el blog de reseñas de Andrés Accorsi
Mostrando entradas con la etiqueta Ignacio Minaverry. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ignacio Minaverry. Mostrar todas las entradas

viernes, 5 de julio de 2024

HORA DE RETOMAR

Bueno, ya está disponible el nuevo número de la Comiqueando Digital, así que estoy recuperando algo así como una vida. No puedo evitar recomendarles que entren a https://comiqueandoshop.blogspot.com/ a descargarlo, porque 1) realmente los contenidos que ofrece son de primerísimo nivel y 2) por esa guita nadie les va a dar nada mejor. Estamos MUY orgullosos del que probablemente sea (hasta la fecha) el mejor número de la mejor iteración de Comiqueando.
Vamos a las lecturas, que por ahora no son muchas. Sigo adelante con Nosotros Somos los Muertos, la antología de historieta alternativa y experimental que se publicó en España durante unos cuantos años. En el Vol.12 me encuentro con un solo colaborador de nuestro continente, nada menos que el mítico Chris Ware, con una historieta preciosa, a todo color. El resto, es todo material de autores europeos, algunos ya emblemáticos de esta revista. Me causó mucha gracia la paginita de Tamayo, me enganchó muchísimo la historieta de Keko (dibujada a un nivel sublime), me encantó el dibujo de Markus Huber (no tanto el guion que le tocó, obra de Fréderic Debony) y estallé de risa con la historieta de Carlo H.. Al rubro de la gente que estéticamente la rompe toda pero cuenta cosas que no me terminan de interpelar tengo que sumar a Lola Lorente, Arnal Ballester, Ricard Chiang y Jens Harder. Entiendo que la mayoría de los lectores entraban a NSLM por los dibujos, pero con 12 números ya en la calle y una cantidad de historietas bestial a cuestas, me parece que ya había una base sobre la cual parar un poco la pelota y exigir un poco más en materia de guiones. El epítome de esto es Paco Alcázar, un autor que cuando leo sus historias en joda en El Jueves siempre me seduce, y acá, donde se nota que le pone mucho más al dibujo (por momentos tira magias dignas de Charles Burns), ofrece argumentos que nunca me terminan de cerrar. Esta vez tenemos una historieta realmente excelente de Lorenzo Gómez, una gema exquisita de Miguel Brieva, un muy lindo trabajo de Álex Fito, cuatro páginas logradísimas de Santiago García y Pepo Pérez y completa Miguel B. Núñez, con una historieta dibujada como los dioses, pero a la que le falta algunos ajustes en el guion. Y como siempre, muchas páginas dedicadas a las ilustraciones de gente muy capa, a la que (en la mayoría de los casos) me gustaría verla hacer historietas. Por suerte el material que me gustó ocupa unas cuantas páginas dentro de la antología, y el resto por lo menos tiene un atractivo visual. No me encontré con nada que me pareciera una falta de respeto, o una tirada a chantas por parte de Max y Pere Joan, los directores de NSLM. Tengo algunos números más en la pila de los pendientes, a los que les quiero entrar pronto.
Después de esperar varios años un nuevo álbum de Dora, llegó La Ciudad Muda, una historia ambientada en 1965, por supuesto escrita y dibujada por Ignacio Minaverry y publicada en nuestro país casi en simultáneo con Francia. Me devoré en poquísimos minutos las 128 páginas del libro, que se pueden resumir en dos frases: 1) Dora está muy manija con el tema de las secuelas del holocausto nazi y no puede parar de encontrar vestigios del horror sucedido 20 años atrás porque ya hasta las ciudades "le hablan" y le tiran data acerca de campos de concentración, ghettos y demás atrocidades, y 2) Genevieve, su novia, ya está medio hinchada las pelotas de la obsesión de Dora y está pensando en mandarla a freir churros. ¿En serio esperé años y leí 128 páginas para llevarme tan poquito? Sí y no. Es verdad que a nivel del argumento y del desarrollo de personajes, La Ciudad Muda no ofrece nada más que lo que acabo de sintetizar. Y a la vez, me resultó sumamente atractiva la forma en que Minaverry narra lo poquito que tiene para narrar. O sea, la posta no es el qué, sino el cómo. La Ciudad Muda es un relato de un nivel de decompresión apabullante, rico en silencios y dibujado por un Minaverry en estado de gracia. La evolución del dibujo es tan notable, y alcanza picos tan altos, que ya querés que Minaverry busque los guiones de los primeros álbumes de Dora y los redibuje con la calidad de este último. Si creías que nadie le podía hacer sombra a Jaime Hernández a la hora de dibujar minitas hermosas que se vean y se muevan como las del mundo real, bueno... la sombra que proyecta hoy Minaverry es de un tamaño colosal. Y encima (a diferencia de Jaime, que se aferra a una puesta en página muy conservadora), Ignacio pone sobre la página una cantidad de recursos narrativos infernal, con grillas muy diversas, que acentúan momentos en los que el guion sube su intensidad para mostrarnos escenas de acción, garches, sueños, percepciones alteradas por fumar porquerías ("cigarrillos de droga", como decía mi abuela). El trabajo en la reconstrucción de la época es brillante, la aplicación de las tramas es magistral, las expresiones faciales son perfectas... De verdad, esto no puede estar mejor dibujado. Ojalá no coincidan este momento en el que el dibujo de Minaverry llegó a esta cima tan zarpada con un momento en el que se quedó sin nada para contar. Quiero creer que La Ciudad Muda es un largo prólogo a otra cosa, y que en la próxima entrega vamos a retomar la senda de la intriga política, o alguna otra que le permita al autor salir un poquito de la intimidad de Dora y su novia para encarar historias más ambiciosas. No pretendo un thriller, ni una de James Bond, pero sí un argumento un poco más complejo, que no se quede en la mera exploración de un vínculo afectivo. Veremos si eso sucede, y cuánto falta para que lo podamos leer. Mientras tanto, tengo un abultado pilón de lecturas pendientes para tratar de bajar, y ahora que recuperé el cuasi-olvidado concepto de "tiempo libre" prometo ponerle huevos. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas, acá en el blog.

miércoles, 9 de octubre de 2019

DOS DE MIERCOLES

Mientras el clima se debate entre un sol tremendo y unos chaparrones cataclísmicos, yo sigo avanzando con las lecturas y las reseñas.
Arranco en 2014 con una miniserie de Hulk, convertida en compra obligatoria por estar escrita y dibujada por el maestro Alan Davis. Al prócer británico se le ocurre una idea muy atractiva: Charles Xavier se decide a ayudar a Bruce Banner. Tiene que haber una forma de controlar la furia que atormenta al científico, y el Profe la va a descubrir. En su esencia, The Man Within es una historia muy nerd, de dos mentes brillantes, dos capos del intelecto, la ciencia y la tecnología unidos para que uno de ellos deje de convertirse en el Gigante Gamma. Entre la tecnología de avanzada que maneja Banner y lo que sabe el Profe de genética, más sus nada despreciables poderes mentales, esto debería encaminarse. Pero a Davis se le ocurre que eso así, solito, puede resultarle aburrido al lector que se acerca a los superhéroes de Marvel para vibrar al ritmo de la machaca, entonces la complica con la irrupción de más y más personajes, que están básicamente al pedo. Al Profe lo secunda la formación clásica de los X-Men, reforzada con Havok y Polaris. Obviamente están de adorno. Con Marvel Girl y Beast (que suelen ser los más idóneos para soldadear a Xavier), recontra-sobraba. El resto no aporta nada. Y lo mismo pasa con Abomination y el Leader, los clásicos enemigos de Hulk. Están ahí para que haya una excusa que le permita a Davis dibujar esas peleas alucinantes que suele dibujar. El Leader, mal que mal, tiene algún peso en la trama (y algún buen diálogo), pero tampoco es fundamental.
Con la machaca estridente que le proveen héroes y villanos, Davis estira a 80 páginas una idea chiquita (y linda), y la verdad que está todo tan bien dibujado, que uno se queja de rompebolas, nomás. Matt Hollingsworth la rompe con el color, siempre muy atento a los climas por los que transita el guión de Davis, y el británico (junto a su clásico entintador, Mark Farmer) deja la vida en cada página, ostentando sublime majestad en cuerpos en acción, expresiones faciales y fondos. Uno ya sabe que esta historia no va a cambiar nada, porque está ambientada en un pasado ya lejano (es secuela de la X-Men nº66, de 1970), pero aún así, el talento y la fuerza de Alan Davis la convierten en una lectura no imprescindible, pero seguro muy, muy disfrutable.
Menos de un año después de haber leído el Vol.3, retomo la lectura de Dora, la cautivante serie de Ignacio Minaverry a la que felizmente le está yendo muy, muy bien. Aquella vez yo decía “este es el tomo de Dora en el que pasan menos cosas. No hay tramas románticas, casi no hay momentos de comedia y no avanza en absoluto la cacería de nazis que Dora había iniciado en los tomos anteriores”. Y bueno, en el Vol.4 (Amsel, Vogel, Hans) el autor retoma la senda de los dos primeros libros: Dora viaja por distintos lugares de Europa en busca de las pistas que le permitan meter en cana a tres criminales nazis, mientras entre bambalinas avanzan tramas que tienen que ver con la comedia, el romance o el costumbrismo onda Love & Rockets.
Minaverry narra todo esto a un ritmo lento, descomprimido, con espacio para la reflexión y la contemplación de los paisajes, y de nuevo uno siente que para la cantidad de páginas que leyó, pasaron pocas cosas. Por supuesto es una preocupación menor, porque se nota una decisión intencional del autor en este sentido, y sobre todo porque el dibujo es tan bueno, que uno quiere 30 ó 40 páginas más, aunque no las tramas no avancen en lo más mínimo. Sobre el final del tomo, cuando Dora se arremanga y en vez de entrevistar a viejitos que sobrevivieron a la guerra se manda a investigar (como si fuera una espía posta, onda Modesty Blaise) al temible Kurt Hahn, la tensión crece y la resolución del “episodio” sorprende a propios y ajenos. Seguramente ese final tendrá consecuencias que veremos en los tomos futuros.
El dibujo de Minaverry, como ya dije, sigue en ese nivel descomunal que vimos en el Vol.3. A la fuerte impronta de Jacques Tardi, sumo ahora la de Jason Lutes, tanto en algunos aspectos gráficos como en la onda de “narrar lento”. Y de nuevo, no hay Tardi ni Lutes que dibujen tan hermosas a las chicas lindas como las dibuja Minaverry. Como siempre llama la atención el realismo meticuloso en los detalles que se ven en calles, edificios, vehículos, ropa, peinados… Esto es como teletransportarse al verdadero 1964 y verlo, sentirlo, respirarlo. Y además hay muchos (pero en serio, muchos) hallazgos en el armado de las secuencias, que le permiten a Minaverry probar una amplia gama de recursos narrativos, apoyados sobre todo en los silencios que el autor utiliza para generar estos climas a veces tensos, a veces relajados, a veces melancólicos. Gran trabajo, de una madurez y una profundidad notables.

Y no hay más. Veremos si llego a postear el viernes antes de viajar a la Crack Bang Boom, y si no, nos reencontraremos a la vuelta, el lunes a la noche… o el martes… o eventualmente.

viernes, 16 de noviembre de 2018

DOS DE VIERNES

En un rato explota el finde largo, pero antes, un par de reseñas.
Arranco en 2014, con El Sabueso y Otras Historias, un librito editado por Ivrea (España) que reúne tres adaptaciones al comic de cuentos de H.P. Lovecraft realizadas por el mangaka Gou Tanabe. A esta altura, es difícil que un historietista nos sorprenda con una versión gráfica de un cuento de Lovecraft, porque es algo que ya se hizo demasiadas veces. De hecho, me sumergí en el libro de Tanabe con imágenes muy potentes en la cabeza, que provenían de la versión de El Sabueso que hizo hace como 20 años el maestro Horacio Lalia. Pero acá hay dos elementos muy atractivos: 1) nunca había visto a un mangaka adaptar a Lovecraft, y 2) Gou Tanabe es un dibujante prodigioso, algo así como el Salvador Sanz japonés, un grosso absoluto en el manejo de los climas oscuros, los detalles demenciales en los fondos, el trabajo con los grises… Visualmente estas versiones son realmente alucinantes, sin nada que envidiarle a las mejores adaptaciones del gran H.P. a la historieta.
Tan bien dibuja Tanabe que no me irritó en lo más mínimo que estirara El Sabueso a lo largo de 60 páginas (Lalia la despachó en 14), ni que moviera la ambientación de El Templo de la Primera Guerra Mundial (la que recién había terminado cuando Lovecraft inicia su etapa más prolífica en materia de relatos de terror) a la Segunda Guerra Mundial. El Templo, contada en 62 páginas con poquísimo texto, sí se me hizo un poco pesada, aunque lo interesante es dejarse subyugar, o incluso asfixiar, por el clima que Tanabe va conjurando a través de todas esas secuencias mudas.
El tercer relato, La Ciudad sin Nombre, se desarrolla en sólo 32 páginas y acá Tanabe no tiene mucho margen para tirar magia y probar cosas raras. Es una historia casi sin conflicto, donde el atractivo es cómo exploramos (a través de los ojos del protagonista) un lugar que se va tornando cada vez más imposible, más extraño, más ominoso. Y Tanabe no escatima absolutamente nada a la hora de dibujar decorados complejísimos, paisajes surreales y criaturas asombrosas, siempre a tono con la oscuridad del cuento de Lovecraft. Creo que es la adaptación que más me cerró de las tres.
Recomiendo mucho El Sabueso y Otras Historias a los fans de Lovecraft, y anoto a Gou Tanabe en la lista de los mangakas a seguir hasta el fondo la cripta más nauseabunda.
Salto a Argentina, año 2018, cuando se publica Dora: Malenki Sukole, tercer libro protagonizado por esta heroína creada por Ignacio Minaverry (las reseñas de los Vol.1 y 2, haciendo click en la etiqueta de Dora). Ambientado en Europa entre 1963 y 1964, este es el tomo de Dora en el que pasan menos cosas. No hay tramas románticas, casi no hay momentos de comedia y no avanza en absoluto la cacería de nazis que Dora había iniciado en los tomos anteriores. ¿Qué nos cuenta Minaverry en estas 120 páginas? Básicamente una historia de verdad, memoria y justicia en la que Dora asume (15 años antes de que existieran en la realidad) el rol de las gloriosas Abuelas de Plaza de Mayo.
Minaverry nos cuenta que (al igual que los genocidas del Proceso) los nazis robaron bebés polacos de las familias judías a las que mandaron a los campos de concentración y los “germanizaron”. Los entregaron a familias alemanas que los criaron como si fueran sus propios hijos, por supuesto ocultándoles su verdadera identidad. Dora descubre que su amiga Lotte es una de estas hijas “germanizadas”, decide contarle la verdad, y le ofrece encontrarse con su verdadera familia (o lo que quedó de ella tras el holocausto). El conflicto es ese, el que conocemos los que seguimos el trabajo de las Abuelas: devolverle la identidad a una chica después de más de 20 años no es algo sencillo, hay un vínculo con sus apropiadores que no se puede soslayar y además insertar a una chica de veintipico en una familia que no la conoce tampoco es una boludez. Pero en Malenki Sukole todo esto se da de modo muy armónico, muy natural, sin que vuele una sola cachetada, sin tiros, ni persecuciones ni escenas más cercanas a una película de espías. Si no fuera porque está todo narrado de un modo muy efectivo, con Minaverry apostando fuerte a emocionar al lector (que puede o no captar la analogía con lo que pasó y pasa en nuestro país), la trama se puede hacer un poco aburrida, sobre todo porque el disparador de la misma aparece recién en la página 27.
Por suerte a Minaverry no se le escapa el hecho de que escribió una novela de 120 páginas de gente hablando (o viajando, o pensando) y se esmera como nunca en el dibujo, que alcanza un nivel realmente extraordinario. Excepto por Lotte (que parece Pepe Sánchez disfrazado de mujer) el resto de los personajes tienen un trabajo exquisito en las expresiones faciales y en el lenguaje corporal. Minaverry va hacia una línea más gruesa, con más presencia de la mancha negra (en parte, me imagino, para suplir la falta de color) y logra una estética que me remitió de inmediato a la de Jacques Tardi. Y claro, a Dora la dibuja mucho más linda que una “chica Tardi promedio”, como si los lápices del maestro francés fueran entintados por dibujantes yankis “de chicas lindas” tipo Terry Dodson, Adam Hughes o Frank Cho. Por supuesto los paisajes, vehículos, peinados y ropa que vemos en Malenki Sukole están milimétricamente tomados de la realidad de 1964, en un laburo de reconstrucción de época tan titánico como el que había mostrado Minaverry en los tomos anteriores. A un comic dibujado a este nivel, ya ni me caliento en pedirle conflictos más explosivos o escenas más impactantes.
¡Volvemos pronto con nuevas reseñas, y nos vemos el domingo y el lunes en Dibujados!

lunes, 5 de febrero de 2018

DOS GEMAS DE LUNES

Arrancamos la semana con dos obras muy recomendables.
Se reeditó en un libro alucinante Noelia en el País de los Cosos, la historieta de Ignacio Minaverry que debutara en 2011 en el suplemento de historietas de Télam y luego pasara por las páginas de Fierro. A nivel guión, Noelia es un poquito despareja: tiene momentos muy grossos, de alto impacto, tiene escenas tranqui bien dedicadas al desarollo de los personajes… en general avanza bien, a un ritmo razonable. Lo que menos cierra es cuando Minaverry frena el relato para explicar lo que está pasando, o lo que pasó previamente.
Toda la obra tiene un subtexto sociopolítico, es una gran alegoría acerca del rol del Estado en una sociedad y qué pasa cuando el capital concentrado se propone desguazar al Estado y privatizar la generación y la distribución de los bienes esenciales para la substisencia de los pueblos. Y la verdad que la jugada de mezclar esta bajada de línea con una aventura de viaje iniciático tipo Alice in Wonderland, condimentada con batallas épicas onda Lord of the Rings, le sale muy bien a Minaverry. El problema, los momentos más flojos del libro, llegan cuando el autor sospecha que el lector no va a entender las alegorías y las explicita demasiado. Mientras se mantiene sutil, Minaverry atrapa, seduce y hasta te hace reir, en esas escenas donde satiriza con fina mala leche a la izquierda dogmática, que de tanto desconfiar de los movimientos “populistas” termina jugando para los paladines de la desigualdad a los que dicen enfrentar.
Pero aunque el guión fuera un panfleto peroncho hiper-básico, o aunque no hubiese ni un personaje carismático (acá no hay menos de cuatro), o aunque la bajada de línea empantara totalmente a la aventura o viceversa, igual habría que recomendar Noelia en el País de los Cosos simplemente por la calidad de la faz gráfica, que es devastadora. A nivel visual, este es –lejos- el mejor trabajo de Minaverry, donde se lo ve más suelto, más cómodo, con más ganas de probar cosas nuevas. El color plano, clásico, muchas veces estridente, le juega muy a favor de lo que quiere contar. Las expresiones faciales y el lenguaje corporal de los personajes están ajustadísimos, la composición de las viñetas es infalible y aparecen guiños a varias tradiciones gráficas y narrativas de la historia del comic (ya no se puede encasillar a Minaverry como un autor “de línea clara”, o de tal o cual estilo). Lo que más se nota en la lectura de Noelia en el País de los Cosos es que, mientras la realizaba, el autor era muy feliz. Y eso no tiene precio.
Salto a EEUU, a 2015, para el Vol.2 de Silver Surfer de Dan Slott y Mike Allred (el Vol.1 lo vimos 04/01/16). Si el TPB tuviera sólo las primeras ocho páginas, ya valdría mucho la pena. Imaginate todo lo grosso que viene después. Slott explora a fondo el vínculo entre Norrin Radd y Dawn Greenwood, y lo bizarro que resulta ver a una chica humana, común y corriente, a bordo de la tabla del Surfer recorriendo las galaxias y metiéndose en kilombos que a menudo involucran a poderosísimos alienígenas. Esta vez Slott baja un poquito el nivel de la comedia, no se toma todo tan en joda, pero tampoco pasa a ser un comic oscuro ni circunspecto, porque siempre está ahí Dawn, como elemento disruptivo.
De los cinco episodios que ofrece el tomo, tres componen una saga en la que el Surfer se tiene que hacer cargo de su pasado como heraldo de Galactus, frente a frente con los habitantes de un planeta poblado por sobrevivientes de miles de mundos ingeridos por el devorador de planetas, luego de que el Surfer garantizara sus buenas condiciones bromatológicas. Y sí, maestro… Te guste o no, fuiste cómplice, partícipe necesario de innumerables genocidios perpetrados por tu jefe… que siempre está dispuesto a cometer un genocidio más, con tal de irse a dormir pipón-pipón. La saga de Newhaven lleva al límite no sólo el poder sino sobre todo la nobleza, la integridad del Silver Surfer, y el final que conjura Slott resulta brillante, absolutamente conmovedor, al nivel de las mejores historias en los 50 años de trayectoria del personaje.
Y el dibujo es de Mike Allred, coloreado por su esposa Laura, así que no hay demasiado para agregar. Como en todos sus trabajos sobra la onda, hay riesgos alucinantes en la puesta en página, las secuencias son potentes, todo está puesto para transmitir emociones y sensaciones y el ídolo muestra cada vez más recursos para que todo se vea lindo incluso cuando acelera y dibuja a las chapas. Voy por más Surfer, obviamente.
Y volvemos pronto, con nuevas reseñas.

domingo, 5 de mayo de 2013

05/ 05: DORA Vol.2

Hace casi tres años, el 10 de Mayo de 2010, me tocó reseñar el primer tomo de esta serie de Ignacio Minaverry. Recomiendo repasar ese textículo y después volver a este. ¿Ya está? Bien.
Noto muchos cambios entre el tomo anterior y este, y no me parece que sean para mejor. Primero, esta vez Dora no viaja por distintos lugares. Toda la acción transcurre en Bobigny, aquel suburbio de París por el que la protagonista había pasado en uno de los tramos del vol.1, casualmente aquel en el que menos cosas sucedían. Segundo, la trama de espionaje, de los nazis en Argentina y demás, se desactiva por completo. Dora sigue adelante con su archivo sobre el Tercer Reich, pero no investiga, no fisgonea, no se involucra en ninguna actividad relacionada con la captura de ningún criminal nazi. Tercero, a mí me parecía inteligente por parte de Minaverry no resolver el enigma de la sexualidad de Dora, mantenerla en el terreno de la ambigüedad. Y se acabó la ambigüedad: acá la protagonista blanquea abiertamente que nunca le gustaron los varones, mientras dedica no pocas viñetas a retozar con Geneviéve, la chica gitana que está de vuelta de todo.
Eliminada la faceta del espionaje, la saga de Dora se convierte en una especie de versión alternativa de las historietas de Jaime Hernandez, donde las chicas no viven en un barrio latino de Los Angeles, sino en un suburbio de clase media-baja de París, y en vez de estar ambientada a principios de los ´80, se va 20 años antes. Posta, los roles de Dora, Odile y Geneviéve por momentos me recordaron muchísimo a los de Maggie, Penny y Hopey, aunque sin el rock´n roll estridente y cabeza que escuchaban las “locas” de Hoppers. Dentro del contexto del slice of life pachorro y suburbano, Minaverry se mueve con mucha soltura. Define muy bien un contexto sociopolítico espeso (la disyuntiva que divide a los franceses respecto de Argelia y los argelinos), explora el tema de la sexualidad alternativa, se mete con la pobreza, con el aborto, con amores no correspondidos... toda esa faceta presente en el vol.1 de ilusiones, sueños, vitalidad y candor sigue viva en las protagonistas del segundo tomo aunque claro, encauzadas hacia otro lado, porque el tema de la cacería de nazis se reactiva muy tibiamente recién en la segunda mitad del libro, cuando Dora conoce a Beatrice Roubini, un personaje todavía menor, cuyo peso en la trama crecerá –sospecho- en un próximo arco argumental.
Lo mejor que tiene este tomo de Dora es el trabajo de caracterización, la forma en la que Minaverry nos invita a conocer, entender y querer a estas tres chicas y la forma en las que las define de modo cristalino, como seres tridimensionales, perfectamente diferenciables. Olvidate del título de la obra: Dora, Odile y Geneviéve se reparten el protagonismo en partes iguales, cada una con sus mambos, sus recuerdos, sus silencios y sus fantasmas. Tan repartido está el protagonismo que Dora es la última del trío principal en sumar personajes secundarios propios, que interactúen sólo con ella. Las tres tienen sus momentos memorables, sus secuencias definitivas, e incluso sus escenas de sexo (Dora y Geneviéve las comparten), plasmadas de modo muy fino, muy elegante, sin ninguna intención de calentar pijas o humedecer conchas.
Cuando pasa poco, cuando el guión nos invita a contemplar, cuando tienen tanto peso las emociones y –por ende- las expresiones faciales, cuando hay un esfuerzo por hacer sutil y delicado lo que habitualmente es más impactante o incluso más grotesco, se luce inevitablemente el dibujo. Y en este rubro sí, me parece que Minaverry supera el alto standard del tomo anterior: lo veo más suelto, más canchero, más seguro de que lo que vamos a ver en la página es exactamente lo que él imaginó en su mente. De nuevo, tenemos un gran trabajo de fondos, de lenguaje facial y corporal, de detalles increíbles en la ambientación, un manejo formidable del claroscuro, con esporádicos y sutiles toques de color o de masas grises incorporadas con la computadora, un timing perfecto para la elaboración de las secuencias, especialmente las mudas, gran variedad de tipografías manuales... Un placer absoluto, un inagotable catálogo de hallazgos desparramados a lo largo de más de 120 páginas de agradabilísima lectura.
Ahora, a esperar que Minaverry se lance a la publicación de una tercera entrega de Dora (supongo que previa serailización “en fetas” en las páginas de Fierro) y que retome la faceta detectivesca de la serie, que sin duda la enriquecía y le daba mucho más sentido de “esto está yendo hacia algún lado”. No pretendo una de James Bond con minitas, pero sí sacudir un poco la modorra del slice of life y recuperar ese amplio abanico de sensaciones que nos transmitió Minaverry en aquel consagratorio primer tomo.

lunes, 10 de mayo de 2010

10/ 05: DORA Vol.1


Una vez más, nos encontramos con una historieta en la que los malos son los nazis. Esta vez, la vuelta de tuerca es que la protagonista no lucha contra los propios nazis, sino contra el olvido y la impunidad que amenazan con dejar sin condena a muchísimos crímenes de lesa humanidad cometidos durante el Tercer Reich. Este es un comic 100% comprometido con la memoria, la verdad y la justicia y está muy bueno que un autor argentino haya elegido centrarlo en el holocausto nazi y no en la dictadura militar que flageló a este páis entre 1976 y 1983, principalmente para que sea más original y más difícil de hacer.
Una de las tantas cosas que sorprenden positivamente en este trabajo consagratorio de Ignacio R. Minaverry es el increíble laburo de documentación que le permitió recrear tanto la Berlín de 1959 como el suburbio parisino de Bobigny de 1962 y el pueblito bonaerense de Vivar de 1963. En todos los casos, el autor cuidó todos y cada uno de los detalles, hasta los afiches publicitarios que se ven en las calles. También (sobre todo en Rat-Line, la segunda aventura de Dora) los climas socio-políticos: la paranoia anti-comunista y el racismo crecientes en la Francia de De Gaulle y la resistencia peronista underground en la Argentina post-Frondizi. Hasta se tomó el laburo de investigar cuánto tardaba un avión de volar de París a Buenos Aires en 1963!
En todo ese contexto perfectamente presentado, se desarrolla la historia de Dora, una jovencita hija de marroquíes cuyo primer trabajo consiste en ordenar un archivo lleno de documentación acerca del genocidio de judíos perpetrado por los nazis. Los testimonios del horror impactan a la adolescente, mientras su amiga Lotte, más curtida en esas lides, se divierte retozando con un enigmático ex-militar norteamericano. En algún momento, Dora decide fotografiar todos los documentos y crear su propio archivo acerca de los nazis y sus crímenes. Y de paso encuentra informes que certifican el paso de su propio padre por un campo de concentración. Muy heavy.
La segunda parte nos muestra a Dora en París, ahora amiga de una chica que milita en el comunismo, y con dudas acerca de su sexualidad, que por suerte Minaverry no resuelve. Dora no llega nunca a convertirse (por lo menos a ojos del lector) en “la Torta Cazanazis”. Pero sigue adelante con su investigación y recibe una oferta para viajar a Argentina, donde se supone que se esconden varios jerarcas nazis, a los que el gobierno de Perón les brindó asilo, obviamente de keruza. En el tramo francés de Rat-Line pasa poco y es lo único medio aburrido del libro. Pero después Dora llega al pueblo de Vivar, cerca de Bahía Blanca, y ahí la historia se pone definitivamente grossa y se enrola ya sin más vueltas en el género del espionaje, sin dejar totalmente de lado algunos visos de comedia costumbrista. Ese es, lejos, el mejor tramo de la obra, el que no querés que se termine nunca.
El dibujo de Minaverry es parejo a lo largo de las 160 páginas que dura el libro y nos lo muestra en un nivel altísimo, con un estilo más redondito, más cercano a los clásicos de la línea clara franco-belga, pero además con gran manejo de las masas negras y un criterio exquisito a la hora de mechar imágenes a color, o grisados, como para romper la hegemonía del claroscuro que –reitero- está logradísimo. El ritmo narrativo es intencionalmente lento: Dora dedica casi todo su tiempo a la observación y eso en la historieta lleva mucho tiempo, o en realidad muchas viñetas en las que la acción casi no avanza. No esperes machaca, tiros y persecuciones, porque este es un comic de espías distinto, mucho más reflexivo y pausado, más parecido a lo que hicieron Pierre Christin y André Juillard en el hipnótico El Largo Viaje de Lena. Además todo está impregnado de una sensibilidad muy femenina (otro mérito notable de Minaverry), lo cual exige otra forma de resolver los conflictos.
Dora propone un viaje a la memoria, a momentos y circunstancias profundamente dramáticos, pero lo hace desde la vitalidad de una chica adolescente, cuyos sueños, fantasías e ideales siguen vivos, ávidos y dispuestos a guiarnos en esta búsqueda de la justicia que hasta ahora, con cero villanos nazis capturados por la heroína, me ha brindado inmensas gratificaciones. Obviamente quiero más.