Hace un poco más de seis meses me tocó comentar el Vol.24 de esta serie de álbumes que recopilan las planchas autoconclusivas de Boule et Bill, la famosa serie que Jean Roba creó en 1959 para la revista Spirou. Esta vez, me voy varios años para atrás, a leer material de mediados de los ´70, reeditado por primera en este libro, de 1977.
La verdad es que no hay muchas diferencias entre las planchas de los ´70 y las de los ´90. Quizás el color, que acá se luce menos, aunque es muy sobrio, muy lindo, por supuesto siempre plano, como en toda la historieta clásica franco-belga. El dibujo está a ese hermoso nivel de siempre, con un Roba perfectamente alineado a la estética de Marcinelle, como buen militante de la revista Spirou. Como en el Vol.24, las retiraciones de tapa y contratapa ofrecen ilustraciones del autor a lápiz sin entintar, donde se ve perfectamente su maravilloso manejo de la línea, del volumen, de los blancos y los negros e incluso de las texturas, que en las páginas interiores están desenfatizadas, para darle espacio al color.
Las historietas están todas planteadas en una sola página, dividida en cuatro calles de no más de tres viñetas cada una. Roba recurre varias veces a la grilla de ocho cuadros iguales, que le sirve para plantear algunas planchas como pequeñas obras de teatro, en las que el decorado permanece inamovible a lo largo de las ocho viñetas y los que se mueven (a veces sin hablar) son los personajes. Y una de las mejores planchas está planteada en 12 viñetas iguales, también con el mismo fondo.
Los chistes están muy bien, en perfecta sintonía con la edad a la que está apuntada la revista Spirou, sin recurrir nunca a la escatología, con pocos coqueteos con el absurdo y con un tratamiento muy light de temas que a los chicos los exceden por completo, como la crisis económica.
Acá se nota un poco menos eso que yo señalaba la vez pasada (en la reseña del 04/01/14) de la gran insularidad de la tira. Se ve que en los ´70 Roba planteaba un juego más abierto, en el que aparecen un poco más un amiguito de Boule (Pouf), varios perros amigos de Bill, varios vecinos de la familia… ya no están todas las planchas monopolizadas por los dos protagonistas, los padres de Boule y la tortuga Caroline. Y eso obviamente está bueno, expande las posibilidades cómicas de la serie. Por supuesto no es verosímil que Bill viva aventuras solo en la ciudad, sin que ninguno de sus dueños lo acompañe, sin correa, sin nada. Pero bueno, dentro de la consigna de la serie está aceptado que Bill es un perro mucho más inteligente, versátil y desenvuelto que el cocker spaniel promedio.
En fin, con Boule et Bill volví un rato a la infancia, a la época en la que estos personajes se llamaban “Dany y Pompón” y me esperaban todas las semanas en las páginas de Billiken. Me divertí un rato, la pasé bien, un par de chistes me hicieron reir bastante, me encantó el dibujo de Roba, y ya está. No me da para seguir buscando otros tomos de esta longeva serie, que aún hoy continúa, a cargo de Laurent Verron. Si vos, o algún nene chiquito al que conozcas, está estudiando francés y se quiere larger a leer historietas en ese idioma de un nivel inicial, básico, Boule et Bill es una excelente opción. Y además creo que estos tomos no se publicaron nunca en castellano, así que si te interesa tenerlos, hay que comprarlos sí o sí en francés…
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viernes, 25 de julio de 2014
martes, 3 de junio de 2014
03/ 06: SPIROU ET FANTASIO Vol.26
Aclaremos algo importante: en realidad, Tembo Tabou es el Vol.24 de Spirou et Fantasio. Lo que pasa es que esta colección no es la original, sino una que editó el sello Cobra en 2013, para festejar los 75 años de Spirou. Esta editorial relanzó TODOS los álbumes en una colección de 54 libros, cuyos contenidos no coinciden con los de la colección original. De hecho, en la edición de 1974, Tembo Tabou traía como complemento una historia corta del Marsupilami (La Cage) y esta edición trae esa historieta y varias más, obviamente dibujadas en los ´90, también con el bicho amarillo como protagonista.
Tembo Tabou se serializó por primera vez en 1959, en el diario Le Parisien Libéré, por eso tiene un formato medio raro. Después se publicó por entregas en la revista Spirou y recién en 1974 salió en libro. El guión está co-escrito por André Franquin y Greg y en el dibujo colaboraron Franquin y Jean Roba. Se trata de una historia bastante corta, de apenas 30 páginas, en la que Spirou, Fantasio, Spip y el Marsupilami viajan al corazón del Africa en busca de un científico extraviado. La historia no empieza en Bruselas (como casi siempre) sino que pareciera omitir prólogos y epílogos, para mostrarnos peligros y locaciones exóticas desde la primera página hasta la última. Como en toda la etapa del maestro Franquin al frente de la serie, el guión combina con muchísima elegancia un misterio, mucha acción y unas cuantas secuencias muy cómicas, al borde del disparate, casi siempre centradas en el Marsupilami.
Las páginas están todas plantadas en cuatro tiras, casi todas ellas de dos viñetas, una grilla pensada para meter muchas tomas panorámicas, muchos planos generales y poquísimos primeros planos, que coinciden con las páginas en las que, en vez de ocho viñetas, tenemos 10 o 12 más chiquitas. Por supuesto, todo se luciría más si las viñetas fueran más grandes, pero así también se disfruta muchísimo el estilo de Franquin, ese vértigo, esa sensación de kilombo, de desorden, de que todo lo que se puede mover, lo hace en forma caótica.
Al tratarse de una aventura corta, casi sin pausas para que los personajes analicen mínimamente lo que sucede, no hay grandes desarrollos en los protagonistas y tampoco una construcción demasiado elaborada de los villanos. Lo más positivo en este sentido es que los nativos africanos, mayoritariamente pigmeos, no están presentados como animales salvajes bípedos, sino como tipos que defienden lo suyo, capaces de actos de enorme valentía y de entablar vínculos solidarios y hasta afectivos con los “intrusos” que defienden los mismos intereses que ellos. Y como siempre, menos minas que en un submarino soviético. Si las aventuras de Tintín eran la casa matriz, las de Spirou eran la sucursal del club “Acá Sí Que No Se Coge”, algo que se empezaría a revertir recién en la segunda mitad de los ´80.
En la primera historia corta del Marsupilami me reencuentro con Bring M. Backalive, el villano de La Cola del Marsupilami, el primer álbum “solista” del bicho creado por Franquin. Muy loco. Yo creía que lo habían inventado en los ´80, para esa aventura (reseñada el 30/11/13). Son seis páginas a pura acción, con pantomimas muy graciosas y unos dibujos impresionantes. Las seis páginas siguientes presentan chistes autoconclsuivos del Marsupilami, con menos cuadros por página y un Franquin totalmente prendido fuego. Y cierra una historieta cortita, de dos páginas, también muy orientada al humor y con unos dibujos fastuosos.
Hacía muchos años que no conseguía ninguno de los álbumes que me faltaban para completar la etapa de André Franquin al frente de Spirou, por eso me emocioné cuando mi viejo me rescató esta edición de Tembo Tabou de un kiosco de Bruselas. Me desentona por completo en tamaño y diseño con los tomos que ya tengo (casi todos comprados en Barcelona por chaucha y palito en el ´99, en un memorable holocausto comiquero que hicimos con Luquitas Varela) pero me lo guardo con toda felicidad. Este mes habrá más Spirou, acá en el blog.
Tembo Tabou se serializó por primera vez en 1959, en el diario Le Parisien Libéré, por eso tiene un formato medio raro. Después se publicó por entregas en la revista Spirou y recién en 1974 salió en libro. El guión está co-escrito por André Franquin y Greg y en el dibujo colaboraron Franquin y Jean Roba. Se trata de una historia bastante corta, de apenas 30 páginas, en la que Spirou, Fantasio, Spip y el Marsupilami viajan al corazón del Africa en busca de un científico extraviado. La historia no empieza en Bruselas (como casi siempre) sino que pareciera omitir prólogos y epílogos, para mostrarnos peligros y locaciones exóticas desde la primera página hasta la última. Como en toda la etapa del maestro Franquin al frente de la serie, el guión combina con muchísima elegancia un misterio, mucha acción y unas cuantas secuencias muy cómicas, al borde del disparate, casi siempre centradas en el Marsupilami.
Las páginas están todas plantadas en cuatro tiras, casi todas ellas de dos viñetas, una grilla pensada para meter muchas tomas panorámicas, muchos planos generales y poquísimos primeros planos, que coinciden con las páginas en las que, en vez de ocho viñetas, tenemos 10 o 12 más chiquitas. Por supuesto, todo se luciría más si las viñetas fueran más grandes, pero así también se disfruta muchísimo el estilo de Franquin, ese vértigo, esa sensación de kilombo, de desorden, de que todo lo que se puede mover, lo hace en forma caótica.
Al tratarse de una aventura corta, casi sin pausas para que los personajes analicen mínimamente lo que sucede, no hay grandes desarrollos en los protagonistas y tampoco una construcción demasiado elaborada de los villanos. Lo más positivo en este sentido es que los nativos africanos, mayoritariamente pigmeos, no están presentados como animales salvajes bípedos, sino como tipos que defienden lo suyo, capaces de actos de enorme valentía y de entablar vínculos solidarios y hasta afectivos con los “intrusos” que defienden los mismos intereses que ellos. Y como siempre, menos minas que en un submarino soviético. Si las aventuras de Tintín eran la casa matriz, las de Spirou eran la sucursal del club “Acá Sí Que No Se Coge”, algo que se empezaría a revertir recién en la segunda mitad de los ´80.
En la primera historia corta del Marsupilami me reencuentro con Bring M. Backalive, el villano de La Cola del Marsupilami, el primer álbum “solista” del bicho creado por Franquin. Muy loco. Yo creía que lo habían inventado en los ´80, para esa aventura (reseñada el 30/11/13). Son seis páginas a pura acción, con pantomimas muy graciosas y unos dibujos impresionantes. Las seis páginas siguientes presentan chistes autoconclsuivos del Marsupilami, con menos cuadros por página y un Franquin totalmente prendido fuego. Y cierra una historieta cortita, de dos páginas, también muy orientada al humor y con unos dibujos fastuosos.
Hacía muchos años que no conseguía ninguno de los álbumes que me faltaban para completar la etapa de André Franquin al frente de Spirou, por eso me emocioné cuando mi viejo me rescató esta edición de Tembo Tabou de un kiosco de Bruselas. Me desentona por completo en tamaño y diseño con los tomos que ya tengo (casi todos comprados en Barcelona por chaucha y palito en el ´99, en un memorable holocausto comiquero que hicimos con Luquitas Varela) pero me lo guardo con toda felicidad. Este mes habrá más Spirou, acá en el blog.
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sábado, 4 de enero de 2014
04/ 01: BOULE ET BILL Vol.24
Este es un tomo con 44 planchas autoconclusivas de una de las series emblemáticas del comic infanto-juvenil francófono, creada en 1959 por el maestro Jean Roba (1930-2006), quien además fue uno de los integrantes principales del equipo que asistió a André Franquin en varios de sus mejores álbumes de Spirou y Fantasio. En España, Boule et Bill se tradujo con bastante criterio como “Bill y Bolita”, invirtiendo los roles, porque en la versión original Bill es el perro y Boule el chico pelinaranja. En Argentina, donde durante muchos años se publicó en la revista Billiken, algún traductor fan de las drogas duras la rebautizó “Dany y Pompón”, y así fue como la conocimos los lectores de varias generaciones.
Este tomo trae historietas de la primera mitad de los años ´90, obra de un Roba ya sesentón, pero asombrosamente moderno y actual en los temas que toca. Aclaremos de antemano que esto está a años luz de Titeuf o de El Pequeño Spirou. Boule et Bill es una serie tradicional, con mínima cabida para el humor basado en la mala leche y cero cabida para los chistes más escatológicos o que rozan la temática sexual. Dentro de este humor 100% apto para todo público, limpito y familiero, Roba se mueve con mucha cancha y nunca le faltan recursos para plantear situaciones graciosas en las que el nene y su cocker spaniel comparten el protagonismo básicamente con los padres de Boule, la tortuga Caroline y algún amiguito del barrio o del cole.
En un punto, Boule et Bill me hizo acordar un toque a Siento y Miento, de Alfredo Rodríguez, por su (no sé si existe esta palabra) insularidad. Son pocos personajes, el autor se muestra casi reticente a sumar nuevos, y llama la atención la poca gente con la que interactúan. Las planchas ambientadas en el colegio (donde Boule puede codearse con decenas de chicos y profesores) son poquísimas y cuando la acción se desplaza a la casa, Roba nos muestra un barrio suburbano (claramente cheto), donde se ven pocas casas vecinas, y donde se siente la proximidad de una especie de parque con mucha vegetación, o directamente un bosque. Lo del barrio apartado y la casa con todas las comodidades se contradice de modo bastante grosero con el auto del papá de Boule, un Citröen 3 CV hecho mierda, que a menudo los deja a pata, lo cual también aporta situaciones cómicas a la tira. Por supuesto, los chicos de escuela primaria que leen esta historieta no deben notar la contradicción.
En cuanto al dibujo de Roba, estamos ante un exponente cristalino de la línea clara de Marcinelle, la que tiene a Franquin como principal referente. Roba capta con lujo de detalles el estilo del maestro y le incorpora cambios muy chiquitos, apenas perceptibles. La onda es, claramente, respetar los lineamientos trazados en los ´50 por Franquin y actualizarlos lo mínimo indispensable como para no perder frescura frente a los ojos de los chicos de los ´90. Y si alguna vez dudás del talento de Roba con el lápiz, alcanza con abrir el libro y dejarse maravillar con la ilustración (sin entintar ni colorear) que engalana la retiración de tapa y la primera página. Ahí el autor deja la vida en cada detalle y nos regala una composición magnífica, con la que nos podemos colgar horas, como para cerrarnos el orto si alguna vez le señalamos que, después de 35 años al frente de Boule et Bill, cada tanto se nota alguna página sacada medio con fritas.
Tengo un tomo más sin leer, con material bastante más viejo. En unos meses, entonces, vuelven Bill y Boule a hacer de las suyas en el blog.
Este tomo trae historietas de la primera mitad de los años ´90, obra de un Roba ya sesentón, pero asombrosamente moderno y actual en los temas que toca. Aclaremos de antemano que esto está a años luz de Titeuf o de El Pequeño Spirou. Boule et Bill es una serie tradicional, con mínima cabida para el humor basado en la mala leche y cero cabida para los chistes más escatológicos o que rozan la temática sexual. Dentro de este humor 100% apto para todo público, limpito y familiero, Roba se mueve con mucha cancha y nunca le faltan recursos para plantear situaciones graciosas en las que el nene y su cocker spaniel comparten el protagonismo básicamente con los padres de Boule, la tortuga Caroline y algún amiguito del barrio o del cole.
En un punto, Boule et Bill me hizo acordar un toque a Siento y Miento, de Alfredo Rodríguez, por su (no sé si existe esta palabra) insularidad. Son pocos personajes, el autor se muestra casi reticente a sumar nuevos, y llama la atención la poca gente con la que interactúan. Las planchas ambientadas en el colegio (donde Boule puede codearse con decenas de chicos y profesores) son poquísimas y cuando la acción se desplaza a la casa, Roba nos muestra un barrio suburbano (claramente cheto), donde se ven pocas casas vecinas, y donde se siente la proximidad de una especie de parque con mucha vegetación, o directamente un bosque. Lo del barrio apartado y la casa con todas las comodidades se contradice de modo bastante grosero con el auto del papá de Boule, un Citröen 3 CV hecho mierda, que a menudo los deja a pata, lo cual también aporta situaciones cómicas a la tira. Por supuesto, los chicos de escuela primaria que leen esta historieta no deben notar la contradicción.
En cuanto al dibujo de Roba, estamos ante un exponente cristalino de la línea clara de Marcinelle, la que tiene a Franquin como principal referente. Roba capta con lujo de detalles el estilo del maestro y le incorpora cambios muy chiquitos, apenas perceptibles. La onda es, claramente, respetar los lineamientos trazados en los ´50 por Franquin y actualizarlos lo mínimo indispensable como para no perder frescura frente a los ojos de los chicos de los ´90. Y si alguna vez dudás del talento de Roba con el lápiz, alcanza con abrir el libro y dejarse maravillar con la ilustración (sin entintar ni colorear) que engalana la retiración de tapa y la primera página. Ahí el autor deja la vida en cada detalle y nos regala una composición magnífica, con la que nos podemos colgar horas, como para cerrarnos el orto si alguna vez le señalamos que, después de 35 años al frente de Boule et Bill, cada tanto se nota alguna página sacada medio con fritas.
Tengo un tomo más sin leer, con material bastante más viejo. En unos meses, entonces, vuelven Bill y Boule a hacer de las suyas en el blog.
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