el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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miércoles, 8 de enero de 2025

LECTURAS DE MIÉRCOLES

Sigue la cuenta regresiva hacia el post nº3000, que va a ser muy especial y que está muy cerca, porque este es el 2998. Empezamos en España, año 1982, cuando se publica el Metal Extra nº1, Especial Hollywood (vimos el Especial Rock el 18/06/15). Lo primero que tengo para decir es "la puta que los parió, qué chotos los guiones". Diría que resulta increíble que esta antología fuera dirigida por un guionista, pero después me acuerdo que Jean-Pierre Dionnet es un guionista bastante mediocre, y se me pasa. Seguramente será mejor recordado como director editorial que como guionista. En este especial tenemos 16 historietas que juegan con la temática de Hollywood, sus excentricidades, sus injusticias, el lado B de su deslumbrante mitología y demás. En principio, es una buena consigna, que puede dar para muy buenas y muy variadas historias. No es lo que sucedió. Los guiones son -en general- chatos, repiten recursos, machacan siempre sobre lo mismo... Hay más creatividad y vuelo en los artículos (algunos traducidos del francés y otros generados en España) que en las historietas. La que más gustó fue la de Kebra (de Tramber y Jano), porque uno ya sabe qué puede esperar del personaje: kilombo, guarradas y descontrol en aventuras de mucho dinamismo y poca profundidad. Eso es exactamente lo que me encontré, y lo re disfruté. La de Philippe Paringaux y Jacques Loustal tiene buenas intenciones y hasta una búsqueda por contar de manera más o menos original una historia muy trillada y muy predecible. Pero es solo una búsqueda. El dibujo es fenomenal, y el guion es eso: trillado y predecible. Y la otra que me parece que merece ser salvada del oprobio es la de Philippe Setbon y el talentoso dibujante Buffin, que a principios de los ´80 pintaba para mega-estrella pero terminó volcado al comic erótico, donde ganó mucha guita pero rifó el prestigio. Son apenas siete páginas donde no solo el dibujo es espectacular, sino que el guion crea un clima interesante y lo remata con un final satisfactorio y sorprendente. Y después, tenemos a dibujantes de enorme jerarquía presos de guiones intrascendentes, o definitivamente malos: Luc Cornillon, Arno, Yves Chaland, Paul Gillon, el maestro italiano Bonvi, Alain Voss, René Petillon, Dominique Hé... Cualquier antología que reúna trabajos de todos esos monstruos resulta irresistible... hasta que leés los guiones. Menos mal que lo pagué barato y que están esas tres historietas a las que rescaté en el párrafo anterior. Si no, era para tirarlo a la mierda. Con mucho dolor, porque uno es fan posta de todos esos autores. Pero es así: a veces hasta un ídolo supremo como Chaland (ver la nota que le dedicamos con Gonza Ruiz en la nueva Comiqueando Digital) te deja de garpe. De los muchos especiales de Métal Hurlant que se publicaron en Francia en los ´80, en España se replicaron solo dos, y ya tengo ambos. Este, el de Hollywood, lo recomiendo solo a los completistas que no pueden vivir sin esa aventura de Kebra de ocho páginas que no está recopilada en álbum, o a los que quieren tener TODO lo que dibujó Chaland, o Loustal, o Arno, o quien sea.
Nos vamos a 2021, cuando Knockabout y Top Shelf recopilan en libro The Tempest, el cierre de la inolvidable saga de The League of Extraordinary Gentlemen, creada por el legendario Alan Moore y el inmortal Kevin O´Neill. Que además marca el fin de las carreras de ambos próceres del Noveno Arte, porque O´Neill falleció un par de años después de terminar The Tempest y Moore no volvió a escribir historietas. The Tempest es un comic bastante complejo de leer y de analizar. Primero, porque tiene como tres tramas que avanzan juntas, a un nivel de importancia similar. La de los superhéroes (un nuevo tributo del Mago de Northampton a la Silver Age, sobre todo de DC), la de los espías (de nuevo con James Bond en el rol del villano) y la de Prospero, el personaje creado por William Shakespeare para la obra teatral llamada -adivinaste- The Tempest. En el medio, Moore y O´Neill recuentan muchas cosas que ya habían contado en el Black Dossier, y se pasan en limpio otras que se habían contado, o por lo menos insinuado, en la trilogía de Nemo. Y por si esto fuera poco, todo está encarado desde un plano metacomiquero, es decir, plagado de referencias a que esto es un comic, y a un montón de otros comics. El estilo de O´Neill, la puesta en página, incluso la paleta de colores de Ben Dimagmaliw y el rotulado de Todd Klein, cambian mil veces a lo largo de la obra, para subrayar que estamos jugando al pastiche de la 2000 A.D. de los ´70, de los comics británicos de aventuras de los ´50, de los comics humorísticos o infanto-juveniles, del mainstream de DC (o de Marvel), o hasta de las series de TV con marionetas que producían en el Reino Unido los geniales Gerry y Sylvia Anderson. Shakespeare, Jules Verne, Ian Fleming, Michael Moorcock y H.G. Wells conviven en estas páginas con autores de historietas de todo el Siglo XX, desde pioneros como Winsor McKay, hasta innovadores como Will Eisner, los autores de la E.C. Comics, o el inclasificable Fletcher Hanks. Todo el tiempo hay una tensión entre el amor al comic y la erudición comiquera de los autores y el asco y la rabia que le provoca a Moore la industria del Noveno Arte, el maltrato y la estafa sistemática a los artistas por parte de las editoriales. The Tempest, además de funcionar como cierre para 20 años de aventuras de TLOEG, funciona como reflexión sobre el comic y su importancia en la construcción del universo ficcional del Siglo XX y principios del XXI, una construcción colectiva, compleja, no exenta de contradicciones. Y también hay mucho desarrollo de personajes (sobre todo de Mina Harker, Emma Night y Orlando), diálogos geniales y una generosa, frondosa proliferación de ideas de esas que el Mago tira a la marchanta en una viñeta y cualquier otro guionista estiraría a lo largo de 50 entregas de una serie regular. El final no tiene la fuerza que -a lo largo de la lectura- uno supone que va a tener, pero tampoco se siente apurado, precipitado o improvisado así nomás. Es un final atípico para una serie atípica, ni tan épico como el de Century ni tan blandito como el de Black Dossier. Todos estos saltos temporales, dimensionales y entre distintos planos de realidad, están perfectamente graficados por Kevin O´Neill, que acá pela una chapa de Camaleón Estilístico digna de Keith Giffen, el Niño Rodríguez o Jorge Lucas. O´Neill se copa con la mímica de 100 ó 200 estilos distintos, pero sin resignar su propia identidad gráfica. Labura en blanco y negro, a color, en secuencias que se leen en 3-D (con anteojitos), en páginas que imitan las de revistas antiguas, en formato de tira diaria... hasta hay un par de páginas de fotonovela, como para que no falte ningún posible recurso de la narración secuencial. Un trabajo colosal de un autor al que cada día se extraña más. Podría estar hasta el 2038 buscando boludeces y referencias en estas páginas. Repito: es un comic complejo, con distintos niveles de lectura. Y además es entretenido, y está maravillosamente dibujado y escrito a un nivel glorioso. Nada más, por hoy. Gracias totales y hasta pronto.

lunes, 30 de enero de 2023

NOCHE DE LUNES

Algo tenía que pasar que me frenara ese ritmo espectacular al que venía leyendo y reseñando libros, y lo que pasó se llama The League of Extraordinary Gentlemen: Black Dossier. No lo compré en el momento en que salió, porque me pareció medio bizarro, lo miré muy por encima en casas de amigos y no me llamó demasiado la atención, y finalmente lo compré este año, porque me lo ofrecieron a un precio irrisorio. Me senté a leerlo con detenimiento... y me costó varios días terminarlo. Cómo me aburrí, la puta madre... En 208 páginas, lo que sucede se puede resumir en la frase "Mina y Allan ahora son perseguidos por el corrupto gobierno del Reino Unido, en parte porque se afanaron el Black Dossier". ¿Eso es todo? No, bueno, por momentos Alan Moore y Kevin O´Neill interrumpen las peripecias de Mina Murray y Allan Quatermain para mostrarnos qué hay en las páginas del dossier. Una pena, porque lo más entretenido (dentro del embole) es el tramo de Allan y Mina en 1958, y su lucha contra James Bond y demás sicarios de la corona. ¿Y qué información clasificada incluye el dossier? Al principio, ahonda en la existencia de una League of Extraordinary Gentleman anterior a la que conocimos nosotros, también con personajes tomados de la literatura británica, pero de fines del Siglo XVII. Y en la historia de Orlando, un personaje que va a ser importantísimo en la trilogía de Century, que obviamente el Mago de Northampton ya estaba craneando cuando escribió esto. Después hay crónicas de las aventuras que ya leímos en los dos primeros tomos, pero narradas como si fueran informes de una oficina de inteligencia. Y otros textos, también larguísimos y por momentos áridos, que cuentan algunas cosas de las que no vimos, que van entre la guerra contra los marcianos en el Vol.2 y 1958. Personajes nuevos que se unieron, murieron, o se fueron (también tomados de la literatura británica, pero de principios del Siglo XX), el cambio de política del gobierno británico respecto del equipo, otra liga que no duró nada, en fin... Hechos de bastante escasa relevancia en la historia de este mundo alternativo. El tema es que por cada idea que se le ocurre, Moore te inflige una cantidad desmesurada de páginas. Para explicarte que en un momento se forma una especie de League of Extraordinary Gentlemen en Francia (con personajes tomados de la literatura de ese país), son tres páginas de una prosa densísima, casi sin ilustraciones. Para explicarte que Mina y Allan en los años ´40 viajan a Estados Unidos en una misión, cinco páginas de prosa sin imágenes, escritas al estilo del pulp yanki de esa época. Y así es muy difícil... Las ilustraciones de O´Neill son increíbles, porque el ídolo reproduce el estilo de los dibujantes e ilustradores de las distintas épocas. Pero Moore hace lo mismo con los textos y no te puedo decir "le sale mal", pero se hace muy denso, más allá de sus dotes para mimetizarse con los distintos estilos de escritura, de William Shakespeare a Mickey Spillane. El epílogo es lo peor: 18 páginas que no cuentan nada, y que podrían resumirse en tres, como mucho. Con unos dibujos magníficos de O´Neill, y efectos de 3-D creados por Ray Zone, pero realmente muy innecesario. Black Dossier es solo para los que quieren tener TODO The League of Extraordinary Gentlemen, o TODAS las obras de Kevin O´Neill, o TODAS las obras de Alan Moore. Pero no es ni a palos lo mejor de TLOEG, ni lo mejor de O´Neill, ni mucho menos lo mejor de Moore.
Me vengo a Argentina, año 2017, cuando por tercera vez el glorioso Virla (el Centro Cultural Eugenio Flavio Virla, faro de la cultura y las artes de la hermosa ciudad de Tucumán) publica una antología de historietas, con material generado en los talleres que coordina en maestro César Carrizo. Es un libro de unas 120 páginas, con errores muy notables en la edición, papel muy berreta, etc., que supongo que se regalaba. Estas páginas están repartidas entre una cantidad brutal de chicos y chicas (y señores más grandes también, supongo yo...), que además de la limitación de estar en pleno proceso de aprendizaje, tienen la limitación de contar con muy pocas páginas para desarrollar lo que quieren contar. Casi todas las historietas giran en torno a mitos y relatos sobrenaturales que tienen por escenario el Noroeste argentino, y la verdad que la calidad del material es muy desparejo. Entre muchos trabajos a los que se les notan serios errores en el dibujo, la narrativa y sobre todo los guiones, aparecen algunos nombres que rápidamente se destacan del resto. Segundo Moyano, a esta altura un referente central del under tucumano, supera ampliamente el promedio de sus compañeros. Me sorprendió encontrar acá seis páginas dibujadas por Matías Muzzillo, de quien hablamos maravillas hace no mucho a raíz de su libro Yilé. Acá el dibujo no es tan bueno, porque es cinco años anterior, pero ya se notaban una jerarquía para narrar en imágenes y una intención artística muy promisorias. Pablo Iván Ríos también, pela una impronta muy personal y sumamente profesional, con un estilo de dibujo poco narrativo, pero visualmente muy atractivo. Y cerca del final del librito aparecen las mejores cuatro páginas, las que hacen que todo haya valido la pena: Jorge Vildoza adapta un cuento de Mercedes Chenaut y, si bien no dibuja las zanjas entre las viñetas, la rompe en 8.500 pedacitos. Muy grosso lo de Vildoza, realmente. Me encantaría verlo en un formato más grande y en mejor papel. Tengo otra edición de Grafito (el Vol.4, que deduzco corresponde a 2018) y prometo leerlo pronto. Nada más, por ahora. La seguimos el mes que viene. Gracias y hasta entonces.

jueves, 30 de mayo de 2019

JUEVES DE AVENTURAS

Los dos libritos que acabo de leer parecían, a priori, muy distintos entre sí. Pero una vez leídos, me resultó llamativa la cantidad de similitudes que les encontré. Ahí vamos.
La aventura empieza en Francia, en 1982, cuando Tramber y Jano realizan un álbum de Kebra que marcaría la separación de la dupla autoral. Esta vez, en lugar de protagonizar historias cortas, Kebra se pone al hombro un relato de 40 páginas, Le Zonard des Etoiles, publicado en España como “El Macarra del Espacio”.
El dibujo de estas 40 páginas es impresionante, muy superior a los episodios anteriores e incluso a los álbumes posteriores, en los que Jano seguirá en solitario al frente de las aventuras de esta rata atropomórfica. El trabajo y la imaginación que pusieron los autores para esta epopeya de ciencia-ficción es infernal, como si le quisieran mojar la oreja a Moebius o a Philippe Druillet. La narrativa es brillante, las onomatopeyas, el color, todo está cuidadísimo y se disfruta a full.
¿Qué hace Kebra en una epopeya de ciencia-ficción? Bueno, ese es otro tema. El guión de El Macarra del Espacio es bastante blandito, apenas una sucesión no muy bien concatenada de peripecias por las que atraviesa Kebra, no exentas de impacto, pero en las que el personaje básicamente no avanza nunca un milímetro. El pibe (digámosle así) viaja a otros planetas, participa de una guerra intergaláctica, se levanta a una princesa, queda varado en un desierto, viaja en el tiempo al futuro remoto de la Tierra… y no se mueve nunca de su planteo original, el de las breves historietas ambientadas en los suburbios de París: lo suyo es sobrevivir, morfar de arriba y ponerla cada tanto, sin importar a quién hay que cagar. Se supone que una ordalía de esta envergadura le puede enseñar algo más, pero no.
Por otro lado, al aferrarse a la fórmula del típico guión de aventuras, El Macarra del Espacio es –lejos- la aventura más violenta de Kebra. Todo el tiempo aparecen conflictos, que los autores resuelven por medio de peleas, tiros, explosiones, naves que se estrellan unas contra otras y batallas campales. Por suerte en medio de todo este despelote aparecen algunas escenas más tranqui (muy bien resueltas) y alguna idea limada que no pasa por la machaca. No es un álbum que ofrezca mucho más que la bizarra acumulación de peripecias, pero sólo por el dibujo ya garpa pegarle una leída.
Salto a 2014, cuando se publica Nemo: The Roses of Berlin, la segunda novela gráfica protagonizada por Jenni Nemo, la hija del mítico capitán, a cargo de la dupla insumergible: Alan Moore y Kevin O´Neill, en la época en la que habían dejado de lado a la League of Extraordinary Gentlemen para concentrarse en este atractivo spin-off. Nunca conseguí Heart of Ice (la primera novela de Nemo), por eso me costó entender un par de cosas, pero el propio relato me fue explicando todo.
Acá también, el dibujo está fuera de escala. Lo que dibuja O´Neill en estas 50 páginas no tiene nombre, es de otra realidad. Esa versión alternativa de la Alemania nazi, emparentada con la Alemania del cine expresionista de los años ´30, es sencillamente inolvidable. Las expresiones faciales, las escenas de acción y las ilustracioness de las retiraciones de tapa y contratapa son algunos de los puntos más altos dentro de un trabajo sublime de este monstruo sin límites.
El guión de Moore, por su parte, está bien provisto de referencias literarias y cinematográficas (no las vamos a enumerar, no hace falta) y plagado de diálogos magníficos. El problema es el argumento, muy sencillo, muy lineal, donde lo único impredecible es el precio que van a pagar “los buenos” por la victoria. Como Kebra en su saga espacial, acá vemos a Nemo no moverse un milímetro de su personalidad: con casi 50 años, sigue siendo la mina dura, decidida, con un coraje y un orgullo sin parangón, que va para adelante como una locomotora a conseguir su objetivo (en este caso, rescatar a su hija y su yerno de las garras de los villanos cuasi-nazis) sin medir las consecuencias. Así se desencadenan una otras otra unas escenas de pelea inmensas, casi de blockbuster hollywoodense, en las que la apuesta sube cada vez más hasta llegar al mano a mano final con la principal antagonista. Y no hay mucho más que eso, que está muy bien, es atrapante, intenso, emotivo… pero claro, uno espera un poquito más de un genio como Alan Moore. Aún así, Roses of Berlin me dejó muy manija como para conseguir Heart of Ice, porque los personajes están obscenamente bien trabajados, el mundo es el mismo de The League…, y seguramente O´Neill me va a sorprender con otra hecatombe nuclear como la que causó en mis retinas en esta novelita.

Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 18 de mayo de 2018

MUY LINDO VIERNES

Ahora se largó a llover, pero hasta hace un rato tuvimos un día sumamente agradable acá en Buenos Aires, y en mis viajes por la ciudad aproveché para liquidar un par de libritos más.
Arranco en 2012, cuando Alan Moore y Kevin O´Neill ponen fin a Century, la trilogía de la League of Extraordinary Gentlemen cuyas dos primeras partes vimos recientemente en este espacio. Ambientada en 2009, esta tercera parte de la saga es la más rara de las tres. Es un comic claramente crepuscular, en el que los 40 años transcurridos desde el episodio anterior han sido realmente funestos para los protagonistas (tres personajes que, por distintos motivos, no mueren ni envejecen), que ahora están baqueteados, cansados, hechos mierda, más desfasados que nunca con la época en la que les toca vivir. En este último tramo, la acción pierde por goleada frente a otros temas que a Moore le interesa explorar, básicamente los cambios en la sociedad, el retroceso de aquella Londres luminosa y efervescente de 1969 a una versión oscura, desangelada, con menos onda que el batero de U2.
Por las calles de Londres (donde transcurre el grueso de la novela), Moore y O´Neill nos invitan a cruzarnos con decenas personajes de ficción, de los cuales por supuesto reconocí a muy pocos. Pero se hacen sentir las presencias de criaturas tomadas de tres mitologías surgidas en el Reino Unido que hoy gozan de gran popularidad: la de Harry Potter, la de James Bond y la de Dr. Who. De hecho, cuando finalmente Mina y sus adláteres confrontan con el Anticristo (cuyo nacimiento intentaron impedir en los tomos anteriores) este tiene los rasgos de… nah, mejor no te lo cuento. Y cuando queman las papas y nada de lo que hacen los héroes alcanza para evitar la hecatombe, aparece sin ninguna explicación otro personaje ficticio de raíces británicas: una especie de Mary Poppins hiper-poderosa, que resuelve todo muy rápido y a la que Moore ni se calienta en explicar.
Otra vez hay canciones metidas en el medio del relato, esta vez cantadas por los propios protagonistas, como para enrarecer más el clima. También hay un epílogo (las últimas tres páginas) hermoso y conmovedor, algo de sexo, algo de droga, algo de rockanrol, finas pinceladas de mala leche, una atmósfera de amargura y desolación, y la sensación de que estas tres novelas de 80 páginas se podrían haber sintetizado en una sola, de 160, ponele.
Pero por sobre todas las cosas, hay 80 páginas más nacidas del lápiz insuperable de Kevin O´Neill, un narrador gráfico descomunal, uno de los artistas que mejor combinan el virtuosismo en el dibujo con el talento en la composición de las viñetas, en el armado de las secuencias, en la creación de los climas, en el cuidado en los fondos, repletos de detalles fascinantes, de referencias que andá a saber si estaban en los guiones que le entregó el Mago. Los pocos personajes que llegan al final de Century terminan tan castigados, que no se me ocurre qué pueden llegar a hacer con ellos Moore y O´Neill en la próxima saga. Pero obviamente voy a estar ahí para averiguarlo porque estos dos monstruos siempre tienen un as bajo la manga y son garantía de historietas fuertes, cautivantes y pensadas para hacerte pensar.
Salto a 2017, cuando en Argentina se publica Pipo y Bartolo, una novela gráfica apuntada al público infantil, a cargo de Guido Barsi (de quien me tocó leer dos historietas el año pasado) y Darío Reyes, un dibujante correcto, prolijo, que trabaja en una línea cercana a la de Pier Brito. A lo largo de unas 50 páginas a todo color, el dibujo de Reyes acompaña sin sobresaltos al guión, sin tirar magia, sin asumir riesgos y sin obstaculizar el fluir del relato. Detalle no menor, ya que al tratarse de una obra apuntada a los chicos, es de vital importancia la claridad y la fluidez en la narrativa.
En todo caso, el que asume riesgos es el guión de Barsi, que plantea una intrincada paradoja temporal, con viajes en el tiempo y personas que se encuentran cara a cara con la versión futura (o pasada) de ellos mismos. Esto no resulta para nada confuso, cualquier pibe de ocho o nueve años lo puede entender de manera clara, casi automática. La resolución del conflicto central es un poco simplista, pero bueno, me parece que la idea del guionista era no prodigarse en escenas violentas. Y sí, suena todo bastante inverosímil, pero estamos hablando de viajes en el tiempo, de un perro que habla y de una mochila que funciona como un anillo de Green Lantern.
Lo único que no me terminó de cerrar son los chistes: casi ninguno me causó la menor gracia. Barsi adorna la trama con pinceladas de humor tanto físico como verbal (como indica ese manual infalible que escribió Hergé en las aventuras de Tintín) pero por lo menos en mi caso, no lograron el efecto deseado. De todos modos, se valora el esfuerzo de crear una aventura para chicos que toca un tema interesante, que no se queda en la peripecia pavota y que apela a recursos copados de la ciencia-ficción.
La seguimos la semana que viene. Grazie per tutti y buen finde.

sábado, 28 de abril de 2018

TRIPLETE DE SABADO

Superado el escollo que me resultò el primer tomito de Century, juntè huevos para entrarle al segundo, y sì, me gustò mucho màs. Sigue sin ser una aventura de la League of Extraordinary Gentlemen “de las de antes”, pero està muy, muy lograda. Ya de movida, el tono es mucho menos oscuro y solemne que en 1910, de hecho hasta me sorprendió leer un comic de Alan Moore en el que tiene tanto peso la comedia, incluso el humor verbal. Acà el misterio del culto satánico està mucho mejor explicado, y la amenaza se siente màs palpable, màs real. La historia casi no està estirada, y cuando el Mago se cuelga en detalles irrelevantes, son detalles que me suscitaron un gran interés, porque siempre me atrapò el tema de los swinging sixties y el auge de la cultura del “sexo, droga & rockanrol” en la hasta entonces muy tradicional ciudad de Londres.
La convulsionada escena del rock se va a convertir en un terreno sumamente fértil para los planes de los malos, y el sexo y la droga (presentes en muchísimos aspectos de la obra) le brindan a Moore un nuevo prisma a través del cual mostrarnos a Mina Harker y sus adláteres (Orlando y Allan Quatermain). Esta vez los protagonistas son sòlo tres, y eso le da espacio al Mago para desarrollar màs a cada uno de ellos. Ahora sì, hay una justificación màs coherente para que algunos personajes canten, y el tema que “suena” en el epìlogo (ambientado en 1977, pleno furor del punk) es una de las cosas màs geniales que escribió Alan Moore en su vida.
Kevin O`Neill se luce como pocas veces, obviamente alejado de su zona de confort. Acà casi no hay secuencias de acción (a menos que contemos como “acción” los garches de todos contra todos), casi no hay elementos fantásticos, ni tecnología futurista. Acostumbrado al grim `n gritty, el maestro da cátedra también en esta comedia luminosa, llena de colorido, con la psicodelia hippie como único elemento capaz de romper una estètica urbana muy real, bastante cercana en el tiempo (hasta yo estaba vivo en 1969), que es algo que rara vez aparece en los trabajos de O`Neill. Toda esa secuencia de Mina bajo los efectos de un àcido quedó grabada para siempre en mis retinas. Gran segunda parte de Century… y ahora a ver còmo la rematan.
Breve glosa para el Vol.2 de Y, Viste Còmo Es, segundo recopila-
torio de las tiras de Szoka, joven humorista gràfico argentino, que hace un tiempito saltò de las redes sociales a los libros. Szoka maneja un humor muy reader-friendly, muy prolijo, que a veces se anima a ser reflexivo, pero nunca resulta críptico ni llega a opacar la comicidad con la bajada de línea. Muchas tiras tienen una única viñeta y ninguna tiene màs de cuatro. En las tiras en las que Szoka recurre a la secuencia de imágenes (mis favoritas), la información està muy bien organizada y el timing bien controlado para lograr el efecto còmico buscado. El dibujo es simple, bonito, amistoso, està muy bien complementado por el color y el rotulado, y lo único que lamento es que Szoka casi no dibuje fondos, porque las pocas veces que sì lo hace, le salen muy bien. Lindo librito para pasar un rato (corto, en 20 minutos lo re-despachaste) o para quedar como un duque con alguien que no consuma habitualmente historietas, pero se cope con Quino, Liniers o Maitena.
Y cierro con un misterio insondable, algo que parece una novela gràfica, pero no sè si realmente lo es. Ciber-City, de Juan Vegetal, me llamò la atención por el dibujo, esa cosa entre naîf y podrida tìpica de Ayar B., con unos colores alucinantes que parecen puestos con marcadores medio crotos. Vegetal tiene un control notable de esta estètica y lo demuestra en todo, desde dibujitos onda meme hasta en paisajes urbanos complejísimos. Nada se ve muy real, pero no es la idea. El autor tiene su propia versión de la psicodelia, y la combina con un amplio abanico de referencias al mundo de la informática y los videojuegos, con una pàtina retro, o de berretada de fines de los ’90. Visualmente, lo único que no me gustò es el rotulado, muy precario, con tacahaduras y varias faltas de ortografía. El resto, me resultò muy atractivo.
En cuanto al guiòn… ahì sì, no entendí nada. Me gustaron algunos diálogos, pero no terminè de descifrar la estructura dramática de la obra, cuàles son los conflictos… Hay páginas que se leen como si fueran una historieta unitaria, o un chiste… otras que amagan con ir para ese lado y terminan por ser una especie de aviso publicitario, otras donde no me quedó claro cuàl es el vìnculo entre las distintas viñetas o grupos de viñetas… Claramente no hay una narrativa lineal, y el propio autor hace referencia a esto, blanquea de un modo bastante irónico que no hay una forma diáfana de leer Ciber-City y entenderla como se entiende una historieta normal. Incluso el propio Vegetal subraya las inconsistencias del “guiòn”, los cambios inexplicables en la apariencia de algunos personajes… Sumale los dibujos (o secuencias) que se repiten sin ningún sentido , las páginas con viñetas donde sòlo se ven masas negras… y es todo muy raro, muy freak.
Me imagino que habrá un público lo suficientemente joven (o bajo los efectos de las drogas correctas) como para sintonizar la onda de Ciber-City y decodificar sin mayores inconvenientes esto que para mì es un enigma narrativo complejísimo. Yo, por mi parte, creo que sòlo vuelvo a apostar por un comic de Juan Vegetal si forma equipo con un guionista.
Creo que mañana vuelvo a postear videos en YouTube, asì que atenti. Y en Mayo, no menos de 10 posteos acà en el blog. Gracias y hasta pronto.

lunes, 16 de abril de 2018

TARDE DE LUNES

Después de un finde entero en Dibujados, vi tanta historieta argentina que quiero descansar un poquito de la misma. Capaz que esta semana leo sólo material de autores extranjeros. Pero para reseñar hoy, tengo dos libros leídos entre viernes y sábado, uno de ellos de producción nacional. Ahí vamos.
En 2009, Alan Moore y Kevin O´Neill retoman la gloriosa League of Extraordinary Gentlemen con tres libritos de 80 páginas, englobados bajo el título de Century. Por supuesto mi expectativa era altísima… y el resultado, más o menos. En primer lugar, no entiendo (supongo que lo entenderé cuando lea los otros dos tomitos) si esta entrega, 1910, se considera autoconclusiva o si es el primer tramo de una trilogía. Tengo la duda, porque Moore plantea dos líneas argumentales y resuelve una sóla (la del ascenso de la hija de Nemo a capitana del Nautilus). La otra, la investigación de Mina Harker y sus adláteres en torno a un culto satanista (o algo así), queda bastante abierta, aunque no me extrañaría que el Mago la retomara en la segunda entrega, ambientada en 1969. Y el gran problema que tiene Century: 1910 es que está groseramente estirada. Moore narra en 80 páginas lo que podría resumirse sin ningún sobresalto en 40 páginas, 48 siendo sumamente generosos. A tal punto llega la estirada, que hay hasta ¡canciones! Escenas en las que el comic parece una peli musical, de esas en las que los personajes cantan canciones relacionadas a lo que está sucediendo en la imagen.
De todos modos, Moore le saca un rico jugo al período histórico, a los nuevos personajes que rodean a Mina (habrá que ver si los desarrolla un poco más en las secuelas) y nunca faltan ni la acción, ni la runfla, ni las escenas fuertes, ya sea truculentas o emotivas. Y por supuesto, cuando entran en juego los dibujos de O´Neill, cualquier historia, por chota que sea, o por estirada que esté, cobra un atractivo irresistible. No termino de decidir si banco o no la labor del colorista, porque por momentos me encantó y por momentos me hizo un poco de ruido. Pero la magia de O´Neill late fuerte y se lleva puesto todo lo que le pongas adelante o en este caso, encima. Veremos como sigue la trilogía; ni bien me recupere de este nuevo exceso de Alan Moore, le entro a Century: 1969.
Me vengo a 2017, cuando se publica en Argentina la primera novela gráfica de Jazmín Varela, titulada Guerra de Soda. Esta es una obra autobiográfica, que no tiene un hilo conductor, no está atravesada por un conflicto, sino que está armada con varias anécdotas de la infancia e inicios de la adolescencia de la autora. Las anécdotas son triviales, típicas boludeces de nenas de 10 u 11 años, con algún chispazo de dramatismo en la del melenudo de barba que corre a las chicas por la calle. El resto transita entre la comedia costumbrista y la nada misma, no veo historias fuertes, de esas capaces de atraparme o involucrarme como lector.
Pero mi problema principal con esta obra (y otras que se le asemejan) pasa por el dibujo. En estas páginas, Jazmín Varela no muestra recursos que le permitan: a) diferenciar las figuras de los fondos, b) transmitir sensación de profundidad mediante la perspectiva o el volumen, c) generar efectos de iluminación mediante técnicas de sombreado, d) diferenciar a los personajes adultos de los niños. O sea que, aunque me gustara su estilo gráfico, tengo que señalar que no es un estilo idóneo para narrar una historia en imágenes. Y hay más: Guerra de Soda prescinde de los bordes de las viñetas, de punta a punta de la novela. Eso es, sin dudas, una canchereada. Es salir a la cancha a tirar y sombreritos. Es algo que puede hacer el Diego, o Ricky Centurión. Si lo hago yo, me como una lluvia de monedazos de la tribuna. Y en historieta, lo puede hacer… Will Eisner, ponele. No una autora con menos de 30 años en su primera novela gráfica. El resultado es que muchas veces hay que adivinar dónde termina una viñeta y dónde empieza la siguiente, lo cual obstaculiza mucho el flujo del relato. Si además de pedirme que decodifique cuáles son los personajes y cuáles los elementos de los fondos, me pedís que deduzca dónde están los límites de la viñeta, por lo menos tené la cortesía de recompensarme con una historia más interesante que “fui a la pileta en bikini y todas las otras chicas tenían mallas enterizas”.
Mini-párrafo aparte para ese sinfín de páginas en blanco, carátulas y chamuyos varios que no aportan nada a la historia y deslucen una edición muy cuidada. Este era un libro para editarse con 12 o 16 páginas menos. Pero bueno, es evidente que hay editores decididos a apostar por este tipo de historietas, y supongo que ven cosas que uno no ve, valoran aspectos que uno no tiene en cuenta y sintonizan con un público con el que yo no sintonizo, que no sé si consume otras historietas, pero que recibe a estas con genuino entusiasmo. A esta altura de mi vida, realmente no le encuentro ningún atractivo a Guerra de Soda y trataré de no volver a ensartarme con otras obras de Jazmín Varela.
Gracias por la onda de siempre y nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.

miércoles, 1 de octubre de 2014

01/ 10: METALZOIC

Esta es una historieta de 1986, cuando DC estaba haciendo sus primeras armas en materia de novelas gráficas y tenía como principal consigna para las mismas evitar la temática superheroica y explorar terrenos más cercanos a la fantasía y la ciencia-ficción, algo que Marvel hacía sobre todo en la revista Epic. En esa línea de novelas gráficas apareció esta obra de Pat Mills y Kevin O´Neill, dos maestros británicos que para este entonces llevaban muchos años trabajando juntos y mucha historieta grossa en su currículum.
Me acuerdo que leí Metalzoic cuando salió, porque justo alguien viajó a EEUU y me la trajo de regalo. Yo tenía 18 años, cero idea de quiénes eran Mills y O´Neill, y me acuerdo que no me gustó un carajo. Me pareció un híbrido pedorro entre un comic yanki y una típica serie de ciencia-ficción para adultos de las que leíamos todos los meses en Métal Hurlant, o Zona 84. Hoy, leída de grande, no me pareció mucho mejor. Principalmente porque ahora sí conozco las obras grossas de Mills y O´Neill y en la comparación con Nemesis the Warlock, A.B.C. Warriors o Marshal Law, me queda claro que Metalzoic pierde por goleada.
Lo cual no quiere decir que sea una bosta irreivindicable. Tiene sus cosas atractivas, sobre todo en el guión. Sin esta novela gráfica no existiría Transformers: Beast Wars, por ejemplo. Porque acá nace el concepto de los animales robóticos agrupados en clanes en una tierra cuasi-devastada. Los diálogos están buenos, hay escenas muy impactantes, machaca fuerte y bien dosificada… No es un comic aburrido, ni excesivamente pretencioso, ni demasiado cabeza. Pero en el contexto de la obra de estos dos próceres y en el contexto de lo que se editaba en EEUU en 1986, la tenemos que poner en la lista de las historietas “menores”.
Quizás la mayor decepción venga por el lado del dibujo. Abajo de esa portada majestuosa de Bill Sienkiewicz, tenemos al maestro O´Neill muy a media máquina, como jugando a ocultar sus rasgos identitarios. Muy pocas viñetas nos ofrecen esa sobrecarga de detalles tan típica del ídolo; a las criaturas metálicas parece faltarles onda, complejidad, más laburo; los rostros de los personajes humanos parecen de otro dibujante, o de O´Neill imitando sin éxito a dibujantes más finos, más “caretas” tipo P. Craig Russell. Lo mejor sin dudas es verlo a O´Neill asumir riesgos en materia de puesta en página que quizás no asumía en sus trabajos para los semanarios británicos.
Y lo peor, lejos, es el color. Esto en blanco y negro levantaría muchísimo (aunque se notaría más la falta de los detallitos puntillosos clásicos de O´Neill) simplemente por lo horrendo que es el color. La novela no acredita a ningún colorista, con lo cual tenemos que suponer que fue el propio O´Neill el que perpetró estos crímenes contra sus dibujos, el que desarrolló esa paleta chata, sin onda, aplicada sin criterio, plagada con vicios columberos como viñetas enteras pintadas todas de amarillo o todas de celeste, sin atención a los climas, sin matices ni efectos de iluminación. Encima algunos personajes son tan parecidos entre sí que el color resulta fundamental para distinguirlos. Cuando O´Neill los pinta a todos del mismo color, hay que prestar demasiada atención para darse cuenta de quién es cada uno. Hay algunos dibujos realmente zarpados, al nivel de lo que uno espera de esta bestia asesina. Pero la verdad es que son muy pocos y el color los empaña demasiado.
¿Recomiendo conseguir Metalzoic? No sé… supongo que los muy fans de Pat Mills y Kevin O´Neill ya tendrán todas sus obras para el mercado británico y toda la colección de Marshal Law, y ahí sí, vale la pena sumar esta obra a la colección, casi por completismo. A los que todavía no descubrieron a esta dupla fundamental del comic británico (y por qué no mundial) les recomiendo empezar por otro lado. En su momento, Metalzoic puede haber sido rara o rupturista para el mercado yanki, pero para los que leíamos comic europeo en los ´80 sin duda deja gusto a poco.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

22/ 12: NEMESIS THE WARLOCK Vol.1


Vuelvo a Inglaterra, a principios de los ´80, a encontrarme con otra de las grandes creaciones del maestro Pat Mills. No quiero reiterar la perorata acerca de este prócer del comic británico poco conocido en los países de habla hispana. En todo caso, recomiendo hacer click en la etiqueta y leer (o releer) la reseña de A.B.C. Warriors.
Nemesis the Warlock empezó como una idea limada más entre un montón de ideas limadas que Mills y el genial Kevin O´Neill tiraron para un unitario en la 2000 A.D.. A ese unitario le siguió otro, después se replanteó la idea para convertirla en un serial de largo aliento y cuando se quisieron dar cuenta, había nacido una de las duplas más fértiles de los ´80, responsable además de Marshal Law, la obra que los hizo realmente conocidos en los EEUU.
La serie narra, a grandes rasgos, el conflicto cruento, salvaje, a todo o nada entre Nemesis, un demonio con superpoderes oriundo del planeta Gandarva, y Tomás Torquemada, el Gran Inquisidor del planeta Termight (otrora la Tierra), fanático xenófobo que lidera ejércitos enteros de terminators con un único objetivo: el exterminio definitivo de todos los alienígenas, no sólo en Termight, sino en todos los planetas del vasto imperio con sede en este. A lo largo de las primeras cuatro sagas (sí, este tomo trae CUATRO sagas completas, cientos y cientos de páginas originalmente publicadas en episodios semanales de ocho páginas), Mills nos deja en claro que el demonio que le da título a la historieta es tan protagonista de la misma como el maligno genocida al que se enfrenta. Olvidate del héroe bueno, íntegro y moralista: Nemesis a veces le gana a Torquemada porque juega más sucio que él. Esto tiene más sabor a comic europeo para adultos (en realidad, para adolescentes) que a clásica saga de superhéroes, con niveles de crueldad, violencia y torturas realmente zarpado.
La última de las cuatro sagas (la del planeta Gothic, donde los aliens imitan la forma de vida de la Inglaterra victoriana) es la más floja a nivel guión, pero Mills la levanta con una astuta triquiñuela: la de integrar esta saga al universo que ya venía explorando en series como Ro-Busters y A.B.C. Warriors. Al sumar personajes ya conocidos por el lector, le agrega complejidad a una trama medio gastada, sin perder tiempo en explicar quién es y de qué juega cada nuevo jugador. Y las tres primeras sagas son cátedras, con muy buenas ideas, muchísima acción, mucho desarrollo de personajes, humor negro, runfla política y constante bajada de línea contra la xenofobia (hay que mandarle un tomo a Mauricio, a ver si lo entiende).
Kevin O´Neill dibuja la primera y la tercera saga, y entre una y otra mejora una barbaridad. Y empezó en un nivel altísimo, así que imaginate cómo termina. Hay momentos en los que la creatividad de O´Neill explota, desborda los confines de la historia, estalla en miles de esquirlas desaforadas (de las cuales una se le clavó en el cerebro a Quique Alcatena), pero el tipo jamás se olvida de que esto es comic y que hay que usar el dibujo para narrar. Impresionante.
La segunda saga la dibuja el español Jesús Redondo, un tipo más clásico, de gran manejo del claroscuro, una especie de Juan Zanotto con cositas de Carlos Ezquerra y Alfonso Font. Y en la cuarta saga tenemos uno de los primeros trabajos del maestro Bryan Talbot, acá en su estilo más barroco, más sobrecargado, más dark y a la vez con algunos toques caricaturescos (que recuerdan a la época under de Richard Corben) que después va a dejar de lado. Si leíste Luther Arkwright (y si no, leelo ya), sabés que a Talbot le encanta recrear ambientaciones históricas con un twist fantástico, y acá Mills se la sirve en bandeja. Talbot no deja un centro sin cabecear y se brinda entero en más de 80 páginas dibujadas en un nivel muy, pero muy notable, infrecuente en un dibujante poco curtido.
Nemesis the Warlock es comic de entretenimiento, pensado para atrapar semana a semana a los jóvenes lectores (varones, obvio) de la 2000 A.D. de hace 30 años. Pero Mills y sus dibujantes le pusieron la pasión y el talento suficientes como para que hoy se lea no como una verduleada hecha por kilo, sino como un comic de alto impacto, intenso, potente y con una impronta autoral mucho más marcada que en casi cualquier otro comic del mainstream británico. Muy grosso.