el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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martes, 21 de marzo de 2017

TRASNOCHE DE MARTES

Debía la reseña del cuarto y último tomo de The Victories, la espectacular serie de Michael Avon Oeming, que lamentablemente no cosechó el éxito que se merecía. Este cuarto TPB incluye los episodios finales de la saga y dos historias cortas dibujadas por artistas invitadas, en las que tiene bastante chapa Sai, el personaje menos desarrollado por Oeming en la parte troncal de la serie.
Los episodios finales vuelven a poner a Faustus en el centro de la trama. El conflictuado personaje (y en menor medida Lady Dragon) será quien cargue con el peso de resolver un dilema ético en el que está en juego (y no te exagero un milímetro) el futuro de la Humanidad. Esto ya lo hicieron chotocientos autores, chotocientas veces. Pero acá Oeming lo hace distinto, hace que pegue más fuerte, que todo sea más tenso, más extremo, hasta que uno, como lector, sufra como sufre Faustus a la hora de tomar la decisión. Y hasta llegar a ese incierto final, el autor nos obsequia un montón de páginas de machaca fuera de control y la explicación (redondísima) de quiénes y por qué manipularon desde las sombras todos los sucesos que fuimos presenciando a lo largo de la serie.
Además de situaciones muy jodidas, muy buenos diálogos, un mundo lleno de elementos alucinantes para explorar y una atención formidable puesta en el desarrollo de los personajes (hasta los villanos segundones tienen toda la onda), The Victories nos ofrece muchas páginas dibujadas por Oeming a un gran nivel, con un ritmo narrativo impecable. Con la complicidad del colorista Nick Filardi, el co-creador de Powers sube la apuesta tomo a tomo en materia de puesta en página y cambia con excelentes resultados virtuosismo por impacto, detallismo por potencia visual. Si no te causa rechazo la idea de revisitar a los superhéroes en clave oscura, sórdida, 100% apuntada al público adulto, no tengo dudas de que vas a amar a The Victories.
Me vengo a Argentina, al 2016, cuando se editó a todo culo la novela gráfica Black is Beltza, co-escrita por los vascos Fermín Muguruza y Harkaitz Cano, y dibujada por Jorge “el Doctor” Alderete, gran artista argentino radicado hace muchos años en México. Black is Beltza es una obra que se nutre principalmente de su contexto histórico. El relato arranca en Octubre de 1965, termina en Diciembre de 1967 y, como si fuera una aguja con un hilo, dedica sus 125 páginas a unir mediante una trama de espionaje un montón de hechos y personajes reales que coexistieron en esos años. El tapiz se va formando con retazos que incluyen la tensión racial en EEUU, el Che Guevara en Cuba (y más tarde en Bolivia), la guerra de los seis días en Medio Oriente, la Expo mundial en Montreal y el separatismo de Quebec, la pica entre argelinos y franceses, el mítico recital de Jimi Hendrix en Monterey, el legado de Pancho Villa en México, Mohammed Ali, Otis Redding, la resistencia del País Vasco contra el régimen de Francisco Franco…
Todo eso y mucho más aparece en la historia de estos convulsionados meses, atravesado por la aventura que protagoniza Manex, un muchacho también de origen vasco, al que los autores dotan de una gran carnadura a lo largo de la novela gráfica. Manex aprende, observa, calla, se planta cuando hay que plantarse, se enamora, sufre, cobra, corre, la pone, extraña, se gana el respeto de algunos y el odio de otros, revela de a poquito algunos de sus secretos… La verdad es que para el final de Black is Beltza es difícil no considerarlo un amigo más. Creo que si Muguruza y Cano no se hubiesen gastado todos los cartuchos en estas 125 páginas, Manex podría seguir funcionando durante muchas aventuras más, como una especie de Corto Maltés del último tercio del Siglo XX.
La trama que urden los guionistas convierte a este muchacho común y corriente en una pieza clave de un delicado juego de espionaje internacional, a fuerza de intrigas, persecuciones, volantazos imprevistos… y alguna que otra casualidad demasiado inverosímil. Eso, sumado al alud de referencias a personas, hechos, conflictos y canciones de la época, tira un poquito abajo a la historia. Pero es muy entretenida, te mete muy bien en el contexto y hasta te da ganas de investigar más acerca de ese período política, social y artísticamente tan intenso.
El dibujo de Alderete me sorprendió. Yo esperaba algo más frío, más “diseñoso”, y me encontré con un dibujo más visceral, con un uso interesantísimo del color, con un tratamiento fascinante de la referencia fotográfica, un manejo devastador de las tramas mecánicas, una planificación de página muy pensada en función del flujo narrativo… Alderete cumple con los que esperaban de él algo estéticamente atractivo, y a la vez demuestra que no le cuesta nada poner su arte al servicio del relato. Muguruza y Cano lo premian con una breve secuencia onírica y con esa secuencia en la que los personajes le entran al camote (un hongo alucinógeno) y ahí el Doctor aprovecha para mostrar otros estilos, otras formas de encarar el grafismo que funcionan mejor en la ilustración que en la historieta y que así, en poquitas páginas dentro de un relato más complejo, se disfrutan a full.
No te digo que Black is Beltza es una gloria del Noveno Arte, pero si tenés antepasados vascos, o si sos muy fan del espionaje de la Guerra Fría o te copa la historia mundial de fines de los ´60, seguro te va a encantar. Y si delirás con las ilustraciones de Alderete, acá lo vas a descubrir en otra faceta, en la que también la rompe.
Volvemos pronto con nuevas reseñas.

lunes, 26 de diciembre de 2016

TRES CASI A FIN DE AÑO

Vamos ya con una de las últimas tanditas de reseñas de este año.
Ahora sí, me toca leer un comic que conseguí en Uruguay y que está escrito y dibujado por autores del país hermano. Rincón de la Bolsa impacta primero por los dibujos: es el primer trabajo importante de Gabriel Serra, un artista que retoma esa línea plástica, fuerte, bien expresiva con la que descolló Matías Bergara, y la adapta con jerarquía a un estilo más pendiente del realismo fotográfico. A veces la foto-dependencia se nota un poco mucho, pero Serra está lejos de sumarse a la horda de los Juan Carlos Flicker que no saben dibujar un fondo, un auto o un teléfono. Da gusto encontrarse con pibes jóvenes con esta calidad y con tanta proyección.
¿Te acordás de La Leona, la serie de Telefé con Nancy Dupláa y Pablo Echarri? Bueno, el guión de Rincón de la Bolsa tiene muchísimos puntos en común con el de La Leona, hasta el detalle de que todo gira en torno a una fábrica textil. La diferencia es que este guión es EXCELENTE. Evidentemente mi amigo Nicolás Peruzzo alcanzó la madurez como guionista y se puede dar el lujo de urdir una trama como esta, que todo el tiempo se siente real, que te atrapa sin golpes de impacto berretas, decorada con diálogos magníficos en los que los personajes reflexionan, tiran conceptos grossos, se enseñan, se aconsejan, o tejen lealtades, amistades y romances ante los ojos del lector. Y sí, varios de esos personajes están puestos en función de que la historia dure 50 páginas y no 24, pero están tan bien trabajados que no hacen más que darle sustancia y espesor al conflicto principal, que –finalmente nos revela Peruzzo- es el que se desarrolla en el foro interno de Jaime Moleda, el protagonista excluyente de la obra. Al final le falta esa pizca mínima de riesgo, como para explicitar mejor el curso de acción que decide tomar Moleda, pero está perfectamente a tono con el ritmo y los climas que generó Peruzzo a lo largo de toda la novela. Si existe la justicia, Rincón de la Bolsa tendría que ser recordada como la mejor historieta uruguaya de 2016, como mínimo.
Pero la justicia no existe, eso está clarísimo. De otro modo, The Victories no habría pasado sin pena ni gloria y TODOS estaríamos las 24 horas hablando de cómo el maestro Michael Avon Oeming le encontró una vuelta brillante al ya gastado tema de los “superhéroes para adultos”. Ya comenté los dos primeros tomos (ver reseñas del 03/10/14 y 19/12/14) y esta vez tengo para agregar que en este Vol.3 es donde Avon Oeming deja de centrarse tanto en lo que pasa y se decide a indagar más en por qué pasa lo que pasa. Por supuesto que hay machaca, gore y muchísima acción, pero es el tomo en el que los personajes (uno más grosso que el otro) hacen esa pausa como para reflexionar y empiezan a ver la trama detrás de la trama.
Superhéroes, monstruos, alienígenas, una conspiración macabra de siglos y siglos que involucra a la elite más oligárquica y soreta de la historia, un mundo violento y crepuscular donde hasta los héroes meten miedo… Todo vale en The Victories, un comic que gana en complejidad y en potencia página a página. Mucho que ver con esto tienen el dibujo y la narrativa, en las que Avon Oeming pone el alma misma. El colorista Nick Filardi lo apuntala con gran criterio, pero es el trabajo del co-creador de Powers el que pone a este comic tan arriba, tan lejos de la masa de comics de superhéroes que buscaron captar a los lectores más creciditos. El tomo incluye además cinco historias cortitas con dibujantes invitados, entre los que se destacan Mike Hawthorne y un fetiche de este blog, el prócer español Víctor Santos. Me queda pendiente el Vol.4, al que prometo entrarle pronto. Lo conseguí junto con el Vol.3 a dos mangos, porque evidentemente el público es pelotudo y no le dio a The Victories la bola ni el apoyo que se merecía. Desde acá, el aguante tardío y el agradecimiento eterno a Michael Avon Oeming por esta cátedra descomunal de historieta.
Y meto una más, cortita. La del Vol.11 de Términus, la antología made in Rosario. Esta entrega arranca muy arriba, con una gran historia muda de Bruno Chiroleu, probablemente la mejor dibujaad de todas la que publicó en Términus. Le siguen otros dos excelentes unitarios: uno de Luis Roldán Torquemada y Diego Simone y otro de Iñaki Aragón y Fernando Baldó, los dos con temática de zombies. Juan Frigeri la rompe toda con sus dibujos en La Pira, con un guión de Fede Sartori que por ahí se podía resumir en un par de páginas menos. Nico Brondo, demoledor en sus cuatro paginitas sin texto. Y para el cierre, una dupla muy sólida como es la de Rodolfo Santullo y Damián Couceiro, con ocho páginas de una serie que me encantaría ver convertida en una novela gráfica larga. O mejor que larga: infinita. El resto, correcto, aunque sin descollar. Me queda un sólo número de Términus sin leer, ya que el Vol.12 es el último.
Gracias por el aguante y retomamos pronto.

viernes, 19 de diciembre de 2014

19/12: THE VICTORIES Vol.2

Hace relativamente poco, el 3/10/14, me tocó reseñar el primer tomo de esta serie y quedé prendido fuego. Bueno, después de leer el Vol.2 me terminé de carbonizar. Ya no me quedan dudas: Michael Avon Oeming va por todo en las que, sin dudas, es LA obra de su carrera, la más compleja, la más osada, la más pasión transmite en cada una de sus viñetas.
No te dejes engañar por las portadas: The Victories no es simplemente un comic de superhéroes ambientado en un mundo crepuscular, sórdido y jodido. Es un comic repleto de matices, donde todos los personajes (buenos y malos) se ven enredados en complejos dilemas morales, en situaciones espesas de las que no hay una salida fácil, del tipo “le pegamos a los malos y se soluciona todo”. La corrupción, la manipulación de los medios masivos (que a la vez responden a un cónclave de villanos en las sombras), una extraña enfermedad viral, las drogas, una conspiración ancestral que tiene que ver con la luna y con los orígenes de un héroe y un villano… Avon Oeming entreteje todos estos elementos para mantener siempre muy al límite todos los conflictos.
Y si bien la machaca no suele funcionar como vía de resolución de los conflictos, está y tiene mucha presencia. Acá vas a ver peleas, explosiones y destrucciones tremendas, con consecuencias más parecidas a las del mundo real que a las de los otros comics de superhéroes. El autor no escatima crueldad a la hora de mostrar asesinatos, mutilaciones, canibalismo, torturas, gente que le mea la cara a otra gente… En ese contexto, los garches terminan por resultar casi pueriles. Así que si buscás un comic que te shockee, que te impacte con secuencias muy fuertes, de las que no se ven frecuentemente en la historieta yanki, The Victories también te va a enganchar.
En el Vol.1 notábamos que el protagonismo estaba muy concentrado en Faustus y nos preguntábamos si Avon Oeming abriría el juego al resto de los integrantes del equipo. Y la respuesta es sí, en este tomo Faustus tiene un rol más chiquito y los que se llevan muchas más escenas y un desarrollo increíble son D.D. Mau y Metatron. Me voy preparando para los próximos tomos, porque quiero ver qué cartas se guarda el autor para darle ese mismo nivel de complejidad y de carnadura humana a Sai, Sleeper y Lady Dragon.
Como si esto fuera poco, el dibujo sigue a un nivel altísimo. Con el correr de los episodios aparecen más personajes y siempre impacta el diseño de los trajes, de las armas, de los vehículos. A esta altura ya es difícil imaginar personajes con superpoderes con un aspecto único, original. Avon Oeming lo logra muchas veces en estas páginas. El claroscuro visceral, bien cargado de sensibilidad noir del dibujante se fusiona cada vez mejor, más armoniosamente con la paleta del colorista Nick Filardi. Y una vez más, lo más grosso termina por ser la narrativa, el constante riesgo, la constante búsqueda del autor en este rubro. Avon Oeming logra mediante un sinfín de recursos narrativos que la intensidad no baje nunca y que la sensación de asfixia, de “se está yendo todo a la mierda” no afloje jamás. Ni siquiera en las escenas más tranqui, el autor parece dispuesto a darnos un respiro. Eso hace que leer The Victories se convierta en una experiencia fuerte, casi traumática, 100% irrestistible y adictiva.
Comic de autor, pensado para un público adulto, y protagonizado por chabones y minitas con superpoderes. ¿Se puede, o es un disparate? Se puede. Michael Avon Oeming lo está demostrando y yo lo estoy disfrutando a pleno. Me encanta la onda neo-clásica de Astro City, con los héroes nobles, limpitos, adorados por la gente de su ciudad. Pero también me seduce esta onda sombría, siniestra, en la que la línea entre buenos y malos es tenue y en la que los protagonistas matan, garchan, escabian, se drogan, mienten y putean como colectiveros en un embotellamiento en la avenida Medrano con 38 grados de calor y el bondi repleto. Un poco de mugre cada tanto viene bien y The Victories te enchastra hasta el alma, con una calidad muy, muy notable.

viernes, 3 de octubre de 2014

03/ 10: THE VICTORIES Vol.1

De Watchmen para acá, han aparecido muchos, quizás demasiados, comics que propusieron una mirada más adulta, menos ingenua, acerca del siempre vigente tema de los justicieros enmascarados. Entre muchas paparruchadas, que se pasan de pretensiosas, o que confunden madurez con violencia al palo, cada tanto aparece un acierto, un planteo distinto, inteligente, arriesgado, con algo nuevo y a la vez potente para decir acerca del género. En esa lista hay que inscribir a The Victories, la serie que Michael Avon Oeming está publicando hace un tiempo en Dark Horse. A este autor lo vimos como dibujante en Powers y como guionista en aquel TPB final de Thor, que cerraba la gloriosa etapa de Dan Jurgens al frente de aquella serie. Ahora, en The Victories, nos lo encontramos en el rol de autor integral, responsible absoluto de esta creación, en la que está secundado por el muy buen colorista Nick Filardi.
Este primer arco argumental de The Victories está centrado en Faustus, un personaje complejo, muy bien elaborado, una mezcla de Batman, Spawn y Iron Fist forjada a base de conflictos muy fuertes. Faustus garcha, escabia a lo pavote, putea como una cloaca, por momentos parece dispuesto a cruzar ciertas barreras éticas para rosquear con un villano muy heavy… y todo cierra cuando Oeming nos revela el oscuro secreto que oculta este enmascarado. Toda esta indagación en la vida, las obsesiones y las motivaciones de Faustus deja poco margen para el lucimiento de los demás personajes, es cierto. Pero la verdad es que es todo tan intenso, tan ganchero, que no molesta ver a cuatro o cinco héroes más aparecer pocas viñetas por episodio y mostrar apenas un cachito de su inobjetable potencial. Ya habrá tiempo en las sagas futuras para profundizar un poco más en ellos, y si Oeming le da a cada uno la complejidad y la sustancia que le dio a Faustus, vamos a tener un equipazo, repleto de personajes logradísimos.
El clima de la serie también constituye uno de sus principales atractivos. Todo transcurre en una ciudad decadente, corrupta hasta la médula, donde la cana está entongada con los criminales o cagada en las patas, y sólo un puñado de justicieros tratan de mantener un mínimo orden. La violencia extrema, las drogas y el alcohol le marcan el pulso a una ambientación sórdida, sin un centavo de esperanza, en la que de pronto hay lugar para escenas muy zarpadas, muy truculentas, e incluso para meterse con un tema espinoso como es el de la pedofilia.
La machaca está muy presente, mostrada de modo muy espectacular, y para plasmarla, Oeming se ve obligado a modificar un poco su dibujo. No tanto en el trazo, sino en la planificación de las viñetas y las páginas. Acá no puede hacer el show de las talking heads con el que llenaba páginas y páginas de Powers, esas con los personajes cuasi-inmóviles sobre un fondo que se dibujaba una sóla vez y se repetía 140. En The Victories los personaje se mueven muchísimo y Oeming responde con un dinamismo alucinante en las puestas, un gran trabajo en la coreografía de las peleas y un despliegue notable en fondos, expresiones faciales y climas. El resultado es un comic visualmente hipnótico, con mucha fuerza, por momentos muy visceral y siempre muy genuino.
The Victories es una idea que le hubiese gustado tener a Mark Millar, por ejemplo. O a Frank Miller, cuando Frank Miller tenía ideas. Esto arrancó muy bien, sin guardarse nada, sin estirar, sin arrugar y -como ya dije- mostró apenas una puntita de un enorme potencial que seguramente veremos estallar en los tomos posteriores. Si sos fan de Michael Avon Oeming, o te copa la idea de los superhéroes en un mundo crepuscular, enchastrado de mala leche y corrupción, con fronteras muy finitas entre los buenos y los malos, con consecuencias jodidas para cada cosa que sucede, no tengo dudas de que con The Victories vas a dar la vuelta olímpica. El primer TPB salió a modestos u$ 9.99 como para que cualquiera se pueda enganchar y conmigo lo lograron, de una. Otra victoria para el comic de calidad, 100% controlado por un autor cada vez más consagrado.

lunes, 2 de septiembre de 2013

02/ 09: THOR: DISASSEMBLED

A veces pasa que se impone la lógica. Lo que hizo Dan Jurgens con Thor fue tan grosso, tan definitivo, que no tenía mucho sentido seguir adelante con la serie una vez que él la dejara. Y así es como La revista lanzada en 1998, cierra en 2004, tras 85 episodios de un nivel promedio muy, muy alto. Jurgens no se queda hasta el final, por eso estos seis episodios finales caen en manos de Michael Avon Oeming, el dibujante de Powers, que es un fan a muerte de la mitología nordica, y además autor de un comic de vikingos y asgardianos llamado Hammer of the Gods, que había salido sin armar demasiado revuelo unos años antes, en 2001.
La saga final de Thor a cargo de Oeming tiene dos problemas, ninguno demasiado grave: 1) es medio brutal el salto del último episodio de Jurgens al primero de Oeming. Tanto que –de todo lo que contó Jurgens en sus últimos años al frente de Thor- lo único que se menciona en el repaso con el que abre Oeming es la muerte de Odin y el ascenso del Dios del Trueno al trono de Asgard. El resto (toda la compleja trama de Thor jugando a ser Dios, mientras la ciudad de los dioses flota sobre Manhattan) se ignora por completo. De golpe volvemos al Thor más icónico, sin barba, con cara de pendejo y con ese traje feo, el de los botones enormes y los brazos al descubierto. Hubiese estado mejor una transición más “suave” de un arco a otro.
Y 2) este último tramo está bastante estirado. La cosa se pone realmente interesante por la mitad del tercer episodio, mientras que Oeming dedica el primero y el segundo a una mínima explicación de qué es el Ragnarok para los dioses nórdicos y a una excesiva cantidad de combates, uno más cruento que otro, entre Thor, sus aliados y sus enemigos. Con 50 páginas menos, Disassembled sería mil veces mejor.
Todo esto no empaña la genialidad de la última vuelta de tuerca que pega el guionista. Una vez que Thor adquiere la sabiduría que nunca nadie tuvo y se da cuenta de lo que nadie nunca se dio cuenta, la trama se eleva muy, muy por encima de la machaca sanguinolienta. Y ahí sí, alcanza el status mítico, el carácter definitivo, que identifica a los grandes cierres de las grandes sagas. Thor descubre el mecanismo cíclico del Ragnarok (en realidad, de los Ragnaroks) y decide desactivarlo, aunque esto signifique dejar de existir. No sólo él: todos los dioses, buenos y malos, se repliegan al plano de la no-existencia, no sin que antes Oeming saque del medio a Beta Ray Bill, Valkyrie y algún otro personaje que pudieran necesitar sus colegas mientras Thor estuviera en el limbo.
La escena final del libro es un acto de unos huevos increíbles, incluso en esta serie, en la que Jurgens nunca se cansó de impactarnos con su inolvidable despliegue de unos huevos gigantescos. Es un cierre fatídico y profundamente conmovedor, que además le saca jugo y le agrega sentido a la clásica contradicción de Thor, la del dios asgardiano que la pasaba bárbaro en la Tierra y muchas veces priorizó a los humanos por sobre su estirpe divina. Un lujo y una gloria, ya casi sobre el final de la irrepetible era de Marvel capitaneada por Joe Quesada y Bill Jemas.
Del dibujo, lo mejor que puedo decir es que hay un sólo dibujante que se banca los seis episodios consecutivos, algo que casi no sucedió en los 79 números de Dan Jurgens. Bueno, tampoco es para tanto... Andrea de Vito no es un desastre, ni un muerto impresentable. Es simplemente un dibujante flojo, sin imaginación, sin un estilo original, ni lindo, sin ideas novedosas a la hora de armar la página, duro en las expresiones faciales (hay que darle una serie protagonizada por R2-D2 y C3-PO). Acá lo ayuda bastante el color de Laura Villari, pero no alcanza para ponerlo ni cerca de un nivel que le haga justicia a la magnitud de los guiones.
Y como ya sabés (o te imaginás) unos años después de este hermoso final, la historia de Thor volvió a empezar, con ooootra vuelta de tuerca que le permitió a ooootro guionista (el maestro J.M. Straczynski) traer de vuelta al Dios del Trueno y reintegrarlo al Universo Marvel. Por amor a lo que hicieron Jurgens y Oeming, no lo voy a leer. Sé que arranca bien, porque leí los dos primeros episodios, intrigado, a ver cómo carajo hacían volver a Thor. También sé que la peli de 2011 afana bastante de ahí. Pero hasta ahí llego. No me copa tanto Thor como para arrancar con otra etapa, y menos después de lo mucho que me gustó esta. Ahora me falta sólo comprarme en libro los... 30 primeros episodios, que los tengo en revistitas, y se acabó Thor, por lo menos para mí.

domingo, 16 de junio de 2013

16/ 06: POWERS Vol.4

Bueno, era casi inevitable: este tomo me gustó un poco más que el anterior, que me pareció un delito a mano armada. Acá hay choreo, pero es menos brutal. Lo que Brian Michael Bendis y Michael Avon Oeming nos narran en más de 150 páginas podría haber sido una hermosa novela gráfica de 80 páginas, o –estirándola un cachito- dos lindos prestiges de 48. El problema es que esta vez Bendis no estira con lo que mejor le sale, que son los díalogos, sino que mete escenas flojas, que deberían aportar tensión pero no lo logran, principalmente todas esas centradas en los medios de comunicación y su cobertura (amarillista y berreta al mejor estilo de nuestros canales de noticias) de los tremendos sucesos que nos toca presenciar en este tomo. Bendis también prolonga hasta el infinito persecuciones y escenas de acción, pero por lo menos son escenas grossas, muy impactantes, y que nunca sabés cómo se pueden llegar a resolver.
La redención para este arco argumental viene por dos lugares distintos. Primero: estirada y todo, hay una trama fuerte y se resuelve de modo sorprendente. El trágico fin del grupo conocido como FG-3 está muy bien orquestado, abre puntas muy interesantes y plantea un dilema (vinculado a los seres con superpoderes) que dificilmente puedan plantear los autores que abordan el género superheroico desde un ángulo más careta, o más tradicional. Y segundo (y principal): todo lo que pasa afecta MUCHO a uno de los protagonistas. Sin dudas, lo mejor del tomo llega en el epílogo, cuando Bendis nos revela (en siete páginas brillantes) cómo afectaron a Christian Walker las cosas que pasaron y las decisiones que lo vimos tomar. Pobre Deena Pilgrim, está prácticamente de adorno durante toda la saga. Apenas si logra mechar un par de sus frases ingeniosas y habitualmente muy guarangas. Esta vez, Bendis se las ingenia para que toda esta bola de misterio, violencia y muerte le detone en la cara a Walker, el ex-supehéroe convertido en cana, y habrá que ver cómo se da vuelta la torta para que la serie recupere su status quo, porque el sacudón que recibe Christian tiene pasta de definitivo. Lo cierto es que, si imaginamos una versión resumida, sin toda esa perorata al pedo que no va a ningún lado, tenemos un excelente arco argumental, jugado, original, y muy importante en el desarrollo de la serie.
El dibujo de Oeming... está un poquito más raro, más desparejo. Tiene viñetas colosales y otras en las que se lo ve muy deforme, muy grotesco. Acá estrena colorista nuevo (Peter Pentazis), y se encuentra con toda una serie de efectos de iluminación, brillitos y texturas que antes no estaban y que le cambian bastante la impronta visual a la serie. La narrativa también tiene sus problemas, sobre todo en esas páginas dobles llenas de viñetas, en la que no está muy claro cuándo hay que bajar la vista para pasar a la segunda tira de cuadros. Como siempre, Oeming repite dibujos a lo pavote y no mezquina esfuerzos a la hora de dibujar fondos. Esta vez, no sé por qué, lo toleré más de lo que lo disfruté. Por ahí al ser una historia tan dark y tan truculenta, se achicó el margen para jugar con la estética cartoon que Oeming heredó de los creadores de Batman: The Animated Series. Lo cierto es que, si bien hay dibujos excelentes, el conjunto no me terminó de cerrar.
Al final, no sé si seguir adelante con Powers o si colgarla acá. Si la cuelgo, me quedo con un final triste, amargo, como el que tuvo ayer la novela de IndeBendiente. Y con un personaje (Deena) apenas explorado, al que nunca vi rozar siquiera su verdadero potencial. Veremos qué onda. Supongo que si veo baratos los TPBs que me faltan no me voy a resistir. Y si no, mala leche: si en cuatro tomos Bendis y Oeming no lograron sumarme a los fans incondicionales de la serie, por algo será. O como decían los fachos en los ´70, “algo habrán hecho”...

miércoles, 8 de mayo de 2013

08/ 05: POWERS Vol.3

Retomo esta serie que tenía abandonada hace más de 10 años. Me acordaba poco: que los protagonistas eran un tipo y una mina policías, que investigaban asesinatos en un mundo tipo Astro City, donde los superhéroes son cosa de todos los días, y que capaz que uno de ellos dos tenía superpoderes, aunque no los blanqueaba. Por suerte, no hacía falta recordar nada más para entender lo que pasa en este tomo.
Por desgracia, lo que pasa en este tomo es UN DESASTRE, una garcha, una tomadura de pelo. El libro arranca con un arco de tres episodios que se podría haber contado en uno, y que encima... no se resuelve! En el medio de la investigación, cuando Deena y Christian parecen haber encontrado a la testigo clave, la historia se interrumpe y queda ahí, trunca. Me salteo una historia a la que le quiero dedicar un próximo párrafo y llego a las 13 páginas de la historia titulada The Shark, una anécdota sumamente nimia e intrascendente, aunque hábilmente estirada por Brian Michael Bendis con los diálogos. Después, un montón de páginas que no son historietas, sino largos textos que fingen ser la transcripción de un juicio oral, intercalados con ilustraciones en blanco y negro de Michael Avon Oeming. Un juicio oral es aburrido incluso si te lo cuentan en forma de historieta... imaginate una transcripción en formato “solo texto”. A dormir al tercer párrafo.
Lo que le sigue es aún más ladri: 20 páginas en blanco y negro que fingen ser un librito para que los chicos coloreen, dibujen y resuelvan acertijos, laberintos y boludeces varias. De verdad! Los dibujos de Oeming mínimamente la reman, pero es un choreo a mano armada, mal. De ahí nos vamos a Mall Outing, la primera historieta que hicieron juntos Bendis y Oeming, para un especial de Jinx. Son cuatro paginitas, nomás, muy bien dibujadas y con un guión totalmente predecible y efectista, sin más intención que la de impactar a como dé lugar. Y para el final, bocetos de Oeming, portadas y una muy buena entrevista a Bendis, realizada por Alex Hamby.
Y me queda para rescatar Ride Along, la historieta de 25 páginas en las que Christian Walker comparte el protagonismo con... Warren Ellis! El eximio guionista del mundo real se mete en una ficción y durante las primeras 10 páginas la rompe con unos diálogos brillantes, en los que baja línea a ocho manos acerca de la industria del comic yanki, su desmesurada dependencia de los superhéroes y demás tópicos espinosos en los que coincido 100% con Ellis (y sospecho que Bendis también, aunque no le convenga blanquearlo). Pero claro, en las 15 páginas restantes se supone que tiene que pasar algo y ahí, como el resto del tomo, Ride Along se sumerge de a poquito en el pantano de la intrascendencia, sin la más remota chance de que uno se enganche con lo que le está por suceder a los personajes.
¿Por qué uno no pide demasiadas veces que esto se termine rápido? Primero, por lo ya mencionado: la habilidad de Bendis para pilotear con buenos diálogos estas historias más estiradas y con menos fundamento que las cautelares que benefician a Clarín y La Nación. Y segundo, la muy buena labor de Oeming al frente de la faz gráfica, con un estilo lindo, suelto, sin estridencias ni virtuosismos, muy jugado a la narrativa, a controlar obsesivamente los tiempos del relato mediante jueguitos con los tamaños de las viñetas, la reiteración de fondos y personajes, etc. Por supuesto, Oeming se luce mucho en esos dibujos que hacen las veces de fotos en ese episodio que quiere parecerse a una revista, y en esas ilustraciones en blanco y negro que fingen ser retratos de los implicados en el juicio oral. Liberado de los abundantes diálogos que mete Bendis y de la grilla de 146.000 viñetas por página, el dibujante aprovecha para pelar, para zarparse, para divertirse. Y está muy bien si no fuera porque uno pretendía leer buenas historietas, no mirar buenos dibujos.
Menos mal que tengo ya comprado el Vol.4 y menos mal que tengo mucha fe, casi la certeza de que esto va a repuntar. Si no, te juro que colgaba la serie acá y a la mierda Powers.