el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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miércoles, 3 de septiembre de 2014

03/09: FRANKENSTEIN, AGENT OF S.H.A.D.E. Vol.2

Hace más de dos años, el 19/08/12, leí el primer tomo de esta serie. Y la verdad que no me imaginé que el segundo tomo fuera a ser el último, creí que o el público, o cierto sector de la crítica, o la propia DC la iban a bancar un poco más. Al final, la aventura duró solo 17 meses y este voluminoso TPB reúne los últimos 10 episodios.
El tomo arranca con una sorpresa: Jeff Lemire resuelve en apenas 20 páginas el plot del hijo de Frankenstein, que para el final del Vol.1 pintaba para ser el detonante de una saga compleja y extensa. Me comí el amague, mal. Le sigue un unitario bastante intrascendente, en el que Lemire empieza a vincular a esta serie con la otra que escribía en ese mismo momento, Animal Man. Así, Frankenstein y otros agentes de S.H.A.D.E. tienen sus propios escarceos con las fuerzas del Rot, lo cual se verá con más claridad en un arco argumental posterior. El primer arco extenso, el que gira en torno a Leviathan, marca la despedida de Lemire de la serie y la llegada de su amigo Matt Kindt, que lo reemplaza a la mitad de la saga. Y sí, podría haber sido mucho más corta, pero es una buena saga, con un final potente, con cambios grossos en el status quo del protagonista y pequeñas pistas de lo que va a suceder después, sembradas con buen criterio por Kindt.
El siguiente unitario nos lleva al origen de Frankenstein, a explorar sobre todo su relación con Victor, su creador. Se me hizo corto, me enganchó como para querer que durara mucho más. Después sí, vienen los tres episodios en los que el monstruo y sus aliados tienen que hacerle el aguante a Victor y al Rot en la tierra, mientras Animal Man y Swamp Thing combaten uno en el Rojo y uno en el Verde (supongo). Acá hay, como en toda la serie, muchas ideas limadas, conceptos raros, jugados… pero que pierden en la comparación con la machaca. En la saga del Rot se nota que Frankenstein es una serie de monstruos que se cagan a palos, y que ese espacio que ocupan las ideas limadas es un bonus track, algo que está, pero si no estuviera no tendríamos siquiera que quejarnos, porque se supone que uno compraba la revista para ver monstruos que se cagan a palos. El unitario que cierra la serie es lo más flojo del tomo, una aventurita menor, genérica, en la que Kindt no se calienta en explicar por qué están vivos personajes a los que vimos morir en el arco anterior.
A lo largo de todo el tomo y sin faltar nunca, tenemos los dibujazos del maestro italiano Alberto Ponticelli, al que se nota que le encanta la onda de la machaca salvaje y grandilocuente, pero que nunca cae en la tentación de salir a chorear con las splash pages. Ponticelli, además de ponerte los pelos de punta con lo bien que dibuja a los bichos bizarros que le pide el guión, se mata en la narrativa, propone todo el tiempo buenas transiciones, buenas composiciones, puestas arriesgadas, enfoques muy diversos… La verdad que es un placer estudiar la narrativa del tano, porque se nota que la pasó bárbaro y dejó la vida en cada página. Además le ponen un entintador finoli como Wayne Faucher y un colorista exquisito como José Villarrubia, con lo cual los excesos de Ponti, sus coqueteos con el grotesco más cabeza, están muy bien balanceados con la elegancia de sus colaboradores. Obviamente, si esto fuera más oscuro, más denso, más visceral, seguramente se vería mejor y hasta sería más genuino, porque estaría más de manifiesto el estilo de Ponticelli. Pero en ese caso hubiese sido imposible que el tano entregara todos los meses y el TPB estaría lleno de dibujantes suplentes, casi seguro inferiores.
En fin, se terminó Frankenstein. Una serie rara, muy jugada a la estridencia y la espectacularidad, a la que Jeff Lemire y Matt Kindt le lograron meter varias ideas atípicas, interesantes, y bastante desarrollo de personajes. De alguna manera, la fórmula no prendió, y esto que parecía la oportunidad de tener un Hellboy y un B.P.R.D. perfectamente integrados al Universo DC no pasó de una bizarreada efímera, de la que probablemente jamás se haga cargo ningún otro guionista. Es lo que hay.

domingo, 19 de agosto de 2012

19/ 08: FRANKENSTEIN, AGENT OF S.H.A.D.E. Vol.1

Bueno, hora de leer mi primera saga completa de un título de los New 52. ¿Cómo caí acá? Obviamente por los autores. Frankenstein es un personaje que no me interesa para nada y menos integrado a un universo superheroico. Pero escribe Jeff Lemire y dibuja Alberto Ponticelli, dos autores a los que este blog ya les dedicó containers repletos de elogios, todos muy merecidos.
El primer tramo del tomo me transmitió la sensación de estar leyendo un comic muy cabeza de Hellboy. Sacale a la creación de Mike Mignola el aspecto de investigación, olvidate de las referencias a la mitología y el folklore europeo y te queda un comic de monstruos bizarros que se cagan a trompadas. Bueno, Frankenstein arranca así, como una de monstruos bizarros que se cagan a trompadas. Hasta aparecen otros agentes de S.H.A.D.E. con poderes no tan distintos a los de los muchachos del B.P.R.D. con los que se codeó durante tantos años el mostro rojo de Mignola. Por suerte, con el correr de las páginas, Lemire mantiene al palo la consigna de las luchas mega-kilomberas entre criaturas imposibles, pero reemplaza el folklore y la mitología con conceptos novedosos y muy imaginativos, más para el lado del Cuarto Mundo de Kirby, o de los guionistas más limados de la Silver Age.
La S.H.A.D.E.net, la ciudad microscópica que se desplaza con un método que combina la teleportación y la tecnología de reducción de tamaño en la que se especializa el doctor Ray Palmer, el planeta monstruo que en realidad es un ser vivo, la misteriosa toybox... De a poquito, la machaca se empieza a complementar con ideas más interesantes que las meras trompadas, misilazos y espadazos. Lemire utiliza muy bien los elementos que le brinda el Universo DC: el más atractivo por ahora es Ray Palmer (que tiene menos chances de convertirse en Atom que Independiente de zafar de la Promoción), pero también pinta interesante la relación entre S.H.A.D.E. y Checkmate e incluso la movida marketinera de traer de invitado a O.M.A.C. (otro chabón grandote, pulentoso y con chiches tecno, que tuvo revista propia y no vendió lo suficiente como para aguantarla) genera nuevas posibilidades de enriquecer las historias y sumar elementos atractivos. La machaca contra O.M.A.C. es en el quinto episodio, pero en el sexto y en el séptimo Lemire explora algunas consecuencias de esa historia que pueden derivar hacia situaciones muy interesantes.
La principal cagada es que el tomo termina en un cliffhanger jodido, con una revelación impactante que no cambia todo, pero abre muchísimas puntas para explorar en el Vol.2. Si decidís no comprar más un broli de Frankenstein, te vas a quedar con una leche importante de saber cómo catzo van a reaccionar los protagonistas frente a esto que se descubre en la última página. Y el otro bajón es que Frankenstein es un personaje bastante chato, poco carismático, con pocos matices. Hellboy por lo menos come panqueques. Este, ni eso. Los secundarios por ahí aportan algo más, sobre todo Father Time, Griffith y Velcoro, y evidentemente en algún punto se van a robar el spotlight. Por ahora, todo gira demasiado en torno a la aventura, a la acción, a las misiones que estos bichos van y cumplen. Falta mucho laburo en materia de caracterización por parte de Lemire y lo peor es que el creador de Sweet Tooth va a dejar esta serie en algún punto del segundo recopilatorio. Matt Kindt será el que tenga la dura tarea (y con un margen de error escasísimo) de darle onda a Frankenstein y su esposa.
Un incentivo para no colgar la serie es el dibujo de Ponticelli, el prócer italiano que la rompiera en Unknown Soldier. Ponti mantiene intacta la virulencia de su trabajo anterior, pero ahora la multiplica hasta el infinito para brindarnos, en vez de combates realistas entre tropas militares, unas masacres desaforadas entre monstruos y criaturas limadas. En las poquísimas escenas tranqui, el tano pone todo y todo se ve raro y atractivo. Pero cuando estalla la machaca (o sea, casi siempre), salta en el famoso trampolín al carajo y nos detona el cerebro un unas páginas de una intensidad pocas veces vista, en las que hasta la narrativa se descontrola para reflejar la violencia y la bizarrez de lo que nos quiere transmitir Lemire. En el séptimo episodio, Ponticelli pareciera buscar un estilo más sintético, más limpito, no sé si para no volver definitivamente loco al gran José Villarrubia (encargado de colorear estas orgías deformes y explosivas) o para ganar velocidad y no atrasarse en las entregas. A mí me gusta más el estilo más cargado, más sucio, pero si para tener al tano todos los números tiene que dibujar como en el n° 7, no me quejo en lo más mínimo.
En fin, esto es más raro que bueno. Por la chapa de los autores vine y por la chapa de los autores me quedo un TP más, a ver si levanta. Si me morfo otras 140 páginas de monstruos que se cagan a palos, la cuelgo forever.

miércoles, 21 de marzo de 2012

21/ 03: UNKNOWN SOLDIER Vol.4

Ulllltimo tomo de esta gran serie de Vertigo que tuvo la mala suerte de no enganchar a un número razonable de lectores, y terminó cancelada tras apenas 25 episodios. Menos mal que está toda reeditada en libros y que cualquiera puede acceder a ella, por más tarde que se entere de su existencia.
¿Te acordás, allá por los albores del blog, de ese manga llamado Relatos de un Carbonero, que te tiraba toneladas de data sobre el carbón bincho? Bueno, acá Joshua Dysart hace algo parecido, pero con el rifle Avtomat Kalashnikov. El primer episodio del tomo (dibujado como los dioses por el maestro Rick Veitch) se centra en esta popular arma de fuego y nos cuenta su historia, sus pros y sus contras, y hasta por qué es el artefacto que más muertes causa día a día sobre la faz del planeta. Sin dudas, un documento estremecedor y valiosísimo, que trasciende ampliamente los méritos de ser –además- una gran historieta.
Pero lo grosso del tomo es el arco final, el cierre de esta violenta y descarnada anti-epopeya, para la cual Dysart se reúne con el infalible italiano Alberto Ponticelli. Acá pasa todo lo que alguna vez quisiste que pasara: Te enterás de dónde salió Moses Lwanga, cómo se convirtió en la máquina de matar cubierta de vendas, y además se explica perfectamente la relación con el Unknown Soldier anterior, el de aquella famosa miniserie de Garth Ennis de mediados de los ´90. Los dos primeros episodios de esta saga se ocupan mucho de estas revelaciones y de empezar a cerrar las historias de los dos personajes secundarios más importantes: el espía yanki Jack Lee Howl y la doctora Sera Lwanga. Dysart no desaprovecha la ocasión para agregarles onda y complejidad a ambos, en episodios tan humanos, tan redonditos que... no muere nadie! Posta! Hay casi 45 páginas corridas en las que no tenemos chicos, ni adultos, ni siquiera animales cagados a tiros o a cuchillazos!
Por supuesto, la violencia recuperará territorio en el tramo final, cuando el Soldier decida ir de una vez por todas por uno de los grandes responsables de los padeceres de Uganda, el jodido Joseph Kony, líder del Ejército de Resistencia del Señor. Pará: yo también pensé lo que estás pensando vos.... No me digas que un comic que se jacta de ser complejo, realista, testimonial, de exponer desde varios puntos de vista un conflicto profundo, de difícil resolución, va a caer en la pelotudez de dirimir todo con una lucha entre “el bueno” y “el malo”... Y no, quedate tranquilo, que es un amague, nomás. La guerra unipersonal (aunque no por eso menos encarnizada) del Soldier contra estos genocidas es crucial y tiene su efecto, pero tampoco alcanza para cambiar la historia de un país. Al final, todo va a seguir el curso que conoce cualquiera que lea los diarios (no es mi caso, no les creo nada) y el implacable Soldado Desconocido va a terminar... de una manera muy lógica y bastante impredecible, que obviamente no voy a revelar.
A la hora de dibujar este último arco, Ponticelli sigue tan afilado como siempre. No lo incomodan todas esas páginas en las que no hay tiros, ni piñas, ni explosiones, para nada. Ahí también se luce. Sus flashbacks a las hazañas bélicas del viejo Unknown Soldier son tremendamente impactantes y lo que hace en la secuencia final (en realidad, las 10 ó 12 páginas anteriores al epílogo) supera en belleza y en intensidad a todo lo que había hecho en los tomos anteriores, que ya era muy, muy notable.
Magnífico cierre para una colección que será eternamente recordada (aunque sea por un puñadito de hardcore fans) por su valentía, su originalidad, su intransigencia y –sobre todo- por su infrecuente calidad artística. El día que me logre lucir en alguna conversación bajando línea sobre Uganda, los acholi y el Ejército de Resistencia del Señor, voy a acumular más motivos para estarle agradecido a Joshua Dysart por su inolvidable Unknown Soldier. Por ahora, los motivos son estos... y son muchos.

sábado, 11 de febrero de 2012

11/ 02: UNKNOWN SOLDIER Vol.3

Hoy cortito, que tengo poco tiempo.
Este tomo de la adictiva y tremenda serie de Joshua Dysart y Alberto Ponticcelli logra lo imposible: ser más heavy y más truculento que el primero. Acá vemos salvajadas fuera de escala, página por medio. Nunca vi a tantos nenitos morir de modos tan horrendos: de hambre, de enfermedades espantosas, de un corchazo, de un cuchillazo, de un flechazo o simplemente por estar cerca de un camión lleno de explosivos que vuela a la mierda. Esto es MUY difícil de digerir, como si en vez de un canelón te dieran un caño de escape envuelto en papel de lija.
Lo importante –como en el canelón- es el relleno, o sea, el contenido. Y lo grosso de todo esto es que Dysart recurre a estas escenas desgarradoras de violencia, miseria y oscurantismo para hablar de temas fuertes, urgentes, no para boludear o buscar el impacto por el impacto mismo. Unknown Soldier está pensada para que vos pienses, y eso es lo que la hace tan fundamental.
Con el correr de las páginas de este tomo, cobran especial relevancia las escenas finales del tomo anterior, las del ritual de purificación de los Acholi. De entrada me parecieron un relleno, o un intento por darle un cierre un toque menos desolador a una saga muy violenta, pero no. Se trata de episodios centrales en el desarrollo de una serie que –a apenas cinco episodios del final- no para de evolucionar ni de sorprender. No tengo la menor idea de cómo puede terminar este perturbador descenso a las profundidades del alma humana, este devastador retrato de la Uganda de principios del tercer milenio, esta redefinición absoluta de lo que se puede hacer cuando la historieta se mete a fondo (y en serio) con los horrores de la guerra.
Por el lado del dibujo, acá lo tenemos en todos los episodios al gran italiano Alberto Ponticcelli, con su trazo crudo, visceral, sin concesiones y toda su solvencia narrativa. Y además, con un plus muy, muy bienvenido: el colorista Oscar Celestini le encuentra una nueva vuelta de tuerca al color de la serie y este se hace menos estridente, más sutil, más rico en matices, más bello. Sumémosle unas portadas fastuosas de Dave Johnson y tenemos una faz gráfica de un vuelo impresionante.
Repito, esto no es para cualquiera. Hay que aguantarse secuencias muy al límite, donde bajás el libro asqueado, indignado, al grito de “pará, h¡jo de puta, no matés más pendejitos!”. Pero el talento de los autores logra convertir la revulsión en reflexión y eso es tan infrecuente que sólo puede ser considerado un gigantesco punto a favor de Unknown Soldier, una auténtica joya que duró poco, pero que siempre estás a tiempo de descubrir.


lunes, 23 de enero de 2012

23/ 01: UNKNOWN SOLDIER Vol.2

Si estás acá desde el primer día, o si compraste el primer tomo de los libros que recopilan las reseñas de 2010, recordarás que este blog empezó, aquel lejano (y binario) 01/01/10 con un texto acerca del Vol.1 de Unknown Soldier. Recomiendo su relectura, antes de seguir adelante...
¿Ya está? Bueno, pasaron un poquito más de dos años hasta que finalmente pude retomar esta serie que tanto me interesó. Este tomo, además, es mejor que el primero. Es menos truculento, hay menos atrocidades, o por lo menos nos muestran gráficamente menos atrocidades. Tenemos muchos balazos, mucha minas que explotan y revolean gente por el aire, soldados de 13 años que se cagan a tiros, campos de concentración (ahora que Sala los puso de moda), cabezas mutiladas y clavadas en palos, muchas peleas a trompadas y cuchillazos y alguna torturita menor, casi sin importancia. Aún así, al lado del Vol.1, esto es casi digerible.
Lo más interesante es cómo Joshua Dysart logra concentrarse cada vez más en el desarrollo de personajes: tanto Moses, como su esposa (¿o viuda?), como Paul, como Jack Lee Howl adquieren nuevas dimensiones, nuevas y fascinantes aristas que los hacen más reales, más atractivos, hasta más cercanos, a pesar de la distancia geográfica y de contexto socio-político que –felizmente- nos separan de esta Uganda despiadada de 2002-2003. ¿A qué truco recurre Dysart para poder ahondar con tiempo y espacio en las personalidades de sus criaturas? Al más fácil: la decompresión del relato. Acá tenemos ocho episodios (más de 180 páginas de historieta) en los que pasa mucho menos que en las 140 del primer tomo, en el que había que presentar el universo donde transcurre la saga y era todo mucho más “palo y palo”. Por suerte, el guionista se desenvuelve muy bien en estas zonas más tranquis del relato: uno nunca se aburre y todo el tiempo se nota cómo cada escena más pausada o dialogada aporta un montón a crear clima y a definir mejor a los protagonistas de este kilombo e incluso al kilombo en sí, que para el que no lo vivió no es tan fácil de entender.
Por otro lado, este es un comic que trata acerca de la violencia salvaje, qué la genera y cómo detenerla. En ese sentido, el bajar un cambio, el dosificar más y mejor la violencia ayuda mucho a transmitir el mensaje que Dysart nos quiere transmitir. Cada estallido golpea más fuerte, duele más y cobra más peso en la trama si entre uno y otro hay escenas más tranqui y más desarrollo de los personajes y los conflictos. O sea que la menor profusión de machaca está muy bien capitalizada.
Por el lado del dibujo, tenemos a lo largo de casi todo el tomo al gran Alberto Ponticelli, un italiano muy versátil, que acá renuncia a su virtuosismo para adaptarse a la onda sórdida y hostil de la historia. Muy bien complementado por su colorista y compatriota Oscar Celestini, el Ponti deslumbra con la crudeza y la intensidad de su trazo, además de su habitual solvencia narrativa. Para el tramo final del tomo, un pase de magia vertiguesca y aparece un dibujante de la República Democrática del Congo (!), Pat Masioni, con un estilo que no desentona para nada con el de Ponticelli y un bonus track de lujo: los colores del español José Villarrubia, poeta del photoshop. Es el tramo más introspectivo y menos salvaje del tomo, y termina con un antiguo ritual de los Acholi (el pueblo en cuyo territorio se sitúa la mayoría de las escenas de Unknown Soldier), presentado con gran respeto y gran sensibilidad. Masioni emigró a Francia hace 10 años, pero igual está bueno memorizar su nombre y citarlo cuando alguien nos pregunte “Che, ¿qué onda Africa? ¿Hay historietistas africanos?”.
Predeciblemente, los altísimos riesgos que asumió Dysart a la hora de contar esta historia repercutieron en que la serie durara sólo 25 episodios. Los dos tomos reseñados cubren hasta el decimocuarto, o sea que me falta leer menos de la mitad. Prometo entrarle pronto a los dos tomos que me quedan.

viernes, 1 de enero de 2010

01/ 01: UNKNOWN SOLDIER Vol.1


Después de blanquear públicamente mi condición de otaku de Vertigo, barrabrava de Vertigo y –donde me apuren- talibán de Vertigo, es lógico empezar este blog con la reseña de un comic de Vertigo, el subsello de DC que desde 1993 viene demoliendo cualquier preconcepto acerca de lo que se puede y no se puede hacer dentro de este medio.
Unknown Soldier juega todo el tiempo sobre la línea. Y eso ya de por sí, lo hace un gran comic. Hay que tener estómago para disfrutarlo (no todo el mundo se banca ver cómo le vuelan la cabeza a un nene de 10 años, o cómo varios nenes de 13 violan a nenas de 10), pero es verdaderamente poderoso y contundente en su mensaje.
Todo transcurre en 2002-2003 en Uganda, país devastado por la lucha de etnias, donde la intolerancia religiosa agrava los problemas políticos, sanitarios y de extrema pobreza, mientras los gobiernos de los países centrales hacen de cuenta que ayudan, pero en realidad espían para ver si pueden rapiñar alguna ganancia en este río revuelto. Pero lo único que te podés llevar de Uganda es –si te cobran barato- un par de enfermedades y si no, directamente un corchazo en la cabeza.
Este Unknown Soldier tiene algún vínculo con el anterior (el de la recordada miniserie de Garth Ennis y Killian Plunkett), pero en el primer tomo apenas se lo intuye. Ya llegará el momento de enterarnos cómo el eminente médico y pacifista Moses Lwanga se convierte en una máquina de matar implacable y sanguinaria
En general, cuando los guionistas yankis se proponen explicarnos los problemas del Tercer Mundo, se meten en berenjenales de los que no logran salir jamás y en los que se mueven con la destreza de un pingüino empetrolado. Pero esta vez, estamos frente a un tipo que hizo los deberes. Joshua Dysart venía de fracasar en Swamp Thing (la serie que dibujaba Enrique Breccia y que algún verdulero dijo que vendía 15 millones de ejemplares, ¿se acuerdan?), pero acá pela un relato bien documentado, de gran verosimilitud, crudo, salvaje, incómodo como tampón de virulana… uno de esos guiones que están tan bien que te dejan mal.
A cargo del dibujo tenemos al notable italiano Alberto Ponticelli, que lleva ya varios años de laburo constante en el mercado estadounidense. En general, se mueve mejor en blanco y negro (en su espectacular estilo entre Ted McKeever y Michael Gaydos), pero acá le pidieron otra cosa y quedó algo raro, una especie de deformación caricaturesca de los grandes dibujantes “noir”, tipo Sean Phillips, Leo Manco o Eduardo Risso. Eso en cuanto a la superficie. En la narrativa y en la puesta en página, sigue siendo el Ponticelli de siempre, el que la rompió en trabajos como Wall After Wall (2005). Y el colorista también es italiano, con lo cual uno supone que laburarán en el mismo estudio, o algo así, porque se complementan a la perfección.
Si te bancás ver sangre a raudales, muertes, violencia extrema, monjas y nenitos sodomizados y cagados a palos o a tiros, y no te molesta que en las primeras 144 páginas te den ínfimas pistas acerca de quién es el protagonista y por qué hace lo que hace, enganchate en esta serie desde el primer tomo y preparate para una experiencia única y alucinante. Unknown Soldier es una historieta adulta, arriesgada, de alto impacto y de impecable factura, a años luz del viejo, querido y siempre mayoritario “más de lo mismo”. Esto es pulenta de verdad.