el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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sábado, 22 de septiembre de 2018

TARDE DE SABADO

Me quiero ir a dormir la siesta, pero estoy esperando a gente que viene a casa a comprarme o traerme libros. Así que para aguantar despierto, me siento a escribir reseñas, y que me interrumpan cuando quieran.
Arranco con una bizarreada: un guionista belga que vive en EEUU arma una serie con un dibujante danés para una editorial francesa y yo consigo la edición británica. Se trata de la bastante reciente World War X, obra del siempre inquieto Jerry Frissen y del imbatible Peter Snejberg, cuyo integral (editado por Titan) conseguí a buen precio el año pasado. La edición es tan buena que ni se nota dónde terminaban los dos primeros álbumes que integran esta trilogía. Se lee como una novela gráfica sin fisuras, casi 140 páginas de palo y palo que avanzan hacia el desenlace sin desvíos ni atajos, sin estirar ni apretar nada.
Frissen no pretende inventar la rueda. Lo suyo es un comic de entretenimiento y alto impacto, una saga de ciencia-ficción que vira hacia la catástrofe cuando unos bichos alienígenas, prisioneros en la Tierra hace millones de años, se liberan y empiezan a destruir todo a su paso. Nada demasiado original, por lo menos en el planteo, pero el belga se las ingeniará para ofrecerle al lector un amplio abanico de emociones, mediante un guión que –a mi juicio, acertadamente- no se concentra tanto en la guerra de humanos vs. aliens. Todo esto tiene una dimensión más terrenal, más personal, incluso más íntima, que es lo que elige priorizar Frissen. Así es como, en medio de esta aventura grandilocuente, lo más importante pasa a ser el desarrollo de un personaje muy bien construído: el científico Adeshi Khan. Hay varios hallazgos más en materia de desarrollo de personajes, sin que eso empantane la acción o le reste espesor a las runflas entre políticos, milicos y empresarios medio turbios que buscan la forma de beneficiarse con el desastre.
También hay elementos místicos, alguna insinuación sexual no muy subida de tono, una versión alternativa de las relaciones entre humanos y alienígenas a lo largo de la historia, una especie de héroe sobrenatural que la pasa bastante mal y una leve trama romántica, que tampoco tendrá un final feliz. Con todo eso, Frissen mantiene el interés del lector y redondea una aventura simple pero no carente de sustento ni de intensidad.
Y por supuesto, World War X juega con ese ancho de espadas que es el dibujo de Peter Snejberg. Inmenso trabajo del Gran Danés, muy bien coloreado por Delphine Rieu (a quien conocíamos como guionista), con una excelente mezcla entre trucos de narrativa franceses y yankis y algunos ajustes en el estilo (las caras de las chicas, por ejemplo) que lo ayudan a parecerse más a un dibujante franco-belga que a Eisner o Corben. Fondos, climas, secuencias mudas, expresiones faciales, diseño de naves y monstruos, secuencias que exigen una vasta documentación histórica, páginas de 10 viñetas… Snejberg sale triunfador de todos esos desafíos. Como los grandes de verdad, bah.
Este año se publicó en Argentina la antología Nueve Dragones, con nueve historias cortas escritas por el (hasta ahora inédito) guionista Ignacio Porto, todas con distintos dibujantes. La verdad que no encontré ningún guión que me volara la cabeza. Me reí bastante con “Atómico”, el unitario dibujado en su estilo más despojado por El Waibe, y me gustaron un par más, pero no al nivel de cerrar el libro, aplaudir un rato y volverlo a abrir. Quizás sea porque no me interesa mucho el tema de los dragones, andá a saber… Lo bueno es que Porto no se centra sólo en eso, sino que utiliza a los dragones para contar historias bastante distintas entre sí, ambientadas en distintas épocas, lugares y culturas.
En materia de dibujantes también hay mucha diversidad, desde el ya mencionado Waibe hasta un clásico Horacio Lalia. Creo que el que más me gustó fue Rodrigo Cardama, un dibujane al que no conocía, que se pone al hombro una historieta muda y la lleva a buen puerto con una solvencia narrativa muy notable y una sana infuencia de David Rubín. También destaco los trabajos de Telémaco (al mismo nivel que le vimos en el libro de Urgh!) y de Beto Ledes, que es el que más se rompió el culo en materia de vestuario, fondos y tonalidades de grises. Ninguno de los dibujantes desentona demasiado, ninguno presenta demasiados aspectos para criticar, pero creo que esos tres son los que más se destacan dentro del conjunto. Veremos con qué nos sorprende Ignacio Porto en su próxima obra, que espero que sea un único relato más extenso (con un solo dibujante), en lugar de una colección de historias cortas.
Sigo avanzando con las lecturas para volver a postear pronto, acá en el blog.

martes, 14 de octubre de 2014

14/ 10: THE LORDS OF MISRULE

¿Qué es esto? ¿Un flashback al 01/07/12? No, tranqui. Aquella vez yo me había cebado con la primera novela gráfica de Lords of Misrule y me proponía conseguir la secuela. Pero hete aquí que la editorial Radical reeditó en un sólo tomo TODO Lords of Misrule: la secuela, la novela gráfica y tres historias cortas, perdidas andá a saber en qué antología. Es un libro majestuoso, un hardcover de 264 páginas editado como los dioses, así que cuando lo vi a buen precio, me tiré de cabeza, aunque me quedara “repe” la primera parte.
No voy a reiterar los conceptos de la reseña que le dediqué hace unos años, pero sí subrayar dos cosas: 1) En el contexto global de la saga, es decir, a raíz de lo que sucede después, esa primera historia es bastante menor, tiene un peso… chiquito. 2) Aquellos horrores indecibles, aquellos vejámenes que sufrieron los dibujos de Gary Erskine bajo la inclemente e incompetente paleta de una colorista abyecta, fueron subsanados. Ahora la historia de Kieron Wallace aparece recoloreada por JM Ringuet, un dibujante, ilustrador y colorista francés que vive en China, conocido sobre todo por Transhuman, una serie que hizo en Image junto a Jonathan Hickman. Y ahora sí, la faz gráfica se ve sólida en todos sus rubros.
Pero vamos a la secuela, a esa saga de seis episodios en la que John Tomlinson comparte los guiones con Dan Abnett y se suma como dibujante nada menos que Peter Snejberg. Acá el argumento se hace más ambicioso, más complejo, se empieza a entender mejor qué carajo tienen que ver esas secuencias ambientadas en un mundo de fantasía épica onda Tolkien, y el foco se desplaza hacia Jack Goodfellow, un personaje al que los guionistas trabajarán a fondo. Pero se rompe un poquito el equilibrio entre thriller psicológico, misterio freak onda X-Files y terror puro y duro, con mucho gore, sangre y mutilaciones. Sin irse muy al carajo, y sin perder interés, la cosa derrapa para el lado del terror y por momentos este se hace muy gráfico, muy cabeza. Quizás, si la saga tuviera dos episodios menos, se podrían haber obviado algunas peripecias truculentas que en su momento impactan, pero que en el global de la historia no aportan demasiado.
Para cuando empezás a vislumbrar el final, cómo puede llegar a cerrar todo, son cuatro o cinco los personajes que cobraron peso en la trama. Y la resolución, sin ser hiper-original, está muy bien lograda. Pero claro, para esta instancia ya estamos inmersos claramente en “una de terror”, con criaturas abisales, machaca y ríos de sangre, muy lejos de ese tono gaimanesco que yo señalaba cuando leí la primera parte. Las historias cortas también van para ese lado, el de un terror que amaga con ser fino, psicológico, pero en un punto enfila hacia un tono más gráfico, más chocante, más cerca de la E.C. que del Vertigo de los ´90. Lo cual no significa que estén mal. Por el contrario, se disfrutan bastante incluso sin saber una chota acerca de Jack Goodfellow, su linaje y su conexión con el extraño pueblito de Callow.
Pero estoy dejando de lado lo más notable, que es el trabajo de Peter Snejberg en el dibujo. El gran danés produjo todas estas páginas a fines de los ´90, en blanco y negro, que es como las publicó Dark Horse en su momento. Es un laburo monumental de Snejberg, consagratorio por su manejo de las expresiones faciales, de los fondos, de la puesta en página, del jueguito (que ya había hecho Erskine) de dibujar en otro estilo las páginas en las que la narración coquetea con la fantasía épica… Y sospecho que Snejberg la habrá roto también con los climas y con el manejo del claroscuro, que es su técnica favorita. Sin embargo eso no se ve en esta edición, porque por encima del dibujo del gran danés tenemos el color de JM Ringuet, que hace un trabajo absolutamente genial, que casi eclipsa al del dibujante. Ringuet le pone al dibujo de Snejberg texturas, profundidad, volúmenes… tonalidades que no se ven habitualmente en el comic yanki, y que hacen que algunas páginas parezcan coloreadas por Enki Bilal o Miguelanxo Prado. Milagrosamente, el claroscuro de Snejberg se potencia muchísimo y se acerca todavía más a los mejores trabajos de Richard Corben, con quien –insisto- hay que emparentar cada vez más al capo de Copenhague.
Si sos fan de Peter Snejberg y lo querés ver rozar la gloria, no lo dudes. En Lords of Misrule, además de una buena historia de misterio, terror y mitos ancestrales, te espera la conjunción entre los excelentes dibujos del danés y una paleta de colores que lo reinventó y lo elevó a la estratósfera.

viernes, 17 de febrero de 2012

17/ 02: A GOD SOMEWHERE

La puta madre, qué injusto es el mundo! ¿Cómo puede ser que nunca en la vida haya oído a ninguno de mis amigos comiqueros hablar de este libro? ¿Por qué tuve que juntar coraje para pedírmelo, como quien se juega su última ficha de 100 mangos a Pares o Impares en la ruleta? En un mundo más justo, todos (no sólo los que leemos comic yanki, sino TODOS) deberíamos estar con las bolas al plato de tanto escuchar hablar de A God Somewhere, de los premios que ganó, de sus connotaciones religiosas y sociales, de su tratamiento único y osado al ya clásico tópico de “superpoderes en el mundo real”, y por supuesto, del miedo que genera la posibilidad de que DC saque precuelas y secuelas o –peor aún- que a alguien se le ocurra convertirla en un largometraje con actores choto y edulcorado.
Sí, ya sé: Miracleman lo hizo antes y seguro lo hizo mejor. Pero acá, a John Arcudi y Peter Snejberg se les ocurren un montón de ideas que a Alan Moore no se le ocurrieron cuando escribió Miracleman, o incluso Watchmen. Hasta la mitad de la novela, ponele que sí, que A God Somewhere podría ser tildado de “Miracleman de la B Nacional”. Pero la segunda mitad, cobra un rumbo que Miracleman ni siquiera llega a sugerir y se va bien, pero bien a la mierda.
Como la novela que comentamos ayer, A God Somewhere te hace comer varios amagues a la hora de definir quién corno es el protagonista. Al principio es la historia de tres amigos, después Arcudi te hace creer que es la historia de Eric Forster y al final queda bastante claro que es la historia de Sam Knowle, el personaje con el que más se identifica el lector y al que mejor trata el guionista. Porque –no soslayemos un dato importante- esta es una historieta tremenda, descarnada, jodida, truculenta, perturbadora, dura como esos fouls que hacía el Cabezón Ruggeri en la puerta del área. Y si bien tiene momentos lindos, distendidos, de sana comedia juvenil, los personajes protagónicos la pasan mal. Muy mal. No son los únicos, claro. Arcudi reparte duro y parejo y nos ofrece hermosas masacres en las que la gente (y los cachos de la gente) vuelan por el aire, desmembrados por una ráfaga de balas, una explosión, o un tipo con superpoderes que no tiene ningún reparo en matar a ningún mísero mortal.
¿Cómo cambia un tipo común y corriente, copado y decente, el día que recibe los poderes de un dios? ¿De la noche a la mañana, o gradualmente? ¿Mucho o poco? ¿Qué lo impulsa a ayudar al prójimo y no a decir “ratas patéticas, yo tengo el poder y el que no quiera ser mi esclavo será mi víctima”? ¿Cómo se altera su entorno, la vida de sus seres queridos? ¿Cómo reaccionan los políticos y militares, que son los que creen detentar el único y legítimo poder? Y si es un dios, ¿da para venerarlo como los católicos veneran a Jesucristo y el resto de las religiones a sus respectivos mesías, profetas, etc.? Arcudi se juega la vida y responde a todas esas preguntas de un modo totalmente inesperado y definitivamente impactante.
El dibujo corre por cuenta del gran danés Peter Snejberg, en el que probablemente sea el mejor trabajo de su carrera. Gore fuera de control, violencia al recontra-extremo y genocidios estremecedores por un lado, y por el otro climas realistas, creíbles, escenas tranqui repletas de gente normal que hace cosas normales. Y como constante en uno y otro polo, el dominio cancherísimo de la anatomía, la iluminación, las expresiones faciales y la composición tanto de la viñeta como de la página en su totalidad. Snejberg apuesta fuerte y le salen todas bien. Un laburo absolutamente consagratorio para este monstruo nunca bien ponderado.
Esto, amigo viñetófilo, roza la categoría de Historieta Perfecta. Puesto a criticarle algo, se le nota un poco en su estructura, en su extensión y en cómo están organizadas las escenas, la intención de que A God Somewhere algún día se convierta en una peli de Hollywood. Pero es una boludez, una nimiedad que no opaca en lo más mínimo la apabullante calidad de esta novela gráfica. Ah, no la etiqueto como “Vertigo” porque Vertigo simplemente reedita A God Somewhere desde que desapareció el sello WildStorm, que fue el que la publicó por primera vez. Papa hiper-fina.

jueves, 11 de marzo de 2010

11/ 03: LIGHT BRIGADE


En la contratapa de este libro se destaca una frase que no quiero leer nunca más en mi vida: “El Cielo y el Infierno están en guerra y la van a librar en la tierra!”. ¿Cuántas historietas leímos sobre la guerra entre el Cielo y el Infierno? ¿Cientos? ¿Miles? Y si le sumamos las películas y las series de TV, por ahí decenas de miles. ¿Hace falta otra historia más de guerra entre el Cielo y el Infierno que se libra en la tierra?
Con esa excelente predisposición me senté a leer este libro, sin olvidarme de que era la primera vez que leía algo “grosso” de Peter Tomasi, de quien sólo conocía historias cortas, perdidas en alguna antología. Lo conocía y respetaba por su labor como coordinador, pero nunca le había entrado a ninguna de sus obras importantes como guionista. Y la verdad es que con mucho huevo y mucho oficio, Tomasi me sacudió mi escepticismo y me reclutó en la Brigada. La clave es fácil: Light Brigade se lee como una de esas buenas historias de guerra que escribe Garth Ennis en las que lo más importante es el laburo de desarrollo de personajes. Tomasi trabaja muchísimo sobre esto y nos presenta un amplio elenco protagónico, donde cada soldado es único (los hay más duros, más trágicos, más guarros, más intelectuales, más bestias, hasta más geeks) y tiene su chance de brillar. Esto no es el Sargento Rock y diez salames más que nadie sabe quiénes son y a nadie le importa si los nazis los matan, los violan o los afilian al PRO. Acá hay un sano rescate del famoso (y oesterheldiano) héroe colectivo.
El otro gran logro de Tomasi es cómo se esfuerza para que de punta a punta esto sea un comic bélico lo más puro posible. Para esto, se encarga con enorme habilidad de encorsetar toda una serie de elementos sobrenaturales (no los quiero denominar “fantásticos” por las dudas de que algún católico fanático se ofenda y me haga excomulgar por un obispo pedófilo) para que incluso lo más fumado y grandilocuente se pueda contar dentro de los parámetros del género. Y lo más flojo, o lo que menos cierra es que, precisamente por la grandilocuencia de la trama, por lo ambicioso del plan de los villanos (que no son los nazis, o por los menos son algo más que simples nazis), es obvio que van a perder. No hay forma de que los buenos no frustren el plan de los malos, y lo que te puede llegar a sorprender es –en todo caso- a qué costo.
Hablábamos de las similitudes entre Light Brigade y los buenos comics bélicos de Ennis y una de ellas es que muchos de esos comics los dibuja el gran danés Peter Snejbjerg, un monstruo injustamente subvaluado por la gran masa del pueblo comiquero. Snejbjerg tiene una narrativa cristalina, una puesta en página sobria y ajustada, como los dibujantes ingleses tipo Steve Dillon. Pero dibuja mejor. Sus composiciones y su trabajo de sombras tienen más que ver con Mike Mignola o con Tony Harris, y en un montón de detalles se le nota el amor por Will Eisner y por Richard Corben. El colorista Bjarne Hansen también se debe cebar con esa impronta filo-corbeniana de Snejbjerg, porque el color está puesto como suelen ponerlo los buenos coloristas que trabajan con el prócer de Kansas. Snejbjerg además es un dibujante de enorme versatilidad, al que le salen bien las escenas tranqui, los pasos de comedia costumbrista, las escenas de acción y todo tipo de machaca, desde una mera puñalada hasta la hecatombe de proporciones bíblicas que propone Light Brigade. La documentación histórica de la Segunda Guerra Mundial está muy lograda y siempre que Snejbjerg recurre a la ayuda de fotos, las labura para que parezcan dibujos, un poco más realistas que los de los personajes, pero dibujos al fin.
Lo cierto es que, al jugármela por el lado de la historieta bélica, me hicieron entrar. Toda la parte sobrenatural está buena, da mucho jugo y los autores lo aprovechan para que la enésima versión de la guerra entre el Cielo y el Infierno no sea una gilada más, sino el ingrediente extra para una muy buena saga de yankis versus nazis en las frías planicies de la Bélgica invadida por las tropas aliadas. Una más, y no jodemos más…