal, siempre hay tiempo para volver para atrás y enterarte cómo empieza la saga de Marcel Clouzot.
Me gusta porque Saccomanno arranca presentando con muchas pilas un status quo que jamás tuvo pensado conservar. En el primer episodio ya te tira la onda de que no te va a contar la vida de Clouzot en la cárcel de Cayena, sino que al toque se va a fugar. Y al toque se fuga, y deja de ser “el condenado”, para pasar a ser “el fugitivo”. Un par de episodios, porque después se convierte en un errante, un tipo que va para donde sopla el viento; y todo eso en los flashbacks, porque en el presente el tipo vive lo más tranquilo en Australia, donde se lo conoce como un escritor que escucha y cuenta historias en un bar cualquiera. Y lo más lindo es que no pasa lo que pasaría en una película yanki: obviamente en la versión Hollywood de El Condenado veríamos cómo Clouzot vuelve a Francia a resolver el crimen que le endilgaron, para demostrar su inocencia y limpiar su nombre, mientras lo persiguen la policía y algún villano vinculado a su pasado como recluso en Cayena. Por suerte, en la versión de Saccomanno a Clouzot le importa un carajo limpiar su nombre. El tipo asume que ya perdió todo lo que tenía para perder y empieza de nuevo, de cero.
Las aventuras de este primer tramo están bien: tienen unas cuantas sorpresas, pasan cosas bastante impactantes y hay espacio para desarrollar a los personajes, por lo menos como se desarrollaban los personajes en la historieta argentina de los ´70. Lo que no me cierra es el ritmo, MUY pachorro, muy lastrado por esa impronta literaria tan típica de Saccomanno, con mucho diálogo y miles de bloques de texto en los que se luce una prosa florida, riquísima... que queda mucho mejor en un cuento o en una novela que en un comic. Estuve todo el libro esperando más secuencias con indios como la de la página 46, porque los indios no hablan y necesitaba un respiro ante tanto palabrerío. Por suerte (y hablando en serio) casi todos los episodios tienen una linda secuencia muda, en la que los que cuentan la historia son los dibujos de Mandrafina.
Es muy notable observar cómo evoluciona el estilo gráfico de Mandrafina a lo largo de estos nueve episodios. Para el final, ya se ve claramente al Cacho de siempre, al que se consagró en Savarese y no paró de romperla desde entonces. Al principio, en cambio, se ve a un dibujante más genérico, menos personal, con algunos rasgos típicos de Lito Fernández (que fue quien lo introdujo en el mundo del dibujo profesional), con esos cross-hatchings en los fondos típicos de Arturo Del Castillo y con mucho de los dibujantes clásicos norteamericanos. Lo más interesante aparece cuando Mandrafina juega a convertir a El Condenado en Mort Cinder y extrema las iluminaciones para llevarlas a un claroscuro tremendamente brecciano, a todo o nada, a veces complementado con esos efectos de raspados, o de texturas logradas con esponjas, que tanto le gustaban al Viejo. Cuantas más sombras le permite poner la escena, más se luce el trabajo de Mandrafina y más se enrarece esta aventura -a priori tan clásica- con esos trucos breccianos que años más tarde afanaría sin piedad Frank Miller.
En fin, a la primera etapa de El Condenado se le notan bastante los casi 40 años que tiene a cuestas. Si sos fan de la historieta argentina clásica, supongo que no te importará en lo más mínimo y la disfrutarás a lo loco. Y si no, recomiendo empezar por la etapa más reciente de la serie, donde vas a ver a un Mandrafina y un Saccomanno más afilados, más aggiornados, más asentados cada uno en su estilo. Si eso te ceba mal, siempre hay tiempo para volver para atrás y enterarte cómo empieza la saga de Marcel Clouzot.
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lunes, 18 de noviembre de 2013
18/ 11: IL CAVALIER DI GOMMASGONFIA
Como te darás cuenta con sólo ver la portada, esto no es otra cosa que la edición italiana de El Caballero del Piñón Fijo, cuasi-clásico ochentoso de Carlos Trillo y Cacho Mandrafina. ¿Para qué quiero una obra de Trillo y Mandrafina en edición italiana? Y, para no lanzar. La verdad es que la edición argentina (publicada hace unos años por Página/12) es tan horripilante, está tan mal impresa, en un papel tan choto, que da vergüenza ajena. Prefiero tirarla a la mierda o regalarla (a alguien que no se sienta ofendido) y quedarme con esta hermosa edición que está en el idioma de mis bisabuelos, pero tiene un tamaño excelente, un papel zarpado , una encuadernación y una impresión de lujo y una portada alucinante creada especialmente para este álbum. La edición argenta traía también las historias mudas que Cacho y Carlos hicieron para SuperHum®, pero tampoco estaban todas. Así que, al Averno.
La historieta en sí está muy bien. No araña la gloria simplemente porque es una obra de Trillo y Mandrafina, que tienen –para sus obras en conjunto- un listón altísimo, colocado allá arriba por joyas insuperables como Cosecha Verde o Peter Kampf lo Sabía. En ese contexto, el Caballero del Piñón Fijo, aún con todas sus virtudes, se convierte en una obra menor, no al nivel de Dragger (que quizás sea la más floja de las colaboraciones de la dupla) sino más bien al nivel de El Husmeante. Un nivel al que –claramente- no cualquier equipo creativo puede aspirar.
El Caballero del Piñón Fijo se basa en un contraste profundo, definitivo: el protagonista es una especie de deshollinador alienado, que cree ser el heroico protagonista de una epopeya repleta de nobleza e hidalguía, al mejor estilo de Don Quijote de la Mancha. El resto de los personajes, sin embargo, habitan un mundo muy real, muy sórdido, con los pies sobre la tierra de 1985-86, que fue cuando se realizó la historieta. Las doncellas a las que intentará rescatar el Caballero serán, en realidad, cabareteras; y los artefactos míticos de poder ancestral serán generalmente drogas. Por ese extraño reino de mafiosos y corruptos, el Caballero vivirá su alucinación montado en su fiel bicicleta Silver, y se esforzará por cumplir su misión bajo la mirada burlona del resto, que se da cuenta de que se trata de un pobre infeliz con serios trastornos para percibir la realidad.
Las breves aventuras se suceden unas a otras hilvanadas por una trama mayor, y están contadas por Trillo con una distancia irónica, a veces excesiva, como quien se pasa de listo. Para subrayar el factor satírico o paródico, una pequeña orquesta de tres personas interrumpe cada tanto el relato para cantar estribillos graciosos, que básicamente dicen lo mismo que ya sabemos, y además agregan una cuota de humor y de extrañeza a una historia que ya de por sí tiene un clima raro, por esto de estar protagonizada por un tipo sensiblemente desfasado de la realidad. Como estamos en los ´80, hay tetas, drogas, bastante violencia (casi siempre mostrada de forma caricaturesca) y hasta un viaje por una caverna que se ve exactamente como una gigantesca cavidad vaginal. Esta obra pertenece sin dudas a la vertiente malalechística del inolvidable Carlos Trillo y como tantas obras del autor, no deja demasiado margen para la esperanza, o para los finales felices. La sordidez, las miserias, las traiciones y la abyección moral de los personajes serán las que se queden con la porción más grande de la torta, mientras que el ideal heroico que corporiza el Caballero será cruelmente denostado.
El dibujo de Mandrafina está muy emparentado con el de las historias mudas: pocos fondos, muchos espacios blancos, expresividad exacerbada en los primeros planos y un especial cuidado en el lenguaje corporal, exagerado al borde de la pantomima para lograr un efecto entre cómico e inquietante. Por supuesto, Mandrafina brilla en la ejecución del claroscuro (su especialidad), logra un excelente equilibrio entre todos esos espacios blancos y sus siempre certeras manchas negras, y logra un ritmo narrativo de enorme fluidez, similar al de una película antigua, en blanco y negro y casi sin diálogos, a pesar de que los diálogos son muchos y Trillo rara vez le pide menos de ocho viñetas por página. Si no tuviera guión, esta historieta también sería un lujo para nuestras bibliotecas sólo por la inspiración y la magia que pela Cacho a la hora de dibujarla.
Algún día se hará justicia, y El Caballero del Piñón Fijo tendrá en nuestro país la edición que se merece. Mientras llega ese día, no está mal deleitarse con la edición italiana, que conserva perfectamente los chistes, adapta con criterio los juegos de palabras y transmite a la hora de la lectura la misma sensación de diversión, delirio y originalidad que cuando la leímos en castellano en la Fierro, hace casi 30 años.
La historieta en sí está muy bien. No araña la gloria simplemente porque es una obra de Trillo y Mandrafina, que tienen –para sus obras en conjunto- un listón altísimo, colocado allá arriba por joyas insuperables como Cosecha Verde o Peter Kampf lo Sabía. En ese contexto, el Caballero del Piñón Fijo, aún con todas sus virtudes, se convierte en una obra menor, no al nivel de Dragger (que quizás sea la más floja de las colaboraciones de la dupla) sino más bien al nivel de El Husmeante. Un nivel al que –claramente- no cualquier equipo creativo puede aspirar.
El Caballero del Piñón Fijo se basa en un contraste profundo, definitivo: el protagonista es una especie de deshollinador alienado, que cree ser el heroico protagonista de una epopeya repleta de nobleza e hidalguía, al mejor estilo de Don Quijote de la Mancha. El resto de los personajes, sin embargo, habitan un mundo muy real, muy sórdido, con los pies sobre la tierra de 1985-86, que fue cuando se realizó la historieta. Las doncellas a las que intentará rescatar el Caballero serán, en realidad, cabareteras; y los artefactos míticos de poder ancestral serán generalmente drogas. Por ese extraño reino de mafiosos y corruptos, el Caballero vivirá su alucinación montado en su fiel bicicleta Silver, y se esforzará por cumplir su misión bajo la mirada burlona del resto, que se da cuenta de que se trata de un pobre infeliz con serios trastornos para percibir la realidad.
Las breves aventuras se suceden unas a otras hilvanadas por una trama mayor, y están contadas por Trillo con una distancia irónica, a veces excesiva, como quien se pasa de listo. Para subrayar el factor satírico o paródico, una pequeña orquesta de tres personas interrumpe cada tanto el relato para cantar estribillos graciosos, que básicamente dicen lo mismo que ya sabemos, y además agregan una cuota de humor y de extrañeza a una historia que ya de por sí tiene un clima raro, por esto de estar protagonizada por un tipo sensiblemente desfasado de la realidad. Como estamos en los ´80, hay tetas, drogas, bastante violencia (casi siempre mostrada de forma caricaturesca) y hasta un viaje por una caverna que se ve exactamente como una gigantesca cavidad vaginal. Esta obra pertenece sin dudas a la vertiente malalechística del inolvidable Carlos Trillo y como tantas obras del autor, no deja demasiado margen para la esperanza, o para los finales felices. La sordidez, las miserias, las traiciones y la abyección moral de los personajes serán las que se queden con la porción más grande de la torta, mientras que el ideal heroico que corporiza el Caballero será cruelmente denostado.
El dibujo de Mandrafina está muy emparentado con el de las historias mudas: pocos fondos, muchos espacios blancos, expresividad exacerbada en los primeros planos y un especial cuidado en el lenguaje corporal, exagerado al borde de la pantomima para lograr un efecto entre cómico e inquietante. Por supuesto, Mandrafina brilla en la ejecución del claroscuro (su especialidad), logra un excelente equilibrio entre todos esos espacios blancos y sus siempre certeras manchas negras, y logra un ritmo narrativo de enorme fluidez, similar al de una película antigua, en blanco y negro y casi sin diálogos, a pesar de que los diálogos son muchos y Trillo rara vez le pide menos de ocho viñetas por página. Si no tuviera guión, esta historieta también sería un lujo para nuestras bibliotecas sólo por la inspiración y la magia que pela Cacho a la hora de dibujarla.
Algún día se hará justicia, y El Caballero del Piñón Fijo tendrá en nuestro país la edición que se merece. Mientras llega ese día, no está mal deleitarse con la edición italiana, que conserva perfectamente los chistes, adapta con criterio los juegos de palabras y transmite a la hora de la lectura la misma sensación de diversión, delirio y originalidad que cuando la leímos en castellano en la Fierro, hace casi 30 años.
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El Caballero del Piñón Fijo
lunes, 7 de mayo de 2012
07/ 05: EL CONDENADO
Allá por Diciembre de 2010 publiqué una reseña de Cayenne, una obra de Guillermo Saccomanno y Cacho Mandrafina publicada en Francia. Recomiendo releerla antes de seguir adelante (está en la página 175 del segundo libro del blog) porque Cayenne y El Condenado son la misma historieta con distinto nombre. De hecho, el primero de los episodios incluídos en esta edición argentina (esa que pedíamos a gritos en 2010) es el mismo que el que abre la edición francesa. El resto de los episodios, por suerte, son todos distintos y no coinciden tampoco con los que publicó Fierro allá por 2007-2008.
¿Ya está? Bueno, empiezo con una fe de erratas. En la reseña de Cayenne yo decía que el bar Sweet Sodome estaba en alguna ciudad portuaria no identificada de EEUU. Y no, nada que ver. En las historias de este tomo queda muy claro que el bar está en Melbourne, Australia, un toquecito lejos de EEUU.
El libro argentino abre con ese primer episodio (fundamental para entender que este Marcel Clouzot es el mismo tipo que se escapó de la penitenciaría de Cayena en la serie que salía en Skorpio en los ´70 y ´80) y cierra con una saguita de dos, que narran una maravillosa historia ambientada en la época en que Clouzot vagaba por los mares del sur. Las casi 100 páginas del medio componen una saga extensa, la saga de Carol, en la que Clouzot se establece como chofer, valet, guardaespaldas y confidente de una prostituta fina, que atiende a clientes de la alta sociedad australiana. No es exactamente una novela gráfica (como reza un texto en la portada del libro), porque Saccomanno no oculta en lo más mínimo el formato episódico de la historieta. De hecho, cada ocho páginas y con puntualidad suiza, la trama cierra y el relato nos devuelve al presente, a la época en la que Clouzot rememora estas vivencias sucedidas en su pasado. La gran mayoría de los segmentos de ocho páginas cierran tan bien, tan lindo, que serían –además- grandes historias unitarias.
Pero el formato serial le permite a Saccomanno desarrollar a los personajes, meterse a fondo en la vida de Carol, su hijo Jimmy y este tipo aparentemente sin emociones, este pecho frío al que por dentro le pasa de todo, pero no expresa nada. Los temas centrales son la corrupción, la facilidad con la que la gente juzga al prójimo, la tensa relación entre patrona y empleado y la improbable búsqueda de la redención por parte de un veterano de mil combates que ya está de vuelta de todo. Hay algún momento tierno, algún coqueteo erótico (lógico en una historia co-protagonizada por una meretriz) y cero chistes. De verdad, ninguno. Esto es amargo como la hinchada de Independiente, no hay margen ni para la más mínima sonrisa.
Dentro de este contexto áspero, heavy, mi secuencia favorita son esos dos episodios co-protagonizados por Philip, el cajero del banco que cree que se va a morir. A esa historia, le metés tres chistes y es un capítulo perfecto de The Spirit. Lo más flojo, el de la pelea de Clouzot con los otros choferes, que aporta muy poco. El final es un toquecito anticlimático, porque Marcel venía anunciando su movida hacía unas cuantas páginas, pero está muy, muy bien narrado. El Condenado peca un poquito de algún vicio literario (citas a escritores, extensos bloques de texto), pero está bien: Saccomanno es sinónimo de buena literatura argentina y de un impecable manejo del género negro.
¿Y qué se puede decir de Mandrafina que no se haya dicho ya? Acá se puede disfrutar del maestro en un excelente nivel, con toda su fuerza, toda su expresividad. Sus autos, paisajes y mansiones son increíbles, la puesta en página es absolutamente clásica, la acción está casi des-enfatizada, mientras que las emociones de los personajes están a flor de piel, sumamente amplificadas por el dibujo de Cacho. Es alucinante todo lo que las caras de Carol y Marcel nos dicen acerca de lo que les pasa. Cosas que el texto no siempre dice, pero que el dibujo prácticamente nos las grita en la cara. Otra cátedra de este artista fundamental, protagonista absoluto de los últimos 35 años de nuestra historieta.
Manchada por la literatura, por el género negro y por el formato serial que la obliga a “volver del flashback” cada ocho páginas, la historia del Condenado está llena de humanidad, de pasión, de climas jodidos, de giros impredecibles y de bajadas de línea para el lado correcto. Creadas hace poco más de 10 años para una editorial italiana, siempre es un placer leer esto en nuestro idioma y editado en nuestro país, más allá de que en la comparación con el papel y la impresión del libro francés, este salga perdiendo por goleada.
¿Ya está? Bueno, empiezo con una fe de erratas. En la reseña de Cayenne yo decía que el bar Sweet Sodome estaba en alguna ciudad portuaria no identificada de EEUU. Y no, nada que ver. En las historias de este tomo queda muy claro que el bar está en Melbourne, Australia, un toquecito lejos de EEUU.
El libro argentino abre con ese primer episodio (fundamental para entender que este Marcel Clouzot es el mismo tipo que se escapó de la penitenciaría de Cayena en la serie que salía en Skorpio en los ´70 y ´80) y cierra con una saguita de dos, que narran una maravillosa historia ambientada en la época en que Clouzot vagaba por los mares del sur. Las casi 100 páginas del medio componen una saga extensa, la saga de Carol, en la que Clouzot se establece como chofer, valet, guardaespaldas y confidente de una prostituta fina, que atiende a clientes de la alta sociedad australiana. No es exactamente una novela gráfica (como reza un texto en la portada del libro), porque Saccomanno no oculta en lo más mínimo el formato episódico de la historieta. De hecho, cada ocho páginas y con puntualidad suiza, la trama cierra y el relato nos devuelve al presente, a la época en la que Clouzot rememora estas vivencias sucedidas en su pasado. La gran mayoría de los segmentos de ocho páginas cierran tan bien, tan lindo, que serían –además- grandes historias unitarias.
Pero el formato serial le permite a Saccomanno desarrollar a los personajes, meterse a fondo en la vida de Carol, su hijo Jimmy y este tipo aparentemente sin emociones, este pecho frío al que por dentro le pasa de todo, pero no expresa nada. Los temas centrales son la corrupción, la facilidad con la que la gente juzga al prójimo, la tensa relación entre patrona y empleado y la improbable búsqueda de la redención por parte de un veterano de mil combates que ya está de vuelta de todo. Hay algún momento tierno, algún coqueteo erótico (lógico en una historia co-protagonizada por una meretriz) y cero chistes. De verdad, ninguno. Esto es amargo como la hinchada de Independiente, no hay margen ni para la más mínima sonrisa.
Dentro de este contexto áspero, heavy, mi secuencia favorita son esos dos episodios co-protagonizados por Philip, el cajero del banco que cree que se va a morir. A esa historia, le metés tres chistes y es un capítulo perfecto de The Spirit. Lo más flojo, el de la pelea de Clouzot con los otros choferes, que aporta muy poco. El final es un toquecito anticlimático, porque Marcel venía anunciando su movida hacía unas cuantas páginas, pero está muy, muy bien narrado. El Condenado peca un poquito de algún vicio literario (citas a escritores, extensos bloques de texto), pero está bien: Saccomanno es sinónimo de buena literatura argentina y de un impecable manejo del género negro.
¿Y qué se puede decir de Mandrafina que no se haya dicho ya? Acá se puede disfrutar del maestro en un excelente nivel, con toda su fuerza, toda su expresividad. Sus autos, paisajes y mansiones son increíbles, la puesta en página es absolutamente clásica, la acción está casi des-enfatizada, mientras que las emociones de los personajes están a flor de piel, sumamente amplificadas por el dibujo de Cacho. Es alucinante todo lo que las caras de Carol y Marcel nos dicen acerca de lo que les pasa. Cosas que el texto no siempre dice, pero que el dibujo prácticamente nos las grita en la cara. Otra cátedra de este artista fundamental, protagonista absoluto de los últimos 35 años de nuestra historieta.
Manchada por la literatura, por el género negro y por el formato serial que la obliga a “volver del flashback” cada ocho páginas, la historia del Condenado está llena de humanidad, de pasión, de climas jodidos, de giros impredecibles y de bajadas de línea para el lado correcto. Creadas hace poco más de 10 años para una editorial italiana, siempre es un placer leer esto en nuestro idioma y editado en nuestro país, más allá de que en la comparación con el papel y la impresión del libro francés, este salga perdiendo por goleada.
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miércoles, 29 de febrero de 2012
29/ 02: PETER KAMPF LO SABIA
Parece mentira, pero hoy tenemos... otra de nazis! Esta vez, Carlos Trillo y Cacho Mandrafina (dupla grossa si las hay) no se meten con las atrocidades cometidas por los soldaditos alemanes que hacían el paso de ganso, sino con la ideología (de ahí la referencia a Mein Kampf en el título) que alentó a Adolf Hitler en su afán por conquistar Europa y exterminar a las “razas inferiores”.
Trillo hace un pase mágico y transplanta la ideología de Hitler a unos EEUU de los años ´50, pero en una realidad alternativa, en la que la Segunda Guerra Mundial nunca existió. Hitler emigró a New York a fines de los años ´20 y se convirtió en Al Hit, un historietista medio oscuro que causó polémica con Peter Kampf, una efímera tira diaria, en la que bajaba una línea xenófoba, de marcado antisemitismo. Y Joseph Goebbels no es el jefe de propaganda del nazismo, sino del candidato republicano (que no es otro que John Wayne, paradigma del yanki facho y referencia elíptica a Ronald Reagan, que gobernaba EEUU cuando Trillo y Mandrafina crearon esta saga), quien repetirá en sus discursos las mismas sentencias xenófobas de Peter Kampf, pero ahora instando al odio, la discriminación y la violencia extrema contra negros y latinos con un ímpetu similar al que usaba otro republicano nefasto (George W. Bush) para demonizar a los árabes.
La verdad es que estamos ante una historieta de una riqueza increíble. Tiene apenas 46 páginas, pero se podrían escribir libros enteros acerca de ella. El juego de implantar la ideología nazi en EEUU garpa fortunas. La idea de combinar esta ucronía (este What if...?) con la estructura narrativa del hard boiled no tiene precio. Y el manejo que hacen los autores de los dos planos de realidad en los que opera la historia (es decir, la historieta de Peter Kampf y la historia de Paul Laudic, Karin Milas y Steve Traven) es absolutamente brillante. Mandrafina incluso “acomoda” su trazo para que las tiras de Peter Kampf parezcan obra de un dibujante yanki de los años ´20 y Trillo “elige” tiras que parecen hacerse eco de lo que los personajes viven en el otro nivel de realidad.
La trama es impredecible, pero sobre todo creíble, lo cual casi da miedo si pensamos que se trata de una ucronía. Y el final encima es un bajón, porque ganan los malos: el plan de Goebbels sigue adelante, Paul es co-optado para que no arme kilombo y Karin y Steve (lo más parecido a una figura heroica que tiene la obra) son silenciados y barridos debajo de la alfombra. Trillo nos ahorra las imágenes del genocidio que se viene, pero está claro que ya nadie lo puede evitar.
Además de varios textos muy interesantes, la edición argentina (la reedición, en realidad, porque en los ´80 esto salió en la Fierro) suma una historieta corta de Cacho y Carlos gestada a principios de los ´80 en la revista SuperHum® (de la que Trillo era director) llamada Los Héroes Están Cansados. Además de una gran historieta (que, como la principal, juega con distintos planos de realidad), Los Héroes... es un potente manifiesto político acerca del estado en que estaba la historieta argentina hace poco más de 30 años. Un lujo que se hayan rescatado del olvido esas seis páginas fundamentales para entender tantas cosas.
Lo que nunca se va a terminar de entender es lo que pelaba Mandrafina cuando se cebaba con los guiones que le entregaba Trillo. No sólo se nota a años luz la diferencia con otros dibujantes, sino incluso con otros trabajos de Cacho de la misma época, a los que no les ponía ni por casualidad la garra y el amor a la historieta que se ven en cada viñeta de Peter Kampf lo Sabía. Trillo también lo sabía, o por ahí se dio cuenta cuando vio estas páginas. Por eso el siguiente trabajo de la dupla fue esa joya monumental llamada Cosecha Verde. Peter Kampf... tiene poco que envidiarle a la mucho más célebre Cosecha... y en lo que se refiere al dibujo de Mandrafina, Los Héroes... no tiene nada que envidiarle a ninguna de las dos.
Peter Kampf lo Sabía entra holgadamente en mi selección de Historietas Perfectas. Es un thriller con una onda Elseworlds, con política, con piñas, tiros y torturas, y hasta guiños a los geeks que nos cebamos haciendo arqueología comiquera. Y además una ocasión inmejorable para reencontrarnos con una de las duplas insumergibles de la historieta argentina, con ambos capos brillando en todo su esplendor. Así cualquiera se banca que pierdan los buenos
Trillo hace un pase mágico y transplanta la ideología de Hitler a unos EEUU de los años ´50, pero en una realidad alternativa, en la que la Segunda Guerra Mundial nunca existió. Hitler emigró a New York a fines de los años ´20 y se convirtió en Al Hit, un historietista medio oscuro que causó polémica con Peter Kampf, una efímera tira diaria, en la que bajaba una línea xenófoba, de marcado antisemitismo. Y Joseph Goebbels no es el jefe de propaganda del nazismo, sino del candidato republicano (que no es otro que John Wayne, paradigma del yanki facho y referencia elíptica a Ronald Reagan, que gobernaba EEUU cuando Trillo y Mandrafina crearon esta saga), quien repetirá en sus discursos las mismas sentencias xenófobas de Peter Kampf, pero ahora instando al odio, la discriminación y la violencia extrema contra negros y latinos con un ímpetu similar al que usaba otro republicano nefasto (George W. Bush) para demonizar a los árabes.
La verdad es que estamos ante una historieta de una riqueza increíble. Tiene apenas 46 páginas, pero se podrían escribir libros enteros acerca de ella. El juego de implantar la ideología nazi en EEUU garpa fortunas. La idea de combinar esta ucronía (este What if...?) con la estructura narrativa del hard boiled no tiene precio. Y el manejo que hacen los autores de los dos planos de realidad en los que opera la historia (es decir, la historieta de Peter Kampf y la historia de Paul Laudic, Karin Milas y Steve Traven) es absolutamente brillante. Mandrafina incluso “acomoda” su trazo para que las tiras de Peter Kampf parezcan obra de un dibujante yanki de los años ´20 y Trillo “elige” tiras que parecen hacerse eco de lo que los personajes viven en el otro nivel de realidad.
La trama es impredecible, pero sobre todo creíble, lo cual casi da miedo si pensamos que se trata de una ucronía. Y el final encima es un bajón, porque ganan los malos: el plan de Goebbels sigue adelante, Paul es co-optado para que no arme kilombo y Karin y Steve (lo más parecido a una figura heroica que tiene la obra) son silenciados y barridos debajo de la alfombra. Trillo nos ahorra las imágenes del genocidio que se viene, pero está claro que ya nadie lo puede evitar.
Además de varios textos muy interesantes, la edición argentina (la reedición, en realidad, porque en los ´80 esto salió en la Fierro) suma una historieta corta de Cacho y Carlos gestada a principios de los ´80 en la revista SuperHum® (de la que Trillo era director) llamada Los Héroes Están Cansados. Además de una gran historieta (que, como la principal, juega con distintos planos de realidad), Los Héroes... es un potente manifiesto político acerca del estado en que estaba la historieta argentina hace poco más de 30 años. Un lujo que se hayan rescatado del olvido esas seis páginas fundamentales para entender tantas cosas.
Lo que nunca se va a terminar de entender es lo que pelaba Mandrafina cuando se cebaba con los guiones que le entregaba Trillo. No sólo se nota a años luz la diferencia con otros dibujantes, sino incluso con otros trabajos de Cacho de la misma época, a los que no les ponía ni por casualidad la garra y el amor a la historieta que se ven en cada viñeta de Peter Kampf lo Sabía. Trillo también lo sabía, o por ahí se dio cuenta cuando vio estas páginas. Por eso el siguiente trabajo de la dupla fue esa joya monumental llamada Cosecha Verde. Peter Kampf... tiene poco que envidiarle a la mucho más célebre Cosecha... y en lo que se refiere al dibujo de Mandrafina, Los Héroes... no tiene nada que envidiarle a ninguna de las dos.
Peter Kampf lo Sabía entra holgadamente en mi selección de Historietas Perfectas. Es un thriller con una onda Elseworlds, con política, con piñas, tiros y torturas, y hasta guiños a los geeks que nos cebamos haciendo arqueología comiquera. Y además una ocasión inmejorable para reencontrarnos con una de las duplas insumergibles de la historieta argentina, con ambos capos brillando en todo su esplendor. Así cualquiera se banca que pierdan los buenos
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jueves, 16 de diciembre de 2010
16/ 12: CAYENNE

No, si yo soy un boludo importante. Leo a los autores franceses en inglés y a los argentinos en francés. Me falta leer a los yankis en italiano y ya canto bingo… En este caso, la bizarreada está más o menos justificada: de las 15 historietas que trae este álbum, en la etapa actual Fierro se publicaron seis o siete y el resto jamás se tradujo al castellano. O sea, al idioma en el que escribió estas historias Guillermo Saccomanno para que las dibujara Cacho Mandrafina.
Cayenne, como muchos saben, es algo así como la secuela de El Condenado (una serie mítica de Saccomanno y Mandrafina que se publicó muchos años en Skorpio), realizada esporádicamente, sin ritmo semanal, ni mensual, ni nada, entre 1998 y 2003. Cada historieta tiene ocho páginas y son todos autoconclusivos que giran en torno al Sweet Sodome, el bar que se puso Marcel Clouzot (apodado “el francés”) en una gran ciudad que bien podría ser New York. Clouzot, además de propietario del boliche, es escritor y está siempre en busca de historias. Por suerte, entre coperas, malvivientes y el enigmático pianista Griffith, siempre está bien abastecido. Ya sea por situaciones que se viven en el bar (o sus inmediaciones) o por alguna crisis que obliga a alguno de estos personajes sombríos a revelar momentos claves de su pasado, el Francés siempre vive o escucha nuevas historias para plasmar en su máquina de escribir.
Saccomanno, que es más literato que guionista de historietas, entiende perfectamente la pulsión del Francés, y además está muy, pero muy curtido en esto de las historias chiquitas, casi intimistas, sórdidas, tristes, siempre manchadas con muertes, traiciones y desengaños amorosos. Sus personajes son duros, ásperos, pero no son muñecos de cartón, bidimensionales y predecibles, sino tipos y minas creíbles, con muchísima humanidad y muchísima complejidad. ¿Se puede delinear personajes complejos en ocho páginas? Sí. Lo hacía Will Eisner en The Spirit (que tenía historias de siete páginas) y lo hace Saccomanno en ocho. Por supuesto, los personajes más atractivos, más redondos, son los que protagonizan más de una historia corta, pero –salvo alguna que otra- todas nos presentan conflictos y personajes conmovedores.
Saccomanno ambienta todas estas historias en el período entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, aunque sin dar fechas precisas ni mencionar hechos históricos puntuales. Es un período fértil para la ficción, en el que transcurren muchísimas historietas, películas y novelas memorables. Sin ir más lejos, es la época en la que cobra forma el género negro, que es –claramente- la corriente en la que se inscribe este trabajo de Saccomanno. Antihéroes, perdedores, femmes fatales del Nacional B, climas ominosos, finales trágicos o irónicos… en Cayenne no falta nada de eso, aunque al lado de Savarese, el Francés es el Guacho Winner.
Y además es el período favorito de Mandrafina, es la ambientación que se sabe de memoria: Gran ciudad costera yanki, décadas del ´20 y ´30. Ahí Cacho da cátedra, ahí jugó de local durante siglos, primero con Savarese y después con los Fratelli Centobucchi (o Spaghetti Brothers, según quién lo publique). Y con El Condenado, obvio, aunque las primeras historias de la etapa clásica no transcurrían en EEUU. Acá Cacho nos pasea por muelles y mansiones, granjas y prostíbulos, y siempre impacta con su genial manejo del claroscuro, su narrativa perfecta, sus locaciones y decorados perfectamente documentados, la interminable variedad de rasgos faciales para los matones, las chicas buenas, las putas, los canas. Ningún personaje se parece a otro y todos parecen reales. Mandrafina es el único autor al que los franceses le perdonan que narre “a la italiana”, con seis o siete viñetas por página y muchísimos primeros planos. A todos los demás les exigen que cuenten “de más lejos”. A Cacho, lo disfrutan así, con esos primeros planos fuertes, heavies, terriblemente expresivos. O por ahí lo que les gusta es cómo des-enfatiza la violencia. Cómo hace que las persecuciones, piñas y tiroteos no tengan gusto a pochoclo hollywoodense, sino a drama humano, a resolución trágica de un conflicto real.
Bueno, se juntaron dos grossos. Dos tipos que se conocen mucho, que conocen perfectamente su oficio y la época en la que decidieron ambientar las historias. Así es difícil que no salgan buenas historietas y este libro tiene unas cuantas realmente excelentes. Ojalá algún día no haya que estudiar francés para leerlas.
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