el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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miércoles, 21 de enero de 2026

MIÉRCOLES CON LOS LÍDERES

Hoy, de pura casualidad, tengo para reseñar dos obras publicadas por las dos editoriales que lideran el segmento de la historieta en nuestro mercado editorial. Ahí vamos. Le entré al Vol.2 de Tokyo Days lo antes que pude, porque el Vol.1 me pareció realmente notable. Y en este segundo tramo, tenemos un leve volantazo de Taiyo Matsumoto en cuanto al foco del relato. La trama que parecía ser la principal en el Vol.1 (Shiozawa renuncia a su puesto de editor de manga en una gran editorial y empieza a planear una nueva revista que él mismo va a financiar, con los autores que a él le copan) esta vez es secundaria. Avanza un poco, pero Matsumoto alterna capítulos en los que vemos a Shiozawa contactando autores para la revista, con otros en los que apenas se lo nombra. ¿Y de qué tratan los capítulos que no se centran en Shiozawa? En esos momentos, el foco está puesto en la vida de Chosuke, el autor más carismático de los que ya se comprometieron a participar del nuevo proyecto, y sobre todo en Aoki, el mangaka conflictivo al que Shiozawa le había visto pasta de campeón. Sobre todo en la segunda mitad del tomo, Aoki se morfa la serie. Todo pasa por él, por cómo se adapta a la realidad de ser, por fin, un autor exitoso, y cómo esto también genera conflictos. Estamos frente a un personaje muy complejo, muy enroscado, probablemente basado en un colega al que Matsumoto conoce de la vida real que, a través de su inestabilidad y sus arrebatos, cobra un relieve increíble al punto de eclipsar a todo el resto del elenco. Sin embargo, los episodios que yo más disfruté son los de Shiozawa, sobre todo el de su encuentro con la sensei Machiko Iidabashi. Ese tramo me resultó fascinante, me conmovió, me tocó una fibra muy especial. La de Iidabashi es una historia casi irónica, porque de alguna manera, ella agradece todo el daño que le hicieron, todo el abuso que soportó por parte del editor que la convirtió en la mangaka que es hoy. Y ni bien vos te preguntás qué haría Aoki en una situación similar, Matsumoto te lo responde en el siguiente episodio, donde un editor en jefe decide meterle un personaje de prepo en su manga. En paralelo a todo esto, Tokyo va creciendo ya no como decorado, sino como un personaje más en la historia. El autor nos lleva por barrios periféricos de la ciudad, lejos de las luces y los rascacielos, donde todo (hasta la campaña política de los candidatos a intendente) se vive a otro ritmo, más pachorro, más propenso a la introspección e incluso a la melancolía. Retratada por Matsumoto, parece una ciudad totalmente incompatible con esa Tokyo repleta de aventuras explosivas, persecuciones a alta velocidad, invasiones de aliens, demonios o kaijus, y demás bolonkis que suelen sostener los argumentos de otros mangas. Como suele suceder en las obras del ídolo, en Tokyo Days los silencios tienen un peso muy marcado, y felizmente los diálogos aportan muchísimo, gracias a la muy buena labor del traductor Adrián Schwarzfischer. Cuanto más leo obras como esta, más me perturba que sean la ultra-hiper-archi-mega-minoría de la oferta de manga que tiene cualquier consumidor argentino. Tokyo Days es una rareza absoluta dentro del catálogo de Ivrea, es... Paco De Lucía en un festival de doom metal, o de cumbia villera. Una marcianada que conecta mucho más con el lector de comic europeo que con el lector de manga que supo forjar Ivrea en estos últimos 25 años. Y eso no está para nada bueno, pero tampoco empaña la alegría de tener obras como esta a nuestro alcance.
Listo Ivrea, ahora vamos con OVNI, que publicó un comic de autores argentinos protagonizado por El Zorro, el mítico personaje creado por Johnston McCulley hace más de 100 años. El argumento que imagina Luciano Saracino para "Tierra de Cipangos" no me sedujo para nada. La excusa para que Diego de la Vega y Bernardo vengan a Argentina es chotísima, el hecho de que en 72 páginas un solo personaje deduzca que Don Diego y el Zorro son la misma persona me resulta un insulto a mi inteligencia, y lo peor de todo no es eso, sino el plan del villano. No lo voy a explicar ahora, pero si de pibe eras fan de Scooby-Doo, ya viste ese mismo plan aplicado sin éxito por no menos de una docena de villanos de Scooby-Doo. De alguna manera (supongo que con oficio), Saracino logra construir un guion atractivo sobre la estructura de este argumento que se cae a pedazos, casi por debajo de la línea de pobreza. La lectura del comic, si te olvidás de lo endeble del argumento, se hace dinámica, llevadera, por momentos divertida. Ayudan mucho los diálogos, frescos, picantes, con el caudal de humor justo para que esto no sea ni un embole solemne ni una de Pepe Sánchez. Y sobre todo el hecho de que Saracino, con astucia, conecta al toque con la idea de que el Zorro existe principalmente para defender a los que menos tienen de los abusos de los más poderosos. Eso lo convierte en un vehículo ideal para bajar una exquisita línea cuasi-bolche, y así tenemos personajes que dicen cosas como "lo que es de todos es mejor defenderlo entre todos", o "lo contrario a un pueblo sumiso, vencido y en silencio es un pueblo alerta y dispuesto a todo por lo suyo". No, no es una aventura del Che Guevara en el Altiplano, ni en África. Es la aventura argentina del Zorro, el justiciero creado por un escritor yanki, popularizado por una serie de TV de Disney y publicado por una editorial argentina que es una especie de subsidiaria de una editorial de EEUU. Entre Pampa, Andresito y el Zorro venimos muy cebados con la ambientación rural del Siglo XIX, pero no, ese no es el fuerte de esta historieta. El mate, las boleadoras, los facones, los indios, los estancieros y la pulpería están ahí porque tienen que estar, pero la historia se podría trasladar tranquilamente a cualquier otro punto del ex-Virreinato del Río de la Plata, o cualquier otro territorio más o menos convulsionado por las guerras de la independencia contra un imperio que está en cualquiera. Y me falta hablar del dibujo, pero me cuesta hacerlo sin sonar ofensivo, porque la verdad que el trabajo de Emiliano Correa no me gustó en lo más mínimo. Su trazo es estático, tosco... y sí, su Zorro se parece un toque a Guy Williams, y supongo que para mucha gente eso suma. Para mí, el Zorro es el de Alex Toth. Es en blanco y negro, no se mueve y no habla. Acá tenemos a Exequiel Fernández Roel que la rema fuerte desde el color, pero es colorista, no necromante. Por más huevo que le ponga, no puede darle a los dibujos la vida y la onda que no tienen. Posta, me imagino algunas de estas páginas en blanco y negro y me pongo a llorar. Me parece que OVNI (o Alien) tiene acceso a mejores dibujantes, y ojalá si reinciden con nuevas aventuras originales de El Zorro opten por uno que esté a la altura del mito del personaje. No es el caso de Emiliano Correa, lamentablemente, y encima al pobre pibe lo ponen abajo de una portada de Mariano Navarro mega-ganchera, con una ilustración magnífica, realzada a niveles mágicos por la laca sectorizada. Perdón, me re-zarpé con la extensión de los textos. Me callo la boca y los invito a volver en unos días, cuando haya nuevas reseñas acá en el blog.

viernes, 20 de mayo de 2022

LECTURAS DE VIERNES

Medio que se me cae la cara de vergüenza por haber leído solo dos libros en cuatro días, pero bueno, así es la vida. Chota e injusta como la gente que se queja por tener que responderle tres boludeces cada 10 años a un censista. Arranco en Francia, año 1999, para leer un hermoso álbum de Lapinot en el que Lewis Trondheim arma dupla nada menos que con Frank le Gall, el archi-galardonado creador de Theodore Poussin, quien llevará adelante un guion notable. Vacances de Primtemps es una historia de amor sin besos ni garches, donde todo gira en torno a cómo enamorarse le caga la vida a más de un loser, cuya vida ya está bastante cagada antes de empezar. Le Gall se mofa de esa visión romántica del amor como sufrimiento, y qué lindo es sufrir por amor. Acá queda claro que sufrir por amor es una idiotez, a través de una serie de episodios siempre cómicos pero nunca desopilantes, en los que vemos las pelotudeces que hacen Lapinot y sus amigos (en esta ocasión, rivales) por amor. Las situaciones son tragicómicas, pensadas para parodiar a alguna obra literaria de fines del Siglo XIX que no podría puntualizar, y el humor pasa básicamente por los diálogos y por cómo se va retorciendo la relación entre tres de los personajes varones. Un cuarto personaje varón (Alex, el mayordomo) será el que tire las mejores frases y demuestre tenerla más clara a la hora de entablar relaciones sexafectivas con otra persona. Tan clara la tiene Alex, tanta línea le baja a Lapinot y tan mordaces son sus comentarios, que todo el tiempo me hizo acordar a Alfred Pennyworth... cuando lo escriben bien, lo cual no es tan habitual. Este es uno de los álbumes más libres de Lapinot, en los que el conejo humanoide no está confinado a la ambientación urbana ni al presente. Acá bajo esa cabeza que nos resulta familiar hay un tipo que vive en la campiña inglesa en el año 1870, que quiso ser científico pero terminó siendo un pintor bastante mediocre. De su amor por la ciencia salen varios de los mejores chistes del tomo. Thierry (o Titi) acá es McTerry, el carnicero del pueblo, y Richard es Richardson, un militar inglés que combatió en la India. Y la que se lleva la peor parte es Nadia, que de ambiciosa y sagaz periodista pasa a ser simplemente la chica linda que le revoluciona las hormonas a los tres muchachos. El guionista nos muestra una Nadia un poquito garca, pero bueno, también sus pretendientes hacen méritos para que ella tome distancia y los someta a ciertos sutiles maltratos y ninguneos, de donde también salen buenas situaciones para el humor. El dibujo está íntegramente a cargo de Trondheim y el color es obra de su esposa, Brigitte Findakly. Ambos se complementan a la perfección y nos ofrecen 46 páginas de una calidad apabullante. La faz gráfica no desentona para nada con la propuesta y la onda del guion, y Trondheim demuestra una vez más que la rompe incluso cuando lo sacan de su zona de confort. Un álbum realmente maravilloso, para leer y releer varias veces.
Me vengo a Argentina, año 2021, cuando se publica The Beatles: Historia de una Amistad, obra de otra dupla de amigos: el guionista Luciano Saracino y el dibujante Nicolás Brondo. La obra tiene un problema insalvable: alguien decidió que Saracino, que es más porteño que un piquete en la 9 de Julio, escribiera los diálogos, los bloques de texto y hasta el prólogo, en castellano neutro, supongo que para vender esta misma edición en distintos países. Eso desluce un poco toda la faceta literaria de la novela, y es una pena porque el resto está muy bien. Saracino encuentra una muy buena arista por donde explorar la ya archi-conocida historia de los Fab Four, y logra unas cuantas escenas realmente potentes y emotivas. Repito: contándonos lo que ya sabíamos, lo cual lo hace mucho más meritorio. Hay diálogos muy logrados, retruques ingeniosos y chistes muy efectivos. Yo que no soy muy fan de los Beatles, me re enganché y llegué a querer mucho (en apenas 82 páginas) a John y Paul, a quienes Saracino logra elevar por sobre su status de genios de la música: en esta obra, además de dos talentos descomunales, son dos flacos copadísimos, a los que la vida llevará por distintos caminos pero seguirán siempre unidos por un afecto inquebrantable. Por ahí el fan más hardcore de los Beatles esperaba más énfasis en la carrera musical de la banda, o en las etapas solistas de Lennon y McCartney, o incluso roles más importantes para George y Ringo, que están prácticamente de adorno, pobres. Pero el libro da lo que promete: una historia de los Beatles atravesada por la relación entre Paul y John. Y en ese sentido no defrauda en lo más mínimo, porque se anima a estudiarla de cerca, a un nivel de intimidad que -como ya mencioné- hace que estos dos íconos del rock te resulten casi amigos cercanos, de toda la vida. El dibujo de Brondo no está mal, para nada. A mí personalmente me gusta mucho más el otro Brondo, el más salvaje, el más expresivo, el que corre en la escudería de Jaime Hewlett y te tira misiles nucleares de imaginación desbordada en clásicos del kilombo como Chica Alien, Bone Machine o Psychocandy. Lo veo jugando al realismo, rompiéndose el culo para que los personajes le salgan parecidos a las fotos que usa como referencia, y siento que desaprovecha su talento aniquilador para irse al carajo y crear otro tipo de imágenes, otro tipo de relatos. Para cordobeses que narran como los dioses y dominan de taquito el realismo, ya tenemos a Carlos Gómez, que también alguna vez formó dupla con Saracino. A Brondo lo veo mejor en otro estilo, con otras libertades. Pero no puedo decir que no haya hecho un buen trabajo: tanto el dibujo como el color de The Beatles cumplen sobradamente con la consigna y recrean sin fisuras aquellos años ´60 y ´70. Obviamente, si sos fan del cuarteto de Liverpool, te tengo que recomendar esta novela gráfica. Tengo más Brondo y más Trondheim en el pilón de los pendientes, así que pronto nos reencontraremos con estos y otros capos del Noveno Arte. Gracias por el aguante.

sábado, 10 de agosto de 2019

PALPITANDO LAS PASO

Mañana nos toca ir a votar y se empieza a pinchar el globo de la mentira. La única cagada es que esta noche no se puede salir a atorrantear por ahí. Pero bueno, aprovecho para escribir un par de reseñas de material que ya tengo leído.
Murder 101 es el segundo tomo dedicado a Sinister Dexter de aquella colección de material de la 2000 A.D. que produjera DC hace ya unos cuantos años. El Vol.1 lo leí hace mucho, antes de empezar con el blog y ahora retomo esta serie del maestro Dan Abnett con unas 140 páginas publicadas en capitulitos de siete u ocho allá por 1998.
Sinister Dexter es una especie de Pulp Fiction del futuro, la enésima romantización de los asesinos a sueldo, repleta de chistes de un humor negrísimo, situaciones sórdidas, masacres y mexicaneadas varias. Nada muy distinto a lo que hacía Garth Ennis en Hitman, con la diferencia de que acá no hay superpoderes pero (como estamos en el futuro) hay bizarreadas imposibles y locaciones alucinantes explicadas por el lado del desarrollo tecnológico. El ancho de espadas de Abnett es, sin dudas, el manejo del humor irónico que le permite contar en clave de fiesta las carnicerías de Finnigan Sinister y Ramone Dexter. Nada que no suceda en otras chotocientas series de la 200 A.D., pero la verdad es que funciona muy bien.
El libro arranca con una saguita de 62 páginas con un gran ritmo, por lo menos dos volantazos del guión que no me vi venir y muy buen desarrollo de personajes. Dibuja el alucinante Simon Davis, en un estilo cuasi-pictórico de gran espectacularidad, aunque con algún problemita menor en la narrativa. Y cierra con una historia de 22 páginas, también con varios giros impredecibles y tres personajes nuevos más que atractivos. Lástima que esta la dibuja el perro catatónico de Steve Yeowell.
En el medio hay un montón de aventuritas breves de siete u ocho páginas, algunas olvidables, otras rescatables por la labor de los dibujantes (hay varias muy buenas) y un par realmente notables. “60 Seconds” es un unitario precioso, ideal para sumar nuevos lectores a la serie, con unos dibujos inmejorables de Paul Johnson. Y la brevísima “Thing to do in Downlode when you´re dead” (dibujada por el correcto Julian Gibson) es sencillamente brillante, casi al nivel de un buen episodio de The Spirit. Esto se parece muy poco a los comics que suele escribir Dan Abnett para las grandes editoriales de EEUU, pero (seas o no fan del prolífico autor británico) merece ser descubierto por la efectividad y la onda con la que combina aventuras futuristas de acción, tiros, femme fatales y malvivientes varios con un humor de exquisita mala leche. Me hizo acordar mucho a Burton & Cyb (de los maestros españoles Antonio Segura y José Ortiz) pero con mucha más explosión en las escenas de tiros y machaca y un dibujo más impactante, más estridente (salvo lo de Yeowell, pobrecito, que tiene menos estridencia que un chaski-boom mojado).
Me vengo para Argentina, donde este año se publicó la versión completa de Cayetano, la novela gráfica en la que Luciano Saracino y Nicolás Brondo revisitan la truculenta hisroia de Cayetano Santos Godino, masivamente conocido como “el petiso orejudo”, el primer asesino serial de Latinoamérica. Lo que más me gustó, muuuy lejos, son esas secuencias en las que Brondo se disfraza de Eddie Campbell para mostrarnos la Buenos Aires de principios del Siglo XX de un modo bastante similar (en lo formal) a cómo el australiano nos mostró la Londres victoriana en la seminal From Hell. Por supuesto que Brondo no se limita a repetir yeites de Campbell, sino que además pone muchísimo (y muy bueno) de su propia cosecha, una cantidad de recursos escalofriantes para conjurar climas y sensaciones con el blanco y negro, en un péndulo diabólico entre el realismo y el grotesco. Pero a mí me impactó mucho eso, la acertada mímesis con esas grillas de nueve cuadros que Campbell desbordara de magia en From Hell.
El guión de Saracino es audaz, porque se juega a ser sutil y poético en vez de gráfico y morboso. Por momentos se pasa de sutil y no terminamos de apreciar las atrocidades que comete Cayetano en toda su dimensión. Por esas rendijas Saracino deja escapar parte de la fuerza que tiene el personaje, que nunca termina de verse como un freak maligno, sádico y degenerado, sino más bien como un pobre pibe, víctima de injusticias y de un entorno socio-familiar de mierda. Me gusta que los crímenes del Petiso se encaren desde ese lado, aunque falte un poquito de énfasis en todos esos episodios de violencia que lo tuvieron como protagonista.
Hace tres años, el 16/08/16, me tocó reseñar el libro El Petiso Orejudo, de Pablo Barbieri y Carina Altonaga, y también me pareció notable la intención de gambetear el shock value, de no regodearse en la descripción de las escenas más macabras. Al encarar su versión por este mismo rumbo, Saracino y Brondo subieron un toque la vara, pero además dejaron la puerta abierta para una tercera novela gráfica basada en la vida de Cayetano, que agarre para el otro lado y nos muestre un festival de mutilaciones, violaciones y asesinatos bien zarpado, bien estremecedor, con más gore que los comics de la E.C., chistes jodidos de humor negro y cero intenciones de empatizar con el protagonista. Me la re-imagino dibujada por Jorge Lucas, ponele…
Y bueno, nada más por hoy. Nos reencontramos la semana que viene con nuevas reseñas, acá en el blog.


martes, 29 de enero de 2019

TRIPLETE DE MARTES

Mientras nos derretimos de calor y le pedimos a Thor que nos mande unos truenos acompañados de lluvia, me tomo un ratito para reseñar los últimos libros que tuve oportunidad de leer.
Batman & Robin Adventures Vol.1 recopila los diez primeros números de la serie homónima, la segunda basada en los gloriosos dibujos animados de Batman de los ´90. Hay cuatro dibujantes, de los cuales uno es decididamente flojo (el ignoto Tim Harkins). El mejor de los cuatro es el que menos páginas dibuja, el notable Ty Templeton. Y el que más dibuja es el siempre efectivo Rick Burchett, un prócer poco valorado del mainstream yanki. Por supuesto todos siguen a pies juntillas la estética de la serie animada, que (no hace falta que lo aclare yo veintipico de años tarde) es sencillamente perfecta. Los dibujantes ponen algún mínimo rasgo de estilo, como para que si les prestás mucha atención puedas diferenciarlos, y claro: ninguno es Bruce Timm. Pero Tempelton y Burchett captan sin ningún inconveniente la atmósfera oscura y el dinamismo elegante y potente de aquellos míticos dibujos animados y cada tanto hasta asumen algún riesgo en la narrativa, con vueltas de tuerca que en animación no se pueden hacer.
Templeton dibuja poco, pero escribe unos cuantos de estos diez episodios. Como en la serie animada, son guiones simples pero que incluyen momento cruciales, dilemas éticos que los héroes deben resolver y que van más allá de llenarle la cara de dedos al villano de turno. Y como en la serie animada, cada vez que aparece Paul Dini te clava esos episodios inolvidables, repletos de espesor dramático, mala leche, conflictos a todo o nada y pinceladas de un humor muy eficaz. Son esos episodios en los que Batman no llega a ser el héroe, si no que es entre un testigo y un obstáculo en historias que giran en torno a las mejores versiones de personajes clásicos como Two-Face, el Riddler y el Joker y a la única versión que me resulta interesante de Harley Quinn. Los guiones de Templeton no son para nada chotos (el de los chicos que quieren reemplazar a Robin es brillante), pero al lado de las gemas que pergeña Dini quedan un poco opacados. Amo al Batman Animated de los ´90 y ni bien pueda, le entraré a los tomos que me faltan para completar esta colección, que en su momento compré en revistitas que después vendí.
Allá por el 04/11/17 me tocó reseñar el Vol.1 de Daily Life of Sefora, un comic realizado por el catalán A.C. Puig y publicado en nuestro país por el sello Módena. Recomiendo repasar aquel texto para no tener que repetir los conceptos allí vertidos, que se aplican perfectamente al Vol.2. El único cambio que percibo es una mejora en la calidad del dibujo, siempre en esa línea tomada del maestro Akira Toriyama. El resto sigue igual. Y banco mucho la decisión editorial de reemplazar los localismos e informalismos españoles por localismos e informalismos porteños. El hecho de que se haya podido editar un segundo tomo me hace pensar que el Vol.1 encontró un público, y la verdad es que es una idea reconfortante, porque está bueno que se editen comics (o mangas, ponele) para chicas de 13-14 años, que intuyo es el segmento al que apunta A.C. Puig con esta serie.


Y también en 2018 se publicó en Argentina el libro Historias Cortas, que reúne los trabajos realizados para el recordado Suplemento de Historietas Nacionales de Télam por una dupla de lujo: Luciano Saracino y Carlos Gómez. Estamos (por enésima vez) ante una cantidad de páginas de historieta demasiado exigua como para armar un libro sustancioso. Así es como nos terminan por vender una publicación repleta de relleno: carátulas y páginas en blanco que no aportan absolutamente nada y textos que están buenos, pero no son lo que uno paga cuando compra un libro de Saracino y/o Gómez. En total, sobre 96 páginas, sólo 58 son de historieta y muchas tienen tres viñetas o menos. Un disparate.
Felizmente, entre esas 58 páginas de historieta hay algunas joyitas que merecían ampliamente ser republicadas en papel y atesoradas en las bibliotecas de miles de lectores. La que más me atrapó es (paradójicamente) Kuntur, una saga que Saracino y Gómez iniciaron a fines de 2014 para discontinuarla poco después, luego de un puñado de páginas (sí, el libro tiene pocas historietas y una de ellas es apenas el inicio de una historia que quedó inconclusa). También me parecieon logradísimas La Playa, Se Llama Justicia y la emotiva Dictadura. Son historietas en las que Saracino más que narrar una aventura, se juega a bajar línea en forma poética o irónica, y le sale realmente muy bien.
Claro, tener de dibujante a Carlos Gómez es como jugar con 40 ases de espada en el mazo. No podés perder nunca. El proyecto de Télam le permitió a Gómez volver a producir material para el mercado argentino después de muchos años, y el cordobés se aferró con todo a esa posibilidad. Acá se lo ve comprometido, jugado, dispuesto a detonar todo su talento en estos breves relatos imaginados por Saracino. Y además encontré a un Gómez propenso a explorar cosas nuevas desde la estética, como ese estilo deformado, grotesco, perfectamente idóneo para acompañar al guión, que pela en La Playa.
Si sos fan de Saracino o de Gómez, tenés que tener este libro sí o sí. Y si recordás con nostalgia la época en la que el Estado apostaba a la historieta como vehículo cultural, que podía entretener, emocionar o hablar de temas profundos, de relevancia política o social, también te recomiendo Historias Cortas. 

Perdón por la extensión infinita del texto, y nos reencontramos pronto, acá en el blog. (¡Ahí se largó-ya! ¡Gracias, Odinson querido!)

jueves, 27 de diciembre de 2018

JUEVES DE GEMAS

Las lecturas de estos últimos días me han tratado inusualmente bien, y lo quiero destacar.
Una de las sorpresas más gratas de este año fue Mr. Crabb y el Paraíso, una novela gráfica de un autor español al que nunca había nombrar, llamado Alberto Taracido. Parece mentira, pero esta es la opera prima de Taracido, que llega al comic con un amplio background en la animación.
Mr. Crabb y el Paraíso me hizo acordar bastante a aquella joya de Jodorowsky y Moebius que fuera El Corazón Coronado. Arranca como una aventura bastante realista, con personajes empapados de una problemática actual y tristemente palpable como es la corrupción en los altos niveles del poder gubernamental y empresarial, y en un momento empiezan a aparecer elementos fantásticos que le dan a la trama un tinte más salvaje y menos predecible. Como Jodorowsky, Taracido aprovecha estos elementos fantásticos para resolver el final con una cierta ambigüedad, lo cual no lo hace menos satisfactorio.
Los diálogos son excelentes (esta vez la edición argentina los conserva en español de España, con un par), los personajes están muy bien construídos, el ritmo de la historia no decae nunca, la bajada de línea va para el lado correcto… No se puede pedir mucho más, realmente. Quizás (ya para hinchar las pelotas) algún personaje femenino un poco más protagónico.
Y el dibujo es glorioso. No sé si originalmente la historieta era a todo color y acá se publicó en escala de grises, o si Taracido la pensó así como la vemos en el libro, pero visualmente esto es extraordinario. Por supuesto que en la faz gráfica también hay que hacer mención a Moebius, que es claramente el principal referente de Taracido no sólo en el dibujo sino también en la narrativa. No es exactamente un clon del Genio Eterno, porque en los rostros de algunos personajes se ven rasgos que no tienen tanto que ver con la estética del ídolo. Pero sí hay composiciones, planos, secuencias enteras, que te van a recordar al inmenso Jean Giraud.
Europa y África enroscadas en una trama de corrupción, violencia, mala leche y un cierto misticismo, que puso en el mapa a Alberto Taracido, un autor al que de ahora en más vamos a seguir a todas partes.
Cruzamos la cordillera para leer la edición chilena de Herbert West: Carne Fresca, una notable colaboración entre el guionista argentino Luciano Saracino y el dibujante chileno Rodrigo López. Sobre la base de un famoso relato de H. P. Lovecraft (Herbert West: Re-Animator), Saracino y López construyen una novela gráfica fraccionada en episodios, con muchísimo clima, un gran ritmo y un equilibrio logradísimo entre una trama dramática, elementos clásicos del terror (básicamente, muertos resucitados) y sutiles toques de humor negro.
La adaptación de Saracino es respetuosa, pero no comete el error de enamorarse de la prosa de Lovecraft y aplastar la narrativa con inmensos globos de diálogo o interminables masacotes de texto. Esto se lee con el dinamismo de cualquier buena historieta actual, y con un extra que no sé si el relato original tenía, que es una gran profundidad en los personajes. Al igual que Lovecraft, Saracino conserva un cierto velo de ambigüedad en cuanto a la relación entre Herbert y su compañero Gregory, sin explicar si son sólo amigos, o si entre ellos hay algo más. Lo importante es que los personajes están muy bien desarrollados y el contexto histórico y geográfico muy bien aprovechado.
Y el ancho de espadas de este Herbert West es el dibujo de Rodrigo López, con esa impronta medio caricaturesca que acentúa el fino humor negro que ensaya Saracino. Sin salir de una puesta en página 100% clásica, López deja la vida en la narrativa y sobre todo en esos cros-hatchings enfermizos, totalmente pasados de rosca. López cuida los detalles de la ambientación histórica y los combina con una cierta exageración granguiñolesca, que no choca en lo más mínimo con los climas ominosos y truculentos del guión.
Herbert West: Carne Fresca es una hermosa historieta de terror, que no requiere ser fan de Lovecraft para ser disfrutada, que nos muestra a Saracino y López muy compenetrados, en un nivel muy notable, y que –por si faltara algo- tiene edición argentina.

Gracias por todo y seguramente habrá una entrada más en el blog antes de fin de año.

miércoles, 25 de octubre de 2017

SI, HOY TAMBIEN… ¿Y?

En un flashback bizarro a 2010-2015, esta semana clavé tres posts en tres días seguidos. ¿Está mal? Quiero llegar a los 100 este año, tengo un rato libre para escribir y los dos últimos libros que agarré para leer eran cortitos, de menos de 64 páginas, con lo cual me los bajé en menos de un viaje en bondi.
Arranco con Tintín: El Templo del Sol, continuación del álbum que reseñé el 13/09 de este año. Y me llama la atención lo mismo que en la primera parte: la brutal decompresión de la trama, los esfuerzos desmedidos de Hergé por estirar el relato para que dure 62 páginas, cuando lo que tiene para contar podría resumirse en… 24 páginas, a lo sumo. Si dejamos de lado el dibujo (que es perfecto de punta a punta), lo más atractivo que tiene El Templo del Sol es que te hace comer el amague de que los aborígenes peruanos van a ser los villanos, y al final Hergé te la da vuelta y los pone en otro rol. Lo cual deja a la historia sin villanos y le resta fuerza al conflicto, pero bueno… peor hubiese sido si los malos eran los indios.
Si el conflicto se resuelve charlando civilizadamente y sin que los buenos se peleen con nadie, ¿con qué llenamos tooodas esas páginas? Pericipecias en la jungla, con serpientes y cocodrilos a los que Tintín y Haddock masacran sin piedad, accidentes en la alta montaña, chistes de Hernández y Fernández, pantomimas risueñas de Milú… Páginas y páginas desperdiciadas en este tipo de secuencias que podrían tranquilamente no estar… y que son muy lindas de mirar, porque la narrativa de Hergé te atrapa quieras o no, y el dibujo (como ya dije) es una maravilla. La verdad es que con Las Siete Bolas… y El Templo… se podía haber armado un muy buen álbum con 62 páginas de palo y palo, con más ritmo, menos chistes y menos peripecias anodinas de las que no le aportan nada a la trama excepto la erosión del verosímil. Pero bueno, esto se escribió para serializar en una revista que leían los chicos de 1950, a los que por ahí les divertía muchísimo ver a los héroes zafar de uno y mil peligros imposibles, durante días y días en los que apenas duermen y no sabemos si comen…
¿Te acordás de las Tragedias del Rock, esos álbumes dedicados a contar las vidas de grandes estrellas de la música que se fueron al descenso relativamente pronto? Por el blog pasaron las tres que salieron en Argentina: John Lennon (03/09/11), Michael Jackson (08/09/11) y Bob Marley (13/09/12). Pero se llegaron a producir algunos álbumes más que acá no se editaron y hace poco conseguí el de Jim Morrison, escrito por Luciano Saracino y dibujado por Quique Alcatena (realizado en paralelo a aquella gema bizarra de la misma dupla que fue Ricardito MiniPYME).
El guión de Saracino logra con creces su principal cometido: contarnos la vida del Rey Lagarto. Pero además logra (también holgadamente) generar intriga acerca de su personalidad excéntrica, caótica, turbulenta, y acercarnos a su poesía, esa que -50 años después- conserva intacto su fulgor incandescente. Como se supone que esto lo van a leer adolescentes, Saracino nos mezquina un poco el sexo y las drogas, tan importantes como el rockanrol para entender la figura de Morrison. Pero fuera de eso, el guión no condesciende en absoluto para con el lector, sino que lo desafía a explorar con bastante profundidad a un personaje realmente complejo.
El dibujo de Alcatena al principio puede resultar medio alienígena, porque estamos acostumbrados a verlo dibujar epopeyas protagonizadas por guerreros y hechiceros de mundos fantásticos, en libros de 15 x 22 cm., y en blanco y negro. Acá nos cuenta la historia real de un tipo que existió en el mismo mundo que el nuestro, en un libro de 29.5 x 21 cm., y a todo color. Entonces los ases que Quique saca de abajo de la manga pasan a ser otros: la recreación perfectamente documentada de esos años alucinógenos (fines de los ´60 y principios de los ´70), las ilustraciones zarpadas con las que abre cada capítulo o con las que acompaña fragmentos de las letras de Morrison, los experimentos en la puesta en página y el uso del color para enfantizar los climas por los que transita la historia. Lo único que no me cierra es el tamaño de los globos y los bloques de texto, muy grandes en proporción al tamaño de la página, como si uno fuera a leer la historieta parado a 20 metros del libro. Con globos y captions más pequeños, la magia pictórica de Alcatena se luciría aún más.
Esto está editado en Brasil (acá nomás), así que si sos un Alcatenófilo perdido en el laberinto de este genio del Noveno Arte, o si seguís a Saracino hasta el fin del mundo, o sos hardcore fan de The Doors, seguramente con un pequeño esfuerzo podrás sumar este tomo a tu colección.
Prometo no postear mañana… y volver ni bien tenga un par de libros leídos.

lunes, 18 de septiembre de 2017

DOS QUE TENIA PENDIENTES

Estos libros los leí entre jueves y viernes, pero durante el finde no tuve tiempo de sentarme a escribir reseñas. Aprovecho ahora, que tengo un rato libre (esto de levantarme temprano me está matando).
Me voy primero a 2008, cuando se edita en Japón el tomo Emanon Recuerdos, un manga que un lector del blog me recomendó allá por el 14/07/12, cuando me tocó reseñar otra obra de Kenji Tsuruta. Yo estaba fascinado con el dibujo de Tsuruta, pero casi indignado por las torpezas que me había encontrado en el guión de aquel manga… y la verdad es que acá el único problema que tiene el guión es que está infinitamente descomprimido. Tsuruta toma un relato del escritor Shinji Kajio y lo convierte en una historieta de más de 160 páginas, cuando tranquilamente podrían haber sido… 44, o como mucho 50.
Por suerte la historia está muy bien (levanta grosso en las últimas 15 páginas, así que si te venís aburriendo, aguantá) y el dibujo de Tsuruta es tan bueno que te estremece el alma. Hay que entrarle munido de una paciencia infinita, porque la trama se desarrolla a un ritmo realmente parsimonioso. Pero la verdad es que no resulta tan traumático, porque la trama en sí se basa en diálogos y silencios. No hay acción, no hay persecusiones ni peleas, y el único entrevero sexual está apenas sugerido. Todo se basa en climas y sensaciones que Tsuruta construye mediante secuencias largas en las que los personajes o hablan, o se miran, o miran al infinito. Hay un misterio vinculado a un elemento fantástico, pero en ningún momento se llega a articular (con perdón de la palabra) un conflicto importante, ni a generar tensión en el lector. Queda todo ahí, en lo que se dice, en lo que se da por sentado, en lo que se intuye… y por supuesto en lo que cada uno quiera interpretar. Si te gustan las historias intimistas, con un toque romántico y un toque fantástico, y no te jode que la trama esté narrada con un grado máximo de decompresión, entrale a Emanon Recuerdos y disfrutá. Ya solo por el dibujo de Tsuruta, se recontra-justifica.
Sigo en mi cruzada por terminar de leer todo el material argentino publicado en 2016 y me encuentro con Ich: Furia de Cemento, de Luciano Saracino y Ariel Olivetti, un trabajo que se puede leer tranquilamente sin tener la menor idea de lo que pasa en el tomo de Ich que vimos el 25/11/15. A diferencia de la primera saga, este nuevo Ich está ambientado en el presente y más pensado para el mercado de EEUU. El argumento es un clásico que leímos millones de veces: un pibe común descubre que es “el elegido”, que le toca hacerse cargo de poderes y responsabilidades que van mucho más allá de los límites de su imaginación, y el pibe dice “nah, no me interesa, métanse el poder en el orto”… hasta que pasa algo que lo hace cambiar de opinión.
Sobre esa base tan remanida, Saracino construye una historia sumamente ganchera, con un ritmo ágil, diálogos ingeniosos, el regreso de los conceptos más atractivos de la primera saga y lo más interesante: un muy lindo elenco de personajes secundarios y villanos, muchos de los cuales tienen un desarrollo interesante y otros te dejan esperando con ansias nuevas aventuras de Ich en las que los veamos desarrollarse más. ¿Qué le falta a estas 100 páginas? Un climax más fuerte, esa escena tremenda en la que vemos que el héroe pone todo pero no le alcanza y tiene que poner más. Acá lo más parecido al climax llega cuando Curt dice “bueno, dale, acepto ser el Elegido”… que es lo que todos sabíamos que tarde o temprano iba a pasar.
Visualmente, hay más sorpresas. Muchas, por suerte. Incluso me atrevo a postular que este es el mejor trabajo de Ariel Olivetti en lo que va del Siglo XXI. Por el riesgo en la narrativa, por la evolución en las expresiones faciales, por el manejo del timing (fundamental sobre todo en las secuencias donde Saracino se florea con algún toque de comedia), por el laburo que tiene cada página, más allá de que los fondos sigan siendo fotos retocadas. Acá se nota demasiado que Olivetti está cómodo, a gusto, involucrado con los personajes, con la historia, sin “mirar el reloj” a ver cuánto falta para la próxima escena de machaca entre monstruos hiper-musculosos. Una verdadera cátedra de este animal mitológico del dibujo al que, cada tanto, la historieta logra volver a enamorar.
Y no tengo más material leído. Le meto pata para tratar de clavar por lo menos dos posteos más antes del 26, que empiezan mis vacaciones. Gracias por el aguante de siempre.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

25/11: ICH

Este libro es una versión muy mejorada de la historieta que Luciano Saracino y Ariel Olivetti publicaron durante varios meses en el suplemento de Historietas Argentinas de Télam. Básicamente se trata de una versión de Ben 10 trasladada a al América joven, a la época de mayor conflicto entre los pueblos originarios y los conquistadores españoles. Estos últimos se presentan como villanos malignos y codiciosos, mientras que un joven aborigen (Ich) se decidirá a combatirlos con unas máscaras que le permiten cambiar de forma y le otorgan fabulosos poderes.
La idea está muy bien. No recuerdo otras historietas que hayan combinado esa ambientación con una temática aventurera zarpada en elementos fantásticos. Después, al guión le encontré altas y bajas. Vamos primero a lo que me gustó mucho:
Me encantó el desarrollo del protagonista y el espacio que le dedica Saracino a darle consistencia y sustancia al villano. En un momento uno siente que lo conoce tanto, que queda a un par de atrocidades de hinchar por el irredimible Sebastián de Loup. Me gustó el hecho de que el guión no sea didáctico, que no nos “contamine” la aventura con datos históricos. Me encantó que la chica aborígen cante una canción… que es la misma que canta el Mano en El Eternauta. Y por supuesto, todo está ornamentado con la prosa de Saracino, que engalana hasta las historias de machaca más burda con un vuelo poético increíble. Quizás te haga ruido, o sientas incluso que esos bloques de texto llenos de lirismo contrastan en un punto con lo que vemos en la historia. Pero te aseguro que es muy difícil escribir así. Hay que haber leído mucho a Robin Wood, haberlo entendido (no todos sus lectores lo logran) y además hay que saber aggiornarlo al Siglo XXI.
Vamos con las cosas que no me cerraron: Se supone que esta es una aventura heroica, a la que se van a acercar muchos pibes en busca de acción y machaca. Muy linda la poesía, hermosa la línea que baja la trama, pero la hinchada quiere ver a Ich transformarse en monstruos super-power y destripar villanos. Entre la primera vez que Ich destripa villanos y la segunda, pasan… cuarenta páginas. Por supuesto suceden otras cosas y el personaje crece un montón, pero son 40 páginas sin machaca. Y lo otro que no me convenció es el final, muy abrupto y medio traído de los pelos: llega el enfrentamiento grosso con el villano y este pela, de golpe, un poder alucinante que nunca supimos que tenía. No había pistas ni indicios de que Sebastián de Loup pudiera hacer lo que hace en esa lucha final. Y claro, es una lucha corta en la que el héroe pierde. Cuatro viñetas a modo de epílogo y fin. La verdad que esperaba más del desenlace…
El dibujo de Olivetti es muy atractivo, desde el momento en que no trabaja con coloristas sino que apuesta al color directo. Por supuesto con herramientas digitales, pero no por eso menos efectivas. Como siempre, Ariel sorprende con el manejo de la anatomía, de la iluminación y de las texturas. Esta vez, además, acierta con el detalle de ponerle al principal villano los rasgos del abominable Alfredo Astiz y a su esbirro los de… otro personaje de historieta con el que tuvo algo que ver hace muchos años. Me encantó ese gusano gigante recontra-Richard Corben y en general, hay un buen trabajo en las expresiones faciales y en la narrativa. No me convence que haya dibujos repetidos varias veces, pero bue… Y después está el tema de los fondos, que parecen fotos mínimamente retocadas. Soy consecuente con mi postura crítica frente al uso de fotos retocadas en los fondos, pero no soy ciego: me doy cuenta de que dentro de la estética de Olivetti tiene mucho sentido que los fondos se vean hiper-reales.
En fin, veo hay mucho esfuerzo por parte de dos autores a los que se les nota bastante cuándo sacan los laburos “con fritas” y cuándo le ponen toda la garra y la pasión. Acá, ni Saracino ni Olivetti se guardaron nada. El resultado es una obra atípica para la historieta argentina (por ambientación, por temática y por estética) y a la vez bastante seductora para los mercados internacionales, donde ya se está empezando a traducir y reeditar. Falta bastante para Carnaval, pero igual da para ponerse una máscara y pelear del lado de Ich.

viernes, 4 de abril de 2014

04/ 04: HO2

Hoy cortito, porque tengo poco tiempo.
Luego de aquel primer tomo que vimos el 20/03/14, Luciano Saracino y Javier De Isusi recuperan a algunos de los personajes de ese libro para una segunda historia, mucho mejor estructurada, con los conflictos mucho mejor definidos y con un final mucho más redondo.
Esto ya no parece una especie de antología hilvanada por un par de conceptos o personajes troncales, sino una verdadera novela gráfica, que se beneficia del hecho de haber presentado a un par de personajes y a la originalísima “mitología” del olvido en el tomo anterior. Con ese protocolo ya cumplido, Saracino y De Isusi se lanzan a una saga en 100 páginas que nunca cobra un ritmo arrollador, de blockbuster, pero en la que pasan un montón de cosas.
Hay muchas escenas realmente memorables, se nota muchísimo el cariño de los autores para con los personajes y –sobre todo- está muy bien logrado el equilibrio entre una historia con altas pretensiones literarias y ciertas escenas en las que necesariamente la cosa va para el lado de la comedia, o de un par de garches bastante hot. Por momentos pareciera que Saracino y De Isusi se toman demasiado en serio lo que están contando y quizás ese sea el único punto débil de este segundo libro.
Eso y la propensión de TODOS los personajes por contarse historias entre ellos, incluso cuando el argumento no lo requiere. Varias veces vemos a dos personajes conversando y uno arranca con “Te voy a contar una historia” y son historias lindas, pero generalmente medio descolgadas. Incluso en estas historias hay personajes que cuentan OTRAS historias, o flashbacks a secuencias del pasado, que se podrían haber omitido en pos de un ritmo más acelerado. Pero nada de eso complica ni empantana la lectura, así que no da para criticarlo.
Esta vez hay un sólo dibujante a cargo de casi todo el libro y se trata de Sergio Kechu, a quien yo no conocía. Es un dibujante muy plástico, con obvias raíces en la animación, y mucha cancha para darle onda y expresividad a los personajes. Ojo, no es un virtuoso. No es Cyril Pedrosa ni Nicolas Kéramidas. Pero se la re-banca. Y las páginas que no dibuja Kechu se las reparten entre el gran J.M. Ken Niimura (el de I Kill Giants) y Sebastián Barreiro, un ilustrador argentino con poca historieta a sus espaldas, pero que pela unas imágenes maravillosas, en las que se mezclan David Rubín, Richard Sala, Craig Thompson y Rafael Grampá. Ojalá hubiera más Niimura y más Barreiro en el tomo.
No quiero agregar más para no spoilear. Ojalá a la edición argenta del Vol.1 le vaya bien y salga pronto este segundo tomo, que con menos dibujantes y un elenco más acotado, me convenció bastante más.

jueves, 20 de marzo de 2014

20/ 03: HISTORIAS DEL OLVIDO Vol.1

Hace menos de un mes, el 24/02/14, nos encontrábamos con Luciano Saracino y Javier De Isusi para compartir una obra en la que el argentino escribía y el vasco dibujaba. Esta vez, los dos comparten las tareas de guionista, mientras que los dibujos de las distintas historias que componen el álbum se las reparten entre unos cuantos dibujantes.
A primera vista, Historias del Olvido parece una antología de historias cortas, que giran en torno –valga la redundancia- al olvido. Qué olvidamos, por qué, de dónde sale el olvido... esas cosas. Sin embargo, cuando te adentrás en las historias, se nota que es más novela gráfica que antología. Los personajes se conocen entre sí y se cruzan, cada historia tiene referencias a otras historias y a la larga se construye un tapiz, una obra coral muy consistente, sin puntas sueltas ni elementos librados al azar.
También a primera vista, pareciera que las historias de Saracino y De Isusi van por el lado del costumbrismo, a veces con tintes dramáticos y a veces (cuando la gente sale a la calle en pelotas porque se olvida de vestirse) con tintes más desopilantes. Hay pequeños dramas familiares, pequeñas historias de amor, un científico que investiga el tema del olvido en el pueblo de Funes (llamado así en un sutil guiño al cuento de Borges, supongo yo)... nada demasiado estrambótico. Hasta que de a poco se va filtrando una cuota cada vez mayor de delirio, pero de delirio tranqui, para nada caótico, más cercano al realismo mágico que al descontrol. Para cuando las historietas dejan paso a un cuento ilustrado (el capítulo 7, llamado “El Dimenticatoio”) queda muy claro que la onda es apostar a un vuelo poético, a elementos sobrenaturales tejidos con fineza y erudición al mejor estilo Neil Gaiman. Guarda, esto no es Sandman. Pero coquetea con la idea del olvido de un modo no tan distinto al que Sandman lo hacía con el tema de los sueños.
El final es redondo y emotivo, pero de alguna manera los autores se las ingeniarán para continuar con la obra, porque hay un Vol.2 que prometo leer pronto. Veamos muy por encima las distintas historias y los dibujantes que acompañaron a la dupla.
La secuencia de enlace, 14 páginas repartidas en tres “entradas”, está a cargo de un David Rubín inspiradísimo, que la descose con las tramas mecánicas. Un genio deja todo siempre, en proyectos individuales y en aventuras grupales, y Rubín lo tiene clarísimo. “La Historia de Carla”, una joyita de la comedia costumbrista, está dibujada por Infame & Co., quien ya colaborara con Saracino en Corina y el Pistolero (reseñada el 05/07/11). Y sigue lejos del nivel ideal. Aplica bien los grises en el photoshop, hace gala de un pincel muy suelto... y no hay mucho más para decir a su favor. Bueno, sí: que es mucho mejor que Danimaiz, autor a cargo de la siguiente historia, al que se le ven buenas intenciones y muchísimas limitaciones.
Manu Ortega la rompe con su estilo sugestivo, repleto de texturas, matices y claroscuros, que revelan a un gran lector de Alberto Breccia, con un grafismo que no remite en ningún momento al del maestro. Eso no es fácil de hacer, pero Ortega lo logra. Le sigue David Lafuente, correcto, cumplidor, el más cercano a la estética de Vertigo (ya que mencionábamos a Sandman). Para el cuento ilustrado, los autores eligieron a Leticia Ruifernández, cuyo estilo quizás tenga un atractivo plástico, pero a mí no me transmitió nada. Será que no entiendo un pomo de ilustración.
La siguiente historia, que complementa a la segunda, está muy bien dibujada por Abril Barrado, con un estilo realista y a la vez muy suelto, muy dinámico, con muchos recursos para agregarle expresividad a rostros, cuerpos y hasta fondos. Hermosa historia, además. El tramo más hablado, en el que pasan menos cosas, le tocó a otro ídolo insumergible: nada menos que Paco Roca. Con su característica sobriedad y un gran manejo de los grises, el monstruo la piloteó tranquilo, sin dejar la vida y sin defraudar. Y me queda la historia más cómica, más al límite de la joda, muy bien dibujada por Alex Orbe, un tipo con cero virtuosismo, pero con gran dominio del timing y del registro semi-funny.
El balance general de este primer tomo da muy positivo, por las buenas ideas que pelan Saracino y De Isusi, por la originalidad de las historias y por el gran desempeño de varios de los dibujantes convocados. Se viene pronto el Vol.2.

lunes, 24 de febrero de 2014

24/ 02: OMETEPE

¿Qué mierda hago leyendo en francés un comic de Luciano Saracino con un dibujante español? Me siento un deforme del orto. Por lo menos me queda la tranquilidad de que esto está editado en España, por Astiberri, o sea que el que lo quiera leer en el idioma en que fue escrito, puede hacerlo.
El libro reúne seis historias cortas (ninguna llega a las 20 páginas) ambientadas en Ometepe, una isla que está situada en medio de un gran lago de Nicaragua. Saracino nos presenta a Ometepe como una tierra fantástica, donde las historias cobran vida, donde gobierna la imaginación, así que me sorprendió descubrir que la isla existe en la realidad. Enseguida me convencí de que era un invento del guionista. Lo más parecido a un protagonista es un muchacho pelirrojo, al que los nativos apodan “Gringo Dingo”, y que es el hilo conductor de las dos historias más largas: la primera y la última. No sabemos mucho acerca de él, pero está claro que es un pibe soñador, enamoradizo, con bastante labia y mucha facilidad para imaginar historias. Una especie de alter ego de Saracino, aventuro yo, al que el autor no se calienta demasiado por desarrollar, porque prefiere usarlo para hacer avanzar historias compactas, en las que hay poco margen para el chamuyo. Repasemos uno a uno los seis relatos.
La primera historia sirve para ponernos en clima. Son nueve páginas con muy poco texto, en las que Saracino deja que el dibujo se haga cargo de llevar adelante una narración tranqui, mucho más de contemplación que de acción. Los escasos diálogos nos advierten que acá puede pasar cualquier cosa y que casi nada es lo que parece. La segunda historia es una remake de una que había aparecido hace... tres años, creo, tanto en La Murciélaga como en Comiqueando. En ambos casos el guión es el mismo y está desarrollado en la misma cantidad de páginas, sólo que cambia el armado de las páginas, la cantidad de viñetas y sobre todo el tratamiento del grafismo y del color. El guión es hermoso y muy redondito.
La tercera tiene un sutil filo malalechístico y tiene que ver con cierto clima de superstición y de oscurantismo que reina en la isla. También es un relato muy redondo, con un cierre perfecto. Lo mejor es que primero nos comemos el amague de que la protagonista va a ser Rebeca, después que va a ser Chico Largo, y finalmente no es ninguno de los dos. La cuarta es una explicación fantástica para algunas de las cosas que suceden en la isla, en la que Saracino despliega mucho vuelo y mucha imaginación, y me hizo acordar a los mejores momentos de Varua Rapa Nui, ese gran comic chileno del que pronto voy a leer el Vol.2. También en la sintonía de explicar el origen de Ometepe y su extraña geografía, la quinta es decididamente poética, aunque arranca para el lado de la epopeya, del mito.
Y en la sexta tenemos lo más parecido a un conflicto, a un cruce medio áspero, entre “Gringo Dingo” y Chico Largo, dos hombres fascinados por la belleza de una misma mujer. Claro que uno juega de local y tiene poderes místicos y el otro es un pichi que sólo sabe urdir historias y citar poetas. Uno intuye casi siempre cómo se puede resolver la trama, lo cual no le quita atractivo ni belleza.
El promedio de los guiones es muy alto pero, una vez más, a Saracino le falló el dibujante. Esta vez el elegido fue el español Javier De Isusi, que sin ser un desastre, no está al nivel de los guiones que entregó nuestro compatriota. La narrativa está buenísima y el tratamiento del color, con esas acuarelas que recuerdan todo el tiempo a Gipi y a Hugo Pratt, es alucinante. Donde le falta bastante a De Isusi es en el dibujo en sí, que se ve apresurado, desprolijo, no muy distinto al de muchos dibujantes del “palo indie” francés, que por subirse al carro de Joann Sfar han publicado verdaderos mamarrachos. Al dibujo de De Isusi le sobra expresividad, pero le falta solidez, una solidez que sí tenía en la primera versión de Flores en el Vientre, en la que se jugaba a un claroscuro fuerte, vibrante. Acá, nada que ver. La línea tiembla todo el tiempo y el color se esfuerza por salvarla, pero no lo logra.
Ojalá que la próxima obra de Saracino para el mercado europeo tenga esta misma calidad en los guiones y cuente con la complicidad de un dibujante un poco mejor. Estamos hablando de un guionista que colabora habitualmente con nombres de la talla de Quique Alcatena, Dante Ginevra y Gerardo Baró (entre otros) así que no es para nada improbable dar ese saltito cualitativo que le permita a Saracino aspirar a su obra maestra.

viernes, 18 de octubre de 2013

18/ 10: EL GENERAL SAN MARTIN: PROCER

Le entré a este libro con ínfimas expectativas, convencido de que iba a leer una historieta apenas competente. Cuatro dibujantes distintos (ninguno de mis favoritos), una novela cortada “en fetas” para ser distribuída en fascículos junto a un diario que no leería ni con un chumbo en la cabeza, una primera hojeada que revelaba una cantidad cuasi-infinita de splash-pages... Rápidamente, y a pesar de la majestuosa portada de Fito Migliari, me convencí de que iba a leer una biografía del General San Martín decididamente floja, escrita por Luciano Saracino sin onda, sin placer, para pagar las expensas. Por desgracia, la lectura de la obra confirmó casi todos mis prejuicios.
Creo que donde menos le emboqué es en lo de la pasión. En un punto de la lectura, le empecé a creer a Saracino que realmente se interesó por el personaje, como si la fuerza del prócer se llevara puesto al guionista, lo envolviera y lo empujara hacia ese lugar donde se para Luciano para contar la historia (que es la que todos sabemos). Por supuesto, en 82 páginas es imposible contar toda la vida de San Martín. Saracino se da cuenta, analiza qué público va a leer esta historieta y en base a eso elige con qué quedarse. Y elige la hagiografía, que es algo que a mí no me cierra cuando leo una historieta biográfica.
Este San Martín es más San que Martín. Es más celestial que humano. No tiene defectos ni contradicciones, no participó en ninguna runfla espúrea (no hay una sóla mención a la Logia Lautaro, no se indaga en la misteriosa muerte de su esposa, NADA), no se nos ocurre siquiera sospechar que alguna vez haya hecho algo que no fuera arriesgar su vida de modo heroico y altruista por la libertad de nuestro continente. En un momento, el guión se hace cargo de que las autoridades de Buenos Aires lo consideraron “un traidor” y lo acusaron de “conspirador”. Y ya está, no se enfatiza en lo más mínimo en ese aspecto. “Es todo un pase de facturas porque San Martín no quiso pelear contra los caudillos del Interior sublevado”, explica suscintamente Saracino, para enseguida volver a concentrarse en la grandeza inmaculada del prócer. Desde el momento en que San Martín entra a Lima dos páginas antes del final, es obvio que la novela va a dejar MILES de cosas afuera, casualmente todas las que generan ciertas dudas acerca de la intachable moral del protagonista que nos quiere vender la historieta.
Los textos son bastante abundantes (quizás para compensar el exceso de splash-pages) y levantan vuelo en la secuencia narrada por el cóndor. En el resto de la novela son correctos, casi siempre con la responsabilidad de llevar adelante la narración. Porque si miramos sólo los dibujos, no sólo se entiende menos de la mitad de lo que pasa: también nos vamos a aburrir mucho. El dibujante que más me convenció es Rafael Ortiz que, sin ser espectacular, me pareció el más completo, el menos precario. Después hay varias cosas rescatables en las páginas de Tomás Aira al que, uno supone, le debe resultar incómodo narrar en un estilo tan clásico y con tanto apego por la anatomía tradicional. Acá se ven pifias, pero menores. Yair Herrera es un clon de Rafael Ortiz, con menos recursos, al que le complicás bastante la vida cuando lo sacás de los primeros planos (que evidentemente son su fuerte). Y finalmente Pablo Churín es un dibujante muy limitado, no impresentable, pero lejos de un nivel atractivo. A todos les salva bastante las papas el muy buen trabajo del colorista Gonzalo Duarte, a todos se les nota la escasez de pilas para dibujar fondos, la falta de imaginación, de huevos... En promedio, esto es peor que malo: es chato. Y la verdad que ver a Mauro Mantella, uno de los guionistas más zarpados y más creativos que aparecieron en este siglo, desaprovechando su talento como letrista de esta historieta, es para clavarse el sable corvo de San Martín en el ojete e inventar el seppuku anal.
Esta historieta nos propone seguir el derrotero de un José de San Martín excesivamente edulcorado e idealizado, como el Héctor Oesterheld que nos mostró Saracino en la recordada Germán: Ultimas Viñetas. En la tele, quizás por las dimensiones trágicas del personaje, o porque la mayoría del público conocía mucho menos de los pormenores de su vida, ese enfoque funcionó. Acá, mucho menos. Repito: lo que menos ruido me hizo fue la prosa cuidada, fina, por momentos emotiva de Saracino. El resto, bastante para atrás.

miércoles, 20 de febrero de 2013

20/ 02: EL FEO

Este libro es importante, porque recopila en su totalidad una serie que, cuando se pre-publicó en Fierro, salió no sólo cortada en fetas, sino con menos páginas de las que entregaron los autores. Fierro nos ofreció 38 páginas a color (un color por lo menos discutible) y Llanto de Mudo nos dice que no, que El Feo son 46 páginas en blanco y negro. Hasta ahí, buenísimo. Ahora lo que no se entiende es con qué criterio una historieta de 46 páginas se recopila en un libro de 80. Tooodas esas páginas que la historieta no ocupa, están repartidas entre un prólogo del guionista (Luciano Saracino), algunos bocetos del dibujante (Omar Hetchenkopf) y 15 (!) pin-ups de artistas invitados. Algunos son maravillosos, pero... ¿hacían falta? ¿Alguien se compra un libro así por los pin-ups? ¿No era más fácil, práctico y económico editar El Feo en un libro de 56 páginas, con la historieta completa, el prólogo y algún dibujito extra? Como diría Miguel Angel Russo, “son decisiones...”, en este caso una decisión que no me termina de cerrar.
El planteo de la obra es sumamente ganchero: un demonio cansado del Infierno vive en la Tierra, más precisamente en un Abasto teñido de malevaje y arrabal. Pero resulta que esta especie de Hellboy encapuchado está enamorado de una diosa, Minerva, y la quiere encontrar. La trama narra básicamente la búsqueda de Minerva por parte de Edmond, el Feo, que se llama así por el gran Edmundo Rivero. Entre secuencias oníricas, garches sensuales (no se sabe cómo, pero El Feo la pone bastante seguido) y algunos momentos de acción, Saracino nos lleva por distintos inframundos hasta llegar al encuentro entre Minerva y El Feo, que no termina para nada como uno se lo espera.
A su habitual solvencia para el realismo mágico y la combinación de elementos terrenales y sobrenaturales, Saracino suma un hábil manejo de la mitología tanguera. Letras y climas típicos de la música que hace 100 años identifica a Buenos Aires invaden la historia de El Feo y la enriquecen, le suman vuelo y poesía. También suman esas frases definitivas, esas sentencias que algunos personajes le tiran al protagonista (que no responde porque es mudo), invariablemente bien escritas. Lo que no me llegó a atrapar del todo es el conflicto, en una de esas porque Saracino cuenta en el prólogo cómo lo va a resolver.
Y lo que definitivamente deja a El Feo afuera de la lista de los libros imprescindibles es el trabajo de Hetchenkopf al frente de la faz visual. Se nota que estamos ante un dibujante que sabe, que no improvisa, pero excepto por los primeros planos (en los que deja la vida), se lo ve poco comprometido con la trama. Claramente a Hetchenkopf no le copan las páginas con más de seis viñetas y las muchas veces que el guión se las exige, responde con dibujos precarios y planificaciones forzadas, en las que no se lucen ni su dibujo, ni la mezcla de brutalidad y sensualidad que proponen los textos. Además, Hetchenkopf se suma a la onda “ni en pedo dibujo un fondo”. Cuando no alcanza con meter manchas negras, atrás de los personajes aparecen invariablemente fotos apenas retocadas, en contraste bastante grosero con la estética del dibujo. A favor de Omar tenemos que decir que evolucionó un montón: ya no es el clon correcto de Carlos Meglia que vimos en King Cop. Ahora tiene una identidad gráfica más personal, aunque para sentarse entre los maestros del claroscuro le falta poner bastante más huevo. En un momento me imaginé estas páginas dibujadas por Dante Ginevra y tuve una especie de nirvana.
Con la originalísima consigna de combinar el mundo de los ángeles, los demonios, las hadas y los dioses con el submundo siome y sórdido del arrabal porteño, El Feo cuenta y canta, muestra y sugiere una historia “de amor a pesar de todo”. Para ser Gardel, le falta un dibujante que se juegue más, y por ahí descomprimir un poco más la trama, darle más aire, para evitar esas páginas de ocho y nueve cuadros que conspiran contra el clima de la obra y le aceleran mucho el ritmo a un baile que se disfruta más cuando se baila más pausado, cuando se franelea más.

martes, 5 de julio de 2011

05/ 07: CORINA Y EL PISTOLERO


Por culpa de esta historieta, a Luciano Saracino lo han comparado bastante con Neil Gaiman. Y está bien, es una novela gráfica con unos cuantos gaimanismos. La forma en la que Saracino mete los elementos mágicos y sobrenaturales en un contexto en el que normalmente no aparecen ni a saludar (el clásico western, sucio y herrumbroso, frío y despiadado) es claramente (aunque no sé si intencionalmente) gaimanesca. Pero lo más importante de Corina y el Pistolero no es precisamente la influencia o el olorcito del glorioso creador de Sandman. Lo que más llama la atención es la belleza de la historia, la forma que encuentra Saracino para que nos resulte creíble, digerible, justo y necesario un final demasiado feliz para como venía la mano hasta 12 ó 13 páginas antes del final. De pronto, existe la posibilidad de eliminar, ya no al villano, sino al Mal, en un sentido absoluto. Salto al vacío riesgoso, si los hay. Y el guión se aferra a esa posibilidad (a esa Esperanza) y la lleva hasta las últimas consecuencias. El resultado es un final perfecto, que te hace mimos en el alma, como si te durmieras haciendo cucharita con tu persona favorita, escuchando lentos de Richard Marx.
El trámite hacia ese final (más digno de cuento de hadas que de western) es ágil, dramático, intenso. Y ajustado, claro, a las convenciones del género de los cowboys, entre las que gradualmente se cuelan elementos más raros, más enigmáticos, de esos que te hacen levantar la ceja y decir “¿Para dónde estará a punto de derrapar este delirante?”. Y no, no derrapa nunca, porque –como decíamos- todos esos elementos mágicos y sobrenaturales entran a la trama por la puerta correcta, o sea, por la que uno menos se lo espera.
No quiero contar más de la historia, para no deslizar datos que conviene más no saber a la hora de leer el libro. Simplemente destacar el gran manejo de los climas, la excelente dosificación de los diálogos y la destreza de Saracino para meternos a full en la trama a partir de un personaje seco, neutro, casi inexpresivo y del que sabemos menos que lo indispensable.
Parte de la responsabilidad sobre el fascinante clima que se respira en la obra le corresponde al dibujante, el vasco Infame & Co. Con su claroscuro potente y su gran manejo de las tramas mecánicas, Infame cumple con la labor de llevar adelante esta rara combinación de magia y grim ´n gritty. Pero con lo justo, sin que le sobre nada. No estamos ante un virtuoso, ni mucho menos. Es un dibujante que viene del under y que, para publicar en fanzines, es un monstruo. Pero para compararlo con los grossos, le falta bastante. Dibuja muy lindas minitas, es cierto, pero también hay que decir que se parecen demasiado a las de Ana Miralles. Sus secuencias mudas estás muy logradas y en general toda la narrativa demuestra muchísimo criterio. Lo único realmente criticable pasa por algunos aspectos del dibujo, que no llegan a empañar para nada un gran trabajo de un equipo guionista-dibujante que se conoce y se entiende muy bien.
Corina y el Pistolero es un comic distinto, impredecible y con un guión de altísimo vuelo. No es nuevo (en España se publicó hace un par de años), pero cae justo en el momento en el que un montón de lectores argentinos están descubriendo (en un acto de justicia impostergable) el gran talento para contar historias del imparable Luciano Saracino. Un lujo tenerlo tan bien editado en nuestro país.

jueves, 26 de mayo de 2011

26/ 05: DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE


Lo primero que llama la atención cuando uno agarra este libro es la calidad de la edición. Posta, no recuerdo muchas ediciones nacionales con este tamaño, este papel, esta impresión y esta encuadernación. Con sólo tenerlo en las manos, uno se convence de que está ante un lujo, ante algo excepcional.
Y después llega el momento de abrirlo y de dejarse invadir por una enorme cantidad de dibujantes impresionantes, nada menos que 18, que además no son los obvios. No son los de La Murciélaga, hay uno sólo (Diego Greco) de la Comic.Ar, y uno sólo (Dante Ginevra) de los de la Fierro. El resto son un testimonio poderosísimo de la gran riqueza no explorada de la historieta argentina, porque son historietistas argentinos prácticamente desconocidos o inéditos en el país. Hay un par de españoles también, pero se entiende, no? Alguien (supongo que Luciano Saracino, el guionista que adaptó los 18 cuentos de Horacio Quiroga que incluye el tomo) buceó en las profundidades de un verdadero océano de talento y encontró estas perlas, estos diamantes semi-ocultos. Los textos que incluye el libro nos permiten deducir que muchos de ellos se dedican a otras ramas del dibujo, como la ilustración y la animación. Eso habla de otro mérito de Saracino: evidentemente logró convertirlos (al menos por un rato) en eficaces narradores de la imagen, cosa para la que no cualquier dibujante está capacitado.
Lo cierto es que los que seguimos sus trabajos para otros mercados nos dimos el gusto de ver historietas de Max Fiumara o Julián Totino Tedesco publicadas en el país. Los que nos copamos con sus ilustraciones pudimos ver historietas de Fernando Rossia o Poly Bernatene. Los fans del comic español pudimos conocer a Manu Ortega y a Infame & Co. (este volverá pronto por este blog) y los que nos cebamos descubriendo dibujantes nuevos, flasheamos con monstruos hasta ahora ignotos como Franco Spagnolo, Juan Manuel Tumburús, Diego De Rose o Fernando Sawa. Lo único criticable es que muchas de las historietas son demasiado breves: las hay de dos, tres y cuatro páginas. Entonces, para cuando te metés en el clima de la historia, para cuando te acostumbrás a la propuesta estética del dibujante, viene la última viñeta, fin, y a empezar otra vez de cero. Y a quedarse con las ganas de seguir disfrutando de estos maravillosos dibujantes.
Esto no es culpa de los dibujantes, claro, ni tampoco del guionista. Los cuentos son así, cortos. Y pegan más si se los comprime que si se los estira. Después, podemos entrar en el terreno del sacrilegio y debatir qué tan buenos son los cuentos de Horacio Quiroga. Saracino nos lo presenta como el cuentista perfecto, y yo me encuentro con un montón de cosas que no me cierran. Sí, es cierto, hay un puñado de relatos perfectos, redondos, sorprendentes, inapelables: La Gallina Degollada, El Solitario, La Meningitis y su Sombra y Una Estación de Amor, son más que ejemplares. Pero otros cuentos… no sé, les falta algo. Me siento un animal al escribir esto, porque no soy especialista en literatura: la última vez que leí a Quiroga fue hace casi 30 años y no me acuerdo casi nada. Pero la verdad es que hay cuentos que hacen ruido, que no terminan de hilvanar un conflicto ni mucho menos de resolverlo, o a veces sí, pero son demasiado predecibles (onda “el tipo está muy enfermo y al final… se muere”). Lo que no se puede discutir es que están muy buenos los climas y las ambientaciones, y eso contribuye al lucimiento de los dibujantes convocados por Saracino para las adaptaciones.
De todos modos, este es un laburo colosal. Va a acercar a muchos lectores jóvenes al universo de Horacio Quiroga y va a lograr que unos cuantos seguidores del escritor uruguayo lean una muy sólida colección de historietas, lo cual ya es más que loable. Pero también logró que los fans de la historieta descubramos a un montón de dibujantes que hasta entonces estaban por debajo del radar, que disfrutemos a lo bestia del trabajo de varios consagrados (y acá subrayo la labor de Dante Ginevra, que una vez más deja en claro por qué tantos lo ponemos tan arriba) y que comprobemos que la adaptación literaria es un recurso más que Luciano Saracino maneja con solvencia, inteligencia e intuición. Ojalá todos los meses se editaran en Argentina libros de esta envergadura, con este nivel de ambición y este nivel de talento.

miércoles, 23 de marzo de 2011

24/03: LAS AVENTURAS DE FEDE Y TOMATE Vol.1


Hoy la vida me hace trampa: al viajar de Oeste a Este, voy a tener un día de 22 horas. Yo respondo con más trampa aún: todavía estoy en Perú, donde son recién las 10 de la noche del 23, y aprovecho el ratito pre-salir de joda para leer un comic muy breve y postear una reseña también breve, como para zafar.
Las Aventuras de Fede y Tomate es un comic para chicos chiquitos, de hasta 8 ó 9 años. Se publica en un formato pequeño, aunque la extensión no es taaan breve: son 46 páginas de historieta. Claro, al ser páginas chicas, ninguna tiene muchas viñetas y eso es lo que hace que –en la práctica- no haya tanto para leer. Eso y el hecho de que, al ser historieta 100% infantil, los autores se cuidan de que haya poco texto en cada globo y pocos globos por página. Con todas esas limitaciones, estamos ante un cuento gráfico que va para adelante, con una presentación de personajes, el desarrollo de una situación y su resolución, todo hilvanado de forma clara y concisa, pero sin subestimar al lector.
El guionista de Fede y Tomate no es otro que Luciano Saracino, ese que asomara tímidamente en 2007 con King Cop y que desde entonces no paró de ganar terreno, tanto en la historieta como en sus tareas de literato e investigador en el área del cine fantástico y de género. La apuesta de Saracino en Fede y Tomate es a la imaginación: sabe que esto lo van a leer chicos que se imaginan mucho más de lo que viven, que acumulan muchas más experiencias a través de los dibujos animados y los libros de cuentos que a través de la vida misma. Chicos que, por supuesto, no se van a cuestionar hasta qué punto es absolutamente imposible que Fede y su gato hagan las cosas que hacen en este comic, sino que lo van a disfrutar desde la ilusión, desde el candor, desde el “dale que…”. El chico que lee la historieta no sólo quiere ser Fede: durante 46 páginas ES Fede, y eso es un enorme mérito del guionista.
La otra apuesta de Saracino es –me parece- a introducir a sus pequeños lectores en el mundo del relato gráfico al que llamamos historieta. Tal vez por eso mete -uno atrás del otro y sin guardarse nada- globos de diálogo, globos de pensamiento, bloques de texto, onomatopeyas, imágenes que reemplazan a los textos dentro de los globos y demás metáforas visuales que el chico decodifica naturalmente mientras aprende –sin darse cuenta, claro- a leer el alucinante idioma del comic. La “docencia” de Saracino es sutil y efectiva: lo comprobé con mi sobrino de cuatro años y medio, que no sólo leyó varias veces el librito de Fede y Tomate, sino que entendió todo y de ahí en más se animó a leer otras historietas.
Pero el gancho en un comic para chicos es siempre el dibujo y ahí es donde resulta fundamental el enorme esfuerzo de Gerardo Baró, un autor que viene de la ilustración, pero que trae a cuestas un incuestionable amor por el Noveno Arte (y si no, chequeá sus trabajos en el blog Vivo con mi Madre). Baró, además de narrar todo con extrema claridad, tiene que contar un comic de acción sin dibujar violencia y tiene que transmitir sensaciones de peligro sin dibujar nada tétrico ni escabroso. Explicame cómo se hace eso… Bueno, Baró me lo explicó en estas páginas. Y además tenés que dibujar lindo. Incluso los malos tienen que ser redonditos, espumosos, amistosos. Y ahí Baró se zarpa: su diseño de personajes es 100% ganchero, muy atractivo para el ojo infantil acostumbrado al dibujo animado, bastante cercano en estilo al de un montón de ilustradores de cuentos para chicos, pero a la vez personal, sin olor a clon ni a refrito. Los colores, las texturas, los planos que elige para contar, su forma de trabajar la línea cinética, todo parece obra de un tipo que tiene 130 historietas publicadas y hasta donde yo sé, esta es la primera.
Si querés quedar como un duque con un niño, y de paso corromperlo para que se una al lado oscuro de la Fuerza, Las Aventuras de Fede y Tomate son una gran opción. Si además llegás a leerte la historieta de keruza, en un viaje en bondi, o en una pausita de 10-15 minutos, te vas a ver transportado a esas mágicas tardes de la infancia en las que todo podía suceder y estabas dispuesto a creer en cualquier cosa que te sacudiera la modorra de estar muy al pedo en tu casa. No sé si te emocionará a pleno, pero seguro te va a hacer pasar un lindo rato.