No estoy con muchas ganas de escribir, pero creo que mañana voy a tener menos ganas y casi seguro menos tiempo, así que ahí vamos.
Arranco con Seraphim-2666133336Wings, un manga co-creado por dos de los más grandes directores de la historia del animé: Mamoru Oshii y Satoshi Kon, con dibujos de este último. Son unas 220 páginas, que cuentan… con mucha suerte un tercio de la historia. En algún momento de la serialización (allá por 1994) se produjo un cortocircuito en la dupla autoral y Seraphim quedó ahí, inconclusa, cuando la trama todavía tenía muchísimas incógnitas por resolver.
Estamos hablando de una historieta profunda, compleja, con acción y tiros, con conspiraciones y runfla política, situada en un futuro post-apocalíptico y cercano, narrada en un tono muy realista, circunspecto, dramático. Los elementos fantásticos tienen mucho peso en la trama y son interesantísimos, porque vienen de dos palos distintos: algunos tienen una explicación cuasi-científica y otros (los vinculados a Sera, la misteriosa niña que es niña hace un montón de años) parecieran estar vinculados a cuestiones místicas o metafísicas.
Oshii y Kon logran generar una intriga que te atrapa y te pone nervioso, y que crece a la par del ritmo de la aventura. La segunda mitad del libro es claramente más ganchera, con mejores y más impactantes revelaciones, mientras que en la primera mitad, los autores te están presentando este mundo en crisis y cada vez que dos personajes se encuentran, uno le explica al otro cómo funcionan ciertos aspectos de esta sociedad arrasada por una enfermedad misteriosa, a veces en diálogos muy extensos, que conspiran contra la agilidad del relato.
Lo mejor que tiene Seraphim es el planteo, el tratamiento de uno de los personajes (el Inspector Melchor, también conocido como “Jacob, el mata países”), el clima ominoso y –muy por encima de todo eso- el dibujo de Satoshi Kon, que está fuera de escala. Acá vemos al director de Paprika y Perfect Blue dejar la vida en cada viñeta y obsequiarnos un trabajo absolutamente insuperable en materia de fondos, aplicación de grises, expresiones faciales, planificación de las secuencias mudas… Me imagino que Kon habrá trabajado en equipo con muchos asistentes, porque cada página de Seraphim tiene una cantidad de laburo inhumano, más allá de la calidad, que es sublime. ¡Qué bestia que era este tipo y qué pena que no haya producido más mangas!
Me voy a Francia, a 2011, cuando Aude Picault publica Fanfare, conocido en nuestro idioma como “Charanga”, gracias a la edición de la extinta Sins entido. Estamos frente a una historieta que logra algo muy difícil: mantener nuestra atención durante casi 90 páginas sin nada parecido a un conflicto fuerte, sobre el cual apoyar el desarrollo del argumento.
Picault nos sitúa en un pueblito de Francia donde se realiza cada año un festival, al que concurren bandas de música, muchas y muy numerosas, a tocar y sobre todo a escabiar. Durante los días del festival, los miembros de las “charangas” tienen canilla libre en todos los bares del pueblo y parte de la gracia es chupar hasta caer en el arruine más absoluto. Lo más parecido a una trama es el fragmento en el que Alde, una joven que toca el trombón, recorre varios lugares de este pueblo tratando de encontrar a Bilu, el chico que le gusta. Pero el dato de que Bilu no asistirá al festival se lo dan a Alde 50 páginas antes del final. De ahí en más, la protagonista pasa a ser testigo. La vemos deambular por el pueblito, interactuar con chicos y chicas de distintas charangas, hablar boludeces, ver cómo sus interlocutores vuelcan del pedo que tienen y –cerca del final- fisurar ella también.
Casi toda la obra adopta un tono más descriptivo que narrativo, con los personajes convertidos en guías, que están ahí para llevar al lector de la mano, en esta recorrida por el pueblo copado por esta legión de músicos amantes de la fiesta y el escabio. No es fácil, me parece, lograr mantener el interés en un relato de este tipo, sobre todo en un comic, donde la música no se oye y la birra no se degusta. Pero bueno, los diálogos son divertidos, Alde es un personaje querible casi a pesar suyo y está todo muy, pero muy bien dibujado por una autora de trazo simple, fresco, con una línea hiper-clara, con mucha atención por el lenguaje corporal y las expresiones faciales, un gran manejo de las onomatopeyas, un tratamiento hermoso del color y un recurso que está bueno para transmitir la sensación de libertad, de descontrol en el sentido de escasez de reglas: Picault no le dibuja los marcos a las viñetas en toda la obra, como lo hiciera alguna vez el glorioso Will Eisner.
No te quiero vender el chamuyo de que Charanga es una obra fundamental del comic contemporáneo, pero es algo distinto, muy logrado en un montón de aspectos, que me alcanzó y sobró para poner a Aude Picault en la lista de los historietistas a los que conviene seguir de cerca.
Volvemos a encontrarnos pronto, cuando tenga más libros leídos. Y nos vemos cara a cara el lunes, con los que se hayan inscripto en el seminario de Historia de los Superhéroes que voy a estar dictando los cuatro lunes de Marzo.
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martes, 28 de febrero de 2017
domingo, 7 de agosto de 2016
LOS TRES DE ESTA SEMANA
Sigo leyendo a un ritmo lento, más o menos un libro cada dos días. Si sigo así, el material que me compré el mes pasado en España lo voy a empezar a leer en Octosto o Juliembre de 2017. Y el material argentino que sale esta semana por Crack Bang Boom, ni idea. Capaz que en 2018.
Arranco con el primer tomo de Suburban Nightmares, una extraña gema de la segunda mitad de los ´80 que nunca había podido conseguir. Esta es “la hermana menor” de The Silent Invasion, la galardonada saga de los canadienses Larry Hancock y Michael Cherkas. De hecho, algunas de estas historias se publicaron como back-ups en esa revista. La gran diferencia entre Silent Invasion y Suburban Nightmares es que acá se suma un tercer autor al equipo, el dibujante John Van Bruggen, con lo cual la participación de Cherkas es menor. Además de historias en las que Van Bruggen se acopla perfectamente al estilo de Cherkas, hay otras en las que prueba otras cosas y sirven para ampliar el registro gráfico y mostrar la versatilidad de estos canadienses, que quedaron irremediablemente encasillados en el “estilo atómico” pero obviamente saben hacer otras cosas. Los guiones de Hancock son desparejos: la primera historieta (la más larga) es brillante y entre las historias más breves hay algunas geniales, otras simpáticas y otras que no aportan demasiado. Por supuesto que yo compro esto por los dibujos, pero Hancock tiene un bonus en sus historias que me resulta MUY atractivo: todo el tiempo juega con el humo que compraron los yankis en los ´50, cuando el trabajo, la familia y el progreso (corporizado en modernos electrodomésticos) eran sagrados y los comunistas y los marcianos llevaban terror a esos corazones nobles y amistosos. No es el único guionista que se metió con ese tema, pero lo hace realmente muy bien.
Opus es una de las dos obras que el maestro Satoshi Kon dejó inconclusas, en este caso porque cerró abruptamente la revista en la que se serializaba. Pero esta edición de Dark Horse (que reproduce la edición japonesa de 2011) incluye las páginas inéditas, las que se dieron a conocer después de la muerte de Kon y en las que el genio de la animación busca darle un final decoroso a su manga… y termina por convertirlo en un clásico definitivo. Opus juega todo el tiempo con dos niveles de realidad: el de un mangaka que está por terminar su obra más extensa y popular y los personajes y el mundo que él mismo creó para el manga y que ahora empiezan a interactuar con él de un modo… por lo menos sorprendente. El resultado es un meta-manga que (como Bakuman) revela mucho del backstage de los mangas más populares, pero esta vez en clave de aventura, con un villano zarpadísimo, persecuciones, combates, secuestros, torturas y muertes. Gran laburo del inolvidable Satoshi Kon, cuyo talento inverosímil para el dibujo, la composición y la perspectiva brilla incluso en esas páginas inéditas que están sin entintar.
Y cierro con el segundo tomo de Promethea, el hiper-clásico de Alan Moore y J.H. Williams III, con seis episodios uno más increíble que el otro. Los seis son joyas absolutas, pero hay dos que opacan al resto: acá está el famoso episodio en el que Promethea garcha con el viejo que promete enseñarle magia, y esa cátedra infinita en la que Moore repasa los 21 arcanos del tarot y los usa para explicar ¡en verso! la historia de la Humanidad (o por lo menos de Occidente) desde el big-bang hasta el cambio de milenio del año 2000. Uno sabía que del Mago se podía esperar mucho más que del guionista promedio, pero aún así esas 24 páginas fueron demasiado. Me acuerdo el impacto que me produjeron en su momento, cuando las leí en revistita, y ahora de nuevo, se me volvió a caer al piso la mandíbula. Lo que hacen Moore y Williams en Promethea es sacarle el techo a la historieta como medio artístico y de expresión. Sí, hay una heroína, sí, hay villanos, sí, hay aventuras y peligros… pero esto es otra cosa. Ya desde la puesta en página, sin necesidad de leer un sólo texto, resulta obvio que acá hay otra ambición, otra complejidad y otro nivel de talento, por supuesto. Estoy disfrutando muchísimo la relectura de Promethea. Pronto me clavo el Vol.3.
Como todos los años a esta altura de Agosto, este jueves arranca Crack Bang Boom y nos vamos cuatro días a Rosario, a vivirlo a full. Eso significa que hay pocas chances de tener nuevas reseñas antes del lunes, y lo más importante: que nos podemos encontrar en vivo y charlar un rato de comics. Si andás por la Crack, no dejes de acercarte a saludar a mi stand, y de paso llevate papa muy fina a precios cuidadísimos. ¡Nos vemos allá!
Arranco con el primer tomo de Suburban Nightmares, una extraña gema de la segunda mitad de los ´80 que nunca había podido conseguir. Esta es “la hermana menor” de The Silent Invasion, la galardonada saga de los canadienses Larry Hancock y Michael Cherkas. De hecho, algunas de estas historias se publicaron como back-ups en esa revista. La gran diferencia entre Silent Invasion y Suburban Nightmares es que acá se suma un tercer autor al equipo, el dibujante John Van Bruggen, con lo cual la participación de Cherkas es menor. Además de historias en las que Van Bruggen se acopla perfectamente al estilo de Cherkas, hay otras en las que prueba otras cosas y sirven para ampliar el registro gráfico y mostrar la versatilidad de estos canadienses, que quedaron irremediablemente encasillados en el “estilo atómico” pero obviamente saben hacer otras cosas. Los guiones de Hancock son desparejos: la primera historieta (la más larga) es brillante y entre las historias más breves hay algunas geniales, otras simpáticas y otras que no aportan demasiado. Por supuesto que yo compro esto por los dibujos, pero Hancock tiene un bonus en sus historias que me resulta MUY atractivo: todo el tiempo juega con el humo que compraron los yankis en los ´50, cuando el trabajo, la familia y el progreso (corporizado en modernos electrodomésticos) eran sagrados y los comunistas y los marcianos llevaban terror a esos corazones nobles y amistosos. No es el único guionista que se metió con ese tema, pero lo hace realmente muy bien.
Opus es una de las dos obras que el maestro Satoshi Kon dejó inconclusas, en este caso porque cerró abruptamente la revista en la que se serializaba. Pero esta edición de Dark Horse (que reproduce la edición japonesa de 2011) incluye las páginas inéditas, las que se dieron a conocer después de la muerte de Kon y en las que el genio de la animación busca darle un final decoroso a su manga… y termina por convertirlo en un clásico definitivo. Opus juega todo el tiempo con dos niveles de realidad: el de un mangaka que está por terminar su obra más extensa y popular y los personajes y el mundo que él mismo creó para el manga y que ahora empiezan a interactuar con él de un modo… por lo menos sorprendente. El resultado es un meta-manga que (como Bakuman) revela mucho del backstage de los mangas más populares, pero esta vez en clave de aventura, con un villano zarpadísimo, persecuciones, combates, secuestros, torturas y muertes. Gran laburo del inolvidable Satoshi Kon, cuyo talento inverosímil para el dibujo, la composición y la perspectiva brilla incluso en esas páginas inéditas que están sin entintar.
Y cierro con el segundo tomo de Promethea, el hiper-clásico de Alan Moore y J.H. Williams III, con seis episodios uno más increíble que el otro. Los seis son joyas absolutas, pero hay dos que opacan al resto: acá está el famoso episodio en el que Promethea garcha con el viejo que promete enseñarle magia, y esa cátedra infinita en la que Moore repasa los 21 arcanos del tarot y los usa para explicar ¡en verso! la historia de la Humanidad (o por lo menos de Occidente) desde el big-bang hasta el cambio de milenio del año 2000. Uno sabía que del Mago se podía esperar mucho más que del guionista promedio, pero aún así esas 24 páginas fueron demasiado. Me acuerdo el impacto que me produjeron en su momento, cuando las leí en revistita, y ahora de nuevo, se me volvió a caer al piso la mandíbula. Lo que hacen Moore y Williams en Promethea es sacarle el techo a la historieta como medio artístico y de expresión. Sí, hay una heroína, sí, hay villanos, sí, hay aventuras y peligros… pero esto es otra cosa. Ya desde la puesta en página, sin necesidad de leer un sólo texto, resulta obvio que acá hay otra ambición, otra complejidad y otro nivel de talento, por supuesto. Estoy disfrutando muchísimo la relectura de Promethea. Pronto me clavo el Vol.3.
Como todos los años a esta altura de Agosto, este jueves arranca Crack Bang Boom y nos vamos cuatro días a Rosario, a vivirlo a full. Eso significa que hay pocas chances de tener nuevas reseñas antes del lunes, y lo más importante: que nos podemos encontrar en vivo y charlar un rato de comics. Si andás por la Crack, no dejes de acercarte a saludar a mi stand, y de paso llevate papa muy fina a precios cuidadísimos. ¡Nos vemos allá!
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sábado, 13 de septiembre de 2014
13/09: HISTORIAS CORTAS DE SATOSHI KON
Al final este libro lo tenía. El que no me pude comprar fue el de historias cortas de Naoki Urasawa, que era el que valía una fortuna y terminó en lo de un amigo que me ganó de mano. Evidentemente tengo la cabeza hecha una ensalada, condimentada con caca. Pero vamos a ver con qué me encontré en estas 400 y pico de páginas pensadas para reunir todas las obras cortas del malogrado genio Satoshi Kon, originalmente publicadas entre 1984 y 1989.
La primera historia tiene sólo 32 páginas, pero Kon mete elementos como para una serie de 20 tomos de 200 páginas. Inventa un mundo futurista, personajes con poderes mentales, un conflicto grosso… todo daba para seguir la historia muchísimos años y estirarla hasta el infinito, no resolverla ni a palos en la página 32. La segunda historia tiene acción, persecuciones y piñas, pero es básicamente una comedia estudiantil, sin elementos fantásticos, centrada en una pica entre los jugadores de beisbol y los de futbol, en una misma escuela secundaria. Tiene momentos muy graciosos y un verosímil que sólo funciona en Japón, donde en una de esas, alguna de estas cosas podría suceder en la realidad. Le sigue una historia más tranqui, sin conflictos, más chiquita, protagonizada por un pibe petisito que la rompe jugando al beisbol. Si no conocés bien las reglas de ese deporte, disfrutá del dibujo pero ni intentes seguir el argumento.
Con las 32 páginas de Verano de Nervios, cualquier guionista de Hollywood se hace un festín. Quizás sea la mejor historia del tomo, la que mejor combina acción, romance y comedia. También hay un verosímil muy frágil, pero los personajes y la trama son tan gancheros que te olvidás de todo y te dejás llevar de una por esta montaña rusa de emociones. Así se escribe un unitario memorable. La siguiente historia (también chiquita, realista, lo-fi) tiene una buena premisa y buenos diálogos pero me cerró un poco menos. Algo del giro final se intuye a mitad de camino y le resta impacto a las sorpresas. Las 24 páginas de La Hora de los Adioses van claramente para el lado de la comedia estudiantil, con dos tramas más o menos entrelazadas. Tampoco me terminó de convencer a pesar de los díalogos muy cómicos.
Otro unitario inmejorable, lindísimo para ser llevado a la pantalla, es Kidnappers, con apenas 25 páginas y un ritmo tan espectacular que parece que durara mucho más. Acá el autor te quita el aliento de entrada y te hace vivir persecuciones y emociones alucinantes a partir de una idea argumental sencilla y a la vez perfecta. Los Visitantes es una de fantasmas que no logró ponerme nervioso, quizás porque Kon no se decide a jugarse todo por el tono dramático, o quizás porque tiene demasiados personajes.
Satoshi Kon se vuelca a la aventura histórica, en el Japón feudal, con las 60 páginas de la impactante y cautivante Waira. Con más viñetas por página y un trazo que muta para adoptar yeites de Moebius y de Hiroshi Hirata, esta epopeya seduce a fuerza de misterio, climas ominosos, violencia y personajes muy bien trabajados. Paso por alto tres unitarios menores, que no me aportaron demasiado, para poder hablar de otros dos, más notables. Más Allá del Sol no llega siquiera a tener un argumento: es una idea visual llevada al límite, utilizada por Kon para poner en marcha un mecanismo narrativo devastador, otra montaña rusa, pero más física, más evidente, dibujada como la mega-hiper-concha de Dios, cómica al mango y vibrante de principio a fin. Una extraña gema en la corona del ídolo. Y el tomo cierra con la extensa Cautivos, la primera historieta publicada por Kon, a la que se le nota la falta de experiencia en el armado de la trama, en la entrada y salida de escena de los personajes y un dibujo todavía poco original, bastante genérico.
Si (como yo) sos fan de este ícono del animé y querés tener todos sus mangas (que no son tantos), este libro no puede faltar en tu biblioteca. Muchas veces asociado con Katsuhiro Otomo (de quien fue fan, amigo y socio), Satoshi Kon fue mucho más que un continuador de la estética del creador de Akira. Fue un gigante del Noveno Arte por mérito propio, algo que nos quedó claro cuando vimos Tropic of the Sea (02/06/14) y que se termina de hacer obvio con varias de las historias cortas de este tomo, todas con más de 25 años pero muchas insuperables aún hoy. Gloria eterna para él.
La primera historia tiene sólo 32 páginas, pero Kon mete elementos como para una serie de 20 tomos de 200 páginas. Inventa un mundo futurista, personajes con poderes mentales, un conflicto grosso… todo daba para seguir la historia muchísimos años y estirarla hasta el infinito, no resolverla ni a palos en la página 32. La segunda historia tiene acción, persecuciones y piñas, pero es básicamente una comedia estudiantil, sin elementos fantásticos, centrada en una pica entre los jugadores de beisbol y los de futbol, en una misma escuela secundaria. Tiene momentos muy graciosos y un verosímil que sólo funciona en Japón, donde en una de esas, alguna de estas cosas podría suceder en la realidad. Le sigue una historia más tranqui, sin conflictos, más chiquita, protagonizada por un pibe petisito que la rompe jugando al beisbol. Si no conocés bien las reglas de ese deporte, disfrutá del dibujo pero ni intentes seguir el argumento.
Con las 32 páginas de Verano de Nervios, cualquier guionista de Hollywood se hace un festín. Quizás sea la mejor historia del tomo, la que mejor combina acción, romance y comedia. También hay un verosímil muy frágil, pero los personajes y la trama son tan gancheros que te olvidás de todo y te dejás llevar de una por esta montaña rusa de emociones. Así se escribe un unitario memorable. La siguiente historia (también chiquita, realista, lo-fi) tiene una buena premisa y buenos diálogos pero me cerró un poco menos. Algo del giro final se intuye a mitad de camino y le resta impacto a las sorpresas. Las 24 páginas de La Hora de los Adioses van claramente para el lado de la comedia estudiantil, con dos tramas más o menos entrelazadas. Tampoco me terminó de convencer a pesar de los díalogos muy cómicos.
Otro unitario inmejorable, lindísimo para ser llevado a la pantalla, es Kidnappers, con apenas 25 páginas y un ritmo tan espectacular que parece que durara mucho más. Acá el autor te quita el aliento de entrada y te hace vivir persecuciones y emociones alucinantes a partir de una idea argumental sencilla y a la vez perfecta. Los Visitantes es una de fantasmas que no logró ponerme nervioso, quizás porque Kon no se decide a jugarse todo por el tono dramático, o quizás porque tiene demasiados personajes.
Satoshi Kon se vuelca a la aventura histórica, en el Japón feudal, con las 60 páginas de la impactante y cautivante Waira. Con más viñetas por página y un trazo que muta para adoptar yeites de Moebius y de Hiroshi Hirata, esta epopeya seduce a fuerza de misterio, climas ominosos, violencia y personajes muy bien trabajados. Paso por alto tres unitarios menores, que no me aportaron demasiado, para poder hablar de otros dos, más notables. Más Allá del Sol no llega siquiera a tener un argumento: es una idea visual llevada al límite, utilizada por Kon para poner en marcha un mecanismo narrativo devastador, otra montaña rusa, pero más física, más evidente, dibujada como la mega-hiper-concha de Dios, cómica al mango y vibrante de principio a fin. Una extraña gema en la corona del ídolo. Y el tomo cierra con la extensa Cautivos, la primera historieta publicada por Kon, a la que se le nota la falta de experiencia en el armado de la trama, en la entrada y salida de escena de los personajes y un dibujo todavía poco original, bastante genérico.
Si (como yo) sos fan de este ícono del animé y querés tener todos sus mangas (que no son tantos), este libro no puede faltar en tu biblioteca. Muchas veces asociado con Katsuhiro Otomo (de quien fue fan, amigo y socio), Satoshi Kon fue mucho más que un continuador de la estética del creador de Akira. Fue un gigante del Noveno Arte por mérito propio, algo que nos quedó claro cuando vimos Tropic of the Sea (02/06/14) y que se termina de hacer obvio con varias de las historias cortas de este tomo, todas con más de 25 años pero muchas insuperables aún hoy. Gloria eterna para él.
lunes, 2 de junio de 2014
02/ 06: TROPIC OF THE SEA
Satoshi Kon, el genial director de animación tempranamente fallecido en 2010 con sólo 47 años, tuvo unas pocas incursiones en el mundo del manga, una de las cuales vimos allá por el 31/10/10. Entre su no muy vasta obra, Kon tuvo una sóla serie publicada por entregas semanales: Tropic of the Sea. Después encaró una segunda, pero la dejó inconclusa y volvió al manga sólo para alguna novela gráfica, o para historias cortas. En el postfacio de este libro, el autor narra los padecimientos y trastornos que le causaron la serialización de Tropic of the Sea, realizada a un ritmo frenético, allá por 1990. Con que el 25% de lo que cuenta sea cierto, no lo podemos verduguear por no haber persistido con nuevas obras en el durísimo circuito de los semanarios japoneses.
Tropic of the Sea aborda el viejo clásico de Preservacionismo vs. Modernización. El apacible pueblito de Ade es casi una aldea de pescadores: chiquita, pintoresca, humilde y a la vez próspera, porque el clima siempre es bueno y la pesca generosa. La tradición/ superstición habla de un pacto entre los sacerdotes de Ade y las sirenas: estos guardan en un altar un huevo de sirena, que cada 60 años debe ser regresado a una cueva y reemplazado por otro, y aquellas garantizan el buen clima y la abundancia de peces en el mar. Ahora el sacerdote a cargo del templo es Yozo, quien empieza a avanzar en una rosca a gran escala con una mega-corporación para convertir a Ade en una atracción turística: parque de diversiones, hoteles, restaurantes, canchas de tenis, cemento, acero, vidrio y a la mierda las tradiciones ancestrales del pueblo.
Yozo tiene un hijo adolescente, Yozuke, al que también le interesan poco las tradiciones de la aldea. Su única preocupación es entrar a una universidad grossa y mudarse a una ciudad importante para cursar sus estudios. Pero viste cómo es el manga... Si hay un adolescente, hay un héroe. Y Satoshi Kon nos va a mostrar más o menos eso: cómo despierta en Yozuke una conciencia noble y solidaria, y cómo el pibe se convierte en el principal obstáculo para la runfla entre su padre y la Corpo. Yozuke es el único que se va a preguntar qué carajo es ese huevo, si tiene poderes, cómo se relaciona con algunos sucesos raros que tienen y tuvieron lugar en Ade, por qué creen en las sirenas los que de hecho creen, qué hay en la cueva... Ayudado por sus amigos va a ir muy lejos e incluso a arriesgar su vida para obtener estas respuestas. Cuando las haya obtenido, no va a haber padre, ni empresarios, ni policía que lo logren parar.
La trama está desplegada a un ritmo menos intenso que el del típico shonen. Kon se toma su tiempo para explicar detalladamente todos los conflictos, todo el background, y para desarrollar a los personajes (especialmente a Yozuke y su amiga Nami) con mucha profundidad. El clima es pachorro como los aldeanos y tiene toques de misticismo, de algo que quizás sea realismo mágico y quizás realismo a secas. Y aún así, vibramos con las escenas de acción, vivimos la tensión posta cada vez que los personajes se sumergen en las profundidades del océano y compartimos la sensación de maravilla cuando el huevo... Nah, no te voy a contar qué pasa con el huevo.
El dibujo de Kon es brillante. Emotivo, sugestivo, perfecto a la hora de plasmar el contraste entre el Ade de siempre y el Ade que se viene si triunfa la Corpo. La mano de los asistentes (dos, según el autor) no se nota demasiado y sí se nota la admiración de Kon por el estilo de Katsuhiro Otomo, quien fuera su ídolo, su amigo y su socio. Los primeros planos repletos de expresividad, la aplicación de las tramas de grises y los efectos visuales que estallan cada vez que alguien se cae al agua son los puntos más altos en 200 páginas a las que le sobran los hallazgos. En el muy improbable caso de que no te atrape el argumento, el dibujo seguramente te va a mantener hipnotizado de principio a fin.
Por ahí anda dando vueltas una edición española (muy cara) con las historias cortas de Satoshi Kon. Me va a costar resistirme la próxima vez que la vea, porque esto me encantó. Espero verla un día que no tenga un mango encima, así no me empoman... y espero también que se edite en EEUU, donde se zarpan menos con el lujo y con los precios en la edición de mangas. Esta edición de Vertical tiene cero lujo, pero es realmente impecable. Y casi seguro la vas a conseguir por menos de lo que vale el hardcover gallego.
Tropic of the Sea aborda el viejo clásico de Preservacionismo vs. Modernización. El apacible pueblito de Ade es casi una aldea de pescadores: chiquita, pintoresca, humilde y a la vez próspera, porque el clima siempre es bueno y la pesca generosa. La tradición/ superstición habla de un pacto entre los sacerdotes de Ade y las sirenas: estos guardan en un altar un huevo de sirena, que cada 60 años debe ser regresado a una cueva y reemplazado por otro, y aquellas garantizan el buen clima y la abundancia de peces en el mar. Ahora el sacerdote a cargo del templo es Yozo, quien empieza a avanzar en una rosca a gran escala con una mega-corporación para convertir a Ade en una atracción turística: parque de diversiones, hoteles, restaurantes, canchas de tenis, cemento, acero, vidrio y a la mierda las tradiciones ancestrales del pueblo.
Yozo tiene un hijo adolescente, Yozuke, al que también le interesan poco las tradiciones de la aldea. Su única preocupación es entrar a una universidad grossa y mudarse a una ciudad importante para cursar sus estudios. Pero viste cómo es el manga... Si hay un adolescente, hay un héroe. Y Satoshi Kon nos va a mostrar más o menos eso: cómo despierta en Yozuke una conciencia noble y solidaria, y cómo el pibe se convierte en el principal obstáculo para la runfla entre su padre y la Corpo. Yozuke es el único que se va a preguntar qué carajo es ese huevo, si tiene poderes, cómo se relaciona con algunos sucesos raros que tienen y tuvieron lugar en Ade, por qué creen en las sirenas los que de hecho creen, qué hay en la cueva... Ayudado por sus amigos va a ir muy lejos e incluso a arriesgar su vida para obtener estas respuestas. Cuando las haya obtenido, no va a haber padre, ni empresarios, ni policía que lo logren parar.
La trama está desplegada a un ritmo menos intenso que el del típico shonen. Kon se toma su tiempo para explicar detalladamente todos los conflictos, todo el background, y para desarrollar a los personajes (especialmente a Yozuke y su amiga Nami) con mucha profundidad. El clima es pachorro como los aldeanos y tiene toques de misticismo, de algo que quizás sea realismo mágico y quizás realismo a secas. Y aún así, vibramos con las escenas de acción, vivimos la tensión posta cada vez que los personajes se sumergen en las profundidades del océano y compartimos la sensación de maravilla cuando el huevo... Nah, no te voy a contar qué pasa con el huevo.
El dibujo de Kon es brillante. Emotivo, sugestivo, perfecto a la hora de plasmar el contraste entre el Ade de siempre y el Ade que se viene si triunfa la Corpo. La mano de los asistentes (dos, según el autor) no se nota demasiado y sí se nota la admiración de Kon por el estilo de Katsuhiro Otomo, quien fuera su ídolo, su amigo y su socio. Los primeros planos repletos de expresividad, la aplicación de las tramas de grises y los efectos visuales que estallan cada vez que alguien se cae al agua son los puntos más altos en 200 páginas a las que le sobran los hallazgos. En el muy improbable caso de que no te atrape el argumento, el dibujo seguramente te va a mantener hipnotizado de principio a fin.
Por ahí anda dando vueltas una edición española (muy cara) con las historias cortas de Satoshi Kon. Me va a costar resistirme la próxima vez que la vea, porque esto me encantó. Espero verla un día que no tenga un mango encima, así no me empoman... y espero también que se edite en EEUU, donde se zarpan menos con el lujo y con los precios en la edición de mangas. Esta edición de Vertical tiene cero lujo, pero es realmente impecable. Y casi seguro la vas a conseguir por menos de lo que vale el hardcover gallego.
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miércoles, 13 de octubre de 2010
13/ 10: WORLD APARTMENT HORROR

Como todos saben (creo) hace unas semanas falleció Satoshi Kon, el legendario director de algunos de los mejores largometrajes animados de todos los tiempos, como Perfect Blue, Paprika o Tokyo Godfathers. Mucho menos conocida y celebrada es su trayectoria como mangaka, principalmente porque tiene muy pocas obras editadas, incluso en su Japón natal.
La más conocida es World Apartment Horror, seguramente porque es una pata más de un ambicioso proyecto de Katsuhiro Otomo. En 1991, el creador de Akira escribió un guión para una película con actores que él mismo dirigió y al mismo tiempo le encargó a Kon que convirtiera ese guión en un manga. Satoshi, que admiraba profundamente a Otomo, se puso a trabajar y el resultado es un manga absolutamente atípico, que apenitas supera las 100 páginas y que se parece mucho más a un álbum europeo que al típico recopilatorio japonés con muchas páginas ya serializadas en alguna antología de esas que venden millones de ejemplares.
WAH nos cuenta qué pasa cuando los yakuza se proponen desalojar a un grupo de okupas que habitan ilegalmente en un edificio viejo, bajo, venido a menos y que, una vez que se convierta en escombros, pasa a valer fortunas, porque en ese terreno se puede edificar una mega-torre llena de departamentos lujosos. Una vez que fracasa el primer enviado (el trastornado Jefe Hide) es el turno de un matón de la B Metropolitana llamado Itta, quien deberá convencer de que se vayan de ahí a un montón de inmigrantes clandestinos que vienen de los distintos países asiáticos (incluido Filipinas) para conseguir trabajo en Tokyo.
O sea que la denuncia social es parte del planteo básico de la obra, que por supuesto incluye comedia (porque Itta es bastante inepto), tiros, espadazos, explosiones, algo de sexo, algo de terror (si te dan asco o miedo las ratas, ni abras el libro) y un elemento fantástico impredecible, que cobra un peso tal vez excesivo en un relato que se proponía realista. Con todo este menjunje de cosas, Otomo logra una historia de gran dinamismo y agilidad, donde todo el tiempo pasan cosas y donde el guión avanza palo y palo, sin desviarse ni empatanarse jamás. Kon, con su dibujo más exagerado y caricaturesco que el de Otomo, logra que nos cause gracia la idiotez de Itta, la violencia de sus jefes, y hasta la sordidez de las condiciones en las que viven los inmigrantes. A pesar de lo heavy de lo que nos están contando, la historia mantiene un clima casi festivo, o por lo menos de bizarreada que impacta más de lo que perturba.
La mejor parte de la obra llega cuando aparece un shaman a exorcizar a Itta, convencido de que está poseído por un demonio que habita hace milenios el predio invadido por los okupas. Ahí el gangster de cuarta vive una experiencia totalmente alucinógena, que Kon ilustra de modo desbocado y sencillamente genial. No tengo idea de cómo habrá filmado Otomo la escena de las alucinaciones de Itta, pero dibujada por Kon es una de las secuencias más grossas que recuerdo haber visto en un manga. Kon, además, no oculta en lo más mínimo su fanatismo por Moebius, que supera al de Otomo. Mete enfoques, gestos y rayitas muy típicos del maestro francés, y se nota que leyó no sólo los laburos fumancheros de ciencia-ficción, sino también lo que hacía Jean Giraud en el Teniente Blueberry.
World Apartment Horror es una gran, gran comedia fuera de control, que habla de la xenofobia, pero que no se queda para nada en la bajada de línea. Del misticismo milenario a las miserias cotidianas, Katsuhiro Otomo y Satoshi Kon nos llevan en una montaña rusa de emociones una más sacada que la otra y nos dejan –además de temas complejos en los que pensar- un festival de risas, asco y violencia y algunas imágenes absolutamente inolvidables. No es merca fácil de conseguir, pero en los ´90 lo editó en nuestro idioma Planeta-DeAgostini, así que con un poco de suerte, aparece en alguna cueva…
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