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martes, 26 de noviembre de 2024
A CONTRARRELOJ
Estuve casi dos días sin internet en casa y eso hizo que se atrasara muchísimo el trabajo tanto de la Comiqueando Digital como de la Online. O sea que los minutos que les estoy robando para postear en el blog son más criminales que nunca. Intentaré ser breve en las reseñas, así vuelvo a la lista de los pendientes.
Después de casi 40 años, conseguí el segundo álbum de Chicha, Tato y Clodoveo, de profesión sin empleo, la serie que creó el maestro Francisco Ibáñez en 1986 para la revista Guai!. Esta vez, al genial autor de Mortadelo y Filemón se le ocurrió dedicar estas 46 páginas a contar los orígenes de los tres personajes, a contramano del primer álbum, en el que los veíamos fracasar (y provocar destrozos) en distintos trabajos que conseguían y les duraban no más de seis páginas. Ibáñez cuenta en 10 páginas la historia de Chicha, en 12 la de Tato y en 22 la de Clodoveo, tres secuencias muy distintas entre sí, hilvanadas por los mejores momentos del álbum, que son esas viñetas en las que vemos la larguísima fila de desocupados a la espera de un turno para conseguir trabajo. Esas secuencias duran poco, pero están llenas de chistes magistrales (algunos muy filosos) y de gags visuales.
En el resto del álbum, o sea, en las tres historias "de origen", Ibáñez se vuelca más al humor frenético, basado en la acción, el slapstick y la violencia desmedida, con resultados desparejos. El segmento más flojo es el de Tato, donde el autor nos bombardea con todos los chistes que se pueden hacer sobre un pibe que es petiso y/o cabezón... hasta que incorpora a Tato al ejército y ahí viene una (mucho más lograda) catarata de chistes que tienen como blanco a los milicos. El autor le da a Clodoveo un background nada menos que en un circo, un ámbito que no sé si exploró alguna vez con Mortadelo y Filemón, pero que parece perfecto para el humor sacado y violento del autor: jaulas con leones, trapecios a grandes alturas, elefantes, magos, equilibristas, cañones que en vez de balas disparan gente... la cantidad de posibilidades para el desastre, los golpes, las explosiones y los accidentes que brinda el circo son infinitas y seguramente por eso el origen de Clodoveo es mucho más largo que los otros dos.
El dibujo es excelente de punta a punta, los momentos en los que Ibáñez desliza su cuota de sátira social son brillantes, pero la verdad que la consigna del primer álbum me había gustado tanto, que un cambio tan radical en la fórmula para el segundo, me dejó un sabor agridulce. No está mal, pero yo quería más de lo otro, que era alucinante. Nunca hablé del Vol.1 en el blog, porque lo leí hace mil años, pero publiqué un artículo en la Comiqueando Online, a modo de homenaje a Ibáñez poco después de su muerte. Lo pueden leer acá: https://www.comiqueando.com.ar/columnas/iberia_incognita/chicha-tato-y-clodoveo/
Me voy a EEUU, año 2020, cuando Dark Horse publica en libro los cuatro episodios de la miniserie X-Ray Robot, una creación de Mike Allred, como siempre con un dibujo formidable y los inmejorables colores de su esposa Laura. Un despelote visual, por momentos mejor que los episodios más logrados de Madman, muy por encima de esos trabajos hechos medio a los pedos para Marvel. Esto es Allred en estado puro: una historia que explota de imaginación, ciencia ficción loquísima, personajes entrañables, giros impredecibles y una propuesta visual que no puede ser más ganchera.
X-Ray Robot falla solo en la extensión: el autor decide contarnos en 88 páginas una historia que funcionaría mejor en 50 ó 60. Pero cuando los dibujos son maravillosos, los personajes tienen onda y las ideas son fértiles para la aventura y la peripecia, no da para protestar. En todo caso la queja viene por el lado de la edición: cuando termina la historieta, te clavan 30 páginas de portadas alternativas y pin-ups que aportan poco y encarecen el libro al pedo.
Como prometí liquidar rápido estas reseñas, no me quiero meter a fondo con el argumento. Digamos simplemente que es una de realidades alternativas y líneas temporales divergentes, donde un grupo de científicos trata de impedir un caos multidimensional. Allred presenta este complejo entramado de un modo sencillo, no hace falta ser el capo máximo de la teoría físico-cuántica para entender lo que pasa y engancharse en la aventura. Hay un pequeño cameo de Madman, como para sugerir que esta historia es parte de ese mismo universo, pero X-Ray Robot es un relato mucho más convencional y menos experimental que las últimas historietas de Frank Einstein que nos ofreció el autor. Y por supuesto, se puede disfrutar perfectamente sin haber leído nunca un comic de Madman ni tener la menor idea de cómo funciona esa mitología.
Si sos fan de Mike Allred, no dejes escapar esta perlita, y si nunca te enganchaste con este autor y te pinta darle una posibilidad, esta es una buena puerta de entrada.
Listo, me vuelvo a las obligaciones. No se pierdan este miércoles a las 22:30 la nueva emisión de Agenda Abierta en el canal de YouTube de Comiqueando. Nos vemos ahí.
miércoles, 21 de agosto de 2024
TARDE DE MIÉRCOLES
Sigo adelante con las lecturas, y sin más prolegómenos me sumerjo en las reseñas.
En 1996, los amigos de la Semana Negra de Gijón reeditaron en un tremendo librazo los 10 primeros episodios de Delta 99, una serie creada en 1968 por Josep Toutain básicamente para vendérsela a revistas de aventuras juveniles de distintos mercados. Toutain no escribió ni dibujó las historietas: puso los dibujos en manos de un muy joven Carlos Giménez (con Adolfo Usero como principal colaborador) y los guiones en manos del experimentado Jesús Flores Thies, con quien más tarde se peleó, y así es como el décimo episodio está escrito por el maestro Víctor Mora.
La verdad que ninguno de los guiones me generó demasiado interés. Son todas aventuras bien de fórmula, en la línea de las películas de James Bond, con un héroe canchero, imbatible, que vive peripecias extremas en las grandes ciudades, en el océano, en el desierto, en la nieve, en castillos medievales... lucha contra una organización diabólica que quiere dominar el mundo, femme fatales, una pandilla de motoqueros violentos, científicos malignos, un clásico villano encapuchado... todos rodeados de sicarios con pésima puntería, como para que vos siempre sepas que Delta va a salir indemne, o a lo sumo con algún raspón. El héroe pilotea autos zarpados, lanchas, motos, aviones, esquía, bucea... un capo en todas las disciplinas, cuya habilidad se explica por el hecho de que su origen no está en nuestro planeta, sino que se trata de un agente del espacio exterior... una idea potencialmente interesante, pero que los guionistas no utilizan como motor de las aventuras. El único personaje secundario interesante me gustó mucho (Lu, la pirata china) y en general, los episodios en los que su rol es más pequeño son los más flojos. Pero ni siquiera cuando Lu tiene más peso en las tramas encontré algo que me impactara o me emocionara.
Obviamente el atractivo de Delta 99 pasa por el dibujo de Carlos Giménez, o en realidad por ver cómo en estos primeros trabajos (casi el Year One del mítico autor) empiezan a aparecer tímidamente los rasgos que van a caracterizar a su trazo en los años venideros. Acá se ve a un dibujante competente, pero con poca identidad, que por momentos parece muy influenciado por clásicos de las tiras de prensa de EEUU (Milton Caniff, Frank Robbins), mientras que otras veces la impronta tiene más que ver con la de los dibujantes de aventuras de las revistas infanto-juveniles francesas o británicas, sobre todo Peter O´Donnell. En ese mix se cuela también algún que otro rostro femenino que parece de José González (compañero de Giménez y Usero en la agencia de Toutain) y de a poquito, rasgos gráficos que después van a aparecer en las obras posteriores tanto de Carlos como de Adolfo.
Son historietas muy presentables, muy profesionales, donde los jóvenes dibujantes demuestran que dominan el oficio, que entienden perfectamente cómo funciona la narrativa, el armado de las secuencias, el movimiento de "la cámara"... todo eso está. Brilla poco, porque acá se nota la falta de originalidad, el esfuerzo porque todo encaje en un molde que viene impuesto por otros mercados y otras lógicas de producción, que poco tienen que ver con lo que va a crear Giménez cuando se libre de esas restricciones. Pero algo de ese Giménez superlativo de la segunda mitad de los ´70 y todos los ´80 ya asoma en estas páginas y se disfruta mucho. No como para salir corriendo a buscar este masacote de 250 páginas (impreso como los dioses, con muy buen papel y excelentes textos complementarios), a menos que realmente te quieras interiorizar a fondo con lo que fue este clásico español (con proyección internacional) de la bisagra entre los años ´60 y ´70.
Me quedaba sin leer el Vol.2 de Madman Atomic Comics y le entré con bajas expectativas, lo cual se explica releyendo las reseñas del 27/09/22 y el 01/08/24 (sí, soy un goma que lee los comics en el orden incorrecto). Lo que me encontré fue un poco más de lo que esperaba. Para el nº8, a Mike Allred se le ocurre (otra vez) una gran idea para presentarle a Madman y su mundo al lector que no tenía la menor idea de que existían estos personajes. Medio al pedo, porque ya lo había hecho en el nº1 de esta serie, pero bueno, funciona además para introducir el misterio de esa voz en off que le habla a Madman en segunda persona y que más tarde sabremos quién es. Como con esto no llena 32 páginas, complementa con una historia cortita, en joda, que esta bastante bien. El nº9 es un ejercicio hipnótico de narrativa, una locura más de Allred que visualmente es espectacular, pero que no deja margen para el desarrollo de subplots, n¡ para profundizar en los distintos personajes involucrados en el relato. Es simplemente acción, plasmada de una manera original e impactante, pero no hay mucho más para rescatar. El nº10 ofrece apenas 22 páginas de historieta en las que no pasa absolutamente nada, pero por lo menos hay buenos diálogos y algo de desarrollo para algunos personajes.
El nº11 está estiradísimo, pero en un punto llega al muy interesante encuentro entre Madman (que sabe poco acerca de buena parte de su pasado) y la voz misteriosa, que resulta saberlo todo. Hay un lindo homenaje a David Bowie, y una revelación shockeante en la última página, un giro imprevisto que hace que te quieras devorar el número siguiente. Pero el número siguiente es choto: un prólogo largo y anodino al combate a todo o nada con un villano, que empieza pocas páginas antes del final. Así que el arco de Joe y Luna se termina de resolver en el nº13, último de este recopilatorio, que empieza con la derrota del villano, y ya para la sexta o séptima página pasa a ser una larga sucesión de charlas entre los personajes, mientras los científicos ven si pueden resucitar a un miembro de los Atomics que no está exactamente muerto, pero necesita ayuda. Y después, para engordar el tomo y cobrarlo u$ 20, tenemos 40 páginas de bocetos, pin-ups de otros artistas, dibujos sueltos, versiones de las portadas sin los logotipos y demás material de relleno que es muy lindo de mirar pero que no aporta nada en cuanto a la lectura de las historietas.
No me aburrí demasiado, no sentí que Allred me estuviera faltando el respeto, entiendo la intención, la búsqueda, la experimentación... Aluciné fuerte con el dibujo, que está a un nivel indescriptible, más allá de toda exégesis, amé los colores de Laura Allred, los personajes me parecen copados... Lo que no me cerraron mucho son los conflictos. No solo pasan pocas cosas, sino que las que pasan no me llegaron a conmover demasiado. O sea que, si bien el balance de este Vol.2 me da levemente positivo, el contexto general, el de los tres tomos que componen la serie, me defraudó un toque. Me encanta Madman, quisiera tener todos los meses comics nuevos de Allred para leer, pero hay algo en esta serie (que por algo fue la última) con lo que me cuesta conectar.
Nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto acá en el blog y el miércoles 28 hay una nueva emisión en vivo de Agenda Abierta en el canal de YouTube de Comiqueando, por si se quieren dar una vuelta.
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jueves, 1 de agosto de 2024
EDITOR SE BUSCA
Tengo para reseñar dos libros bastante distintos entre sí, pero con algo en común: son obras en las que los autores tienen total libertad para hacer lo que se les canta, y la desperdician.
Cazador Sagas: Viajes Inesperados es un tomo de 2022 en el que la editorial Deux republica viejos episodios de Cazador de mediados de los ´90, ahora en blanco y negro. Son tres historias largas y una corta, todas a cargo de Jorge Lucas y Claudio Ramírez, dos dibujantes de gran talento que -inexplicablemente- no cosecharon más éxitos una vez que se terminó aquel furor que fuera Cazador. Esto arranca con una historia corta que repasa el origen del personaje, muy bien dibujada por Lucas y narrada "en serio", sin. chistes ni puteadas. Y después hay tres aventuras bien de machaca, con muchas puteadas, mucha violencia y poca profundidad. En la primera, Cazador es transportado al Lejano Oeste, donde visita y parodia todos los tópicos de ese género. En la segunda, aparece en el Ulster, en la época de Cuchulainn, donde combate junto a los antiguos guerreros celtas contra poderosos enemigos, entre ellos dragones y hechiceras. Y finalmente, tenemos una aventura en la que Cazador queda en el medio de una batalla entre ángeles y demonios, visita el Cielo y el Infierno y conoce a Dios y al Diablo. La segunda es una historia de palo y palo, donde todo pasa por el combate y el humor aparece solo en los diálogos groseros del protagonista, mientras que las otras dos son claramente sátiras, en las que los autores se cagan de risa de todo y meten chistes groseros (y algunos medio boludos) prácticamente en todas las viñetas.
En general, está todo muy bien dibujado (con "homenajes" a monstruos como Berni Wrightson, Frank Frazetta y Simon Bisley, más algunos dibujos copiados de fotografías), más allá de que, al ver las páginas en blanco y negro, se nota muchísimo que los fondos escasean más que los dólares en el Banco Central. No es todo parejo: hay páginas en las que se ve un esfuerzo, un compromiso, que no está presente en todo el libro.
Y ahí es donde hubiese estado bueno que apareciera un editor que les dijera a Lucas y Claudio que dibujen más fondos, que aflojen con las páginas de una sola viñeta, que les corrija las faltas de ortografía que ensucian los diálogos, que agregue los signos de puntuación que faltan en casi todas las páginas, que no afanen de manera tan alevosa dibujos de otros colegas... Un poco de orientación, para que el resultado sea un poco más consistente. Así como están, son aventuras ultra-violentas con chistes groseros, que probablemente impacten a los pibes de 12 ó 13 años, pero no mucho más. Si sos lector de comics, la aventura de "la guerra del Cielo y el Infierno" ya la viste hace mil años protagonizada por Lobo, y la sátira al clásico western ya la leíste en ocho millones de historietas. Pero la gracia de Cazador (por lo menos en los ´90, cuando se distribuía en todos los kioscos del país) era que llegaba a otro público, que en su mayoría no leía otros comics, por eso esto resultaba novedoso y original. Casi 30 años después y leído por un consumidor extremo de historietas, el atractivo de estas historias se reduce a unos cuantos dibujos muy bien logrados, que se disfrutan a full incluso en blanco y negro.
Me voy a Estados Unidos, año 2008, cuando reaparece Madman en la editorial Image, con una serie llamada Madman Atomic Comics, cuyo tercer y último tomo vimos el 27/09/22. A la hora de lanzar la revista (y después de seis o siete años alejado del personaje), Mike Allred entiende perfectamente que esto lo va a comprar gente que jamás leyó un comic de Madman y se le ocurre una idea brillante para que el nº1 funcione como una re-introducción de Frank Einstein y su mundo, atractiva para el que conoce lo anterior e hipnótica para quien se engancha por primera vez. Pero le sigue un nº2 en el que no se resuelve nada y la historia prácticamente no avanza, y un nº3 en el que Allred demuestra su talento desmesurado para el dibujo (con homenajes a un centenar de historietistas de distintos países y distintas épocas) pero tampoco aclara nada de lo que sucede. Ahí ya tendría que haber alguien que le diga "Bajá un cambio, maestro. Todo muy lindo, unos divagues existencialistas maravillosos, dignos de Jim Starlin en Warlock, un experimento visual glorioso, pero se supone que la gente lee esto para que le cuentes una historia".
Y en los cuatro números que completan este libro (que llega hasta el nº7) hay una especie de trama bastante fumanchera, que me hizo acordar a un comic de Moebius, de esos que mezclan misticismo con ciencia ficción. Hay viajes interplanetarios, un árbol que está vivo y ve cosas, un villano cósmico hiper-poderoso, una excusa medio absurda para que Madman comparta el protagonismo con los Atomics y un final con cierto vuelo poético, también muy raro, narrado con unos dibujos fastuosos a lo largo de 26 páginas sin textos.
En total, el libro consta de 162 páginas, en las que Allred desarrolla un argumento que se podría haber contado tranquilamente en una novela gráfica de 72 u 80. Acá hay espacio para escenas de acción (varias de las cuales no aportan nada a la trama), escenas románticas, escenas introspectivas, escenas lisérgicas, pero todo parece puesto más en función de mostrarnos lo bien que dibuja Allred que en función de un relato potente.
Me encanta cómo el autor nos invita a meternos en la cabeza del personaje para entenderlo y quererlo cada vez más, me derrito de emoción con esos dibujos (y los colores que aporta Laura Allred), me vuelvo loco con esas puestas en página imposibles y me divertí un montón jugando a identificar a los muchísimos autores cuyo trazo Allred reproduce en las distintas viñetas del nº3. Pero de nuevo, como cuando leí el Vol.3, me quedó gusto a poco en materia argumental. Veremos cómo me va con el Vol.2. Espero no llegar a la conclusión de que no fue una buena idea relanzar a Madman en el Siglo XXI, porque estoy hablando de un autor y un personaje que en los ´90 jerarquizaron como pocos al Noveno Arte y a mí, en lo personal, siempre me hicieron muy feliz.
Ni bien tenga más material leído, nos reencontramos con nuevas reseñas, acá en el blog.
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martes, 27 de septiembre de 2022
TRES CORTITAS
Se me acumularon tres lecturas que ameritan reseñas bastante breves, así que van todas juntas hoy.
Esto es raro de verdad: Altai & Jonson, un comic italiano que originalmente se publicó en Il Corriere dei Ragazzi en el año 1975. Es una parodia muy divertida a las series de TV yankis de detectives, y al estar ambientada en San Francisco, se la puede relacionar fácilmente con The Streets of San Francisco, aquel clásico que protagonizaran Karl Malden y Michael Douglas. Son varias historias cortas autoconclusivas, siempre con la misma dupla protagónica, y distintos casos a resolver, en plan de joda. No todas me causaron la misma gracia, pero en general está muy bien, sobre todo si pensamos que son historietas para pibes de 13 años de 1975.
¿Cómo caí acá? Por los autores. Altai & Jonson está escrita por Tiziano Sclavi varios años antes de pasar a la historia como el creador de Dylan Dog, y dibujada por Giorgio Cavazzano, que en ese entonces ya era uno de los grandes dibujantes de Disney que tenía la península donde nacieron mis bisabuelos, pero no el capo mundialmente reconocido que es hoy. De hecho, si bien acá dibuja que da gusto, con una plasticidad, un dinamismo y una expresividad tremenda en personajes y hasta objetos y fondos, todavía estaba un poquito verde con la puesta en página y la ubicación de los globos en las viñetas. Pero bueno, si sos fan del comic italiano, seguro en algún momento te va a picar la intriga de leer cosas de Sclavi pre-Dylan Dog y cosas de Cavazzano por afuera de la factoría Disney. En ese caso, supongo que con Altai & Jonson te vas a divertir un buen rato. Es una historieta bastante conocida en Italia, que tuvo varias ediciones en distintos sellos. La que tengo yo (de Montego) tiene como atractivo un extenso prólogo del especialista (y a veces también guionista) Alfredo Castelli.
No suelo leer las series yankis en desorden, porque sé que corro el riesgo de no entender un carajo, pero animé a entrarle al Vol.3 de Madman Atomic Comics sin haber leído los dos primeros. O sea que de una serie que duró 17 episodios, solo leí los cuatro últimos. Bueno, entendí todo, pero por lo motivos incorrectos: no sé cómo empieza, pero la serie termina con cuatro episodios en los que no pasa nada. No hay un solo conflicto interesante, casi no hay acción, apenas excusas limadas para que Michael Allred dibuje (como los dioses) lo que tenía ganas de dibujar. Tanto Madman como The Atomics llamaron la atención por su enfoque extraño, fresco y copado acerca del tema de los superhéroes, pero acá Allred los lleva para otro lado, y en cierto modo los desvirtúa. Según el autor, estos son los mejores comics de su carrera. A mí, la verdad que el dibujo me encantó, pero los guiones no me emocionaron en lo más mínimo.
¿Por qué un tomo que recopila cuatro revistitas tiene 200 páginas y vale u$ 20? Porque Image y Allred salieron a chorear a mano armada. Las historietas terminan en la página 105, y TODO lo demás son pin-ups de dibujantes invitados, bocetos, páginas descartadas, versiones en blanco y negro de lo que ya leímos a todo color y demás delitos a mano armada. Todo hermoso, no? Porque los dibujantes invitados son cracks, Allred la rompe toda, y encima hay dos historietas cortas con otros dibujantes: una a cargo de Jöelle Jones (que en 2006 era buena, pero no tanto como ahora) y una a cargo del genio, el Dios, el ídolo, el inmortal, el eterno, el infinito Darwyn Cooke. Son seis páginas nomás (o 12, porque después te la clavan de nuevo sin color ni letras) y alguna ilustración, pero es Cooke y cualquier libro con seis páginas dibujadas por Cooke merece un lugar en mi biblioteca.
Nada, esto es solo para los muy fanáticos de Mike Allred o para los muy enfermos de Darwyn Cooke y yo formo parte de ambos grupos. Y si encuentro los dos tomos anteriores, trataré de pagarlos muy baratos, por si los guiones son tan flojitos como los de estos episodios finales.
Voy con un libro editado en Argentina a fines de 2021: El Recolector, escrito por E & E Plissken y dibujado por Sebastián Cabrol. Se trata de una historieta de terror muy lovecraftiano, ambientada en una ciudad yanki a la que no se identifica. Lejos, lo mejor es el dibujo de Cabrol y el color de Omar Estévez. El guion tiene momentos interesantes, pero no se terminan de hilvanar bien las escenas. Hay cosas que quedan bastante descolgadas, aunque los guionistas (e incluso el dibujante y el colorista) tratan de crear una atmósfera que englobe de alguna manera todos los sucesos (uno más shockeante que el otro) que vemos a lo largo de estas 74 páginas. En algún lugar del libro se nos aclara que se trata del Vol.1, con lo cual no descarto que lo que no termina de conectar en este tomo lo haga en alguno posterior.
Esa atmósfera que mencionaba recién es ominosa, peligrosa, y cubre a todo el relato de una pátina de corrupción, podredumbre y violencia bastante perturbadora. Hay escenas realmente fuertes, por su sordidez y su forma visceral y explícita de retratar elementos fantásticos que tienen que ver con el horror cósmico. Y eso me gusta. Que los autores argentinos (tengo entendido que E & E Plissken son de Santa Fe) se animen a explorar géneros clásicos, sin tapujos y sin pedir perdón por hacer que los personajes hablen en ese idioma neutro que surge cuando se traducen las series y películas yankis en Centroamérica. Esto es historieta argentina, pero por una casualidad geográfica. En la lectura, pasa tranquilamente por una historieta de EEUU de las cientas que publican BOOM! Studios, Image o IDW. Lo cual habla muy bien de la faz gráfica de El Recolector, que está tranquilamente al nivel del buen mainstream yanki.
Veremos cómo sigue esta aventura. En cualquier momento me sumerjo en otro libro de esta misma editorial, escrito por los mismos guionistas.
Nada más por hoy. Nos reencontramos el mes que viene con nuevas reseñas, acá en el blog.
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martes, 7 de abril de 2020
OTRO DEJA-VU
A falta de ideas más
ingeniosas, sigo jugando al déja-vu, a tratar de que esta nueva entrada se
parezca lo más posible a las del 26/03 y 01/04.
Así es como empiezo con el
tercer y último tomo de Spirit of Wonder, estas recopilaciones de historias
cortas realizadas por Kenji Tsuruta en la primera mitad de los ´90. Y acá el
autor ya derrapa por completo. El tomo incluye sólo tres historias y se acaba
el tema de los elencos rotativos: ahora todo pasa por un elenco estable
integrado por dos personajes que ya habían aparecido anteriormente, a los que
se suma una chica llamada China, que será la protagonista casi excluyente de
estas últimas 144 páginas. Las peripecias científicas pasan a un tercer plano y
las historias giran en torno a cómo China se vincula con el resto de los
personajes. Hay muchísimo desarrollo para esta joven irascible y volátil, y
también hay excusas muy chotas para que se desnude y luzca un cuerpo perfecto.
Este tercer tramo de
Spirit of Wonder es un manga romántico con algo (poquito) de acción y algo (no
tanto) de comedia. No están más la mayoría de los elementos que hicieron
atractivos (dentro de todo) a las historias de los tomos anteriores, y si antes
yo señalaba cierta falta de idoneidad para los guiones por parte de Tsuruta, en
este tramo ya estamos hablando de un guionista casi indigente, que ni siquiera
se puede dar el lujo de desaprovechar buenos argumentos, porque ahora no los
tiene. Realmente se me hizo difícil llegar al final del tomo, atravesar
semejante maraña de situaciones ridículas, caprichosas, trilladas o simplemente
mal planteadas o mal resueltas.
Menos mal que el dibujo
sigue siendo maravilloso, hipnótico, generoso en texturas, detalles, matices,
con un trazo elegante, versátil, con la belleza como rasgo principal, como
condición que emparenta a rostros, cuerpos y paisajes. Este nivel de dibujo,
combinado con guiones de aceptables para arriba, constituiría un hito en la
historia del Noveno Arte muy difícil de superar e incluso de explicar. Pero
bueno, Tsuruta tuvo mala suerte con los guionistas, le tocó él mismo. Mi
consejo es que captures un tomito de Spirit of Wonder, lo atesores por los
dibujos, y sólo si sentís que no es suficiente le entres a los otros dos.
Y no, no tengo otro tomo
de Ant-Man para reseñar, porque creo que no hay más. Peeeero, tenía sin leer el
Vol.1 de FF de Matt Fraction y Mike Allred, con las historias que van entre el
libro reseñado el 29/05/14 y el reseñado el 25/08/15. Me faltaba un tomo en el
medio, lo conseguí (hace ya mucho tiempo) y mal y tarde, lo leí. ¿Cómo engancha
esto con la “consigna” del déja-vu? Como se ve claramente en la portada,
Ant-Man es uno de los protagonistas de esta serie, probablemente el mejor
tratado por Fraction en estos episodios.
Pero el equilibrio está
muy bien logrado: hay momentos fuertes para Medusa, un episodio protagonizado
casi en soledad por She-Hulk (un reencuentro romántico con el ídolo Wyatt
Wingfoot) y una secuencia en la que el guionista se juega entero para que le
tomemos cariño a Darla Deering, la chica de 19 años que “se calza la pilcha” de
The Thing. Y también hay muchos personajes secundarios, algunos (como
Bentley-23) muuuuy interesantes, y unos cuantos villanos de los clásicos
enemigos de los Fantastic Four titulares.
Fraction y Allred paran en
la cancha un equipo repleto de figuras y salen a divertirse, a tirar magia.
Cero especulación, cero línea de cinco, cero mediocampo más poblado que las
morgues de New York. Acá hay alegría, magia, sorpresa, algún que otro misterio,
algo de desarrollo de personajes (no tanto, pareciera que Fraction sabía que su
etapa en FF iba a ser corta y que prácticamente todo lo que plantea en esta
serie se iba a barrer rápidamente abajo de la alfombra), y un bolonki muy
atractivo, que crece hacia la resolución que ya vimos hace mil años en el
segundo y último TPB de la serie. Ojalá todos los comics tuvieran esta frescura
en los diálogos, en los planteos argumentales y en la interacción entre los
personajes.
Por supuesto si el guión
fuera lamentable, esto igual brillaría en cualquier biblioteca gracias a los
magníficos dibujos de Mike Allred, que derrochan imaginación, onda, dinamismo,
y sobre todo amor por los personajes. Obviamente en Silver Surfer va a volver a
subir la vara y FF empalidecerá frente a la siguiente cátedra del maestro. Pero
esto está realmente muy, muy bien. El único episodio que no dibuja Allred va a
manos de Joe Quiñones, también, un toquecito por debajo de lo que vimos en su
maravillosa etapa al frente de Howard the Duck. Nada de qué quejarse,
obviamente, ya que tanto Allred como Quiñones están más que capacitados para
emocionar al lector incluso laburando a media máquina, y acá ninguno de los dos
parece estar guardándose nada. Simplemente en sus siguientes trabajos la
rompieron aún más.
Y ahora sí, no tengo más
material ni de Kenji Tsuruta ni de Ant-Man para armar otro posteo clonado de
los anteriores. Veremos con qué me sorprendo a mí mismo en los próximos días.
Ni bien tenga leídos un par de libritos más, los comentamos acá en el blog.
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Kenji Tsuruta,
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Mike Allred
lunes, 17 de febrero de 2020
LUNES UN POCO MENOS GLORIOSO
Hice el intento de leer
dos libros bastante similares a los que se combinaron el martes pasado, en
aquel Martes de Gloria, pero no. No llegamos a esos niveles de disfrute, ni
cerca.
El torpedo que me hundió
el barco fue, básicamente, el guión de El Mago, esta serie escrita por Ricardo
Barreiro a fines de los ´80, que luego tendría una secuela en los ´90 y que
recién en 2019 se publicara toda junta en un sólo tomo. La primera parte de El
Mago parece una falta de respeto: a lo largo de 48 páginas vemos a Jalib
preparándose para enfrentar a los tres Magos Negros, unos hechiceros malísimos,
recontra-poderosos, a los que el joven protagonista destruye uno atrás del otro,
sin tomarse un respiro siquiera, en las últimas 12 páginas. Termina de vencer
al tercero, y dos viñetas después… FIN, se terminó la serie. Posta, un
guionista profesional (y capo) como Barreiro podía entregar eso y alguien se lo
publicaba.
Cuando ves que hay una
secuela, decís “ah, bueno, ahora sí, Jalib va a poder reflexionar sobre lo que
pasó, buscar un nuevo propósito para su vida ahora que ya mató a los asesinos
de su familia, incluso puede ser que alguno de los Magos Negros resucite y
vuelva por la revancha…”. Nada de
eso sucede. La “segunda parte” de El Mago son en realidad tres aventuras
autoconclusivas y una narrada en dos episodios, que no tienen ninguna relación
con el primer arco. Tampoco tienen personajes secundarios copados, ni villanos
jodidos, ni desarrollo para Jalib, ni el más mínimo toque de humor, ni bloques
de texto con una prosa más sofisticada, ni nada. Son eso, la nada. Aventuras
neutras de un personaje anodino, con menos onda que Inés Pertiné. Lo único que
rescato es que el último episodio (que de último no tiene nada, porque no
ensaya siquiera un cierre para la saga de Jalib) prácticamente no tiene
violencia: es una aventura resuelta en términos menos convencionales, más
originales. Una grata sorpresa (sobre todo para los que leímos muchas obras de
Barreiro), que obviamente llega tarde.
Y la primera parte de El
Mago tiene un gran atractivo, que se entiende en el contexto de su época: acá
el dibujo de Quique Alcatena pega un gran salto de calidad respecto de sus
series anteriores (La Fortaleza Móvil y El Mundo Subterráneo) porque se vuelve
menos ornamental y más narrativo. Alcatena juega más en equipo con Barreiro,
pone su dibujo (majestuoso, como siempre) más en función del relato que de “el
artbook con globitos y bloques de texto”. La segunda parte ya nos muestra al
Alcatena más canchero, a un nivel muy similar al que despliega en sus obras
junto a Eduardo Mazzitelli. O sea que a nivel visual esto es impresionante, fundamental
para los alcatenófilos que siguen al prócer desde los ´80 y para los que se
fueron sumando en los últimos años.
Vamos a EEUU, año 2016,
cuando después de un paréntesis no muy extenso Dan Slott y Michael Allred se
reencuentran para contar nuevas aventuras del querido Norrin Radd, más conocido
como el Silver Surfer. Las chances de que en este Vol.4 lograran superar lo que
vimos el martes eran muy bajas, como las de IndeBendiente de ganar la
Superliga, más o menos. Y claro, no fue el caso.
Pero ojo, que este Vol.4
tiene muchas ideas brillantes (la obliteración de la cultura de Zenn-La, la
reconfiguración de Shalla Bal en… algo muy zarpado), unos diálogos increíbles y
muchísimo desarrollo para Dawn Greenwood, su hermana, su papá, su mamá… Las
escenas con Alicia Masters, la escena con Nick Fury en la luna, la escena con
el borreguito fanático de los Fantastic Four (sí, Slott baja línea acerca de
esa movida excecrable que fue esconder durante años a los Fantastic Four porque
Disney no tenía los derechos para hacer películas o merchandising de Reed
Richards y los suyos)… la verdad que hay muchísimos momentos memorables, que
funcionan en varios niveles. Lo más flojo está en el sexto episodio, esa pelea
medio absuda con unos bichos alienígenas, pero está claro que es el relleno: lo
importante de ese número pasa por Dawn y su familia, no por la machaca entre
buenos y malos.
Por el lado del dibujo,
Mike Allred y su esposa (y colorista) Laura no se guardan nada. La magia
explota en todas las viñetas, está todo lleno de detalles hermosos, con unas
puestas en página alucinantes, siempre variadas, primeros planos llenos de
emotividad, paisajes maravillosos y hasta un homenaje a Madman. Posta, en el
improbable caso de que los guiones de Slott te parezcan una gansada cósmica,
igual vas a flashear con lo que hace Allred en la faz gráfica. Hay un Vol.5 de
esta serie que no tengo, y que me muero por conseguir. Por supuesto acepto
donaciones.
Y hasta acá llegamos, por
hoy. Gracias por tanto, perdón por tan poco y nos reencontramos pronto con
nuevas reseñas, acá en el blog.
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Quique Alcatena,
Ricardo Barreiro,
Silver Surfer
martes, 11 de febrero de 2020
MARTES DE GLORIA
Hoy, papa fina de alto
vuelo, pero posta.
El Sable y el Laúd es una
saga cortita (56 páginas) que los maestros Eduardo Mazzitelli y Quique Alcatena
realizaron para Italia allá por 2010. En 2017 apareció la edición argentina,
que es la que hoy cae en mis garras. Venía muy acostumbrado a los libros gordos
de la dupla, con más de 160, o 200 páginas de historieta. Pero cuando la tenés
muy clara, 56 páginas pueden ser suficientes para conmover al lector y sumar un
título más a la lista de tus obras imprescindibles.
Fiel a su costumbre, en El
Sable y el Laúd lo vemos a Mazzitelli reflexionar en voz alta acerca de abusos
de poder, actos de valentía que desafían cualquier tipo de raciocinio, riquezas
materiales que nunca conducen a la felicidad ni a la gloria eternas,
traiciones, desgracias, intrigas y laberintos. La machaca escasea, mientras
abundan los diálogos y los bloques de texto repletos de poesía y de frases tan
potentes como bellas. La música es un elemento central en esta trama de talento
y abnegación. O sea que si te gusta ese tema, el de la música y su poder, su
influjo, el misterio de su origen, la magia de la inspiración, lo sagrado de su
estudio e interpretación, El Sable y el Laúd te va a hacer numerosos mimos en
el alma.
Y, como siempre, el dibujo
de Alcatena te va a ser mimos en los ojos. Esta vez no hay tantas sorpresas en
los diseños de locaciones y personajes, porque es una más de fantasía, en la
que los monstruos limados y los palacios majestuosos no tienen tanto peso en la
trama. Entonces el hechicero conocido sobre todo por su hipocorístico aprovecha
para arriesgar por el lado de la puesta en página, por la forma de plantar la
secuencia en la página, en busca de un ritmo narrativo que transmita esa
sensación de flujo que transmite casi sin dificultad la propia música. El
resultado es una auténtica maravilla. Si sos fan de la mítica dupla, El Sable y
el Laúd no puede faltar en tu biblioteca.
Salto a 2015, cuando sale
el Vol.3 del Silver Surfer de Dan Slott y Mike Allred (el Vol.2 lo vimos hace
dos años, el 05/02/18). Lo digo así, rapidito y de arranque: esto NO puede ser
mejor. De verdad, esta etapa del Surfer está al nivel de los mejores comics de
superhéroes que leimos en nuestras nerdísimas vidas. Slott y Allred le hacen el
aguante a los que vos quieras, sin parpadear. Lee y Kirby, O´Neil y Adams,
Claremont y Byrne, Wolfman y Pérez, Levitz y Giffen, Nocenti y Romita Jr., Grant
y Breyfogle, Ellis y Hitch… a todos se les frunce el culo cuando les nombrás al
Surfer de Slott y Allred.
El primer episodio es un
experimento formal BRILLANTE, un capítulo más largo que los habituales en el
que los autores arman un loop tipo cinta de Moebius (con un homenaje alucinante
al genio del comic francés) y en un momento lo rompen en una secuencia épica y
estremecedora. El segundo episodio resuelve el plot de Newhaven y de los
sobrevivientes a los genocidios de Galactus. Y los tres últimos enganchan con
Secret Wars para plantear no sólo una saga cósmica hiper-ambiciosa, sino
también un dilema ético realmente espeso, incómodo como tampón de virulana.
Slott entiende al toque el potencial dramático que puede tener la epopeya
cósmica en la que el universo todo se destruye y se recrea vista desde una
óptica humana, cotidiana, de gente de a pie. En base a eso, los seres de poder
más que infinito establecen nuevos vínculos y protagonizan nuevas situaciones,
sin dejar de lado cierta solemnidad y cierta grandilocuencia, pero con una onda
fresca, vital, emotiva.
Muchas veces vimos a
héroes y villanos ser causantes o testigos de la obliteración del universo, de
realidades enteras, o de su reconstrucción desde cero, o de su manipulación con
fines más o menos nobles. Nunca lo vimos tan bien narrado como en este arco de
Silver Surfer, con las maravillosas piruetas gráficas de Mike Allred como
complemento perfecto a las ideas más extremas (y copadas) en la larga carrera
de Dan Slott. Si nunca leíste la Secret Wars del 2015, no pasa nada. Igual se
entiende todo perfecto. Last Days (que así se llama el TPB) es una cátedra, una
joya, una supernova incandescente de talento y amor por el comic que deja sin habla en el
acto a cualquier subnormal de los que andan por la vida repitiendo que el comic
de superhéroes es puro refrito de ideas viejas y ya no aporta nada. Las
aventuras de Norrin Radd y Dawn Greenwood tienen acción, drama, romance, machaca,
sutiles toques de comedia y un montón de momentos de altísimo (y pochoclerísimo)
impacto. Como cualquier buen comic de superhéroes, no? Pero además tiene huevos,
tiene poesía, tiene riesgo, tiene magia. Tiene a dos autores en un momento
increíble dispuestos a dejar la vida en cada viñeta, a romper con todo y no
guardarse nada. Tengo en el pilón de espera el Vol.4, así que seguro pasarán menos
dos años antes de que le entre. Es más, me quedé tan manija que por ahí le
entro en dos días.
De Alcatena también, tengo
más material pidiendo pista, así que por ahí repetimos el combo. Nada más, por
hoy. Mil gracias a todos los que se acercaron a saludar en el EPAH! y nos
reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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Silver Surfer
lunes, 5 de febrero de 2018
DOS GEMAS DE LUNES
Arrancamos la semana con dos obras muy recomendables.
Se reeditó en un libro alucinante Noelia en el País de los Cosos, la historieta de Ignacio Minaverry que debutara en 2011 en el suplemento de historietas de Télam y luego pasara por las páginas de Fierro. A nivel guión, Noelia es un poquito despareja: tiene momentos muy grossos, de alto impacto, tiene escenas tranqui bien dedicadas al desarollo de los personajes… en general avanza bien, a un ritmo razonable. Lo que menos cierra es cuando Minaverry frena el relato para explicar lo que está pasando, o lo que pasó previamente.
Toda la obra tiene un subtexto sociopolítico, es una gran alegoría acerca del rol del Estado en una sociedad y qué pasa cuando el capital concentrado se propone desguazar al Estado y privatizar la generación y la distribución de los bienes esenciales para la substisencia de los pueblos. Y la verdad que la jugada de mezclar esta bajada de línea con una aventura de viaje iniciático tipo Alice in Wonderland, condimentada con batallas épicas onda Lord of the Rings, le sale muy bien a Minaverry. El problema, los momentos más flojos del libro, llegan cuando el autor sospecha que el lector no va a entender las alegorías y las explicita demasiado. Mientras se mantiene sutil, Minaverry atrapa, seduce y hasta te hace reir, en esas escenas donde satiriza con fina mala leche a la izquierda dogmática, que de tanto desconfiar de los movimientos “populistas” termina jugando para los paladines de la desigualdad a los que dicen enfrentar.
Pero aunque el guión fuera un panfleto peroncho hiper-básico, o aunque no hubiese ni un personaje carismático (acá no hay menos de cuatro), o aunque la bajada de línea empantara totalmente a la aventura o viceversa, igual habría que recomendar Noelia en el País de los Cosos simplemente por la calidad de la faz gráfica, que es devastadora. A nivel visual, este es –lejos- el mejor trabajo de Minaverry, donde se lo ve más suelto, más cómodo, con más ganas de probar cosas nuevas. El color plano, clásico, muchas veces estridente, le juega muy a favor de lo que quiere contar. Las expresiones faciales y el lenguaje corporal de los personajes están ajustadísimos, la composición de las viñetas es infalible y aparecen guiños a varias tradiciones gráficas y narrativas de la historia del comic (ya no se puede encasillar a Minaverry como un autor “de línea clara”, o de tal o cual estilo). Lo que más se nota en la lectura de Noelia en el País de los Cosos es que, mientras la realizaba, el autor era muy feliz. Y eso no tiene precio.
Salto a EEUU, a 2015, para el Vol.2 de Silver Surfer de Dan Slott y Mike Allred (el Vol.1 lo vimos 04/01/16). Si el TPB tuviera sólo las primeras ocho páginas, ya valdría mucho la pena. Imaginate todo lo grosso que viene después. Slott explora a fondo el vínculo entre Norrin Radd y Dawn Greenwood, y lo bizarro que resulta ver a una chica humana, común y corriente, a bordo de la tabla del Surfer recorriendo las galaxias y metiéndose en kilombos que a menudo involucran a poderosísimos alienígenas. Esta vez Slott baja un poquito el nivel de la comedia, no se toma todo tan en joda, pero tampoco pasa a ser un comic oscuro ni circunspecto, porque siempre está ahí Dawn, como elemento disruptivo.
De los cinco episodios que ofrece el tomo, tres componen una saga en la que el Surfer se tiene que hacer cargo de su pasado como heraldo de Galactus, frente a frente con los habitantes de un planeta poblado por sobrevivientes de miles de mundos ingeridos por el devorador de planetas, luego de que el Surfer garantizara sus buenas condiciones bromatológicas. Y sí, maestro… Te guste o no, fuiste cómplice, partícipe necesario de innumerables genocidios perpetrados por tu jefe… que siempre está dispuesto a cometer un genocidio más, con tal de irse a dormir pipón-pipón. La saga de Newhaven lleva al límite no sólo el poder sino sobre todo la nobleza, la integridad del Silver Surfer, y el final que conjura Slott resulta brillante, absolutamente conmovedor, al nivel de las mejores historias en los 50 años de trayectoria del personaje.
Y el dibujo es de Mike Allred, coloreado por su esposa Laura, así que no hay demasiado para agregar. Como en todos sus trabajos sobra la onda, hay riesgos alucinantes en la puesta en página, las secuencias son potentes, todo está puesto para transmitir emociones y sensaciones y el ídolo muestra cada vez más recursos para que todo se vea lindo incluso cuando acelera y dibuja a las chapas. Voy por más Surfer, obviamente.
Y volvemos pronto, con nuevas reseñas.
Se reeditó en un libro alucinante Noelia en el País de los Cosos, la historieta de Ignacio Minaverry que debutara en 2011 en el suplemento de historietas de Télam y luego pasara por las páginas de Fierro. A nivel guión, Noelia es un poquito despareja: tiene momentos muy grossos, de alto impacto, tiene escenas tranqui bien dedicadas al desarollo de los personajes… en general avanza bien, a un ritmo razonable. Lo que menos cierra es cuando Minaverry frena el relato para explicar lo que está pasando, o lo que pasó previamente.
Toda la obra tiene un subtexto sociopolítico, es una gran alegoría acerca del rol del Estado en una sociedad y qué pasa cuando el capital concentrado se propone desguazar al Estado y privatizar la generación y la distribución de los bienes esenciales para la substisencia de los pueblos. Y la verdad que la jugada de mezclar esta bajada de línea con una aventura de viaje iniciático tipo Alice in Wonderland, condimentada con batallas épicas onda Lord of the Rings, le sale muy bien a Minaverry. El problema, los momentos más flojos del libro, llegan cuando el autor sospecha que el lector no va a entender las alegorías y las explicita demasiado. Mientras se mantiene sutil, Minaverry atrapa, seduce y hasta te hace reir, en esas escenas donde satiriza con fina mala leche a la izquierda dogmática, que de tanto desconfiar de los movimientos “populistas” termina jugando para los paladines de la desigualdad a los que dicen enfrentar.
Pero aunque el guión fuera un panfleto peroncho hiper-básico, o aunque no hubiese ni un personaje carismático (acá no hay menos de cuatro), o aunque la bajada de línea empantara totalmente a la aventura o viceversa, igual habría que recomendar Noelia en el País de los Cosos simplemente por la calidad de la faz gráfica, que es devastadora. A nivel visual, este es –lejos- el mejor trabajo de Minaverry, donde se lo ve más suelto, más cómodo, con más ganas de probar cosas nuevas. El color plano, clásico, muchas veces estridente, le juega muy a favor de lo que quiere contar. Las expresiones faciales y el lenguaje corporal de los personajes están ajustadísimos, la composición de las viñetas es infalible y aparecen guiños a varias tradiciones gráficas y narrativas de la historia del comic (ya no se puede encasillar a Minaverry como un autor “de línea clara”, o de tal o cual estilo). Lo que más se nota en la lectura de Noelia en el País de los Cosos es que, mientras la realizaba, el autor era muy feliz. Y eso no tiene precio.
Salto a EEUU, a 2015, para el Vol.2 de Silver Surfer de Dan Slott y Mike Allred (el Vol.1 lo vimos 04/01/16). Si el TPB tuviera sólo las primeras ocho páginas, ya valdría mucho la pena. Imaginate todo lo grosso que viene después. Slott explora a fondo el vínculo entre Norrin Radd y Dawn Greenwood, y lo bizarro que resulta ver a una chica humana, común y corriente, a bordo de la tabla del Surfer recorriendo las galaxias y metiéndose en kilombos que a menudo involucran a poderosísimos alienígenas. Esta vez Slott baja un poquito el nivel de la comedia, no se toma todo tan en joda, pero tampoco pasa a ser un comic oscuro ni circunspecto, porque siempre está ahí Dawn, como elemento disruptivo.
De los cinco episodios que ofrece el tomo, tres componen una saga en la que el Surfer se tiene que hacer cargo de su pasado como heraldo de Galactus, frente a frente con los habitantes de un planeta poblado por sobrevivientes de miles de mundos ingeridos por el devorador de planetas, luego de que el Surfer garantizara sus buenas condiciones bromatológicas. Y sí, maestro… Te guste o no, fuiste cómplice, partícipe necesario de innumerables genocidios perpetrados por tu jefe… que siempre está dispuesto a cometer un genocidio más, con tal de irse a dormir pipón-pipón. La saga de Newhaven lleva al límite no sólo el poder sino sobre todo la nobleza, la integridad del Silver Surfer, y el final que conjura Slott resulta brillante, absolutamente conmovedor, al nivel de las mejores historias en los 50 años de trayectoria del personaje.
Y el dibujo es de Mike Allred, coloreado por su esposa Laura, así que no hay demasiado para agregar. Como en todos sus trabajos sobra la onda, hay riesgos alucinantes en la puesta en página, las secuencias son potentes, todo está puesto para transmitir emociones y sensaciones y el ídolo muestra cada vez más recursos para que todo se vea lindo incluso cuando acelera y dibuja a las chapas. Voy por más Surfer, obviamente.
Y volvemos pronto, con nuevas reseñas.
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martes, 25 de agosto de 2015
25/ 08: FF Vol.2
Una de cal y una de arena. La breve etapa de Matt Fraction en Fantastic Four terminó medio cuesta abajo en la rodada, pero en la otra serie, en FF, la grossitud se mantuvo hasta el final y en este tomo vemos lo mejor de una colección que, si hay justicia en el mundo, va a ser recordada durante muchos años por su increíble onda y su superlativa calidad.
Como en Fantastic Four, los últimos cuatro episodios componen una saga grossa. De hecho es LA MISMA saga grossa (con Dr. Doom, Annihilus y una especie de Kang), pero vista totalmente desde otra óptica. La diferencias es que los otros cuatro episodios no son exactamente historias cerraditas y casi autoconclusivas. La primera sí, parece estar pensada como un unitario, aunque le sirve a Fraction para retomar a un personaje que ya había aparecido en Fantastic Four y sumarlo al elenco de esta serie. Y el episodio en el mundo de Impossible Man también tiene cierta estructura de unitario, aunque después tendrá mucho más sentido leerlo como parte del build-up hacia la saga final. El resto del tomo es eso: build-up hacia el conflicto a todo o nada con el que va a terminar la serie.
Por momentos parece que todo está estirado medio al pedo, pero Fraction nos bombardea constantemente con ideas geniales, con toques interesantísimos en la caracterización y diálogos formidables. Cuando Fraction se empieza a despedir, se hace cargo del guión Lee Allred, el hermano de Mike Allred, que mantiene los diálogos en un gran nivel. Entre los dos, le pegan vueltas de tuerca magníficas a Ant-Man, al Dr. Doom, a Maximus, al Watcher, e incluso a un personaje siempre menor como era Ravenna, la “novia” de Kang, de la que nos tiran data sumamente inquietante. Se puede criticar que Medusa, She-Hulk y Darla están casi de decorado, porque ninguno de los conflictos importantes las afectan. Pero suman a la hora de los diálogos graciosos y además Ant-Man solo al frente de todos los chicos de la FF no resultaba creíble.
El final es excelente, intenso, emotivo, con peleas zarpadas, revelaciones impactantes, detalles ingeniosos (como la aparición de los HeroClix) y un esfuerzo muy loable para que si sólo leías FF pudieras entender todo, sin necesidad de comprarte los números de Fantastic Four que también son parte de esta saga. Incluso dos personajes que durante toda la era Fraction son parte de Fantastic Four (Franklin y Valeria) tienen sus mejores escenas acá, en el final de FF. El epílogo comparte algunas páginas con el que vimos en el Vol.3 de Fantastic Four y está compuesto básicamente de escenas emotivas y diálogos cómicos, casi al nivel de la Justice League de Giffen y DeMatteis. Así que estamos ante un TPB que uno no quiere que se termine nunca.
Por supuesto, uno de los principales animadores de esta fiesta es el dibujo. Joe Quiñones la rompe en su propio estilo en el primer unitario y se camufla bajo las tintas de Mike Allred en el epílogo. Y Allred brilla en todo el resto del tomo con la jerarquía a la que ya nos tiene acostumbrados. Allred despliega un hallazgo atrás de otro en materia de puesta en página y hasta se ajusta a grillas muy estrictas cuando el ritmo del relato así lo requiere. Deja la vida en los fondos, en las escenas en las que aparecen multitudes de personajes y en ese clima que él tan bien maneja, mitad extraño y retorcido, mitad jodón y distendido. Por supuesto, su esposa Laura lo colorea como los dioses.
Si no sos muy fan de Fantastic Four pero te copa Allred, entrale a FF casi como si fuera un comic de autor y dejate llevar por el groove gráfico del creador de Madman. Si sos fan del Matt Fraction más loco, más experimental (el de Casanova, digamos), esto te va a encantar. Y si te enganchaste con Scott Lang a raíz de la peli de Ant-Man, acá lo vas a ver en un rol interesantísimo, con mucha profundidad, mucho desarrollo y una chapa cuasi-infinita. Así como los Fantastic Four de Fraction me dejaron con cierto gusto a poco, sus FF me dejaron pipón-pipón, como si me hubiera clavado una suprema a la suiza y un flan con dulce en El Salteño. ´Nuff said!
Como en Fantastic Four, los últimos cuatro episodios componen una saga grossa. De hecho es LA MISMA saga grossa (con Dr. Doom, Annihilus y una especie de Kang), pero vista totalmente desde otra óptica. La diferencias es que los otros cuatro episodios no son exactamente historias cerraditas y casi autoconclusivas. La primera sí, parece estar pensada como un unitario, aunque le sirve a Fraction para retomar a un personaje que ya había aparecido en Fantastic Four y sumarlo al elenco de esta serie. Y el episodio en el mundo de Impossible Man también tiene cierta estructura de unitario, aunque después tendrá mucho más sentido leerlo como parte del build-up hacia la saga final. El resto del tomo es eso: build-up hacia el conflicto a todo o nada con el que va a terminar la serie.
Por momentos parece que todo está estirado medio al pedo, pero Fraction nos bombardea constantemente con ideas geniales, con toques interesantísimos en la caracterización y diálogos formidables. Cuando Fraction se empieza a despedir, se hace cargo del guión Lee Allred, el hermano de Mike Allred, que mantiene los diálogos en un gran nivel. Entre los dos, le pegan vueltas de tuerca magníficas a Ant-Man, al Dr. Doom, a Maximus, al Watcher, e incluso a un personaje siempre menor como era Ravenna, la “novia” de Kang, de la que nos tiran data sumamente inquietante. Se puede criticar que Medusa, She-Hulk y Darla están casi de decorado, porque ninguno de los conflictos importantes las afectan. Pero suman a la hora de los diálogos graciosos y además Ant-Man solo al frente de todos los chicos de la FF no resultaba creíble.
El final es excelente, intenso, emotivo, con peleas zarpadas, revelaciones impactantes, detalles ingeniosos (como la aparición de los HeroClix) y un esfuerzo muy loable para que si sólo leías FF pudieras entender todo, sin necesidad de comprarte los números de Fantastic Four que también son parte de esta saga. Incluso dos personajes que durante toda la era Fraction son parte de Fantastic Four (Franklin y Valeria) tienen sus mejores escenas acá, en el final de FF. El epílogo comparte algunas páginas con el que vimos en el Vol.3 de Fantastic Four y está compuesto básicamente de escenas emotivas y diálogos cómicos, casi al nivel de la Justice League de Giffen y DeMatteis. Así que estamos ante un TPB que uno no quiere que se termine nunca.
Por supuesto, uno de los principales animadores de esta fiesta es el dibujo. Joe Quiñones la rompe en su propio estilo en el primer unitario y se camufla bajo las tintas de Mike Allred en el epílogo. Y Allred brilla en todo el resto del tomo con la jerarquía a la que ya nos tiene acostumbrados. Allred despliega un hallazgo atrás de otro en materia de puesta en página y hasta se ajusta a grillas muy estrictas cuando el ritmo del relato así lo requiere. Deja la vida en los fondos, en las escenas en las que aparecen multitudes de personajes y en ese clima que él tan bien maneja, mitad extraño y retorcido, mitad jodón y distendido. Por supuesto, su esposa Laura lo colorea como los dioses.
Si no sos muy fan de Fantastic Four pero te copa Allred, entrale a FF casi como si fuera un comic de autor y dejate llevar por el groove gráfico del creador de Madman. Si sos fan del Matt Fraction más loco, más experimental (el de Casanova, digamos), esto te va a encantar. Y si te enganchaste con Scott Lang a raíz de la peli de Ant-Man, acá lo vas a ver en un rol interesantísimo, con mucha profundidad, mucho desarrollo y una chapa cuasi-infinita. Así como los Fantastic Four de Fraction me dejaron con cierto gusto a poco, sus FF me dejaron pipón-pipón, como si me hubiera clavado una suprema a la suiza y un flan con dulce en El Salteño. ´Nuff said!
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lunes, 11 de mayo de 2015
11/ 05: DEAD AIR
Unos añitos antes de romperla con Madman, el glorioso Mike Allred debutaba como historietista en la editorial Slave Labor, con una novela gráfica de 104 páginas en blanco y negro llamada Dead Air. Nada, pero absolutamente nada de lo que puede leerse en estas páginas, nos permite intuir hacia dónde giraría poco más tarde la carrera de este monstruo del papel y la tinta.
Dead Air es una historia imbuída de ese pesimismo típico de mediados de los ´80, cuando todos los días podía caer una lluvia de bombas atómicas y ser el último. No hay diálogos ingeniosos, no hay ironía, no hay bizarreadas graciosas, casi no hay acción. Lo único que mínimamente conecta con el resto de la obra de Allred es que acá el protagonista trabaja como conductor de un programa de radio, y eso le da al autor la oportunidad de deslizar menciones a muchas de sus bandas favoritas (R.E.M., Joy Division, Roxy Music, The Beatles, The Police, U2, The Who, Love & Rockets, etc.). El resto es todo muy marciano para los fans de Allred (que acá firma como “M. Dalton Allred”).
El tono es apagado, crepuscular, bajonero. La trama arranca cuando Eugene, un pueblo de Oregon, queda artificialmente aislado del resto del mundo. Calvin Lennox intenta comunicarse con el exterior, porque su esposa y sus hijos se fueron de viaje a una ciudad vecina. Imposible. Se decide a salir a buscarlos, pero no lo dejan. La aventura consiste en escapar, con la ayuda de sus amigos, de este pueblo para ver qué corno pasa en el exterior y tratar de llegar a donde está su familia. Pero el climax se resuelve antes de la página 40. Después, es todo cuesta abajo: Calvin recorre el mundo exterior, visita otras ciudades totalmente deshabitadas, se pierde, busca, descubre que está todo muy cambiado, todo muy raro. Al final, un elemento sobrenatural intentará explicar por qué el fin del mundo no llegó a Eugene, Oregon, y Calvin se reunirá con su esposa en un plano de realidad que no es el que veníamos recorriendo (perdón por no dar más detalles).
Lo único que no se le puede cuestionar a Dead Air es la originalidad. Realmente, nunca había leído una historia similar. Lo cual no significa que me haya convencido: me puso nervioso en varios momentos, pero porque el argumento daba vueltas en torno a lo mismo en vez de avanzar. Lo poco que se resuelve en las últimas 10 páginas se resuelve con un auténtico, legítimo e irrefutable deus ex machina, del cual no había ni la menor pista en las 95 páginas anteriores. Y el final nos deja a un protagonista que prácticamente no evolucionó a lo largo de la novela: lo único que hizo fue juntar huevos para salir a buscar a su familia cuando todos le decían “quedate en el molde”. Ojo, tampoco es una cagada. Es una obra rara, de un autor primerizo que por ahí se pasó un poco de experimental.
El dibujo deja entrever algo de lo que pelaría Allred más adelante, pero no mucho. Acá se juega muy bien al claroscuro, asume riesgos con la puesta en página y trabaja con una línea muy finita, muy elegante. Este primer Allred copia bastante de fotos (de revistas de modas, como el tomuer de Greg Land) y se esfuerza por pulir su dibujo, por lograr una estética casi “femenina”. Por momentos su trazo me recordó al de Eric Shanower, o al de Colleen Doran. Y en los mejores momentos, cuando se le escapa un poquito de su naturaleza más salvaje, pela cositas de Beto Hernández. La verdad que con tanta sofisticación, tanto manejo del claroscuro y tanto juego con el armado de la página, este Allred de 1989 parecía rumbear más para el lado de Guido Crépax que para lo que mostró después.
Por suerte el comic y la vida nos dan sorpresas y Allred no se convirtió en clon de nadie, sino que encontró y definió un estilo propio, hipnótico y alucinante como pocos. Si querés rastrear la leyenda del creador de Madman hasta sus orígenes, lanzate a buscar Dead Air. Si no, la verdad que no pasa nada.
Dead Air es una historia imbuída de ese pesimismo típico de mediados de los ´80, cuando todos los días podía caer una lluvia de bombas atómicas y ser el último. No hay diálogos ingeniosos, no hay ironía, no hay bizarreadas graciosas, casi no hay acción. Lo único que mínimamente conecta con el resto de la obra de Allred es que acá el protagonista trabaja como conductor de un programa de radio, y eso le da al autor la oportunidad de deslizar menciones a muchas de sus bandas favoritas (R.E.M., Joy Division, Roxy Music, The Beatles, The Police, U2, The Who, Love & Rockets, etc.). El resto es todo muy marciano para los fans de Allred (que acá firma como “M. Dalton Allred”).
El tono es apagado, crepuscular, bajonero. La trama arranca cuando Eugene, un pueblo de Oregon, queda artificialmente aislado del resto del mundo. Calvin Lennox intenta comunicarse con el exterior, porque su esposa y sus hijos se fueron de viaje a una ciudad vecina. Imposible. Se decide a salir a buscarlos, pero no lo dejan. La aventura consiste en escapar, con la ayuda de sus amigos, de este pueblo para ver qué corno pasa en el exterior y tratar de llegar a donde está su familia. Pero el climax se resuelve antes de la página 40. Después, es todo cuesta abajo: Calvin recorre el mundo exterior, visita otras ciudades totalmente deshabitadas, se pierde, busca, descubre que está todo muy cambiado, todo muy raro. Al final, un elemento sobrenatural intentará explicar por qué el fin del mundo no llegó a Eugene, Oregon, y Calvin se reunirá con su esposa en un plano de realidad que no es el que veníamos recorriendo (perdón por no dar más detalles).
Lo único que no se le puede cuestionar a Dead Air es la originalidad. Realmente, nunca había leído una historia similar. Lo cual no significa que me haya convencido: me puso nervioso en varios momentos, pero porque el argumento daba vueltas en torno a lo mismo en vez de avanzar. Lo poco que se resuelve en las últimas 10 páginas se resuelve con un auténtico, legítimo e irrefutable deus ex machina, del cual no había ni la menor pista en las 95 páginas anteriores. Y el final nos deja a un protagonista que prácticamente no evolucionó a lo largo de la novela: lo único que hizo fue juntar huevos para salir a buscar a su familia cuando todos le decían “quedate en el molde”. Ojo, tampoco es una cagada. Es una obra rara, de un autor primerizo que por ahí se pasó un poco de experimental.
El dibujo deja entrever algo de lo que pelaría Allred más adelante, pero no mucho. Acá se juega muy bien al claroscuro, asume riesgos con la puesta en página y trabaja con una línea muy finita, muy elegante. Este primer Allred copia bastante de fotos (de revistas de modas, como el tomuer de Greg Land) y se esfuerza por pulir su dibujo, por lograr una estética casi “femenina”. Por momentos su trazo me recordó al de Eric Shanower, o al de Colleen Doran. Y en los mejores momentos, cuando se le escapa un poquito de su naturaleza más salvaje, pela cositas de Beto Hernández. La verdad que con tanta sofisticación, tanto manejo del claroscuro y tanto juego con el armado de la página, este Allred de 1989 parecía rumbear más para el lado de Guido Crépax que para lo que mostró después.
Por suerte el comic y la vida nos dan sorpresas y Allred no se convirtió en clon de nadie, sino que encontró y definió un estilo propio, hipnótico y alucinante como pocos. Si querés rastrear la leyenda del creador de Madman hasta sus orígenes, lanzate a buscar Dead Air. Si no, la verdad que no pasa nada.
jueves, 29 de mayo de 2014
29/ 05: FANTASTIC FOUR Vol.1
Esta es la tercera vez en lo que va del blog que reseño un “Fantastic Four Vol.1”. Ya vimos toda la etapa de Mark Waid, toda la etapa de Jonathan Hickman, y ahora es el momento de ver qué hace Matt Fraction con el cuarteto más grosso de Marvel. Bah, en realidad con LOS cuartetos, porque el guionista relanza al mismo tiempo Fantastic Four y FF, dos grupos distintos, que vivirán aventuras en paralelo, unos en el espacio exterior jamás explorado y otros prácticamente acá nomás, en la Nueva York del Universo Marvel que tan familiar nos resulta. Este primer tomo compila los tres primeros números de ambas series y arranca con una historia cortita, muy linda, protagonizada por Ant-Man (Scott Lang) y tomada de la antología Marvel NOW! Point One.
Básicamente, en Fantastic Four vamos a ver lo siguiente: a Reed se le ocurre irse de viaje a explorar lugares nuevos del cosmos, junto a Sue, Ben, Johnny, Franklin y Valeria. El viaje va a durar un año, pero como pueden viajar por el tiempo, van a regresar a Nueva York cuatro minutos después de que se fueron. Por supuesto, algo va a salir mal y no van a regresar cuatro minutos después.
Para cuidar al edificio Baxter y a los chicos de la FF durante esos cuatro minutos, los titulares arman un grupo de cuatro suplentes. Sí, un nuevo grupo de Fantastic Four pensado para durar sólo cuatro minutos. Genialidades de Reed que conviene no cuestionar demasiado... Así se juntan Ant-Man, Medusa, She-Hulk y Darla, la novia de Johnny, a la que le ponen un traje de los que usaba Ben cuando perdió sus poderes, para convertirla en Miss Thing. Y bueno, menos mal que estaban estos cuatro suplentes, porque los cuatro titulares no vuelven en el momento previsto y, lógicamente, tanto los chicos de la FF como los incansables villanos de siempre van a traerles problemas.
Estas primeras aventuras transcurren en paralelo y después ya no. Ya vendrán tomos que cuentan sólo las aventuras cósmicas de los Fantastic Four y las aventuras terrestres de los FF. ¿Y están buenas las aventuras? Por ahora se vio muy poco. Más de medio tomo se centra en la decisión de Reed de emprender este viaje (tiene un motivo personal importante, pero no lo quiero spoilear, porque es la mejor idea que presenta Fraction en este inicio de colección) y en el armado y presentación del grupo suplente. Después, el equipo titular tendrá UNA breve aventura en el espacio y el suplente UNA machaca vibrante, muy divertida, contra Mole Man, en las cercanías del edificio Baxter. Y un episodio en el que se abre un misterio atractivo, con la llegada de un Johnny viejo y hecho mierda, que dice venir de un futuro donde el resto del equipo titular fue boleta. Ahí se lucen los diálogos de Fraction, pero no la trama en sí, que está apenas insinuada.
En cuanto a los dibujos, en Fantastic Four tenemos a Mark Bagley con muchas pilas, tratando de imitar a Alan Davis y, como lo entinta Mark Farmer y lo colorea Paul Mounts (habituales adláteres de Davis), le sale bastante bien. Olvidate de ese Bagley que sacaba con fritas las páginas de Trinity, por ejemplo. A este se le notan las ganas de laburar, de dejar una marca en una serie que –intuyo- lo apasiona. Y en FF (y en el unitario de Ant-Man) tenemos al maestro, al ídolo, al genio Mike Allred, también con muchas ganas, quizás con algún fondo que debería estar y no está, o resuelto medio a los pedos, pero con la onda y el virtuosismo intactos. A Allred también se le nota que se divertía mucho con esta serie, y como siempre, llama la atención lo bien que se complementa con la paleta de su esposa y colorista titular, Laura Allred.
La etapa de Matt Fraction al frente de estas series fue muy breve, apenas 16 episodios de cada colección, lo cual es un incentivo para bancarla hasta el final. Eso y la calidad de los dibujos, obvio: muy competentes en Fantastic Four y de un nivel alucinante, muy infrecuente en los comics mensuales de mainstream, en FF. Habrá más cuartetazo, en los próximos meses.
Básicamente, en Fantastic Four vamos a ver lo siguiente: a Reed se le ocurre irse de viaje a explorar lugares nuevos del cosmos, junto a Sue, Ben, Johnny, Franklin y Valeria. El viaje va a durar un año, pero como pueden viajar por el tiempo, van a regresar a Nueva York cuatro minutos después de que se fueron. Por supuesto, algo va a salir mal y no van a regresar cuatro minutos después.
Para cuidar al edificio Baxter y a los chicos de la FF durante esos cuatro minutos, los titulares arman un grupo de cuatro suplentes. Sí, un nuevo grupo de Fantastic Four pensado para durar sólo cuatro minutos. Genialidades de Reed que conviene no cuestionar demasiado... Así se juntan Ant-Man, Medusa, She-Hulk y Darla, la novia de Johnny, a la que le ponen un traje de los que usaba Ben cuando perdió sus poderes, para convertirla en Miss Thing. Y bueno, menos mal que estaban estos cuatro suplentes, porque los cuatro titulares no vuelven en el momento previsto y, lógicamente, tanto los chicos de la FF como los incansables villanos de siempre van a traerles problemas.
Estas primeras aventuras transcurren en paralelo y después ya no. Ya vendrán tomos que cuentan sólo las aventuras cósmicas de los Fantastic Four y las aventuras terrestres de los FF. ¿Y están buenas las aventuras? Por ahora se vio muy poco. Más de medio tomo se centra en la decisión de Reed de emprender este viaje (tiene un motivo personal importante, pero no lo quiero spoilear, porque es la mejor idea que presenta Fraction en este inicio de colección) y en el armado y presentación del grupo suplente. Después, el equipo titular tendrá UNA breve aventura en el espacio y el suplente UNA machaca vibrante, muy divertida, contra Mole Man, en las cercanías del edificio Baxter. Y un episodio en el que se abre un misterio atractivo, con la llegada de un Johnny viejo y hecho mierda, que dice venir de un futuro donde el resto del equipo titular fue boleta. Ahí se lucen los diálogos de Fraction, pero no la trama en sí, que está apenas insinuada.
En cuanto a los dibujos, en Fantastic Four tenemos a Mark Bagley con muchas pilas, tratando de imitar a Alan Davis y, como lo entinta Mark Farmer y lo colorea Paul Mounts (habituales adláteres de Davis), le sale bastante bien. Olvidate de ese Bagley que sacaba con fritas las páginas de Trinity, por ejemplo. A este se le notan las ganas de laburar, de dejar una marca en una serie que –intuyo- lo apasiona. Y en FF (y en el unitario de Ant-Man) tenemos al maestro, al ídolo, al genio Mike Allred, también con muchas ganas, quizás con algún fondo que debería estar y no está, o resuelto medio a los pedos, pero con la onda y el virtuosismo intactos. A Allred también se le nota que se divertía mucho con esta serie, y como siempre, llama la atención lo bien que se complementa con la paleta de su esposa y colorista titular, Laura Allred.
La etapa de Matt Fraction al frente de estas series fue muy breve, apenas 16 episodios de cada colección, lo cual es un incentivo para bancarla hasta el final. Eso y la calidad de los dibujos, obvio: muy competentes en Fantastic Four y de un nivel alucinante, muy infrecuente en los comics mensuales de mainstream, en FF. Habrá más cuartetazo, en los próximos meses.
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viernes, 9 de mayo de 2014
09/ 05: MADMAN BOOGALOO!
Hoy cortito, que tengo poco tiempo.
Este librito noventoso reúne dos team-ups de Madman con otros héroes, también del palo creator-owned que, al igual que la creación de Mike Allred, pasaron por varias editoriales.
El primer team-up es con Nexus, la genial creación de Mike Baron y Steve Rude. La aventura tiene apenas 24 páginas y está básicamente escrita por Baron, sobre una idea armada a medias con Allred. Las primeras 20 páginas son la nada misma, se nota a ocho cuadras que los autores no tenían idea de qué carajo querían hacer y terminar por armar un chiste que, contado en 8 páginas, por ahí era gracioso y contado en 24 es una gansada cósmica.
¿Por qué zafa la historia? Por las últimas cuatro páginas, en las que todo se resuelve con un muy buen homenaje al inmortal Michael Jackson (en 1996, cuando estaba vivito y culeando, aunque ya lejos de su mejor nivel), por los diálogos que son MUY cómicos, y porque Steve Rude se dibuja la vida, como casi siempre.
El team-up con The Jam es más largo, tiene 48 páginas, que Allred co-escribe con Bernie Mireault. El dibujo corre por cuenta de Mireault, excepto cuando aparece Madman, que está claramente dibujado por Allred. El guión es otra pavada atómica, que avanza lento y no aporta nada. Se nota que los autores se están divirtiendo, pero yo como lector me aburrí bastante. De nuevo, esto mismo en... 16 páginas podría haber zafado decorosamente. En 48 se hace infumable.
¿Qué tenemos para rescatar? Algunos diálogos ingeniosos, los muchos (y no tan obvios) homenajes a Maurits Cornelis Escher y –de nuevo- la gran calidad del dibujo. Mireault le pone todo a la narrativa, a las texturas, a los fondos y se luce en las onomatopeyas y en las puestas en página limadas, como para que todo se vea obscenamente bien.
Para sintetizar, este librito se puede comprar sólo si sos MUY fan de Madman y querés tener TODAS sus apariciones, o si coleccionás comics por los dibujos y querés lucir en tu biblioteca 24 hermosas páginas de Steve Rude y 48 de Bernie Mireault. Caso contrario, seguí de largo y salí a cazar las sagas realmente interesantes de Madman, Nexus o The Jam, que seguro vas a encontar unas cuantas.
Este librito noventoso reúne dos team-ups de Madman con otros héroes, también del palo creator-owned que, al igual que la creación de Mike Allred, pasaron por varias editoriales.
El primer team-up es con Nexus, la genial creación de Mike Baron y Steve Rude. La aventura tiene apenas 24 páginas y está básicamente escrita por Baron, sobre una idea armada a medias con Allred. Las primeras 20 páginas son la nada misma, se nota a ocho cuadras que los autores no tenían idea de qué carajo querían hacer y terminar por armar un chiste que, contado en 8 páginas, por ahí era gracioso y contado en 24 es una gansada cósmica.
¿Por qué zafa la historia? Por las últimas cuatro páginas, en las que todo se resuelve con un muy buen homenaje al inmortal Michael Jackson (en 1996, cuando estaba vivito y culeando, aunque ya lejos de su mejor nivel), por los diálogos que son MUY cómicos, y porque Steve Rude se dibuja la vida, como casi siempre.
El team-up con The Jam es más largo, tiene 48 páginas, que Allred co-escribe con Bernie Mireault. El dibujo corre por cuenta de Mireault, excepto cuando aparece Madman, que está claramente dibujado por Allred. El guión es otra pavada atómica, que avanza lento y no aporta nada. Se nota que los autores se están divirtiendo, pero yo como lector me aburrí bastante. De nuevo, esto mismo en... 16 páginas podría haber zafado decorosamente. En 48 se hace infumable.
¿Qué tenemos para rescatar? Algunos diálogos ingeniosos, los muchos (y no tan obvios) homenajes a Maurits Cornelis Escher y –de nuevo- la gran calidad del dibujo. Mireault le pone todo a la narrativa, a las texturas, a los fondos y se luce en las onomatopeyas y en las puestas en página limadas, como para que todo se vea obscenamente bien.
Para sintetizar, este librito se puede comprar sólo si sos MUY fan de Madman y querés tener TODAS sus apariciones, o si coleccionás comics por los dibujos y querés lucir en tu biblioteca 24 hermosas páginas de Steve Rude y 48 de Bernie Mireault. Caso contrario, seguí de largo y salí a cazar las sagas realmente interesantes de Madman, Nexus o The Jam, que seguro vas a encontar unas cuantas.
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miércoles, 20 de noviembre de 2013
20/ 11: X-STATIX Vol.4
“La verdad es que todo fue tan extraño, tan extraño al fin”, cantaba un grande de la música. Y es lo que siento cuando termino (por fin) de leer este bizarro experimento de Peter Milligan y Mike Allred, apañado en su ambición rupturista por Joe Quesada y Bill Jemas, la dupla responsable de la Tercera Era de Oro de Marvel.
“Yo podría haberlo hecho mejor”, decía el mismo grande en el mismo tema, y es lo que debería sentir Allred respecto de su trabajo en este último tramo de la serie. Este TPB tiene ocho episodios de los que el ídolo dibuja siete y la verdad es que está a años luz de lo que dibujaba en los primeros números de esta serie (cuando se llamaba X-Force) y mucho más lejos aún de lo que vimos en la más reciente iZombie. La desprolijidad no está en el flujo narrativo, ni en la puesta en página, ni siquiera en la composición de las viñetas, ni en la anatomía, ni en las caras. Básicamente las tiradas a chanta groseras están en los fondos, que brillan por su ausencia casi siempre, y en el acabado, en los detalles del entintado, que se ve precario, atolondrado, despachado con fritas para cumplir con la fecha de entrega, sin ningún cariño ni respeto por la labor del dibujante (que a su vez está entre los entintadores que meten garfio en sus páginas). Una pena, porque un montón de aspectos de la faz gráfica de la serie, empezando por el diseño de los personajes, es alucinante.
“Como siempre vuelvo a ensayar”, se escucha también en la misma canción del mismo grosso, y eso es lo que podría decir Milligan acerca de esta serie. Desde el primer momento esto fue un laboratorio, un espacio de experimentación donde el guionista inglés pudo probar un enfoque radicalmente distinto sobre el ya gastado tema del grupito de jóvenes mutantes que pelean contra... algo. En este tomo, abre el fuego con un arquito de dos episodios que indaga un poco en Vivisector (a priori, el personaje menos interesante de los que quedaron en pie tras la saga anterior) y de paso se mete con el tema de ser diferente, ya sea por ser mutante o por ser gay, como el mencionado Vivisector. Está muy bien, aunque los dibujos de Nick Dragotta (que reemplaza a Allred en el segundo episodio) le dan a la historia un tinte grotesco que el guión no tenía.
Y después, el cierre de la serie. Se viene un arco ambicioso, de seis capítulos, en el que Milligan enfrenta a X-Statix con los Avengers en una especie de remake bizarra de aquel famoso enfrentamiento entre los Avengers y los Defenders. Además de los muchos guiños a aquella epopeya setentosa, el guionista sorprende con un gran manejo de los Avengers clásicos, con diálogos graciosos y filosos, repletos de ingenio y a la vez fieles a la esencia del Capi, Iron Man, Thor, Hawkeye, etc. Y por si faltara algo, casi sobre el final y como quien no quiere la cosa, tira algunas puntas acerca de Doop, el enigmático bicho verde acerca del cual no sabíamos absolutamente nada. Ya sólo por eso, esta saga es más que satisfactoria.
“Hay un bumerang en la city, mi amor; todo vuelve, como vos decís”, dice la misma canción, y hacia Milligan y Allred vuelve el aplauso de los fans a los que nos gusta leer comic de autor disfrazado de mainstream, con espacio para ideas que no son las obvias, con apuestas fuertes, con riesgos, con momentos que te dejan helado porque no podés creer que estás leyendo lo que estás leyendo. Por supuesto hubiese sido genial que la serie tuviera otra periodicidad, como para que Allred pudiera cuidar más el dibujo. Pero también podría haber sido peor: lo podrían haber rajado para darle la serie a un pecho frío tipo Salvador Larroca o a un clon choto de Jim Lee como los que pululan en tantos títulos de DC. Y también podrían haber metido a los “héroes” de X-Statix en otras colecciones mutantes, a tratar de encajar en los cánones habituales de esos comics, lo cual también habría sido una aberración. Por suerte eso no sucedió, seguramente por un acuerdo entre Milligan y los capos de Marvel que estos últimos decidieron honrar.
No hay vuelta que darle. Cada vez que pienso en la Marvel de Jemas y Quesada, fue amor, fue amor...
“Yo podría haberlo hecho mejor”, decía el mismo grande en el mismo tema, y es lo que debería sentir Allred respecto de su trabajo en este último tramo de la serie. Este TPB tiene ocho episodios de los que el ídolo dibuja siete y la verdad es que está a años luz de lo que dibujaba en los primeros números de esta serie (cuando se llamaba X-Force) y mucho más lejos aún de lo que vimos en la más reciente iZombie. La desprolijidad no está en el flujo narrativo, ni en la puesta en página, ni siquiera en la composición de las viñetas, ni en la anatomía, ni en las caras. Básicamente las tiradas a chanta groseras están en los fondos, que brillan por su ausencia casi siempre, y en el acabado, en los detalles del entintado, que se ve precario, atolondrado, despachado con fritas para cumplir con la fecha de entrega, sin ningún cariño ni respeto por la labor del dibujante (que a su vez está entre los entintadores que meten garfio en sus páginas). Una pena, porque un montón de aspectos de la faz gráfica de la serie, empezando por el diseño de los personajes, es alucinante.
“Como siempre vuelvo a ensayar”, se escucha también en la misma canción del mismo grosso, y eso es lo que podría decir Milligan acerca de esta serie. Desde el primer momento esto fue un laboratorio, un espacio de experimentación donde el guionista inglés pudo probar un enfoque radicalmente distinto sobre el ya gastado tema del grupito de jóvenes mutantes que pelean contra... algo. En este tomo, abre el fuego con un arquito de dos episodios que indaga un poco en Vivisector (a priori, el personaje menos interesante de los que quedaron en pie tras la saga anterior) y de paso se mete con el tema de ser diferente, ya sea por ser mutante o por ser gay, como el mencionado Vivisector. Está muy bien, aunque los dibujos de Nick Dragotta (que reemplaza a Allred en el segundo episodio) le dan a la historia un tinte grotesco que el guión no tenía.
Y después, el cierre de la serie. Se viene un arco ambicioso, de seis capítulos, en el que Milligan enfrenta a X-Statix con los Avengers en una especie de remake bizarra de aquel famoso enfrentamiento entre los Avengers y los Defenders. Además de los muchos guiños a aquella epopeya setentosa, el guionista sorprende con un gran manejo de los Avengers clásicos, con diálogos graciosos y filosos, repletos de ingenio y a la vez fieles a la esencia del Capi, Iron Man, Thor, Hawkeye, etc. Y por si faltara algo, casi sobre el final y como quien no quiere la cosa, tira algunas puntas acerca de Doop, el enigmático bicho verde acerca del cual no sabíamos absolutamente nada. Ya sólo por eso, esta saga es más que satisfactoria.
“Hay un bumerang en la city, mi amor; todo vuelve, como vos decís”, dice la misma canción, y hacia Milligan y Allred vuelve el aplauso de los fans a los que nos gusta leer comic de autor disfrazado de mainstream, con espacio para ideas que no son las obvias, con apuestas fuertes, con riesgos, con momentos que te dejan helado porque no podés creer que estás leyendo lo que estás leyendo. Por supuesto hubiese sido genial que la serie tuviera otra periodicidad, como para que Allred pudiera cuidar más el dibujo. Pero también podría haber sido peor: lo podrían haber rajado para darle la serie a un pecho frío tipo Salvador Larroca o a un clon choto de Jim Lee como los que pululan en tantos títulos de DC. Y también podrían haber metido a los “héroes” de X-Statix en otras colecciones mutantes, a tratar de encajar en los cánones habituales de esos comics, lo cual también habría sido una aberración. Por suerte eso no sucedió, seguramente por un acuerdo entre Milligan y los capos de Marvel que estos últimos decidieron honrar.
No hay vuelta que darle. Cada vez que pienso en la Marvel de Jemas y Quesada, fue amor, fue amor...
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viernes, 8 de noviembre de 2013
08/ 11: X-STATIX Vol.3
Intentaré ser breve, porque tengo poco tiempo.
Ahora sí, completé X-Statix y la puedo leer en el orden correcto, es decir, retomando desde donde dejé en la reseña del 15/07/12.
Este es el famoso tomo en el que Peter Milligan se come los mocos. La idea era maravillosa: resucitaba Lady Di, se descubría que era mutante y se unía a los X-Statix para machacar villanos y terroristas. Sin embargo, a alguien de arriba le pareció que la premisa era muy heavy y la difunta princesa del Reino Unido fue reemplazada entre gallos y medianoche por Henrietta Hunter, una cantante pop hiper-famosa, por supuesto inventada por Milligan.
La saga, titulada Back From the Dead, dura seis episodios y recién sobre el final el guionista le saca jugo al hecho de que la protagonista no es princesa sino cantante. Hasta pasada la mitad del arco, Milligan estaba... viendo qué onda, cómo reacomodar las piezas. Y lo mejor que tiene el arco es, precisamente, el final, el tramo que no tenía sentido si la que lo tenía que llevar adelante era Lady Diana.
Previo a eso, el tomo abre con un unitario en el que se suma al equipo El Guapo (el skater de ascendencia latina) y uno centrado en Dead Girl, realmente excelente. Y a lo largo de todo el tomo, Milligan se toma su tiempo para resolver –de modo lógico y pausado- el misterio de Spike Freeman, el enigmático “dueño” de X-Statix. ¿Te acordás cuando leíamos la Liga de la Justicia de Keith Giffen y nos preguntábamos qué onda Maxwell Lord, si era realmente un multimillonario bueno, o si detrás de esa fachada se escondía un garca de terror? Esta serie explora esa misma veta, pero de un modo mucho más zarpado, más radical y más sórdido.
A nivel argumental, este es un gran tomo de X-Statix, con diálogos brillantes, buen desarrollo de (muchos) personajes y excusas casi boludas para que cada tanto explote la machaca y veamos a estos jóvenes en acción. Las peleas no son lo que más le interesa a Milligan, claramente, y por eso está tan bueno que cada una de estas supuestas epopeyas esté manchada con runflas espúreas, que atienden a intereses para nada altruistas.
En los ocho episodios del tomo tenemos a Michael Allred al frente de los dibujos, pero la verdad es que la calidad se resiente mucho respecto de los tomos anteriores, o de lo que hizo Allred en su otra serie regular (iZombie), en la que cada tanto se pegaba un faltazo. Acá el problema no es tanto el dibujo (difícil, si no imposible, que un monstruo como Allred dibuje mal) sino el acabado, el entintado, que a veces se ve tosco y precario, y otras veces cae en ese puntillismo pelotudo de rayitas innecesarias que tantas veces contaminaron la faz gráfica de los comics, sobre todo en los ´90. El propio Allred entinta dos episodios (entre ellos el primero, que es el que mejor se ve), Philip Bond entinta otro, y del resto se hace cargo J. Bone. Todos capos, todos increíbles dibujantes, y todo tienen el mismo problema: ese entintado blandito, con las rayitas tipo Scott Williams en algunas viñetas, y en el resto (en casi todas) la brocha gruesa, un entintado hecho a los pedos, sin cariño, sin vuelo, sin el menor intento por potenciar el trabajo de Allred. Una lástima porque, debajo de esos trazos apurados y sin onda, subyace un gran laburo del ídolo, apoyado como siempre por grandes trucos en la narrativa y composiciones alucinantes en las viñetas en las que aparecen muchos personajes en acción.
Me queda un tomito más de X-Statix, así que por ahí la termino antes de fin de mes.
Ahora sí, completé X-Statix y la puedo leer en el orden correcto, es decir, retomando desde donde dejé en la reseña del 15/07/12.
Este es el famoso tomo en el que Peter Milligan se come los mocos. La idea era maravillosa: resucitaba Lady Di, se descubría que era mutante y se unía a los X-Statix para machacar villanos y terroristas. Sin embargo, a alguien de arriba le pareció que la premisa era muy heavy y la difunta princesa del Reino Unido fue reemplazada entre gallos y medianoche por Henrietta Hunter, una cantante pop hiper-famosa, por supuesto inventada por Milligan.
La saga, titulada Back From the Dead, dura seis episodios y recién sobre el final el guionista le saca jugo al hecho de que la protagonista no es princesa sino cantante. Hasta pasada la mitad del arco, Milligan estaba... viendo qué onda, cómo reacomodar las piezas. Y lo mejor que tiene el arco es, precisamente, el final, el tramo que no tenía sentido si la que lo tenía que llevar adelante era Lady Diana.
Previo a eso, el tomo abre con un unitario en el que se suma al equipo El Guapo (el skater de ascendencia latina) y uno centrado en Dead Girl, realmente excelente. Y a lo largo de todo el tomo, Milligan se toma su tiempo para resolver –de modo lógico y pausado- el misterio de Spike Freeman, el enigmático “dueño” de X-Statix. ¿Te acordás cuando leíamos la Liga de la Justicia de Keith Giffen y nos preguntábamos qué onda Maxwell Lord, si era realmente un multimillonario bueno, o si detrás de esa fachada se escondía un garca de terror? Esta serie explora esa misma veta, pero de un modo mucho más zarpado, más radical y más sórdido.
A nivel argumental, este es un gran tomo de X-Statix, con diálogos brillantes, buen desarrollo de (muchos) personajes y excusas casi boludas para que cada tanto explote la machaca y veamos a estos jóvenes en acción. Las peleas no son lo que más le interesa a Milligan, claramente, y por eso está tan bueno que cada una de estas supuestas epopeyas esté manchada con runflas espúreas, que atienden a intereses para nada altruistas.
En los ocho episodios del tomo tenemos a Michael Allred al frente de los dibujos, pero la verdad es que la calidad se resiente mucho respecto de los tomos anteriores, o de lo que hizo Allred en su otra serie regular (iZombie), en la que cada tanto se pegaba un faltazo. Acá el problema no es tanto el dibujo (difícil, si no imposible, que un monstruo como Allred dibuje mal) sino el acabado, el entintado, que a veces se ve tosco y precario, y otras veces cae en ese puntillismo pelotudo de rayitas innecesarias que tantas veces contaminaron la faz gráfica de los comics, sobre todo en los ´90. El propio Allred entinta dos episodios (entre ellos el primero, que es el que mejor se ve), Philip Bond entinta otro, y del resto se hace cargo J. Bone. Todos capos, todos increíbles dibujantes, y todo tienen el mismo problema: ese entintado blandito, con las rayitas tipo Scott Williams en algunas viñetas, y en el resto (en casi todas) la brocha gruesa, un entintado hecho a los pedos, sin cariño, sin vuelo, sin el menor intento por potenciar el trabajo de Allred. Una lástima porque, debajo de esos trazos apurados y sin onda, subyace un gran laburo del ídolo, apoyado como siempre por grandes trucos en la narrativa y composiciones alucinantes en las viñetas en las que aparecen muchos personajes en acción.
Me queda un tomito más de X-Statix, así que por ahí la termino antes de fin de mes.
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viernes, 27 de septiembre de 2013
27/ 09: iZOMBIE Vol.4
Se termina otra serie que vimos acá en el blog desde el principio, la enésima propuesta de Vertigo que arrancó muy arriba y terminó cancelada prematuramente, con menos de 30 episodios publicados. De todos modos, Chris Roberson la pilotea con muchísima clase para cerrar absolutamente todos los plots abiertos en los tomos anteriores, tarea nada fácil porque esta era una serie con un elenco riquísimo, muy variado y muy complejo, y con el juego muy bien repartido entre Gwen (la protagonista) y todo el plantel de secundarios.
Este último tomo es larguísimo, trae 10 episodios de los 28 que duró iZombie, y casi no tiene desperdicio. Digo “casi” porque hay un unitario centrado en el pasado de la agente Kennedy (la jefa de los Dead Presidents) que en otro contexto hubiese estado bueno, pero puesto ahí, en la antesala del último arco argumental, pierde un poquito de sentido. Y lo dibuja Jim Rugg, habitué de muchas antologías reseñadas en el blog, que a pesar de ser bueno, empalidece frente a los otros dos dibujantes que participan de este tomo, a los que voy a nombrar después.
Larguísimo y todo, el último recopilatorio se hace llevadero por lo que decía antes: pasan miles de cosas, porque Roberson necesita cerrar miles de puntas que tenía abiertas. El final es grandilocuente, apocalíptico, a una escala inmensa y si bien no te voy a contar cómo termina, tengo que destacar, por un lado, los huevos del guionista para pegarle un último (y genial) giro a Gwen, y por el otro, la sabia decisión de terminar con la farsa de que todo este festival de los freaks y las criaturas sobrenaturales no trasciende nunca fuera de Eugene, Oregon. Lo que pasa al final es tan heavy, que el mundo entero se entera de lo que vivieron nuestros héroes (y villanos) en este pueblito y de pronto es imposible no blanquear la existencia de zombies, fantasmas, vampiros, criaturas tipo Frankenstein y demás fauna crepuscular con la que Roberson pobló (con muchísima onda) las páginas de iZombie.
Decía antes que el guionista logra, en estos 10 episodios finales, cerrar todos los plots pergeñados en los tomos anteriores. ¿Y los cierra a todos igual de bien? No, ¿para qué te voy a mentir? En el maremagnum vertiginoso del apocalipsis que se viene, hay algunas líneas argumentales a las que Roberson no les da toda la bola que uno quisiera, personajes que no se disuelven entre los decorados, pero que no terminan de desarrollarse ni de aportarle a la trama general todo lo que uno suponía que podrían aportar. Gavin, Spot, Dixie, el abuelo de Spot y la bandita de las chicas vampiro, por ejemplo, pintaban para mucho más, y seguramente, si la serie hubiese continuado, habrían tenido más protagonismo en los futuros arcos argumentales. No pudo ser.
De todos modos, iZombie pasa a la historia como una serie realmente exquisita, no sólo porque el final está bueno, o porque Roberson logró entretenernos con una sólida interacción entre los personajes, sin bajarse nunca del tono de comedia ni siquiera cuando el mundo estuvo a punto de ser fagocitado por una criatura lovecraftiana. Por sobre todo eso, estuvo y estará siempre el dibujo del inmenso Michael Allred, prócer absoluto del Noveno Arte, que acá vuelve a dejar la vida en cada viñeta. Michael y Laura, su esposa y colorista, imponen su personalísima impronta y se salen con la suya: iZombie va a ser recordado siempre como uno de los grandes trabajos de Allred, más allá de que el guión no fuera suyo. El creador de Madman derrocha magia en cada viñeta, en cada detalle, y le saca un jugo alucinante (y finamente irónico) a la contradicción entre personajes jóvenes, cool y atractivos y su condición de zombies, vampiros, fantasmas o monstruos. Además del unitario que dibuja Rugg, hay un episodio de la saga central que Allred le habilita a un suplente de lujo, J. Bone, un gran dibujante muy en la línea de Bruce Timm y el Darwyn Cooke más zarpado, más pochoclero.
Y nada más. Ojalá esta serie hubiera seguido muchos números más, porque estaba buenísima. Y ojalá cuando empiece a leer FF me lo encuentre a Allred tan compenetrado con los guiones de Matt Fraction como lo vi acá con los de Chris Roberson. Gracias por la magia.
Este último tomo es larguísimo, trae 10 episodios de los 28 que duró iZombie, y casi no tiene desperdicio. Digo “casi” porque hay un unitario centrado en el pasado de la agente Kennedy (la jefa de los Dead Presidents) que en otro contexto hubiese estado bueno, pero puesto ahí, en la antesala del último arco argumental, pierde un poquito de sentido. Y lo dibuja Jim Rugg, habitué de muchas antologías reseñadas en el blog, que a pesar de ser bueno, empalidece frente a los otros dos dibujantes que participan de este tomo, a los que voy a nombrar después.
Larguísimo y todo, el último recopilatorio se hace llevadero por lo que decía antes: pasan miles de cosas, porque Roberson necesita cerrar miles de puntas que tenía abiertas. El final es grandilocuente, apocalíptico, a una escala inmensa y si bien no te voy a contar cómo termina, tengo que destacar, por un lado, los huevos del guionista para pegarle un último (y genial) giro a Gwen, y por el otro, la sabia decisión de terminar con la farsa de que todo este festival de los freaks y las criaturas sobrenaturales no trasciende nunca fuera de Eugene, Oregon. Lo que pasa al final es tan heavy, que el mundo entero se entera de lo que vivieron nuestros héroes (y villanos) en este pueblito y de pronto es imposible no blanquear la existencia de zombies, fantasmas, vampiros, criaturas tipo Frankenstein y demás fauna crepuscular con la que Roberson pobló (con muchísima onda) las páginas de iZombie.
Decía antes que el guionista logra, en estos 10 episodios finales, cerrar todos los plots pergeñados en los tomos anteriores. ¿Y los cierra a todos igual de bien? No, ¿para qué te voy a mentir? En el maremagnum vertiginoso del apocalipsis que se viene, hay algunas líneas argumentales a las que Roberson no les da toda la bola que uno quisiera, personajes que no se disuelven entre los decorados, pero que no terminan de desarrollarse ni de aportarle a la trama general todo lo que uno suponía que podrían aportar. Gavin, Spot, Dixie, el abuelo de Spot y la bandita de las chicas vampiro, por ejemplo, pintaban para mucho más, y seguramente, si la serie hubiese continuado, habrían tenido más protagonismo en los futuros arcos argumentales. No pudo ser.
De todos modos, iZombie pasa a la historia como una serie realmente exquisita, no sólo porque el final está bueno, o porque Roberson logró entretenernos con una sólida interacción entre los personajes, sin bajarse nunca del tono de comedia ni siquiera cuando el mundo estuvo a punto de ser fagocitado por una criatura lovecraftiana. Por sobre todo eso, estuvo y estará siempre el dibujo del inmenso Michael Allred, prócer absoluto del Noveno Arte, que acá vuelve a dejar la vida en cada viñeta. Michael y Laura, su esposa y colorista, imponen su personalísima impronta y se salen con la suya: iZombie va a ser recordado siempre como uno de los grandes trabajos de Allred, más allá de que el guión no fuera suyo. El creador de Madman derrocha magia en cada viñeta, en cada detalle, y le saca un jugo alucinante (y finamente irónico) a la contradicción entre personajes jóvenes, cool y atractivos y su condición de zombies, vampiros, fantasmas o monstruos. Además del unitario que dibuja Rugg, hay un episodio de la saga central que Allred le habilita a un suplente de lujo, J. Bone, un gran dibujante muy en la línea de Bruce Timm y el Darwyn Cooke más zarpado, más pochoclero.
Y nada más. Ojalá esta serie hubiera seguido muchos números más, porque estaba buenísima. Y ojalá cuando empiece a leer FF me lo encuentre a Allred tan compenetrado con los guiones de Matt Fraction como lo vi acá con los de Chris Roberson. Gracias por la magia.
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jueves, 16 de agosto de 2012
16/ 08: iZOMBIE Vol.3
Vampiros, zombies, fantasmas, inmortales, un pibe que se transforma en terrier, una especie de Frankenstein soviético, un cerebro que vive dentro de una cafetera, un viejo cuya mente habita en el cuerpo de un chimpancé, una agencia gubernamental secreta integrada por freaks sobrenaturales y una corporacion con su propio ejército de cazadores de monstruos, armado con ninjas, francotiradores y artistas marciales. ¿No será mucho? ¿No nos habremos ido demasiado al carajo?
Y no, la verdad que no. De alguna manera, Chris Roberson se las ingenia para que por los costados de este incesante desfile de criaturas una más bizarra que la otra, avance un argumento lineal, fácil de seguir, con conflictos bien definidos, e incluso para que entre medio de todo el kilombo avancen sub-argumentos como el del romance entre Gwen (la protagonista) y Horatio, o el misterio de Gavin (el hermano de Gwen), o las extrañas vueltas de tuerca en la trama que involucra a Galatea (la villana), Claire y el cadáver de Francisco.
Es una especie de milagro irrepetible, porque casi cualquier otro guionista se armaría tanto kilombo con tantos elementos, tantas facciones cruzadas y tanto para explicar (como para que cada bizarreada resulte mínimamente digerible) que la serie sería imposible de seguir. Por ahora, y a dos tomos del final, todo parece muy coherente, todas las sub-tramas parecen avanzar hacia un desenlace bien pensado. Claro, en este devenir de las tramas también hay giros sorprendentes, como el que Roberson le pega en este tomo a Amon, o a la relación entre Gwen y Horatio y entre este último y Diógenes. La idea –creo yo- es que no nos distraigamos de lo fundamental: esto está lleno de criaturas extrañas, pero en el fondo, son todos humanos, y siempre por encima del kilombo y las luchas (bastante sangrientas, cabe aclarar) se imponen los conflictos que tienen que ver con los sentimientos, con las pasiones. En función de eso, Roberson cuida muchísimo los diálogos, cuyo realismo contrasta brillantemente con lo estrambótico de los personajes y de ciertos aspectos de la trama.
Este por ahí es el tomo más virado a la machaca de los tres que leí hasta ahora, pero hay un equilibrio muy logrado entre la acción, el misterio, el romance y la comedia. Incluso hay bastante machaca en el episodio que habitualmente Roberson le dedica a la exploración del pasado de algún personaje secundario. Esta vez elige revelarnos el origen de Diógenes en una historia fumadísima y muy intensa, ambientada en Brasil, con vampiros, ninjas y hombres-jaguar en la que el Carnaval de Río –por contraste- casi parece una escena de rutina, de algo normal que se ve cualquier tarde de Agosto caminando por Florida.
El flashback al pasado de Diógenes cuenta –una vez más- con un invitado de lujo: el inmenso Jay Stephens, un tipo al que se le dio poca bola en sus años de historietista y después optó por la animación, un campo en el que se consagró con su serie The Secret Saturdays. Stephens (cuyas historietas son todas de muy buenas para arriba) dibuja este episodio en su estilo más “superheroico”, limpito, sintético, muy dinámico, y a la vez con una impronta más rara, más oscura, tipo Beto Hernández. Una belleza.
El resto del tomo está todo dibujado por el cada día más grosso Mike Allred, el dibujante más groovy, más cool y encima uno de los más facheros que tiene el mercado yanki. Allred vuelve a lucirse en el dibujo y en la narrativa como si los guiones los escribiera él y como si tuviera cuatro meses para dibujar cada episodio. En una de esas tiene 134 asistentes, ni idea. Lo cierto es que en cada viñeta de iZombie el ídolo pone todo y mucho más. Y sin repetir! Por ahí en X-Statix las escenas de combates entre seres superpoderosos nos remitían al toque a cosas (maravillosas) que ya habíamos visto en Madman o The Atomics. Acá no. Yo soy muy fan de Allred, lo sigo a todas partes y nunca lo vi dibujar escenas de machaca ni remotamente parecidas a las que pela en esta saga. Monstruoso lo suyo.
Y bueno, iZombie se termina en el Vol.5 y no está mal. Las revelaciones jodidas de este tomo seguro van a servir para que el desenlace sea impactante, impredecible, bien climático. Veremos cómo se las ingenia Roberson para cerrar tantas puntas y encauzar a tantos personajes hacia un final satisfactorio. Por lo visto hasta ahora, le tengo mucha fe.
Y no, la verdad que no. De alguna manera, Chris Roberson se las ingenia para que por los costados de este incesante desfile de criaturas una más bizarra que la otra, avance un argumento lineal, fácil de seguir, con conflictos bien definidos, e incluso para que entre medio de todo el kilombo avancen sub-argumentos como el del romance entre Gwen (la protagonista) y Horatio, o el misterio de Gavin (el hermano de Gwen), o las extrañas vueltas de tuerca en la trama que involucra a Galatea (la villana), Claire y el cadáver de Francisco.
Es una especie de milagro irrepetible, porque casi cualquier otro guionista se armaría tanto kilombo con tantos elementos, tantas facciones cruzadas y tanto para explicar (como para que cada bizarreada resulte mínimamente digerible) que la serie sería imposible de seguir. Por ahora, y a dos tomos del final, todo parece muy coherente, todas las sub-tramas parecen avanzar hacia un desenlace bien pensado. Claro, en este devenir de las tramas también hay giros sorprendentes, como el que Roberson le pega en este tomo a Amon, o a la relación entre Gwen y Horatio y entre este último y Diógenes. La idea –creo yo- es que no nos distraigamos de lo fundamental: esto está lleno de criaturas extrañas, pero en el fondo, son todos humanos, y siempre por encima del kilombo y las luchas (bastante sangrientas, cabe aclarar) se imponen los conflictos que tienen que ver con los sentimientos, con las pasiones. En función de eso, Roberson cuida muchísimo los diálogos, cuyo realismo contrasta brillantemente con lo estrambótico de los personajes y de ciertos aspectos de la trama.
Este por ahí es el tomo más virado a la machaca de los tres que leí hasta ahora, pero hay un equilibrio muy logrado entre la acción, el misterio, el romance y la comedia. Incluso hay bastante machaca en el episodio que habitualmente Roberson le dedica a la exploración del pasado de algún personaje secundario. Esta vez elige revelarnos el origen de Diógenes en una historia fumadísima y muy intensa, ambientada en Brasil, con vampiros, ninjas y hombres-jaguar en la que el Carnaval de Río –por contraste- casi parece una escena de rutina, de algo normal que se ve cualquier tarde de Agosto caminando por Florida.
El flashback al pasado de Diógenes cuenta –una vez más- con un invitado de lujo: el inmenso Jay Stephens, un tipo al que se le dio poca bola en sus años de historietista y después optó por la animación, un campo en el que se consagró con su serie The Secret Saturdays. Stephens (cuyas historietas son todas de muy buenas para arriba) dibuja este episodio en su estilo más “superheroico”, limpito, sintético, muy dinámico, y a la vez con una impronta más rara, más oscura, tipo Beto Hernández. Una belleza.
El resto del tomo está todo dibujado por el cada día más grosso Mike Allred, el dibujante más groovy, más cool y encima uno de los más facheros que tiene el mercado yanki. Allred vuelve a lucirse en el dibujo y en la narrativa como si los guiones los escribiera él y como si tuviera cuatro meses para dibujar cada episodio. En una de esas tiene 134 asistentes, ni idea. Lo cierto es que en cada viñeta de iZombie el ídolo pone todo y mucho más. Y sin repetir! Por ahí en X-Statix las escenas de combates entre seres superpoderosos nos remitían al toque a cosas (maravillosas) que ya habíamos visto en Madman o The Atomics. Acá no. Yo soy muy fan de Allred, lo sigo a todas partes y nunca lo vi dibujar escenas de machaca ni remotamente parecidas a las que pela en esta saga. Monstruoso lo suyo.
Y bueno, iZombie se termina en el Vol.5 y no está mal. Las revelaciones jodidas de este tomo seguro van a servir para que el desenlace sea impactante, impredecible, bien climático. Veremos cómo se las ingenia Roberson para cerrar tantas puntas y encauzar a tantos personajes hacia un final satisfactorio. Por lo visto hasta ahora, le tengo mucha fe.
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