
Hoy nos vamos de picnic a mediados de los ´70, cuando DC asume que lo suyo es pelear el segundo puesto y se propone copiar las movidas que a Marvel (caótica y enkilombada, pero Número Uno al fin) le salen de taquito. Puestos a colgarse de las tetas de Conan, DC lanza toda una línea de comics de espada y brujería, pero un sólo título pega entre los lectores y llega a traspasar sobradamente el umbral de los ´80: Warlord.
Obviamente, el gancho de la serie era el dibujo del por entonces consagradísimo Mike Grell (ya hablaremos de eso), pero lo cierto es que la serie es bastante más que un clon de Conan. Hay dinosaurios, tecnología futurista, chumbos, y sobre todo, hay una explicación coherente para el marco fantástico en el que se mueven los personajes. Además, Grell es un hombre de fuertes convicciones socialistas, así que entre machaca y machaca, le pega palos a la CIA, critica la carrera armamentista entre EEUU y la ex-Unión Soviética y habla de la Justicia en términos más afines a los del Che Guevara que a los de la Liga de la Idem. O sea, nada que ver con Conan, donde el trasfondo ideológico es más bien derechoso.
La epopeya de Warlord es bastante columbera, en el sentido de que avanza lento y rara vez hay episodios clave, en los cuales pasan cosas tan importantes que perdérselos significa no entender una goma de lo que viene después. El numero 6 es de esos, al igual que la saguita en la que Deimos le roba el bebé a Travis Morgan, lo convierte en adulto y fuerza un combate entre padre e hijo cuyo final es realmente fuerte y cambia por completo el rumbo de la serie. El resto, sigue una fórmula bastante básica, en la que Morgan y alguno de sus compañeros (Tara, Mariah, Machiste o Ashir) viajan por Skartaris y se enfrentan a un monstruo, un brujo maligno, un dinosaurio, ladrones, esclavistas, tribus de hombres-bestias o barrabravas de Almirante Brown. Todo se resuelve a espadazos o tiros y los viajeros siguen su camino, hasta el próximo enfrentamiento grosso contra Deimos que, pobre pibe, al ser el único villano pulenta de la serie, resucita demasiadas veces.
A diferencia del Showcase promedio, este se lee muy rápido. Se lo tenemos que agradecer al hecho de que a Grell le dejaban dibujar muchas páginas de cuatro cuadros o menos, muchas splash-pages e incluso una doble splash por número (las páginas 2 y 3). Eso hace que cada episodio de 17 páginas se haga ágil y llevadero. Aunque claro, hay que tomarse un rato para mirar el dibujo de Grell, que es la vedette de la revista.
En ningún lado nadie se hace cargo, pero la verdad, yo no creo ni a palos que un sólo tipo haya hecho guión, lápiz y tinta de los primeros 15 episodios de Warlord. Es demasiado laburo. Además, ves las portadas (donde se nota que hay una sóla mano, que es la de Grell) y el arte interno, y se perciben diferencias marcadas en el entintado, que adentro parece obra de los artistas de Continuity (el estudio que tenían Neal Adams y Dick Giordano). Pero igual la pulenta es el dibujo y la puesta en página, que es 100% Grell. Acá “Iron Mike” pela enfoques complicados a la Neal Adams e infinitos escorzos impactantes y elegantes a la vez que recuerdan a su otro ídolo, Burne Hogarth. Casi siempre sale bien parado, pero a veces fuerza todo tanto, que se manda unos mocos antológicos. Cuando Grell deja de entintar sus lápices, viene la peste: Vince Colletta, nuestro verdulero de cabecera, que arruina a Warlord un poco menos que a otras series que le tocó entintar. Se ve que acá le pedían que imitara el estilo de Giordano y casi siempre, Colletta cumple y zafa. Por supuesto hay viñetas tan brutalmente estropeadas que te dan ganas de ir a buscar su cadáver, trozarlo con la mismísima espada de Travis Morgan y tirarle los cachos de carne semi-podrida a las hienas, o a los fans de Naruto.
Típico producto de la Verdul Age (en la que los comics más legibles eran los que estaban por afuera del género superheroico), Warlord es un comic de acción y aventura con varios elementos interesantes, de los cuales el principal es un creador prendido fuego, que juega 100% de local en un mundo exótico en el que reina la fantasía, y que leído 35 años después de su creación, te puede entretener un buen rato sin faltarte el respeto, e incluso dejarte cebado como para comprar un segundo Showcase. No está mal.