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lunes, 18 de marzo de 2024
A VER SI LOGRO RETOMAR
Acá estamos, después de una semana rara, en la que me absorbió muchísimas horas el evento de los Premios Cinder que hicimos sábado y domingo. Algo logré leer (siempre menos de lo que me hubiese gustado) y ahora tengo un rato para escribir las reseñas.
De casualidad, boludeando en una comiquería de París, me enteré que existía Ikki Mandara, un manga de Osamu Tezuka del que jamás había oído hablar. Son alrededor de 550 páginas, que el Dios del Manga serializó a lo largo de unos siete meses, entre 1974 y 1975, en la revista Weekly Shonen Sunday, hasta que la cerró de manera medio arbitraria, en un punto donde quedan colgadas algunas de las tramas que venía desarrollando.
La historia arranca en China en el año 1900, y se mete a fondo con la famosa (pero poco difundida en Occidente) revolución de los Boxers. En ese contexto, turbulento y complejo, emerge Sanniang, una joven campesina, ingenua e iletrada, que de alguna manera se convertirá en una hábil guerrera, por momentos una verdadera máquina de matar, que cobrará notoriedad entre las tropas rebeldes. Tezuka no le cobra para nada barato el protagonismo que le va a dar a Sanniang: la pobre piba va a vivir cientos de páginas al límite, y va a recibir (además de la discriminación típica de una sociedad que le tenía asignados roles muy menores a las mujeres) golpes, heridas, traiciones, torturas y violaciones. En algún momento, parece cobrar relieve una trama de amor no correspondido, pero al lado de lo que sufrió Sanniang por involucrarse con los Boxers, un revés romántico es casi una pelotudez.
Sobre el final de la primera mitad, Sanniang logra huir de China a Japón junto a Wang Taihai y en el segundo tramo de la obra, este otro revolucionario chino va a compartir protagonismo con la joven. Y se va a sumar un tercer protagonista, en este caso alguien que existió en la vida real: Ikki Kita, un destacado pensador, una figura de la filosofía política japonesa de principios del Siglo XX. Este tramo ambientado en Japón será un toque menos violento que el primero, pero seguirá a full la rosca política, la intriga palaciega, los conflictos entre tradiciones ancestrales y una modernidad que (con mucha guita en juego) viene a llevarse todo por delante. Acá hay más tiempo de debatir ideología, porque los personajes no están todo el tiempo tratando de que no los asesinen... aunque Wang Taihai la pasa bastante mal, pobre, por meterse en el medio entre la hija de una familia aristocrática y un poderoso empresario que tenía planeado casarse con ella.
En Ikki Mandara vemos a Tezuka ensayar lo que años más tarde va a hacer un poco mejor en Adolf: tomar un conflicto bélico del mundo real, un personaje fuerte que existió y que (por lo menos en Japón) todo el mundo conoce, y "decorarlo" con personajes ficticios, enroscados en una trama compleja, por momentos demasiado retorcida, y con un nivel de violencia absolutamente shockeante. ¿Por qué digo que en Adolf lo hace mejor? Primero, porque llega a un final mucho más contundente. Acá el manga se termina en cualquier lado, con uno de los protagonistas preso y los otros dos viendo qué carajo hacen con sus vidas. El propio Tezuka reconoce en el epílogo que le hubiese gustado continuar Ikki Mandara más adelante, tal vez en otra revista. Y lo más importante: el dibujo. Estas no son ni remotamente las páginas más inspiradas de Tezuka a nivel visual. Hay un trabajo excelente en los fondos, y en las batallas, y en todo lo que está pensado para apuntalar el realismo de la historia, pero los personajes están dibujados así nomás, de modo a menudo inconsistente. Así, mientras Sanniang parece un personaje de un manga infantil, que cada tres viñetas ve sus rasgos deformados de manera grotesca por el dolor, la sorpresa, la furia, o incluso por la alegría, Kita está dibujado como si fuera Golgo 13, o algún otro personaje de un gekiga de Takao Saito. Hasta los caballos están dibujados así nomás, sin mucho cuidado por la anatomía. Por suerte la puesta en página es gloriosa, y destaco sobre todo esa página de 32 viñetas, algo que nunca había visto funcionar tan bien como acá.
Imposible poner a Ikki Mandara entre las obras fundamentales del Manga no Kamisama, pero está buena para leer algo distinto, una aventura trepidante y zarpada en un contexto histórico fascinante. Como Adolf, pero varios años antes.
Hace mil años, el 20/07/16, hubo reseña del Vol.1 de Sex Criminals y recién ahora leí el Vol.2. Cualquiera. Lo importante es que me cagué de risa. En este segundo tomo pasan menos cosas que en el Vol.1, o por lo menos hay bastante menos acción. Entonces hay más desarrollo de personajes, más diálogos, más profundidad, y más sexo. Es maravilloso lo ido al carajo que está Matt Fraction en materia de chistes de pija, concha, guasca y garche. No recuerdo otros comics de mainstream yanki donde haya tanto de eso... Por ahí The Pro, aquella obra maestra de Garth Ennis y Amanda Conner... pero me acuerdo que en The Pro se hablaba de coger más de lo que efectivamente se cogía. En Sex Criminals, además de la sanata y los chistes, hay garche a pleno, y muchas veces es relevante para la trama.
Me pareció brillante el episodio en el que Fraction cuenta la vida de una piba que pasa en poco tiempo de bailar en bolas en cabarulos, a posar para revistas eróticas, a protagonizar películas porno, y todo el tiempo te hace la comparación entre lo que factura esta piba y lo que gana la gente común en laburos "normales" de oficina o mostrador. Pero en general, todo el tomo está bueno y te genera una empatía enorme con Jon y Suzie, los protagonistas de la serie.
Los dibujos son de Chip Zdarsky (sí, el guionista de Batman), que hace gala de un trazo preciosista, muy detallado, con gran atención por los detalles en los fondos y en el lenguaje corporal y gestual de los personajes. Además el propio Zdarsky está a cargo del color, que es magnífico y acompaña a la perfección los climas de la historia.
No sé cuándo voy a retomar la lectura de Sex Criminals, porque no tengo el Vol.3. Ojalá no pasen casi ocho más, porque este Vol.2 me dejó muy al palo. Hasta los extras que vienen al final del tomo están buenísimos, de verdad.
Nada más, por hoy. Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
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Chip Zdarsky,
Matt Fraction,
Osamu Tezuka,
Sex Criminals
jueves, 9 de enero de 2020
JUEVES EN CASA
Hoy no pisé la calle en
todo el día. No salí ni al chino de enfrente a comprar galletitas. Pero me
sobró tiempo para terminar unos libritos que tenía dando vueltas por ahí, y que
procedo a reseñar.
Arranco en EEUU, año 2016,
con el tercer y último recopilatorio del divertidísimo Howard the Duck de Chip
Zdarsky y Joe Quinones. El libro arranca con un episodio medio descolguetti en
la Savage Land (como siempre, con un montón de personajes invitados), que tiene
como principal atractivo los dibujazos del glorioso Kevin Maguire. Después
vuelve Quinones y la dupla nos ofrece uno de los episodios más lindos y más
emotivos de la serie, sin descuidar la machaca ni las apariciones de héroes o
villanos conocidos por cualquier fan de Marvel. Y los tres últimos números
componen una trilogía limadísima, metacomiquera a full pero hasta con menciones
muy explícitas a la película de Howard the Duck, ese mega-fiasco de 1986 que
casi funde a George Lucas. Esto es dinámico, es explosivo, es irónico, es
auto-referencial, apela de manera muy ingeniosa al recurso de convertir a los
autores en personajes y está realmente muy bien, sobre todo por la forma en la
que Zdarsky encuentra siempre los espacios para darle onda y carnadura al
protagonista, a los invitados, a los villanos y a los personajes secundarios.
A nivel visual, por
supuesto no hay con qué darle al maestro Maguire. Sus 20 paginitas se disfrutan
como si fueran 200 y siempre te deja pidiendo más. Pero lo de Quinones también
es dignísimo, con mucho despliegue, muy buenas expresiones faciales, pocos
fondos (muy bien puestos), hermosos flashbacks a los ´70 y hasta un plus que
suele complicarle la vida a los dibujantes: cuando el guión le pide que
convierta en personaje de historieta a una actriz del mundo real (en este caso
Lea Thompson), Quinones logra una resemblanza bastante convincente sin copiar
fotos y sin sacrificar plasticidad.
Y no hay más Howard the
Duck. Veremos cuándo le llega el turno de un nuevo relanzamiento a este
carismático personaje creado por el inolvidable Steve Gerber. Esta etapa de
Zdarsky y Quinones no eclipsa a las versiones de Gerber, pero se la re-banca.
Me vengo a Argentina, año
2019, cuando el sello Historieteca publica ¿Qué querés ser cuando seas grande?,
un nuevo trabajo de su fundador y editor, Marcelo Pulido. Esta vez Pulido forma
equipo con nueve dibujantes para imaginar una serie de historietas muy
cortitas, casi sin diálogos, centradas en situaciones de la vida cotidiana…
durante la sangrienta dictadura militar de 1976-83. Los vuelos de la muerte,
los bebés apropiados, listas negras, torturadores, torturados, violencia, “no
te metás”, madres de Plaza de Mayo y como telón de fondo, el Mundial ´78, una
pantalla imbatible para tapar el horror.
La historieta más larga
tiene siete páginas, así que te imaginarás que la idea de Pulido no es
precisamente profundizar en cada uno de los tópicos que visita. En esa cantidad
de páginas, ni siquiera se propone resolver un conflicto. A veces el conflicto
está sugerido, otras se lo explicita un poco más, y a veces la intención es más
la de describir un clima, un entorno, una atmósfera, que la de contar una
historia propiamente dicha. La idea (me parece a mí) es que el libro funcione
como una especie de crónica de esa época, sin caer en la obviedad del cuentito,
de “había una vez un país donde gobernaba el peronismo y éramos todos felices
hasta que un día vinieron unos genocidas muuuuy malos y mataron a un montón de
pibes y pibas porque decían que eran comunistas”. Y en ese sentido, el
resultado es muy satisfactorio.
Por supuesto que para
apostar tan fuerte a los silencios y a los climas, tenés que tener una
confianza ciega en los dibujantes y la verdad que el elenco que ensambló Pulido
es muy merecedor de esa confianza. Dante Ginevra deja la vida en cuatro páginas
preciosas, Lauri Fernández tira magia en cinco páginas sin una sóla palabra,
Jok tiene seis páginas y las aprovecha a pleno para jugar en dos estilos
distintos, Marcos Vergara se pone al hombro el guión más angustiante y hasta le
tira un homenaje a Las Puertitas del Señor López, Sergio Ibáñez la rompe con
los grisados y texturas en una historia truculenta (la única que podría contarse
en dos páginas, en vez de seis), Ian Debiase me emocionó con otra historia
100% muda de gran belleza visual y un ritmo precioso, José Massaroli pone un
claroscuro extremo al servicio de otra historia heavy y perturbadora (que también
está un poquito estirada), Fabián Mezquita dibuja más allá de lo humanamente
comprensible siete páginas que combinan a la perfección violencia y costumbrismo
y cierra Ezequiel Rosingana, con cuatro páginas que eran muy difíciles de
dibujar pero se ven bárbaras.
Gran trabajo del equipo
capitaneado por Marcelo Pulido, y gran incursión en una temática (la “crónica”
de la vida diaria bajo el régimen dictatorial) en la que curiosamente la
historieta argentina actual se ha metido bastante poco.
Esto es todo por ahora.
Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.
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Joe Quinones,
Marcelo Pulido
sábado, 14 de diciembre de 2019
OTRA PREVIA CON RESEÑAS
Y otra hermosa noche para salir a atorrantear por ahí.
Pero antes, flashback a 2016 para reseñar dos libritos
aparecidos ese año que pude leer en estos últimos días.
Allá por el 07/05/18 me tocó leer la antología El Volcán,
donde me topé con un excelente dibujante peruano, Eduardo Yaguas, para el cual
pedía urgente un guionista. Bueno, ahora me encontré con una novela gráfica de
unas 130 páginas, íntegramente realizada por Yaguas, y con un guión que –sin
ser la Octava Maravilla del Noveno Arte- me convenció de principio a fin.
Multitudes tiene una muy buena construcción de personajes,
muy buenos diálogos, una temática social fuerte, urgente, muy real, e incluso
con espacio para que Yaguas pueda limar, escaparle a la realidad que él mismo
se esfuerza por retratar, y contar escenas oníricas, de enorme atractivo
visual, sin que queden forzadas ni desubicadas. La bajada de línea
socio-política va para el lado correcto, los vínculos entre los personajes no
son los obvios, la resolución del conflicto tampoco… La verdad que –si no te
molestan las secuencias oníricas con las que Yaguas abre cada capítulo- te vas
a encontrar con un guión sólido y atrapante.
El dibujo… en realidad va por dos cauces distintos. Los
tramos en los que Yaguas muestra los sueños de los personajes están dibujados
de modo mucho más suelto, con unas tonalidades de grises hermosas, un armado de
la página loquísimo, casi sin primeros planos y con recursos muy raros para
evitar mostrar expresiones faciales. Y el resto de la novela, lo que vendría
ser « la realidad » está dibujado con la técnica del claroscuro, en
la que todo es o negro, o blanco. Y acá sí hay expresiones faciales (muchas muy
bien logradas), una grilla de viñetas más clásica y un trazo que me hizo
acordar al de otros grandes dibujantes peruanos como Rodrigo La Hoz y Jorge
Pérez Ruibal, pero más controlado, menos ido al carajo. Con algunas cositas de
Charles Burns en la iluminación (como los dibujantes ya mencionados), con
buenos recursos narrativos y bastante habilidad para pilotear páginas con
muchos cuadritos, algunos muy cargados de texto.
En síntesis, una novela gráfica muy atractiva, ideal para
descubrir a un autor que quizás en Argentina no sea muy conocido, pero que
reúne los méritos como para cosechar un importante número de fans, a lo largo y
a lo ancho del mundo de habla hispana.
Y de mi querida Lima me voy un poco más al norte, a EEUU, para leer el
segundo tomo de Howard the Duck de Chip Zdarsky y Joe Quinones (el Vol.0 lo
vimos el 28/10/17), de nuevo en la línea de aventuras muy en joda ambientadas
en el Universo Marvel. Y en eso último reside el… 70% de la gracia. Zdarsky
juega todas las cartas al contrapunto entre Howard y los personajes
« serios » de Marvel, que desfilan unos tras otros por estas páginas.
Los chistes pueden ser mejores o peores, pero para el fan de Marvel es
prácticamente imposible resistirse a una saga cósmica en tono de comedia en la
que aparecen el Silver Surfer, Dr. Strange, Galactus, los Guardians of the
Galaxy, el Wizard, el Stranger, el Collector… Un disparate. Por supuesto todo
muy light, sin la menor intención de explorar con un mínimo de profundidad las
consecuencias que generan las tropelías de Howard y su elenco, lo cual por un
lado está genial y por el otro seguramente le resta potenciales lectores a la
serie.
El TPB cierra con los dos numeritos del crossover entre la
revista de Howard y la de The Unbeatable Squirrel Girl (tengo el Vol.1 en la
pila de los pendientes, ya le entraremos). La primera parte está a cargo de
Ryan North y Erika Henderson (autores de TUSG) y la segunda a cargo de Zdarsky
y Quinones. Esto es otro delirio bastante cómico, con mucho ritmo, un montón de
personajes invitados y la novedad de poner en el rol de la villana a una chica
del palo del cosplay, obviamente muy pasada de rosca.
En cuanto al dibujo, excelente lo de Quinones (no tiene
laburos flojos, este animalito), muy bueno lo de Henderson y más raro que bueno
lo de Veronica Fish, quien reemplaza a Quinones en uno de los episodios de la
saga cósmica. Ya desde la portada queda claro que tenemos en las manos un producto de gran nivel gráfico y la verdad es que está todo muy cuidado: la puesta en
página, el color, el rotulado, las portadas alternativas que aparecen al final
del tomo… Se ve que –aunque no vendiera gran cosa- Marvel le ponía huevo al
comic de este carismático plumífero. Me queda sin leer un tomo más (creo que el
último), al que trataré de entrarle a la brevedad, a ver cómo cierra esta etapa
tan distinta a la clásica (la de Steve Gerber) y aún así tan disfrutable.
Nada más, por hoy. Gracias por el aguante en el tramo
final de esta décima temporada del blog y nos reencontramos pronto con nuevas
reseñas.
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Eduardo Yaguas,
Howard the Duck,
Joe Quinones
sábado, 28 de octubre de 2017
SABADO PRIMAVERAL
Hermoso clima hoy, para andar al aire libre. Pero yo estoy en casa muy al pedo, así que aprovecho para postear unas reseñas.
Me bajé a velocidades supersónicas el Vol.2 de Gilgamesh el Inmortal editado en España por 001 Ediciones, como para completar esa saga de Robin Wood y Lucho Olivera que había empezado la semana pasada. Bah, no la completé porque hay muchos más episodios… que no están recopilados.
El libro ofrece 13 historias, que arrancan justo antes de la Segunda Guerra Mundial y terminan muchos años en el futuro, cuando Gilgamesh logra lanzar un cohete a Marte (con él adentro) desde una Tierra devastada por la Tercera Guerra Mundial. Entre los dos últimos episodios pasan 30 años (lo que tarda el inmortal en dominar la tecnología de la NASA), pero los restantes están separados por una cantidad de tiempo mucho menor que en el tomo anterior. De hecho hay tres episodios ambientados en la Segunda Guerra, en un lapso de tiempo muy breve. O sea que recién una vez transcurridos 26 o 27 episodios llegamos a donde Lucho Olivera había llegado al final de su primer capítulo de Gilgamesh, allá a fines de los ´60.
Muchas de estas historias son brillantes. La prosa de Robin está afiladísima y se torna oscura y desgarradora una vez que Gilgamesh descubre que es el único ser vivo en el planeta tras el holocausto nuclear. Ahí la historieta cambia mucho, porque –al no haber nadie con quién pelear- prácticamente no hay conflictos. El conflicto se traslada al interior del personaje, y Robin lo plasma con maestría. También mete referencias a otros personajes de su creación: así como en el Vol.1 aparecía Nippur, acá mencionan a Or-Grund y a Max Chevalier, uno de los protagonistas de Aquí la Legión. Obviamente me copa que hayan usado a Gilgamesh para tirarnos pistas de que existía un Robinverse. Lo único choto es que Robin crea personajes alucinantes para usarlos en un sólo episodio: la gladiadora criogenada 20 siglos, el mutante que controla el sistema de espionaje de la URSS, el robot Napoléon… todos tienen onda de sobra para aparecer mucho más de lo que aparecen.
Y el otro bajón: el dibujo de Lucho viene a un nivel increíble, pero en un momento, cuando faltan cuatro o cinco episodios, experimenta una caída más brutal que la del poder adquisitivo del salario en estos dos años de revancha neoliberal. En las últimas 50 páginas del tomo vas a encontrar un puñado de viñetas maravillosas… y un montón muy toscas, resueltas con lo mínimo, como si Olivera hubiese perdido de golpe las ganas de dibujar. Igual recomiendo mucho estos libros de Gilgamesh, una aventura profunda, potente y más adictiva que los bizcochitos Don Satur hexagonales con azúcar negra.
Salto de 1981-82 a principios de 2015, cuando Chip Zdarsky y Joe Quinones lanzan una serie regular de Howard the Duck, que va a durar poquitos números y se va a reiniciar después de Secret Wars. El arranque es este Vol.0, un festival de chistes y situaciones bizarras muy efectivo, pero al que no le sobra para nada ese filo, esa arista de sátira social que encontramos en el Howard de Steve Gerber, o en el de Ty Templeton (ver reseña del 14/09/10).
Acá la gran jugada de Zdarsky consiste en convertir a Howard en un detective privado que opera ya no en Cleveland, sino en New York, una ciudad repleta de superhéroes. Y esa va a ser la principal fuente de chistes: la interrelación de Howard con los otros héroes y heroínas de Marvel, desde She-Hulk a los Guardians of the Galaxy, hasta llegar a un último episodio en el que unos 30 personajes le tienen que hacer el aguante a un villano de la B que se arma una especie de Guantelete del Infinito, también de segunda selección. El resultado es entretenido, me reí bastante, pero me pareció que el guionista abusa un poco del recurso de contraponer a Howard con los otros héroes de Marvel. Veremos si en el siguiente tomo (que pienso leer el año que viene) se abre un poco más el abanico de posibilidades para esta serie.
El dibujo de Quinones es limpito, dinámico, expresivo… ideal para una comedia de este tipo. Cuando juega a probar cosas locas en la puesta en página le sale muy bien y cuando hay que ponerle huevo a los fondos, pone sin mezquinar. Gran dibujante, que ojalá vuelva en los futuros tomos. Y bien también los amigos que dibujan los back-ups: Rob Guillory (el de Chew), Jason Latour (el de Southern Bastards) y Katie Cook, a quien no conocía. Habrá más Howard el año que viene.
Y ni bien tenga un par de libritos más leídos, habrá nuevas reseñas, así que será hasta pronto.
Me bajé a velocidades supersónicas el Vol.2 de Gilgamesh el Inmortal editado en España por 001 Ediciones, como para completar esa saga de Robin Wood y Lucho Olivera que había empezado la semana pasada. Bah, no la completé porque hay muchos más episodios… que no están recopilados.
El libro ofrece 13 historias, que arrancan justo antes de la Segunda Guerra Mundial y terminan muchos años en el futuro, cuando Gilgamesh logra lanzar un cohete a Marte (con él adentro) desde una Tierra devastada por la Tercera Guerra Mundial. Entre los dos últimos episodios pasan 30 años (lo que tarda el inmortal en dominar la tecnología de la NASA), pero los restantes están separados por una cantidad de tiempo mucho menor que en el tomo anterior. De hecho hay tres episodios ambientados en la Segunda Guerra, en un lapso de tiempo muy breve. O sea que recién una vez transcurridos 26 o 27 episodios llegamos a donde Lucho Olivera había llegado al final de su primer capítulo de Gilgamesh, allá a fines de los ´60.
Muchas de estas historias son brillantes. La prosa de Robin está afiladísima y se torna oscura y desgarradora una vez que Gilgamesh descubre que es el único ser vivo en el planeta tras el holocausto nuclear. Ahí la historieta cambia mucho, porque –al no haber nadie con quién pelear- prácticamente no hay conflictos. El conflicto se traslada al interior del personaje, y Robin lo plasma con maestría. También mete referencias a otros personajes de su creación: así como en el Vol.1 aparecía Nippur, acá mencionan a Or-Grund y a Max Chevalier, uno de los protagonistas de Aquí la Legión. Obviamente me copa que hayan usado a Gilgamesh para tirarnos pistas de que existía un Robinverse. Lo único choto es que Robin crea personajes alucinantes para usarlos en un sólo episodio: la gladiadora criogenada 20 siglos, el mutante que controla el sistema de espionaje de la URSS, el robot Napoléon… todos tienen onda de sobra para aparecer mucho más de lo que aparecen.
Y el otro bajón: el dibujo de Lucho viene a un nivel increíble, pero en un momento, cuando faltan cuatro o cinco episodios, experimenta una caída más brutal que la del poder adquisitivo del salario en estos dos años de revancha neoliberal. En las últimas 50 páginas del tomo vas a encontrar un puñado de viñetas maravillosas… y un montón muy toscas, resueltas con lo mínimo, como si Olivera hubiese perdido de golpe las ganas de dibujar. Igual recomiendo mucho estos libros de Gilgamesh, una aventura profunda, potente y más adictiva que los bizcochitos Don Satur hexagonales con azúcar negra.
Salto de 1981-82 a principios de 2015, cuando Chip Zdarsky y Joe Quinones lanzan una serie regular de Howard the Duck, que va a durar poquitos números y se va a reiniciar después de Secret Wars. El arranque es este Vol.0, un festival de chistes y situaciones bizarras muy efectivo, pero al que no le sobra para nada ese filo, esa arista de sátira social que encontramos en el Howard de Steve Gerber, o en el de Ty Templeton (ver reseña del 14/09/10).
Acá la gran jugada de Zdarsky consiste en convertir a Howard en un detective privado que opera ya no en Cleveland, sino en New York, una ciudad repleta de superhéroes. Y esa va a ser la principal fuente de chistes: la interrelación de Howard con los otros héroes y heroínas de Marvel, desde She-Hulk a los Guardians of the Galaxy, hasta llegar a un último episodio en el que unos 30 personajes le tienen que hacer el aguante a un villano de la B que se arma una especie de Guantelete del Infinito, también de segunda selección. El resultado es entretenido, me reí bastante, pero me pareció que el guionista abusa un poco del recurso de contraponer a Howard con los otros héroes de Marvel. Veremos si en el siguiente tomo (que pienso leer el año que viene) se abre un poco más el abanico de posibilidades para esta serie.
El dibujo de Quinones es limpito, dinámico, expresivo… ideal para una comedia de este tipo. Cuando juega a probar cosas locas en la puesta en página le sale muy bien y cuando hay que ponerle huevo a los fondos, pone sin mezquinar. Gran dibujante, que ojalá vuelva en los futuros tomos. Y bien también los amigos que dibujan los back-ups: Rob Guillory (el de Chew), Jason Latour (el de Southern Bastards) y Katie Cook, a quien no conocía. Habrá más Howard el año que viene.
Y ni bien tenga un par de libritos más leídos, habrá nuevas reseñas, así que será hasta pronto.
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