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viernes, 13 de marzo de 2026
MAL Y TARDE ESTOY CUMPLIENDO...
Me choreo esta frase de un hermoso tema de Joaquín Sabina, porque sí, vengo de muchos días en los que el tiempo libre pasó de escaso a inexistente. Encima me topé con un libro que tardé muchísimo en terminar.
Pero empiezo con una joya que pasó totalmente desapercibida. Editada en 1999, Volcanic Revolver es una excelente historieta íntegramente a cargo del gran Scott Morse. Está toda narrada con una grilla muy original: cuatro viñetas por página, todas horizontales en formato widescreen. Y dibujada en un estilo que a mí me resulta muy atractivo, donde aparecen elementos "diseñosos" tipo Escuela Valenciana de los ´80, mezclados con yeites de José Muñoz, de Jacques Loustal y del Dave McKean menos plástico y más gráfico (el de Cages, ponele). Morse se revela como un prócer del pincel, con un trazo muy fluido, muy versátil, sumamente expresivo. Y aún así, uno se queda flasheando con esa puesta en página tan arriesgada, tan rara, que parece que no puede funcionar, o que no se puede sostener más de 100 páginas, pero se sostiene perfecto.
El guion es excelente. Una gran historia de mafias de New York de los años ´30, con el super-clásico picante entre tanos e irlandeses, contado desde el lado de los tanos. Hay misterio, hay rosca, hay violencia, alguna que otra pincelada de humor, y sobre todo situaciones y personajes absolutamente creíbles, con diálogos que reproducen a la perfección los modismos de las distintas comunidades y las distintas clases sociales de aquellos años convulsionados en los barrios periféricos de la Gran Manzana. Llega un punto en el que te desespera ver a Vincenzo y al resto de los protagonistas convivir de modo tan natural con los asesinatos y las vendettas, algo que Morse retrata como parte de la vida cotidiana, como salir a dar una vuelta, o pasar por la verdulería a comprar bananas y peras.
Entre diálogos afilados y silencios elocuentes, Volcanic Revolver te envuelve en una atmósfera de corrupción extrañamente distendida, que no genera tensión precisamente por lo que decía antes de la naturalidad con la que los personajes se manejan en ese entorno. Morse aprovecha para contarnos muchísimo acerca de las costumbres, las tradiciones, las supersticiones y la gastronomía de los italianos que se afincaron en New York hace 100 años y eso le da al comic una onda muy particular, que lo aleja del típico hard boiled de mafias que se cagan a tiros entre ellas. Tal vez el contraste tan marcado entre la temática que aborda Morse y el estilo que elige para dibujar haga que más de uno no se enganche con Volcanic Revolver, pero a mí me cerró por todos lados. La recomiendo mucho, sobre todo porque es una obra que ya tiene más de 25 años y yo me enteré de su existencia hace muy poco y de casualidad, porque no suele hablarse de ella.
Y hablando de historietas de las que nadie habla, sigo en mi cruzada quijotesca por darle visibilidad a las obras de autores argentinos junto a guionistas europeos, que por algún motivo insondable, no suelen editarse en nuestro país y son básicamente desconocidas por los lectores (quizás también por los editores) argentinos. Durante varios días, de a poquito, recorrí no sin dificultad las 100 páginas de Regreso a Kosovo, una obra de 2014 escrita por el periodista y guionista kosovar Gani Jakupi y dibujada por el maestro Jorge González. Leer esto es como atravesar un campo minado: hay que ir de a poco, con cautela, a un ritmo pausado... porque lo que narra Jakupi es demasiado heavy y desolador. El periodista (radicado en Barcelona) plantea el libro como una crónica de la post-guerra en su Kosovo natal, al que regresa tras muchos años para reencontrarse con sus padres. Sobra un poco la referencia a su propia vida, sus viajes de España a los Balcanes, a Francia, etc., el tema de su mujer embarazada y el nacimiento de su hijito... No es que moleste, pero está demasiado subrayado el hecho de que es un relato en primera persona y que el narrador y el protagonista son el mismo.
Pero el verdadero protagonista es el dolor. Las cosas que descubre Jakupi cuando vuelve a recorrer su país, su ciudad, después de años de una guerra salvaje, donde no se combatía por el petróleo sino por un odio racial acumulado durante siglos. Una guerra que separó familias, arrasó con aldeas, campos, pueblos... sin contar la cantidad de combatientes muertos o mutilados. Regreso a Kosovo es también la crónica de cómo se reconstruye a partir de ese dolor y termina en clave optimista, porque si bien quedan resabios del conflicto, la sociedad vuelve a organizarse, la economía vuelve a ponerse en marcha y la vida vuelve a florecer entre las ruinas.
Yo no estaba muy familiarizado con la siniestra historia de la guerra en los Balcanes, y la verdad que de todos los ex-yugoslavos los únicos que me despiertan alguna simpatía son los croatas. Pero esta historia tiene un ancho de espadas, un gancho irresistible: los dibujos de Jorge González. Mamita querida, lo que dibuja Jorge en este álbum... La cantidad de técnicas, la imaginación, el despliegue, la forma de transmitir esas sensaciones y esos climas... es realmente formidable. Otros autores, y el emblemático en este subgénero de "historieta periodística ambientada en países hechos mierda" es Joe Sacco, cuando el texto habla de crímenes de lesa humanidad te los dibujan, te los muestran de un modo muy gráfico. González no, para nada. Cuando el texto narra asesinatos escabrosos, violaciones y demás, Jorge no te llena las viñetas de sangre y cadáveres, sino que te sugiere el espanto a través de manchas, siluetas, texturas... Sin dudas, esto está al nivel de los mejores trabajos de González, en esa frontera finita y difícil de recorrer entre un dibujo expresivo, que acompañe y potencie al guion, y un dibujo más plástico, más lírico, que abandone el retrato de lo terrenal (y lo abominable) para levantar un vuelo poético que este tipo de historieta "documental" rara vez consigue.
Regreso a Kosovo te desarma por completo, por lo desgarrador de los hechos que relata y por la belleza indescriptible de las imágenes. Si te interesa el tema, o si sos fan de Jorge González, buscalo (está editado en España, Italia y Francia) y atesoralo.
Nada más, por hoy. Si necesitan más lectura para el finde, recomiendo una vez más la apoteótica Comiqueando Digital, que puede descargarse por muy poquita plata en comiqueandoshop.blogspot.com. Gracias y hasta pronto.
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miércoles, 4 de marzo de 2026
MIERCOLES TRANQUI
Mientras el mundo se pone cada vez más heavy y peligroso, yo estoy acá tranquilo, en mi nube de pedos, listo para reseñar los últimos libros que leí.
Empiezo con un libro escrito por un francés que vivió muchos años en Chile, dibujado por un argentino que está radicado en España, y que conseguí en la edición italiana. Un kilombo bárbaro. Pero bueno, me di el gusto de leer Maudit Allende!, una obra de 2015 con guion de Olivier Bras y dibujos de Jorge González.
Al tratarse de un comic que tiene como eje el golpe de estado del genocida Augusto Pinochet contra el gobierno democráticamente electo de Salvador Allende, es inevitable la comparación con Los Años de Allende (ver reseña del 21/08/15), la novela gráfica de Carlos Reyes y Rodrigo Elgueta que funciona como crónica de aquel tiempo en el que el socialismo revolucionario gobernó Chile. Los autores chilenos se centran en todas las transformaciones sociales, políticas y económicas que produjo en el país vecino el breve gobierno de la Unidad Popular, mientras que Bras y González exploran más en profundidad el contrapunto entre las dos figuras centrales, Allende y Pinochet. De hecho, siguen al dictador incluso en sus días de reclusión en Inglaterra y su regreso a Chile, ya en las postrimerías del Siglo XX.
Pero el francés y el argentino se cuelgan con estas secuencias ambientadas en los ´90, que -comparadas con las de los ´70- aportan muy poco al disfrute del álbum. Toda esa faceta autobiográfica de la obra, en la que Bras narra en primera persona su regreso a Europa tras años en Chile y demás, no tiene ni por asomo el encanto y el impacto del tramo en el que los autores siguen paso a paso la carrera política de Allende, la carrera militar de Pinochet, la consolidación del vínculo entre ambos, y el armado de la runfla que va a terminar con la caída del gobierno encabezado por el primero. Ahí esta, sin dudas, lo que hace atractiva y satisfactoria la lectura de Maudit Allende!.
Y por supuesto, el trabajo de González en el apartado gráfico, que le prende fuego a las páginas del álbum. Incluso en las secuencias menos atractivas a nivel argumental, Jorge tira magia con sus lápices sueltos, expresivos, su paleta de colores sutil y su increíble técnica para incorporar texturas. Hay alguna página en la que baila al filo del mamarracho, pero en la gran mayoría del álbum vemos a un González muy comprometido con la documentación histórica, con la referencia fotográfica, y sobre todo con la fluidez del relato. No sé por qué en el país donde nació Jorge (que está al lado del país donde transcurre casi toda la obra) nadie edita esto, nadie HABLA de esto, y fingimos demencia, como si Maudit Allende! no existiera. Pero si sos fan de este monstruo del dibujo y la ilustración y querés más historietas suyas, o si te interesa el tema de la historia más o menos reciente de Chile, o el tema de los golpes de estado y las dictaduras militares en Latinoamérica, acá tenés un trabajo muy competente, tanto de González como del guionista/ periodista francés que estuvo a cargo del guion. Y si lo querés leer en castellano hay -lógicamente- una edición chilena y una española.
Nos vamos a EEUU, año 2016, cuando en el sello Icon de Marvel aparece Empress, una space opera creada por Mark Millar y Stuart Immonen. La consigna de la obra es muy buena, hay muchos personajes atractivos, la ambientación interplanetaria está muy bien aprovechada, el ritmo es muy ágil y dinámico, y los dibujos son espectaculares. Pero (sabías que venía un "pero") nada de eso justifica la extensión de la obra, que está sumamente estirada. Me imagino esto leído en las siete entregas originales en formato comic book y me quiero pegar un corchazo, porque en algunos de estos tramos de 23 páginas no pasa prácticamente nada. Son peripecias muy impactantes, narradas de modo muy ganchero por Millar e Immonen, pero que no le suman nada a la trama general de la obra. Sin dudas, esto mismo contado en 60 ó 70 páginas menos pegaría mucho más fuerte, incluso si hubiera que sacrificar a algún personaje secundario para sintetizar. Así, con esta extensión, Empress se parece bastante a un largometraje de dos horas y monedas... que no creo que se filme jamás simplemente por la fortuna que habría que poner para que todo se vea en la pantalla igual de lindo que en el comic.
Empress abreva en el Fourth World de Jack Kirby y -obviamente- en Star Wars, pero le agrega a la epopeya una dimensión humana muy lograda, que nos permite sentir como cercanos a estos personajes que se pasan más de media obra saltando de un planeta a otro. En pocas páginas uno siente que conoce y quiere a Emporia, sus hijos y sus aliados, y de alguna manera, entre conquistadores cósmicos, chumbos hiper-tecno, monstruos zarpadísimos y naves espaciales, aparece una empatía, algo que nos invita a ponernos en el lugar de la heroína, incluso a los que no somos mujeres, ni estuvimos casados, ni tenemos hijos. Entre eso, y el giro sorprendente del final, alcanza para que la labor de Mark Millar resulte encomiable pese a la estirada medio brutal que le pega al argumento.
Y lo que a mí más me sedujo fue el trabajo de Stuart Immonen en los lápices, secundado por las tintas del siempre sólido Wade Von Grawbadger y la paleta de colores de Ive Svorcina. Acá tenemos a un Immonen muy controlado, lejos de sus trabajos más personales (Moving Pictures, Nextwave Agents of HATE), no te digo "como si quisiera pasar desapercibido", pero sí decidido a ponerse 100% en función del relato, y sin hacer demasiada gala de su (hermoso) estilo personal. Y le queda muy bien, porque tintas y colores lo secundan a la perfección, y porque el guion no necesitaba un dibujante con un trazo muy personal. Lo de Immonen no es genérico, no es anodino, ni insulso. Por el contrario, es grandioso, espectacular, técnicamente formidable. Pero en todo ese universo que co-crea con Millar, son pocas las cosas/ personas/ lugares que solo Immonen podría haber dibujado. Si mañana hay una secuela de Empress dibujada por otro grosso del mainstream yanki de los que habitualmente colaboran con Millar (Olivier Coipel o Rafael Albuquerque, por tirar un par), nadie se va a escandalizar ni a rasgarse las vestiduras. En esta saga, aún sin sacar a relucir su impronta más personal, Immonen nos regaló algunas de las mejores páginas de su carrera. Si sos fan de esta bestia, tirate de cabeza.
Y hasta acá llegamos, por hoy. Gracias por el aguante, no se pierdan el primer episodio de Opiniones Meméticas (ya en los canales de YouTube de Comiqueando y La Batea) y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas acá en el blog.
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miércoles, 11 de septiembre de 2024
DOS MÁS Y NO JODO MÁS
Tengo dos libros más para reseñar y ahora sí, ponemos pausa hasta Octubre.
Le Château de l´Aurore (el castillo de la aurora) es una obra de Osamu Tezuka inédita en castellano, que el ídolo produjo allá por 1959, cuando su público principal todavía eran los chicos... o algo así. Esta es una historia de ambientación histórica, en la que el Dios del Manga recrea con precisión los inicios de la era de Momoyama (años 1568-1603 de los nuestros) y hasta incorpora a la trama a personajes que existieron en el mundo real. Hay un héroe, hay villanos... pero no es una historia exactamente infantil. Muere mucha gente, los niveles de violencia son elevados, hay peleas sangrientas, parte de la trama tiene que ver con tensiones políticas, espionaje y traiciones entre señores feudales... No es precisamente un cuento de hadas.
El dibujo es perfecto, redondito, amistoso, perfectamente adecuado para el público infantil, y estamos en la época en la que Tezuka todavía no se iba al carajo en la planificación de la página, sino que trabajaba con viñetas siempre cuadradas o rectangulares, ubicadas en el espacio de manera tradicional. O sea que, visualmente, esto es sumamente prolijo, y muy accesible para todo tipo de público. Pero claro, el argumento (o los puntos ásperos del argumento) chocan de frente con esos personajes aniñados y esos animales que parecen salidos de un corto animado de Disney o de los Looney Tunes. Acá el maestro no inventa bizarreadas como aparecer él mismo como personaje, o traer a personajes de otras obras suyas a "actuar" en los roles secundarios, y en todo caso el WTF?!? pasa por ese contraste entre una historia donde se decapita gente a sangre fría y un dibujo demasiado bonito, muy lejos de la sordidez que predomina en más de una escena.
Le Château de l´Aurore es una aventura clásica, con un final clásico (aunque no del todo predecible), que me imagino que a los eruditos en materia de Historia Medieval Japonesa le resultará más atrapante que a mí. Yo la disfruté, como suelo disfrutar cualquier comic japonés donde no hay chistes ni elementos fantásticos (acá hay muy poquito de ambos), pero no tengo dudas de que es una historia llena de guiños para el que sabe mucho más que yo acerca de esa época. Creo que lo que más me cerró es la forma que encuentra Tezuka para tener dos personajes femeninos de enorme peso en la trama, en un contexto muy machirulo como es el del Japón feudal. Y lo que menos me cerró es que se presente con total naturalidad el hecho ficticio de que los ninjas tenían poderes mágicos que les permitían desaparecer o cambiar su apariencia como si fueran skrulls o durlanos. Por suerte eso no es algo de gran importancia en la resolución de la trama.
Los diálogos son ágiles, menos protocolares que en otros mangas donde todo el tiempo hay miembros de la nobleza que interactúan entre sí o con sus vasallos, y la traducción incluso cuida el detalle de que los personajes adolescentes o jóvenes no hablen igual que estos señores feudales, sus ministros y sus generales. La edición francesa (que conseguí en oferta en una comiquería de París) es impresionante, con una calidad de papel que no recuerdo haber visto en otros mangas. Pero con que se traduzca al castellano, yo me conformo. Si la imprimen en papel croto, da para tenerla igual, porque es Tezuka, obvio.
Vamos a España, año 2023, cuando ECC y el Spaceman Project sacan adelante la (por ahora única) edición en castellano de Salitre, una novela gráfica escrita por José Luis Vidal e ilustrada por el maestro argentino Jorge González. Encontré muchos puntos en común entre Salitre y Regreso al Edén, la novela gráfica de Paco Roca que vimos el 04/03/24: historias pequeñas centradas en varias generaciones de una misma familia, recuerdos, anécdotas, momentos dolorosos vinculados a la Guerra Civil Española, heridas abiertas que no cicatrizan, vínculos que se tensionan o se rompen... y todo narrado a un ritmo muy pachorro, con los niveles de decompresión a los que ya nos tiene acostumbrados González.
La chispa, lo distinto, lo más lindo, tiene que ver con que Salitre está ambientada en la ciudad de Cádiz, en el sur de la península ibérica. Entonces todos los diálogos que escribe Vidal, las ambientaciones que elige para las escenas, las canciones que cantan los personajes o que suenan por ahí, tienen que ver con Cádiz, con su particular identidad geográfica, cultural y hasta idiomática, porque los gaditanos no hablan como el resto de los españoles (en ese sentido son medio cordobeses). La impronta gaditana está presente en todos los personajes, y se nota mucho el amor que los autores sienten por esta ciudad. Los pinceles de González, como siempre, son perfectamente idóneos para la tarea de captar esas atmósferas que solo existen en Cádiz, sus calles, su puerto, su mar, y traerlas a la página de modo que el lector también se vea inmerso en ellas. Es muy loco, pero la información que González le transmite a nuestros ojos, incluye sensaciones olfativas y sabores, y esas palabras que aparecen escritas en los globos con una tipografía para nada espectacular, resuenan en nuestros oídos con una cadencia muy particular. Uno de los efectos "mágicos" de la lectura de historietas, que acá se vuelve importantísimo en el disfrute de la obra.
El argumento en sí, es definitivamente escaso para una obra de 200 páginas. Pasan unas cuantas cosas, hay personajes muy bien construidos, las distintas épocas por las que transita el relato están muy bien retratadas, hay giros impactantes, momentos conmovedores, otros que parecen pasos de comedia, más distendidos, pero nada realmente irrepetible o inolvidable. Lo más alucinante es cómo una trama que se apoya en el realismo, en lo fácil que le resulta al lector promedio español identificarse con uno o varios aspectos de la vida de esta familia, de pronto cobra vida, relieve y potencia en el trazo de González, que de realista ya tiene muy poco. Acá tenemos muchas secuencias en las que el dibujo se hace más plástico que gráfico, con saltos al vacío del expresionismo más extremo, e incluso de la abstracción. Es casi imposible pensar en una narración de comic no figurativa, pero el día que alguien la invente, seguro va a citar a Jorge González como una de sus principales influencias.
Si sos de Cádiz, si tenés familiares que viven en Cádiz, o que nacieron allá, o si viajaste a Cádiz y te enamoró con sus paisajes, su música o su gastronomía, ni lo pienses: Salitre te va a conmover de punta a punta. Si sos fan de Jorge González, también tirate de cabeza, que acá el autor de Fueye y Llamarada está en un nivel devastador, con muchas páginas, mucha libertad y una calidad de edición óptima, como para que su arte se luzca en todo su esplendor. Y si no se dan ninguna de estas condiciones, por ahí te recomiendo gastarte la guita que sale este libro en otra cosa, porque no estoy muy seguro de que te vaya a enganchar un slice of life tan vinculado a la idiosincracia de una ciudad y una realidad que nos quedan lejos. Ojalá me equivoque, y Salitre tenga en algún momento una edición argentina (menos cheta que esta, claro) que llegue a muchísimos lectores de acá y que todos conecten con lo que quieren transmitir Vidal y González en esta obra.
Y ahora sí, nada más. El 15 y el 19 vamos a tener en el canal de YouTube videos en los que voy a estar yo hablando giladas, y después no queda más material del que lleva mi firma hasta Octubre, cuando vuelvo de las vacaciones. Gracias por el aguante y nos reencontramos el mes que viene.
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jueves, 13 de enero de 2022
PRIMERAS LECTURAS DEL AÑO
Sigo atrapado en el vórtice espacio-temporal de la mudanza, pero felizmente me pude hacer un rato para escribir acerca de las historietas que (no sin dificultad) pude leer en estos últimos días.
Ya resignadísimo a no tener nunca una edición en castellano de Chicanos, me adentré en este clásico noventoso de Carlos Trillo y Eduardo Risso en una edición italiana del 2003, que consta de cinco tomos. No recopila TODA la serie, pero creo que es la edición más completa, la que más episodios llegó a reeditar en formato libro. De las tres series largas que Trillo y Risso producen para la Eura en los ´90, Chicanos es -lejos- la mejor dibujada de las tres, muy por encima de Borderline y Yo, Vampiro. No sé si para esta serie Risso contaba con más tiempo para dibujar cada episodio, o si repartía el trabajo con un equipo de asistentes más afianzado, pero visualmente estos episodios están repletos de imágenes y secuencias maravillosas. La New York de Chicanos tiene ese caos, esa cacofonía, esa pátina de grasada que tenía la New York de Alack Sinner, potenciada por un manejo del claroscuro en el que Risso, además de mostrar su admiración por José Muñoz, anticipa mucho de lo mejor de 100 Bullets. No hace falta llegar a su etapa en Estados Unidos para disfrutar de un Risso perfecto, impecable en la narrativa, impactante en las expresiones faciales, infalible en el retrato de la vida cotidiana de esta ciudad de feroces contrastes y desigualdades. Te pueden no interesar en lo más mínimo los guiones, y aún así pasarla bomba con Chicanos solo por la calidad infernal que tiene el dibujo del león de Leones.
Y los guiones no están nada mal. En especial la saga que abarca los cuatro primeros capítulos y el séptimo (recontra-autoconclusivo) son muy, muy notables. Después hay unos cuantos episodios unitarios más (leí hasta el 12, que es lo que viene en los dos primeros tomos de la edición de Coniglio), casi todos muy dignos y alguno muy extremo, con algún exceso por parte de Trillo en su afán de mostrarnos lo poco feliz que resulta la vida de Alejandrina Yolanda Jalisco, la protagonista de la serie. Un poquito de mala leche está bueno, pero cuando el maltrato hacia la protagonista se acerca más a un bullying despiadado, te preguntás si realmente hacía falta. Y la verdad que no, menos cuando esos episodios de “miren lo mal que la pasa Alejandrina” no tienen otro hilo argumental más potente, vinculado a la aventura o a la investigación de casos policiales, o al romance, aunque más no sea. Es como que en algún punto Trillo mezcla desarrollo de personajes con humillación y basureo al límite de la protagonista y la reacción que genera en el lector (por lo menos en este lector) es mucho más repulsiva que cuando Alejandrina resulta discriminada, maltratada o pisoteada en el contexto de una trama más “aventurera”. Veremos con qué me encuentro en los tomos que me quedan por recorrer.
Me voy a Francia, año 2010, cuando Jul Maroh causa sensación con la novela gráfica El Azul es un Color Cálido. Claro, nunca habían aparecido historietas que abordaran en profundidad, en clave dramática, el tema de la homosexualidad femenina. Y la autora lo presenta de manera muy realista, por momentos más cruda, por momentos más poética, pero con una contundencia emocional aplastante. Imposible llegar al final de la obra sin sentir una profunda empatía por Clementine y Emma y sin sufrir por el trágico desenlace de su historia de amor. La historia está muy bien narrada, con todos los recursos puestos al servicio de conmover al lector, de invitarlo a dejar de lado prejuicios y tabúes y vibrar al ritmo de un romance complicado, apasionado, impredecible de principio a fin.
En general, cuando aparecen obras que rompen todo al arrojar sobre la mesa temas de los que hasta ese punto no se hablaba, son obras muy jugadas a la idea, al concepto, y a menudo no tan cuidadas en la realización. En ese sentido, El Azul es un Color Cálido me sorprendió muy gratamente. Tanto el dibujo como la narrativa muestran un nivel de solvencia que uno normalmente no asocia a una ópera prima de una autora joven. Por ahí sin deslumbrar, Maroh maneja con muchísimo criterio el ritmo del relato, sabe conjurar climas, asfixiar al lector con silencios, ponerle fuerza a las escenas clave... y además dibuja y colorea muy bien, en un estilo que por momentos me hizo flashear una versión más moderna del maestro Hermann. Aclaro (para que no me masacren) que me gusta más Hermann que Maroh, pero la onda medio que va para ese lado. Nunca leí otros trabajos de esta autora, y trataré de rectificar esa carencia, porque la verdad que este es un muy buen comic, que amerita seguir a su autora por otros caminos. Me imagino que en obras posteriores Maroh habrá tocado temas distintos, no infinitas variaciones de “una chica adolescente se enamora por primera vez y descubre que es lesbiana”, pero la verdad, no lo puedo asegurar. Ya veremos con qué me encuentro la próxima vez que me cruce con una obra de esta autora, cuyo primer trabajo es sumamente recomendable y cuenta con una magnífica edición argentina.
Me quedo en Francia para degustar otra papita fina, pero de autor argentino: Llamarada, del inmenso Jorge González, que también tuvo edición local en 2021. En la primera parte de la novela, González nos cuenta la historia de su abuelo José María, talentoso futbolista que se luciera en el glorioso Racing Club de Avellaneda en aquellos años anteriores a la aparición del futbol profesional, cuando todo era amor por la camiseta. Un testimonio riquísimo y apasionante de esas décadas fundacionales para el deporte más popular y más masivo del planeta. Pero después la trama agarra para el lado de las generaciones y los vínculos entre padres e hijos. José María se convierte en papá de Jorge, Jorge a su vez tiene un hijo al que también llama Jorge (el autor de la historieta), y el nieto del crack de Racing, ya radicado en Europa, amplía la dinastía González con la llegada de Mateo, pelirrojo como su bisabuelo y bastante habilidoso con la redonda.
Con elegancia y sutileza, González explora el conflicto entre lo que los padres quieren que sean sus hijos y lo que finalmente estos eligen para sus vidas, y de ahí salen los mejores momentos de Llamarada. Fiel a su estilo, el argentino estira la extensión del libro con secuencias de alto vuelo plástico que parecen no conectar con la trama, pero esta no pierde en ningún momento el interés. No sé si el guion está tan logrado como el de Fueye (ver reseña del 06/07/12), pero seguro que me gustó mucho más que el de Dear Patagonia (reseñado el 09/11/15).
Entre diálogos muy reales y silencios cautivantes, se luce (como siempre) el dibujo de Jorge González que, en la primera mitad del libro, alcanza un nivel más cercano a la magia que al arte. En la segunda mitad prueba otras cosas, arriesga un poco más en materia estética, y el resultado puede ser un poco confuso, o no tan fácil de acoplar al devenir de algo que es, ante todo, un relato. Incluso cuando se pasa de experimental, González no se olvida que está contando una historia, y eso hace que Llamarada, si bien cambia mucho con el correr de las páginas, mantenga una unidad y una consistencia a lo largo de 300 inolvidables páginas. Si sos hincha de Racing, esto te va a emocionar, y si no, me parece que también.
Nada más, por ahora. Gracias por el aguante y ni bien pueda, vuelvo a postear acá en el blog.
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lunes, 12 de marzo de 2018
PONIENDOME AL DIA
Venía de varios días con poco tiempo para sentarme a escribir reseñas, pero hoy me levanté temprano y me pude organizar mejor.
Convertir a La Odisea en un comic es una gran idea. De hecho, ya se hizo mil veces. Convertir a La Odisea en un comic de 28 páginas (140 viñetas) es una pésima idea, porque tenés que sintetizar todo el relato de Homero a su mínima expresión y hasta dejar cosas afuera. Sin embargo, a partir de esa pésima idea, el guionista Federico Villalobos y el inmenso dibujante Jorge González lograron en 2008 una versión realmente efectiva del clásico de la antigüedad. Obvio, todo pasa muy rápido. De una viñeta a otra pasan meses, o años. Pero está la esencia del relato de Homero, no hay grandes traiciones ni omisiones.
Y obviamente el ancho de espadas es el dibujo de González. Con un trazo suelto, como de lápiz sin entintar, el autor de Fueye y Dear Patagonia abreva en las siempre rendidoras fuentes de Lorenzo Mattotti y logra convertir al lápiz en varita mágica. Tanto en las páginas de siete o nueve viñetas como en las splash-pages, el trazo de González combina power con lirismo como sólo los grandes pueden hacerlo. Así, este clásico hiper-sintetizado se convierte en un festival de imágenes maravillosas, difíciles de olvidar. Entiendo que este es un trabajo por encargo, de esos que González hace para subsistir, no para ganar premios ni prestigio. Pero la verdad, a nivel visual me gusta más su trabajo en La Odisea que lo que le vimos en Fueye o Dear Patagonia. Es así, lo admito (y lo siento si a alguno le molesta): me gusta más el González “careta” que el González más “autor”, más libre, más poético, o más climático. Por eso atesoraré hasta el infinito y más allá estas 28 páginas en las que González, sin mezquinar un gramo de su talento, se pone las pilas para CONTAR UNA HISTORIA, meta ulterior de cualquier historietista que se precie de tal.
Me voy a EEUU, a 2009, cuando se edita Power Up, una de las novelas gráficas de Doug TenNapel, el creador del famoso Earthworm Jim, quien desarrolló una notable carrera como historietista, que yo hasta ahora conocía sólo por historias cortas en antologías.
Power Up es una narración clásica, con presentación, nudo y desenlace perfectamente estructurados, un personaje que evoluciona, un final donde se cierran todas las puntas argumentales… Técnicamente, es un guión redondo, perfecto. Hay buenos personajes secundarios, la línea que baja está buena (a pesar de que TenNapel tiene fama de ser un tipo muy de derecha, ideológicamente bastante nefasto), los toques de comedia están bien puestos… La verdad que no hay mucho para discutirle.
Eso sí, para que te cierre la historia, TenNapel te pide un esfuerzo mayúsculo en materia de suspensión del descreimiento. Buena parte de la gracia de Power Up reside en su ambientación realista, en su dinámica de sitcom, en su manejo de lo cotidiano… y cuando irrumpe el elemento fantástico, se hace… excesivamente fantástico. TenNapel no se calienta en absoluto por conservar el verosímil y bueno, como la historia está bien contada uno se deja llevar, incluso en el tramo final donde el realismo costumbrista convive (a los codazos) con un planteo de aventura fantástica MUY extremo, muy bizarro.
Por supuesto ayuda que el dibujo sea muy bueno (con reminiscencias de Bill Watterson y Dave Cooper) y esté muy bien puesto al servicio del relato. Creo que voy por más obras de Doug TenNapel.
Cierro con Agosto y Mardel- plata, otra obra de Brian Janchez publicada en 2017. Esta vez Janchez vuelve a su habitual estilo narrativo que consiste en combinar personajes muy losers, climas muy melancólicos, una especie de trama romántica y chistes muy efectivos basados en la observación de las boludeces cotidianas, o simplemente en gags guarangos o escatológicos. En ese sentido, Agosto y Mardelplata no ofrece sorpresas para el lector que sigue hace unos años la obra de este prolífico autor. De hecho es una obra tan Janchez, que si leíste mucho Janchez te puede sonar a algo repetido, a un déja vu.
Como siempre, lo más notable en cada trabajo de Brian es el timing, el manejo del tempo narrativo, que es lo que le da profundidad a los personajes y eficacia a los gags. Esos planos que se repiten a lo largo de varias viñetas, como si de pronto estuviéramos viendo teatro, esos silencios, las secuencias en las que las pulgas de Mardelplata se roban el protagonismo… con esos truquitos el comic sostiene el interés del lector a lo largo de 48 páginas (que en otras obras de Janchez se pasan volando y en esta no tanto).
Si te gustan las historias muy reales, muy basadas en las boludeces de todos los días, en las relaciones con parejas, madres, mascotas y soretes varios a los que día a día nos toca fumarnos, Agosto y Mardelplata tiene buenas probablidades de emocionarte, engancharte o arrancarte alguna risa.
Y hasta acá llegamos. Vuelvo pronto, con nuevas reseñas.
Convertir a La Odisea en un comic es una gran idea. De hecho, ya se hizo mil veces. Convertir a La Odisea en un comic de 28 páginas (140 viñetas) es una pésima idea, porque tenés que sintetizar todo el relato de Homero a su mínima expresión y hasta dejar cosas afuera. Sin embargo, a partir de esa pésima idea, el guionista Federico Villalobos y el inmenso dibujante Jorge González lograron en 2008 una versión realmente efectiva del clásico de la antigüedad. Obvio, todo pasa muy rápido. De una viñeta a otra pasan meses, o años. Pero está la esencia del relato de Homero, no hay grandes traiciones ni omisiones.
Y obviamente el ancho de espadas es el dibujo de González. Con un trazo suelto, como de lápiz sin entintar, el autor de Fueye y Dear Patagonia abreva en las siempre rendidoras fuentes de Lorenzo Mattotti y logra convertir al lápiz en varita mágica. Tanto en las páginas de siete o nueve viñetas como en las splash-pages, el trazo de González combina power con lirismo como sólo los grandes pueden hacerlo. Así, este clásico hiper-sintetizado se convierte en un festival de imágenes maravillosas, difíciles de olvidar. Entiendo que este es un trabajo por encargo, de esos que González hace para subsistir, no para ganar premios ni prestigio. Pero la verdad, a nivel visual me gusta más su trabajo en La Odisea que lo que le vimos en Fueye o Dear Patagonia. Es así, lo admito (y lo siento si a alguno le molesta): me gusta más el González “careta” que el González más “autor”, más libre, más poético, o más climático. Por eso atesoraré hasta el infinito y más allá estas 28 páginas en las que González, sin mezquinar un gramo de su talento, se pone las pilas para CONTAR UNA HISTORIA, meta ulterior de cualquier historietista que se precie de tal.
Me voy a EEUU, a 2009, cuando se edita Power Up, una de las novelas gráficas de Doug TenNapel, el creador del famoso Earthworm Jim, quien desarrolló una notable carrera como historietista, que yo hasta ahora conocía sólo por historias cortas en antologías.
Power Up es una narración clásica, con presentación, nudo y desenlace perfectamente estructurados, un personaje que evoluciona, un final donde se cierran todas las puntas argumentales… Técnicamente, es un guión redondo, perfecto. Hay buenos personajes secundarios, la línea que baja está buena (a pesar de que TenNapel tiene fama de ser un tipo muy de derecha, ideológicamente bastante nefasto), los toques de comedia están bien puestos… La verdad que no hay mucho para discutirle.
Eso sí, para que te cierre la historia, TenNapel te pide un esfuerzo mayúsculo en materia de suspensión del descreimiento. Buena parte de la gracia de Power Up reside en su ambientación realista, en su dinámica de sitcom, en su manejo de lo cotidiano… y cuando irrumpe el elemento fantástico, se hace… excesivamente fantástico. TenNapel no se calienta en absoluto por conservar el verosímil y bueno, como la historia está bien contada uno se deja llevar, incluso en el tramo final donde el realismo costumbrista convive (a los codazos) con un planteo de aventura fantástica MUY extremo, muy bizarro.
Por supuesto ayuda que el dibujo sea muy bueno (con reminiscencias de Bill Watterson y Dave Cooper) y esté muy bien puesto al servicio del relato. Creo que voy por más obras de Doug TenNapel.
Cierro con Agosto y Mardel- plata, otra obra de Brian Janchez publicada en 2017. Esta vez Janchez vuelve a su habitual estilo narrativo que consiste en combinar personajes muy losers, climas muy melancólicos, una especie de trama romántica y chistes muy efectivos basados en la observación de las boludeces cotidianas, o simplemente en gags guarangos o escatológicos. En ese sentido, Agosto y Mardelplata no ofrece sorpresas para el lector que sigue hace unos años la obra de este prolífico autor. De hecho es una obra tan Janchez, que si leíste mucho Janchez te puede sonar a algo repetido, a un déja vu.
Como siempre, lo más notable en cada trabajo de Brian es el timing, el manejo del tempo narrativo, que es lo que le da profundidad a los personajes y eficacia a los gags. Esos planos que se repiten a lo largo de varias viñetas, como si de pronto estuviéramos viendo teatro, esos silencios, las secuencias en las que las pulgas de Mardelplata se roban el protagonismo… con esos truquitos el comic sostiene el interés del lector a lo largo de 48 páginas (que en otras obras de Janchez se pasan volando y en esta no tanto).
Si te gustan las historias muy reales, muy basadas en las boludeces de todos los días, en las relaciones con parejas, madres, mascotas y soretes varios a los que día a día nos toca fumarnos, Agosto y Mardelplata tiene buenas probablidades de emocionarte, engancharte o arrancarte alguna risa.
Y hasta acá llegamos. Vuelvo pronto, con nuevas reseñas.
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lunes, 9 de noviembre de 2015
09/11: DEAR PATAGONIA
Siempre digo que no me gustan los hardcovers, ni los libros con muchas páginas en blanco. Este tiene esos dos defectos y además tiene un formato medio cuadrado, que desentona en cualquier biblioteca donde lo trates de guardar. Para rematarla, como el papel es de alto gramaje y tiene chotocientas mil páginas, pesa como si fuera un mueble antiguo. Menos mal que, para compensar, adentro viene una historieta con méritos más que suficientes como para olvidarnos de esas nimiedades (aunque sólo se pueda leer en la cama y boca abajo, sin sostener el libro).
Jorge González, el argentino radicado en España, se propone recorrer muchas décadas de historia siempre tomando como centro, como referencia, un pueblito del sur de Chubut en el que los tehuelches convivieron pacíficamente con colonos alemanes, exploradores escoceses y mercaderes yankis. Con el correr de los primeros capítulos, la novela se enfocará en Karl y Alicia, los alemanes, que luego tendrán un hijo, Julián, a quien seguiremos hasta su vejez. A partir de la adolescencia de Julián y sus primeros choques con su padre es donde la trama se pone particularmente interesante. Al principio resulta muy fumado todo ese fragmento con el berlinés Roth y su filmadora, pero después, cuando González llega a mostrarnos a Julián ya octogenario, eso tendrá muchísimo sentido.
Sin dudas, Julián es el personaje mejor desarrollado, opacado muchas veces por un elemento preponderante en esta obra: el clima. González es un maestro de los climas y acá les dedica muchas páginas, secuencias enteras para “meternos” en esos parajes desolados de la Patagonia, para hacernos sentir el rigor del viento, la nieve, la neblina, el polvo de los caminos… en contrapunto con una Buenos Aires festiva, pujante, acelerada ya en los años ´30. Esta decisión narrativa de González ralentiza notablemente el devenir del relato, le inyecta a la obra páginas y páginas en las que la historia no avanza. Hay que tener paciencia y no dejar que los prodigios visuales del autor nos distraigan del hilo de la trama.
En la segunda mitad, entran varios guionistas a hacerse cargo de los capítulos finales. Uno de ellos, Hernán González, le dedica un montón de páginas a un personaje remotamente conectado con la trama central, que también está bien trabajado, pero no termina de ensamblarse con la historia de Julián. Y el tramo final mezcla dibujos muy esquemáticos, bocetos, cuadros y unas ilustraciones de la hiper-concha de Dios, mezclados con una charla entre Alejandro Aguado (ver reseña del 02/09/11) y un periodista, en la que el editor, escritor e historietista narra una investigación que llevó a cabo y que vincula a su familia con la de uno de los personajes secundarios de la primera mitad de Dear Patagonia. Es la ya gastada historia de “autor de comics le mete ficha a pariente anciano para que recuerde/ comparta detalles de su infancia/ juventud que capaz enganchan con algún evento histórico o aventurero”. Y está presentado de modo caótico, difícil de emparentar incluso desde el grafismo con lo que veníamos leyendo hasta ese punto.
Más allá de estas inconsistencias o saltos al vacío en el guión, lo que realmente banca los trapos de punta a punta de la novela es el dibujo (me da cosa decirle “dibujo”, suena a poco) de González. Su lápiz endemoniado y su técnica de color personalísima se entreveran en una danza zarpada y cautivante. La paleta de colores es intencionalmente apagada, limitada, y la decisión de no borrar jamás ni la línea de lápiz más chota, más tirada al voleo, también es parte constitutiva de la identidad gráfica de la obra. Los climas, como ya dijimos, tienen un peso enorme, al igual que las expresiones faciales. La verdad que es difícil de describir lo que propone González desde el dibujo, porque es mucho más que dibujo: es una atmósfera que te transporta (al pasado, a la loma del orto) y cuando quiere te asfixia.
Dear Patagonia va lento y cada tanto se aleja demasiado del hilo que debería conducir a la narración. Pero tiene ideas muy atractivas, diálogos magníficos e imágenes de una belleza descomunal, de las que rara vez vemos puestas al servicio de un relato. No la pongo al nivel de Fueye (la novela de Jorge González que vimos el 06/07/12) pero no dudo estar frente a una obra de una calidad muy por encima de la media.
Jorge González, el argentino radicado en España, se propone recorrer muchas décadas de historia siempre tomando como centro, como referencia, un pueblito del sur de Chubut en el que los tehuelches convivieron pacíficamente con colonos alemanes, exploradores escoceses y mercaderes yankis. Con el correr de los primeros capítulos, la novela se enfocará en Karl y Alicia, los alemanes, que luego tendrán un hijo, Julián, a quien seguiremos hasta su vejez. A partir de la adolescencia de Julián y sus primeros choques con su padre es donde la trama se pone particularmente interesante. Al principio resulta muy fumado todo ese fragmento con el berlinés Roth y su filmadora, pero después, cuando González llega a mostrarnos a Julián ya octogenario, eso tendrá muchísimo sentido.
Sin dudas, Julián es el personaje mejor desarrollado, opacado muchas veces por un elemento preponderante en esta obra: el clima. González es un maestro de los climas y acá les dedica muchas páginas, secuencias enteras para “meternos” en esos parajes desolados de la Patagonia, para hacernos sentir el rigor del viento, la nieve, la neblina, el polvo de los caminos… en contrapunto con una Buenos Aires festiva, pujante, acelerada ya en los años ´30. Esta decisión narrativa de González ralentiza notablemente el devenir del relato, le inyecta a la obra páginas y páginas en las que la historia no avanza. Hay que tener paciencia y no dejar que los prodigios visuales del autor nos distraigan del hilo de la trama.
En la segunda mitad, entran varios guionistas a hacerse cargo de los capítulos finales. Uno de ellos, Hernán González, le dedica un montón de páginas a un personaje remotamente conectado con la trama central, que también está bien trabajado, pero no termina de ensamblarse con la historia de Julián. Y el tramo final mezcla dibujos muy esquemáticos, bocetos, cuadros y unas ilustraciones de la hiper-concha de Dios, mezclados con una charla entre Alejandro Aguado (ver reseña del 02/09/11) y un periodista, en la que el editor, escritor e historietista narra una investigación que llevó a cabo y que vincula a su familia con la de uno de los personajes secundarios de la primera mitad de Dear Patagonia. Es la ya gastada historia de “autor de comics le mete ficha a pariente anciano para que recuerde/ comparta detalles de su infancia/ juventud que capaz enganchan con algún evento histórico o aventurero”. Y está presentado de modo caótico, difícil de emparentar incluso desde el grafismo con lo que veníamos leyendo hasta ese punto.
Más allá de estas inconsistencias o saltos al vacío en el guión, lo que realmente banca los trapos de punta a punta de la novela es el dibujo (me da cosa decirle “dibujo”, suena a poco) de González. Su lápiz endemoniado y su técnica de color personalísima se entreveran en una danza zarpada y cautivante. La paleta de colores es intencionalmente apagada, limitada, y la decisión de no borrar jamás ni la línea de lápiz más chota, más tirada al voleo, también es parte constitutiva de la identidad gráfica de la obra. Los climas, como ya dijimos, tienen un peso enorme, al igual que las expresiones faciales. La verdad que es difícil de describir lo que propone González desde el dibujo, porque es mucho más que dibujo: es una atmósfera que te transporta (al pasado, a la loma del orto) y cuando quiere te asfixia.
Dear Patagonia va lento y cada tanto se aleja demasiado del hilo que debería conducir a la narración. Pero tiene ideas muy atractivas, diálogos magníficos e imágenes de una belleza descomunal, de las que rara vez vemos puestas al servicio de un relato. No la pongo al nivel de Fueye (la novela de Jorge González que vimos el 06/07/12) pero no dudo estar frente a una obra de una calidad muy por encima de la media.
viernes, 6 de julio de 2012
06/ 07: FUEYE
Ah, bueno... Yo me imaginaba que este era un gran comic, pero no suponía que era TAN bueno! Todas mis expectativas fueron ampliamente superadas por Jorge González quien, una vez más, demostró por qué es uno de los más grandes autores que tiene hoy la historieta mundial.
Fueye es, básicamente, una historia de amor y desamor, un relato iniciático que nos invita a acompañar a Horacio, el protagonista, desde su niñez hasta su madurez. Todo esto imbuído de un clima melancólico en el que predominan los acordes del tango, los padeceres de los inmigrantes que llegaron a nuestro país en las primeras décadas del siglo pasado y el trasfondo político espeso de los años ´30, cuando se jugaba todos los días el Super Clásico entre Fachos y Anarquistas (obviamente con los radicales sentados en la tribuna sin saber qué carajo hacer).
La historia de Horacio está narrada a lo largo de 134 páginas que podrían ser algunas menos, pero que le dan a González el margen necesario para zarparse a full con su dibujo, con su línea vertiginosa, de increíble soltura y conmovedor vuelo poético. Cuando tiene que narrar en espacios chicos y ajustarse a grillas tradicionales, el argentino radicado en España también la descose, pero es en esas páginas más libres, más idas al carajo, donde su arte estalla, nos hace vibrar, nos pasa por encima. Visualmente esto es impresionante, es como un Nicolas De Crécy desaforado, fuera de control, y a la vez más afianzado en la narrativa, en la danza de imágenes, palabras y sensaciones.
Por suerte, el virtuosismo de González se hace sentir también en el guión. Yo no había leído ninguna obra escrita por él mismo, y acá me sorprendió muy gratamente. Además de tener perfectamente definido al personaje central, González se luce con los secundarios: Vicente, Luis y Antonino son personajes perfectos, logradísimos, a los que les sobra chapa para protagonizar sus propias novelas. Nélida, María y el Senador Torres también están muy bien delineados, pero sin esa cuotita de genialidad que le pone el autor a los otros tres. Y por supuesto, Buenos Aires se convierte en un personaje importantísimo en la novela. González no maquilla el origen barriobajero y prostibulario del tango y (como Trillo y Túnica en La Française) nos lleva de los palacetes de clase alta a los tugurios, conventillos y barsuchos más lumpen de nuestra maravillosa ciudad.
Cuando la historia de Horacio llega a su fin, sigue la historia de Fueye. González dedica 48 páginas extra a mostrarnos algo así como el backstage de la novela, pero en forma de historieta (o casi). Acá el autor se expone por completo y nos cuenta en qué se inspiró, cómo consiguió la documentación, con qué amigos conversó para darle forma a las ideas que volcó en la historieta y sobre todo qué rol juega en la concepción de Fueye el hecho de que González es un argentino que hace muchos años vive en Europa, lejos de su familia, de su barrio, de sus afectos y de la idiosincracia porteña a la que tan bien retrata en la novela.
La faz gráfica de este tramo final es un poquito extrema. González mezcla bocetos, garabatos, mamarrachos, páginas que sólo tienen texto y secuencias o ilustraciones recontra-elaboradas. A veces incorpora también una sugestiva paleta de colores (que lo acerca más a los autores italianos como Lorenzo Mattotti, Gipi o Igort), a diferencia de la historia principal en la que el uso del color está intencional y muy efectivamente acotado a unas pocas tonalidades de marrón, sepia y gris. El resultado son 48 páginas visualmente muy extrañas, casi desconcertantes. Pero bueno, es un bonus track. La novela en sí es lo otro y eso está demasiado bueno para ser real.
Realmente un lujo y un orgullo que esto se haya publicado en Argentina. Ahora, a asaltar un banco para comprar la edición española de Dear Patagonia, la última novela de Jorge González, que pinta aún más devastadora que Fueye.
Fueye es, básicamente, una historia de amor y desamor, un relato iniciático que nos invita a acompañar a Horacio, el protagonista, desde su niñez hasta su madurez. Todo esto imbuído de un clima melancólico en el que predominan los acordes del tango, los padeceres de los inmigrantes que llegaron a nuestro país en las primeras décadas del siglo pasado y el trasfondo político espeso de los años ´30, cuando se jugaba todos los días el Super Clásico entre Fachos y Anarquistas (obviamente con los radicales sentados en la tribuna sin saber qué carajo hacer).
La historia de Horacio está narrada a lo largo de 134 páginas que podrían ser algunas menos, pero que le dan a González el margen necesario para zarparse a full con su dibujo, con su línea vertiginosa, de increíble soltura y conmovedor vuelo poético. Cuando tiene que narrar en espacios chicos y ajustarse a grillas tradicionales, el argentino radicado en España también la descose, pero es en esas páginas más libres, más idas al carajo, donde su arte estalla, nos hace vibrar, nos pasa por encima. Visualmente esto es impresionante, es como un Nicolas De Crécy desaforado, fuera de control, y a la vez más afianzado en la narrativa, en la danza de imágenes, palabras y sensaciones.
Por suerte, el virtuosismo de González se hace sentir también en el guión. Yo no había leído ninguna obra escrita por él mismo, y acá me sorprendió muy gratamente. Además de tener perfectamente definido al personaje central, González se luce con los secundarios: Vicente, Luis y Antonino son personajes perfectos, logradísimos, a los que les sobra chapa para protagonizar sus propias novelas. Nélida, María y el Senador Torres también están muy bien delineados, pero sin esa cuotita de genialidad que le pone el autor a los otros tres. Y por supuesto, Buenos Aires se convierte en un personaje importantísimo en la novela. González no maquilla el origen barriobajero y prostibulario del tango y (como Trillo y Túnica en La Française) nos lleva de los palacetes de clase alta a los tugurios, conventillos y barsuchos más lumpen de nuestra maravillosa ciudad.
Cuando la historia de Horacio llega a su fin, sigue la historia de Fueye. González dedica 48 páginas extra a mostrarnos algo así como el backstage de la novela, pero en forma de historieta (o casi). Acá el autor se expone por completo y nos cuenta en qué se inspiró, cómo consiguió la documentación, con qué amigos conversó para darle forma a las ideas que volcó en la historieta y sobre todo qué rol juega en la concepción de Fueye el hecho de que González es un argentino que hace muchos años vive en Europa, lejos de su familia, de su barrio, de sus afectos y de la idiosincracia porteña a la que tan bien retrata en la novela.
La faz gráfica de este tramo final es un poquito extrema. González mezcla bocetos, garabatos, mamarrachos, páginas que sólo tienen texto y secuencias o ilustraciones recontra-elaboradas. A veces incorpora también una sugestiva paleta de colores (que lo acerca más a los autores italianos como Lorenzo Mattotti, Gipi o Igort), a diferencia de la historia principal en la que el uso del color está intencional y muy efectivamente acotado a unas pocas tonalidades de marrón, sepia y gris. El resultado son 48 páginas visualmente muy extrañas, casi desconcertantes. Pero bueno, es un bonus track. La novela en sí es lo otro y eso está demasiado bueno para ser real.
Realmente un lujo y un orgullo que esto se haya publicado en Argentina. Ahora, a asaltar un banco para comprar la edición española de Dear Patagonia, la última novela de Jorge González, que pinta aún más devastadora que Fueye.
sábado, 24 de septiembre de 2011
24/ 09: HATE JAZZ

Otra vez me encuentro con una obra de autores argentinos que residen hace mil años en Europa y que trabajan pensando casi exclusivamente en ese mercado. El guionista es, sin embargo, muy famoso en nuestro país: nada menos que el maestro Horacio Altuna. El dibujante, en cambio, casi no se conoce por este lado del mundo, y es Jorge González, a quien ya nos cruzamos en este blog allá por el 11 de Junio de este año.
Hate Jazz es una novela gráfica en la que se entrelazan varias historias, todas ellas protagonizadas por músicos de jazz newyorkinos, que además tocan todos en el mismo boliche, el Dolphin´s. El primer tramo se centra bastante en Clarence T., un músico heroinómano que quiere cobrar a como dé lugar unos mangos que le deben, obviamente para gastárselos en droga. La tensión crece en pocas páginas muy intensas, y cuando llega el momento de resolver esa “trama-dentro-de-la-trama”, Altuna hace un juego de manos impredecible y asombroso, que pone en el centro de la historia a Cecil, el pianista mediocre que afana sus solos, y que hasta ahora pintaba para segundón.
En el segundo tramo, el foco se desplaza hacia Chester, el saxofonista part-time que para la olla laburando también como taxista. Chester oculta un secreto bastante jodido, que va a salir a la luz en una historia de humillaciones, perversiones y dignidades que afloran mal y tarde. Vas a llegar a un punto en el que esta sub-trama te va a hacer ruido, vas a decir “pero… no daba para que este tipo hiciera esto”. Ahí bancá y seguí leyendo, que unas páginas después, todo se explica con absoluta coherencia.
Y la tercera sub-trama es la menos original: dos hermanos (un contrabajista y un baterista) enfrentados por una mina que está buenísima y coquetea con los dos. Todo se resuelve en pocas páginas también muy intensas, pero sin mayores sorpresas. Sin ser light ni pasatista, es la trama en la que la violencia es menos tremenda, la menos sórdida, la más fácil de digerir si no fuera porque se parece mucho a un montón de otras historias de triángulo romántico con hermanos.
Para el final, cuando faltan 7 páginas para terminar la novela y recibir la ovación de la hinchada, Altuna hace una de más: nos revela que todo esto sucedió minutos antes del ataque a las Torres Gemelas (seguro lo escuchaste nombrar estas últimas semanas), nos muestra estos sucesos y explora mínimamente cómo afectan a los personajes que habían llegado vivos hasta el final de Hate Jazz. El final mezcla una ironía filosa acerca de cómo los yankis se ven a sí mismos con un homenaje a la ciudad de New York. No termino de entender si Altuna se está solidarizando con el pueblo newyorkino o cagándose de risa de su vulnerabilidad, pero bueno, será que este último tramo no me enganchó tanto como para prestarle demasiada atención.
Desde la primera viñeta hasta la última, Hate Jazz hace gala de una belleza y un impacto visual únicos, cortesía de la magia de Jorge González. Una vez más lo vemos inspirado más allá de cualquier límite, con un trazo y una paleta que nos recuerdan a Lorenzo Mattotti, Nicolás De Crécy y Miguelanxo Prado, más un montón de rasgos absolutamente personales, irreproducibles. González nos hace escuchar la música de los jazzeros, el pulso de la ciudad, los bocinazos de los taxis, el derrumbe de las torres. Nos mete en la historia de tal modo que nos involucramos con los cinco sentidos y nos entregamos por completo al ritmo del relato, perfectamente controlado por los autores. Esto es una joya visual, un premio para nuestros ojos.
Sin dudas, recomiendo Hate Jazz. Es un comic adulto, arriesgado, fuerte, con historias de violencia, furia, sexo, droga y (en vez de rockanroll) jazz. Es uno de los mejores guiones que escribió Altuna en su ilustre carrera, y a la vez tiene un cierto gustito a Carlos Sampayo, un genio a la hora de mostrarnos historias sórdidas ambientadas en New York o historias con músicos como protagonistas. Y está dibujada como la hiper-concha de Dios por un Jorge González deslumbrante, que combina virtuosismo con solvencia narrativa como muy pocos logran hacerlo. Papa MUY fina.
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sábado, 11 de junio de 2011
11/ 06: MENDIGO

Nunca había leído una historieta de Jorge González, este argentino que hace unos cuantos años vive en España. Había mirado una, muy por encima, y no me había llamado la atención. Pero me quemó la cabeza Horacio Altuna, que me habló maravillas de este tipo al cual le había escrito los guiones de dos novelas gráficas (Hard Story y Hate Jazz) y luego de sorprenderme con la cantidad de premios que lleva ganados González, ni bien vi un álbum suyo a buen precio, me decidí a apostar. Y con Mendigo me gané el Loto, el Quini, el PRODE y el Gordo de Navidad.
Son 48 páginas, nomás, claramente pensadas para el mercado francés por González y Carlos Jorge, un guionista absolutamente ignoto, tan ignoto que ni tiene apellido. Pero está todo lo que tiene que estar, y muy bien puesto. Hay un misterio, una conjura, una traición, aprietes mafiosos, drogas, sexo con y sin amor, un asesinato bastante atroz y otro que no llega a concretarse pero que -para los efectos de la trama- es mucho más letal que el que sí se concreta. Por la historia desfilan un par de tipos jodidos, pesados de verdad, sicarios con menos escrúpulos que Francisco De Narvéz, pero el verdadero horror, lo más aberrante, reside (y se resuelve) en el seno de una familia.
Jorge define a los personajes con poquito, con silencios, con dos o tres escenas para cada uno, y los arma de un modo tan diáfano que uno los compra de una y de cuerpo entero. Mi único “pero” es que se juega por un recurso para mi gusto muy trillado, que es el de los hermanos gemelos. Todos conocemos hermanos gemelos, es cierto. De hecho, estoy redactando esto en el lobby de un hotel donde están hospedados Maxi y Seba Fiumara, que además de grossos de la historieta son hermanos gemelos. Pero en la ficción, la proporción de hermanos gemelos ya supera ampliamente a la del mundo real, y estaría bueno que los guionistas se dejaran de joder con eso, por lo menos 25 ó 30 años.
El clima de la historia lo impone el personaje que rápidamente se destaca por sobre los demás: Julius, el hombre a quien Víctor le robó la vida y ahora vive en la calle, como un ciruja, atento a los obituarios del diario para enterarse primero el día que Víctor palme. Julius es un hombre callado, taciturno, a quien las humillaciones a las que lo sometió la pobreza le enseñaron a mantenerse al margen, a esperar a un costadito, a desaparecer de la vista de la gente que lo desprecia sólo porque su ropa está sucia y huele mal. Pero esas “habilidades” lo van a ayudar a llegar a donde siempre quiso estar: detrás del tipo retraído y resignado, hay un tipo decidido, contumaz, capaz de planear y ejecutar una movida maestra. Con pocas páginas de nueve cuadros y ninguna de 10 ó más, el ritmo de la historia es francés, pero no tanto. Jorge dosifica muy bien los textos y se cuida de que estos aparezcan sólo cuando son indispensables. Poco texto + pocos cuadros por página = historieta que se lee rápido, y la verdad es que está perfecto. Si esto mismo se extendía mucho más, seguro perdía impacto.
De todos modos, el gran guión de Carlos Jorge corre serios riesgos de pasar desapercibido, o de ser prácticamente olvidado a los pocos minutos de terminar de leer Mendigo. El dibujo de Jorge González, en cambio, te lanza una bola de bowling a las neuronas y te las hace volar a la mierda, a lugares donde nunca las vas a poder ir a buscar. El aspecto visual de Mendigo es majestuoso, así, sin medias tintas. González toma la paleta de colores de Lorenzo Mattotti, es cierto, y también cosas del lenguaje gestual, sobre todo en las escenas violentas. Pero no creas que vas a ver al enésimo clon del genio italiano: González mete en la coctelera también a Miguelanxo Prado, a Oscar Zárate y por supuesto, cosas de su cosecha personal. El resultado es brillante, hipnótico, no querés pasar las páginas para que el libro no se termine. Las perspectivas, los fondos, las expresiones faciales (que expresan muchísimo, para sacarle jugo a los silencios), todo es de una belleza plástica muy difícil de describir. Esto hay que verlo para creerlo.
Guionista desconocido, dibujante con bastante obra encima al que nunca había leído, joya oculta del Noveno Arte que -por suerte- publicó Glénat en nuestro idioma. Mendigo es un comic maravilloso y -si lo descubriste gracias a este blog y lo conseguís de algún modo- seguramente me lo vas a agradecer hasta el fin de tus días.
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