el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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martes, 4 de junio de 2013

04/ 06: THE SWORDS OF HEAVEN, THE FLOWERS OF HELL

Esto es una verdadera rareza, una especie de Santo Grial. Se editó una sóla vez, en 1979, a través de Heavy Metal, que por primera vez lanzaba -por afuera de la revista- una novela gráfica, cuando ese término casi no se conocía. Yo estaba convencido de que Howard Chaykin había adaptado un cuento o una novela de Michael Moorcock, pero no. Resulta que Moorcock descubrió los trabajos de Chaykin y le gustaron tanto, que escribió un texto inédito pensado para que el dibujante lo convirtiera en el guión de una historieta. Para hacerlo aún más atractivo, es un relato integrado a la saga del Eternal Champion, la más famosa del mítico escritor inglés.
The Swords of Heaven... tiene la intención de ser una buena historieta. O incluso más: de ser una historieta fundamental, seminal, de esas que redefinen el género que abordan. Para mi gusto, no llega ni lejos a alcanzar sus pretensiones. Por ahí si conociera el universo literario de Moorcock, si supiera quién es Urlik Skarsol, o Erekose, o John Daker, por ahí me emocionaría más. Por suerte, para la cuarta página el tema de la identidad del héroe deja de ser relevante, porque empieza la machaca. De a poco, a este personaje (que supuestamente es muchos a la vez) le empieza a caer la ficha de que en esta realidad es Lord Clen, un noble guerrero de las Marcas del Sueño, un territorio amenazado por la guerra entre el Cielo y el Infierno. No entendí por qué las facciones en guerra se llaman Cielo e Infierno. No hay demonios, ni querubines, ni ningún otro elemento de la mitología católica, en ninguno de los dos reinos. Hay unos bichos voladores, como mantarrayas, a los que llaman “ángeles” y eso es todo. De hecho, los dos reinos se parecen: no hay uno oscuro y prendido fuego y otro luminoso y con nubecitas, donde la gente está vestida con túnicas blancas, alitas y aureolas. Se llaman Cielo e Infierno como se podrían llamar José León Suárez y González Catán.
Sin hacerse demasiadas preguntas, el héroe asumirá la identidad de Lord Clen y luchará con valentía (y con una espada muy pulenta) contra los enemigos de su reino. Lo más parecido a una duda, a un atisbo de dilema moral, llegará cuando –para avanzar en su misión- deberá transarse a una veterana que está más buena que comer con la mano. Acá recordará a la mujer que ama (en otro plano de realidad) y finalmente se acostará con la apetitosa MILF. Los buenos ganarán 9 páginas antes del final y vendrá un epílogo con despedidas varias y con el campeón abordando un barco que lo llevará a “su destino final”. No sé... me pareció que le faltó profundidad a la trama. Los bloques de texto están muy buenos, escritos en una prosa florida, muy sofisticada y con mucho vuelo, pero la historia en sí me pareció más de lo mismo, un tour de force por varios lugares comunes (al héroe lo capturan y no le sacan la espada, por ejemplo) que por ahí resultan más atractivos si uno tiene mucho Moorcock leído.
Por suerte está el dibujo de Chaykin, que acá pela uno de los trabajos más monumentales de su ilustre carrera. En aquel entonces, el ídolo tenía como asistente al hoy grossísimo Peter Kuper, y entre los dos conjuran 64 páginas repletas de imágenes majestuosas. Lo único mínimamente criticable es que, en busca de un mayor realismo, Chaykin les pone a sus personajes caras de actores, y en el caso del protagonista se nota que son actores distintos, porque los rasgos faciales de Clen cambian bastante de una viñeta a la otra.
Como en la increíble The Stars My Destination, no son demasiadas las ocasiones que tiene Chaykin para trabajar en secuencias, para hilar desde el dibujo largas seguidillas de viñetas. Cuando lo puede hacer, obviamente la rompe. Y cuando no puede, cuando el texto le pide que ilustre, que mande splash pages a lo pavote, o complejas composiciones para ensamblar varias imágenes que –si no fuera por los textos- no tendrían mucha relación entre sí, Chaykin se va al carajo y más allá y demuestra que, además de uno de los mejores historietistas del mundo, es un virtuoso de la ilustración. Hay muchísimas páginas memorables, pero me quedo con esas en las que Chaykin hace la anti-widescreen, al armar la secuencia con viñetas verticales, que van de extremo a extremo de la página. De todos modos en todas las páginas hay un trabajo increíble en los fondos, las texturas, los rostros y en el color, en la época en la que Chaykin era su propio colorista y además no existía la computadora. Esto está todo hecho a mano, en un nivel que hoy es definitivamente impensable.
The Swords of Heaven... ofrece acción, algo de runfla política, bastante sangre, un poquito de sexo y mucho de epopeya fantástica. Y todo lo remanido que parece el argumento está compensado por textos de gran calidad y por unos dibujos que te detonan las retinas y te recuerdan por qué, en los poquitos años que van de 1975 a 1980, Howard Chaykin pasó de ser el sidekick kilombero de Neal Adams a ser uno de los nombres fundamentales de la historieta norteamericana de todos los tiempos. Ojalá esto se reedite, alguna vez. Los fans de Chaykin se lo merecen.