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lunes, 2 de marzo de 2026
MARZO CON NOVEDADES
Ahora que terminé de leer el material de historieta argentina editado en 2025, me propongo hacer dos cosas acá en el blog.
La primera es volver a reseñar historietas de otros países de Latinoamérica, a los que tengo medio abandonados. Y arranco en Brasil, con uno de los grandes clásicos del humor zarpado y políticamente incorrecto de ese país: nada menos que Rê Bordosa, del maestro Angeli.
Este mega-broli editado en 2012 reúne TODO el material de Rê Bordosa, desde las tiras de los ´80 hasta el material de los ´90. Y ya está, me tendría que callar la boca y no decir nada más, porque en un mundo más justo eso alcanzaría para que CUALQUIERA que lea esto y no tenga el libro, se mande directo a algún sitio donde lo pueda encargar. Sin embargo, esta obra maestra de la historieta humorística es ampliamente desconocida fuera de Brasil, y entonces es menester explicar que Rê Bordosa es una mina de unos treinta años, que se volcó desde muy piba al reviente más absoluto: pucho, droga, escabio, sexo con cualquiera, trasnoches infinitas que terminan en los lugares (y las camas) más insólitas. Rê Bordosa cuenta la deriva de un personaje, en la vorágine de rockanrol y arruine más intensa de la historia del comic. ¿Más que los personajes de la era más drogona de Gallardo y Mediavilla? Sí, porque esos personajes se presentaban como lúmpenes, como marginales, y Rê Bordosa no. Esta mina parece una más, una integrante casi normal de la sociedad de su época en una ciudad de San Pablo que le ofrece todas las opciones de vicios habidas y por haber. No la persigue la policía, no vive fuera de la ley. Vive en pedo, en orgías, drogada o enroscada con chongos y chongas de cualquier grupo y factor, y lo más importante: Angeli no incorpora estos elementos a una trama de aventuras, sino que estos elementos son los que definen la temática de una tira humorística, que cada tres o cuatro viñetas nos recuerda que la protagonista está en cualquiera.
Hay un arco breve más "aventurero" que narra, a lo largo de varias tiras, como el propio Angeli "mata" a Rê Bordosa y cómo esta se las ingenia para zafar y volver a su vida habitual de trasnoche y descontrol. Como en toda tira de largo aliento, pasan cosas "importantes" de las que más tarde el autor "se olvida": Rê Bordosa se casa, queda embarazada, aborta, hace tratamientos para desintoxicarse... Nada tiene consecuencias reales, y todo queda en nuevas excusas para generar situaciones humorísticas por parte de Angeli.
Además de una sobredosis de humor pasadísimo de rosca, el libro nos permite seguir paso a paso la tremenda evolución estilística de Angeli. Las primera tiras están dibujadas en un estilo prolijito, amistoso, una onda Emiliano Migliardo o Dani the O. Después empiezan a aparecer rasgos más jodidos, más grotescos, tal vez emparentados con Robert Crum o el ya mencionado Miguel Gallardo. Y en las páginas de los ´90, Angeli ya se transformó por completo en una bestia salvaje, en la línea más visceral y cruda de Philippe Vuillemin, Sergio Langer o Tronchet. Ahora que media Argentina veranea en Brasil, es un gran momento para que alguien se apiade de vos, te consiga el integral de Rê Bordosa y te lo traiga. Y si no, cualquier otro libro que recopile tiras de Angeli también es un regalo del mega-carajo.
La segunda cosa que quiero hacer este mes (y tal vez el próximo) en el blog, es darle MUCHA bola a obras hechas por autores argentinos para otros mercados, que no se conocen en el nuestro. Es algo casi inverosímil. Yo siempre me pregunto si acá somos todos fans de Juanungo, de Jorge González, de Enrique Breccia... o de las obras que los editores locales eligen para publicar en Argentina. Porque de las otras, de las que hacen en colaboración con guionistas europeos, acá NADIE se hace cargo. Nadie las traduce, nadie las publica, nadie las reseña. ¿Qué onda? ¿Tan seguros estamos de que las obras que... Lucas Varela hace con guionistas franceses son mucho peores que las que hace con guiones propios, al punto de ni siquiera intentar leerlas? Muchos de nuestros autores tienen obras que en Europa la rompieron y acá NADIE sabe que existen, y yo me quiero dedicar a echar un poco de luz sobre esa zona fantasma, esa "bibliografía de Schrödinger", que existe y no existe al mismo tiempo.
Empiezo con una obra MARAVILLOSA: el Vol.15 de Donjon: Monsters, ubicado en el nivel -24 de la alucinante serie creada por Lewis Trondheim y Joann Sfar. Ambos genios del comic francés colaboran en la elaboración del guion, que tiene como dibujante nada menos que a Juanungo. La aventura se titula "Les Poutpoutpapillonneurs", se dio a conocer en 2022, y es un hermoso rito de iniciación de un grupo de jóvenes que estudian para ser magos, entre ellos el hijo de Horus, el necromante más pulenta de este período de La Mazmorra. No quiero contar el argumento, pero es un relato vibrante, con mucho ritmo, con gran desarrollo de personajes, con un conflicto fuerte, excelentes chistes y momentos realmente dramáticos. Lo pongo sin ninguna duda entre los mejores álbumes de Donjon: Monsters, porque esperaba algo light, pasatista, y me regaló -además de un buen rato de diversión- un montón de emociones más potentes.
Además del exquisito dibujo de Juanungo (cuya versatilidad le permite adaptarse de manera infalible al típico ritmo narrativo que Trondheim y Sfar desarrollaron para Donjon), otro gran hallazgo de "Les Poutpoutpapillonneurs" son los guiños comiqueros. Cito el que más gracia me causó: en un combate, uno de los magos conjura un escudo místico, que aparece cuando pronuncia el hechizo "Acirema Niatpac!". Sí, son las mismas letras de Captain America puestas en distinto orden y sí, el escudo que dibuja Juanungo se parece mucho al del querido Steve Rogers.
Si seguís a La Mazmorra desde fines de los ´90, ya sabés que acá te esperan la fantasía, la magia, la machaca, el humor y la rosca, siempre con el sello de los maestros Sfar y Trondheim. En este álbum en particular, la presencia de Juanungo sube mucho el listón y (como pasó hace unos 20 años con el álbum que dibujó Carlos Nine) me da una ínfima esperanza de que alguien se anime a publicarlo en Argentina. O por lo menos en castellano. Por ahora, eso no estaría sucediendo y es una enorme injusticia.
Nada más, por hoy. No se pierdan este miércoles el estreno de Opiniones Meméticas, el nuevo programa que hacemos junto a Mariano Cholakian en los canales de YouTube de Comiqueando y La Batea.
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sábado, 20 de septiembre de 2025
HOY, DOS CORTITAS
Entre los dos libros que tengo para reseñar hoy, no llegamos ni a las 120 páginas de historieta. Puede ser, entonces, que las reseñas queden un poco más breves que las habituales.
Hacía bastante que no visitaba La Mazmorra, pero qué regreso, la puta madre. Des Soldats d´Honneur, el décimo tomo de la serie Donjon: Monsters, entra cómodo al podio de los mejores álbumes de esta complejísima saga. Ubicado en el nivel 95, cuando Herbert ya es el Gran Khan y Marvin ya es el Rey Polvo, Des Soldats d´Honneur cambia totalmente el registro de lo que venían contando Lewis Trondheim y Joann Sfar en este universo, para ofrecernos una historia desgarradora, dramática, crepuscular, enchastrada de mala leche, melancolía y desazón.
Básicamente es la historia de un soldado absolutamente leal al Gran Khan, un guerrero de segundo orden que recibe la orden de arrestar y escoltar a su hermano (responsable de un incidente que en realidad fue provocado por el Rey Polvo), a quien debe dejar abandonado en el desierto, para que muera de sed y es lo coman los buitres. Los dos hermanos crecieron juntos y no se separaron un solo día, pero Görk no duda un instante en cumplir su mandato. La vida de Krag no es nada comparada al honor de servir al Gran Khan. ¿O sí? El álbum nos va a contar la sucesión de complicaciones y enredos en los que se mete Krag tratando de cumplir la sentencia que terminará con la vida de su hermano. Y lo hará de una manera seria, profunda, sin chistes, de modo que la crueldad y la violencia cobrarán otra impronta, porque ahora no está el humor para morigerarlas.
Sfar y Trondheim optan por no usar globos de diálogo. Incluso cuando las escenas se basan en conversaciones entre los personajes, todo está narrado en off por el propio Krag en bloques de texto que nos revelan, además de lo que se dice, lo que siente el protagonista en cada momento. Así, llegamos a meternos bien a fondo en la psiquis de este complejo y fascinante personaje, un hallazgo increíble dentro de este universo donde creíamos que todos los bichos eran "funny animals". Funny, las pelotas.
Y para hacer todo más oscuro, más épico, más apocalíptico y más crepuscular, el dibujante elegido para este álbum no es otro que el genio absoluto de Frederic Bezian. Y Bezian nos deleita con 46 páginas gloriosas, en las que no modifica nunca la grilla de seis viñetas iguales (la Gran Kirby), pero se luce con un par de polípticos magistrales. Es alucinante ver el universo casi siempre festivo de Le Donjon reinterpretado por Bezian en clave oscura, con su trazo sobrecargado, expresivo, obsesivo por momentos, con esa paleta de colores apagados, que potencian la tristeza y la desesperanza que impregnan el guion.
No se me ocurre por qué, en la época en que Norma publicaba La Mazmorra en álbumes individuales, dejó afuera de la colección a Des Soldats d´Honneur. Sin dudas estamos ante una obra maestra, una gema (otra gema) en la corona de Sfar y Trondheim, y un muy buen punto de entrada al universo ominoso y tétrico de Frederic Bezian.
Me voy a Paraguay, año 2020, cuando se edita La Joya, un álbum protagonizado por Warrior-M, el personaje creado por Robin Wood y Roberto Goiriz. Yo conocía al personaje por una saga anterior (supongo que era la primera), publicada en 2006 no en libro, sino en revista, también en una editorial paraguaya. En la que probablemente sea la última colaboración entre los dos maestros, Warrior-M vuelve para una aventura de 70 páginas, claramente estructurada en episodios de 10 páginas, pero que se leen de manera muy armoniosa, muy fluida, en este formato tipo novelita gráfica.
No me quiero hacer el boludo con esto: el personaje no me cae muy simpático. Es el típico macho recio, cancherito, cínico, que se hace el duro y que se gana a cualquier minita casi sin esfuerzo. Lo único copado de Warrior-M es que (a diferencia de otros héroes cancheros de Wood, como Dago) cobra de lo lindo. Warrior-M opera medio al margen del orden establecido, en un contexto de hard boiled clásico, pero transplantado a un futuro no muy lejano, onda Blade Runner, algo que Robin ya había probado con muy buenos resultados en Morgan, aquella serie que dibujaba Cacho Mandrafina a fines de los ´80. Lo más interesante de "La Joya" es que a Robin no le alcanza con combinar el policial hard boiled con la ambientación futurista, y desde temprano incorpora más elementos fantásticos, vinculados al mundo de las hadas. Una movida audaz e impredecible, porque cuando a vos te dicen "una onda Blade Runner", lo último que te imaginás son hadas y criaturas mágicas. Pero el guion las incorpora de un modo bastante orgánico, no se sienten como algo demasiado bizarro o traído de los pelos.
La aventura en sí no me pareció muy lograda, más allá de que Robin siempre te engancha con los diálogos filosos. El dibujo de Goiriz cumple muy dignamente. No es muy original (las poses de las chicas con escasa vestimenta nos resultan invariablemente familiares a los pajeros que alguna vez consumimos comics o revistas eróticas), pero es dinámico, generoso a la hora de dibujar fondos, hábil para ampliar el menú de enfoques y angulaciones, y está apuntalado por un trabajo magnífico del colorista Kike Espinoza. Espinoza logra combinar con naturalidad y talento el clima mugriento de la ciudad (típico del policial negro), con el neón y la tecnología futurista, y con el aura mágica de las hadas. No es poco, y Warrior-M se beneficia mucho de esta gran simbiosis entre el grafismo bien clásico, bien aventurero de Goiriz y la paleta de Espinoza.
"La Joya" está lejos de ser un trabajo realmente relevante en el contexto de la increíble carrera de Robin Wood, y si reviste algún interés particular (más allá del mero entretenimiento) es porque probablemente se trate de una de sus últimas obras... o al menos fue publicada cuando el ídolo ya se había retirado de la profesión.
Nada más, por hoy. Nos encontramos el miércoles a las 22:30 en la nueva emisión en vivo de Agenda Abierta (obviamente en el canal de YouTube de Comiqueando), o con nuevas reseñas, acá en el blog.
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jueves, 16 de abril de 2020
JUEVES GLORIOSO
Hoy la vida me premió con
unas lecturas de una calidad inverosímil. Me tengo que esforzar para que me
caiga la ficha de que realmente leí en dos días dos historietas tan buenas,
aparecidas una en 2006 y otra en 2007, muy pegaditas.
Voy primero con la de
2006, que es Después de la Lluvia, el Vol. -84 de La Mazmorra Amanecer, el
cuarto tomo de esta serie, y continuación directa del tomo de La Mazmorra
Monstruos que vimos un lejano (y binario) 11/01/11. Aquel álbum narraba sucesos
tan impactantes, que Joann Sfar y Lewis Trondheim se vieron obligados a romper
la progresión numérica y saltar del nivel -97 al -84 para explorar a full las
consecuencias. Pero hay mucho más que eso en las exiguas 46 páginas de Después
de la Lluvia.
Además del Dream Team
Absoluto de La Mazmorra (Sfar, Trondheim y Christophe Blain, que es como armar
la delantera con Messi, el Batistuta de 1993 y el Gordo Ronaldo del ´97)
tenemos una aventura al palo, trepidante, definitiva, con pinceladas de humor,
altísimas dosis de violencia, algo de sexo, rosca política, sacudones brutales
en el status quo de la serie, revelaciones tremendas sobre algunos personajes,
el regreso de otros, guiños a los que sabemos qué les va a pasar “más tarde” a
estos personajes por haber leído álbumes que van mucho más adelante en la
cronología de la serie… No le pongo el rótulo de “Historieta Perfecta”
simplemente porque hay varias cosas que no se entienden si no venís leyendo los
tomos anteriores de La Mazmorra.
El dibujo de Blain es
magistral, expresivo y dinámico como buen dibujo animado protagonizado por
animalitos antropomórficos, y a la vez oscuro, ominoso, turbio, como casi todo
lo que pasa en este álbum. Menos mal que un día me puse a ordenar mis álbumes
de La Mazmorra, menos mal que consulté un checklist en la web, menos mal que
identifiqué a tiempo que me faltaba un tomito y menos mal que el año pasado lo
conseguí a buen precio. Vivir sin tener completa esta saga es casi un pecado
mortal y morir sin haber leído Después de la Lluvia es prácticamente un crimen
de lesa humanidad.
Después de un paréntesis
prolongado, retomé Oyasumi Punpun, el manga de Inio Asano, con el Vol.11 (el
Vol.10 lo vimos el 23/02/20). Me dejó shockeado, cagado a trompadas. No puedo
creer lo que leí.
De nuevo Yuichi aparece
con cuentagotas, apenas un segundito. Y algo parecido pasa con el otro
personaje que me copaba, Sachi, también bastante relegada en este tomo. ¿Qué
onda? ¿Asano averigua qué personajes me gustan a mí para sacarles protagonismo
y esconderlos en escenitas de relleno? No, pero antes de que este tomo llegue a
la página 50 pasa algo tan grosso, tan tremendo, tan inesperado, tan
impredecible, la trama pega un volantazo tan zarpado, que nada de lo que venía
contando Asano en los tomos anteriores conserva demasiada relevancia. A la luz
de ESA escena (no la quiero spoilear), todo lo demás pasa a ser relleno. El
plot de Pegaso, el gurú de las buenas vibras, avanza un montón, Asano se
desloma para ponerle personajes secundarios copados, diálogos buenísimos… pero
empalidece por completo frente a lo otro, a lo más grosso, que tiene a Punpun y
a Aiko como protagonistas excluyentes.
Oyasumi Punpun sigue
siendo ese manga inclasificable, raro, introspectivo, donde los vínculos tienen
muchísimo más peso que la acción, donde el proceso de maduración del
protagonista le gana el spotlight a las líneas argumentales… pero en este tomo
hay acción, mucha y muy bestial, y Asano dispara una línea argumental con
fuerza suficiente para llevarse puesto a todo lo demás. Veremos qué nos prepara
este ídolo fuera de serie para los últimos dos tomitos.
Ah, juicio y castigo para
el que decidió tapar con esa sobrecubierta amarga y pechofrío una de las
ilustraciones más hermosas de ese virtuoso sin límites que es Inio Asano.
No mucho más, por hoy.
Gracias por el aguante y ojalá las boludeces que uno escribe sirvan para hacer
menos embolante el confinamiento.
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martes, 21 de agosto de 2018
MARTES DE FINALES
Hoy tengo para reseñar dos tomos que funcionan como cierre a sendas colecciones.
En primer lugar, el esperado (pero para nada deseado) final de La Mazmorra, que nos lleva al nivel 111 del Crepúsculo, de la mano de Lewis Trondheim, Joann Sfar y Mazan. Esta historia va casi todo el tiempo en paralelo con la que vimos en el tomo inmediatamente anterior, pero desplazando un poco el foco del relato. En vez de centrarse en Marvin Rojo y Zakutu, este episodio cuenta la batalla final contra la Entidad Negra desde la óptica de Herbert, con roles importantes para el Rey Polvo, Papsukal y el alucinante (o alucinógeno) Gilberto.
Acá también Sfar y Trondheim logran un equilibrio magnífico entre la epopeya grandilocuente, las escenas intimistas (pocas veces tuvo más peso el vínculo entre los personajes) y los chistes, que no pueden faltar. Y además, en este episodio final hay elementos más esotéricos, más limados, que tienen que ver con viajes astrales, que trascienden la violencia física, por supuesto muy presente. La mejor escena, lejos, aparece cuando la Entidad Negra lo psicopatea a Herbert, para hacerlo dudar si está o no controlando los actos de Papsukal. Que un villano tan absolutamente hijo de puta se tome unas viñetas para comportarse como un cancherito, para hacerle una travesura/ guachada más a su víctima, me pareció un hallazgo exquisito.
Y el final –como no podía ser de otra manera- transmite esa sensación chota de desolación, de lo que pudo haber sido y no fue. Pero está claro que -por cómo venía sobre todo la saga de Crepúsculo- si terminaba todo bien, con dicha y alegría para todos, estaríamos hablando de una traición grosera, como cuando te prometen mejor calidad educativa y te destruyen el presupuesto para las universidades, la ciencia y la tecnología. O sea que sí, es un bajón que la hiper-saga que iba a durar 300 álbumes terminara después de… treinta y pico, pero la verdad es que termina bien, con un final redondo, coherente con la evolución que Sfar y Trondheim venían trazando para los personajes principales.
El dibujo de Mazan (a quien ya habíamos visto en uno de los álbumes de Monstres) no me copó tanto como el de Alfred, pero no está nada mal. Gloria eterna a La Mazmorra y si algún día deciden retomarla, acá tienen un comprador seguro.
Me vengo a nuestro país, a 2016, cuando se edita el Vol.8 (y último) de Antología de Héroes Argentinos, con ocho historietas muy, muy distintas entre sí.
La primera retoma una punta argumental iniciada en una de las historias del Vol.6 (lo reseñé el 20/07/18), la hace avanzar dándole mucha chapa al personaje de Romina, y cierra no sin dejar otra punta abierta. Dentro de todo, zafa. No me emocionó mucho, pero no puedo decir que esté mal. Le sigue un episodio de la intrincada saga de Camulus, apenas seis páginas que se proponen cerrar los plots abiertos, pero como leí la saga esporádicamente, no entendí una chota. Acá por lo menos vuela una piña, así que me imagino que habrá un conflicto un poco más power que la vez anterior.
En una brevísima historia de cuatro páginas y cero profundidad, Sebastián Rizzo, Jorge Lucas y Claudio Ramírez narran un encuentro entre Carlitos y Cazador. Nada, muy poquito. Carlitos también tiene peso en la siguiente historia, seis páginas en las que Luis “Hitoshi” Díaz y Emiliano Urich nos muestran el regreso de Estigma, un personaje que había tenido sólo dos apariciones en la efímera revista H de Héroes, allá por 2001. No sé si volvió a aparecer luego de este regreso.
La historia más extensa del tomo es la de Crazy Jack, 14 páginas en las que los maestros Gustavo Amézaga y Rubén Meriggi sacan a relucir su vasto profesionalismo y la estrecha relación laboral que los une hace varias décadas. Un cierre más que atractivo para la saga de este personaje, que ojalá regrese pronto. Carlitos aparece una vez más para una historia que no se entiende muy bien, en la que intercambia trompadas con dos enmascarados, bajo la atenta mirada de un tercero.
Fernando Calvi nos regala una joyita metacomiquera y autorreferencial, en la que reaparecen todos sus personajes de los ´90 (varios de ellos creados en las páginas de Comiqueando). Es una trama compleja resuelta de modo sencillo y que tiene que ver con la evolución artística del propio Calvi. Y para terminar, Toni Torres y Quique Alcatena narran una invasión alienígena a Buenos Aires ambientada en 1948, que será repelida por Misterix, el Vengador, el Caballero Rojo de los años ´40 y varios superhéroes más que yo no conocía. Por supuesto, en apenas 10 páginas no hay espacio para presentarnos a estos personajes, ni para darles profundidad, ni para explicar demasiado nada. Es un clásico palo-y-a-la-bolsa, no muy distinto de las aventuras que vivían en los ´40 los superhéroes yankis, con el plus de estar dibujado por Alcatena, y la contra de cargar con mucho texto, muchas viñetas por página y el rotulado manual de Quique, que a mí personalmente no me gusta. Ah, en un par de viñetas Alcatena dibuja a Perón. Eso sólo hace que esta historieta sea medio totémica.
Y no hay más, ni más Mazmorra ni más Héroes Argentinos. Veremos con qué sigo la próxima vez que me siente a leer comics, y ni bien junte un par de libritos para reseñar, nos reencontramos acá en el blog.
En primer lugar, el esperado (pero para nada deseado) final de La Mazmorra, que nos lleva al nivel 111 del Crepúsculo, de la mano de Lewis Trondheim, Joann Sfar y Mazan. Esta historia va casi todo el tiempo en paralelo con la que vimos en el tomo inmediatamente anterior, pero desplazando un poco el foco del relato. En vez de centrarse en Marvin Rojo y Zakutu, este episodio cuenta la batalla final contra la Entidad Negra desde la óptica de Herbert, con roles importantes para el Rey Polvo, Papsukal y el alucinante (o alucinógeno) Gilberto.
Acá también Sfar y Trondheim logran un equilibrio magnífico entre la epopeya grandilocuente, las escenas intimistas (pocas veces tuvo más peso el vínculo entre los personajes) y los chistes, que no pueden faltar. Y además, en este episodio final hay elementos más esotéricos, más limados, que tienen que ver con viajes astrales, que trascienden la violencia física, por supuesto muy presente. La mejor escena, lejos, aparece cuando la Entidad Negra lo psicopatea a Herbert, para hacerlo dudar si está o no controlando los actos de Papsukal. Que un villano tan absolutamente hijo de puta se tome unas viñetas para comportarse como un cancherito, para hacerle una travesura/ guachada más a su víctima, me pareció un hallazgo exquisito.
Y el final –como no podía ser de otra manera- transmite esa sensación chota de desolación, de lo que pudo haber sido y no fue. Pero está claro que -por cómo venía sobre todo la saga de Crepúsculo- si terminaba todo bien, con dicha y alegría para todos, estaríamos hablando de una traición grosera, como cuando te prometen mejor calidad educativa y te destruyen el presupuesto para las universidades, la ciencia y la tecnología. O sea que sí, es un bajón que la hiper-saga que iba a durar 300 álbumes terminara después de… treinta y pico, pero la verdad es que termina bien, con un final redondo, coherente con la evolución que Sfar y Trondheim venían trazando para los personajes principales.
El dibujo de Mazan (a quien ya habíamos visto en uno de los álbumes de Monstres) no me copó tanto como el de Alfred, pero no está nada mal. Gloria eterna a La Mazmorra y si algún día deciden retomarla, acá tienen un comprador seguro.
Me vengo a nuestro país, a 2016, cuando se edita el Vol.8 (y último) de Antología de Héroes Argentinos, con ocho historietas muy, muy distintas entre sí.
La primera retoma una punta argumental iniciada en una de las historias del Vol.6 (lo reseñé el 20/07/18), la hace avanzar dándole mucha chapa al personaje de Romina, y cierra no sin dejar otra punta abierta. Dentro de todo, zafa. No me emocionó mucho, pero no puedo decir que esté mal. Le sigue un episodio de la intrincada saga de Camulus, apenas seis páginas que se proponen cerrar los plots abiertos, pero como leí la saga esporádicamente, no entendí una chota. Acá por lo menos vuela una piña, así que me imagino que habrá un conflicto un poco más power que la vez anterior.
En una brevísima historia de cuatro páginas y cero profundidad, Sebastián Rizzo, Jorge Lucas y Claudio Ramírez narran un encuentro entre Carlitos y Cazador. Nada, muy poquito. Carlitos también tiene peso en la siguiente historia, seis páginas en las que Luis “Hitoshi” Díaz y Emiliano Urich nos muestran el regreso de Estigma, un personaje que había tenido sólo dos apariciones en la efímera revista H de Héroes, allá por 2001. No sé si volvió a aparecer luego de este regreso.
La historia más extensa del tomo es la de Crazy Jack, 14 páginas en las que los maestros Gustavo Amézaga y Rubén Meriggi sacan a relucir su vasto profesionalismo y la estrecha relación laboral que los une hace varias décadas. Un cierre más que atractivo para la saga de este personaje, que ojalá regrese pronto. Carlitos aparece una vez más para una historia que no se entiende muy bien, en la que intercambia trompadas con dos enmascarados, bajo la atenta mirada de un tercero.
Fernando Calvi nos regala una joyita metacomiquera y autorreferencial, en la que reaparecen todos sus personajes de los ´90 (varios de ellos creados en las páginas de Comiqueando). Es una trama compleja resuelta de modo sencillo y que tiene que ver con la evolución artística del propio Calvi. Y para terminar, Toni Torres y Quique Alcatena narran una invasión alienígena a Buenos Aires ambientada en 1948, que será repelida por Misterix, el Vengador, el Caballero Rojo de los años ´40 y varios superhéroes más que yo no conocía. Por supuesto, en apenas 10 páginas no hay espacio para presentarnos a estos personajes, ni para darles profundidad, ni para explicar demasiado nada. Es un clásico palo-y-a-la-bolsa, no muy distinto de las aventuras que vivían en los ´40 los superhéroes yankis, con el plus de estar dibujado por Alcatena, y la contra de cargar con mucho texto, muchas viñetas por página y el rotulado manual de Quique, que a mí personalmente no me gusta. Ah, en un par de viñetas Alcatena dibuja a Perón. Eso sólo hace que esta historieta sea medio totémica.
Y no hay más, ni más Mazmorra ni más Héroes Argentinos. Veremos con qué sigo la próxima vez que me siente a leer comics, y ni bien junte un par de libritos para reseñar, nos reencontramos acá en el blog.
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miércoles, 15 de agosto de 2018
NOCHE DE MIERCOLES
Sigo avanzando en la lectura de material de autores argentinos que se me escapó en su momento, y ya me falta poquito. En cualquier momento empiezo a leer libros publicados en 2018.
En 2016, con Rubén Sosa ya fallecido, la Biblioteca Nacional publicó la tremenda Un Hombre Normal, una serie que Sosa creó en 1976, justo antes de irse a vivir a Italia, de la que sólo realizó cinco episodios. Inspirado en la novela Las Hienas (de Enrique Medina, recontra-prohibida por la dictadura militar), Sosa narró en Un Hombre Normal el “lado B” de uno de los tantos miembros de los “grupos de tareas” que llevaban adelante los secuestros, las torturas, los asesinatos y las desapariciones ordenadas por los milicos genocidas. En cada episodio vemos a este siniestro personaje envuelto en crímenes de lesa humanidad, y siempre hay una secuencia en la que interactúa con su familia, con sus amigos, donde almuerza, cena o mira futbol como cualquiera de nosotros. Ese contrapunto es sumamente efectivo y perturbador y no se había visto antes en otras historietas.
El último episodio es el que más o menos rompe con esa lógica. Acá el tono de la serie cambia y Sosa se vuelca más a una reflexión casi filosófica acerca de los regímenes represivos, sus metas, las secuelas que dejan en los países donde se instauran y cómo estos chacales sanguinarios logran muchas veces acomodarse incluso cuando se da vuelta la tortilla.
Y si bien todo esto reviste un enorme interés, lo que más me impactó es el dibujo. Sosa fue parte de la camada que estudió con Alberto Breccia y Hugo Pratt en la segunda mitad de los ´50, y sí, hay tintes breccianos en su dibujo. Pero también hay guiños a la narrativa de Guido Crépax y un despliegue de acción, músculos, detalles, expresiones faciales, texturas y rayitas que por momentos emparentan a Sosa con artistas como Berni Wrightson, Sergio Toppi o los filipinos más aplicados. Visualmente esto es apabullante, al filo del barroco, de la sobrecarga de información visual. Por suerte, Sosa logra equilibrar ese descontrol a nivel gráfico con un cuidado muy notable en el armado de la página, de modo que esta abundancia de detalles y trazos no distrae de la narración ni la empantana.
El libro incluye la alarmante cantidad de 18 páginas sin historietas, con un montón de textos sobre el autor, la obra y la época, varios de los cuales se podrían haber obviado tranquilamente. Y hablando de crímenes de lesa humanidad, creo que todavía estamos a tiempo de organizar una marcha pidiendo juicio y castigo para el que eligió esa tipografía espantosa para los diálogos. Si no conocías a Rubén Sosa, este libro te lo pone muy arriba en muy pocas páginas. Hay varias obras más de este autor publicadas en Italia e inéditas en nuestro país, y las quiero todas.
Me voy a Francia a 2014, cuando Lewis Trondheim y Joann Sfar deciden cerrar definitivamente esa desmesurada epopeya que fue La Mazmorra, con dos tomos que pusieron fin a la gloriosa saga iniciada en 1998. Saltando un par de escalones respecto del tomo anterior de La Mazmorra: Crepúsculo (Revolutions, de 2009, lo vimos acá el 25/08/10), Sfar y Trondheim reclutan al notable dibujante Alfred para estas 46 páginas en las que la aventura cobra unas dimensiones épicas, colosales, monumentales. Acá cierran todas las puntas argumentales que involucran a Marvin el Rojo, el Rey Polvo y los hijos del pato Herbert, Zakútu y Papsikal. Y la verdad que no sé qué nos van a contar en el tomo que falta (él último, el cual prometo leer muy pronto), porque acá apenas queda colgado un pedacito de historia, que es el del trip de Herbert al país de los muertos.
El final de Alto Septentrión (que así se titula este episodio) es tan genial, tan potente, que si no hubiese un tomo final, estaría todo bien. Pero hay más, y quedé re-manija para entrarle pronto a ese ¿epílogo?, que en Francia se publicó el mismo día que este episodio. El dibujo de Alfred está perfectamente a la altura de la ambición y la grandilocuencia de la trama: acá hay combates, masacres, explosiones, viajes dimensionales… y el dibujante le pone toda la garra. Incluso tenemos algo sumamente infrecuente en el comic europeo: una doble splash-page que muestra el choque entre un ejército de dragones y una horda de monstruos. Realmente impresionante.
A esta altura, ponerse a recomendar La Mazmorra es totalmente redundante, como decirles “yo te avisé que esto iba a pasar” a los que votaron a Macri. Pero bueno, el primero de esos dos tomos de cierre es demasiado bueno como para no hacerlo. Una más y no jodemos más.
Vuelvo pronto con nuevas reseñas. Gracias y hasta entonces.
En 2016, con Rubén Sosa ya fallecido, la Biblioteca Nacional publicó la tremenda Un Hombre Normal, una serie que Sosa creó en 1976, justo antes de irse a vivir a Italia, de la que sólo realizó cinco episodios. Inspirado en la novela Las Hienas (de Enrique Medina, recontra-prohibida por la dictadura militar), Sosa narró en Un Hombre Normal el “lado B” de uno de los tantos miembros de los “grupos de tareas” que llevaban adelante los secuestros, las torturas, los asesinatos y las desapariciones ordenadas por los milicos genocidas. En cada episodio vemos a este siniestro personaje envuelto en crímenes de lesa humanidad, y siempre hay una secuencia en la que interactúa con su familia, con sus amigos, donde almuerza, cena o mira futbol como cualquiera de nosotros. Ese contrapunto es sumamente efectivo y perturbador y no se había visto antes en otras historietas.
El último episodio es el que más o menos rompe con esa lógica. Acá el tono de la serie cambia y Sosa se vuelca más a una reflexión casi filosófica acerca de los regímenes represivos, sus metas, las secuelas que dejan en los países donde se instauran y cómo estos chacales sanguinarios logran muchas veces acomodarse incluso cuando se da vuelta la tortilla.
Y si bien todo esto reviste un enorme interés, lo que más me impactó es el dibujo. Sosa fue parte de la camada que estudió con Alberto Breccia y Hugo Pratt en la segunda mitad de los ´50, y sí, hay tintes breccianos en su dibujo. Pero también hay guiños a la narrativa de Guido Crépax y un despliegue de acción, músculos, detalles, expresiones faciales, texturas y rayitas que por momentos emparentan a Sosa con artistas como Berni Wrightson, Sergio Toppi o los filipinos más aplicados. Visualmente esto es apabullante, al filo del barroco, de la sobrecarga de información visual. Por suerte, Sosa logra equilibrar ese descontrol a nivel gráfico con un cuidado muy notable en el armado de la página, de modo que esta abundancia de detalles y trazos no distrae de la narración ni la empantana.
El libro incluye la alarmante cantidad de 18 páginas sin historietas, con un montón de textos sobre el autor, la obra y la época, varios de los cuales se podrían haber obviado tranquilamente. Y hablando de crímenes de lesa humanidad, creo que todavía estamos a tiempo de organizar una marcha pidiendo juicio y castigo para el que eligió esa tipografía espantosa para los diálogos. Si no conocías a Rubén Sosa, este libro te lo pone muy arriba en muy pocas páginas. Hay varias obras más de este autor publicadas en Italia e inéditas en nuestro país, y las quiero todas.
Me voy a Francia a 2014, cuando Lewis Trondheim y Joann Sfar deciden cerrar definitivamente esa desmesurada epopeya que fue La Mazmorra, con dos tomos que pusieron fin a la gloriosa saga iniciada en 1998. Saltando un par de escalones respecto del tomo anterior de La Mazmorra: Crepúsculo (Revolutions, de 2009, lo vimos acá el 25/08/10), Sfar y Trondheim reclutan al notable dibujante Alfred para estas 46 páginas en las que la aventura cobra unas dimensiones épicas, colosales, monumentales. Acá cierran todas las puntas argumentales que involucran a Marvin el Rojo, el Rey Polvo y los hijos del pato Herbert, Zakútu y Papsikal. Y la verdad que no sé qué nos van a contar en el tomo que falta (él último, el cual prometo leer muy pronto), porque acá apenas queda colgado un pedacito de historia, que es el del trip de Herbert al país de los muertos.
El final de Alto Septentrión (que así se titula este episodio) es tan genial, tan potente, que si no hubiese un tomo final, estaría todo bien. Pero hay más, y quedé re-manija para entrarle pronto a ese ¿epílogo?, que en Francia se publicó el mismo día que este episodio. El dibujo de Alfred está perfectamente a la altura de la ambición y la grandilocuencia de la trama: acá hay combates, masacres, explosiones, viajes dimensionales… y el dibujante le pone toda la garra. Incluso tenemos algo sumamente infrecuente en el comic europeo: una doble splash-page que muestra el choque entre un ejército de dragones y una horda de monstruos. Realmente impresionante.
A esta altura, ponerse a recomendar La Mazmorra es totalmente redundante, como decirles “yo te avisé que esto iba a pasar” a los que votaron a Macri. Pero bueno, el primero de esos dos tomos de cierre es demasiado bueno como para no hacerlo. Una más y no jodemos más.
Vuelvo pronto con nuevas reseñas. Gracias y hasta entonces.
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martes, 28 de enero de 2014
28/ 01: LA MAZMORRA-AMANECER Vol. -83
Desde el 31/10/11 que tenía abandonada a esta serie, pero claro, yo creía que ya tenía todo, menos los tomos de Monstres que no se publicaron ni en castellano ni en inglés. Pero me encontré con este álbum, el último del Amanecer, que salió en España cuando yo ya me había pasado a la edición yanki, y que los yankis obviamente nunca editaron.
Sin el Menor Ruido es una aventura importante, en la que pasan muchas cosas, lo suficientemente definitivas como para que no le quede grande la pilcha de “el último álbum del Amanecer”, algo que los autores no pensaron a la hora de escribirlo, porque creían que iban a seguir produciendo nuevas entregas. Claramente las cosas no salieron como las planearon Joann Sfar y Lewis Trondheim allá por 1999 y La Mazmorra (Le Donjon, en francés) se termina ahora, en un par de meses, con dos álbumes del Crepúsculo, pensados para darle un final definitivo a la ambiciosa epopeya. Así es como, lo que no resuelve acá, no se resolverá nunca.
El argumento de este tomo es complejo y muy atrapante. Por un lado, seguimos al Profesor Cormor, que tiene un plan para reconstruir la ciudad de Antípolis y sólo necesita quién lo financie. Tendrá que rosquear con la oligarquía, las familias de rancia alcurnia de Antípolis, que por supuesto priorizarán sus mezquinos intereses por sobre los de la ciudad. En paralelo, Sfar y Trondheim nos cuentan una aventura menor, protagonizada por Alexandra y por Araku, el noble caballero de Cavallére y padre de Jacinto, quien ya veterano, vuelve a cabalgar en busca de sus viejos compañeros de armas. La aventura deja de ser menor cuando este plot se mezcla con el de los teje-manejes de las familias más potentadas de Antípolis y una conjura siniestra termina con la vida de... no te lo voy a contar.
Si bien al álbum no le faltan chistes y momentos desopilantes (aportados en su mayoría por el desquiciado caballero Miguel), el tono general es bastante serio, bastante sombrío, y toda la segunda mitad es decididamente heavy. Esto no es raro, ya lo veníamos viendo en muchos tomos de La Mazmorra y especialmente en los del Amanecer. De todos modos llama la atención tanta desolación, tanta muerte, tanta traición, tanto clima de “se pudrió todo”, enchastrado de asesinatos, violaciones y torturas. Jacinto, el protagonista excluyente del Amanecer, aparece cuando faltan seis páginas para el final y le pone el broche de oro a este festival de la muerte y la desesperanza en las dos últimas páginas, cuando asume la identidad de El Camisón y desata una venganza expeditiva e implacable contra los asesinos de... el personaje importante que muere en esta historia. Es una secuencia muda, perfectamente orquestada, de enorme impacto y con interesantísimas consecuencias... que nunca exploraremos.
Por el lado del dibujo, este tomo marca el debut y la despedida de Cristophe Gaultier, quien venía para convertirse en el “dibujante titular” del Amanecer y terminó por dibujar apenas 46 páginas. Pero qué 46 páginas! Sin desviarse demasiado de la línea de Sfar y de Christophe Blain (los anteriores dibujantes de El Amanecer), Gaultier pela un grafismo con muchísima personalidad. En sus mejores momentos, Gaultier parece un Floyd Gottfredson esperpéntico, en descomposición. Brillante en las secuencias oscuras, ominosas o bajoneras, el dibujante pilotea las más divertidas o las más diurnas a fuerza de un excelente manejo del lenguaje corporal de los personajes. Igual lo más llamativo es su dominio de las texturas: rayitas, rayitas y más rayitas, manchas, puntitos, cross-hatchings... todo le sirve a Gaultier para “ensuciar” el dibujo y a la vez para darle más énfasis a los climas bastante sórdidos por los que transita Sin el Menor Ruido. Quiero ver otros trabajos de este virtuoso del plumín.
Con La Mazmorra al borde de la despedida, quiero más que nunca los tomos que nunca conseguí, pero está jodido encontrarlos. Se vienen unas semanas con mucho comic francés, así que seguramente nos reencontraremos pronto con Joann Sfar y Lewis Trondheim para reseñar otros trabajos de estos dos monstruos fundamentales de la historieta francófona actual.
Sin el Menor Ruido es una aventura importante, en la que pasan muchas cosas, lo suficientemente definitivas como para que no le quede grande la pilcha de “el último álbum del Amanecer”, algo que los autores no pensaron a la hora de escribirlo, porque creían que iban a seguir produciendo nuevas entregas. Claramente las cosas no salieron como las planearon Joann Sfar y Lewis Trondheim allá por 1999 y La Mazmorra (Le Donjon, en francés) se termina ahora, en un par de meses, con dos álbumes del Crepúsculo, pensados para darle un final definitivo a la ambiciosa epopeya. Así es como, lo que no resuelve acá, no se resolverá nunca.
El argumento de este tomo es complejo y muy atrapante. Por un lado, seguimos al Profesor Cormor, que tiene un plan para reconstruir la ciudad de Antípolis y sólo necesita quién lo financie. Tendrá que rosquear con la oligarquía, las familias de rancia alcurnia de Antípolis, que por supuesto priorizarán sus mezquinos intereses por sobre los de la ciudad. En paralelo, Sfar y Trondheim nos cuentan una aventura menor, protagonizada por Alexandra y por Araku, el noble caballero de Cavallére y padre de Jacinto, quien ya veterano, vuelve a cabalgar en busca de sus viejos compañeros de armas. La aventura deja de ser menor cuando este plot se mezcla con el de los teje-manejes de las familias más potentadas de Antípolis y una conjura siniestra termina con la vida de... no te lo voy a contar.
Si bien al álbum no le faltan chistes y momentos desopilantes (aportados en su mayoría por el desquiciado caballero Miguel), el tono general es bastante serio, bastante sombrío, y toda la segunda mitad es decididamente heavy. Esto no es raro, ya lo veníamos viendo en muchos tomos de La Mazmorra y especialmente en los del Amanecer. De todos modos llama la atención tanta desolación, tanta muerte, tanta traición, tanto clima de “se pudrió todo”, enchastrado de asesinatos, violaciones y torturas. Jacinto, el protagonista excluyente del Amanecer, aparece cuando faltan seis páginas para el final y le pone el broche de oro a este festival de la muerte y la desesperanza en las dos últimas páginas, cuando asume la identidad de El Camisón y desata una venganza expeditiva e implacable contra los asesinos de... el personaje importante que muere en esta historia. Es una secuencia muda, perfectamente orquestada, de enorme impacto y con interesantísimas consecuencias... que nunca exploraremos.
Por el lado del dibujo, este tomo marca el debut y la despedida de Cristophe Gaultier, quien venía para convertirse en el “dibujante titular” del Amanecer y terminó por dibujar apenas 46 páginas. Pero qué 46 páginas! Sin desviarse demasiado de la línea de Sfar y de Christophe Blain (los anteriores dibujantes de El Amanecer), Gaultier pela un grafismo con muchísima personalidad. En sus mejores momentos, Gaultier parece un Floyd Gottfredson esperpéntico, en descomposición. Brillante en las secuencias oscuras, ominosas o bajoneras, el dibujante pilotea las más divertidas o las más diurnas a fuerza de un excelente manejo del lenguaje corporal de los personajes. Igual lo más llamativo es su dominio de las texturas: rayitas, rayitas y más rayitas, manchas, puntitos, cross-hatchings... todo le sirve a Gaultier para “ensuciar” el dibujo y a la vez para darle más énfasis a los climas bastante sórdidos por los que transita Sin el Menor Ruido. Quiero ver otros trabajos de este virtuoso del plumín.
Con La Mazmorra al borde de la despedida, quiero más que nunca los tomos que nunca conseguí, pero está jodido encontrarlos. Se vienen unas semanas con mucho comic francés, así que seguramente nos reencontraremos pronto con Joann Sfar y Lewis Trondheim para reseñar otros trabajos de estos dos monstruos fundamentales de la historieta francófona actual.
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lunes, 31 de octubre de 2011
31/ 10: DUNGEON MONSTRES Vol.4

Bueno, hoy terminé el tomo de La Mazmorra que estaba leyendo ayer cuando se me ocurrió lo de los traductores…
Como siempre, NBM te habilita dos álbumes franceses en cada tomo y esta vez, hasta respeta el orden. Son los Vol.5 y 6 de la colección francesa Monstres, la que narra historias con los personajes secundarios de las tres sagas centrales. La primera historia es muy grossa. Está ambientada en la época de los primeros tomos de El Amanecer y protagonizada básicamente por Horus, que acá es muy joven. También lo acompañan unos muy jóvenes Jacinto y Alcibíades y el Profesor Cormorant. Entre otros, porque La Nuit du Tombeur (traducida en España como La Noche del Seductor y en EEUU como Night of the Ladykiller) es una obra de protagonismo claramente coral. La trama gira en torno a “la República Mágica” que es como se autodenominan los estudiantes de necromancia y está atravesada por un eje central: Horus es acusado de haber seducido y embarazado a varias chicas de la ciudad. La cosa se complica tanto que hasta es obligado a casarse con la hija de un noble. Pero Horus jamás se transó a ninguna de estas minas y deberá demostrar que es víctima de un complot en su contra, y obviamente desenmascarar al responsable del lujurioso ardid.
Con esto sólo alcanzaría para bancar sin sobresaltos una muy buena trama de misterio con un tinte erótico, pero Lewis Trondheim y Joann Sfar no se aguantan las ganas de que también haya humor, y ahí entra en juego una sub-trama, perfectamente hilvanada con la principal, que es la de Tristan, el hijo cuasi-subnormal de Victor Shambun, el director de la morgue. Por supuesto, esto enriquece la historia y la dota de una magnífica provisión de escenas desopilantes y diálogos memorables. Por si faltara algo, vemos un cachito más del origen de la Mazmorra, porque Jacinto visita a su padre y este le cuenta acerca de los monstruos y criaturas que está encanutando en su fortaleza.
El dibujo corre por cuenta de Vermot-Desroches, un dibujante que (por lo menos en este trabajo) clona milimétricamente a Blutch, que era en ese entonces el dibujante titular de El Amanecer. El único mérito es que clonar a Blutch es muy difícil. Pero por supuesto, uno hubiese querido ver algo más propio y más original.
La segunda historieta es Du Ramdan Chez les Brasseurs, ambientada en los últimos tiempos del Cénit, cuando Jacinto ya está viejo y choto. El protagonista excluyente acá es otro grandote medio subnormal, el mismísimo Grogro. Pero si leíste mucho Groo, no te va a costar nada imaginarte que el protagonista es Groo. Esta vez, Sfar y Trondheim ponen al humor a tirar del carro y va para adelante como un tren bala. Creo que no hay ni una de las 46 páginas que no tenga buenos chistes. Incluso hay guiños a la continuidad: aparece un conejito rojo muy sacado que casi seguro es Marvin el Rojo, uno de los protagonistas de El Crepúsculo. O sea que hasta hay aportes copados por afuera de la aventura 100% en joda, con asquerosidades, machaca y situaciones absurdas.
Esta vez el dibujo está a cargo de Yoann, que se va al carajo, mal. Hasta ahora, en todas las historias de La Mazmorra se imponía el color plano, sin volúmenes. Hasta Carlos Nine se lo tuvo que fumar. Pero Yoann se tira a la pileta y colorea todo con acrílicos, para lograr volúmenes y brillos de esos que veíamos hace 20 años en los mejores trabajos de Simon Bisley (Slaine, Batman/ Judge Dredd). El resultado es majestuoso. Sobre todo porque el tipo le aplica técnicas pictóricas a un dibujo simple, de corte humorístico, y sorprendentemente le queda bárbaro. Así como lo de Vermot-Desroches era predecible y derivativo, lo de Yoann es un salto al vacío absolutamente genial, que hace de esta aventura un hito único en la hiper-saga de La Mazmorra.
Y al final la promesa de que en Septiembre de 2011 volvía La Mazmorra con tomos nuevos a cargo de Trondheim y Sfar terminó por ser un chamuyo, menos constatable en la realidad que las profecías apocalípticas de Lilita Carrió. Un verdadero bajón, porque los que nos hicimos adictos queremos YA nuevas dosis de esta maravillosa droga comiquera.
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martes, 11 de enero de 2011
11/ 01: DUNGEON MONSTRES Vol.3

Joann Sfar, Lewis Trondheim, Carlos Nine y Patrice Killoffer. Ya está, podríamos terminar la reseña acá y dedicarnos a otra cosa, porque no hay con qué superar el impacto de esas cuatro bestias juntas. Y se lo debemos, por supuesto, a la querida editorial newyorkina NBM, que publica en cada tomito de sólo u$ 13, DOS álbumes franceses completos, en este caso los Vol.8 y 9 de Monstres, la serie de 12 tomos que salta entre las tres etapas de La Mazmorra (Amanecer, Cénit y Crepúsculo) para contarnos historias accesorias, llenar baches argumentales o darles chapa a los personajes secundarios.
Arrancamos con una historia que cumple con los tres requisitos: Heartbreaker (Creve-Coeur), una saga intensa y muy jodida, protagonizada por Alexandra, la sensual asesina de la que se enamora El Camisón (o Jacinto, o el futuro Guardián de la Mazmorra). El guión es asfixiante, no da respiro, y a cada página nos hunde más y más en una fosa séptica de perversión y crueldad, en la que la vida “humana” cada vez vale menos. Es una historia demasiado importante para una colección como Monstres, que cambia por completo el devenir del Amanecer. Los sucesos de Creve-Coeur desencadenan una serie de consecuencias una más heavy que la otra, a tal punto que el siguiente tomo del Amanecer no fue el -96, sino que Sfar y Trondheim decidieron romper el orden progresivo de la numeración y subir al nivel –84 para explorar el nuevo status quo.
El trabajo de Nine es soberbio, poesía desatada y en estado puro, con algún tropiezo menor en el armado de la página (uno o dos momentos en los que no te queda claro en qué orden tenés que leer las viñetas), pero con un despliegue impresionante en los fondos, unos primeros planos recontra-expresivos y un ritmo espectacular en las escenas de acción, que generalmente aparecen poco en las historietas del genio de Haedo. El color es sobrio, sin virtuosismos innecesarios, pero perfectamente adecuado al clima sombrío y trágico del relato.
Y de ahí nos vamos al nivel 75, cerca del tramo final del Cénit (donde ya están presentes muchos de los elementos típicos del Crepúsculo), para sumergirnos en The Depths (Les Profondeurs). Esta es la típica historia de Monstres. La protagonista es una chica a la que no habíamos visto nunca y el conflicto central del arco es uno que se menciona muy al pasar en los álbumes del Crepúsculo, y que acá está perfectamente explicado: la alianza del príncipe Papsukal con los piratas submarinos para exterminar a los sacerdotes Bathystas. Y de paso le da mucha chapa a Shiwomihz, comandante de las fuerzas submarinas del Gran Khan, a quien este mismo hará crosta al principio del Crepúsculo.
Y si el guión sórdido y corrupto de Creve-Coeur contrastaba con el dibujo elegante y sensual de Nine, esta otra sarta de atrocidades (con masacres, violaciones, traiciones, mutilaciones y combates truculentos) contrasta con los fastuosos dibujos de Patrice Killoffer, que acá (como de costumbre) se zarpa, mal. Por momentos parece otro autor, o varios, una mezcla de Dave Cooper con Rafael Grampá, entre cute, asqueroso y barroco, con un laburo en los fondos que te caés de ojete. Nunca jamás vi la flora y la fauna submarinas tan bien dibujadas. Y esos bichos! Los diseños de las criaturas son brillantes, dignos de Alcatena en crack. No me quiero imaginar cuánto tardó Killoffer en dibujar esas 46 páginas.
Y bueno, NBM hizo la Gran Norma: en vez de seguir el orden en que los álbumes salieron en Francia, se pasó de vanguardista y mandó, en lugar de los Vol.5 y 6, el 8 y el 9, que están sin duda entre los tres o cuatro mejor dibujados de TODAS las series de La Mazmorra. Se saltearon nada menos que tres álbumes (dos de los cuales están editados en España) y uno que por ahora sólo existe en francés y espero que no quede afuera del próximo tomito yanki para poder leerlo. El 2010 no fue un buen año para los fans de esta mega-epopeya de Sfar y Trondheim, ya que no salieron nuevos álbumes de ninguna de las series. Pero se supone que en Septiembre de este año se viene el relanzamiento a todo trapo. Mientras tanto, hay tiempo para ponerse al día rápido y barato con la edición de NBM.
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miércoles, 25 de agosto de 2010
25/ 08: DUNGEON TWILIGHT Vol.3

¿Cuánto vale un tomito de La Mazmorra editado por Norma? ¿$ 75? O sea que dos valen $ 150. Bueno, te están cagando. NBM te edita dos tomos franceses de Le Donjon a u$ 13, que son algo así como $ 51.50. Sí, posta. Tres veces menos que Norma! Ya sé, los tomos yankis son un poquito más chicos que un TPB normal, pero… valen TRES veces menos! Ya sé, queda feo en la bibilioteca cambiar de formato en la mitad de una colección, pero… valen TRES veces menos! Y ya llevan publicados unos cuantos episodios que nunca salieron en España! Si podés leer en inglés, dejá de subsidiar a millonarios y pasate YA a la edición de NBM.
Dicho todo esto, vamos con las dos aventuras que componen este tomo, que son el quinto y sexto episodio del Crepúsculo, la saga que arranca en el Nivel 101 de La Mazmorra. Acá, Joann Sfar y Lewis Trondheim nos proponen dos historias radicalmente distintas entre sí. En la primera, Les Nouveaux Centurions, pasa de todo: hay intriga palaciega, combates épicos, romance, y muchísimos avances en el desarrollo de algunos personajes clave, principalmente el Gran Khan y su hija Zakutu. Acá presenciamos un cambio brutal en el equilibrio de poderes en esta Terra Amata post-Harmaguedón, y por si faltara algo, el esperadísimo reencuentro entre Herbert (el Gran Khan) y Marvin (el Rey Polvo), viejos compañeros de aventuras en la etapa Cénit, luego convertidos en enemigos por esas cosas de la vida y la magia. En el medio, y siempre con mucho protagonismo, está el otro Marvin, el conejo rojo, el guerrero joven, impulsivo y eternamente alzado, al que el poder y la responsabilidad (que, como nos enseñó Stan Lee, son dos caras de la misma moneda) parecen ayudarlo a madurar y a ser mejor persona. Con énfasis en “parecen”, por supuesto…
Les Nouveaux Centurions es un episodio crucial para la saga, en el que los autores no se limitan a seguir explorando las inconmensurables consecuencias del Harmaguedón, sino que además avanzan muchas líneas argumentales e introducen nuevos elementos que enriquecen y hacen más complejo el siempre frágil status quo del Crepúsculo. El dibujo, al igual que en el tomo anterior, corrió por cuenta de Kerascoët, un pseudónimo detrás del cual se oculta una dupla autoral integrada por Marie Pommepuy y Sébastien Cosset. Es que si esto lo dibujara un sólo tipo (o mina) no sería humano. No sólo por la cantidad de viñetas… también la cantidad de personajes, los ejércitos, los castillos, las naves, las criaturas. Es too much. Encima, los Kerascoët se zarpan con unos cross-hatchings imposibles, que sirven para desplegar texturas con una generosidad pasmosa. Visualmente, Les Nouveaux Centurions no tiene nada que envidiarle a los mejores álbumes de la serie.
En la segunda mitad de este libro subimos al Nivel 106 para descubrir Revolutions, una historia en la que, básicamente, no pasa nada. No avanzan los plots, no avanza la caracterización y lo único importante es que Marvin el Rojo pierde su mega-armadura. El resto es una aventura divertida, con momentos muy graciosos y otros bastante tensos, pero intrascendente en el contexto de la saga mayor. De hecho, podemos cambiar al Rey Polvo por Marvin el Dragón y a Marvin el Rojo por el Herbert del Cénit y está todo bien igual. Conociendo a Sfar y Trondheim, en una de esas alguno de los personajes que debutan en Revolutions más adelante cobra protagonismo, pero la verdad es que lo dudo. Por ahora, va a la lista de los episodios de relleno, de esos que si comprás La Mazmorra en la edición española, podés obviar sin mayores consecuencias. El dibujo esta vez recayó en Obion, pseudónimo de Erwan Lucas, un autor mucho menos personal, más tributario del estilo de Sfar, pero que la pilotea muy decorosamente y se luce sobre todo en las escenas de violencia, que son unas cuantas.
Revolutions salió en Francia a mediados de 2009 y es, hasta ahora, el último tomo de la saga, que supuestamente se relanza con todo el año que viene, con un episodio dibujado por Trondheim y otro por Sfar. Si nunca te internaste en las profundidades del Donjon, te estás perdiendo una de las mejores cosas que le pasaron al comic en su historia. Y si ya te embarcaste en este maravilloso viaje de ida, acordate: NBM te cobra $ 51.50 por DOS tomos!
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