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sábado, 27 de febrero de 2021
21 AL 28 DE FEBRERO
Dos meses, ya, de este año que pareciera que empezó anteayer. Y es hora de comentar el material que leí esta semana que fue predeciblemente poco, porque estoy hasta las manos con otras cosas, de las que seguramente hablaremos en unos días. Hoy tenemos reseñas cortitas, pero bueno, prometo compensar más adelante con textos más extensos.
En 2017, cuando Netflix salió a robar con la serie de Iron Fist (que nunca vi, porque me dijeron que me iba a desgarrar el alma), Marvel consiguió que Kaare Andrews regresara al personaje, luego de aquellos intensos 12 episodios que dieron origen a los brolis reseñados acá el 16/10/17 y el 04/02/19. Esta vez el canadiense se encargó sólo de los guiones y el dibujo fue a las habilidosas manos de Afu Chan, que no sé si es varón o mujer, pero dibuja muy bien, con un estilo muy potente y muy personal. No me imagino a esta historia dibujada por el propio Andrews, porque el guion pide cosas que (sospecho) al canadiense no le debe gustar dibujar, como todas esas escenas de nenas de 14 años en la escuela secundaria. Por suerte Afu Chan resuelve todos esos segmentos con gran destreza, con diseños de personajes tan lindos como verosímiles, en esa línea rarísima para un comic de Marvel, que por ahí tiene más que ver con el material autobiográfico de Bob Fingerman, ponele. Y felizmente, a la hora de dibujar los combates de artes marciales y superpoderes a todo o nada, también cumple más que decorosamente.
El guion de Andrews propone un ingenioso juego de inversión de roles. Hace muchos años, Daniel Rand era un nene cheto de New York que fue entrenado en K´un-Lun para convertirse en Iron Fist. Ahora Danny es el adulto que entrena a Pei, la nueva Iron Fist, y lo hace jugando de local, en su propia ciudad. Del contrapunto entre Danny y Pei deberían salir las escenas más ricas y más divertidas, pero finalmente estan surgen del choque cultural entre Pei y las otras nenas de la secundaria, para las que una chica de 14 años criada en una ciudad mística para convertirse en una guerrera perfecta, en un arma humana infalible, es un bicho completamente alienígena. Si Danny se sentía medio descolocado en K´un-Lun, el desconcierto que le produce a Pei la vida actual de los newyorkinos lo supera ampliamente.
Por suerte las excusas que se le ocurren a Andrews para que Pei y Danny tengan que repartir piñas y patadas no están mal, y si bien sobran algunas peleas sumamente innecesarias, la trama se hace entretenida y llegás al final pensando “qué cagada que se terminó”. No sé si los guionistas posteriores se hicieron cargo de Pei y su preparación para ser la nueva Iron Fist, pero estas 120 páginas centradas en eso (sin ser una gema indispensable) están bastante bien.
Para festejar la nueva edición a todo color, volví a leer 78 Km/h, la saga escrita por Mauro Mantella y dibujada por Tomás Aira, cuya edición original (con grises en lugar de color) había leído unos… ¿15 años atrás, puede ser?. Puede ser, porque no acordaba una chota.
Esta vez me gustó mucho el dibujo y el color de Aira: no parece que fuera uno de los primeros trabajos de este dibujante que en aquel entonces era realmente muy, muy pibe. Está bien la anatomía, bien las expresiones faclales, bien la puesta en página, muy sólida la narrativa, muy bien plasmadas en la página las sensaciones que transmiten los textos de Mantella… gran laburo, consistente y potente de punta a punta.
El guion me gustó a medias. Me pareció muy atractiva la premisa, el mundo que nos describe Mantella, la situación acuciante en la que pone a los personajes, me gustaron bastante los diálogos y el desarrollo que recibe el protagonista… Lo que no me convenció es el conflicto en sí, la forma en que Mantella manipula la trama para que haya buenos, malos y combates a muerte entre ellos. No es una cagada, no está totalmente traída de los pelos, pero yo esperaba un poco más en ese rubro. Una motivación más interesante para el villano, no sé… Algo más, como para que la inevitable presencia de la aventura interesectara mejor con ese panorama tan extremo, tan rico y tan ganchero que describe el guionista en las primeras páginas. Pero bueno, tengo presente que este es un trabajo que ya tiene unos cuantos años y que hoy Mantella está mucho más curtido y afianzado en lo suyo. Probablemente no haya una horda de lectores que ponga a 78 Km/h allá arriba, al lado de El Hombre Primordial, pero entre los fans de la ciencia-ficción y la aventura, es una obra que no pasa papelones, ni hoy, ni hace 15 años cuando fue concebida por Mauro y Tomás.
Nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.
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Afu Chan,
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Kaare Andrews,
Mauro Mantella,
Tomás Aira
lunes, 4 de febrero de 2019
NOCHE DE LUNES
O trasnoche, en realidad,
porque se me hizo tarde grabando un podcast con mis amigos de Tierra-X. Vamos
rapidísimo con las reseñas de los últimos libritos que me bajé.
Desde un ya lejano
16/10/17 tenía colgada Iron Fist: The Living Weapon esa serie de 12 episodios
recopilada en dos tomos. Por fin le pude entrar al Vol.2 y bueno, recomiendo
repasar la reseña del Vol.1 porque coincido mucho con lo que escribí en aquella
ocasión.
Esta es una aventura
grandilocuente, estridente, hiper-pasada de rosca, en la que Kaare Andrews nos
bombardea sin tregua con una sucesión interminable de peleas contra ninjas,
androides, monjes, demonios y un largo etcétera. Y no sólo está todo dibujado
como la hiper-concha de Dios (en un estilo a caballito entre Frank Miller y
Fernando De Felipe), si no que además está todo perfectamente articulado con la
larga historia previa de Iron Fist. Muchos elementos que me encontré hace poco
en el Essential (ver reseña del 18/12/18) acá aparecen resignificados por
Andrews, que nunca deja de nutrir a su epopeya con toques de continuidad
tomados de distintos momentos de la historia de Danny Rand.
Y aunque la historia fuera
infinitamente más básica y más cabeza de lo que ya es, igual habría que
recomendar The Living Weapon sólo por lo que hace Andrews en materia de dibujo,
color y narrativa. En esos rubros, acá tenemos una orgia, un bacanal, un canto
a todo los excesos que están bien. Andrews llega a armar una sola viñeta
repartida en SEIS PAGINAS, una séxtuple splash-page en la que vemos a Iron Fist
destrozándole la cabeza a un villano de una ñapi. Son excentricidades rayanas
en la demencia, de un autor que se anima a todo menos a pasar desapercibido.
Me encantó verlo a Andrews
decido a hacer en este comic un montón de cosas que nunca habíamos visto en
apectos como el tratamiento del color, las onomatopeyas, la puesta en página,
la violencia a niveles desorbitados, la forma de mostrar las escenas oníricas y
los flashbacks… Sin dudas este segundo TPB es lo mejor que leí de este autor,
del cual ya me hice hardcore fan. Lo único flojo es un detalle del argumento
del último episodio: la hija de Howard Meachum que busca vengar la muerte de su
padre es una muy buena idea… que ya habia tenido Doug Moench en los ´70. El
resto está muy bien y creo que cualquier fan de Iron Fist va a coincidir
conmigo en que es lo mejor que le sucedió al personaje desde la etapa de Matt
Fraction y Ed Brubaker.
Me vengo a 2018, cuando se
publica en Argentina el nuevo trabajo de Nahuel Sagárnaga, el autor que la
rompiera con ¡Corré, Wachín!. Ahora es el turno de Mirina (café y tortas
robot), una combinación muy lograda entre aventura y comedia. Mirina es una
androide poderosísima, con cuerpo de chica de unos 20 años, que lucha contra
robots malignos y contra delincuentes en general. Pero además es camarera en
una especie de Starbucks, tiene un grupito de amigos y trata (sin ningún éxito)
de levantarse a las chicas que le gustan. De todo esto, incluso de la
orientación sexual del personaje, Sagárnaga saca situaciones muy cómicas, que
mantienen muy alto el nivel de la comedia. En los dos últimos episodios se suma
como co-guionista Martín Renard, que hace gala de un oído para los diálogos
afiladísimo, perfectamente sintonizado con el habla de los jóvenes de la Buenos
Aires actual. O sea que si a este comic le sacáramos la machaca y las
explosiones, igual sería divertidísimo de leer como una especie de Friends más
actual y 100% porteño.
Pero además la faceta
aventurera está muy bien trabajada, no es un relleno ni un fan service berreta,
si no un muy buen intento de contar las andanzas de una chica superpoderosa
insertada en nuestra realidad cotidiana. El dibujo de Sagárnaga es
espectacular, al nivel de cualquier autor grosso de cualquier país. Y claro, se
luciría muchísimo más en un formato más libre. Acá, encapsulado en tiras de
tres o cuatro viñetas, el dibujo no termina de explotar nunca, no va nunca a la
par de la estridencia y el impacto que proponen un montón de pasajes del guión.
Me encantaría releer Mirina en otro formato, remontado como comic-book o como álbum
europeo, con no más de seis o siete viñetas por página y con la posibilidad de
que Sagárnaga se vaya al carajo en alguna splash-page, o en viñetas bien
zarpadas, que subrayen y/o apuntalen lo grosso de los combates. Así se ve muy
lindo todo, pero me parece que en otro formato se vería mucho mejor, más power.
Machaca, robots,
explosiones, chistes, romance, rock, guiños a mangas y videojuegos, sexualidades
alternativas y bares chetos donde un café de mierda vale una fortuna en un comic
fresco, canchero, entrador, pensado para que sientas que estos personajes son amigos
tuyos de toda la vida. Ojalá haya pronto nuevas aventuras de “la mujer lesbiónica”.
O nuevas recopilaciones de las tiras de Wachín. O cualquier otra cosa que lleve
la firma de Nahuel Sagárnaga, un autor clave para disfrutar la historieta
argentina actual.
Gracias por estar ahí y
nos reencontramos con nuevas reseñas muy pronto, acá en el blog.
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Iron Fist,
Kaare Andrews,
Nahuel Sagárnaga
lunes, 16 de octubre de 2017
LUNES FERIADO
Ahora que liquidé el pilón de los libros argentinos publicados en 2016, tengo para leer algunas cositas más viejas, antes de arrancar con la ingente producción de 2017.
Taca tac salió en 2003 en Francia y en 2004 en España, en una edición majestuosa a cargo de Ivrea. El guionista es Andrés Goldestein (o Goldstein, según dónde mires), a quien no conocía, y el dibujante es un amigo/ídolo: Feliciano García Zecchin. No sé cómo le habrá ido en Francia, pero en España evidentemente el álbum no vendió bien y se convirtió en un clásico de las mesas de saldos (creo que lo pagué dos euros, contra los 22 del precio de tapa).
Ya desde la portada, estamos ante un comic muy raro. ¿Eso lo dibujó Feliciano? No se parece en NADA a sus otros trabajos. Acá el co-creador de 4 Segundos agarra para el lado de José Muñoz y el Viejo Breccia: apuesta a un pincel bien cargado de tinta, a crear climas con la mancha negra, a buscar una síntesis basada en el claroscuro extremo… excepto en algunas secuencias donde trabaja las tonalidades de gris con un lápiz apabullante, con el que logra unos efectos espectaculares de volúmen y de iluminación. La narrativa también es rarísima, la puesta en página, la fluctuación en el tamaño de las viñetas (de la doble splash page a las páginas de 16 mini-viñetitas), la decisión de no usar globos de diálogo, la decompresión total del relato… La verdad es que Taca tac es una obra gráficamente bellísima, pero en un punto pareciera que los autores se esforzaran para que sea difícil de leer.
La trama que urde Goldestein es interesante: básicamente cuenta la historia de un padre que reaparece en escena para buscar a su hija, en un país latinoamericano envuelto en un clima de violencia política. O sea que hay lazos familiares, intriga política y algo de margen para tiros y persecuciones. Pero esto último no está enfatizado. Goldestein mantiene hasta el final un tono mucho más cercano a la introspección y un ritmo parsimonioso, nunca derrapa hacia “una de acción”. Además narra con poquísimo texto y con muchísimo espacio para el lucimiento de Feliciano, lo cual explica por qué en casi 100 páginas Taca tac desarrolla un argumento que bien podría haberse contado en 16 páginas… o 20, siendo muy generosos.
Esto es, sin dudas, una rareza dentro de la historieta argentina, y la recomiendo sobre todo a los hardcore fans de Feliciano García Zecchin que quieran ver al ídolo explorando una estética que no tiene nada que ver con la de sus obras más populares.
Iron Fist: The Living Weapon Vol.1 recopila la primera mitad de la maxi-serie de 12 episodios que realizara íntegramente el canadiense Kaare Andrews allá por 2014-15. De nuevo, llama la atención lo descomprimido del relato, lo poco que llega a contar Andrews en estas primeras 120 páginas de historieta. Por supuesto que está todo jugado a la espectacularidad, al impacto de las peleas y las revelaciones shockeantes… y eso hace que uno se entretenga aunque pase poco. Y además hay bastante texto, desarrollo de personajes, un compromiso muy bienvenido con la mitología previa de Iron Fist… todo eso suma, le agrega espesor a una saga que, en una de esas (lo determinaré cuando lea la segunda mitad) resulta realmente importante para la historia del personaje.
Hasta acá, lo más lindo es la sensación de salvajada. Andrews tiene total control sobre esta historieta, y nos lo hace notar todo el tiempo. La estructura, los climas, el nivel de violencia, todo está exagerado por el autor para que nos demos cuenta de que él está ahí, poniendo su sello y arriesgando su chapa, de que esto no lo podría haber hecho ningún otro coñemu del mainstream yanki. O sea que si comprás la onda de Andrews, difícil no engancharte y alentarlo desde la tribuna.
A mí el dibujo de Andrews me fascina. Me encanta como afana/ actualiza al Frank Miller de los ´80 (el que nos gustaba a todos), cómo le mete cositas de John Romita Jr. y Fernando De Felipe, cómo trabaja el color (sí, Andrews se entinta y se colorea a sí mismo), cómo se zarpa en la puesta en página, cómo y dónde mete los bloques de texto y las onomatopeyas… Me doy cuenta de que no es un genio, ni un revolucionario que vino a dar vuelta como un guante la historia del comic, pero me copa esa cosa visceral, hiper-explosiva, por momentos manierista, por momentos al filo del grotesco, pero siempre sumamente efectiva. Y encima soy fan de Iron Fist, así que imaginate si habré quedado manija. Tengo comprado el Vol.2, espero leerlo durante el 2018.
Volvemos pronto con nuevas reseñas. Y nos vemos este miércoles y jueves en las Jornadas de Historieta en la Universidad de Palermo.
Taca tac salió en 2003 en Francia y en 2004 en España, en una edición majestuosa a cargo de Ivrea. El guionista es Andrés Goldestein (o Goldstein, según dónde mires), a quien no conocía, y el dibujante es un amigo/ídolo: Feliciano García Zecchin. No sé cómo le habrá ido en Francia, pero en España evidentemente el álbum no vendió bien y se convirtió en un clásico de las mesas de saldos (creo que lo pagué dos euros, contra los 22 del precio de tapa).
Ya desde la portada, estamos ante un comic muy raro. ¿Eso lo dibujó Feliciano? No se parece en NADA a sus otros trabajos. Acá el co-creador de 4 Segundos agarra para el lado de José Muñoz y el Viejo Breccia: apuesta a un pincel bien cargado de tinta, a crear climas con la mancha negra, a buscar una síntesis basada en el claroscuro extremo… excepto en algunas secuencias donde trabaja las tonalidades de gris con un lápiz apabullante, con el que logra unos efectos espectaculares de volúmen y de iluminación. La narrativa también es rarísima, la puesta en página, la fluctuación en el tamaño de las viñetas (de la doble splash page a las páginas de 16 mini-viñetitas), la decisión de no usar globos de diálogo, la decompresión total del relato… La verdad es que Taca tac es una obra gráficamente bellísima, pero en un punto pareciera que los autores se esforzaran para que sea difícil de leer.
La trama que urde Goldestein es interesante: básicamente cuenta la historia de un padre que reaparece en escena para buscar a su hija, en un país latinoamericano envuelto en un clima de violencia política. O sea que hay lazos familiares, intriga política y algo de margen para tiros y persecuciones. Pero esto último no está enfatizado. Goldestein mantiene hasta el final un tono mucho más cercano a la introspección y un ritmo parsimonioso, nunca derrapa hacia “una de acción”. Además narra con poquísimo texto y con muchísimo espacio para el lucimiento de Feliciano, lo cual explica por qué en casi 100 páginas Taca tac desarrolla un argumento que bien podría haberse contado en 16 páginas… o 20, siendo muy generosos.
Esto es, sin dudas, una rareza dentro de la historieta argentina, y la recomiendo sobre todo a los hardcore fans de Feliciano García Zecchin que quieran ver al ídolo explorando una estética que no tiene nada que ver con la de sus obras más populares.
Iron Fist: The Living Weapon Vol.1 recopila la primera mitad de la maxi-serie de 12 episodios que realizara íntegramente el canadiense Kaare Andrews allá por 2014-15. De nuevo, llama la atención lo descomprimido del relato, lo poco que llega a contar Andrews en estas primeras 120 páginas de historieta. Por supuesto que está todo jugado a la espectacularidad, al impacto de las peleas y las revelaciones shockeantes… y eso hace que uno se entretenga aunque pase poco. Y además hay bastante texto, desarrollo de personajes, un compromiso muy bienvenido con la mitología previa de Iron Fist… todo eso suma, le agrega espesor a una saga que, en una de esas (lo determinaré cuando lea la segunda mitad) resulta realmente importante para la historia del personaje.
Hasta acá, lo más lindo es la sensación de salvajada. Andrews tiene total control sobre esta historieta, y nos lo hace notar todo el tiempo. La estructura, los climas, el nivel de violencia, todo está exagerado por el autor para que nos demos cuenta de que él está ahí, poniendo su sello y arriesgando su chapa, de que esto no lo podría haber hecho ningún otro coñemu del mainstream yanki. O sea que si comprás la onda de Andrews, difícil no engancharte y alentarlo desde la tribuna.
A mí el dibujo de Andrews me fascina. Me encanta como afana/ actualiza al Frank Miller de los ´80 (el que nos gustaba a todos), cómo le mete cositas de John Romita Jr. y Fernando De Felipe, cómo trabaja el color (sí, Andrews se entinta y se colorea a sí mismo), cómo se zarpa en la puesta en página, cómo y dónde mete los bloques de texto y las onomatopeyas… Me doy cuenta de que no es un genio, ni un revolucionario que vino a dar vuelta como un guante la historia del comic, pero me copa esa cosa visceral, hiper-explosiva, por momentos manierista, por momentos al filo del grotesco, pero siempre sumamente efectiva. Y encima soy fan de Iron Fist, así que imaginate si habré quedado manija. Tengo comprado el Vol.2, espero leerlo durante el 2018.
Volvemos pronto con nuevas reseñas. Y nos vemos este miércoles y jueves en las Jornadas de Historieta en la Universidad de Palermo.
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Iron Fist,
Kaare Andrews
lunes, 8 de marzo de 2010
08/ 03: SPIDER-MAN: REIGN

¿Cómo sería The Dark Knight Returns si cambiáramos a Batman por Spider-Man? Con esa premisa (fumada como pocas) el canadiense Kaare Andrews se mandó esta saga de 2006, que es un obvio homenaje a la que 20 años antes partiera en mil pedazos al comic yanki de la mano de Frank Miller, Klaus Janson y Lynn Varley. Lo más impresionante es cómo Andrews (que había dado sobradas muestras de su versatilidad estilística cuando ilustraba las portadas de Hulk) clona milimétricamente el estilo de Miller y Janson. Los colores de Varley son más difíciles de imitar, pero acá Andrews cuenta con la magia de José Villarrubia (el colorista de Promethea), un as del color digital para el cual no hay imposibles. Lo cierto es que entre los dos reproducen de un modo increíble la fascinante atmósfera visual del Dark Knight.
El homenaje va casi hasta los límites del choreo: sin copiar la narrativa de Miller, Andrews usa de modo muy similar el recurso de mechar los noticieros con la acción (de hecho, el conductor del noticiero se llama Miller Janson, como para que hasta el último subnormal se dé cuenta de para dónde va el homenaje), e incluso el recurso de las secuencias oníricas y los flashbacks, mechados más o menos en los mismos momentos en los que los mechara Miller en el DKR. Incluso acá también hay un viejito hecho mierda que ayuda al héroe a volver a creer en sí mismo como fuerza de la justicia, pero en vez de Alfred se trata de Jonah Jameson, en un giro muy inteligente. El personaje de Jameson tiene muchísimo protagonismo y en varios pasajes se morfa definitivamente la serie.
La trama se parece poco a la del DKR, excepto por el hecho de que acá también el poder político juega para el bando de los malos, pero en términos muy distintos de los que planteara Miller. La aparición de los viejos villanos (gordos y baqueteados) acá es mucho más forzada y hasta innecesaria, puesta sólo para impactar. Dos de ellos juegan roles algo ambiguos, uno resulta ser el verdadero poder detrás del poder (ojo, no el que ustedes intuyen) y el resto apenas es un obstáculo para demorar el accionar de este Peter Parker venido a menos, derrotado y amargado que vuelve en busca de la resurrección.
Por ahí, a primera vista, Peter es lo que menos cierra de todo. O sea, Bruce Wayne es un humano normal y es casi lógico que a cierta edad decida no seguir cagándose a trompadas con los malvivientes en los tejados de Gotham, simplemente porque el físico le dice “pará la moto, negro, que tenés la bati-próstata a la bati-miseria”. Pero Peter tiene superpoderes y los va a tener siempre. Nunca va a dejar de ser infinitamente más ágil y fuerte que casi cualquier otro humano y ni siquiera se le va a acabar el repertorio de chistes malos para hacer engranar a los villanos mientras los surte. Entonces, ¿qué lo lleva a no seguir? ¿Por qué traiciona el famoso mandato del poder y la responsabilidad y se rebaja a envejecer sin la menor dignidad? Andrews ensaya una explicación y está muy bien, resulta emotiva y convincente, aunque no tiene para nada la intensidad psicológica del regreso de Batman, entre otras cosas porque a Peter no le divierte escuchar el ruido que hacen los huesos de los villanos cuando se los quiebra.
Por supuesto hay acción, machaca sanguinolienta, algunos personajes menores queribles y una muy lograda comunión entre el héroe y la ciudad. A su manera, Reign es (como el DKR) una historia de redención, de resistencia y de exorcismo de los propios fantasmas (acá muy palpables) que atormentan al héroe en su etapa crepuscular. Una historia que como tributo es notable (lástima que no se animaron a llamarla The Arach-Knight Returns) pero que además funciona por sí misma, como una aventura dark y al límite de un personaje al que generalmente los guionistas le sacan más jugo cuando agarran para el lado contrario. Un buen primer paso de Andrews en su etapa como autor integral. Veremos qué hace cuando no tenga a mano comics de Miller para chorear…
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