el blog de reseñas de Andrés Accorsi
Mostrando entradas con la etiqueta Gipi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gipi. Mostrar todas las entradas

lunes, 24 de octubre de 2022

GENIOS EN BLANCO Y NEGRO

Hoy, tres obras en blanco y negro a cargo de un verdadero Olimpo de autores de historietas. Empiezo con New York Blues, una reedición apócrifa de las historias cortas que habían hecho Carlos Trillo, Guillermo Saccomanno y Horacio Altuna para las revistas de Ediciones Record, allá por fines de los ´70, antes de concentrar lo mejor de su producción en las páginas de la revista SuperHum®. Este libro, publicado de manera ilegal por una runfla entre varios piratas bastante conocidos en nuestro medio, tuvo -lógicamente- varios problemas legales para circular en España, mientras que los pocos ejemplares que se distribuyeron en Argentina se vendieron rápido, por eso poca gente lo tiene. Y a pesar de sus casi 100 páginas a gran tamaño, trae apenas seis historietas, ninguna de las cuales supera las 14 páginas. O sea que hay muchas páginas despilfarradas en carátulas, prólogos, o simplemente dejadas en blanco. Las primeras cuatro cuentan con guiones de Trillo, a pura ironía, con la mala leche a flor de piel. No son historias cómicas, para nada, pero aportan una mirada inusual, un Lado B cínico y desangelado al clásico género de mafias, policías y asesinos a sueldo en la gran ciudad. Los diálogos son breves, concisos, filosos. Y los finales, invariablemente desoladores. Los dos relatos de Saccomanno, en cambio, se ajustan un poco más a las convenciones del género, como si buscaran más respetarlas que subvertirlas. El primero (el único que "traiciona" a New York para llevar la acción a las afueras de Memphis) probablemente sea el mejor del libro, en parte porque Saccomanno se florea con unos bloques de texto impresionantes, con un nivel literario digno de la mejor época de H.G. Oesterheld o Robin Wood. Y de punta a punta del libro, brilla en todo su esplendor el trazo de un Horacio Altuna inspiradísimo, bien jugado a una ilimunación extrema basada en las manchas negras, con un trabajo formidable en rostros, en decorados urbanos, en el armado de las secuencias (sobre todo las mudas), un Altuna realmente impactante. Me detonó la cabeza ese fragmento de la segunda historieta en la que Horacio reproduce yeites del maestro Sergio Toppi, en el trazo y sobre todo en la composición de las viñetas. Nunca me imaginé que iba a ver algo así. Por el tamaño en el que están publicadas las historietas, llama mucho la atención el rotulado: los globos ocupan mucho espacio y las letras están enormes. Por eso también se nota mucho que las últimas historietas no están rotuladas por Altuna, sino por un letrista mucho menos ducho en esos menesteres. Ojalá algún día este material reaparezca en una edición mejor, más cuidada, en tamaño más chico, con menos páginas, o con más material. Porque -aunque parezca mentira- todavía hay historietas de Trillo y Altuna que nunca se recopilaron en libro.
En 2016 nos enteramos gracias a la editorial Planeta Cómic de España que en 2002 el inmortal Jiro Taniguchi había incursionado en la ciencia ficción. Una revelación tremenda, como si te dijeran que Ingmar Bergman filmó tres películas porno y una de Porcel y Olmedo. ¿Y cómo le fue a Taniguchi de visitante en los pagos de Yokinobu Hoshino, Keiko Takemiya o Masamune Shirow? Hasta ahora voy por la mitad de Crónicas de la Era Glacial, todavía me falta entrarle al Vol.2. Pero va muy bien, a pesar de que en 270 páginas no es tanto lo que sucede. Lo único que no me convence es la fórmula (ya muy gastada) de "el héroe a pesar suyo", el goma al que lo tienen que convencer a sopapos de que se haga cargo de las responsabilidades que tiene, le gusten o no. El resto está bárbaro. Hay una trama principal en la que la ambición desmedida de una empresa minera pone en riesgo la vida de muchísima gente, hay un mensaje admonitorio acerca del daño al medio ambiente que produce este modelo extractivista sin control, y sobre el final, la aventura se vuelve más compleja e impredecible gracias a la aparición de unos gigantes milenarios a los que uno de los pueblos del glaciar veneran como si fueran dioses. Ahí aparece, además, el choque de culturas y la contraposición entre miradas distintas a la realidad, presente y pasada, de este planeta que alguna vez fue verde y hermoso y hoy es un páramo cubierto de hielo y poblado por criaturas mutantes de extrema peligrosidad. Como suele suceder, el nivel del dibujo de Taniguchi es tan bestial, tan glorioso, que el argumento podría no estar e igual habría que recomendar este manga, y todos los demás que dibujó. Crónicas de la Era Glacial no ofrece grandes sorpresas en este rubro para los que seguimos al ídolo hace décadas, pero siempre es un placer verlo dibujar (además de las clásicas escenas de alpinismo, o esos animales hermosos) cosas que habitualmente no dibuja, como por ejemplo, un hiper-complejo minero del futuro, enclavado a muchos kilómetros debajo de la superficie de un planeta helado. Uno asocia a Taniguchi mucho más con la naturaleza que con las máquinas, más con los puestitos callejeros de comida que con las naves espaciales. Y acá está a full mostrándonos que también la rompe cuando dibuja un futuro amargo, ominoso y jodido como el que se nos viene si el año que viene vuelve a ganar la derecha. Prometo entrarle pronto al Vol.2, que parece tener más acción y menos franela.
Y me quedo en 2016, año en el que el maestro italiano Gipi publica la fundamental La Tierra de los Hijos. ¿Su mejor obra hasta la fecha? Puede ser. Son casi 280 páginas dibujadas a un nivel sublime, monumental, demoledor. Como con Taniguchi, ni tiene sentido tratar de entender la magia que tira Gipi con su trazo. Pero además están los climas, los silencios, las miradas, todo eso que se oye cuando los personajes no hablan, aunque Gipi no use onomatopeyas. La Tierra de los Hijos es una historia desgarradora de supervivencia, un viaje iniciático centrado en dos hermanos y en un mundo devastado, convertido en un cúmulo de carencias, ausencias y peligros espeluznantes. También como Taniguchi, Gipi sale de su zona de confort y se arriesga a adentrarse en un terreno bastante aventurero para lo que es el resto de su bibliografía. El tramo final de La Tierra de los Hijos es una aventura hecha y derecha, con mucho ritmo y altas dosis de violencia de las que no abundan en las historietas de este autor. Pero lo más tremendo de esta obra es la omnipresencia del dolor, físico y psíquico, del sufrimiento por el que pasan los personajes. Desde el hambre y las enfermedades a los golpes, las mutilaciones, los asesinatos, el maltrato y las humillaciones. Nadie se la lleva de arriba en esta historia en la que no existen los buenos. En algún momento, Gipi te trata de dar una tregua, de contarte escenas en las que -en una de esas- te despierta algún tipo de ternura hacia Lino y su hermano, pero ya los viste cometer tantas atrocidades, y van a cometer tantas más que, aunque queda claro que son tan víctimas como el resto de los personajes, no te podés terminar de identificar, ni de solidarizar con ellos. Los únicos personajes que no entran en la categoría de soretes, de escoria humana, son las dos mujeres: la bruja y la esclava. De los varones, no se redime ni uno solo. Recomiendo a full La Tierra de los Hijos. La edición española de Salamandra es excelente y -por lo menos hace unos meses- se conseguía a un precio más que razonable en las librerías de Buenos Aires. No sé si es el punto ideal por donde ingresar al universo de Gipi, pero sin dudas bajo esa portada pecho frío te espera una obra descomunal, atrapante, tensa, profunda, pensada para cagarte a patadas en el alma y dibujada como la hiper-concha de Dios. Nada más, por hoy. Me llevo un par de libros power metal para leer en el viaje a General Roca, así que seguro a la vuelta pintan reseñas, acá en el blog. Hasta pronto.

martes, 17 de noviembre de 2015

17/11: UNAHISTORIA

Lo indulté al maestro Gipi después de aquel trago amargo del 05/11/12 y me compré su última novela gráfica, editada en Italia en 2013.
Esta vez me encontré con algo que no esperaba: una narrativa muy confusa, muy enroscada. Gracias al texto de la contratapa (y a tenues pistas que ofrece Gipi en la novela) logré deducir que la idea es narrar dos historias en paralelo: en el presente, la de Silvano Landi, el escritor amnésico internado en el neuropsiquiátrico; y en el pasado, la de su bisabuelo Mauro, que peleó en la Primera Guerra Mundial. Superadas las dificultades para dilucidar cómo está estructurada la novela, me encontré con que la historia de Mauro en el frente de guerra es brillante. Emotiva, impredecible, con el equilibrio justo entre la ternura y la mala leche, con un gran criterio para romper la diégesis y mostrarnos algunas secuencias antes que otras, esta historia amerita por sí sola la lectura del libro. Es más, no entiendo por qué Gipi no la editó así, como una historia completa, sin mezclarla con la historia de Silvano. Bueno, quizás sea porque tiene poco más de 50 páginas y la editorial le pedía algo más extenso…
La historia de Silvano, en cambio, no va a ningún lado. Si estuviera narrada toda para atrás, es decir, si terminara cuando nos enteramos qué fue lo que le hizo perder la cordura, quizás tendría sentido. Pero por un lado, esto no es así, porque la historia va y viene sin llegar a ninguna resolución; y por el otro Gipi no explica claramente los motivos de su amnesia/demencia, es algo que uno mal que mal trata de sacar en limpio entre flashbacks interesantes (la conversación con su hija, donde están los mejores diálogos del tomo) y delirios muy fumados que, cuando se logran conectar (aunque sea metafóricamente) con la trama están bien, y cuando no, son un bodrio.
Como vimos el otro día con Dear Patagonia, acá de nuevo tenemos a un dibujante obscenamente virtuoso, que la descose en todas las técnicas que pone en práctica… y que se toma demasiadas páginas para contar cosas chiquitas. “Se viene una tormenta y nosotros manejando por la ruta” para Gipi son cinco páginas y media, por ejemplo. Pero bueno, el dibujo es tan maravilloso que no importa nada. Desde esas viñetas que sólo tienen una línea finita, que parece birome o lápiz reventado en el photoshop, hasta esas ilustraciones con acuarelas que bien podrían colgarse en cualquier museo, Gipi nos pasea por amplísimo repertorio de técnicas (a veces gráficas, a veces pictóricas) que nos dejan invariablemente estupefactos.
La faz visual de Unahistoria es muy ecléctica, cambia brutalmente de una página a otra, o incluso de una viñeta a otra, porque Gipi pega saltos en el grafismo o cambia de técnica como para sugerirnos cambios de clima, de época o de niveles de realidad. Eso contribuye, por un lado, al desconcierto narrativo del que hablaba yo al principio, y por el otro a una fascinación estética única, que hace que te chupen un huevo las inconsistencias del relato, por lo menos en el tramo ambientado en el presente.
Capaz que el boludo soy yo y el mundo está lleno de críticos y lectores que descifraron al toque simbolismos y metáforas que yo no descifré, y todos coinciden en que esta es la mejor obra en la carrera de Gipi. Puede ser, no lo descarto. Yo sigo prefieriendo Apuntes para una Historia de Guerra o Garage Band y recomendando especialmente esta última a los que todavía no descubrieron el universo de este tano talentoso y atrevido, un verdadero mago de la tinta y el color.

lunes, 5 de noviembre de 2012

05/ 11: S.

Y bueno, me salió mal. La verdad, no logré decodificar qué quiso hacer el maestro italiano Gipi en esta extensa novela gráfica.
Si me apuran, diré que son una serie de anécdotas sólo conectadas porque en todas aparece S., quien –me parece- es Sergio, el padre de Gipi. Estas saltan por distintas épocas, locaciones y hasta géneros. Algunas son intimistas y otras, las que tienen que ver con la Segunda Guerra Mundial, tienen visos bélicos y hasta épicos.
Pero sinceramente, no entendí todo lo que Gipi quiso transmitir en la historia. Por ahí porque se pasó un cachito de críptico, no sé. También tiene que ver con el hecho de que es una obra con mucho, muchísimo texto, gigantescas parrafadas de texto, y uno entiende italiano, pero hasta ahí nomás. Si tocara menos de oído seguro lo habría disfrutado más, o le habría tenido más paciencia a las secuencias en las que me pareció que Gipi se iba muy al carajo. El otro obstáculo insalvable es que todos esos infinitos masacotes de texto están escritos por el autor a mano alzada, con una caligrafía espantosa, desprolija, generosamente aderezada con tachaduras. O sea que ni te dan ganas de esforzarte para entenderlo, porque Gipi jamás se esforzó para que vos lo entiendas a él. No soy fan de las tipografías estandarizadas y suelo protestar cuando en alguna edición la excesiva “cero onda” de las tipografías conspira contra el disfrute de las historietas. Acá, traiciono mis banderas históricas al mejor estilo Unión Cívica Radical y digo “cuánto más me hubiese gustado S. sin esa letra impresentable de Gipi y con una tipografía un cachito más legible”.
Como en varios puntos me perdí, no me considero muy capacitado para criticar el argumento, el desarrollo de los personajes y esas cosas. Pesqué muchos diálogos magníficos y eso sí, lo quiero rescatar.
Y por supuesto, el dibujo, que es majestuoso y conmovedor en todas y cada una de las 100 páginas de la novela. Tanto en las secuencias en las que el dibujo se hace cargo de llevar adelante el relato como cuando se limita a ilustrar algún aspecto de los infinitos textos, Gipi demuestra que a la hora de meterle tintas negras y colores a la página, hay poquísimos que pueden aspirar a su nivel. El maestro mezcla escenas a color con otras en blanco y negro y en ambas variantes su trabajo explota en expresividad, sutileza y destreza, tanto técnica como narrativa.
Por algún lugar de los recovecos de la memoria, Gipi se aventuró a contar historias del pasado de su padre (creo). En uno de esos recovecos, yo me perdí, no sé si por alguna decisión medio extrema del autor o por mi propia inoperancia. Eso no me alcanza para decir que S. es un trabajo flojo, ni poco atractivo, ni nada. Simplemente no me animo a recomendarlo (excepto a aquellos a los que el guión no les importa en lo más mínimo y compran sólo por el dibujo) porque hay varios tramos de la obra que realmente no sé si me gustaron o no, porque no los entendí. ¿Qué va´cer? A veces pasa. Juro solemnemente volver a comprar S. el día que la vea editada en castellano.

jueves, 23 de agosto de 2012

23/ 08: ESTERNO NOTTE

Hoy voy a hacer un poquito de trampa. Mi tía, que vive en Italia, nos vino a visitar hace unos meses y me trajo el Gipi Omnibus, un mega-broli de 370 páginas que recopila tres álbumes del gran Gipi: un tomo de historias cortas y dos novelas gráficas. Pero vamos a hacer de cuenta que no, que hoy sólo tenía para leer el tomo de historias cortas y más adelante le vuelvo a entrar al Omnibus para leer y comentar las novelas gráficas.
Esterno Notte (o Exterior Noche, como lo tradujo acertadamente la editorial Sins Entido para la edición española) reúne seis historietas realizadas por Gipi entre 2001 y 2003, todas con una técnica de dibujo muy rara, muy innovadora, en base a óleos. Además de las viñetas con su dibujo “de siempre” (que suelen ser aquellas en las que se ven de cerca los personajes), estas seis historias te detonan las retinas con unas viñetas más grandes, a veces del tamaño de la página completa, en la que Gipi dibuja paisajes, no gente, y ahí es donde logra las imágenes más memorables. Los paisajes son etéreos, casi fantasmagóricos, todos engamados en un azul grisáceo, plomizo, ominoso, que opera sobre la referencia fotográfica y la convierte en parte de un lienzo, parte de algo distinto, de enorme belleza plástica. Aunque las historias no tuvieran el más mínimo interés, cualquier estudioso de las técnicas pictóricas aplicadas al comic debería comprarse este libro para tratar de descular la técnica que exhibe Gipi en estas páginas, algo que yo jamás había visto, ni siquiera en zarpados como Bill Sienkiewicz o Ben Templesmith.
La primera historia cuenta la vida de “el Faccia”, un matoncito de la B Metropolitana que existió en la vida real y al que la suerte nunca lo acompañó. Más allá del dibujo (perfecto e impredecible por donde se lo mire), no ofrece mayores sorpresas. Por ahí el uso ingenioso y atrevido de los bloques de texto, pero no mucho más.
La segunda historia tiene que ver con el momento más traumático en la infancia de Gipi (no lo vamos a contar, así cuando lo leas te sorprendés). Con muy buen tino, el autor no recrea esos violentos hechos, sino que describe con frialdad y distancia, con mucho detalle, la vida de este niño durante el día previo a la fatídica noche.
La Facce Nell´Acqua es una historia rara, casi de ambientación post-holocausto, que originalmente se pensó para una película con actores. Está repleta de grandes diálogos y tiene algo raro en la obra de Gipi: mucho protagonismo para un personaje femenino. Al final por ahí le falta una vueltita más de tuerca, pero está muy bien.
La historieta más corta, además es la mejor. Se llama Mácchina Sotto la Pioggia (Auto bajo la lluvia) y en apenas siete páginas plantea y resuelve una situación tensa, que te logra poner nervioso, desarrolla muy bien a un par de personajes y baja una línea muy inteligente que la pone al borde del meta-comic. Una verdadera joya.
La quinta también tiene apenas siete páginas y una cierta onda autobiográfica. El argumento es blandito. Lo que le interesa a Gipi es bajar línea acerca del peligro que rodea a las carreras ilegales de motos en la ruta que une a su pueblo (él vive en un bosque, en lo alto de una montaña) con la ciudad.
Y la última historia, mucho más larga que las otras (32 páginas dibujadas como la hiper-concha de Dios) le disputa la medalla de oro a Mácchina Sotto la Pioggia. Esta es la única que es 100% ficción, que no está basada ni en la vida de Gipi ni en ninguna historia verídica. Todo transcurre a bordo de un barco petrolero alemán durante la Segunda Guerra Mundial y si bien tiene un tono intimista, pachorro, muy de contemplación, también hay algo así como una aventura, un conflicto con buenos y malos (obviamente los nazis). En las últimas cinco páginas, el guión pega un giro totalmente inesperado (y brillante) como para terminar muy, muy arriba, con un fuerte simbolismo y con un broche de oro para una historieta realmente formidable.
Nunca había leído historias cortas de Gipi y la verdad es que el promedio de estas seis es muy favorable. De todos modos, cuesta evaluar fríamente las historias, porque el dibujo y la narrativa son tan, pero tan espectaculares que producen escalofríos. La próxima vez que lea a Gipi, será una historia mucho más larga, como Garage Band y Apuntes para una Historia de Guerra, que son las que me hicieron fan de este genio italiano. Arrivederci!

miércoles, 23 de junio de 2010

23/ 06: GARAGE BAND


Yo sigo firme en mi grasada de leer comic europeo en edición yanki, pero creeme que con lo que me ahorro me compro más libros para que nunca falte material reseñable en el blog…
Esta vez me toca meterme con uno de los verdaderos genios del comic actual, un autor italiano al que sus padres bautizaron Gianni Pacinotti, pero que es mundialmente conocido como Gipi. Además de historietista, Gipi es ilustrador, cineasta y docente en una facultad de Bellas Artes. Su obra más famosa es la archi-galardonada Appunti per una Storia di Guerra, que está publicada en castellano e inglés y cuya no-lectura te puede causar la formación de un tumor fecal en el cerebro y hasta convertirte en fan de Palomo Flogger.
Garage Band se publicó originalmente en Francia, con el título “Le Local”, como parte de una colección de novelas gráficas apuntadas al público juvenil. O sea, no esperes la mala leche ni la sordidez de Appunti… , aunque Gipi no renuncia ni al vuelo ni a la multiplicidad de elementos ricos para el análisis que peló en su obra maestra. La historia es un clásico slice of life, de esos que tanto abundan en el indie norteamericano: cuatro chicos de diecimuchos que tienen una banda acceden a un garage abandonado, que se convertirá en su propia sala de ensayo, el sueño del pibe para las bandas under. Justo cuando pinta un contacto con un ejecutivo de una discográfica, una consola se caga, un amplificador dice “basta” y el esfuerzo de Giuliano, Alberto, Stefano y Alex deja de pasar por lo musical para abocarse a conseguir con qué reemplazar esos equipos.
Como en Appunti… , Gipi hace gala de una notoria cancha para mostrarnos a estos cuatro chicos como personajes verosímiles, queribles, con verdadera carnadura humana. Las relaciones entre los cuatro y las de cada uno de ellos con su entorno familiar nutren al autor de los mejores momentos de la obra. Alex, el coleccionista de parafernalia nazi que vive con la mamá y la tía es –lejos- el personaje más trabajado, pero muchos de los mejores momentos se los roba Stefano, el impredecible e inescrupuloso cantante de la banda. Pero la química entre los cuatro es demoledora y (como en la fundamental Solanin, de Inio Asano) uno llega a compartir el sueño de los chicos, quiere verlos triunfar, incluso sin haber oído una sóla nota de lo que tocan. El final no te lo ves venir nunca y está pensado para sorprender y emocionar incluso a los lectores más curtidos en este subgénero de “jóvenes a la deriva”.
Pero por más que me haya gustado el guión, por más que haya “comprado” a la bandita cuyo nombre no se nos revela, todo empalidece frente al dibujo de Gipi. Este tipo es un dios del comic y hay que comprarse cualquier cosa que dibuje, sin preguntar de qué se trata o si está bueno el guión. A ese nivel te lo pongo. Visualmente, el estilo de Gipi nos remite a una especie de cruza entre Ben Katchor y Teddy Kristiansen, con unas acuarels majestuosas, unos edificios a la Nicolás De Crécy y detalles en los dibujos que nos recuerdan a un montón de grossos más, de Lorenzo Mattoti a Hinako Sugiura, sin renunciar en lo más mínimo a un estilo fuertemente personal y 100% reconocible. La narrativa de Gipi, en cambio, es 100% Hugo Pratt. Ajustada al milímetro, con diálogos y silencios igual de devastadores y climas que se te impregnan y te quedan para siempre. Acá tiene más espacio y nos cuenta una historia menos agobiante que en Appunti… , por eso tienen sentido las splash pages, e incluso tiene más sentido el ritmo pausado de la narración.
En Garage Band este monstruo imbatible nos invita a compartir unos meses en la vida de cuatro chicos muy, muy reales. A compartir también sus angustias, sus inseguridades, sus anhelos y –en el último tercio de la obra- sus dilemas morales. Con apenas alguna alusión al sexo, nada de droga y mucho rockanrol, Gipi construye una historia llena de matices, de excelentes personajes y de varios giros argumentales impredecibles y satisfactorios, como las buenas bandas under. Y por si faltara algo, lo dibuja todo tan, pero tan bien que cada viñeta es una delicia. U-na más, y no jodemos más!