Ah, qué hermosas épocas las de las novelas gráficas de Marvel! A veces te tocaban adefesios infumables y otras veces, sin siquiera salir de la temática superheroica, los mismos autores que la remaban mes a mes en las series regulares se zarpaban para crear historias fuertes, redondas, a veces muy importantes para el desarrollo de algún personaje destacado del Universo Marvel.
En 1989, se juntaron dos bestias: Roger Stern (uno de los dos o tres guionistas clave para entender la Marvel de los ´80) y Mike Mignola, ese dibujante raro que había desaparecido de las revistitas mensuales de Marvel en el ´87 y la había roto en DC en el ´88 (con la mini del Phantom Stranger y Cosmic Odyssey). Y para entintar y colorear a Mignola se sumó un artista más raro todavía, Mark Badger, a quien ya vimos incursionar en este formato, en la reseña del 12/06/11. El elenco protagónico de estas 78 inolvidables páginas lo componen los tres pichis a los que vemos en la portada: el Dr. Strange (a quien Stern guió a lo largo de muchas sagas gloriosas en su propia revista), el Dr. Doom y el querido Mephisto, chabón copado si los hay.
La historia tarda un poco en arrancar. Las primeras 24 páginas están buenas, son muy divertidas, y presentan a un personaje de bastante peso en la trama. Sin embargo, en el contexto general de la novela, son un prólogo en esteroides. Todo lo que cuenta Stern en ese tramo es la previa, la excusa para que, una vez que nos tire la consigna, esta nos resulte atractiva y no una fumanchereada traída de los pelos. La gesta propiamente dicha, lo que Strange y Doom tendrán que lograr para que la aventura llegue a buen puerto, se nos plantea recién en la página 26 y se empieza a desarrollar recién en la 40. En el medio, un magistral repaso por el origen del Dr. Doom, más un giro brillante en la recapitulación de la historia de su madre (a la que Stern rescata de un lejano Fantastic Four Annual 2), más la explicación de cuál va a ser el rol de Mephisto en la trama. Y por si faltara algo, una bajadita de línea sobre lo bien que vive la gente en Latveria bajo el supuesto yugo del supuesto dictador.
Una vez que arranca la aventura, no para hasta que se termina la novela. El epílogo ocupa menos de tres páginas y todo lo demás es acción al palo, luchas y conjuros al límite, excelentes diálogos, un flashback traumático que le permite a Stern revisitar brevemente el origen del Tordo Strange y lo más grosso: la runfla final con Mephisto, ese poker a todo o nada entre fulleros místicos, con varias almas en juego, que el guionista resuelve de un modo impredecible y genial, y que además sirve para dejar en claro que, si bien todo lo realmente importante que pasa en la novela le pasa a Doom, esta no tenía sentido sin Strange y sin Mephisto. La escena del final, en la que Doom, en vez de blanquear por qué hizo lo que hizo, elige el silencio y la reclusión, es impactante, emotiva y –por si faltara algo- te deja clarísimo por qué la novela se llama “Triunfo y Tormento”.
Por el lado del dibujo, tenemos al Mignola ochentoso, ese de línea más clara, de anatomía más kirbyana, todavía lejos de su mejor nivel (que llegaría unos pocos años después, en el ´92-´93) y más lejos aún de su actual búsqueda de la síntesis, de ese grafismo más caligráfico, más para el lado del Hugo Pratt de los últimos años, que le ha espantado a más de un fan. Acá, el ancho de espadas de Mignola es la narrativa. El creador de Hellboy deja la vida en el armado de cada secuencia y cuando el guión le pide muchas viñetas, aprovecha las posibilidades del formato más grande para lucirse jugando al álbum europeo. Después, en todo lo demás, se nota mucho la mano de Badger: el acabado, los detalles, la paleta de colores, las texturas, los climas que logra en los flashbacks, el estallido cromático de las escenas en el Infierno, hasta algunas expresiones de los rostros, revelan más la impronta de Badger que la de Mignola. Pero me gusta el combo, eh? Tiene esa cosa visceral, jodida, que no tenía Mignola cuando lo entintaba P. Craig Russell, por ejemplo.
Si sos fan de Roger Stern, de Mike Mignola o de alguno de los dos facultativos, no dudes un segundo a la hora de comprarte esta paponga clásica y moderna, que se reeditó hace poquito, después de muchos años de haber sido un Santo Grial. Si está cara, rosqueá con Mephisto y pagala con el alma, en 24 cuotas sin interés.
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miércoles, 23 de octubre de 2013
domingo, 12 de junio de 2011
12/ 06: GREENBERG THE VAMPIRE

Además de tener buenos equipos creativos en casi todas las series regulares, la Segunda Era de Oro de Marvel tenía un bonus track maravilloso: las novelas gráficas. Es cierto, salían muchas y si hubiesen salido menos el nivel habría sido mejor. Pero también, porque la idea era sacar muchas, se le daba luz verde a propuestas raras, a cosas que no tenían nada que ver con el mainstream, ni siquiera con las temáticas de fantasía y ciencia-ficción que se desarrollaban mayoritariamente en el sello Epic. Greenberg the Vampire es una de esas bizarreadas, publicada en el fundamental 1986 y aprobada seguramente por la chapa que tenía por ese entonces el guionista, J.M. DeMatteis, tanto entre los fans de Marvel como entre los de Epic.
El título es bastante engañoso. Oscar Greenberg es vampiro, es cierto, y DeMatteis nos presenta eso como una rareza. Pero no como la recontra-anormalidad en torno a la cual gira la obra. Es vampiro como podría ser mormón, gastroenterólogo, o rosarino hincha de Banfield. El elemento sobrenatural -que convive y se complementa muy bien con el slice of life que gobierna a la novela- no tiene que ver con que Oscar es un no-muerto, sino con una entidad demoníaca que busca desde hace años corromper su alma. El conflicto grosso es ese: Lilith quiere corromper a Greenberg y para lograrlo va a crear engañifas, trampas, y hasta a poseer a su sobrino Morry, que es el que más entiende y banca a su conflictivo tío. Al final, como en tantas historietas de DeMatteis, ganará el amor, que se manifestará como una energía más poderosa que el mal y la corrupción, aunque no de la muerte. Uno de los personajes secundarios con más peso en la trama no llegará a la última página.
Greenberg, además de vampiro es escritor, pero hace años que no pega un hitazo. La inspiración se le fue, lo que escribe le parece una mierda, y lleva mucho tiempo recluído, lejos de las cámaras y los flashes, en parte para que no se haga pública su condición de vampiro. Ahí, la historia es más “normal”. El argumento del escritor excéntrico que vive de glorias pasadas y le escapa a la prensa y los fans seguro ya lo leíste en otras novelas, comics o películas. DeMatteis lo desdramatiza, al punto que de esta situación se disparan los momentos más graciosos de la novela, potenciados por la relación de Oscar con su novia (que también es chupasangre), con su familia, y sobre todo con su idishe mame, que como toda mamá judía lo sobreprotege y lo agasaja como si fuera el verdadero mesías. En esta dinámica entre comedia familiar judía, desventuras de un escritor en decadencia, historia de amor entre vampiros y peligro sobrenatural con el alma del protagonista en juego, se construye una historia rara, amena, intensa, impredecible y que sólo decae cuando DeMatteis frena la narrativa gráfica para mostrarnos extensos fragmentos de las novelas o guiones que Oscar está escribiendo. Ahí, la recomendación es leer salteadito, una frase de cada párrafo, porque si no se hace muy aburrido.
Por el lado del dibujo lo tenemos al siempre innovador Mark Badger, artista bastante resistido por buena parte del fandom, que acá tiene la posibilidad de trabajar a color directo. Y le saca a esa posibilidad un jugo raro, pero rico. El dibujo esquemático, apretadito, medio freak de Badger, se combina con un trabajo de color bastante extremo, lleno de riesgos bien tomados , con páginas en las que el expresionismo estalla con trucos y saltos al vacío típicos de los dibujantes del estilo pictórico tan en boga en los ´80, con los que Badger no tiene nada que ver. Pero la bizarreada le sale bien, sobre todo cuando el color le gana protagonismo a la línea negra y asume el rol de definir las formas de todo lo que aparece en las viñetas. Se me ocurren no menos de 15 dibujantes que podrían haber metido mano en este guión con mejores resultados, pero lo de Badger es muy digno, y además el tipo siempre tuvo una conexión muy especial con DeMatteis.
En el contexto de 1986, en el que a lo largo y a lo ancho la industria del comic yanki aparecían una joya atrás de otra, Greenberg the Vampire no entra ni a la Copa Sudamericana. Pero en el contexto de hoy, cuando Marvel se recluyó prácticamente en el género de los superhéroes y en los dibujantes que reciclan fotos, esto sería considerado una obra de vanguardia, un comic experimental a todo o nada al que la crítica seguramente le daría mucha más bola de la que le dio en 1986. Y la verdad es que se lo merecería, porque es un gran comic.
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J.M. DeMatteis,
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