el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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jueves, 28 de mayo de 2020

LINDO JUEVES

Hoy nos tocó un hermoso día de otoño en la Ciudad de la Furia, y tuve la suerte de disfrutar un rato de aire libre. Pero vamos a lo importante (sí, y todo) que son las reseñas.
Sigo adelante con la lectura del coleccionable de Nippur de Lagash, que en este Vol.12 me permite descubrir episodios de esta mítica serie publicados en 1972 y 1973 que no había leído nunca. Este tomo tiene sólo cinco historias: cuatro a todo color dibujadas por Ricardo Villagrán y una sola en blanco y negro, dibujada por Sergio Mulko. Pot supuesto todas escritas por Robin Wood.
Se ve que Mulko no leía la revista que se publicaba a todo color, porque le toca dibujar una aventura en la que Nippur se reencuentra con Hattusil, y lo dibuja tan distinto a como lo dibujó Villagrán en la primera aparición, que si los textos no dijeran claramente “este Hattusil”, pensaríamos que se trata de otro jorobado. El episodio con Mulko y Hattusil es realmente olvidable, así que vamos con los otros cuatro. De los cuatro que dibuja (como los fuckin´dioses) Ricardo Villagrán, la primera es otro guión muy trillado, salvado por la magia de los bloques de texto. El segundo me dio vergüenza ajena hasta que en las últimas dos páginas, Robin encuentra una vuelta de tuerca ingeniosa que resignifica lo anterior y hace que la historia zafe decorosamente. El tercero está bastante bien, porque introduce una novedad: la minita linda en vez de ser víctima u objeto del deseo de dos tipos (algo que ya vimos en chotocientas aventuras de Robin), en “La Noche de Dafar” es la villana, sin piedad y sin miramientos. Una garca manipuladora a la que Nippur termina ubicando a cachetazos para después prenderle fuego a su posada con ella adentro. Hoy este episodio no se podría publicar.
Y el tomo cierra con “Las Flores de las Montañas”, un episodio que no está narrado en primera persona por Nippur, sino que combina bloques de texto de un narrador omnisciente, con el relato de un mendigo que le cuenta a unos pastores una historia de cuando Nippur tenía… 15 años, ponele. No es precisamente lo mejor que escribió Wood con este personaje, pero tiene el atractivo de que acá vemos al prócer de Lagash enamorarse por primera vez y matara a un hombre, también por primera vez. Robin y Villagrán le dan a la historia un tono triste, melancólico, muy bajonero. Por suerte en los bloques de texto florece la prosa del paraguayo descendiente de australianos, con un vuelo lírico encomiable. Voy a frenar un poquito con Nippur, para mechar algunas historietas de autores argentinos más recientes, y para no aburrirme. Pero acá también, vamos a volver.
Salto a Suiza, año 2013, cuando Thomas Ott, maestro de los maestros, genio y figura, publica Dark Country, un comic levemente basado en un largometraje que por supuesto no vi ni veré jamás. Dark Country, la historieta, es sublime. Tiene un único problema, que es que al ser 54 páginas de narrativa sin textos, sólo con dibujos, se lee muy rápido. Todo lo demás es maravilloso, como mínimo. La idea, la tensión que genera el desarrollo, el giro del final, el clima, y sobre todo el dibujo de Ott, que es fastuoso.
Visualmente esto es irresistible. Cada enfoque está perfectamente elegido, las secuencias están armadas con un ritmo infernal, pensadas para meterte adentro de esta historia fatídica, de sordidez y desesperación. A esto sumémosle el virtuosismo técnico de Ott, su espeluznante dominio de los materiales y del pulso, como para redondear una propuesta gráfica demoledora, que por supuesto (como en cualquier obra del suizo) justifica por sí sola la compra del librito.
No puedo decir una palabra más acerca de de Dark Country sin riesgo de spoilear, y creeme que leer esto sabiendo cómo termina le resta un poco (o un mucho) de gracia a la experiencia. ¿Está todo jugado a un final impactante? No, para nada. Thomas Ott garantiza momentos de tremenda fuerza emotiva en muchos momentos distintos del relato. Posta, ´nuff said. Esto hay que comprarlo, leerlo y atesorarlo de una, sin hacer preguntas.
Sin otro particular, saluda a uds. atentamente el autor de este blog, que regresará pronto con nuevas reseñas.



      

viernes, 10 de abril de 2020

VIERNES EN BLANCO Y NEGRO

Hoy era feriado, ¿se acuerdan? Yo ya añoro con nostalgia esas Semanas Santas en las que salíamos de joda cuatro noches seguidas y terminábamos el domingo de Pascua prácticamente en terapia intensiva, entre huevos de chocolate y trasnoches infinitas… Pero bueno, ya volverán los buenos tiempos, o no, andá a saber…
El año pasado, en Montevideo, tuve la suerte de encontrarme una vez más con el maestro suizo Thomas Ott, que estaba invitado a un evento al que yo también asistí. Ott había llevado libros para vender, y ahí vi por primera vez la edición de Fantagraphics de Greetings from Hellville, un hardcover alucinante, del año 2002. El ídolo lo tenía a un precio muy accesible, así que no dudé en comprárselo, como él no dudó en dedicármelo.
Hoy me siento a leerlo, y me encuentro con cuatro historias cortas, obviamente dibujadas como la hiper-concha de Dios. Una de ellas, Goodbye, me hizo ruido. Tarde pero seguro, se me encendió la alarma. “Esto ya lo leí”. Y sí, es una historia demasiado perfecta como para olvidarla, o para leerla dos veces sin que suene la alarma. Así es que agarré otro libro de Fantagraphics con historias cortas de Thomas Ott, R.I.P. (lo reseñé el 14/04/11), donde efectivamente está Goodbye. Para mi sorpresa, están también las otras tres historias de Greetings from Hellville, que yo había leído minutos antes sin darme cuenta de que ya las conocía. Conclusión: le compré a Ott dos veces el mismo libro, porque todo lo que hay en Greetings from Hellville está incluído en las muchísimas páginas de R.I.P..
Por suerte, el ídolo me dedicó R.I.P. cuando nos visitó en Comicópolis, así que es un motivo menos para aferrarme a Greetings from Hellville. Este álbum es mucho más grande que R.I.P., con lo cual el dibujo se luce bastante más, pero no calienta. Prefiero hacerlo guita, o cambiarlo por algo que no tenga. Ni bien se termine la cuarentena, le buscaré un nuevo dueño, alguien a quien no le moleste que el libro diga “para Andrés”, junto a un dibujito inédito y hermoso, realizado por Ott en liquid paper, durante un evento en Montevideo.
Salto a Argentina, donde en 2019 se publicó Herbert West: Reanimador, otra adaptación del clásico relato de Howard Phillips Lovecraft, en esta ocasión a cargo de Edu Molina, el gran autor argentino radicado en México. Todavía tenía muy presente otra versión de esta misma historia, Herbert West: Carne Fresca, realizada por el guionista argentino Luciano Saracino y el dibujante chileno Rodrigo López (ver reseña del 27/12/18), que me había parecido muy, muy buena. O sea que mi primera reacción fue ¿Otra vez sopa? ¿Hacía falta OTRA adaptación del mismo relato de Lovecraft?
Pero claro, el dibujo de Molina es tan alucinante, que su versión me volvió a atrapar. Es una versión muchísimo más clásica, muchísimo más fiel a Lovecraft que la de Saracino y López, con amplia mayoría de textos tomados literalmente de la obra del genio de Providence. Diría que es una adaptación “de las de antes”, si no fuera porque gráficamente Molina es un autor absolutamente moderno, un discípulo aventajadísimo de Alberto Breccia que supo aggiornar la onda oscura, deforme y macabra de su maestro para que siga impactando y maravillando en pleno Siglo XXI. La extensión de la obra el permite además a Molina no sintetizar, no apretar todo en pocas páginas recontra-cargadas de bloques de texto. Por el contrario, nos ofrece largas secuencias mudas, en las que su dibujo se hace cargo de llevar adelante la narración sin apoyo del texto.
O sea que si ya no te da miedito el tema de los fiambres resucitados, si ya te sabés de memoria lo que va a pasar con Herbert y su asistente, igual te podés deleitar contemplando cómo Molina arma las secuencias, los planos que elige, los climas que conjura con esas manchas negras y esos espacios blancos, esos grisados, esas texturas, esos esfumados, el laburo en los fondos, los detalles alucinantes en los rostros, la desmesura en los momentos en los que estalla la acción… Como testimonio de lo grosso que es Edu Molina como narrador gráfico, esto funciona tan bien como el libro Lo Mejor de Poe (lo reseñamos el 23/11/14).

Y bueno, no mucho más, por hoy. Me quedaron un poquito cortas las reseñas, porque me tocó hablar de historias que ya conocía, en cuyas tramas no me sumergí con la profundidad que lo hago otras veces. Ya volveremos con nuevas lecturas, acá en el blog.

jueves, 23 de abril de 2015

23/ 04: EL NUMERO 73304-23-4153-6-96-8

Como ya dije varias veces (y como es de público conocimiento) en Argentina se edita muy poco comic europeo. Poquísimo. Casi nada. Por eso, cuando algún editor se arriesga, uno se inclina casi como en un tropismo para el lado de la ovación, del aplauso cerrado. Imaginate hasta dónde puede crecer la euforia si además lo que se edita es una joya del Noveno Arte como esta obra de Thomas Ott originalmente publicada en Suiza en 2008.
El Número es una novela gráfica completamente atípica, que en sus más de 120 páginas no contiene un sólo diálogo, un sólo bloque de texto ni una sóla onomatopeya. Ott prescinde totalmente de las palabras y con la imagen como único recurso, se juega a contarnos una historia cautivante, marcada por fatídicas coincidencias y bizarros caprichos del destino… y de los números. Todo el protagonismo que no tienen las letras, Ott se lo otorga a los números. A esos números, a esa secuencia de números que se va a repetir una y otra vez a lo largo de toda la obra de las formas más disímiles e impredecibles.
La única contra que tiene El Número es la misma que tiene cualquier otra historieta muda: se lee muy rápido. Uno ve los dibujos de Ott y quiere que esto dure para siempre, casi tanto como una eternidad. Y sin embargo, dura… cuatro, cinco estaciones de subte como mucho. De todos modos es una contra menor, porque ese rato que dura El Número es un rato en el que te sumergís a pleno en la historia, que vivís y respirás ese universo blanco y negro de Ott. La historia está tan bien contada que aunque no quieras te atrapa, te mete en la página, te obliga a ser parte de lo que le está sucediendo a este atildado ejecutor que de pronto se ve envuelto en la vorágine de los números 73304-23-4153-6-96-8.
No quiero contar nada del argumento así lo disfrutás más cuando lo leas. Me quedo con lo otro, con ese clima cada vez más enrarecido, más turbio, más intrigante, que propone Ott. Con los trucos narrativos, esas transiciones arriesgadas, esos primerísimos planos impactantes. Y por supuesto con el dibujo, que es MORTAL. Ya me tocó babearme con los prodigios gráficos de Ott en la reseña del 14/04/11 y no me quiero repetir. Pero es increíble, de verdad. La técnica de esta bestia, el virtuosismo, la sabiduría que hay atrás de cada raspadita del bisturí sobre la cartulina negra, es inconmensurable. Encima cuando vino a Comicópolis Ott trajo unos cuantos originales de El Número y si los viste seguramente te pasó lo mismo que a mí: no te imaginabas ni en pedo que fueran tan chiquitos, prácticamente del tamaño en el que se imprimió la edición argentina. Es MUY, pero MUY difícil dibujar tan bien y con tanto detalle en una superficie tan chiquita, y para este animal eso es lo más normal del mundo.
Nada, no te hago perder más el tiempo. Aprovechá que esto está editado en Argentina y se consigue fácil y a buen precio y dejate hipnotizar por la fuerza expresiva, la magia y la locura de este genio del Noveno Arte, que en El Número brilla como nunca. Frente a obras así sobran las palabras, sobre todo en esta historieta, que es toda muda. Una maravilla.

sábado, 21 de diciembre de 2013

21/ 12: CINEMA PANOPTICUM

Este libro tiene un solo problema y es que se lee muy rápido. Son unas 80 páginas de historieta que te duran… 10 minutos si hacés el esfuerzo de leerlas lo más lentamente posible. Una contradicción absoluta, porque una de las cosas que más llama la atención es la inhumana cantidad de tiempo que el suizo Thomas Ott dedicó a la creación de cada una de estas imágenes, hilvanadas en estos cuatro relatos y la secuencia que los contiene. Por otro lado, lo que más jugo da a la hora de reseñar esta obra es el análisis del estilo pictórico del maestro, o la simple exégesis del mismo. Y eso ya lo hice el 14/04/11, cuando comenté una antología de historias cortas de Ott. Por eso, necesariamente va a quedar una reseña corta, centrada sobre todo en los argumentos que motorizan a las cuatro historias de Cinema Panopticum, más algún comentario más que quizás se filtre.
Todo el libro está planteado en base a una grilla de cuatro viñetas, centradas dentro de una página en la que bien podrían entrar seis. No es grave, nunca sentís que Ott se está tirando a chanta, o que te está mezquinando dibujos. Por suerte no se aferra ciegamente a la grilla de cuatro cuadros, sino que a veces –cuando el guión lo requiere- opta por tres o dos viñetas, obviamente más grandes y más laburadas.
La secuencia de enlace, con la nenita curiosa (y pobre) como protagonista es de una belleza infrecuente y transmite una ternura que no suele verse en los comics de Ott. La primera historia autoconclusiva, The Hotel, es una obra maestra. Tensa, hipnótica y con una vuelta de tuerca en el final totalmente sorprendente y genial. Esas 16 páginas valen lo que pagues por todo el libro.
En las 16 páginas de The Champion, el suizo se mete con la estética de los luchadores enmascarados, pero le da un giro a la temática para introducir conceptos metafísicos, más allá de la machaca entre chabones musculosos. El final pega muy abajo, donde duele un rato largo, y si bien no es del todo impredecible, es definitivamente conmovedor.
The Experiment está planteada en tono de comedia freak, con un humor bastante negro, bastante cruel, que no impide que el desarrollo de la trama nos ponga nerviosos. Probablemente sea la historieta menos impactante del tomo, la más fácil de leer y de digerir. Es graciosa, es macabra, tiene una curva dramática muy atractiva, pero no llega a ser brillante.
The Prophet tiene una página más que las otras (17) y está apenitas estirada. Acá, por debajo de la “aventura”, subyacen temas más profundos, que tienen que ver sobre todo con la alienación de la gente en las grandes ciudades, y cómo las boludeces cotidianas que captan toda nuestra atención nos impiden darnos cuenta de cosas más grandes que también suceden y que registramos cuando ya es muy tarde. De nuevo Ott le juega muchas fichas al final y este es sorprendente y redondísimo.
Ni hace falta agregar –me parece- que todo esto está dibujado como la hiper-concha de Dios por un genio fuera de control, un maestro con un estilo 100% personal, que maneja de taquito una amplísima gama de recursos técnicos, narrativos y expresivos tan únicos e increíbles que lo convierten en una especie de alienígena. Ver un par de viñetas de Thomas Ott significa enamorarse en el acto de este virtuoso del comic, insuperable en la ejecución, pero también infalible a la hora de plantear y desarrollar las historias.
No te meto más fichas para que te compres Cinema Panopticum por el tema que ya mencioné, que es lo rápido que se lee. Ahora, si lo que te interesa del comic son los dibujos o si –como yo- lo encontrás en oferta a buen precio, no lo dudes un segundo. Esto es papa finísima y por momentos roza la categoría de Historieta Perfecta.

jueves, 14 de abril de 2011

14/ 04: R.I.P. (Best of 1985-2004)


En general, cuando uno se topa con una historieta muda, o sin texto, la encara como un recreo, como una lectura light, como estuvieras toda una tarde viendo una peli atrás de otra y en el medio te meten un corto de la Pantera Rosa. A menos que te toque un recopilatorio de historias cortas del genio suizo Thomas Ott. Ahí estás en el horno.
Sin recurrir en lo más mínimo al lenguaje verbal, Ott se las ingenia para contar una tras otra un montón de historias cruentas, tremendas, desgarradoras, que dicen mucho más que miles de historietas repletas de diálogos y bloques de texto. Este libro reúne 19 historietas cortas, de entre una y 29 páginas, realizadas por Ott entre 1985 y 2004. Todas lo tienen al suizo en el doble rol de guionista y dibujante, excepto una, escrita por David B. (por si faltara algún lujo).
Por supuesto, lo primero que llama la atencíón al abrir el libro es el dibujo. Thomas Ott es un maestro inigualable en la técnica conocida como scratchboard, que consiste en generar las imágenes raspando con cutters, bisturíes o escalpelos sobre una plaqueta de cartón recubierta con tinta negra. O sea que la página de Ott, en su estado puro, es 100% negra y es la magia del autor la que hace aparecer los contornos, las texturas y esos detalles ultra-meticulosos, barrocos, que tanto le gustan a Salvador Sanz, por ejemplo. Una vez que se entiende la técnica, el trabajo terminado de Ott sorprende mucho más. El laburo que tiene cada viñeta es sencillamente estremecedor. Todas y cada una de ellas (incluso las de la historia del payaso, que está armada en una grilla de cuadros muy chiquitos) merecen ser enmarcadas y exhibidas en cualquier museo de arte contemporáneo, porque cada una es una obra maestra. Pero además, Ott las ensambla perfecto, en secuencias alucinantes que nos muestran a esos dibujazos jugando en función de un relato. El suizo no arriesga ni se hace el loco en la planificación de la página: siempre se maneja con grillas convencionales, aunque no repite siempre la misma. Pero en el interior de cada viñeta y en la interacción entre ellas, no esperes nada por debajo de la perfección.
Y bueno, si lográs digerir que todo lo que se ve en la página apareció gracias a que un demente la raspó durante horas con un bisturí, te están esperando 19 historietas de las cuales una sóla (la de México) carece por completo de un guión coherente. Las otras 18 son breves incursiones en el terreno de las pesadillas, de la mala onda, de la ficción de género clásica invadida y podrida por hongos tóxicos. Ott se juega al impacto, a la alucinación pasada de rosca, a la freakeada bizarra más allá de toda convención… pero también propone reflexionar, también intenta bajar línea. El relato más intenso, más al borde de la silla es también el más largo, The Millionairs. Pero a mí el que más me pegó, el que más me cerró y peor me dejó fue Goodbye!, el del tipo que intenta sucidarse sin éxito de varias maneras distintas. Cuando no se pierde en los laberintos del delirio, Ott toca temas jodidos: la guerra, el racismo, la paranoia, la obsesión extrema con la belleza… y además tiene la capacidad de plasmar esos temas con fuerza, pero también con una cierta ironía, con un retorcido sentido del humor que se le cuela en estas pantomimas oscuras y amenazantes.
Podría seguir hablando durante horas y horas de las maravillas que pela en este libro este genio del Noveno Arte, pero realmente me siento para el orto y quiero estar mejor para la presentación del libro, dentro de poquitas horas. Mañana espero estar menos medicado, menos baqueteado y más inspirado…