Hora de entrarle al segundo tomo de Suburban Nightmares, con más material de los maestros canadienses Larry Hancock y Michael Cherkas, pero ahora ya todo realizado en los ´90. Esta vez la estética de las historias es más homogénea, pero porque también son sólo tres historias. La primera (la más corta) no se diferencia mucho de los trabajos más conocidos de Cherkas (The Silent Invasion). La segunda, en cambio, se acerca peligrosamente a lo que en esa misma época hacía David Mazzucchelli en Rubber Blanket, con pinceladas más sueltas y manchas más brutales. Y la tercera (la más larga) incorpora un trabajo alucinante en los fondos, que aparecen magnífcamente “ensuciados” con unas texturitas logradas con un plumín casi quirúrgico, casi en sintonía con el tratamiento que (también en esta misma época) le daba Eddie Campbell a los fondos de From Hell. Entre una cosa y otra, Cherkas parece despegarse del típico look de “linea clara posmoderna” o “estilo atómico” y buscar otra identidad gráfica, lo cual me parece perfecto, porque está bueno que los dibujantes con talento no se queden quietos.
En cuanto a los guiones, el primero es casi una fórmula, se ve venir todo el tiempo. El segundo, muy jugado a la revelación del final, es excelente. Y el tercero se me hizo un poquito largo, pero recontra-garpó, porque Hancock nos pega sobre el final un par de mazazos demoledores, que en parte pegan así de fuerte porque los conflictos se tensaron al máximo a lo largo de tooodas esas páginas previas. Esto es material raro, que creo que nunca se publicó en castellano, pero con un nivel altísimo en la narrativa, en la construcción de las tramas y en la disección (con bastante mala leche) de esa época pseudo-idílica que es la década del ´50 en la clase media suburbana de los EEUU. Muy recomendado.
Por suerte pasa lo contrario con Monstruos & Otras Historias: esta obra maestra tiene edición argentina y es fácil de conseguir. Este librazo también incluye tres historias autoconclusivas, todas a cargo del genio, el ídolo, el devastador Gustavo Duarte, seguramente el mejor historietista surgido en Brasil en lo que va de este milenio. Duarte es una bestia, en cuyo estilo conviven lo mejor de Walt Kelly y Albert Uderzo, pero totalmente aggiornados. No me quiero colgar hablando de los guiones, pero la hacemos corta: el tercero y más extenso (Monstruos, el relato que da título al libro) es majestuoso, y los otros dos, rarísimos pero tremendamente satisfactorios.
Lo que realmente me detonó el cerebro, más allá de la extraordinaria calidad de guiones y dibujos, es cómo Duarte se las ingenia para narrarnos todo esto sin palabras. Las tres historias son mudas, y la cantidad de recursos gráficos y narrativos que pone en juego el autor para suplir la falta de textos es algo realmente increíble, difícil de igualar. Cada encuadre está milimétricamente pensado para que esa imagen contribuya a hacer avanzar la historia, e incluso para decirnos cosas acerca de los personajes. El ritmo, la composición de cada viñeta, el armado de cada página, cada detalle en los fondos, la incorporación en los momentos justos de las masas de negro y los toques de azul, los momentos en los que los personajes traspasan los bordes de las viñetas, o estos últimos desaparecen por completo… TODO está controlado a nivel molecular por este maestro de la comedia, la sorpresa y el impacto. Que además tira esa magia (digna de André Franquin), con la que –si bien tiene todo fríamente calculado- te hace sentir que no, que estás presenciando un kilombo infernal, un torbellino de acciones y emociones sin control. Lo que vemos es, en realidad, un caos perfectamente planificado, en el que siempre lo más importante es la claridad del relato. Por encima de cualquier despliegue de virtuosismo y por encima del impacto que generan las imágenes (y creeme, el impacto es zarpadísimo), Duarte siempre prioriza la fluidez del relato, la claridad, la posibilidad de que ese silencio se vuelva elocuente y te narre de forma contundente estas historias grandilocuentes, oníricas o demenciales, según los casos. Ya publicado en Francia y en Brasil, no tengo dudas de que Monstruos se va a convertir en un clásico indiscutido del comic, un libro del que vamos a seguir hablando durante décadas, porque siempre que lo leamos nos va a atrapar y nos va a enseñar bocha de cosas acerca de la narrativa gráfica, de la gramática misma de la historieta. Te juro que pocos autores la tienen tan clara como Gustavo Duarte.
Nos reencontramos pronto con más reseñas y ¡Feliz Día de la Historieta para todos!
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sábado, 3 de septiembre de 2016
domingo, 7 de agosto de 2016
LOS TRES DE ESTA SEMANA
Sigo leyendo a un ritmo lento, más o menos un libro cada dos días. Si sigo así, el material que me compré el mes pasado en España lo voy a empezar a leer en Octosto o Juliembre de 2017. Y el material argentino que sale esta semana por Crack Bang Boom, ni idea. Capaz que en 2018.
Arranco con el primer tomo de Suburban Nightmares, una extraña gema de la segunda mitad de los ´80 que nunca había podido conseguir. Esta es “la hermana menor” de The Silent Invasion, la galardonada saga de los canadienses Larry Hancock y Michael Cherkas. De hecho, algunas de estas historias se publicaron como back-ups en esa revista. La gran diferencia entre Silent Invasion y Suburban Nightmares es que acá se suma un tercer autor al equipo, el dibujante John Van Bruggen, con lo cual la participación de Cherkas es menor. Además de historias en las que Van Bruggen se acopla perfectamente al estilo de Cherkas, hay otras en las que prueba otras cosas y sirven para ampliar el registro gráfico y mostrar la versatilidad de estos canadienses, que quedaron irremediablemente encasillados en el “estilo atómico” pero obviamente saben hacer otras cosas. Los guiones de Hancock son desparejos: la primera historieta (la más larga) es brillante y entre las historias más breves hay algunas geniales, otras simpáticas y otras que no aportan demasiado. Por supuesto que yo compro esto por los dibujos, pero Hancock tiene un bonus en sus historias que me resulta MUY atractivo: todo el tiempo juega con el humo que compraron los yankis en los ´50, cuando el trabajo, la familia y el progreso (corporizado en modernos electrodomésticos) eran sagrados y los comunistas y los marcianos llevaban terror a esos corazones nobles y amistosos. No es el único guionista que se metió con ese tema, pero lo hace realmente muy bien.
Opus es una de las dos obras que el maestro Satoshi Kon dejó inconclusas, en este caso porque cerró abruptamente la revista en la que se serializaba. Pero esta edición de Dark Horse (que reproduce la edición japonesa de 2011) incluye las páginas inéditas, las que se dieron a conocer después de la muerte de Kon y en las que el genio de la animación busca darle un final decoroso a su manga… y termina por convertirlo en un clásico definitivo. Opus juega todo el tiempo con dos niveles de realidad: el de un mangaka que está por terminar su obra más extensa y popular y los personajes y el mundo que él mismo creó para el manga y que ahora empiezan a interactuar con él de un modo… por lo menos sorprendente. El resultado es un meta-manga que (como Bakuman) revela mucho del backstage de los mangas más populares, pero esta vez en clave de aventura, con un villano zarpadísimo, persecuciones, combates, secuestros, torturas y muertes. Gran laburo del inolvidable Satoshi Kon, cuyo talento inverosímil para el dibujo, la composición y la perspectiva brilla incluso en esas páginas inéditas que están sin entintar.
Y cierro con el segundo tomo de Promethea, el hiper-clásico de Alan Moore y J.H. Williams III, con seis episodios uno más increíble que el otro. Los seis son joyas absolutas, pero hay dos que opacan al resto: acá está el famoso episodio en el que Promethea garcha con el viejo que promete enseñarle magia, y esa cátedra infinita en la que Moore repasa los 21 arcanos del tarot y los usa para explicar ¡en verso! la historia de la Humanidad (o por lo menos de Occidente) desde el big-bang hasta el cambio de milenio del año 2000. Uno sabía que del Mago se podía esperar mucho más que del guionista promedio, pero aún así esas 24 páginas fueron demasiado. Me acuerdo el impacto que me produjeron en su momento, cuando las leí en revistita, y ahora de nuevo, se me volvió a caer al piso la mandíbula. Lo que hacen Moore y Williams en Promethea es sacarle el techo a la historieta como medio artístico y de expresión. Sí, hay una heroína, sí, hay villanos, sí, hay aventuras y peligros… pero esto es otra cosa. Ya desde la puesta en página, sin necesidad de leer un sólo texto, resulta obvio que acá hay otra ambición, otra complejidad y otro nivel de talento, por supuesto. Estoy disfrutando muchísimo la relectura de Promethea. Pronto me clavo el Vol.3.
Como todos los años a esta altura de Agosto, este jueves arranca Crack Bang Boom y nos vamos cuatro días a Rosario, a vivirlo a full. Eso significa que hay pocas chances de tener nuevas reseñas antes del lunes, y lo más importante: que nos podemos encontrar en vivo y charlar un rato de comics. Si andás por la Crack, no dejes de acercarte a saludar a mi stand, y de paso llevate papa muy fina a precios cuidadísimos. ¡Nos vemos allá!
Arranco con el primer tomo de Suburban Nightmares, una extraña gema de la segunda mitad de los ´80 que nunca había podido conseguir. Esta es “la hermana menor” de The Silent Invasion, la galardonada saga de los canadienses Larry Hancock y Michael Cherkas. De hecho, algunas de estas historias se publicaron como back-ups en esa revista. La gran diferencia entre Silent Invasion y Suburban Nightmares es que acá se suma un tercer autor al equipo, el dibujante John Van Bruggen, con lo cual la participación de Cherkas es menor. Además de historias en las que Van Bruggen se acopla perfectamente al estilo de Cherkas, hay otras en las que prueba otras cosas y sirven para ampliar el registro gráfico y mostrar la versatilidad de estos canadienses, que quedaron irremediablemente encasillados en el “estilo atómico” pero obviamente saben hacer otras cosas. Los guiones de Hancock son desparejos: la primera historieta (la más larga) es brillante y entre las historias más breves hay algunas geniales, otras simpáticas y otras que no aportan demasiado. Por supuesto que yo compro esto por los dibujos, pero Hancock tiene un bonus en sus historias que me resulta MUY atractivo: todo el tiempo juega con el humo que compraron los yankis en los ´50, cuando el trabajo, la familia y el progreso (corporizado en modernos electrodomésticos) eran sagrados y los comunistas y los marcianos llevaban terror a esos corazones nobles y amistosos. No es el único guionista que se metió con ese tema, pero lo hace realmente muy bien.
Opus es una de las dos obras que el maestro Satoshi Kon dejó inconclusas, en este caso porque cerró abruptamente la revista en la que se serializaba. Pero esta edición de Dark Horse (que reproduce la edición japonesa de 2011) incluye las páginas inéditas, las que se dieron a conocer después de la muerte de Kon y en las que el genio de la animación busca darle un final decoroso a su manga… y termina por convertirlo en un clásico definitivo. Opus juega todo el tiempo con dos niveles de realidad: el de un mangaka que está por terminar su obra más extensa y popular y los personajes y el mundo que él mismo creó para el manga y que ahora empiezan a interactuar con él de un modo… por lo menos sorprendente. El resultado es un meta-manga que (como Bakuman) revela mucho del backstage de los mangas más populares, pero esta vez en clave de aventura, con un villano zarpadísimo, persecuciones, combates, secuestros, torturas y muertes. Gran laburo del inolvidable Satoshi Kon, cuyo talento inverosímil para el dibujo, la composición y la perspectiva brilla incluso en esas páginas inéditas que están sin entintar.
Y cierro con el segundo tomo de Promethea, el hiper-clásico de Alan Moore y J.H. Williams III, con seis episodios uno más increíble que el otro. Los seis son joyas absolutas, pero hay dos que opacan al resto: acá está el famoso episodio en el que Promethea garcha con el viejo que promete enseñarle magia, y esa cátedra infinita en la que Moore repasa los 21 arcanos del tarot y los usa para explicar ¡en verso! la historia de la Humanidad (o por lo menos de Occidente) desde el big-bang hasta el cambio de milenio del año 2000. Uno sabía que del Mago se podía esperar mucho más que del guionista promedio, pero aún así esas 24 páginas fueron demasiado. Me acuerdo el impacto que me produjeron en su momento, cuando las leí en revistita, y ahora de nuevo, se me volvió a caer al piso la mandíbula. Lo que hacen Moore y Williams en Promethea es sacarle el techo a la historieta como medio artístico y de expresión. Sí, hay una heroína, sí, hay villanos, sí, hay aventuras y peligros… pero esto es otra cosa. Ya desde la puesta en página, sin necesidad de leer un sólo texto, resulta obvio que acá hay otra ambición, otra complejidad y otro nivel de talento, por supuesto. Estoy disfrutando muchísimo la relectura de Promethea. Pronto me clavo el Vol.3.
Como todos los años a esta altura de Agosto, este jueves arranca Crack Bang Boom y nos vamos cuatro días a Rosario, a vivirlo a full. Eso significa que hay pocas chances de tener nuevas reseñas antes del lunes, y lo más importante: que nos podemos encontrar en vivo y charlar un rato de comics. Si andás por la Crack, no dejes de acercarte a saludar a mi stand, y de paso llevate papa muy fina a precios cuidadísimos. ¡Nos vemos allá!
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