En otro de sus habituales suicidios, a principios de 2013 algún cráneo de DC decidió que ahora todos los personajes propiedad de la editorial iban a estar en el Universo DC y el sello Vertigo sólo iba a publicar material propiedad de los autores. La idea es casi buena, si no fuera porque para concretarla hubo que hachar a un título que llevaba 300 meses de publicación ininterrumpida y tenía como protagonista a uno de los personajes más complejos y carismáticos de la historia del comic, creado por Alan Moore en uno de sus períodos de mayor fertilidad. Así fue como el maestro Peter Milligan, que estaba al frente de Hellblazer desde el ya lejano n°250, recibe la orden que nunca creyó que iba a recibir: cerrame la colección en el n°300. Por eso, aunque parezca mentira, este es el último TPB de Hellblazer, y seguramente la última vez que los fans de John Constantine vamos a comprar una publicación en la que aparezca el ídolo, porque el Constantine del DCU huele a bosta radioactiva aunque los primeros números los dibuje el grossísimo Renato Guedes.
Así que este voluminoso TPB va a desembocar, irremediablemente, en la última saga de Hellblazer, en el cierre de esta ilustre y longeva serie que tantas alegrías nos dio. Y arranca muy bien, con la historia del Annual 11, que está apenitas estirada, pero que es fuerte, perturbadora y muy idónea para enganchar con Hellblazer a lectores que nunca se habían acercado a la serie. Después tenemos un unitario bastante bizarro, metido con forceps en el pasado tanto de John como de Piffy, y con el ídolo transformado (un ratito, nomás) en hombre lobo. Quizás sean las 20 páginas más olvidables de la Era Milligan.
Después arranca una saguita extensa, de 100 páginas, en la que el guionista hace un pase de manos increíble y planta las semillas de… un nuevo John Constantine. No quiero spoilear, porque es todo muy shockeante, pero de alguna manera Milligan nos vende (y nosotros compramos sin discutirle ni una coma) a un Constantine 2.0, sacado de la manga pero asombrosamente convincente. No sé si el guionista ya sabía que había que darle de baja a la serie, o si simplemente había tomado conciencia de que ese John de casi 60 años ya no estaba para vivir tanta peripecia y era hora de que su legado pasara a un personaje más joven (algo que en los comics de DC se hizo hasta el hartazgo). Lo cierto es que el pase de manos funciona muy bien y nos deja a un nuevo personaje con pasta de protagonista y a un villano excelente, al que hubiese estado bueno traer de vuelta más adelante.
Ahora sí, el arco final. Las 83 páginas que le ponen fin a todo. John muere de un modo totalmente impredecible, y aunque en esta serie la muerte nunca es definitiva, hay velatorio, hay consecuencias jodidas y hay un clima de “chau, muchachos, gracias por todo”. Al final, Milligan le reserva al ídolo un destino que –en una de esas- es peor que la muerte. Y se va por la puerta grande, con la satisfacción de haber escrito 50 números y un annual impresionantes, de haber creado a varios personajes importantes (con Piffy y su papá a la cabeza), de haberle pegado vueltas magníficas al elenco clásico y de haber mantenido muy alta la chapa de este personaje tan genial como irrepetible.
Parrafito para hablar bien de los dibujantes: Los dos arcos extensos, el de 100 páginas y el de 83, están a cargo del siempre eficiente Giuseppe Camuncoli, muy bien complementado por las tintas de Stefano Landini. Camuncoli le pone todo a la puesta en página y sorprende con su trazo fresco, moderno, expresivo, muy gráfico y para nada contaminado por la triste epidemia de los Juan Carlos Flicker. Uno de esos dibujantes a los que uno, si fuera editor, quisiera tener al frente de ocho o nueve series mensuales. Y las 58 páginas restantes están a cargo de Simon Bisley, la Bestia, el legendario dibujante británico, responsable también de las portadas. En el unitario bizarro de los licántropos, parece volver (un toque) el Bisley de los ´90, el más cabeza, el que se jugaba todo a la machaca y la estridencia. Pero en el annual, la Bestia pone todo su talento al servicio del clima denso, de ese enigma asfixiante que envuelve pasado y presente y que casi no deja lugar para la acción. Ahí es donde realmente pela, y donde más se disfruta su simbiosis con la paleta del colorista Brian Buccellato.
Y nunca pensé que iba a decir esto, pero se acabó. No hay más Hellblazer. Al comic le queda un vacío imposible de llenar. Gracias, John, por tanta magia.
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viernes, 29 de agosto de 2014
sábado, 23 de noviembre de 2013
23/ 11: HELLBLAZER: THE DEVIL´S TRENCH COAT
Anteúltimo recopilatorio de la serie más larga y más emblemática de Vertigo, que durante 25 años nos detonara la cabeza mes a mes. Este TPB reúne ocho episodios escritos por el maestro Peter Milligan y clava en el número 291, a sólo nueve del final. Esta vez no hay unitarios dibujados por Simon Bisley (al que disfrutamos sólo en las portadas) porque a) son dos arcos argumentales de cuatro episodios cada uno, muy enganchados, sin margen para meter un unitario en el medio y b) en simultáneo con estos números salió un Annual íntegramente dibujado por Bisley, que se recopila en el próximo tomo.
El primer arco no está mal, pero no es la gloria, ni mucho menos. Como el título lo sugiere, se centra en el sobretodo de John Constantine, la pilcha vieja y maloliente, enchastrada de magia oscura y fluídos aún más oscuros durante décadas de uso intensivo por parte de nuestro hechicero urbano favorito. El sobretodo, alejado de John, cobra vida, mata gente, manipula a incautos… cualquiera. Un giro sumamente inverosímil, porque además, uno que sigue a Hellblazer, asumió desde siempre que no se trataba de UN SOLO sobretodo, sino de varios muy parecidos entre sí, como las capas de Batman o las gorras de Corto Maltés. De hecho, contás la cantidad de veces que (a lo largo de 290 números) Constantine terminó con el breto hecho mierda, destrozado en jirones, que todo el planteo de Milligan pierde sustento.
Por suerte la saga no se queda en eso, sino que avanza muchísimo en un complejo entramado de relaciones entre John, Piffy, Gemma (la sobrina de John) y Terry Greaves (el capo mafia padre de Piffy). Este microclima venía levantando temperatura hace ya dos tomos (desde Bloody Carnations, reseñado el 03/05/12) y en este TPB va a explotar. Para el segundo arco de cuatro números, Milligan sube la apuesta y además de impactarnos con los volantazos que le pega al elenco protagónico, tenemos una saga tensa, filosa, al límite, con John de nuevo descendido al Infierno, no a jugar el clásico con IndeBendiente, sino contra un demonio un poquito más heavy, el siempre asombroso First of the Fallen. Este segundo tramo tiene mucho más sentido, más onda, mejores diálogos, más revelaciones increíbles y miles de guiños a los lectores de larga data: Milligan parece dispuesto a hacerse cargo de TODO lo que vivió John de la mano de los guionistas anteriores y eso sólo ya representa un desafío colosal. Bancárselo, encima, es un logro titánico para el inglés.
Por el lado del dibujo, Giuseppe Camuncoli dibuja casi todos los episodios a un nivel altísimo. De a poquito mete un grafismo más extremo, como si se diera cuenta un poco tarde de que se trata de un comic de terror bien al límite, y empiezan a aparecer trazos más extremos, más oscuros… casi como si dibujara Danijel Zezelj, pero entintado con una técnica totalmente distinta a la del croata. Lo mejor de Camuncoli está en la narrativa y en las expresiones faciales, donde capta detalles muy sutiles y muy adecuados para todas esas páginas en las que los personajes charlan entre sí y se psicopatean. Los suplentes son bastante crotos, no merecen siquiera ser mencionados. Entiendo que poner a Bisley a dibujar un cachito de una saga que estaba a cargo de Camuncoli puede resultar muy arriesgado, y también estoy seguro de que en Vertigo tendrían que poder contar con dibujantes mejores para cubrir los baches en las series regulares.
Para el final del tomo, Milligan le pone un cierre definitivo a un plot, el del gemelo demoníaco de Constantine, que viene de arrastre desde la época de… Paul Jenkins, creo, y al de la muerte de los padres de Gemma, que también venía colgado hacía años. Y deja pavimentada la ruta hacia un final que promete ser memorable. Sólo con el tamaño de ese último TPB (con un Annual y nueve números de la ongoing) se me frunce un poquito el orto… Lo dejo para el 2014, sólo por lo duro que va a ser despedirme de este amigo (garca y peligroso como pocos, pero amigo al fin) que me acompaña desde 1988.
El primer arco no está mal, pero no es la gloria, ni mucho menos. Como el título lo sugiere, se centra en el sobretodo de John Constantine, la pilcha vieja y maloliente, enchastrada de magia oscura y fluídos aún más oscuros durante décadas de uso intensivo por parte de nuestro hechicero urbano favorito. El sobretodo, alejado de John, cobra vida, mata gente, manipula a incautos… cualquiera. Un giro sumamente inverosímil, porque además, uno que sigue a Hellblazer, asumió desde siempre que no se trataba de UN SOLO sobretodo, sino de varios muy parecidos entre sí, como las capas de Batman o las gorras de Corto Maltés. De hecho, contás la cantidad de veces que (a lo largo de 290 números) Constantine terminó con el breto hecho mierda, destrozado en jirones, que todo el planteo de Milligan pierde sustento.
Por suerte la saga no se queda en eso, sino que avanza muchísimo en un complejo entramado de relaciones entre John, Piffy, Gemma (la sobrina de John) y Terry Greaves (el capo mafia padre de Piffy). Este microclima venía levantando temperatura hace ya dos tomos (desde Bloody Carnations, reseñado el 03/05/12) y en este TPB va a explotar. Para el segundo arco de cuatro números, Milligan sube la apuesta y además de impactarnos con los volantazos que le pega al elenco protagónico, tenemos una saga tensa, filosa, al límite, con John de nuevo descendido al Infierno, no a jugar el clásico con IndeBendiente, sino contra un demonio un poquito más heavy, el siempre asombroso First of the Fallen. Este segundo tramo tiene mucho más sentido, más onda, mejores diálogos, más revelaciones increíbles y miles de guiños a los lectores de larga data: Milligan parece dispuesto a hacerse cargo de TODO lo que vivió John de la mano de los guionistas anteriores y eso sólo ya representa un desafío colosal. Bancárselo, encima, es un logro titánico para el inglés.
Por el lado del dibujo, Giuseppe Camuncoli dibuja casi todos los episodios a un nivel altísimo. De a poquito mete un grafismo más extremo, como si se diera cuenta un poco tarde de que se trata de un comic de terror bien al límite, y empiezan a aparecer trazos más extremos, más oscuros… casi como si dibujara Danijel Zezelj, pero entintado con una técnica totalmente distinta a la del croata. Lo mejor de Camuncoli está en la narrativa y en las expresiones faciales, donde capta detalles muy sutiles y muy adecuados para todas esas páginas en las que los personajes charlan entre sí y se psicopatean. Los suplentes son bastante crotos, no merecen siquiera ser mencionados. Entiendo que poner a Bisley a dibujar un cachito de una saga que estaba a cargo de Camuncoli puede resultar muy arriesgado, y también estoy seguro de que en Vertigo tendrían que poder contar con dibujantes mejores para cubrir los baches en las series regulares.
Para el final del tomo, Milligan le pone un cierre definitivo a un plot, el del gemelo demoníaco de Constantine, que viene de arrastre desde la época de… Paul Jenkins, creo, y al de la muerte de los padres de Gemma, que también venía colgado hacía años. Y deja pavimentada la ruta hacia un final que promete ser memorable. Sólo con el tamaño de ese último TPB (con un Annual y nueve números de la ongoing) se me frunce un poquito el orto… Lo dejo para el 2014, sólo por lo duro que va a ser despedirme de este amigo (garca y peligroso como pocos, pero amigo al fin) que me acompaña desde 1988.
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lunes, 17 de septiembre de 2012
17/ 09: HELLBLAZER: PHANTOM PAINS
Nuevo tomo de Hellblazer y, predeciblemente, no está al nivel demoledor del tomo anterior. Era muy difícil bancar los trapos después de aquel final increíble que Peter Milligan conjuró en Bloody Carnations. Phantom Pains es un muy buen arco argumental, pero de ahí a hacerle el aguante a la saga inmediatamente anterior, hay un abismo.
Los dos unitarios que dibuja Simon “La Bestia” Bisley son uno más grosso que el otro. Son, casualmente, los episodios en los que Milligan retoma la ilustre tradición de meterse con temas socio-políticos urticantes, y darles un twist jodido y sobrenatural. Para el unitario que transcurre en la cárcel, además, el guionista retoma a Julian, el demonio que boleteó a Phoebe, la médica con la que salía John en Hooked (lo vimos en Enero de este año). En ambos episodios la Bestia abusa un poquito de los primeros planos, pero su trazo está tan inspirado y se ve todo tan bien, tan sórdido, tan escabroso, que no jode para nada. Porque además, cuando tiene que pelar, Bisley pela figuras enteras, fondos, secuencias de acción al palo, besos incandescentes y todo el gore que puede soportar un comic de Vertigo.
Dentro de la saga central, hay un episodio protagonizado por Gemma (la sobrina de John), en el que Giuseppe Camuncoli es reemplazado por Gael Bertrand, un dibujante francés muy, muy bueno, con un sólo problema: si Camuncoli se zarpa y dibuja a John con rasgos de un tipo de 30, Bertrand se va más al carajo y lo dibuja como si tuviera 23. En los capítulos restantes, Camuncoli mantiene arriba su nivel, con páginas y secuencias memorables, cada vez mejor ensamblado con el entintador Stefano Landini y la colorista Trish Mulvihill. Es muy loco cómo un dibujante con un trazo tan prolijo, tan claro, tan lindo, logra conjurar imágenes tan aterradoras, tan perturbadoras y tan truculentas.
El argumento de Phantom Pains... bah, creo que en realidad hay dos argumentos, los dos basados en cosas muy heavies que pasaron en el tomo anterior. Por un lado, John se propone recuperar el pulgar izquierdo, que él mismo se cortó cuando se volvió loco. Por el otro, Gemma va a buscar venganza contra su tío por una atrocidad que cometió... el gemelo diabólico de su tío. Y las líneas argumentales no se cruzan, eh? No hay una única resolución para ambos conflictos. Lo del dedo de John se resuelve... casi 45 páginas antes que lo de la venganza de Gemma, y por vías totalmente distintas. O sea que la consigna de Milligan para este tomo era volver para atrás dos sacudones bastante grossos que le había pegado a la serie en el tomo anterior.
Asimismo, y como parte del plot de la venganza de Gemma, en este tomo John pierde no una extremidad, pero casi: su mítico impermeable, ese que lo acompañó al Averno y más allá desde mediados de los ´80, cuando era un personaje secundario de Swamp Thing. Si esto sigue una lógica, en la próxima saga el ídolo se meterá en un kilombo marca Cañón para recuperar su tradicional pilcha, a la que vimos arder en una hoguera. Pero ojalá no suceda eso, porque si sucede, Milligan se habrá vuelto predecible. Y en el arco siguiente veremos a John perder... un ojo, y en el siguiente recuperarlo y perder... el encendedor, y así, hasta que pierda la chota y resulta que somos nosotros, los lectores, los que la tenemos adentro. Prefiero a Milligan caótico e impredecible. Para hacer boludeces obvias e intrascendentes lo tenía a Constantine en la Justice League Dark.
A todo esto, en Phantom Pains vuelve a brillar con luz propia Epiphany Greaves, quien a esta altura ya es –lejos- la mina más copada a la que se volteó John y probablemente el mejor personaje secundario aparecido en los casi 25 años que lleva esta serie. Inmenso mérito de un inmenso guionista que ojalá siga más allá del inminente n° 300.
Los dos unitarios que dibuja Simon “La Bestia” Bisley son uno más grosso que el otro. Son, casualmente, los episodios en los que Milligan retoma la ilustre tradición de meterse con temas socio-políticos urticantes, y darles un twist jodido y sobrenatural. Para el unitario que transcurre en la cárcel, además, el guionista retoma a Julian, el demonio que boleteó a Phoebe, la médica con la que salía John en Hooked (lo vimos en Enero de este año). En ambos episodios la Bestia abusa un poquito de los primeros planos, pero su trazo está tan inspirado y se ve todo tan bien, tan sórdido, tan escabroso, que no jode para nada. Porque además, cuando tiene que pelar, Bisley pela figuras enteras, fondos, secuencias de acción al palo, besos incandescentes y todo el gore que puede soportar un comic de Vertigo.
Dentro de la saga central, hay un episodio protagonizado por Gemma (la sobrina de John), en el que Giuseppe Camuncoli es reemplazado por Gael Bertrand, un dibujante francés muy, muy bueno, con un sólo problema: si Camuncoli se zarpa y dibuja a John con rasgos de un tipo de 30, Bertrand se va más al carajo y lo dibuja como si tuviera 23. En los capítulos restantes, Camuncoli mantiene arriba su nivel, con páginas y secuencias memorables, cada vez mejor ensamblado con el entintador Stefano Landini y la colorista Trish Mulvihill. Es muy loco cómo un dibujante con un trazo tan prolijo, tan claro, tan lindo, logra conjurar imágenes tan aterradoras, tan perturbadoras y tan truculentas.
El argumento de Phantom Pains... bah, creo que en realidad hay dos argumentos, los dos basados en cosas muy heavies que pasaron en el tomo anterior. Por un lado, John se propone recuperar el pulgar izquierdo, que él mismo se cortó cuando se volvió loco. Por el otro, Gemma va a buscar venganza contra su tío por una atrocidad que cometió... el gemelo diabólico de su tío. Y las líneas argumentales no se cruzan, eh? No hay una única resolución para ambos conflictos. Lo del dedo de John se resuelve... casi 45 páginas antes que lo de la venganza de Gemma, y por vías totalmente distintas. O sea que la consigna de Milligan para este tomo era volver para atrás dos sacudones bastante grossos que le había pegado a la serie en el tomo anterior.
Asimismo, y como parte del plot de la venganza de Gemma, en este tomo John pierde no una extremidad, pero casi: su mítico impermeable, ese que lo acompañó al Averno y más allá desde mediados de los ´80, cuando era un personaje secundario de Swamp Thing. Si esto sigue una lógica, en la próxima saga el ídolo se meterá en un kilombo marca Cañón para recuperar su tradicional pilcha, a la que vimos arder en una hoguera. Pero ojalá no suceda eso, porque si sucede, Milligan se habrá vuelto predecible. Y en el arco siguiente veremos a John perder... un ojo, y en el siguiente recuperarlo y perder... el encendedor, y así, hasta que pierda la chota y resulta que somos nosotros, los lectores, los que la tenemos adentro. Prefiero a Milligan caótico e impredecible. Para hacer boludeces obvias e intrascendentes lo tenía a Constantine en la Justice League Dark.
A todo esto, en Phantom Pains vuelve a brillar con luz propia Epiphany Greaves, quien a esta altura ya es –lejos- la mina más copada a la que se volteó John y probablemente el mejor personaje secundario aparecido en los casi 25 años que lleva esta serie. Inmenso mérito de un inmenso guionista que ojalá siga más allá del inminente n° 300.
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jueves, 3 de mayo de 2012
03/ 05: HELLBLAZER: BLOODY CARNATIONS
A la mierda! Nueve episodios de un saque, todos en un mismo TPB. Una auténtica panzada de Hellblazer servida por el maestro Peter Milligan. Si leíste la reseña del TPB anterior, yo ponía a India al tope del ranking de las sagas de la Era Milligan en Hellblazer. Bueno, sigue ahí. Bloody Carnations está espectacular, pero no tanto como el tomo anterior. Por varios motivos, a saber:
No hay una trama socio-política para complementar a la del chamuyo místico, los conjuros, etc.
Dibuja muy poquito Simon Bisley, apenas 25 ó 30 páginas de los flashbacks a 1979.
Y lo más importante: se nota demasiado que la trama central está estirada. Todas esas páginas y páginas con Shade podrían no estar y la historia sería exactamente lo mismo. Okey, uno es fan de Vertigo desde el día cero y se emociona con la aparición de Shade. Pero realmente ¿aporta algo a la trama? Muy poquito. Me parece que Milligan lo metió como una forma de presionar sutilmente para que se reedite esa saga de Shade con Constantine que escribió hace muchos años para una revista (la de Shade) que no vendía un pomo.
Dicho todo esto, vamos a los aciertos, que son muchos.
Giuseppe Camuncoli tiene MUCHAS páginas para demostrar su grossitud. La dupla que forma con el entintador Stefano Landini es demoledora y, si bien se le nota algún choreo a Eduardo Risso o Marcelo Frusín, el tomo está lleno de imágenes poderosísimas. Todo el tramo con Shade, en el que el guión gira en torno a la locura, le abre a Camuncoli la posibilidad de zarparse con el dibujo, de apostarle todo a la imaginación. El tano la aprovecha a full y sin meterse en bretes narrativos, lo cual es muy notable. El suplente de Camuncoli es Maradona, es cierto. Pero él se está matando para ser Francéscoli.
Para cuando se termina la participación de Shade (pasaditas las 100 páginas del tomo), el guión se prende fuego. Milligan pone en marcha una saga realmente osada, que termina con un cambio brutal en el status quo de la serie. Pero además demuestra con creces que no es un capricho, ni un manotazo de ahogado, ni un golpe de efecto para llamar la atención o sacudirnos la modorra a los lectores acostumbrados a seguir mes a mes al brujo de la B Metropolitana. En las 120 páginas finales, Milligan da cátedra de cómo hacerse cargo de todo lo más heavy que John Constantine acumuló en sus 275 meses ininterrumpidos al frente de su propia revista y sin dejar nada afuera, sin barrer nada abajo de la alfombra, sin cagarse en los aportes de ninguno de los guionistas que lo antecedieron, demuestra que se puede, que hay una vuelta de tuerca más para darle a este ya clásico personaje que parece destinado a sobrevivir a todo. Y por supuesto, al establecer un cambio tan grosso en el status quo, abre un montón de nuevas puntas para explorar, con lo cual potencia brutalmente la expectativa para los próximos arcos argumentales.
El otro rubro en el que Milligan hace gala de su inmensa chapa es en la caracterización. Vos leés esto y creés que estos tipos y minas son reales. Hasta Shade, que es un alienígena más pirado que Lilita Carrió, es creíble. Chas aparece menos que en otras etapas, pero cada vez que aparece, la rompe. Epiphany Greaves es un hallazgo de esos que se dan muy de vez en cuando. Terry Greaves, el capo mafia papá de “Piffy”, es otro personajón y sus diálogos con John hacen que vibren las páginas del libro. No quiero ni nombrar al villano para no spoilear, pero también, está perfectamente escrito. La cantidad de chistes groseros, de retruques ingeniosos, de frases definitivas que tiran John y un par de personajes más hacen que no importe en lo más mínimo si Milligan estira un poquito las tramas.
Si leés Hellblazer hace mucho, seguro te está pasando lo mismo que a mí: te cuesta creer que esta etapa dure lo que está durando, porque es demasiado buena para durar. Milligan ya lanzó los conjuros, ya dibujó los pentagramas y los grimorios en el piso. Nos tiene atrapados, no nos deja salir. Y la siguiente etapa en su plan maestro es que nos olvidemos de lo grossos que fueron los autores anteriores y nos pongamos todos de acuerdo para ungirlo como El Mejor Guionista de Hellblazer de Todos los Tiempos. Si esto sigue así, es probable que lo logre...
No hay una trama socio-política para complementar a la del chamuyo místico, los conjuros, etc.
Dibuja muy poquito Simon Bisley, apenas 25 ó 30 páginas de los flashbacks a 1979.
Y lo más importante: se nota demasiado que la trama central está estirada. Todas esas páginas y páginas con Shade podrían no estar y la historia sería exactamente lo mismo. Okey, uno es fan de Vertigo desde el día cero y se emociona con la aparición de Shade. Pero realmente ¿aporta algo a la trama? Muy poquito. Me parece que Milligan lo metió como una forma de presionar sutilmente para que se reedite esa saga de Shade con Constantine que escribió hace muchos años para una revista (la de Shade) que no vendía un pomo.
Dicho todo esto, vamos a los aciertos, que son muchos.
Giuseppe Camuncoli tiene MUCHAS páginas para demostrar su grossitud. La dupla que forma con el entintador Stefano Landini es demoledora y, si bien se le nota algún choreo a Eduardo Risso o Marcelo Frusín, el tomo está lleno de imágenes poderosísimas. Todo el tramo con Shade, en el que el guión gira en torno a la locura, le abre a Camuncoli la posibilidad de zarparse con el dibujo, de apostarle todo a la imaginación. El tano la aprovecha a full y sin meterse en bretes narrativos, lo cual es muy notable. El suplente de Camuncoli es Maradona, es cierto. Pero él se está matando para ser Francéscoli.
Para cuando se termina la participación de Shade (pasaditas las 100 páginas del tomo), el guión se prende fuego. Milligan pone en marcha una saga realmente osada, que termina con un cambio brutal en el status quo de la serie. Pero además demuestra con creces que no es un capricho, ni un manotazo de ahogado, ni un golpe de efecto para llamar la atención o sacudirnos la modorra a los lectores acostumbrados a seguir mes a mes al brujo de la B Metropolitana. En las 120 páginas finales, Milligan da cátedra de cómo hacerse cargo de todo lo más heavy que John Constantine acumuló en sus 275 meses ininterrumpidos al frente de su propia revista y sin dejar nada afuera, sin barrer nada abajo de la alfombra, sin cagarse en los aportes de ninguno de los guionistas que lo antecedieron, demuestra que se puede, que hay una vuelta de tuerca más para darle a este ya clásico personaje que parece destinado a sobrevivir a todo. Y por supuesto, al establecer un cambio tan grosso en el status quo, abre un montón de nuevas puntas para explorar, con lo cual potencia brutalmente la expectativa para los próximos arcos argumentales.
El otro rubro en el que Milligan hace gala de su inmensa chapa es en la caracterización. Vos leés esto y creés que estos tipos y minas son reales. Hasta Shade, que es un alienígena más pirado que Lilita Carrió, es creíble. Chas aparece menos que en otras etapas, pero cada vez que aparece, la rompe. Epiphany Greaves es un hallazgo de esos que se dan muy de vez en cuando. Terry Greaves, el capo mafia papá de “Piffy”, es otro personajón y sus diálogos con John hacen que vibren las páginas del libro. No quiero ni nombrar al villano para no spoilear, pero también, está perfectamente escrito. La cantidad de chistes groseros, de retruques ingeniosos, de frases definitivas que tiran John y un par de personajes más hacen que no importe en lo más mínimo si Milligan estira un poquito las tramas.
Si leés Hellblazer hace mucho, seguro te está pasando lo mismo que a mí: te cuesta creer que esta etapa dure lo que está durando, porque es demasiado buena para durar. Milligan ya lanzó los conjuros, ya dibujó los pentagramas y los grimorios en el piso. Nos tiene atrapados, no nos deja salir. Y la siguiente etapa en su plan maestro es que nos olvidemos de lo grossos que fueron los autores anteriores y nos pongamos todos de acuerdo para ungirlo como El Mejor Guionista de Hellblazer de Todos los Tiempos. Si esto sigue así, es probable que lo logre...
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miércoles, 25 de abril de 2012
25/ 04: HELLBLAZER: INDIA
Este es –hasta ahora- el mejor tomo de Hellblazer desde que llegó Peter Milligan. Al igual que el tomo anterior, arranca con un arco de cuatro episodios dibujado por el italiano Giuseppe Camuncoli y cierra con dos episodios a cargo de Simon “la Bestia” Bisley, que además ilustra todas las portadas.
La primera saga es redondísima: John quiere resucitar a... alguien que murió en una saga anterior (no se lo spoileemos a los que todavía no se engancharon con la serie) pero está muy manchado de atrocidades y necesita purificarse. Por eso viaja a la India, a la ciudad de Mumbai, un lugar extraño, en el que el plano espiritual anda medio revuelto y donde se va a encontrar con productores de Bollywood, gurúes truchos, sabios ancestrales y demonios de enorme poder.
Es una saga trepidante, repleta de momentos escabrosos, con los excelentes diálogos de siempre y con dos agregados muy notables: por un lado, el contrapunto entre la cultura occidental y la oriental. Constantine cree que los conjuros funcionan igual en todas partes, pero resulta que no, que en Oriente las cosas se hacen distinto, el viaje de las almas al Más Allá es distinto y de pronto nuestro hechicero de la B Metropolitana se da cuenta de que no la tiene tan clara como creía. Por el otro lado, Milligan no se olvida de lo otro que hace grossa a esta serie: la bajada de línea socio-política. Entonces vincula al villano con la época en la que India era una colonia del Imperio Británico y los milicos al servicio de Su Majestad hacían lo que se les cantaba las reales pelotas con los pobres hindúes.
Lo único medio inexplicable es cómo, de la nada, se aparece en Mumbai y se le prende de la... gabardina a nuestro ídolo Epiphany Greaves, la joven alquimista que hasta el tomo anterior era un personaje secundario y acá ya cobra un rol muchísimo más protagónico. Okey, la minita está caliente con el veterano, pero de ahí a irse a la India a buscarlo, es un poco demasiado. Por suerte se ve que Milligan tiene muy claro lo que quiere hacer con este personaje, o sea que suma mucho tenerla ahí, revoloteando alrededor de John, ya sea para darle una mano cuando la cosa se pone espesa, o para verduguearlo por su avanzada edad.
Y si a vos lo que te gusta es el aspecto socio-político de Hellblazer, la segunda saguita, con John de nuevo en Londres, te va a partir la cabeza. Acá, al maestro Milligan se le ocurre una nueva manera de contarnos lo intrínsecamente hijos de puta que son los conservadores ingleses y encuentra la forma de meter en el medio a Constantine, a Sid Vicious, a varias entidades místicas, a patotas skins y barrabravas y hasta un flashback a 1979, cuando John era joven y punk y se veía venir la oscura época de Margaret Thatcher como Primer Ministro del gobierno británico. Son 44 páginas brillantes, con violencia, drogas y recuerdos de otras épocas en las que los pibes escupían a los músicos a los que veneraban al ritmo de Anarky in the U.K.
Mínima mención al laburo de los dibujantes. Camuncoli, excelente como siempre. Una vez más, dibuja a Constantine demasiado joven, pero se luce al dibujar la India y sobre todo al demonio hindú, perfectamente coloreado (con colores planos y estridentes) por Patricia Mullvihill. Y lo de la Bestia ya está totalmente fuera de escala. Olvidate de Lobo, de Slaine, de Judge Dredd, de todo. Comparado con esto, todo lo que dibujó Bisley antes de Hellblazer es basura pochoclera con gusto a esteroides en mal estado. Acá aparece el Bisley definitivo, el más completo, el más maduro, el que mejor narra, el que mejor fluye. Okey, no entinta ni colorea. No hace falta, prefiero que lo coloree Brian Buccellato y que la Bestia se concentre en los lápices, porque nunca dibujó ni se vio mejor. Y además dibuja al ídolo como un cincuentón hecho crosta, como debe ser.
Si en algún momento dudaste de subirte al bondi de Hellblazer manejado por Milligan, no lo dudes más. Es un viaje de ida alucinante, jodido, hipnótico, doloroso, truculento y muy gracioso. Milligan ya está cerca de convertirse en el guionista que más números escribió de esta serie y donde te descuides, se puede llegar a convertir en el mejor. Te lo juro por Nergal.
La primera saga es redondísima: John quiere resucitar a... alguien que murió en una saga anterior (no se lo spoileemos a los que todavía no se engancharon con la serie) pero está muy manchado de atrocidades y necesita purificarse. Por eso viaja a la India, a la ciudad de Mumbai, un lugar extraño, en el que el plano espiritual anda medio revuelto y donde se va a encontrar con productores de Bollywood, gurúes truchos, sabios ancestrales y demonios de enorme poder.
Es una saga trepidante, repleta de momentos escabrosos, con los excelentes diálogos de siempre y con dos agregados muy notables: por un lado, el contrapunto entre la cultura occidental y la oriental. Constantine cree que los conjuros funcionan igual en todas partes, pero resulta que no, que en Oriente las cosas se hacen distinto, el viaje de las almas al Más Allá es distinto y de pronto nuestro hechicero de la B Metropolitana se da cuenta de que no la tiene tan clara como creía. Por el otro lado, Milligan no se olvida de lo otro que hace grossa a esta serie: la bajada de línea socio-política. Entonces vincula al villano con la época en la que India era una colonia del Imperio Británico y los milicos al servicio de Su Majestad hacían lo que se les cantaba las reales pelotas con los pobres hindúes.
Lo único medio inexplicable es cómo, de la nada, se aparece en Mumbai y se le prende de la... gabardina a nuestro ídolo Epiphany Greaves, la joven alquimista que hasta el tomo anterior era un personaje secundario y acá ya cobra un rol muchísimo más protagónico. Okey, la minita está caliente con el veterano, pero de ahí a irse a la India a buscarlo, es un poco demasiado. Por suerte se ve que Milligan tiene muy claro lo que quiere hacer con este personaje, o sea que suma mucho tenerla ahí, revoloteando alrededor de John, ya sea para darle una mano cuando la cosa se pone espesa, o para verduguearlo por su avanzada edad.
Y si a vos lo que te gusta es el aspecto socio-político de Hellblazer, la segunda saguita, con John de nuevo en Londres, te va a partir la cabeza. Acá, al maestro Milligan se le ocurre una nueva manera de contarnos lo intrínsecamente hijos de puta que son los conservadores ingleses y encuentra la forma de meter en el medio a Constantine, a Sid Vicious, a varias entidades místicas, a patotas skins y barrabravas y hasta un flashback a 1979, cuando John era joven y punk y se veía venir la oscura época de Margaret Thatcher como Primer Ministro del gobierno británico. Son 44 páginas brillantes, con violencia, drogas y recuerdos de otras épocas en las que los pibes escupían a los músicos a los que veneraban al ritmo de Anarky in the U.K.
Mínima mención al laburo de los dibujantes. Camuncoli, excelente como siempre. Una vez más, dibuja a Constantine demasiado joven, pero se luce al dibujar la India y sobre todo al demonio hindú, perfectamente coloreado (con colores planos y estridentes) por Patricia Mullvihill. Y lo de la Bestia ya está totalmente fuera de escala. Olvidate de Lobo, de Slaine, de Judge Dredd, de todo. Comparado con esto, todo lo que dibujó Bisley antes de Hellblazer es basura pochoclera con gusto a esteroides en mal estado. Acá aparece el Bisley definitivo, el más completo, el más maduro, el que mejor narra, el que mejor fluye. Okey, no entinta ni colorea. No hace falta, prefiero que lo coloree Brian Buccellato y que la Bestia se concentre en los lápices, porque nunca dibujó ni se vio mejor. Y además dibuja al ídolo como un cincuentón hecho crosta, como debe ser.
Si en algún momento dudaste de subirte al bondi de Hellblazer manejado por Milligan, no lo dudes más. Es un viaje de ida alucinante, jodido, hipnótico, doloroso, truculento y muy gracioso. Milligan ya está cerca de convertirse en el guionista que más números escribió de esta serie y donde te descuides, se puede llegar a convertir en el mejor. Te lo juro por Nergal.
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lunes, 16 de enero de 2012
16/ 01: HELLBLAZER: HOOKED
Hacía mucho que el gran John Constantine no se veía envuelto en líos de polleras y bueno, al maestro Peter Milligan le pareció que ya era hora de volver sobre ese tema, pero con un giro más impredecible. Guarda: para que esta historia (y –sospecho- las que vienen después) funcione, hay que olvidarse de esos episodios de hace unos años en los que John blanqueaba 50 pirulos. Nada, ahí hubo un reboot encubierto, un pacto con Mephisto como el de Spider-Man, alguna matufia rara, porque John, tal como lo escribe Milligan y como lo dibuja Giuseppe Camuncoli, no tiene ni en pedo más de 45 años. Pero bueno, pongámosle que John clavó en 45 y que la sangre de Nergal lo mantiene más o menos lozano, y esto pasa a ser viable.
Hooked nos lleva al maravilloso mundo de los gualichos, de las pócimas para enamorar, del amor inducido mediante la magia, o en una de esas la química. John está on fire con Phoebe, la médica, pero ella lo tiene hasta ahí. Sabe (o por lo menos sospecha) que la relación está condenada al desastre. John recurre a las artes oscuras: una poción elaborada por la joven (y lanzada) alquimista Epiphany Greaves va a lograr que Phoebe cambie de opinión y le muestre a nuestro ídolo el cartelito de “oferta” prendido a la chabomba. Pero claro, la cosa se va complicar heavy, porque Milligan (no yo, porque lo leí el 9 de Marzo) se acordaba de lo que pasó en el tomo anterior, cómo se resolvió y gracias a quién. Esa amenaza que, según yo mismo “casi no asustaba”, acá asusta y mucho, porque así como Phoebe se hace adicta a la... presencia de John (por ser sutiles), John se hace adicto a una sustancia que sólo le puede proveer un demonio jodido, un ekkimu llamado Julian. John lo trata de cagar, no le sale, y Julian va a pasar a cobrar... por lo de Phoebe.
A lo largo de los tres episodios de Hooked, pasan muchísimas cosas y el ritmo no decae nunca. Olvidate de la bajada de línea social que tanto le aplaudíamos a Milligan en el tomo anterior. Acá menciona un tema candente (el “date rape”), pero lo importante es la machaca sobrenatural al palo y la historia de amor, claro. Es todo tan grosso que los dos episodios que completan el tomo son epílogos a esta trilogía. El primero tiene un problema, y es que John tiene que “pelear contra algo”, para no estar 22 páginas llorando por su chica. Pésima decisión: Milligan lo hace pelear contra una cosa tan fumanchera y tan traída de los pelos que no tiene sentido. El otro epílogo es mil veces mejor y tiene que ver con el entorno familiar de Epiphany Greaves, que estuvo cerca de convertirse en tercera en discordia en el romance entre John y Phoebe y que –me da la sensación- se va a convertir en un personaje importante en los próximos arcos. Ese capítulo es Hellblazer puro, con magia, chamuyo, mala leche y una línea demasiado borrosa para separar a John de “los malos”.
La trilogía inicial está muy bien dibujada por Giuseppe Camuncoli, que aún le hoy afana un poquito a Marcelo Frusín, pero la tiene muy clara. Dibuja a John un poco joven para mi gusto y todo lo demás le sale bárbaro. La acción, los garches, Londres, todo está muy bien. Pero, pobre pibe, al lado le ponen a Simon Bisley, la Bestia, totalmente en crack. Bisley pela como pocas veces, se juega en la narrativa, se desloma en los fondos, se fuma páginas de seis cuadros, y encima encontró una técnica para entregar las páginas a lápiz, que es donde más se aprecia la vitalidad, la fuerza del trazo de este monstruo. Jamie Grant colorea los capítulos de Camuncoli con pilas, bien, lindo... y en los de Bisley deja la vida. Cambia totalmente la paleta, el registro, todo, en función de acoplarse a los lápices de la Bestia que, al no tener tinta, se prestan a un tratamiento mucho más jugado por parte del colorista. El resultado son dos episodios en los que Bisley y Grant (otro Grant, no la Bruja) te ametrallan con una sucesión de las más bellas páginas que hayan aparecido en mucho tiempo en este, el título más longevo que hoy tiene DC.
Con Camuncoli de titular y Bisley de suplente, este equipito dirigido por Peter Milligan está “para pelear cosas importantes”. Prometo no dejar pasar otros 10 meses para volver a visitarlos.
Hooked nos lleva al maravilloso mundo de los gualichos, de las pócimas para enamorar, del amor inducido mediante la magia, o en una de esas la química. John está on fire con Phoebe, la médica, pero ella lo tiene hasta ahí. Sabe (o por lo menos sospecha) que la relación está condenada al desastre. John recurre a las artes oscuras: una poción elaborada por la joven (y lanzada) alquimista Epiphany Greaves va a lograr que Phoebe cambie de opinión y le muestre a nuestro ídolo el cartelito de “oferta” prendido a la chabomba. Pero claro, la cosa se va complicar heavy, porque Milligan (no yo, porque lo leí el 9 de Marzo) se acordaba de lo que pasó en el tomo anterior, cómo se resolvió y gracias a quién. Esa amenaza que, según yo mismo “casi no asustaba”, acá asusta y mucho, porque así como Phoebe se hace adicta a la... presencia de John (por ser sutiles), John se hace adicto a una sustancia que sólo le puede proveer un demonio jodido, un ekkimu llamado Julian. John lo trata de cagar, no le sale, y Julian va a pasar a cobrar... por lo de Phoebe.
A lo largo de los tres episodios de Hooked, pasan muchísimas cosas y el ritmo no decae nunca. Olvidate de la bajada de línea social que tanto le aplaudíamos a Milligan en el tomo anterior. Acá menciona un tema candente (el “date rape”), pero lo importante es la machaca sobrenatural al palo y la historia de amor, claro. Es todo tan grosso que los dos episodios que completan el tomo son epílogos a esta trilogía. El primero tiene un problema, y es que John tiene que “pelear contra algo”, para no estar 22 páginas llorando por su chica. Pésima decisión: Milligan lo hace pelear contra una cosa tan fumanchera y tan traída de los pelos que no tiene sentido. El otro epílogo es mil veces mejor y tiene que ver con el entorno familiar de Epiphany Greaves, que estuvo cerca de convertirse en tercera en discordia en el romance entre John y Phoebe y que –me da la sensación- se va a convertir en un personaje importante en los próximos arcos. Ese capítulo es Hellblazer puro, con magia, chamuyo, mala leche y una línea demasiado borrosa para separar a John de “los malos”.
La trilogía inicial está muy bien dibujada por Giuseppe Camuncoli, que aún le hoy afana un poquito a Marcelo Frusín, pero la tiene muy clara. Dibuja a John un poco joven para mi gusto y todo lo demás le sale bárbaro. La acción, los garches, Londres, todo está muy bien. Pero, pobre pibe, al lado le ponen a Simon Bisley, la Bestia, totalmente en crack. Bisley pela como pocas veces, se juega en la narrativa, se desloma en los fondos, se fuma páginas de seis cuadros, y encima encontró una técnica para entregar las páginas a lápiz, que es donde más se aprecia la vitalidad, la fuerza del trazo de este monstruo. Jamie Grant colorea los capítulos de Camuncoli con pilas, bien, lindo... y en los de Bisley deja la vida. Cambia totalmente la paleta, el registro, todo, en función de acoplarse a los lápices de la Bestia que, al no tener tinta, se prestan a un tratamiento mucho más jugado por parte del colorista. El resultado son dos episodios en los que Bisley y Grant (otro Grant, no la Bruja) te ametrallan con una sucesión de las más bellas páginas que hayan aparecido en mucho tiempo en este, el título más longevo que hoy tiene DC.
Con Camuncoli de titular y Bisley de suplente, este equipito dirigido por Peter Milligan está “para pelear cosas importantes”. Prometo no dejar pasar otros 10 meses para volver a visitarlos.
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