el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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viernes, 7 de febrero de 2025

VIERNES EN BLANCO Y NEGRO

Muchos años, varias décadas, tardó Daniel Galliano (editor de Puro Comic) en convencer a Eduardo Risso, su amigo y socio, para que le diera luz verde a una recopilación de Julio César, la obra más relevante de las que produjo el León de Leones para Columba, allá por 1986-1987. Y finalmente en 2024 pudimos acceder al libro que reúne la saga completa, escrita por Ricardo Ferrari y dibujada por Risso, sin los colores abominables que supo lucir en la Nippur Magnum y con un rotulado que le hace justicia a los textos. A lo largo de casi 190 páginas, se nota una evolución muy favorable por parte de Risso. Los últimos episodios están mucho mejor dibujados que los primeros, con momentos realmente grandiosos, que preanuncian a ese dibujante virtuoso y vistoso que vamos a disfrutar en Parque Chas, a ese coloso del claroscuro que va a estallar entre Caín y Fulú e incluso a ese maestro del armado de la secuencia que se va a florear sobre todo en sus trabajos para el mercado de EEUU. Guarda: en 1987, cuando termina Julio César, faltaban 10 años para que Risso llegara al mercado yanki y terminara de consagrarse a nivel global. Este es un Risso muy, muy sólido, pero que todavía arrastra ciertos vicios "columbescos", como resolver viñetas complejas con el primer plano de un rostro o de una mano. Y también hay un trabajo en la documentación y en los fondos que el dibujante promedio de Columba no hacía ni a palos en esa época, y hasta momentos en los que la planificación de las secuencias tiene más que ver con El Corazón Delator de Alberto Breccia o Master Race de Bernie Krigstein que con cualquier otra historieta de la Nippur Magnum. Evidentemente, e incluso en un contexto que no estimulaba para nada la creatividad, Risso proponía otro vuelo y demostraba otra ambición artística, y eso se percibe con mucha claridad en las páginas de Julio César. El guion de Ferrari conserva un punto de contacto con la tradición columbera, y es el uso exhaustivo de los bloques de texto, donde se luce una prosa con esa impronta poética, elevada, típica de Robin Wood. Pero en las tramas en sí, queda claro que a Ferrari le interesa más demostrar que se leyó todo sobre Julio César y su época que reproducir (por enésima vez) los mecanismos de la aventura tradicional. Acá el rigor histórico le gana la pulseada a la aventura. De hecho, tenemos como protagonista a un personaje que no es un héroe, sino que actúa siempre según sus propios intereses, algo atípico en las historietas de Columba. Incluso queda muy claro que los personajes... ¡cogen! No se muestra los garches, lógicamente, pero el guion explicita que el sexo existe y que tiene su peso en algunos momentos de las tramas. Más motivos para que Julio César llamara la atención o desentonara con el resto de la revista en la que serializó. Los comics de Astérix nos enseñaron a considerar a Julio César un villano abyecto, y a maldecir el día en que Vercingetorix se rindió ante él en Alesia. La prosa de Ferrari logra lo contrario: el cacique galo es tratado con respeto, pero acá uno hincha todo el tiempo por César y quiere verlo sojuzgar a todos esos galos zaparrastrozos que -sin poción mágica- tienen poquísimas chances de resistir el embate de las legiones del más poderoso de los romanos. Para cuando César muere traicionado por una conjura de la que es parte su propio hijo, uno ya es fan incondicional de este personaje ambiguo, complejo y sin dudas fascinante. La restauración del material original es más que aceptable; no perfecta, pero bueno... son historietas de Columba de las que Risso no puedo conservar los originales. Y la recopilación incluye también buenos textos sobre Julio César y su época y sobre la historieta en sí. Recomiendo este libro a los fans de la historieta histórica, y obviamente a los fans de Ricardo Ferrari y Eduardo Risso, dos bestias que a mediados de los ´80 ya eran un poquito más que "jóvenes promesas" y que después de esta obra protagonizaron (cada uno por su lado) muchas gestas comiqueras más.
Allá por 2008, en una editorial que me parece que no existe más, Warren Ellis se sacó las ganas de hacer su propia League of Extraordinary Gentlemen en apenas 44 páginas. La breve novelita, titulada Aetheric Mechanics, está situada en 1907 en una Londres ucrónica en la que existe tecnología capaz de hacer volar a los autos, lanchas y hasta enormes embarcaciones de guerra. Y los protagonistas son clones apenas disimulados de Sherlock Holmes y Watson. No voy a contar acá de qué va el guion, porque es muy breve y muy sencillo. Simplemente dejar constancia de que el final me resultó un poco precipitado y anticlimático. El punto más alto de la obra, que sostuvo mi interés hasta el final, es la perfecta caracterización de Sherlock y Watson, una demostración magistral del conocimiento y el cariño que tiene Ellis por la obra de Sir Arthur Conan Doyle. Los diálogos son brillantes (y muy extensos), las deducciones de Sax Raker son tan impactantes como las del personaje en el que está basado y en general, cuando Ellis ambienta sus historias en Londres, aparece una capa más de profundidad, que también tiene que ver con el vínculo profundo entre el autor y su ciudad. Las ideas que Ellis pone sobre la mesa en Aetheric Mechanics (y que la conectan con la ciencia ficción) son sumamente atractivas, pero por la breve extensión del comic, no llegan a desarrollar todo su potencial. Por momentos sentí que estaba leyendo una obra prima, o hermana, de 1899, la novela gráfica de Francisco Ortega y Nelson Daniel que vimos en este espacio allá por el 19/12/12. Y el dibujo... ma-mita, qué difícil... Gianluca Pagliarani es un dibujante chato, sin alma ni talento, que cree que si llena con líneas cada milímetro de la viñeta alguien lo va a confundir con un buen dibujante. Hay una sobrecarga bestial de información visual (encima en páginas donde el texto abunda y mucho), un despliegue agobiante de detalles y texturas que no contribuyen en nada a la narración. Pagliarani no entiende que hay algunas viñetas en las que es mejor NO dibujar los fondos, para acentuar las expresiones de cuerpos o rostros... pero es bastante lógico, porque sus cuerpos y sus rostros no tienen expresiones. El entintador Chris Dreier no ayuda para nada, porque mantiene el mismo grosor de línea para entintar prácticamente TODO lo que Pagliarani pone en la viñeta, y eso hace que más de una vez se complique distinguir las figuras de los fondos. En fin, a pesar de que la faz gráfica del librito está por debajo de la línea de pobreza, Aetheric Mechanics tiene su encanto y su impacto. Es un canto de amor de Warren Ellis a Sherlock Holmes muy entretenido, con buenas ideas y diálogos magníficos, y si bien se trata de una obra muy menor en la bibliografía del creador de Transmetropolitan y Planetary, amerita por lo menos una lectura. Hasta acá llegamos, por hoy. El miércoles que viene tengo función de prensa de la nueva peli de Captain America, pero espero meter un posteo con reseñas de comic ANTES de comentar la película. ¡Será hasta pronto!

jueves, 8 de diciembre de 2022

DOS MAESTROS Y DOS OPERAS PRIMAS

Tengo otros tres libritos leídos, siempre dentro de la consigna de "material de autores argentinos publicado en 2022". Empiezo con Diarios Zombies, una obra que reúne a la dupla integrada por los consagrados Ricardo Ferrari y Horacio Lalia. Lo primero que me viene a la mente es que no puedo creer lo fea que es la portada. Falta que venga con un cartelito que te diga "por favor NO compres este libro". A mí además no me gustan los zombies, o sea que antes de empezar a leer el prólogo, ya estaba en -20. Adentro me encontré con un trabajo que tiene la intención de ser un buen comic. No es choreo, no es fan service, no es pochoclo. Ferrari demuestra que, incluso dentro de una temática tan trillada y remanida como la de los zombies, se puede ser original y sorprender al lector con ideas novedosas. Acá hay un guionista inteligente, que además de entender la lógica de la aventura entiende las implicancias científicas de lo que le hace hacer a los personajes y, si bien en los diálogos no me encontré con nada demasiado destacable, hay un muy buen nivel en los bloques de texto. Al dibujo de Lalia lo encontré un poco estático, con poca fluidez. Como siempre, las escenas más tétricas son las que mejor retrata la pluma del maestro, y también como ya es costumbre, a veces las viñetas están distribuidas en la página de tal modo que no sabés cuál viene a continuación de la que acabás de leer. La colocación de los textos ayuda un poco a sortear estos baches, pero hubo momentos en los que me encontré leyendo de derecha a izquierda, como si Diarios Zombies fuera un manga. Si fan incondicional de Ferrari, o de Lalia, o te interesa a full la temática de los zombies, no tengo dudas de que vas a pasarla muy bien con este libro. Si no, me imagino que te va a rendir más apostar por otro material.
Me voy a Córdoba, donde este año se publicó un trabajo de autores que no conocía: Matías Moretta y Simón Aiziczon. El comic se titula Dominus Dixit y es una gran oportunidad desaprovechada. ¿Por qué digo esto? Porque el argumento es muy interesante, el guion es buenísimo, hay diálogos excelentes, la línea que baja pega con todo, me vinculé emocionalmente con los personajes, encontré buenas ideas, imaginación, riesgo... pero el dibujo es tan precario que la historieta no tiene chances de llegar a buen puerto. Aiziczon combina torpemente un montón de técnicas en cada viñeta, y le queda una cosa desprolija, sucia, donde se nota demasiado que lo que vemos en la página NO es lo que el autor visualizó en su mente. Sobre el final, cuando empieza a manejar un poco mejor las aguadas, la faz gráfica pareciera encaminarse, pero para llegar hasta ahí hay que ser realmente muy valiente. Miro la biografía que acompaña al comic y descubro que Aiziczon nació en 2004, o sea que publicó este trabajo justo antes o justo después de cumplir 18 años. ¿Hace falta apurarse tanto? ¿No es mejor esperar, seguir adelante con los estudios, aprender, dominar bien las técnicas de dibujo y después publicar? ¿Ya no es más el fanzine el terreno para que los novatos pulan sus habilidades, adquieran las que les faltan y se fogueen antes de saltar a formatos más perdurables? La verdad que es una lástima. Entre los titubeos gráficos de Aiziczon y las más de 20 páginas que el libro le dedica a carátulas, textos y pin-ups, el balance de Dominus Dixit me da negativo... y eso que el guion me pareció muy, muy notable.
Y cierro con Urban Scissors, obra de otro autor al que no conocía, en este caso Martín Miranda. De nuevo, la lectura me deja un sabor agridulce. Acá me encontré con una bestia del dibujo, un pibe que la rompe en el diseño de personajes, que tiene un trazo potente, ganchero, super dinámico, personajes expresivos onda el Jamie Hewlett más ido al carajo, un talento descomunal para la aplicación de grises digno de los primeros trabajos de Sergio Bleda o Fernando de Felipe, páginas muy bien equilibradas entre espacios blancos y masas negras... Creo que toda la faz gráfica me pareció alucinante, hasta que traté de leer la historia. Ahí descubrí que la historia NO se entiende. Todas estas virtudes que vi en el dibujo de Miranda no se aplican a la función narrativa que debe cumplir el dibujo en una historieta. Nunca encontré la narración, se me perdió en un maremagnum adrenalínico de imágenes estridentes y flasheras. Creo que en todo el libro no hay una sola secuencia en la que se pueda distinguir de modo diáfano quiénes son los personajes y dónde están. Es todo un kilombo muy bien dibujado, pero tan pasado de rosca que no entendí nada. En medio de este océano revuelto, cada tanto sacan la cabeza para respirar unos diálogos muy graciosos, con mucha onda, pero que no me sirvieron para clarificar el relato, que es donde Urban Scissors se me cayó a pedazos. Por el contrario, los globos que usa Miranda para contener los diálogos son tan grandes que cobran mucho peso gráfico en la página y funcionan como un elemento más, como si hubiera pocos, lo cual magnifica la sensación de puesta en página caótica, poco planificada y -a la larga- anti-narrativa. Otra lástima. Este autor, con un guionista que le describa mínimamente qué poner y qué dejar afuera en cada viñeta para no marear al lector, podría ser un verdadero crack. Nada más, por hoy. Mañana por suerte vuelve el futbol. ¡Vamos Argentina!

jueves, 12 de mayo de 2022

JUEVES OCHENTOSO

Tengo otros dos libritos leídos, listos para reseñar, y son dos historietas creadas en los gloriosos años ´80. Empezamos en Inglaterra, con una gema del underground de ese país, que tiene a Hunt Emerson como uno de sus maestros emblemáticos. Emerson tiene varias obras grossas, y un personaje muy popular, que fue Calculus Cat (acá apareció en algunos números de Puertitas, a principios de los ´90), paradójicamente surgido en 1982 en revistas de Estados Unidos. Este álbum recopila 54 planchas originalmente realizadas para distintas publicaciones, y que componen una "saga", o mejor dicho, están atravesadas por una temática común: la relación entre Calculus y su televisor. Que en realidad es la forma que encuentra Emerson para hablar de la relación entre nosotros y los medios masivos de comunicación. El resultado es demencial, arrebatado, furibundo, tremendamente gracioso y sobre todo incómodo, porque por debajo del humor, la violencia y el absurdo, hay un mensaje muy potente, que tiene que ver con la idiotización de las masas, el bombardeo de la publicidad y el vínculo adictivo que genera la tele. Calculus es un gato como podría ser un caballo, un pájaro carpintero o una cucaracha. Emerson lo dibuja en forma de gato, pero las actitudes y aptitudes del personaje son las de un ser humano común y corriente. En las pocas escenas que transcurren en la calle, vemos que este mundo está poblado de criaturas extrañas, y que el único personaje con rasgos de ser humano más o menos "real" es el locutor que le habla a Calculus desde la pantalla del televisor. Ese locutor es lo más parecido a un antagonista, o incluso a un personaje secundario, que vamos a encontrar en estas páginas. En las escenas que no son mudas, Calculus habla solo, o con este personaje al que (muy a su pesar) no puede tocar (ni atravesar con armas blancas). Hunt Emerson es un dibujante bestial, desaforado. El tipo depuró el estilo del Robert Crumb de los ´70, lo combinó con algo de la magia y la idiosincrasia deforme de George Herriman y con ese ritmo hiperkinético de los mejores cortos animados de los Looney Tunes. Sus figuras son plásticas, hiper-expresivas. Su blanco y negro es vibrante, de un impacto gráfico apabullante, su manejo del timing narrativo es impecable, sus pantomimas son hipnóticas, sus diálogos filosos y muy cómicos. Acá vemos a un autor con una imaginación desbordante, abocado a hablarnos de algo absolutamente cotidiano y real como es el consumo acrítico de lo que nos ofrece la tele. Una combinación explosiva, a la que le sobran recursos humorísticos de toda clase para llegar a donde Emerson quiere ir, que es a que nos caguemos de risa de algo que nos debería generar una reflexión profunda y (en una de esas) amarga. No creo que este sea un álbum fácil de conseguir, pero realmente vale la pena buscarlo.
Me vengo a Argentina, año 1986, cuando Lucho Olivera retoma (una vez más) la extensa saga de Gilgamesh el Inmortal en las páginas de la revista D´Artagnan, ahora en dupla con el prolífico guionista Ricardo Ferrari. Ya reseñamos varios de los álbumes de Gilgamesh que van antes de esta etapa e incluso uno que va después. Pero bueno, acá se edita así, mezcladito y sin la etapa de Robin Wood (que va entre la original y esta), que es lejos la mejor. Como ya había hecho el prócer paraguayo, Ferrari se toma la atribución de desconocer parte de la historia narrada por sus antecesores, como para poder llevar la saga a donde a él le interesa ir. Por lo menos en estos primeros episodios, Gilgamesh es una serie claramente enrolada en la ciencia-ficción clásica, fría, cerebral, con énfasis en la vida cibernética, las naves espaciales y los viajes interestelares. Como en las etapas anteriores, el inmortal habla solo, no para de lamentarse por su condición, y cada tanto cambia angustia por violencia. Acá incluso se convence de que se está volviendo loco. La acción es bastante escasa: a Ferrari pareciera interesarle más el conflicto interno del personaje que mandarlo a combatir con villanos o monstruos alienígenas. El ritmo es respetuoso de la ciencia-ficción dura, o sea, va muy lento: Gilgamesh se da cuenta de que está en la luna al final del cuarto capítulo, y para el final del séptimo todavía no logró poner un pie en la Tierra. No es algo incoherente, pero sí raro, si pensamos a la velocidad que narraban Olivera y Sergio Mulko cuando estaban a cargo de los guiones. Los bloques de texto de Ferrari están muy logrados, y sobre todo bien dosificados. No agobian para nada, ni sentimos que la voz en off le dispute el protagonismo a Gilgamesh o a sus peripecias. Los diálogos... son un poquito más arduos, porque repiten mucho las palabras. En una misma página, por ejemplo, encontré estas gemas: -"No hay más terrestres... no hay más". -"Estoy solo... absolutamente solo". -"Una nave... una nave... una nave para volver a la Tierra". El dibujo de Lucho Olivera es -una vez más- muy desparejo. Los dos primeros episodios están a un nivel no precario, pero muy inferior a lo que vimos en la etapa junto a Robin Wood. Después mejora un poco y para el final ya estamos cerca del Lucho que a mí más me gusta, que es el que trabajaba con Alfredo Grassi, Eduardo Mazzitelli o Emilio Balcarce para Skorpio. Pero claro, en Skorpio no le pedían páginas de 10 viñetas y acá sí. Hay varias de esas, donde no hay verdadero espacio para que se luzca el dibujo. Algunos planos se repiten bastante, pero en la segunda mitad del libro, cuando Lucho dibuja mejor, eso pasa a ser irrelevante. En esos episodios finales, el correntino empieza a tirar magia y te vuelve loco con esas texturas, esos detallitos y sobre todo con su manejo demoledor del claroscuro, que acá finalmente podemos apreciar porque no lo opacan los horrendos colores de las revistas de Columba. Estoy casi seguro de que Doedytores publicó algún tomo más de Gilgamesh a cargo de Lucho y Ferrari, que yo no me compré por las dudas de que este me pareciera muy choto. Y la verdad que este, si bien no me divertí demasiado, no puedo decir que sea choto. El dibujo va mejorando, el guion tiene buenas ideas y buenos textos... le falta solo un poco más de onda al personaje y de ritmo a los relatos. Si más adelante Ferrari mete buenos personajes secundarios, buenos villanos o buenos conflictos, se puede hablar de una buena época para el mítico héroe. Veremos si me decido a entrarle a esas historias posteriores. Y hasta acá llegamos. Nos vemos mañana viernes en la Biblioteca Nacional, en la entrega de los Premios Cinder.O en unos días, con nuevas reseñas acá en el blog.

miércoles, 30 de septiembre de 2020

NIPPUR DE LAGASH Vol.24

Me tocó un tomo raro de Nippur, porque tiene siete historietas a cargo de un mismo equipo creativo, algo que hacía mucho que no pasaba. Es todo material de 1976 y 1977, cuando Nippur aparecía una sola vez por mes, siempre en la revista D´Artagnan, a veces a todo color y a veces en blanco y negro. Todos los guiones están a cargo de Robin Wood y Ricardo Ferrari, mientras que el único dibujante es Jorge Zaffino, a quien vemos crecer enormemente a lo largo del tomo. Ya vimos que en sus inicios Jorge era una especie de versión agreste, desangelada, cruda de Ricardo Villagrán. Acá sigue en esa tónica, todavía muy lejos del Zaffino icónico, de ese estilo personal, reconocible, tan imitado por las hordas de dibujantes a las que influenció esta bestia del claroscuro. En estas historias se da una constante rara: las que son a todo color tienen menos viñetas por página que las que son en blanco y negro. La última historia a color (La Serpiente de la Vida y la Muerte) es la que menos cuadros tiene, y donde el trazo de Zaffino más se acerca al de Villagrán, donde mejor le sale la mímesis de la impronta gráfica de su maestro. Y última historia en blanco y negro (La Puerta) tiene una página de 13 cuadros, seguida de una de 16 y seguida de una de ¡17 cuadros! Bah, más estampillas que cuadros. Son viñetas microscópicas, repletas de texto, en las que Zaffino apenas logra meter un mínimo dibujito para rellenar los milímetros que no ocupan las letras. Un disparate absoluto, luego compensado por un par de páginas de acción, con muchos menos cuadros y menos texto, en las que Zaffino hace gala de un dinamismo, una fuerza y un nivel de salvajada que el elegante trazo de Villagrán nunca tuvo. Esas dos páginas de La Puerta son las mejor dibujadas de todo un tomo donde el nivel es alto y asciende mucho entre la primera página y la última. ¿Y qué onda los guiones? El primero es predecible, pero no está mal. Tiene su ingenio. El segundo es un embole, sin el menor atractivo. El tercero es la clásica fórmula de Nippur, respetada a rajatabla: o sea, una aventura correcta, sin sobresaltos, por momentos excedida en cantidad de texto. El cuarto también es bien tradicional, la enésima confrontación entre el errante y un monarca soberbio, despiadado y demasiado confiado en su propia chapa. Y para cerrar el tomo, tenemos tres aventuras en las que entran en juego elementos sobrenaturales. Wood y Ferrari dejan de lado el realismo y el cuidado por la ambientación histórica para meter a Nippur en historias en las que tendría más sentido un personaje de perfil ocultista, tipo Martin Hel. En la primera aparece un guerrero inmortal, que busca infructuosamente la muerte. En la segunda el sumerio se mete en un templo prohibido donde los esqueletos cobran vida y pasan todo tipo de cosas inexplicables. Y finalmente en La Puerta los guionistas narran una especie de thriller psicológico en el que una violencia sobrenatural enloquece a los personajes. O no, es ese episodio de las tres páginas llenas de cuadritos ínfimos que explotan de texto, así que en un punto fui expulsado de la lectura y por ahí hay otra explicación para lo que sucede, en alguna de las viñetas a las que no pude entrar. A todo esto, en estas siete entregas no se menciona nada de la misión original de Nippur, ni a su Lagash natal, ni a ninguno de los personajes aparecidos en las historias anteriores. Son simplemente aventuras autoconclusivas que aparecieron en este orden como podrían haber aparecido en cualquier otro. No horribles ni infumables, pero sí bastante intrascendentes. Ojalá en el próximo tomo me encuentre con mejores guiones. Nada más, por hoy. Cerramos otro mes de reseñas y nos reencontramos pronto, acá en el blog.

miércoles, 25 de marzo de 2015

25/ 03: PLANETA JUNGLA

Este es un compilado de historias cortas realizadas por los maestros Ricardo Ferrari y Oscar Capristo (ya los vimos trabajar juntos un lejano 02/04/10), entre 1999 y 2006, para las antologías italianas de la ex-Eura Editoriale. Es una serie rara, porque está compuesta por historias autoconclusivas y por sagas extensas, con un cierre al final de cada episodio, pero con una trama central que continúa. Se podrían haber publicado dos libros separados: por un lado, todos los episodios autoconclusivos y por el otro, los dos arcos más extensos, ambos protagonizados por Salma, la amazona.
¿Por qué tiene sentido publicar todo junto? Porque todas las historias de este libro están ambientadas en un mismo lugar y una misma época: Buenos Aires y el conurbano, en un futuro en el que el clima se descontroló, el petróleo se terminó y las selvas se comieron a las ciudades. La humanidad no se extinguió, pero se acostumbró a una vida post-civilizada, en la que reaparecieron los clanes, las tribus, la estructura social más básica y obviamente un brutal retroceso en materia de tecnología, educación, salud, confort, etc. Esta ambientación imaginada por Ferrari y dibujada por Capristo es uno de los dos mejores elementos que ofrece Planeta Jungla.
El otro elemento que me pareció alucinante es el de los temas que toca la serie. Por un lado, la lucha entre el hombre y la naturaleza; una lucha con las reglas cambiadas, porque ahora las máquinas no funcionan más. Y por el otro, la lucha de las mujeres contra los hombres, muy presente en casi todos los conflictos que arma Ferrari para animar sobre todo a los arcos argumentales más extensos.
Las historias en sí me entusiasmaron un poco menos. Creo que de las unitarias, las que me más me gustaron fueron La Clave (un chiste efectivo, muy ingenioso, que seguramente impactaría más si durara menos de 14 páginas) y la última, El Arma, que es la única en la que además de la machaca y la ironía se filtra un cierto vuelo poético. El resto de los unitarios, o me resultó predecible, o no me terminaron de enganchar los conflictos, como si no estuvieran aprovechadas al 100% las posibilidades que ofrecía este mundo, a priori tan fértil para las aventuras.
En cuanto a las dos sagas extensas, los planteos están buenos, pero el desarrollo tampoco me convenció. Por momentos aparecen tantos elementos, tantos personajes, tantos diálogos, que el relato se hace denso. El propio personaje de Salma me dejó un sabor amargo: para la cantidad de páginas que protagoniza, debería tener más sustancia, más tridimensionalidad, plantearse más cosas. Todo lo que sabemos sobre ella es que es orgullosa y valiente… como todas las otras amazonas que aparecen en Planeta Jungla. ¿Cuáles son sus rasgos distintivos (además de estar recontra-fuerte)? No me quedó muy claro, me parece que ahí faltó un poco de profundidad por parte de Ferrari.
El dibujo de Capristo cambia bastante a lo largo de las más de 230 páginas que incluye el libro, lo cual es bastante lógico si pensamos que se trata de material dibujado a lo largo de muchos años. En los primeros tramos, me hizo acordar mucho a Alberto Saichann, con ese equilibrio tan atractivo entre el dibujo más realista, más aventurero, y esa cosa más cartoon, más exagerada, más grotesca. Más adelante, Capristo prueba con aplicar un mayor realismo, con limpiar un poco más la línea, con dibujar un gorila como lo dibujaría Jorge Zaffino, con eliminar texturas y tramitas para volcarse más al claroscuro… la verdad es que el quilmeño prueba de todo y todo le sale muy bien. Lo único criticable es que hasta cierto punto del libro, se ve en las viñetas una cantidad de elementos un poquito excesiva, lo cual sumado a la abundancia de texto que ya señalamos, contribuye poco a una lectura fluída. Y ya para los últimos episodios, me encuentro con el Capristo que más me gusta: el que simplifica a full y se juega entero al claroscuro, a veces con yeites que ya le vimos a Eduardo Risso o a Carlos Meglia, pero siempre con un manejo alucinante de la narrativa, la composición y el juego entre blancos y negros en toda la espacialidad de la página. Y con esa plasticidad en rostros y cuerpos tan característica de los buenos alumnos del inolvidable maestro Oswal.
Y sí, a veces sobran personajes, a veces peripecias, a veces diálogos, e incluso sobran culos y tetas que podrían tranquilamente no estar. Planeta Jungla es, como la jungla, exhuberante, avasallante, por momentos desmedida. No es una obra maestra, no te cambia la vida, pero baja una línea muy interesante, toca temas fuertes, parte de un planteo con un potencial inmenso y está dibujada como la hiper-concha de Dios por un Oscar Capristo decidido a dejar la vida en cada trazo. Sin aspirar al canon ni a la chapa de “clásico definitivo de la historieta argentina”, Planeta Jungla es una saga muy potente, con méritos de sobra para editarse en el idioma en que fue pensada, aunque sea muchos años después de su publicación original en Europa.

lunes, 10 de septiembre de 2012

10/ 09: SAICHANN

Como dice en el prólogo un vendehumo impresentable, este libro es una invitación a redescubrir a Alberto Saichann, un prócer oculto de la historieta argentina que en muy poquitos años dejó una cantidad de páginas realmente impresionante, tanto en volumen como en calidad y en intensidad. El libro reúne tres obras de Saichann muy distintas entre sí, a tal punto que casi ameritaría dedicarle una reseña a cada una. Vamos de atrás para adelante.
Bronx es una colección de historias cortas autoconclusivas, sin personajes fijos. El protagonista es la ciudad de Nueva York y el clima es sórdido, jodido, bien lumpen. El propio Saichann escribe estas historias (publicadas en la Fierro clásica), algunas medio predecibles y otras realmente impresionantes, con giros brillantes e inesperados en los finales y hallazgos notables en la caracterización de estos moradores del infierno urbano. El promedio de los guiones es muy bueno y con un agregado muy loco: los diálogos están escritos 100% en argento (con frases típicas de fines de los ´80, tipo “estás del tomate”) y quedan extrañamente bien en boca de estos personajes, que son claramente yankis.
El dibujo de Saichann acá todavía no es tan original: si bien pela que da miedo se le nota un poquito la influencia de Leopoldo Durañona y Gustavo Trigo. Hay personajes delineados con trazos más finitos y muchas tramas mecánicas, que no veremos en las otras obras. Y además, personajes más bizarros y grotescos y un despliegue impresionante de texturas y detalles que sí veremos en el resto del libro.
Vamos a Bacteria, una serie con guión de Eduardo Mazzitelli que salió en la Skorpio y que bien podría convertirse en una película, si no fuera porque está repleta de bloques de texto narrados en primera persona por Mark Hertz, el protagonista. Acá Saichann enloquece por completo. En un estilo absolutamente original e inimitable, crea una mega-ciudad del futuro a la que le pone todo. Entre esos fondos hiper-saturados de detalles increíbles, entre millones de texturas y crosshatchings imposibles, se mueven con inusual plasticidad una fauna vastísima de personajes, algunos humanos, otros escapados de una especie de taberna de Mos Eisley y otros salidos de un dibujo animado de los Looney Tunes, pero muy pasado de drogas. Bacteria es una saga trepidante, violenta, hipnótica y ninguna otra obra de Mazzitelli y Saichann para Skorpio se le acerca en cuanto a calidad. Esas 86 páginas valen lo que pagues por todo el libro, sobre todo si te gusta la ciencia-ficción con mucha bajada de línea socio-política, combinada con machaca, conspiraciones y unos dibujos del mega-carajo.
Y cerramos con La Flor, una saga de apenas cuatro episodios, escrita por Ricardo Ferrari, que en su momento se publicó en Nippur Magnum. Esta es una obra tremenda, en la que Ferrari se mete con los tapones de punta en la temática de la guerra de Vietnam. Hay un poquito de sexo, un poquito de violencia, varios diálogos muy ingeniosos, pero todo en el marco de un drama humano de estremecedora potencia. Acá Saichann vuelve a cambiar de estilo, sintetiza mucho la línea y se juega más a los claroscuros bien marcados, a veces cerca de Hugo Pratt, a veces cerca de José Muñoz y a veces cerca de Lito Fernández. De todos modos, no descuida los fondos y sigue sorprendiendo con las texturas, los detalles mega-minuciosos y los personajes exagerados, grotescos y sumamente expresivos. ¿Cómo carajo se publicó esto en una revista de Columba? Jamás lo entenderé.
Y tampoco entenderé por qué Saichann dejó de hacer historietas, ni por qué no es muchísimo más conocido y aclamado por los fans. La verdad es que en estas tres obras (hoy convertidas en un librazo de más de 200 páginas), se nota a años luz que al ídolo le sobra talento, pasión, onda, ganas de proponer cosas distintas e incluso ideas grossas, porque en las historias escritas por él hay grandes momentos (el ciruja empomado por un burro, obviamente, se lleva la medalla de oro). Si tu excusa para no tener a Saichann en tu panteón de Los Grossos era “no lo conocía”, la excusa no corre más. Acá tenés tres de sus papongas más finas, encima dos de ellas con guionistas de lujo. A entrarle con tutti.

viernes, 2 de abril de 2010

02/ 04: GLADIADOR


Bueno, otro sello editor que se lanza a recuperar parte de la monstruosa producción de los autores argentinos para el mercado europeo es, sin duda, una buena noticia. Además representa la posibilidad de ver por primera vez en formato libro una obra del infatigable Oscar “el Sensei” Capristo, un autor al que acá se conoce mucho más por su labor docente y su infinito peregrinar por eventos y convenciones (donde brinda charlas memorables) que por su obra en sí. Gladiador está pensada por Capristo y su habitual socio Ricardo Ferrari como la típica miniserie para las revistas de la Eura Editoriale: cuatro episodios de 12 páginas con mini-remates al final de cada una de las tres primeras entregas y un desenlace definitivo que cierra la cuarta y última. Este es el formato en el que la dupla se desempeña con notable cancha hace ya muchos años.
El dibujo de Capristo es puro power. Tiene cositas de Meglia, de Oswal, de Risso, de Alberto Saichann y por supuesto, mucho del propio Capristo, que a pesar de su increíble versatilidad tiene un estilo fuerte, muy reconocible. Capristo maneja de taquito el claroscuro y acá lo usa todo el tiempo para darle todavía más polenta a las imágenes de extrema violencia que le pide el guión. Su narrativa es ágil, clara, con una amplísima gama de recursos bien utilizados. Sin ser la Octava Maravilla del Mundo, el laburo de Capristo en Gladiador irradia oficio, pasión e imaginación.
El guión de Ferrari, en cambio, se queda a mitad de camino. En primer lugar, porque la misma historia se podría haber contado tranquilamente en 16 páginas. Y los recursos a los que apela Ferrari para rellenar las 24 restantes son, básicamente, peleas brutales en las que el protagonista, Caladus Sempronio Albo, ejerce la más descontrolada violencia contra sus enemigos. No hay mucho más. Los secundarios no están casi desarrollados y el propio Caladus es la clásica Máquina de Matar, en cuyas motivaciones casi no se indaga.
Es una lástima, porque la idea básica del argumento es realmente buena y jugosa (un gladiador romano desplazado en el tiempo cae al presente y nadie sabe si es un asesino serial, un demente ultra-violento o qué) y el remate del final es muy grosso. Pero el desarrollo aporta poco: la machaca sádica y sanguinolienta le gana por paliza al misterio sobre la identidad de Caladus y hace que todo el interés recaiga sobre la forma en que Capristo dibuja estas masacres en las dos ambientaciones principales del guión: el coliseo romano y la gran metrópolis actual.
No hay mucho más para decir, realmente, excepto que los prólogos de ambos autores son joyas del humor. Gladiador es una lectura amena, que no te va a dejar gran cosa en materia de desarrollo y construcción de personajes, pero que se puede comprar para distrarse un rato (corto) o para disfrutar de la contundencia de los dibujos de Capristo.

martes, 2 de marzo de 2010

02/ 03: LOS HERMANOS


Cada tanto, los comiqueros argentinos escuchamos las leyendas de ese El Dorado fastuoso e inalcanzable que es la inmensa producción de nuestros autores para el mercado italiano. Esa que, desde que desapareció Skorpio en 1995, no sólo casi no se conoce en nuestro país, sino que en su gran mayoría ni siquiera se publica jamás en castellano. Así es como leer a Robin Wood o a Mazzitelli, nos resulta tan excéntrico e improbable como leer al más vanguardista de los autores del under ucraniano. El bache ya es un abismo de 15 años, del cual se han rescatado apenas un puñado de obras (algunas, gracias a un sello editor uruguayo) y desde cuyo lejano fondo nos llegan ecos de Alcatenas, Capristos, Tabordas, Lalias, Vogts o Carlitos Gómez, ecos de voces gloriosas que acá casi ni se conocen.
Esta vez fue La Duendes la editorial que se animó a bucear en el abismo y rescatar a una de las miles de historietas creadas en Argentina para ver la luz en Italia, y que por supuesto no existía en nuestro idioma hasta que apareció esta edición. Ricardo “Infinito” Ferrari y Diego “el Chueco” Aballay son los autores de esta saga que se propone rescatar la aventura en su más puro estado: una epopeya 100% fantástica, sin contacto alguno con la realidad, ni obvio ni sugerido a través de sutiles metáforas. Los Hermanos juega a ser historieta “de la de antes”, con malos muy malos, buenos muy buenos y un contexto fantástico en el que la magia, los bichos fumados, las gemas de luz, los zombies, gigantes, enanos y brujos puedan cagarse libremente a espadazos, o sacrificarse los unos a los otros en algún altar bañado en sangre.
Y le sale bien. Ricardo Ferrari (uno de los guionistas con más obra publicada en Italia e inédita en Argentina) maneja perfectamente los mecanismos del clásico guión de aventuras y lleva esta historia adelante sin mayores sobresaltos. Crea un mundo coherente, interesante, y suelta a los personajes para que jueguen en él. Como en casi todas las obras de Ferrari, prácticamente no hay viñetas sin texto. El diálogo es omnipresente y a veces –viejo vicio columbero- nos cuenta exactamente lo que nos está mostrando el dibujo, mientras que otras veces –las mejores- sirve para que Ferrari dé cátedra de finas ironías y afilado sentido del humor. Tal vez lo más logrado sea la forma en que Ferrari se resiste a estirar innecesariamente la historia. El planteo argumental da para una serie infinitamente más extensa, para chorear años y años y hasta vender la licencia para el videogame. Esta misma historia, cualquier guionista japonés te la hace durar no menos de 7.000 páginas. Ferrari la remata en 96 sin dejar cabos sueltos y sin retacearle espacio al desarrollo de los personajes. Eso es oficio.
Por el lado del dibujo, el Chueco Aballay deja ver en algunos momentos que este trabajo (de 2005) marca su debut en Primera División. Si viste sus páginas más recientes (y si no, chequeá su blog, que es una orgía), te quedará clarísimo que el Aballay de 2010 le pasa 136 trapos al Aballay de 2005. Lo cual no significa que su desempeño en Los Hermanos sea flojo. Hay algunos dibujos muy estáticos, falta un poquito de soltura y de onda, pero –Bambino dixit- la base está. Y es una muy buena base, en la que vemos la influencia de uno de sus maestros, el recordado Alberto Salinas, pero también la inquietud de ir un poco más allá de los cánones hiper-clásicos del prócer, y meterse también con algunos de los autores yankis que en décadas recientes cambiaron bastante la forma en que se piensa el dibujo realista, o de aventuras. Lo cual no siempre se puede capitalizar en favor del relato, porque los capos de la Eura Editoriale te van a pedir siempre que te ajustes a la narrativa clásica, por más que hayas estudiado al dedillo y puedas imitar todos los yeites de Neal Adams, Steranko, Chaykin o –Dios nos libre- McFarlane o Jim Lee. Pero la intención de buscar variantes novedosas está, y se agradece.
Si te gusta la fantasía épica pura y dura, con machaca tipo Conan, criaturas pesadillescas, buenos diálogos y un argumento que no se empantana ni pierde tiempo en boludeces, Los Hermanos te va a resultar una aventura sumamente gratificante.