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miércoles, 21 de agosto de 2024
TARDE DE MIÉRCOLES
Sigo adelante con las lecturas, y sin más prolegómenos me sumerjo en las reseñas.
En 1996, los amigos de la Semana Negra de Gijón reeditaron en un tremendo librazo los 10 primeros episodios de Delta 99, una serie creada en 1968 por Josep Toutain básicamente para vendérsela a revistas de aventuras juveniles de distintos mercados. Toutain no escribió ni dibujó las historietas: puso los dibujos en manos de un muy joven Carlos Giménez (con Adolfo Usero como principal colaborador) y los guiones en manos del experimentado Jesús Flores Thies, con quien más tarde se peleó, y así es como el décimo episodio está escrito por el maestro Víctor Mora.
La verdad que ninguno de los guiones me generó demasiado interés. Son todas aventuras bien de fórmula, en la línea de las películas de James Bond, con un héroe canchero, imbatible, que vive peripecias extremas en las grandes ciudades, en el océano, en el desierto, en la nieve, en castillos medievales... lucha contra una organización diabólica que quiere dominar el mundo, femme fatales, una pandilla de motoqueros violentos, científicos malignos, un clásico villano encapuchado... todos rodeados de sicarios con pésima puntería, como para que vos siempre sepas que Delta va a salir indemne, o a lo sumo con algún raspón. El héroe pilotea autos zarpados, lanchas, motos, aviones, esquía, bucea... un capo en todas las disciplinas, cuya habilidad se explica por el hecho de que su origen no está en nuestro planeta, sino que se trata de un agente del espacio exterior... una idea potencialmente interesante, pero que los guionistas no utilizan como motor de las aventuras. El único personaje secundario interesante me gustó mucho (Lu, la pirata china) y en general, los episodios en los que su rol es más pequeño son los más flojos. Pero ni siquiera cuando Lu tiene más peso en las tramas encontré algo que me impactara o me emocionara.
Obviamente el atractivo de Delta 99 pasa por el dibujo de Carlos Giménez, o en realidad por ver cómo en estos primeros trabajos (casi el Year One del mítico autor) empiezan a aparecer tímidamente los rasgos que van a caracterizar a su trazo en los años venideros. Acá se ve a un dibujante competente, pero con poca identidad, que por momentos parece muy influenciado por clásicos de las tiras de prensa de EEUU (Milton Caniff, Frank Robbins), mientras que otras veces la impronta tiene más que ver con la de los dibujantes de aventuras de las revistas infanto-juveniles francesas o británicas, sobre todo Peter O´Donnell. En ese mix se cuela también algún que otro rostro femenino que parece de José González (compañero de Giménez y Usero en la agencia de Toutain) y de a poquito, rasgos gráficos que después van a aparecer en las obras posteriores tanto de Carlos como de Adolfo.
Son historietas muy presentables, muy profesionales, donde los jóvenes dibujantes demuestran que dominan el oficio, que entienden perfectamente cómo funciona la narrativa, el armado de las secuencias, el movimiento de "la cámara"... todo eso está. Brilla poco, porque acá se nota la falta de originalidad, el esfuerzo porque todo encaje en un molde que viene impuesto por otros mercados y otras lógicas de producción, que poco tienen que ver con lo que va a crear Giménez cuando se libre de esas restricciones. Pero algo de ese Giménez superlativo de la segunda mitad de los ´70 y todos los ´80 ya asoma en estas páginas y se disfruta mucho. No como para salir corriendo a buscar este masacote de 250 páginas (impreso como los dioses, con muy buen papel y excelentes textos complementarios), a menos que realmente te quieras interiorizar a fondo con lo que fue este clásico español (con proyección internacional) de la bisagra entre los años ´60 y ´70.
Me quedaba sin leer el Vol.2 de Madman Atomic Comics y le entré con bajas expectativas, lo cual se explica releyendo las reseñas del 27/09/22 y el 01/08/24 (sí, soy un goma que lee los comics en el orden incorrecto). Lo que me encontré fue un poco más de lo que esperaba. Para el nº8, a Mike Allred se le ocurre (otra vez) una gran idea para presentarle a Madman y su mundo al lector que no tenía la menor idea de que existían estos personajes. Medio al pedo, porque ya lo había hecho en el nº1 de esta serie, pero bueno, funciona además para introducir el misterio de esa voz en off que le habla a Madman en segunda persona y que más tarde sabremos quién es. Como con esto no llena 32 páginas, complementa con una historia cortita, en joda, que esta bastante bien. El nº9 es un ejercicio hipnótico de narrativa, una locura más de Allred que visualmente es espectacular, pero que no deja margen para el desarrollo de subplots, n¡ para profundizar en los distintos personajes involucrados en el relato. Es simplemente acción, plasmada de una manera original e impactante, pero no hay mucho más para rescatar. El nº10 ofrece apenas 22 páginas de historieta en las que no pasa absolutamente nada, pero por lo menos hay buenos diálogos y algo de desarrollo para algunos personajes.
El nº11 está estiradísimo, pero en un punto llega al muy interesante encuentro entre Madman (que sabe poco acerca de buena parte de su pasado) y la voz misteriosa, que resulta saberlo todo. Hay un lindo homenaje a David Bowie, y una revelación shockeante en la última página, un giro imprevisto que hace que te quieras devorar el número siguiente. Pero el número siguiente es choto: un prólogo largo y anodino al combate a todo o nada con un villano, que empieza pocas páginas antes del final. Así que el arco de Joe y Luna se termina de resolver en el nº13, último de este recopilatorio, que empieza con la derrota del villano, y ya para la sexta o séptima página pasa a ser una larga sucesión de charlas entre los personajes, mientras los científicos ven si pueden resucitar a un miembro de los Atomics que no está exactamente muerto, pero necesita ayuda. Y después, para engordar el tomo y cobrarlo u$ 20, tenemos 40 páginas de bocetos, pin-ups de otros artistas, dibujos sueltos, versiones de las portadas sin los logotipos y demás material de relleno que es muy lindo de mirar pero que no aporta nada en cuanto a la lectura de las historietas.
No me aburrí demasiado, no sentí que Allred me estuviera faltando el respeto, entiendo la intención, la búsqueda, la experimentación... Aluciné fuerte con el dibujo, que está a un nivel indescriptible, más allá de toda exégesis, amé los colores de Laura Allred, los personajes me parecen copados... Lo que no me cerraron mucho son los conflictos. No solo pasan pocas cosas, sino que las que pasan no me llegaron a conmover demasiado. O sea que, si bien el balance de este Vol.2 me da levemente positivo, el contexto general, el de los tres tomos que componen la serie, me defraudó un toque. Me encanta Madman, quisiera tener todos los meses comics nuevos de Allred para leer, pero hay algo en esta serie (que por algo fue la última) con lo que me cuesta conectar.
Nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto acá en el blog y el miércoles 28 hay una nueva emisión en vivo de Agenda Abierta en el canal de YouTube de Comiqueando, por si se quieren dar una vuelta.
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sábado, 21 de agosto de 2021
16 al 22 de AGOSTO
Bueno, esta semana leí bastante, no sé si mucha cantidad, pero seguro bastante variado.
Empecé con Yugurta, una serie de aventura histórica realizada por Jean-Luc Vernal y el maestro Hermann para la revista Tintin, allá por 1967. Es una historieta clásica, con mucho sustento en la historia real de los pequeños reinos del norte de África en los tiempos del Imperio Romano y las Guerras Púnicas. Una historia de honor, lealtad y coraje, contada de manera muy tradicional, con páginas que nunca bajan de las 10 u 11 viñetas, mucho rigor en la documentación histórica, sin chistes, sin tramas románticas, sin personajes femeninos, con bastante acción pero poco énfasis en la sangre. No me aburrió principalmente porque me encontré con unas cuantas secuencias mudas, en las que estos príncipes, caudillos y dignatarios imperiales se callan un poco la boca y dejan que el dibujo conduzca el hilo de la narración.
Y el dibujo es muy bueno. Hermann está todavía muy verde, le falta muchísima sopa para ser el Hermann de Comanche, o sea que está a años luz del Hermann de los ´80 en adelante, que es el que a mí más me gusta. Pero la jerarquía se le nota más que la inexperiencia. El belga sabía que estaba haciendo sus primeros palotes, y para asegurarse de no pifiar, optaba por el camino más seguro: chorearle al maestro Jijé, al capo indiscutido de aquella época al que copiaban todos los muchachos que se volcaban a los estilos vinculados a la aventura realista. El resultado es ese: un Hermann embrionario que se disfraza de Jijé y le da a Yugurta una impronta para nada personal, pero sí muy efectiva. Tengo el segundo álbum, también pendiente de lectura, y creo que Hermann solo dibujó esos dos. Cualquier garrón que haya que comerse en materia de guiones, está ampliamente justificado por el atractivo de ver en primera fila los inicios de este monstruo sagrado del dibujo y la narrativa, que hoy sigue vigente con sus 81 enormes años.
Me voy a Italia, al año 1996, cuando se publica el 30º tomito de 96 páginas de Cybersix, con una nueva novela gráfica completa de la superheroína-androide-vampiro-transexual. Esta entrega tiene la particularidad de que en los créditos solo figuran Carlos Trillo y Carlos Meglia, con lo cual se puede suponer que esta vez la dupla produjo estas 96 páginas sin asistentes, ni en el guion ni en el dibujo. Eso hace a “Bella Senz´Anima” una historieta 100% atractiva… hasta que la leés. Ojo, no es chota. Comparada con muchas de las que vimos hasta ahora, es una buena novelita de Cybersix. Pero sigue sin acercarse al nivel que tenía la serie cuando Trillo y meglia producían solo historias cortas de 12 páginas.
Acá el principal problema es que el argumento daba para… una historia corta de 12 páginas, 16 con la mejor voluntad. Y la decisión de estirarla a 96 hace que Trillo le agregue un sinnúmero de escenas muy predecibles, que están narradas con onda y oficio, pero que podrían tranquilamente no estar. ¿Qué logra con esta estirada brutal? Que los verdaderos protagonistas de la aventura, que son el ángel Azrael y el demonio Shaitan (ambos de infinito poder), no se ajusten al clásico estereotipo y ganen en complejidad y profundidad. Y nada más que eso. El conflicto central, en el que ambos se disputan la afiliación de Cybersix a un bando o al otro, se resuelve en menos de 10 páginas, que ni siquiera son las más divertidas. O sea que, de verdad, la estirada del argumento daño seriamente al guion. Por suerte el dibujo es espectacular como pocas veces, con Meglia desencadenado, prendido fuego, dispuesto a demostrar quién es el dueño de la magia visual que tantos otros dibujantes trataban de reproducir en los episodios que el quilmeño “tercerizaba”. En algún momento, el tedio le gana a Meglia y el nivel de descontrol baja un poquito. Pero las primeras 30-35 páginas son un despliegue de talento e imaginación al filo de la maravilla. Solo por eso, “Bella Senz´Anima” entra entre los mejores libritos de esta colección, eternamente inédita en castellano.
Y termino en España, donde entre 1996 y 1997 el gigantesco Carlos Giménez se relaja un toque y produce las siete historietas contenidas en Sexo y Chapuza Vol.6: Talla Especial. Estas son comedias costumbristas, sin elementos fantásticos, sin política, sin pathos. Es simplemente Giménez en plan de joda, dedicado a narrar con su línea versátil y preciosa breves anécdotas que le cuentan sus amigos, ya sea Enrique Ventura, Miguel Fuster, o algún otro. Las anécdotas de Fuster las cuenta a través de un personaje llamado Miguel, un loser al que su mujer lo abandonó y desde entonces se dedica al escabio y al sexo con prostitutas. Y para las otras, crea a los amigos Edu, Pablo y Leo, tres jóvenes alzados dispuestos a casi todo con tal de ponerla.
Obviamente no todos los guiones son igual de buenos. Hay un par MUY buenos y un par meh. Y el título no es humo: en todas es importante el sexo y la joda. Hay diálogos muy graciosos, personajes bien delineados, situaciones al límite, y en general se hace todo muy llevadero porque las historias son cortas, como deben ser las anécdotas para que funcionen. Y –ni hace falta decirlo- está todo tan pero tan bien dibujado, que las historias podrían ser infinitamente más pedorras, y aun así estaríamos hablando de un libro que vale la pena tener. El dibujo de Giménez y su intuición para armar las escenas, elegir los encuadres y ponerle un tempo narrativo a cada uno de estos relatos son sencillamente perfectos. No hay fisuras, no hay “peros”, no hay improvisación. Hay un maestro totalmente afianzado en un oficio que domina como nadie, y que no tiene problema en dar el 100% de su talento incluso para contar historias “menores” de borrachos patéticos y borregos alzados. Genio absoluto.
Y nada más, por hoy. Sigo laburando con tutti para que pronto puedan descargar el nº3 de Comiqueando Digital en https://comiqueandoshop.blogspot.com/. Gracias y hasta el finde que viene.
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martes, 24 de septiembre de 2019
NUEVAS LECTURAS
Hora de avanzar con las
lecturas y en este caso vuelvo a meterme con dos series que ya tenía empezadas.
¿Por qué me animé a leer
el Vol.2 de StarCraft: Ghost Academy si el 1 me había parecido poco menos que
lamentable? Porque el dibujo de Fernando Heinz Furukawa me pareció muy sólido y
muy ganchero, pero sobre todo porque cambiaron de guionista. Este tomo está a
cargo de David Gerrold, veterano escritor de cuentos y novelas de
ciencia-ficción, y autor de varios episodios de series de TV como Star Trek, Babylon
5 y The Twilight Zone. La verdad es que se nota bastante y desde temprano que
acá hay un tipo que tiene alguna idea de qué corno quiere hacer con los
personajes.
Lo único que no me cerró
es la cantidad de páginas que dedica Gerrold a mostrarnos lo jodida que es la
amenaza con la que se van a enfrentar los protagonistas en el Vol.3. El resto,
sin ser la mega-maravilla, está bien. Hay un buen ritmo, hay momentos fuertes,
momentos impredecibles,un par de secuencias oníricas bien aprovechadas, avanza
coherentemente la relación entre los personajes, incluso se enfatiza un poco
más la arista socio-política de esta academia donde se entrena a chicos y
chicas con poderes psiónicos para después usarlos como armas vivientes en una
guerra entre imperios recontra-power. Incluso sin manejar la más mínima noción
del universo del videojuego de StarCraft (como es mi caso), esta aventura
resulta competente, con el atractivo suficiente como para querer leer el Vol.3
sin sentirse un mártir de la causa.
Y como ya señalamos, el
dibujo de Heinz Furukawa es muy notable. Logra combinar la fuerte de varios
mangakas populares con una narrativa 100% occidental, pero además muy clara,
muy dinámica, sin fisuras. El dibujante y su equipo de asistentes (en el que
aparecen nombres conocidos como Rocío Zucchi, Wally Gómez, Tomás Aira, Roberto
Viacava, Perla Pilucki, Mauro Vargas, Leandro Rizzo, Pablo Churin y el hoy
guionista Gonzalo Duarte) no se guardan nada y explotan sobre todo en las
escenas mudas, que tienen una fuerza bárbara. Una vez más, la aplicación de los
grises es el punto más alto dentro de una faz gráfica que no me canso de
destacar. Veremos qué me depara el Vol.3 (y último) de esta serie que arrancó
tan mal escrita y mejoró mucho entre el primer tomo y este.
Se impone también cerrar
alguna de las series que venía siguiendo, y así es como llegamos al Vol.4 de
36-39 Malos Tiempos, la trágica recreación que hizo el maestro Carlos Giménez
de la vida en Madrid durante la Guerra Civil Española. En este último tramo,
Giménez aborda el final de la guerra e indaga a fondo en el cambio de status
quo que significa la entrada en la capital española de las tropas vencedoras,
que son las del bando fascista liderado por Francisco Franco. Como si fuera
poco con el hambre y las enfermedades, ahora los sobrevivientes deben enfrentar
también la venganza, las represalias del bando al que combatieron hasta donde
se pudo y que finalmente se quedó con la manija. Una vez más, Giménez no ahorra
crueldades ni sinsabores para los madrileños que lucharon por la República y
cayeron derrotados.
Si algo había para
criticarle a los tomos anteriores de 36-39 es que las historias que Giménez nos
contaba con Marcelino, Lucía y sus hijos se podían contar con cualquier otro
grupo de personajes. No había muchos rasgos que distinguieran a Marcelino y
Lucía de otros hombres y mujeres de la época, no se profundizaba demasiado en
sus personalidades ni se cuestionaban mucho los motivos que los llevaban a
tomar esas decisiones y no otras. Pero mirá vos lo que son las cosas: este
cuarto y último tomo le da MUCHA más bola a los personajes, los desarrola mucho
más. No los pone por arriba de la historia, porque la historia tiene una fuerza
dramática devastadora, pero los redondea y los define muchísimo mejor.
Del dibujo de Carlos
Giménez ya casi no tiene sentido hablar. El prócer está en un nivel
extraordinario, sublime. Incluso con viñetas en las que los bloques de texto
tienen mucho protagonismo, incluso sin romper muy a menudo la grilla de seis
viñetas de igual tamaño, el creador de Paracuellos te atrapa con su trazo
vigoroso, potente, sintético y en menos de dos páginas ya te convence de que
eso que estás viendo es LA REALIDAD. Además, pone en juego todos los recursos
habidos y por haber para hacerte sentir con una fuerza bestial los climas, los
silencios, la expresividad de rostros y cuerpos, y lo más importante: las
emociones que viven los involuntarios protagonistas de una de las sagas más
desgarradoras que nos dio el Noveno Arte.
Una vez terminada 36-39, Carlos
Giménez se tomaría un descanso y se sentaría a acumular premios y
reconocimientos, hasta 2012, cuando regresará con otra obra extensa, también
basada en hechos reales, pero menos heavy: Pepe, la biografía del gran Pepe González,
que nunca leí porque no la tengo (acepto donaciones). Y tampoco tengo sin leer
otras obras de Giménez, así que me despido (al menos por un tiempo) de este
genio español que con los cuatro álbumes de la magnífica 36-39 me hizo sufrir más
que Racing.
Gracias a todos los que se
acercaron a saludarme en el evento en La Plata y nos reencontramos pronto con
nuevas reseñas, acá en el blog.
miércoles, 21 de agosto de 2019
MIERCOLES DE REALISMO
Casualmente los dos
últimos libros que leí son historietas en blanco y negro, de un único autor,
sin ningún tipo de elementos fantásticos y bastante bajoneras.
Por un lado, retomé la
serie 36-39 Malos Tiempos, del prócer español Carlos Giménez, con el Vol.3 (el
Vol.2 lo vimos el 20/12/16). Esto es absolutamente desgarrador, una patada al
alma atrás de otra. Imaginate que a una gran ciudad dejan de entrar alimentos.
En poco tiempo, no hay más comida en ningún lado. La gente (que ya se morfó a
caballos, gatos y perros) hace largas colas para conseguir aunque sea una papa,
y al poco tiempo empieza a desmayarse de hambre por la calle, o directamente a
morir de inanición. A los cadáveres que pueblan las calles fruto del hambre y
las enfermedades, se suman los cientos de muertes causadas por los constantes
bombardeos, por parte de aviones que pasan todos los días… y todas las noches.
O sea que, si el hambre y el frío te dejaran dormir, igual te despertarían los
estruendos de las bombas. Y tendrías que salir corriendo de donde sea que estás
tratando de dormir, por miedo a que el techo se te caiga encima, o que todo el
edificio se prenda fuego. En estas constantes evacuaciones perdés
sistemáticamente objetos de valor, ropa de abrigo y hasta hijos y esposas o
maridos. Y ahí vas de nuevo, a escabullirte a otro refugio como si fueras una
rata, gambeteando fiambres y pestilencia.
No, no es una ficción del
género post-holocausto. Así vivieron los madrileños mientras la capital
española fue asediada por la insurrección fascista que llevó al poder al
nefasto genocida Francisco Franco. Sí, todas esas penurias que sufrieron los
hombres, mujeres y niños de Madrid, les fueron infligidas por compatriotas
suyos. No fueron los franceses, ni los ingleses, ni los marcianos. Fueron otros
españoles, lo cual hace que todo sea mucho más atroz, más jodido, más
angustiante… y obviamente más difícil de explicar a quien no tenga la menor
idea de qué pasó durante la tristemente célebre Guerra Civil Española.
Por suerte está Carlos
Giménez para recrear esos Malos Tiempos con un rigor documental escalofriante,
con su trazo dinámico y recontra- expresivo, con su narrativa cristalina, con
su equilibrio perfecto entre masas negras y espacios blancos y –lo que a mí más
me gusta- decidido a no bajar ninguna bandera. Giménez sigue denunciando los
crímenes de lesa humanidad de la dictadura franquista, no se resigna a barrer
bajo la alfombra la hora más oscura de la historia de su país. La memoria (los
argentinos lo sabemos muy bien) duele como la San Puta, pero sin memoria no hay
verdad, sin verdad no hay justicia y sin justicia las heridas no cicatrizan
jamás. Además de tremendas, estas historietas son 100% verosímiles, por eso a
pesar de estar buenísimas, te dejan un sabor horrendo, como si te transaras a
Laura Alonso en el bunker de Cambiemos. Me queda el cuarto y último tomo
pendiente, y prometo entrarle pronto.
La Hija del Carpintero es
la novela gráfica más reciente de Brian Janchez, y la más extensa en la carrera
de este notable autor argentino. Esta también es una historia 100% verídica,
probablemente basada en hechos reales.
Como en varias de sus
obras más recientes, Janchez usa diálogos muy breves y precisos, cortitos y al
pie, junto a bloques de texto que se cargan encima buena parte del flujo del
relato, pero que también están escritos con una prosa adusta, para nada florida
ni sobrecargada. Esto genera un contraste bastante notable, porque los recursos
narrativos que pone en juego Janchez hacen que uno se aleje de lo que nos
cuenta, genera entre el lector y los personajes una relación fría, distante. Y
sin embargo, la historia en sí, lo que de hecho le pasa a Berta a lo largo de
estas 84 páginas, logra el efecto contrario, que es que el lector se involucre,
se identifique, sienta lo que siente Berta, sufra y (muy de vez en cuando) goce
con ella.
El otro contraste lo
obtiene Janchez desde el dibujo. Como ya lo hiciera tantas veces Chris Ware,
Brian narra una historia cotidiana, muy próxima, por momentos muy triste, con
un estilo muy idóneo para contar historias de corte humorístico. La línea
despojada de Janchez, sin efectos de iluminación y con ese tembleque que
recuerda a Charles Schulz, va perfecto con la comedia o el humor puro y duro.
En La Hija del Carpintero hay menos humor que en una película de Ingmar Bergman,
y contar una historia así con ese trazo, es sin dudas un manifiesto por parte
del autor.
En síntesis, La Hija del
Carpintero es una historia conmovedora, real, de alcance barrial (no llega a
ser urbana), seria, dramática y que le permite a Janchez desplegar una amplia
gama de recursos narrativos muy bien manejados. También produce en el lector
una cierta amargura (menos que 36-39, porque no hay casi violencia), que se
mezcla con la grata sensación de haber leído un buen comic en el que un buen
autor hizo lo que se le cantaron las pelotas. No es poco.
Nos reencontramos pronto
con nuevas reseñas, acá en el blog. Y vayan pensando qué quieren hacer a fines
de Diciembre o principios de Enero para festejar los 10 años de 365 Comics por
Año…
martes, 20 de diciembre de 2016
TRES DE REGRESO
Bueno, ya estoy de vuelta. Vamos con más reseñas.
Le di una posibilidad a RW: Rodolfo Walsh en Historietas, un libro que a priori no me había interesado mucho, porque al hojearlo me había parecido flojo el dibujo. Lo abrí sin saber qué me iba a encontrar: no sabía si eran relatos de Walsh adaptados al comic, o una biografía del mítico periodista y escritor. Finalmente descubrí que es casi lo segundo: son momentos elegidos en la vida de Walsh, que respetan el orden cronológico pero no se plantean como una biografía lineal, sino que tienen la sana intención de parecer episodios autoconclusivos.
Y bueno, no me pareció un espanto, pero tampoco lo recomiendo a nadie que no sea MUY fanático de Walsh. Los guiones de Gonzalo Pena son correctos, con los textos de Walsh bien integrados a las historias mediante diálogos y bloques de texto, pero sin hallazgos ni emociones para destacar. El dibujo de CJ Camba tiene algunos momentos interesantes y muchos muy aburridos. Lo mejor que ofrece es el manejo de las tramas de grises y lo más flojo se ve cuando mezcla distintas técnicas de entintado algunas de las cuales no maneja con solvencia. La historieta mejor dibujada es la más breve, RW en Palestina.
Seguimos con historietas basadas en hechos reales y estaba debiendo un comentario acerca del Vol.2 de 36-39: Malos Tiempos, segunda entrega de esta anti-epopeya de Carlos Giménez ambientada en la Guerra Civil Española. Esta vez, Giménez se concentra en la vida de Marcelino y su familia, que resisten en la Madrid sitiada por las fuerzas de Francisco Franco. Una ciudad que vibra cada noche al ritmo de los bombardeos y en la que las condiciones de vida son cada día más precarias, porque escasea lo más básico, que son los alimentos. Giménez no escatima escenas escabrosas en las que vemos nenes y ancianos cagados de hambre, pero va más allá del golpe bajo.
36-39 es un compendio de breves historias atroces, desgarradoras, donde no existen los héroes, ni la esperanza, ni la más remota posibilidad de un final feliz, a las que el trazo caricaturesco, suelto, vibrante del autor trata de restarle un poquito de oscuridad. La última historieta (la más extensa) tiene 15 páginas y es la única en la que Giménez desarrolla personajes por afuera de Marcelino, Lucía y sus hijos. Es como un autoconclusivo dentro de este tapiz de historias cortas y además es una joya, un relato de una intensidad y una crudeza tremendamente impactantes. Me faltan los Vol.3 y 4 de esta colección, que nunca los vi. Acepto donaciones.
Me voy al otro extremo, a una historia tan fantástica que transcurre en una realidad alternativa en la que el Imperio Británico rige supremo aún a principios del Siglo XXI. Se trata de Heart of the Empire, la secuela a la gloriosa The Adventures of Luther Arkwright, del maestro inglés Bryan Talbot. Rápidamente te digo que no, que Heart of the Empire no está al nivel de aquella gema. No sólo porque casi no aparece Luther, sino que hay varias diferencias más: al estar pensado para color, Talbot se controla mucho en el dibujo. Acá no vas a ver todo ese despliegue fastuoso de texturas, tramitas y efectos de iluminación que usaba el ídolo para darle fuerza al dibujo en blanco y negro, sino que hay una línea más power y menos sobrecargada, a la que luego Talbot complementa con el color (que está muy bien). Además, hay menos viñetas por página y más secuencias mudas.
El argumento está muy bien, pero un toque estirado. Hay un in crescendo hacia una secuencia final en la que Talbot te agarra de la garganta y te estrangula, en un montaje apasionante entre distintas escenas que transcurren al mismo tiempo, pero en distintos escenarios. Hasta llegar ahí, tenemos intriga política, machaca, sexo, ciencia-ficción, bajada de línea anti-monárquica y anti-eclesiástica, romance, misterio, realidades paralelas, terror… Una historia muy ganchera, con muchos personajes interesantes y muchos momentos fuertes. Por momentos, en esas escenas en las que Talbot detona el climax de la historia, aparecen los fantasmas de Moebius y Jodorowsky, o de Katsuhiro Otomo, pero no porque Talbot los copie, sino porque capta a la perfección esa sensación inquietante, inmensa, de “se pudre todo” que nos hicieron vivir Akira o El Incal. Si te gustó The Adventures of Luther Arkwright, no tenés ninguna opción más que entrarle a Heart of the Empire. Si no la leíste, o no te gustó, hay obras de Bryan Talbot que (creo yo) te van a cebar más.
Me queda pendiente la reseña del Vol.4 de Wonder Woman, que va a estar acá la próxima vez que postee.
Le di una posibilidad a RW: Rodolfo Walsh en Historietas, un libro que a priori no me había interesado mucho, porque al hojearlo me había parecido flojo el dibujo. Lo abrí sin saber qué me iba a encontrar: no sabía si eran relatos de Walsh adaptados al comic, o una biografía del mítico periodista y escritor. Finalmente descubrí que es casi lo segundo: son momentos elegidos en la vida de Walsh, que respetan el orden cronológico pero no se plantean como una biografía lineal, sino que tienen la sana intención de parecer episodios autoconclusivos.
Y bueno, no me pareció un espanto, pero tampoco lo recomiendo a nadie que no sea MUY fanático de Walsh. Los guiones de Gonzalo Pena son correctos, con los textos de Walsh bien integrados a las historias mediante diálogos y bloques de texto, pero sin hallazgos ni emociones para destacar. El dibujo de CJ Camba tiene algunos momentos interesantes y muchos muy aburridos. Lo mejor que ofrece es el manejo de las tramas de grises y lo más flojo se ve cuando mezcla distintas técnicas de entintado algunas de las cuales no maneja con solvencia. La historieta mejor dibujada es la más breve, RW en Palestina.
Seguimos con historietas basadas en hechos reales y estaba debiendo un comentario acerca del Vol.2 de 36-39: Malos Tiempos, segunda entrega de esta anti-epopeya de Carlos Giménez ambientada en la Guerra Civil Española. Esta vez, Giménez se concentra en la vida de Marcelino y su familia, que resisten en la Madrid sitiada por las fuerzas de Francisco Franco. Una ciudad que vibra cada noche al ritmo de los bombardeos y en la que las condiciones de vida son cada día más precarias, porque escasea lo más básico, que son los alimentos. Giménez no escatima escenas escabrosas en las que vemos nenes y ancianos cagados de hambre, pero va más allá del golpe bajo.
36-39 es un compendio de breves historias atroces, desgarradoras, donde no existen los héroes, ni la esperanza, ni la más remota posibilidad de un final feliz, a las que el trazo caricaturesco, suelto, vibrante del autor trata de restarle un poquito de oscuridad. La última historieta (la más extensa) tiene 15 páginas y es la única en la que Giménez desarrolla personajes por afuera de Marcelino, Lucía y sus hijos. Es como un autoconclusivo dentro de este tapiz de historias cortas y además es una joya, un relato de una intensidad y una crudeza tremendamente impactantes. Me faltan los Vol.3 y 4 de esta colección, que nunca los vi. Acepto donaciones.
Me voy al otro extremo, a una historia tan fantástica que transcurre en una realidad alternativa en la que el Imperio Británico rige supremo aún a principios del Siglo XXI. Se trata de Heart of the Empire, la secuela a la gloriosa The Adventures of Luther Arkwright, del maestro inglés Bryan Talbot. Rápidamente te digo que no, que Heart of the Empire no está al nivel de aquella gema. No sólo porque casi no aparece Luther, sino que hay varias diferencias más: al estar pensado para color, Talbot se controla mucho en el dibujo. Acá no vas a ver todo ese despliegue fastuoso de texturas, tramitas y efectos de iluminación que usaba el ídolo para darle fuerza al dibujo en blanco y negro, sino que hay una línea más power y menos sobrecargada, a la que luego Talbot complementa con el color (que está muy bien). Además, hay menos viñetas por página y más secuencias mudas.
El argumento está muy bien, pero un toque estirado. Hay un in crescendo hacia una secuencia final en la que Talbot te agarra de la garganta y te estrangula, en un montaje apasionante entre distintas escenas que transcurren al mismo tiempo, pero en distintos escenarios. Hasta llegar ahí, tenemos intriga política, machaca, sexo, ciencia-ficción, bajada de línea anti-monárquica y anti-eclesiástica, romance, misterio, realidades paralelas, terror… Una historia muy ganchera, con muchos personajes interesantes y muchos momentos fuertes. Por momentos, en esas escenas en las que Talbot detona el climax de la historia, aparecen los fantasmas de Moebius y Jodorowsky, o de Katsuhiro Otomo, pero no porque Talbot los copie, sino porque capta a la perfección esa sensación inquietante, inmensa, de “se pudre todo” que nos hicieron vivir Akira o El Incal. Si te gustó The Adventures of Luther Arkwright, no tenés ninguna opción más que entrarle a Heart of the Empire. Si no la leíste, o no te gustó, hay obras de Bryan Talbot que (creo yo) te van a cebar más.
Me queda pendiente la reseña del Vol.4 de Wonder Woman, que va a estar acá la próxima vez que postee.
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domingo, 11 de diciembre de 2016
LA NOCHE DEL DOMINGO
Ya estoy, ya estoy, ya estoy…
El otro día terminé con el Vol.1 de Wonder Woman de George Pérez y ya arranco con el Vol.2… que me gustó un poco menos. Pasada la novedad, hay que convertir esas maravillosas ideas que sirven para relanzar a un personaje que agonizaba en ideas para bancar una serie mensual a largo plazo. Pérez lo logra, pero sin ese ritmo demoledor de los primeros episodios. El maestro le pone todo al desarrollo de personajes y al dibujo. Y Len Wein se encarga de que los diálogos y los bloques de texto estén a la altura.
En todo caso, lo que se desluce un poco son las tramas en sí: la pelea con Cheetah es casi intrascendente y la saga de “Challenge of the Gods” (que da nombre al tomo) se ve manchada por el crossover forzado con Millennium y termina por darle más chapa a Heracles (que hasta acá tenía todo para ser un gran villano) que a la propia Diana. No me acuerdo si Pérez volverá a veletear y Heracles volverá a hacer de las suyas, pero no me convenció la forma en la que (por ahora) lo redime. Me quedo con el gran trabajo en los personajes secundarios, las inolvidables escenas costumbristas o intimistas en las que no está en juego el destino del mundo pero Pérez y Wein igual tiran magia, tanto cuando hacen interactuar a gente común como cuando se meten con los dioses griegos. Ya arranqué con el Vol.3, así que prometo reseñarlo pronto.
Si algún día te levantás con ganas de leer un comic que te haga sentir para el orto, que cada dos páginas te obligue a decir “No puede ser, qué horror, qué injusticia, qué hijos de puta”, te recomiendo 36-39: Malos Tiempos, del maestro madrileño Carlos Giménez. Son cuatro tomos (tengo sólo los dos primeros pero acepto donaciones) que ofrecen una seguidilla de breves historietas en blanco y negro, todas ambientadas la Guerra Civil Española. El Vol.1 arranca desde el principio, desde el estallido mismo del conflicto en 1936, y nos invita a conocer a un vasto elenco de personajes que volverán a aparecer cada vez que Giménez vuelva a enfocarse en la región que cada uno habita. Es decir que algunos se cruzan normalmente entre sí, y otros no (o todavía no).
Si bien Giménez no se limita a dibujar historias que sucedieron en el mundo real, hay una reconstrucción cuidadísima de la época, que le añade verosimilitud a las desgarradoras situaciones por las que atraviesan los personajes. Como siempre que leemos a Giménez, la duda se evapora en poquísimas viñetas: enseguida el maestro nos convence de que esto que nos está contando es LA REALIDAD. Y en este caso una realidad cruenta, atroz, en la que la esperanza se va esfumando página a página. No es fácil leer 36-39: Malos Tiempos, pero obviamente es enriquecedor, como testimonio de un hecho histórico, y como enésima muestra del apabullante talento de uno de los historietistas más completos de todos los tiempos. En cualquier momento me cicatrizan las heridas que me dejó en el alma este libro y le entro al Vol.2.
Me voy a Uruguay en busca de historieta uruguaya, y me vuelvo con… autores argentinos editados en el país hermano. Infestado es una antología con cinco historias autonclusivas, todas escritas con Cristian Blasco y dibujadas por Pablo Burman, autores argentos a los que nunca había oído nombrar. Blasco firma dos guiones excelentes: Henry y uno sin título, que cierra el libro. Ninguno parte de una premisa original, pero aún así, los dos te atrapan, te sorprenden y te emocionan con su fuerza y su intensidad. De los otros tres, uno (el homenaje a Jodorowsky y Moebius que tampoco tiene título) se la banca muy decorosamente, y los otros dos no me llegaron a convencer pero tampoco son una garcha sin ideas. La verdad es que, para ser relatos tan breves (ninguno llega a las 14 páginas), están todos bastante bien.
El dibujo de Pablo Burman me retrotrajo a mediados de los ´80, cuando los muchachos de aquella primera “primavera de los fanzines” descubrieron al Moebius y al Enki Bilal de principios de los ´70, cuando eran dos bestias desaforadas que te destruían las retinas a base de cross-hatchings enfermizos y ponían “de moda” uan estética barroca, recontra-sobrecargada, con un cierto aire de decadencia, de putrefacción, que les venía bárbaro sobre todo cuando se metían con el universo narrativo de H.P. Lovecraft y cosas así. Burman es una de esas bestias, dueño de un trazo complejísimo, ideal para el barroco y el exceso de rayitas. En general, es un estilo peligroso, que muchas veces conspira contra la comprensión de lo que uno está leyendo y contra el flujo de la vista de una viñeta a otra, que es la esencia misma de este lenguaje al que llamamos Historieta. Burman logra ese improbable equlibrio entre impacto visual y solidez narrativa en las dos últimas historietas del tomo: Paul is Dead (que es la más fea de ver, porque mezcla su técnica con la del claroscuro y el resultado no funciona) y en la de los zombies, que es realmente impecable. Si más adelante logra dibujar una historieta extensa en el nivel de este último unitario, Pablo Burman se va a instalar rápidamente entre los dibujantes argentinos a seguir muy de cerca.
Volvemos pronto con más reseñas.
El otro día terminé con el Vol.1 de Wonder Woman de George Pérez y ya arranco con el Vol.2… que me gustó un poco menos. Pasada la novedad, hay que convertir esas maravillosas ideas que sirven para relanzar a un personaje que agonizaba en ideas para bancar una serie mensual a largo plazo. Pérez lo logra, pero sin ese ritmo demoledor de los primeros episodios. El maestro le pone todo al desarrollo de personajes y al dibujo. Y Len Wein se encarga de que los diálogos y los bloques de texto estén a la altura.
En todo caso, lo que se desluce un poco son las tramas en sí: la pelea con Cheetah es casi intrascendente y la saga de “Challenge of the Gods” (que da nombre al tomo) se ve manchada por el crossover forzado con Millennium y termina por darle más chapa a Heracles (que hasta acá tenía todo para ser un gran villano) que a la propia Diana. No me acuerdo si Pérez volverá a veletear y Heracles volverá a hacer de las suyas, pero no me convenció la forma en la que (por ahora) lo redime. Me quedo con el gran trabajo en los personajes secundarios, las inolvidables escenas costumbristas o intimistas en las que no está en juego el destino del mundo pero Pérez y Wein igual tiran magia, tanto cuando hacen interactuar a gente común como cuando se meten con los dioses griegos. Ya arranqué con el Vol.3, así que prometo reseñarlo pronto.
Si algún día te levantás con ganas de leer un comic que te haga sentir para el orto, que cada dos páginas te obligue a decir “No puede ser, qué horror, qué injusticia, qué hijos de puta”, te recomiendo 36-39: Malos Tiempos, del maestro madrileño Carlos Giménez. Son cuatro tomos (tengo sólo los dos primeros pero acepto donaciones) que ofrecen una seguidilla de breves historietas en blanco y negro, todas ambientadas la Guerra Civil Española. El Vol.1 arranca desde el principio, desde el estallido mismo del conflicto en 1936, y nos invita a conocer a un vasto elenco de personajes que volverán a aparecer cada vez que Giménez vuelva a enfocarse en la región que cada uno habita. Es decir que algunos se cruzan normalmente entre sí, y otros no (o todavía no).
Si bien Giménez no se limita a dibujar historias que sucedieron en el mundo real, hay una reconstrucción cuidadísima de la época, que le añade verosimilitud a las desgarradoras situaciones por las que atraviesan los personajes. Como siempre que leemos a Giménez, la duda se evapora en poquísimas viñetas: enseguida el maestro nos convence de que esto que nos está contando es LA REALIDAD. Y en este caso una realidad cruenta, atroz, en la que la esperanza se va esfumando página a página. No es fácil leer 36-39: Malos Tiempos, pero obviamente es enriquecedor, como testimonio de un hecho histórico, y como enésima muestra del apabullante talento de uno de los historietistas más completos de todos los tiempos. En cualquier momento me cicatrizan las heridas que me dejó en el alma este libro y le entro al Vol.2.
Me voy a Uruguay en busca de historieta uruguaya, y me vuelvo con… autores argentinos editados en el país hermano. Infestado es una antología con cinco historias autonclusivas, todas escritas con Cristian Blasco y dibujadas por Pablo Burman, autores argentos a los que nunca había oído nombrar. Blasco firma dos guiones excelentes: Henry y uno sin título, que cierra el libro. Ninguno parte de una premisa original, pero aún así, los dos te atrapan, te sorprenden y te emocionan con su fuerza y su intensidad. De los otros tres, uno (el homenaje a Jodorowsky y Moebius que tampoco tiene título) se la banca muy decorosamente, y los otros dos no me llegaron a convencer pero tampoco son una garcha sin ideas. La verdad es que, para ser relatos tan breves (ninguno llega a las 14 páginas), están todos bastante bien.
El dibujo de Pablo Burman me retrotrajo a mediados de los ´80, cuando los muchachos de aquella primera “primavera de los fanzines” descubrieron al Moebius y al Enki Bilal de principios de los ´70, cuando eran dos bestias desaforadas que te destruían las retinas a base de cross-hatchings enfermizos y ponían “de moda” uan estética barroca, recontra-sobrecargada, con un cierto aire de decadencia, de putrefacción, que les venía bárbaro sobre todo cuando se metían con el universo narrativo de H.P. Lovecraft y cosas así. Burman es una de esas bestias, dueño de un trazo complejísimo, ideal para el barroco y el exceso de rayitas. En general, es un estilo peligroso, que muchas veces conspira contra la comprensión de lo que uno está leyendo y contra el flujo de la vista de una viñeta a otra, que es la esencia misma de este lenguaje al que llamamos Historieta. Burman logra ese improbable equlibrio entre impacto visual y solidez narrativa en las dos últimas historietas del tomo: Paul is Dead (que es la más fea de ver, porque mezcla su técnica con la del claroscuro y el resultado no funciona) y en la de los zombies, que es realmente impecable. Si más adelante logra dibujar una historieta extensa en el nivel de este último unitario, Pablo Burman se va a instalar rápidamente entre los dibujantes argentinos a seguir muy de cerca.
Volvemos pronto con más reseñas.
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domingo, 22 de enero de 2012
22/ 01: EL CAPITAN ALATRISTE Vol.2
Volvió Alatriste! La idea de convertir la primera novela del personajón creado por Arturo Pérez-Reverte dio tan buenos frutos en 2005, que en 2008 salió la adaptación de la segunda novela, Limpieza de Sangre, de nuevo a cargo del maestro Carlos Giménez y el sorprendente Joan Mundet.
Si no leíste la reseña del primer comic (salió allá por Junio del año pasado), te recomiendo hacer click en la etiqueta y leerla antes de seguir. ¿Ya está? Bueno, esta novela es mucho mejor que la primera, que ya era muy buena. La trama es excelente, el peligro para Don Diego Alatriste y su joven protegido, Iñigo Balboa, es permanente, vibrante y no da respiro. Si en el tomo anterior estaba la sensación de que no pasaban tantas cosas, o la acción no tenía tanto protagonismo como uno esperaba en una novela de aventuras, acá la cosa cambia totalmente. No te digo que es una de Indiana Jones, pero sí que el énfasis en la acción y la aventura es mucho mayor. También tienen muchísimo protagonismo la runfla, la intriga palaciega y sobre todo el suspenso, que está manejado con tanta cancha que por momentos te quita el aliento.
Esta vez, Pérez-Reverte (y por ende, Giménez y Mundet) se mete con un tema sumamente espinoso y macabro: el poder de la iglesia católica en tiempos de la Inquisición. Excepto las torturas, que se ven de modo bastante gráfico, el resto (las novicias sodomizadas por los curas, la gente quemada viva en la hoguera, etc.) está todo bastante sugerido, bastante velado, o sea que no hace falta tener un estómago de acero para aguantársela. Igual te indigna, obviamente, porque ninguna de las atrocidades que cometen los inquisidores (y sus socios políticos) tienen el menor sustento ni el menor asidero en la realidad. Y sin embargo, esto no lo inventó Pérez-Reverte en una noche de alcohol y drogas. Las torturas, la hoguera, los vejámenes, los pseudo-juicios en los que cualquiera era condenado por cualquier cosa (incluso por tener un ancestro con sangre judía), existieron en la realidad, hace menos de 500 años. De hecho, en España, donde la Inquisición fue especialmente brutal, se abolió recién en 1834.
Ahí tenemos un villano fácil, indiscutible, como los nazis, bah. Y Pérez-Reverte le saca un provecho enorme, al denunciar también los contubernios entre inquisidores y cortesanos de Su Majestad, Felipe IV, monarca de ascendencia austríaca, que gobernó España (y un montón de territorios fuera de la península) entre 1621 y 1665. Con enorme respeto por el contexto histórico, la novela incorpora a varios personajes de la realidad, como el Conde-Duque de Olivares (mano derecha de Felipe IV) y sobre todo el gran poeta Francisco de Quevedo, acá casi tan protagónico como el taciturno Alatriste.
Una vez más, Giménez no cede ante la tentación de meter en la historieta enormes masacotes de texto extraídos de la novela original y el resultado es un guión ágil, que no se deja empantanar ni por el protocolo ni por detalles menores, que en la novela tienen más desarrollo. Toda la economía de textos que hace Giménez tiene su contrapartida en el derroche de líneas que propone Mundet. El dibujante hace gala de su inusual destreza con el plumín y nos brinda momentos muy impactantes, en los que sobrecarga las imágenes con trazos y texturas realmente hermosos, en la línea de Berni Wrightson, Alberto Salinas o Gary Gianni. Cuando sintetiza un poco más, se va hacia Paul Gillon y también la rompe. Lo que le criticaba yo en el tomo anterior (esas caras demasiado basadas en el retrato, onda figuritas de la Billiken) ya no se padece: ahora todos los rostros son más expresivos, más dúctiles y –por ende- más creíbles. De todos modos, lo que te va a maravillar cuando leas este comic es el trazo de Mundet, sus coqueteos con el claroscuro, su equilibrio perfecto entre blancos y negros y su virtuosismo con el plumín, que muchas veces es sinónimo de figuras estáticas, pero acá no. Si sos fan del estilo académico-realista, ya lo tenés que sumar a Mundet a la lista de los imprescindibles.
Y si te gusta la literatura –ya lo dije la vez pasada, pero lo repito- lo tenés que sumar a Arturo Pérez-Reverte a la lista de los autores que no pueden faltar en tu biblioteca.
Si no leíste la reseña del primer comic (salió allá por Junio del año pasado), te recomiendo hacer click en la etiqueta y leerla antes de seguir. ¿Ya está? Bueno, esta novela es mucho mejor que la primera, que ya era muy buena. La trama es excelente, el peligro para Don Diego Alatriste y su joven protegido, Iñigo Balboa, es permanente, vibrante y no da respiro. Si en el tomo anterior estaba la sensación de que no pasaban tantas cosas, o la acción no tenía tanto protagonismo como uno esperaba en una novela de aventuras, acá la cosa cambia totalmente. No te digo que es una de Indiana Jones, pero sí que el énfasis en la acción y la aventura es mucho mayor. También tienen muchísimo protagonismo la runfla, la intriga palaciega y sobre todo el suspenso, que está manejado con tanta cancha que por momentos te quita el aliento.
Esta vez, Pérez-Reverte (y por ende, Giménez y Mundet) se mete con un tema sumamente espinoso y macabro: el poder de la iglesia católica en tiempos de la Inquisición. Excepto las torturas, que se ven de modo bastante gráfico, el resto (las novicias sodomizadas por los curas, la gente quemada viva en la hoguera, etc.) está todo bastante sugerido, bastante velado, o sea que no hace falta tener un estómago de acero para aguantársela. Igual te indigna, obviamente, porque ninguna de las atrocidades que cometen los inquisidores (y sus socios políticos) tienen el menor sustento ni el menor asidero en la realidad. Y sin embargo, esto no lo inventó Pérez-Reverte en una noche de alcohol y drogas. Las torturas, la hoguera, los vejámenes, los pseudo-juicios en los que cualquiera era condenado por cualquier cosa (incluso por tener un ancestro con sangre judía), existieron en la realidad, hace menos de 500 años. De hecho, en España, donde la Inquisición fue especialmente brutal, se abolió recién en 1834.
Ahí tenemos un villano fácil, indiscutible, como los nazis, bah. Y Pérez-Reverte le saca un provecho enorme, al denunciar también los contubernios entre inquisidores y cortesanos de Su Majestad, Felipe IV, monarca de ascendencia austríaca, que gobernó España (y un montón de territorios fuera de la península) entre 1621 y 1665. Con enorme respeto por el contexto histórico, la novela incorpora a varios personajes de la realidad, como el Conde-Duque de Olivares (mano derecha de Felipe IV) y sobre todo el gran poeta Francisco de Quevedo, acá casi tan protagónico como el taciturno Alatriste.
Una vez más, Giménez no cede ante la tentación de meter en la historieta enormes masacotes de texto extraídos de la novela original y el resultado es un guión ágil, que no se deja empantanar ni por el protocolo ni por detalles menores, que en la novela tienen más desarrollo. Toda la economía de textos que hace Giménez tiene su contrapartida en el derroche de líneas que propone Mundet. El dibujante hace gala de su inusual destreza con el plumín y nos brinda momentos muy impactantes, en los que sobrecarga las imágenes con trazos y texturas realmente hermosos, en la línea de Berni Wrightson, Alberto Salinas o Gary Gianni. Cuando sintetiza un poco más, se va hacia Paul Gillon y también la rompe. Lo que le criticaba yo en el tomo anterior (esas caras demasiado basadas en el retrato, onda figuritas de la Billiken) ya no se padece: ahora todos los rostros son más expresivos, más dúctiles y –por ende- más creíbles. De todos modos, lo que te va a maravillar cuando leas este comic es el trazo de Mundet, sus coqueteos con el claroscuro, su equilibrio perfecto entre blancos y negros y su virtuosismo con el plumín, que muchas veces es sinónimo de figuras estáticas, pero acá no. Si sos fan del estilo académico-realista, ya lo tenés que sumar a Mundet a la lista de los imprescindibles.
Y si te gusta la literatura –ya lo dije la vez pasada, pero lo repito- lo tenés que sumar a Arturo Pérez-Reverte a la lista de los autores que no pueden faltar en tu biblioteca.
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viernes, 11 de noviembre de 2011
11/ 11: MANO A MANO

Este es un libro raro, de fines de los ´70. En sus páginas se mezclan un montón de historietas cortas, algunas de Carlos Giménez y otras de Alfonso Font. A fines de los ´70, Giménez ya era un número uno en España, pero a Font no lo conocía casi nadie, porque publicaba básicamente en el exterior. Recién en los ´80, con el boom de las revistas de historietas para adultos, este grosso se ganaría un lugarcito en el olimpo del comic español.
Los trabajos de ambos autores (muy amigos entre sí) no se parecen en lo más mínimo. Cada vez que aparece una historieta de Font, es una breve pieza de cuatro páginas, con viñetas grandes, un dibujo muy emparentado con el de los maestros franceses (con Jijé a la cabeza) y argumentos desbordantes de ironía y mala leche. Una especie de anticipo de lo que serán sus Historias Negras, aunque con un dibujo todavía no tan sólido como el que desplegará más adelante, sobre todo en las páginas de Cimoc. Sobre el final hay cuatro planchas de corte más humorístico, realizadas antes que las otras (en 1975), sin textos y con un dibujo un poquito más precario. Eso es olvidable. Las otras cinco historietas de cuatro páginas (todas de 1977) son fundamentales, especialmente Los Protectores y Deficiencia Ficción.
Por el lado de Carlos Giménez tenemos varias cosas distintas: primero, varias historietas de dos páginas, con muchas viñetas por página, y enroladas en temáticas costumbristas, historias ni dramáticas ni cómicas (o las dos cosas a la vez), de ambientación urbana, con un estilo de dibujo muy similar al que Giménez depuraría unos años después en Los Profesionales. Son historietas realizadas en plena transición, pero que no hablan de la represión, ni tocan ningún tema político. Se basan más bien en anécdotas, en personajes pintorescos de la ciudad, a los que seguramente Giménez conoció personalmente. La mejor dibujada es, lejos, Los Demonios Danzan en la Playa.
Y además de eso, hay ocho planchas de una serie llamada La Saga de los Menéndez. Esto está planteado claramente en joda, con un dibujo mucho más exagerado, mucho más próximo al de André Franquin. Cada página es una historia autoconclusiva (un chiste largo) protagonizado por la familia Menéndez, que se parece bastante a la familia de aquel entonces de Giménez. O sea que, una vez más, pero en una tónica totalmente distinta a la de Paracuellos, Barrio, o Los Profesionales, se vuelve a colar la autobiografía en la obra del genio madrileño. Y acá sí, Giménez baja un poquito de línea, sobre temas como el sistema de salud pública o la hipocresía reinante en la sociedad y cómo se traduce en la educación de los chicos. Pero todo eso empalidece bastante frente al dibujo del ídolo, acá totalmente endemoniado, jugado a claroscuros de alto impacto (la octava página parece una de las Ideas Negras de Franquin) y explosivo en la caricatura y el grotesco.
En apenas 48 páginas, Mano a Mano te lleva a pasear por los universos de dos autores, te bombardea con un montón de historias cortas, pasa por varios géneros y te gratifica con algunas historietas de inmejorables dibujos y otras de magníficos guiones. Una rareza, pero de las muy buenas.
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miércoles, 31 de agosto de 2011
31/ 08: CEMENTERIO ESTELAR
Vuelvo a darle una oportunidad al otrora glorioso Alfonso Azpiri, principalmente porque en este álbum trabaja con los guiones del siempre grosso Carlos Giménez. El truco que propone el creador de Paracuellos para este libro es muy ingenioso: son tres relatos ambientados en el futuro, con alienígenas y naves espaciales, pero basados en sendos cuentos de Jack London, que originalmente estaban ambientados en los EEUU de la época de los colonos y los indios. Sin traicionar el espíritu de los cuentos, Giménez les da un giro que los hace más atractivos para el lector actual y le abre el campo a Azpiri para prescindir de la documentación histórica y jugarse a imaginar con total libertad las civilizaciones, armas, vehículos y hasta dioses que aparecen en los relatos.
De las tres adaptaciones, la más lograda es la primera, la que convierte a “Lost Face” en La Gran Medicina. Acá el maestro madrileño dosifica tan bien los textos y plantea la acción de modo tan visual, que no se nota que está trabajando sobre una obra literaria. Parece una historia creada directamente para ser narrada en forma de historieta. La Gran Medicina es, a simple vista, una historia de astucia y picardía, pero si hilamos un poquito más fino, en realidad es una historia de dignidad, de negarle al vencedor el derecho a humillar al vencido. Amena, tensa y sorprendente, la crónica de las horas finales de Subienkov dura apenas 14 páginas, pero vale el precio que pagues por todo el libro.
Las otras dos historias, sin ser malas, son más flojas que la primera. La de Ik-Kok, es apenas una historia de venganza, protagonizada por un esclavo que un día le cobra a su amo todos los padeceres sufridos bajo su yugo. Y la tercera, El Rojo, es una historia de obsesión, de un tipo dispuesto a todo, movido por el ansia irracional de conocer un secreto arcano y por encima de la esfera terrenal. En ambas historias, Giménez se zarpa un poco más con los textos y a veces estos ocupan tanto espacio que entorpecen el ritmo narrativo y eclipsan el trabajo de Azpiri. Están buenas, pero podrían estar mejores.
En la faz gráfica, Azpiri cumple muy dignamente. Pilotea con bastante solvencia esas páginas llenas de texto, y las secuencias en el cementerio (que aparecen intercaladas entre las tres historias) donde sólo vemos a un robotito que habla y a unos bichos que lo escuchan. Don Goyo, el robotito, es demasiado parecido a los robots de La Casta de los Metabarones, pero bueno… no será la primera ni la última vez que Azpiri se “inspire” en dibujos de Juan Giménez. De hecho, todo el tratamiento del color está basado en lo que suele hacer el genio mendocino. En la figura humana es donde Azpiri se ve más original, más suelto, más plástico, más dúctil a la hora de darle expresividad a los personajes. A grandes rasgos, este trabajo es mejor que el que le vimos hace casi un año (25/09/10) y sirve para recuperar la fe en este gran dibujante, que fuera ídolo de muchos pibes que leíamos la Zona 84 en los ´80.
Y por ahora, vamos a aflojar un cacho con el comic europeo. La onda para Septiembre es –a modo de festejo del Día de la Historieta- darle mucha bola a la producción argentina, como para ponerme más o menos al día con un montón de material de autores locales que tengo sin leer. Habrá algo de comic latinoamericano, menos comic yanki que de costumbre, por ahí se cuela algún manguita, y el material europeo se va al freezer hasta Octubre. Y en Octubre volveremos a la normalidad, al mix esquizofrénico entre comics de todas partes del mundo.
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miércoles, 22 de junio de 2011
22/ 06: EL CAPITAN ALATRISTE Vol.1

El español Arturo Pérez-Reverte es uno de los mejores escritores que existen hoy en el planeta Tierra. Después de muchos años como periodista (llegó incluso a ser cronista en varias guerras muy jodidas), Pérez-Reverte colgó el micrófono a mediados de los ´90 y se dedicó a escribir, en dos vertientes paralelas. Una es la de sus polémicas columnas de opinión semanales, en las que hace gala de una lucidez, una agudeza y una mala leche dignas de Spider Jerusalem. La otra es la de sus cuentos y novelas, y ahí es donde sobresale su obra literaria más exitosa y reconocida: El Capitán Alatriste, que ya lleva protagonizadas varias novelas, tuvo una peli made in Hollywood (a la que los fans de Pérez-Reverte putearon bastante) y a principios de 2005 se convirtió en un comic, que adapta con muchísimo respeto la primera novela de este fascinante personaje que goza en España de un status icónico comparable al de Harry Potter.
Ambientadas en la primera mitad del Siglo XVII, las aventuras de Don Diego Alatriste y Tenorio combinan el rigor histórico, las peripecias de los clásicos mosqueteros de Alejandro Dumas, y un elemento moderno: el héroe es héroe, pero hasta por ahí nomás. Alatriste tiene mucho más en común con los ambiguos detectives del hard boiled yanki que con los gallardos héroes del folletín decimonónico. De hecho, buena parte de la novela podría leerse como un hard boiled fuera de época, si no fuera porque es un chico de 13 años (y no el curtido protagonista) el encargado de narrar la historia.
Cuando la ves plasmada gráficamente, o sea, en la transposición al lenguaje del comic, se nota algo que en la novela casi no se percibe, y es que no suceden tantas cosas, la acción no tiene ni en pedo la preponderancia que uno espera de una novela supuestamente “de aventuras”. Lo cual no significa que la trama no sea atrapante, o que le falte ritmo o intensidad. Incluso con poca acción, incluso con personajes que hablan como en el Siglo XVII, incluso con el incesante desfile de funcionarios, obispos, nobles, altezas y majestades (uno más careta que el otro), El Capitán Alatriste es una lectura muy, muy entretenida, que además de cebarte con los avatares de este ex-soldado devenido mercenario, te baja muchísima data acerca de la vida cotidiana en la Madrid del 1600 y pico.
Para adaptar la novela al comic, se convocó nada menos que a Carlos Giménez, el más grosso autor que hay dado la península en las últimas décadas. Giménez logró preservar el clima, la atmósfera, los diálogos y buena parte de los textos de Pérez-Reverte sin abusar, sin infligirnos masacotes de letras de difícil digestión, y por ende sin entorpecer el relato gráfico. No sé si hacía falta que metiera mano semejante genio para lograr una buena adaptación, porque la verdad es que cuando leés a Pérez-Reverte cuesta poco imaginarte esa historia contada en imágenes. Pero bueno, Giménez es garantía de calidad y seguro trajo hinchada propia, que se compró el libro para hacerle el aguante.
A cargo del dibujo está Joan Mundet, un tipo con muchos años de trayectoria pero ningún éxito relevante. Hasta esta obra, claro. Gracias a este trabajo, Robin Wood y los italianos de la Aurea lo convocaron para suceder a Carlos Gómez como dibujante principal de Dago, el super-hit de la otra península. Acá Mundet se deja poseer por todos los duendes y hados del plumín: Berni Wrightson, Quique Alcatena, Moebius, Alberto Salinas, incluso Gary Gianni, que a mí no me gusta. El trabajo de Mundet es asombroso, en la recreación de la época, en la construcción de los climas, en el cuidado en la iluminación, en los detalles, e incluso en la acción, que no suele ser el fuerte de este tipo de dibujantes. Para los flashbacks, pela un recurso más: las tramas mecánicas, que también maneja con criterio y efectividad. Hay viñetas un poco estáticas, generalmente primeros planos en los que se nota demasiado la intención de que los personajes tengan los rasgos de las personas reales en las que se basan y terminan por parecer figuritas de la Billiken con diálogos. Pero en el global, el resultado es sumamente convincente y atractivo.
El Capitán Alatriste es y va a ser siempre un título fundamental de la literatura. Pero en su paso por la historieta cosechó nuevos fans y satisfizo las expectativas tanto de los viñetófilos como de los fieles seguidores de Arturo Pérez-Reverte, barra nutrida y kilombera a la que espero que –si te gusta la literatura- te sumes cuanto antes.
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miércoles, 1 de junio de 2011
01/ 06: ESPAÑA UNA, GRANDE Y LIBRE

A cualquiera que te diga que la historieta es una cosa menor, pasatista, que sirve para contar boludeces livianitas y entretener un rato a la gilada, te pido por favor que le introduzcas este voluminoso hardcover en el orificio que menos asco te dé. Pero asegurate de que le duela.
Entre 1976 y 1977, en las páginas del semanario satírico El Papus, el maestro Carlos Giménez creó, semana a semana, la crónica más desgarradora y visceral de la transición democrática española. Historietas de clarísimo contenido político, con una bajada de línea absolutamente manifiesta y jugadísimas en la barricada, en la denuncia, en la bronca contra un fascismo que, después de 40 años en el poder, hacía sentir su aguante incluso en tiempos (casi) democráticos.
A veces con guión del recordado Ivá (el creador de Makinavaja y otros clásicos del humor español), a veces con tintas de Alfonso Font y casi siempre en solitario, Giménez se dedicó a narrar, pero también a describir, a estremecernos con testimonios tremendos de una sociedad en la que el cambio parecía posible, pero los obstáculos a sortear eran inconmensurables. Por la crudeza de los temas que toca, Giménez casi no recurre al humor, aunque sí utiliza el recurso del dibujo humorístico para caricaturizar ciertos estereotipos, o para narrar algunas secuencias con más simpleza. De todos modos, predomina su estética más oscura, su dibujo más realista, más abigarrado, y por supuesto su gran expresionismo. También, al tener sólo dos páginas semanales, abundan las páginas con millones de viñetas, apretaditas, casi pensadas para producir claustrofobia en el lector. Como siempre, las herramientas de Giménez son muchas más que las del autor promedio y a todas les saca el máximo provecho. El mensaje tremendo, filoso, por momentos satírico pero casi siempre pesimista, como si supiera que la lucha se perdía antes de librarla, llega con fuerza e impacta con más fuerza todavía. Imaginate, lo estoy leyendo 35 años tarde y en otro continente, y aún así me hizo mierda…
Me resulta inevitable comparar esto con las historietas que uno (que era chico, pero entendía casi todo) leyó durante la transición argentina, allá por el ´82-´83, cuando se estaban por ir los milicos y volvía la democracia. Y la verdad, nada que ver. En la revista Hum® , por ejemplo, no había historietas tan crudas, tan descarnadas. Había sátira, sí, nos reíamos de que Galtieri era un choborra, o de que Bignone no cortaba ni pinchaba… pero no había historietas sobre la represión policial en los actos políticos o sindicales, por ejemplo. Todo era más velado, más metafórico. Se hablaba de secuestros, torturas, censuras y represiones, pero por ahí sin decirlo tan abiertamente. Creo que recién en las películas tipo La Historia Oficial o La Noche de los Lápices vimos un testimonio del horror más o menos realista en una obra de ficción. Los españoles no. Lo tenían a Giménez contando esas atrocidades (bue, no tan atroces como las que se vivieron acá) nada menos que en historietas.
Y lo otro que no tiene nada que ver con la transición argentina es el hecho de que Giménez toma partido, ya no a favor de las instituciones democráticas, o en contra de los golpistas… El tipo se ponía la camiseta del Partido Comunista y además de explicarte por qué el capitalismo era una mierda, te decía claramente que votaras al PC para terminar con esa trampa maligna. Por eso tantas de las historietas giran en torno a la lucha obrera, porque en Europa los obreros y los sindicatos… son de izquierda! Acá eso nos resulta tan inexplicable como que nunca nadie haya ido en cana por los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura de Franco (y la de Pinochet, y tantas otras). Pero Giménez leía claramente a la política (que para su generación era algo nuevo, como la pornografía) como una expresión de la lucha de clases y se embanderaba en la causa del PC de un modo que yo no vi nunca en los historietistas argentinos de esa época, ni siquiera en la revista Feriado Nacional, que era abiertamente peronista.
Hoy, las calles de España vuelven a ser centro de manifestaciones y protestas y –parece que no aprendieron nada, la puta que los parió- de nuevo la cana reprime salvajemente a los salieron a reclamar un cambio. No sé si los chicos de hoy saben lo que estaba en juego en aquellas marchas y aquellas plazas de los ´70 que tan bien retratara Giménez en sus comics. Quisiera suponer que sí, que estudiaron esa época extraña y violenta de la historia de su país y que leyeron –en las escuelas y universidades- estas historietas urgentes, jodidas, valientes y brutalmente honestas. Pero claro, aquella vez resultó bastante cierto aquello de que con la democracia se come, se cura y se educa… y ahora es bastante obvio que no, que hay que dar un paso más. Aguante España!
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miércoles, 11 de mayo de 2011
11/ 05: SABOR A MENTA

Este para mí era un Santo Grial, un álbum que sabía que existía, pero al que jamás vi. Me refiero a la edición original, la de Ediciones De la Torre, que es la que publicaba las obras de Carlos Giménez en los ´70 y ´80. Esta edición, la de Glénat, además de ser excelente, agrega algunas historietas sueltas de Giménez posteriores a aquella edición original, así que me hizo doblemente feliz.
Sabor a Menta es un rejunte de material raro de Giménez, esas historias cortas que –por algún motivo- no entran en ninguno de los otros álbumes del maestro madrileño. Y guarda, que esto no es sólo para el fanático pasado de rosca que quiere tener TODO lo que hizo Giménez. Acá hay papa finísima, magníficas historietas que cualquier fan del medio querría tener en su biblioteca. O sea que es rejunte, pero no de sobras, sino de extrañas exquisiteces realizadas por el prócer entre 1970 y 1992.
La primera historia, El Miserere, se usa en España para dar clase de historieta. Es uno de los comics en el que mejor se ven un montón de sensaciones que tienen que ver exclusivamente con lo auditivo, pero transpuestas a un medio 100% visual. Increíble lo que logra Giménez en estas páginas en las que todo gira en torno a la música, que –lógicamente- no está, sino que nos obliga a imaginarla en nuestras mentes. Una joya, bastante reeditada, por suerte.
La segunda es una adaptación de un clásico de Edgar Allan Poe, también bastante reeditada, y donde Giménez da cátedra de manejo del tempo narrativo para crear tensión y exasperar al lector. Le sigue El Futuro Empieza Hoy, una muy linda bajada de línea acerca del planeta, su gente, su organización socio-política y sus posibilidades, dibujada con increíble categoría. Paraíso Perdido (con guión del maestro Víctor Mora) es un impactante unitario de ciencia-ficción, un guión del hiper-carajo, pero cuyo exceso de texto hace que se luzca poco el dibujo de Giménez. La Gotera es casi un chiste largo, una breve pieza de corte satírico en la que Giménez se ríe, básicamente, de la miopía de los medios de comunicación y de la gente que los consume de modo acrítico. Le sigue una oda al barrio, al costumbrismo, donde no hay un relato, ni un conflicto, simplemente escenas tiernas, o graciosas en torno a Lavapiés, el barrio donde nació el autor.
Y después sí, Sabor a Menta, una historieta originalmente publicada en tiras diarias en un periódico, luego convertida en 12 páginas perfectas, de las mejores que escribió y dibujó este monstruo de la narrativa gráfica. Personajes redondos, una trama sin fisuras, diálogos brillantes, temas para pensar, romance, costumbrismo, un poquito de mala leche… Incluso sin meterse con la temática socio-política, que es casi su marca de fábrica, Giménez pela una historia urbana cautivante, verídica y hasta conmovedora. Sin duda, lo más pulenta del tomo.
Su siguiente intento de tira diaria fue una adaptación de una novela de Jack London, pero tuvo que terminarla antes de lo previsto y el relato cambia de ritmo abruptamente cerca del final, cuando Giménez tiene que poner quinta a fondo para cerrar rápido las tramas. Igual nada empaña el trabajo del ídolo en la faz gráfica, que es absolutamente magistral. Y para cerrar, Treinta por Minuto, otra breve historieta de bajada de línea, esta vez con menos viñetas por página y menos pilas en el dibujo, pero contundente en su mensaje: un desgarrador pedido de ayuda para los chicos que mueren de hambre todos los días en los países más pobres de Africa.
Estamos frente a una antología que nos invita a repasar 22 años en la trayectoria de un autor fundamental del Noveno Arte, que una vez más, demuestra estar por encima de las modas, los estilos, los géneros y las temáticas. Acá hay ciencia-ficción, terror, adaptaciones literarias, crónica urbana, bajada de línea, slice of life, todo dibujado por un zarpado que se acomoda donde lo dejan: si hay que hacer jueguito en una baldosa, y apretar el dibujo para meter cuatro viñetas en una tira, Giménez va y lo hace. Si hay que pelar cuadros enormes, casi más para el artbook que para la revista de comics, Giménez se arremanga, pela y te llena la página de detalles microscópicos. Y si hay que tirarse a simplificar, por esto que explicaba Scott McCloud de que los personajes caricaturescos transmiten mejor las ideas cuando de eso se trata, ahí va Giménez con unos “monitos” que parecen de un tipo que laburó toda la vida en Bruguera. En fin, no demos más vueltas… esto es tan imprescindible como las obras de Giménez de las que habla todo el mundo.
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miércoles, 20 de abril de 2011
20/ 04: RAMBLA ARRIBA, RAMBLA ABAJO

Otro de los pecados imperdonables de este blog es estar muy cerca de los 500 días online sin haber dedicado nunca una reseña a Carlos Giménez, quien tal vez sea el mejor autor de la historia del comic español. Es casi imposible explicar desde cero la trascendencia de la obra de Giménez, su importancia, su amplitud, su evolución a través de las casi cinco décadas que abarca. En un mundo más justo, eso te lo enseñarían en la escuela primaria. En general, a Giménez se lo identifica mucho con sus historietas autobiográficas, pero estamos frente a un autor que descolló también en la ciencia-ficción, el western, el erotismo, el costumbrismo, el comic romántico y hasta en el comic político, con obras que pueden leerse como potentes manifiestos y crónicas punzantes de la transición democrática española.
A mitad de camino entre la veta política y la autobiografía se inscribe este trabajo de mediados de los ´80, una especie spin-off de Los Profesionales, que en vez de centrarse en la vida de Pablito (el alter ego de Giménez) en la agencia donde se gana la vida como dibujante de historietas, nos lleva a recorrer de su mano las alucinantes ramblas de Barcelona. Al igual que Los Profesionales, Rambla Arriba… está ambientada a principios de los ´60, con 25 años de dictadura de Francisco Franco ya sobre las espaldas de una España donde empezaban a surgir tímidamente algunos brotes de rebeldía.
Un poquito de eso, un poquito de slice of life de los dibujantes fuera del estudio y un intento de relato romántico que se va al carajo del modo más abrupto (y gracioso) que se te pueda ocurrir conforman algo así como la trama central de Rambla Arriba…. Que es central, pero no principal, porque Giménez, puesto a tratar de recrear el caos polifónico de las ramblas, se cuelga cada dos por tres en situaciones e historias periféricas, que a veces se resuelven en apenas una página. Ahí también reside buena parte del atractivo de esta novela sinuosa y extraña, que te deleita más cuanto más se va por las ramas. A veces entre una secuencia de Pablito y la siguiente pasan cinco o seis páginas en las que el dibujante desaparece y el protagonismo se reparte (o, fieles a la ideología de Giménez, se socializa) entre viejitos, putas, policías, borrachos, perros, nenes, parejitas de novios, políticos, puesteros clandestinos… Cualquiera que ande por las ramblas (y si estuviste en Barcelona, sabés que TODO pasa por ahí) tiene sus cinco o seis viñetas de fama en esta historieta. La mejor de estas secuencias es –lejos- la del viejito que junta fuerzas para, por primera vez en su larga vida, pedir limosna a los transeúntes.
Por supuesto, con tantas interrupciones, la historia de Pablito avanza lento, como esas telenovelas de los ´90 que iban al corte cada cuatro escenas. El desarrollo de Pablito como personaje es poco: Giménez lo usa más de testigo de la época y el entorno que de reflejo de su propia vida, a diferencia del Carlines de Barrio, otra de sus sagas autobiográficas. De Pablito, tanto acá como en Los Profesionales, sabemos poco. Pero no falta la mano maestra de Giménez para componer y darle chapa a otros personajes, principalmente Marilyn y en menor medida Luz.
El dibujo del genio acá es tan perfecto como en todos sus trabajos de madurez, con ese claroscuro fuerte, esa línea versátil, esos fondos impresionantes… Todo es totalmente creíble: los trajes, los edificios, las expresiones faciales (que están exageradas para acentuar los momentos dramáticos o cómicos), hasta la forma de moverse de los personajes. Pero lo más notable de Rambla Arriba… es que Giménez encuentra la forma de meterle a un comic autobiográfico-sociopolítico la pata que le faltaba a Barrio y a Paracuellos: la experimentación, el vuelo, el riesgo a la hora de planificar la página. Olvidate de las tiritas de cuadros casi idénticos de Paracuellos, por ejemplo. Acá la grilla cambia todo el tiempo, los marcos de las viñetas muchas veces desaparecen (como en las anti-epopeyas urbanas de Will Eisner, con el que tanto se ha comparado a Giménez), hay secuencias mudas, secuencias “a oscuras”, secuencias con cámara fija, tipo obra de teatro, el jueguito de las palomas en las últimas páginas… un montón de ideas narrativas desplegadas con generosidad y solvencia por un autor especialmente dotado para contarnos la vida y la obra, no de los héroes, sino de la gente común, o más todavía, de los pueblos.
Tengo más libros de Carlos Giménez sin leer (se consiguen a muy buen precio en la comiquería de mi barrio), así que prometo volver pronto a visitarlo, en Barcelona, en Madrid, o donde él lo disponga.
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