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martes, 15 de abril de 2025
NOCHE DE MARTES
Le sigo dando átomos a la lectura del material que tengo pendiente, y ya tengo otros dos libritos que quiero reseñar.
El primero es un álbum cortito, apenas 48 páginas, pero con bastante texto. Estamos en Francia, año 1983, pleno furor de la historieta para adultos y Les Humanoïdes Associés recopila en un hermoso tomito de tapa blanda varias historias cortas de Les Closh, los personajes de Dodo y Ben Radis que aparecían en la Métal Hurlant.
Básicamente se trata de comedias breves, casi siempre con algún estallido de violencia, pero sin alejarse mucho de la senda del humor. Les Closh eran algo así como la versión "cheta" de Kebra, la rata pandillera y punk de Tramber y Jano. Siempre impecables en su apariencia, Les Closh son una banda de rock, pero a la que no le tiembla el pulso a la hora de interpretar boleros, jazz o rockabilly. Y al tener una cantante mujer, uno los asociaba mucho con Los Twist, que también usaban trajes y moñitos, y se las daban de irónicos. No todas las historias tienen que ver con que ellos son músicos. De hecho, la mejor dibujada del libro es una parodia de la famosa película "La Guerra del Fuego", en la que ellos son cavernícolas. Y la mejor escrita es una de espionaje y aventuras onda Blake & Mortimer, titulada "Le Citron Riz Jaune", intensa y divertidísima, también llena de guiños satíricos.
Incluso hay una historieta en la que no aparecen Los Closh, que es una versión en tiempos ochentosos y en son de joda de la famosa aventura de Los Tres Mosqueteros en la que tienen que hacer aparecer las joyas de la reina. Esta pareciera ser una historieta más antigua que las otras, porque el dibujo no está tan logrado.
Algunas de estas historias las recuerdo de cuando leía la edición española de Métal Hurlant, otras me parece que nunca se tradujeron al castellano, y en todos los casos me encontré con secuencias muy entretenidas, con personajes carismáticos que no siempre ganan, en general envueltos en situaciones cercanas y reales para cualquier grupito de jóvenes de los ´80.
Al igual que en las historietas de Kebra, acá tenemos personajes muy humanos, pero con cabezas de animales: ratones, perros, cerdos... al punto que las últimas historias parecen estar ambientadas en el universo de Walt Disney, con apariciones de Gyro Gearloose y el propio Mickey. El dibujo de Ben Radis es fabuloso: expresivo, dinámico, prolijo, con constantes homenajes a la ropa y los autos de los años ´50, algo que en la época de oro de Métal Hurlant era moneda corriente y se veía también en la obra de autores como Ted Benoit, Yves Chaland y Serge Clerc. Y si bien toda esta estética está muy bien plasmada, Radis me impactó sobre todo con su interpretación de la prehistoria en la parodia de "La Guerra del Fuego", donde no hay autos ni corbatas ni edificios, pero sí unos instrumentos musicales resueltos con muchísimo ingenio. Como ya dije, me pareció la historieta mejor dibujada del álbum.
No sé si me compraría más álbumes de Les Closh, pero sí me gustaría tener en libro otras obras de esta dupla, de la que hace muchos años que no tengo noticias y que en la adolescencia me hizo muy feliz.
Nos vamos a Estados Unidos, año 2019, cuando Mark Millar, poco antes de pelearse para el orto con la gente de Image, le agrega una gema a su corona con Prodigy: The Evil Earth, la primera (y creo que hasta ahora única) aventura de Edison Crane, el hombre más inteligente del mundo. Edison es una especie de hiper-bocho infalible al estilo Reed Richards, pero con una aptitud física y una adicción por el riesgo y la adrenalina que lo acercan más a un Batman o un James Bond. Una máquina de resolver problemas, con una memoria imposible, una capacidad de observación apabullante, una serenidad a prueba de balas y la empatía y la sensibilidad suficientes para utilizar todo esto (más ilimitadas cantidades de dinero que consigue casi sin esfuerzo) al servicio de quienes más lo necesitan.
Edison Crane es el tipo que a todos nos gustaría ser. Un James Bond que no se pasa de canchero, un Batman que no se deja ganar por sus obsesiones, un Reed Richards que resuelve problemas reales y cotidianos para mejorarle la vida a la gente... Uno que ya está acostumbrado a los volantazos de Mark Millar (y a la mala leche que suele aparecer en las obras del escocés), estaba preparado para la revelación final, en la que Crane resultara ser el más cínico e hijo de puta de los villanos. Pero no, el autor lo mantiene noble y copado hasta el final. A lo largo de estos seis episodios, zafa de peligros y heridas muy extremas, y aún así todo resulta bastante creíble, simplemente por las asombrosas capacidades y conocimientos de los que hace gala Crane.
Lo único que no me terminó de cerrar es la revelación de la identidad del principal villano. No hacía falta que fuera alguien a quien Crane conocía desde la infancia. Podría haber sido cualquier otro sorete, y nos ahorrábamos esa vuelta de tuerca que tensa innecesariamente el verosímil. El resto me encantó. El ritmo, los diálogos, la forma en la que Millar toca (bastante por encima, pero sin trivializarlos) problemas políticos y sociales del mundo real, la forma en la que te muestra lo jodidos que son los villanos, los momentos que elige para clavar los flashbacks al pasado del protagonista... Un verdadero deleite, repleto de sorpresas incluso para el lector muy curtido en las lides de la aventura extrema, a todo o nada.
Al igual que en Huck (reseñado por acá un 16/06/20), Millar cuenta con los magníficos dibujos de Rafael Albuquerque, complementados a la perfección con los colores de Marcelo Maiolo. Más allá de alguna página en la que escasean los fondos, se nota que Albuquerque puso el alma en este trabajo. Hay paisajes hermosos, edificios complicados, naves con diseños futuristas, escenas en interiores que requieren mucho detalle y mucho cuidado en la composición, y por supuesto personajes expresivos, de gran plasticidad, que tienen que correr, saltar, nadar, volar o simplemente conversar durante varias viñetas sin que el lector se aburra. Albuquerque hace que todo parezca muy fácil y que todo fluya con mucha naturalidad, como si uno estuviera viendo una película... pero guarda: el comic es un comic, no es un storyboard con globos de diálogo. Gran trabajo de este notable autor brazuca que hoy es garantía absoluta de solvencia y jerarquía.
Prodigy es una lectura original y atractiva, muy recomendable para los fans de las aventuras sin superpoderes ni elementos fantásticos muy limados. Y ni hablar para los fans de Millar o de Albuquerque, que los van a encontrar afiladísimos a ambos.
Esto es todo por hoy. Se viene Semana Santa y por ahí los compromisos sociales me llevan a bajar un toque el ritmo de lectura y posteos, pero veremos cómo la piloteamos. Ojalá nos reencontremos pronto, acá en el blog.
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martes, 16 de junio de 2020
MUY BUEN MARTES
Hoy en Buenos Aires
tuvimos sol, calorcito… un lujo. Y encima tengo para reseñar dos libros que me
gustaron muchísimo.
Empiezo en España, en
2006, cuando el maestro Daniel Torres publica La Balada de Dry Martini, que
vendría a ser el Vol.8 de las aventuras de Roco Vargas. Este es el álbum en el
que Torres cierra varios plots que vimos desarrollarse en las dos entregas
anteriores (El Juego de los Dioses y Paseando con Monstruos), que tienen que
ver básicamente con la vida en un mundo donde los seres humanos conviven con
los androides y demás criaturas con inteligencia artificial. Lo mejor que tiene
La Balada de Dry Martini es que, en su intento por explicar esas zonas grises,
o esos momentos medio WTF?! que le había puesto Torres a las dos aventuras
anteriores, las resignifica por completo. Las recuenta desde otra óptica y les
agrega capas de complejidad muy atractivas, que hacen que no te puedas resistir
a releerlas ni bien terminás este tomo.
Además, esta es una obra
del Torres maduro, que se toma su tiempo para que los personajes reflexionen
acerca de lo que está pasando, y que se cuestionen a nivel filosófico todo esto
que tiene que ver con ser o no humano. Si pensás, si podés tomar decisiones por
vos mismo, si te podés rebelar, si te podés equivocar, si hasta te podés
reproducir sin permiso de nadie… ¿sos una máquina? ¿O sos una persona, hecha de
materiales sintéticos en vez de biológicos? El autor dedica unas cuantas
páginas a indagar en la “psiquis” de la inteligencia artificial y plantea la
problemática con una profundidad digna de los mejores relatos de Isaac Asimov.
-¿Y le queda espacio, en
apenas 46 páginas, para no descuidar la faceta aventurera de Roco Vargas? Sí, y
el costo que paga es “olvidarse” durante este álbum de los personajes
secundarios que acompañan al protagonista desde su debut allá por 1983. Banco
la decisión, porque acá hay varios personajes muy destacados que rodean a Roco
y le agregan volumen dramático a la obra.
Visualmente, esto no se
diferencia en nada del resto de los álbumes de Roco Vargas aparecidos en el
Siglo XXI (vimos uno sólo en el blog, un lejano 25/07/10) y está muy bien. Muy
sobrio, muy clásico, con una gran simbiosis entre la imaginación y el timing
narrativo de Torres y la labor más ardua de Paco Cavero, quien está cargo de
tintas y color. Me falta un sólo álbum de Roco Vargas que nunca me pasó ni
cerca, y que –según leí por ahí- es incluso mejor que este. Lo tengo en la
mira, obviamente.
Nos vamos a EEUU, fines de
2015, cuando Mark Millar y Rafael Albuquerque presentan a Huck, una nueva
vuelta de tuerca al mito del superhombre que a cualquier director de cine le
gustaría filmar. Eso es lo único que no me cerró de Huck: antes que un gran
comic, se propone ser una gran película. Y lo logra ampliamente, eh? Me imagino
esto con actores, movimiento y sonido y debe ser genial. Pero eso le da al
comic cierto tinte de “boceto previo a la obra real” y me llena un poquito las
pelotas.
La trama está muy bien
armada, el desarrollo es muy ganchero, el final es consistente, los diálogos
están buenísimos, los personajes nos llegan, nos hacen quererlos como si fueran
amigos del barrio, de toda la vida… No se puede decir ni mu del guión, porque
realmente acá Millar puso el alma. Incluso me hizo pensar para qué mierda quieren
los superhéroes esos uniformes estridentes, esos chiches tecnológicos, esos
cuarteles suntuosos, si Huck nos deja clarísimo que para hacer el Bien, para
ponerse al servicio de quien lo necesita, nada de eso hace falta. Es eso solo.
La base más cruda, más pelada de lo que significa ser un héroe. El núcleo duro
de la ética de la solidaridad. No le pidas más, porque es al pedo. Y funciona.
Millar lo demuestra con la contundencia de sus trabajos más lindos, menos
salpicados de mala leche y –una vez más- mete ese enganche, esa gambeta, tira
esa magia que te hace decir “¿cómo no se le ocurrió antes a ninguno de estos
tipos que escriben seis series de superhéroes por mes hace mil años?”.
Rafael Albuquerque, por su
parte, me deleitó con su línea dinámica, plástica, amistosa y potente a la vez…
pero llega un punto en que tanta escasez de fondos me empieza a no
convencer. Por suerte cuando
dibuja fondos la rompe, no sé si no son los mejores fondos que dibujó en su
vida. El tema es que para mi gusto, hay pocos. Y también por suerte está el
gran Dave McCaig a cargo del color, y esto le agrega climas, sutilezas,
complejidad y hasta impacto a los dibujos del querido brazuca. Además, una vez
que la historia te atrapa y la química (o alquimia) entre guión y dibujo te empieza
a llevar de una punta a la otra del libro, medio que te olvidás de que hay
pocos fondos, sobre todo porque eso NO es lo esencial ni en este comic ni en
casi ningún otro.
Recomiendo mucho Huck y me
llama la atención que en la portada diga “Book 1” y no haya más material fuera
de los seis comic-books reunidos en este TPB. ¿Le habrá ido mal? No se me
ocurren motivos para que Millar y Albuquerque no produzcan nuevas historias de este
personaje entrañable… aunque si no lo hacen y dejan todo así como está, no me
quejo en absoluto.
Nada más, por hoy. Nos
reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.
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martes, 28 de julio de 2015
28/ 07: AMERICAN VAMPIRE Vol.5
Retomo esta serie que tenía colgada desde el 12/10/14. Este quinto tomo ofrece dos sagas ambientadas en 1954: una (editada originalmente como miniserie por afuera de la colección principal) está situada en Europa, y la otra en EEUU. Las dos sagas escritas por Scott Snyder tienen el mismo problema: como aventuras, son flojas, sobre todo la primera. Les falta sorpresa, les sobra machaca y casi todo lo que sucede parece ser parte de un festival bastante obvio de excusas para que los vampiros pelen garras y colmillos y se den con tutti. ¿Por qué, aún así, se hace llevadera la serie? Por dos motivos.
El primero es la consigna: American Vampire va avanzando a la par del Siglo XX, lo cual le da a Snyder la posibilidad de reflejar en cada arco argumental un punto interesante en la historia más o menos reciente de los EEUU. El guionista investiga, recrea estas décadas del siglo pasado con mucha agudeza y desliza una mirada crítica, muy atractiva, acerca de los procesos sociales y políticos de cada época. Cada situación de vida cotidiana, de gente normal, enriquece los relatos con información muy bien mechada acerca de cómo se vivía en cada momento del Siglo XX en alguna ciudad de EEUU. Sólo por eso, uno banca ese culebrón sangriento entre estas criaturas pesadillescas que –como son no muertos- pueden sobrevivir sin drama al paso de las (muchas) décadas.
Y además hay un segundo elemento atractivo: el desarrollo de personajes. Con el correr de las sagas y las décadas, los protagonistas cambian, evolucionan muchísimo. Pearl Jones, su marido Henry, Calvin Poole, los Vasallos del Lucero, los distintos integrantes de la familia Book… hasta el nefasto Skinner Sweet tiene en cada arco argumental una nueva posibilidad de asumir nuevos roles, o pegarle giros interesantes a su relación con el resto del elenco.
Casualmente eso sucede en el segundo arco incluído en este tomo: Skinner Sweet sigue siendo el sorete irredimible, la escoria vampírica más abyecta del planeta, pero Snyder urde tramas que lo llevan a adoptar (aunque sea un rato) otra actitud, y eso abre posibilidades que nutren mucho a este segmento de la obra, y lo ponen bastante por encima de la saguita en Europa. A esta altura, ya es hiper-obvio que ni Skinner ni Pearl van a morir mientras exista esta serie, pero las vueltas que encuentra Snyder para mantenerlos atractivos son más que válidas.
La saguita en Europa, mientras tanto, naufraga en un argumento bastante pobre, con escaso sustento, pero también se anota sus porotos con el desarrollo de un personaje hasta ahora demasiado clavado en el estereotipo: Linden Hobbes, el circunspecto líder de los Vasallos del Lucero.
Este arco cuenta con los dibujos de Dustin Nguyen, en un estilo muy suelto, donde se nota la velocidad con la que el dibujante se sacó de encima estas páginas. No está mal, para nada, pero no esperes esa elegancia que supo mostrar Nguyen en los trabajos que hizo para las distintas series de Batman. Y después llega el titular, Rafael Albuquerque, el que conoce de taquito a los personajes, el que entiende perfecto los climas que sugieren los guiones de Snyder, el que se lee la mente con el colorista Dave McCaig. Como en el tomo anterior, Albuquerque nos mete en un vértigo repleto de acción y violencia… que te puede llegar a cansar por su excesiva estridencia, o por la grosera escacez de fondos. Por suerte la narrativa es tremendamente ágil y el estilo de Rafael hace que la onda impactante y pochoclera se haga sumamente tolerable.
Y acá se termina la primera parte de American Vampire. Después vienen dos especiales (compilados como Vol.6) y recién después, en lo que sería el Vol.7, el primer arco de la segunda serie regular, titulada Second Cycle. Habrá que buscarlos a ver cómo siguen las historias, porque la verdad que Snyder logró engancharme con varios de los personajes y el dibujo de Albuquerque es una adicción jodida de frenar…
El primero es la consigna: American Vampire va avanzando a la par del Siglo XX, lo cual le da a Snyder la posibilidad de reflejar en cada arco argumental un punto interesante en la historia más o menos reciente de los EEUU. El guionista investiga, recrea estas décadas del siglo pasado con mucha agudeza y desliza una mirada crítica, muy atractiva, acerca de los procesos sociales y políticos de cada época. Cada situación de vida cotidiana, de gente normal, enriquece los relatos con información muy bien mechada acerca de cómo se vivía en cada momento del Siglo XX en alguna ciudad de EEUU. Sólo por eso, uno banca ese culebrón sangriento entre estas criaturas pesadillescas que –como son no muertos- pueden sobrevivir sin drama al paso de las (muchas) décadas.
Y además hay un segundo elemento atractivo: el desarrollo de personajes. Con el correr de las sagas y las décadas, los protagonistas cambian, evolucionan muchísimo. Pearl Jones, su marido Henry, Calvin Poole, los Vasallos del Lucero, los distintos integrantes de la familia Book… hasta el nefasto Skinner Sweet tiene en cada arco argumental una nueva posibilidad de asumir nuevos roles, o pegarle giros interesantes a su relación con el resto del elenco.
Casualmente eso sucede en el segundo arco incluído en este tomo: Skinner Sweet sigue siendo el sorete irredimible, la escoria vampírica más abyecta del planeta, pero Snyder urde tramas que lo llevan a adoptar (aunque sea un rato) otra actitud, y eso abre posibilidades que nutren mucho a este segmento de la obra, y lo ponen bastante por encima de la saguita en Europa. A esta altura, ya es hiper-obvio que ni Skinner ni Pearl van a morir mientras exista esta serie, pero las vueltas que encuentra Snyder para mantenerlos atractivos son más que válidas.
La saguita en Europa, mientras tanto, naufraga en un argumento bastante pobre, con escaso sustento, pero también se anota sus porotos con el desarrollo de un personaje hasta ahora demasiado clavado en el estereotipo: Linden Hobbes, el circunspecto líder de los Vasallos del Lucero.
Este arco cuenta con los dibujos de Dustin Nguyen, en un estilo muy suelto, donde se nota la velocidad con la que el dibujante se sacó de encima estas páginas. No está mal, para nada, pero no esperes esa elegancia que supo mostrar Nguyen en los trabajos que hizo para las distintas series de Batman. Y después llega el titular, Rafael Albuquerque, el que conoce de taquito a los personajes, el que entiende perfecto los climas que sugieren los guiones de Snyder, el que se lee la mente con el colorista Dave McCaig. Como en el tomo anterior, Albuquerque nos mete en un vértigo repleto de acción y violencia… que te puede llegar a cansar por su excesiva estridencia, o por la grosera escacez de fondos. Por suerte la narrativa es tremendamente ágil y el estilo de Rafael hace que la onda impactante y pochoclera se haga sumamente tolerable.
Y acá se termina la primera parte de American Vampire. Después vienen dos especiales (compilados como Vol.6) y recién después, en lo que sería el Vol.7, el primer arco de la segunda serie regular, titulada Second Cycle. Habrá que buscarlos a ver cómo siguen las historias, porque la verdad que Snyder logró engancharme con varios de los personajes y el dibujo de Albuquerque es una adicción jodida de frenar…
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domingo, 12 de octubre de 2014
12/ 10: AMERICAN VAMPIRE Vol.4
Con esta serie me pasa algo rarísimo: me encanta la premisa, me gusta el clima, me engancha el ritmo que le imprime Scott Snyder a las aventuras, me sorprendo con lo bien que el guionista maneja los diálogos, llenos de modismos propios de las distintas etapas en las que sitúa las historias, me parece que está bien armado el elenco de secundarios… pero detesto al protagonista. Skinner Sweet me parece un personaje despreciable, pero además choto, unidimensional, básico… Desde el primer tomo estoy esperando que Snyder se juegue a hacerlo boleta y lamentablemente, parece que tenemos Skinner para rato. Aún así, este tomo me gustó mucho más que el anterior. Trato de explicar por qué.
Arrancamos con un arco de tres episodios, ambientado primero en la infancia y después en la juventud de Skinner Sweet y su primer némesis, Jim Book. Primero en el marco de la Guerra de Secesión y más tarde en las campañas de los milicos yankis contra los apaches, Snyder nos revela un montón de datos acerca de estos dos personajes, en secuencias anteriores al Vol.1. Acá ya está clara la crueldad y la falta de escrúpulos de Skinner, pero por lo menos se lo ve menos invulnerable, más humano. Y además pega más fuerte ver a un pibe hacer esas maldades. Como punto extra, en el segundo episodio de la trilogía, Skinner y Book casi no aparecen y todo se centra en la piel roja Mimeth, quien resulta ser la verdadera pionera en esto de los vampiros americanos.
El siguiente arco tiene cuatro episodios y retoma la progresión lineal de la serie para llevarnos a 1954. Y acá Snyder frota la lámpara y pela una genialidad: Travis Kidd, un pibe que parece John Travolta en Grease, o James Dean en Rebel Without a Cause, y que se dedica a cazar vampiros con una mala leche fascinante. Acá la serie encuentra un personaje carismático, tridimensional, complejo, con huevos y recursos para que uno hinche, más que nunca, por ver al sorete de Skinner definitivamente exterminado. Son 80 páginas narradas a un ritmo frenético, con flashbacks muy bien calzados a la infancia de Travis (que tiene que ver con lo que sucedió en Las Vegas en el Vol.2) y con una mirada sutil y llena de ironía acerca de esa época de los EEUU tan fértil para la ficción. Lo mejor de todo es que Skinner aparece con el arco argumental ya bastante avanzado y hay que sufrirlo pocos episodios. Sobre el final, van a tener peso Los Vasallos del Lucero y Pearl, pero el núcleo central de la saga es 100% Travis Kidd, un gran hallazgo por parte de Snyder.
Y predeciblemente, Calvin Poole (secundario en el tomo anterior) vuelve esta vez como protagonista, para un arco breve, también ambientado en 1954 y que es apenas una excusa para hablar de la tensión racial, otro elemento típico de este período histórico en EEUU. Y de nuevo, no aparece el nefasto Skinner Sweet, lo cual suma bastante.
Por el lado del dibujo, el nivel es altísimo. Para el arco ambientado a fines del Siglo XIX tenemos a un especialista, el prócer catalán Jordi Bernet, que venía de años de lucimiento en la revista de Jonah Hex, que transcurría en ese mismo período. Clásico y efectivo, Bernet deja todo y logra páginas memorables. En los cuatro episodios de Travis Kidd tenemos al titular de la serie, el cada día más grosso Rafael Albuquerque (que nos visitara recientemente en Comicópolis), jugado al vértigo, a la machaca a todo o nada, pero con muy buen laburo en los fondos y algunas puestas en página geniales y sumamente arriesgadas, como esa doble página cerca del final del tercer episodio. Y los de Calvin Poole son episodios tan de relleno que ni siquiera tienen los dos el mismo dibujante. En el primero aparece Roger Cruz, un brazuca bien del montón, que se esfuerza por no chorear ni a Jim Lee ni a Joe Madureira (que es lo que hizo toda la vida) y le sale algo híbrido,a a mitad de camino entre el realismo y el grotesco. Y en el segundo, un ídolo: el tano Riccardo Burchielli, viejo compañero de correrías de Brian Wood, cuando Brian Wood la descosía en Vertigo. Obviamente a Burchielli le sobra oficio para salir bien parado de este desafío y logra imágenes y secuencias mucho más interesantes que las de Cruz.
Lindo tomo de American Vampire, como para tenerle fe a un repunte que ojalá sea definitivo. Tengo ya comprado el Vol.5, así que eventualmente le hincaré los colmillos.
Arrancamos con un arco de tres episodios, ambientado primero en la infancia y después en la juventud de Skinner Sweet y su primer némesis, Jim Book. Primero en el marco de la Guerra de Secesión y más tarde en las campañas de los milicos yankis contra los apaches, Snyder nos revela un montón de datos acerca de estos dos personajes, en secuencias anteriores al Vol.1. Acá ya está clara la crueldad y la falta de escrúpulos de Skinner, pero por lo menos se lo ve menos invulnerable, más humano. Y además pega más fuerte ver a un pibe hacer esas maldades. Como punto extra, en el segundo episodio de la trilogía, Skinner y Book casi no aparecen y todo se centra en la piel roja Mimeth, quien resulta ser la verdadera pionera en esto de los vampiros americanos.
El siguiente arco tiene cuatro episodios y retoma la progresión lineal de la serie para llevarnos a 1954. Y acá Snyder frota la lámpara y pela una genialidad: Travis Kidd, un pibe que parece John Travolta en Grease, o James Dean en Rebel Without a Cause, y que se dedica a cazar vampiros con una mala leche fascinante. Acá la serie encuentra un personaje carismático, tridimensional, complejo, con huevos y recursos para que uno hinche, más que nunca, por ver al sorete de Skinner definitivamente exterminado. Son 80 páginas narradas a un ritmo frenético, con flashbacks muy bien calzados a la infancia de Travis (que tiene que ver con lo que sucedió en Las Vegas en el Vol.2) y con una mirada sutil y llena de ironía acerca de esa época de los EEUU tan fértil para la ficción. Lo mejor de todo es que Skinner aparece con el arco argumental ya bastante avanzado y hay que sufrirlo pocos episodios. Sobre el final, van a tener peso Los Vasallos del Lucero y Pearl, pero el núcleo central de la saga es 100% Travis Kidd, un gran hallazgo por parte de Snyder.
Y predeciblemente, Calvin Poole (secundario en el tomo anterior) vuelve esta vez como protagonista, para un arco breve, también ambientado en 1954 y que es apenas una excusa para hablar de la tensión racial, otro elemento típico de este período histórico en EEUU. Y de nuevo, no aparece el nefasto Skinner Sweet, lo cual suma bastante.
Por el lado del dibujo, el nivel es altísimo. Para el arco ambientado a fines del Siglo XIX tenemos a un especialista, el prócer catalán Jordi Bernet, que venía de años de lucimiento en la revista de Jonah Hex, que transcurría en ese mismo período. Clásico y efectivo, Bernet deja todo y logra páginas memorables. En los cuatro episodios de Travis Kidd tenemos al titular de la serie, el cada día más grosso Rafael Albuquerque (que nos visitara recientemente en Comicópolis), jugado al vértigo, a la machaca a todo o nada, pero con muy buen laburo en los fondos y algunas puestas en página geniales y sumamente arriesgadas, como esa doble página cerca del final del tercer episodio. Y los de Calvin Poole son episodios tan de relleno que ni siquiera tienen los dos el mismo dibujante. En el primero aparece Roger Cruz, un brazuca bien del montón, que se esfuerza por no chorear ni a Jim Lee ni a Joe Madureira (que es lo que hizo toda la vida) y le sale algo híbrido,a a mitad de camino entre el realismo y el grotesco. Y en el segundo, un ídolo: el tano Riccardo Burchielli, viejo compañero de correrías de Brian Wood, cuando Brian Wood la descosía en Vertigo. Obviamente a Burchielli le sobra oficio para salir bien parado de este desafío y logra imágenes y secuencias mucho más interesantes que las de Cruz.
Lindo tomo de American Vampire, como para tenerle fe a un repunte que ojalá sea definitivo. Tengo ya comprado el Vol.5, así que eventualmente le hincaré los colmillos.
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viernes, 17 de enero de 2014
17/ 01: AMERICAN VAMPIRE Vol.3
Terminado el viaje al misterio, vuelvo a leer comic yanki más o menos actual pero salpicadito, saltando de una cosa a otra con el criterio esquizofrénico que me caracteriza. Esta vez retomo una serie de Vertigo que tenía abandonada desde el 23/01/13, hace prácticamente un año. Me toca un tomo gordito, con muchos episodios, más precisamente un unitario y dos arcos argumentales extensos, todo escrito por Scott Snyder. Veamos cómo me fue.
El unitario es una garcha. Es una historia cuyo único objetivo es mostrarnos por enésima vez lo hijo de puta que es Skinner Sweet, el abominable protagonista de la serie. Se redime mínimamente por el dibujo, a cargo del genio croata Danijel Zezelj.
El primer arco extenso está ambientado en 1943, plena Segunda Guerra Mundial, y esta vez el protagonista excluyente es Henry Preston, el marido de Pearl, que se va a integrar a una especie de brigada paramilitar que se mimetiza con las fuerzas armadas yankis, pero en realidad depende de Los Vasallos del Lucero, la organización secreta que caza vampiros, liderada por el sombrío agente Hobbes. Sorpresivamente, Snyder no opta por los villanos nazis. Ojo, no es para festejar. Los villanos japoneses que mete el guionista no tienen la menor onda y los vampiros mutados a los que se enfrentan Henry y su tropa son patéticos. Por si faltara algo para convertir a este arco en un exceso de pochoclo y grandilocuencia, a Snyder se le ocurren excusas chotísimas para que tanto Skinner como Pearl viajen a la misma islita de la concha de la lora a la que mandaron a Henry y –obviamente- se machaquen entre ellos. Lo único bueno es que, hasta que llega ese desenlace absurdo y previsible, Snyder tiene muchas páginas para desarrollar bastante bien a los compañeros de equipo de Preston, especialmente a Calvin Poole que –me juego la chota- va a reaparecer en algún arco futuro.
Esto está todo dibujado por Rafael Albuquerque, bien, con mucho power. Ya quedó poco de la sofisticación, de la elegancia que mostró el brasilero en los primeros episodios de esta serie y ahora es todo más zarpado, más visceral, casi al borde del grotesco, aunque sin derrapar. De alguna manera, Vertigo se las ingenió para tener un comic que puede ser perfectamente disfrutable para los lectores a los que los guiones les interesan poco pero se ceban con los dibujantes fuertes, personales, de estilos impactantes.
El segundo arco también transcurre durante la Segunda Guerra Mundial y también tiene a Hobbes en el rol del titiritero que manipulará a los “héroes” para que vayan nada menos que a la Rumania ocupada por el Tercer Reich a jugarse la vida contra –adivinaste- vampiros nazis. Ese concepto que por ahí era alucinante hace unos años, cuando Fabien Nury escribió Je Suis Legion (lo vimos el 22/11/11), hoy es una especie de cliché medio bizarro, que Snyder tratará de refritar con decoro. El resultado no es horrendo, principalmente porque hay un excelente trabajo de caracterización en los protagonistas, Cash McCogan y Felicia Book, ambos aparecidos en roles secundarios en el tomo anterior. La aventura en sí es bastante ridícula, el verosímil se rompe ni bien empieza el segundo episodio (y de ahí en más, agarrate), los villanos hacen la boludez de capturar a los buenos y no matarlos, son DOS yankis contra un ejército de vampiros nazis y ganan los yankis... en fin, más pochoclo berreta, mínimamente condimentado con algo de rosca política y –reitero- con un laburo notable en el desarrollo de Cash y Felicia.
Este arco (originalmente publicado como una miniserie por afuera de la colección principal) está todo dibujado por Sean Murphy, con las hiper-pilas. No te digo que al lado de Murphy parezcan chotos Albuquerque y Zezelj, pero sí que este animalito sale con los tapones de punta, a eclipsarlos a todos. Con ese grafismo zarpado, que combina al mejor Chris Bachalo con el mejor Jorge Zaffino, Murphy nos regala las mejores páginas del tomo: las secuencias mejor planificadas, los fondos más laburados, los mejores trucos para no dibujar los fondos, las escenas de machaca, explosiones y persecuciones mejor equilibradas, todo eso está en esta saguita, en la que Murphy dejó la vida.
En fin, un tomo salvado básicamente por los dibujantes, y por algunos hallazgos de Snyder en materia de caracterización y diálogos. Las historias en sí, flojas. No sé si para colgar la serie, pero seguro para encender la luz amarilla, la de “mmm... seamos precavidos”. Tengo para leer más adelante el Vol.4 de American Vampire y otros laburos de Scott Snyder y de Sean Murphy, así que los volveremos a cruzar pronto.
El unitario es una garcha. Es una historia cuyo único objetivo es mostrarnos por enésima vez lo hijo de puta que es Skinner Sweet, el abominable protagonista de la serie. Se redime mínimamente por el dibujo, a cargo del genio croata Danijel Zezelj.
El primer arco extenso está ambientado en 1943, plena Segunda Guerra Mundial, y esta vez el protagonista excluyente es Henry Preston, el marido de Pearl, que se va a integrar a una especie de brigada paramilitar que se mimetiza con las fuerzas armadas yankis, pero en realidad depende de Los Vasallos del Lucero, la organización secreta que caza vampiros, liderada por el sombrío agente Hobbes. Sorpresivamente, Snyder no opta por los villanos nazis. Ojo, no es para festejar. Los villanos japoneses que mete el guionista no tienen la menor onda y los vampiros mutados a los que se enfrentan Henry y su tropa son patéticos. Por si faltara algo para convertir a este arco en un exceso de pochoclo y grandilocuencia, a Snyder se le ocurren excusas chotísimas para que tanto Skinner como Pearl viajen a la misma islita de la concha de la lora a la que mandaron a Henry y –obviamente- se machaquen entre ellos. Lo único bueno es que, hasta que llega ese desenlace absurdo y previsible, Snyder tiene muchas páginas para desarrollar bastante bien a los compañeros de equipo de Preston, especialmente a Calvin Poole que –me juego la chota- va a reaparecer en algún arco futuro.
Esto está todo dibujado por Rafael Albuquerque, bien, con mucho power. Ya quedó poco de la sofisticación, de la elegancia que mostró el brasilero en los primeros episodios de esta serie y ahora es todo más zarpado, más visceral, casi al borde del grotesco, aunque sin derrapar. De alguna manera, Vertigo se las ingenió para tener un comic que puede ser perfectamente disfrutable para los lectores a los que los guiones les interesan poco pero se ceban con los dibujantes fuertes, personales, de estilos impactantes.
El segundo arco también transcurre durante la Segunda Guerra Mundial y también tiene a Hobbes en el rol del titiritero que manipulará a los “héroes” para que vayan nada menos que a la Rumania ocupada por el Tercer Reich a jugarse la vida contra –adivinaste- vampiros nazis. Ese concepto que por ahí era alucinante hace unos años, cuando Fabien Nury escribió Je Suis Legion (lo vimos el 22/11/11), hoy es una especie de cliché medio bizarro, que Snyder tratará de refritar con decoro. El resultado no es horrendo, principalmente porque hay un excelente trabajo de caracterización en los protagonistas, Cash McCogan y Felicia Book, ambos aparecidos en roles secundarios en el tomo anterior. La aventura en sí es bastante ridícula, el verosímil se rompe ni bien empieza el segundo episodio (y de ahí en más, agarrate), los villanos hacen la boludez de capturar a los buenos y no matarlos, son DOS yankis contra un ejército de vampiros nazis y ganan los yankis... en fin, más pochoclo berreta, mínimamente condimentado con algo de rosca política y –reitero- con un laburo notable en el desarrollo de Cash y Felicia.
Este arco (originalmente publicado como una miniserie por afuera de la colección principal) está todo dibujado por Sean Murphy, con las hiper-pilas. No te digo que al lado de Murphy parezcan chotos Albuquerque y Zezelj, pero sí que este animalito sale con los tapones de punta, a eclipsarlos a todos. Con ese grafismo zarpado, que combina al mejor Chris Bachalo con el mejor Jorge Zaffino, Murphy nos regala las mejores páginas del tomo: las secuencias mejor planificadas, los fondos más laburados, los mejores trucos para no dibujar los fondos, las escenas de machaca, explosiones y persecuciones mejor equilibradas, todo eso está en esta saguita, en la que Murphy dejó la vida.
En fin, un tomo salvado básicamente por los dibujantes, y por algunos hallazgos de Snyder en materia de caracterización y diálogos. Las historias en sí, flojas. No sé si para colgar la serie, pero seguro para encender la luz amarilla, la de “mmm... seamos precavidos”. Tengo para leer más adelante el Vol.4 de American Vampire y otros laburos de Scott Snyder y de Sean Murphy, así que los volveremos a cruzar pronto.
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miércoles, 23 de enero de 2013
23/ 01: AMERICAN VAMPIRE Vol.2
Después de un paréntesis de nueve meses, retomo esta serie que pintaba muy bien. Esta vez sin Stephen King, le toca a Scott Snyder bancar los trapos él solito y a riesgo de parecer un hereje, lo hace tan bien que este tomo me gustó más que el anterior.
La historia salta 11 años para adelante: de 1925 nos vamos a 1936, siempre en la Costa Oeste de los EEUU. El primer arco nos lleva a Las Vegas, un pueblucho perdido en el medio del desierto que vive una súbita y brutal transformación: se está construyendo la monumental represa Hoover y eso significa que se empieza a mover una guita muy importante, con sus obvias consecuencias: corrupción, timba, prostitución, chupi y –lógicamente- un mayor índice de criminalidad. Snyder lo dice sin medias tintas: la relación entre el capitalismo y el delito es intrínseca e irrefutable. Si a esto le sumamos la presencia de un vampiro gaélico, de ancestral estirpe, que asesina a los capos de la empresa constructora, la cosa se pone bastante espesa. Y si además sumamos a Skinner Sweet, el vampiro americano al que conocimos en el primer tomo, está claro que la vida del pobre sheriff del pueblo se va a convertir en una pesadilla. Cash McCogan es el héroe, “el bueno”, en este truculento festival de muerte, sangre y corrupción sin límites.
Si hilamos más fino, la saga gira en torno a los vínculos familiares (“lazos de sangre”, dirían los vampiros, que algo de eso entienden): Snyder le da bastante protagonismo a la esposa y la hija de Jim Books, el pobre sheriff al que Sweet le dio para que tenga en el tomo anterior. Y por el otro lado, tanto el padre como el hijito que espera Cash McCogan tienen bastante peso en la trama. Realmente, todo lo que pasa acá es tremendo, desde la primera página hasta la última. No sólo la violencia, el gore y los corchazos. La mala leche, la crueldad, los giros que le pega Snyder a la trama, uno más sórdido y despiadado que el otro.
En los últimos dos episodios el protagonismo se lo lleva Pearl, la actriz vampirizada en el tomo anterior, que en el primer tramo de este tomo aparece sólo en un subplot, muy bien llevado. ¿Te querés enterar qué fue de la vida de esta chica que soñaba con triunfar en Hollywood? Las respuestas te van a shockear. ¿Y Hattie Hargrove, su amiga? ¿Qué onda? Mejor ni preguntar. La saguita de Pearl y Hattie no se resuelve en estos dos episodios, simplemente levanta temperatura para estallar (supongo) más adelante. De todos modos, las páginas protagonizadas por las chicas también tienen tiros, torturas, mutilaciones y atrocidades a granel.
En este último tramo del libro tenemos dibujante suplente: Mateus Santolouco se hace cargo de estos dos episodios y cambia muchísimo su estilo (que generalmente va más para el lado de Simon Bisley) para parecerse lo más posible a su amigo (y dibujante titular de American Vampire) Rafael Albuquerque. El resultado es muy, muy atractivo. Es como un Albuquerque más espeso, con más volumen, como mezclado con dibujantes bien dark, tipo Tom Mandrake o Steve Pugh.
Y la saga más larga, la de Las Vegas, está toda dibujada por Albuquerque en su estilo de siempre, bien power, bien expresivo, con unas manchas negras alucinantes, casi sin referencias fotográficas y muy volcado a la acción. Pareciera que los personajes están todo el tiempo agazapados, a la espera del momento en el que pueden pelar garras o chumbos y masacrarse unos a otros. Hay un problema y es que Albuquerque mezquina bastante los fondos. No son pocas las viñetas en la que estos deberían estar y no están. Tampoco es que Santolouco se mate en los fondos: en sus páginas también hay menos de los que debería haber. Pero bueno, si les perdonamos ese detalle, no van a quedar obstáculos para entregarnos al vértigo y al impacto permanente que proponen desde los dibujos los próceres de Porto Alegre.
American Vampire arrancó bien y en este tomo se puso mejor, más jodido, más intenso, más al límite. Veremos hasta dónde está dispuesto a llegar Scott Snyder en los tomos siguientes y esperemos que la serie se retome pronto, que se haga corto el paréntesis que impuso el guionista para poder dedicarse a otros proyectos. Ah, y quiero ver MORIR (de modo definitivo, categórico, sin chances de zafar ni de volver) al hijo de mil putas de Skinner Sweet. ¿Será posible?
La historia salta 11 años para adelante: de 1925 nos vamos a 1936, siempre en la Costa Oeste de los EEUU. El primer arco nos lleva a Las Vegas, un pueblucho perdido en el medio del desierto que vive una súbita y brutal transformación: se está construyendo la monumental represa Hoover y eso significa que se empieza a mover una guita muy importante, con sus obvias consecuencias: corrupción, timba, prostitución, chupi y –lógicamente- un mayor índice de criminalidad. Snyder lo dice sin medias tintas: la relación entre el capitalismo y el delito es intrínseca e irrefutable. Si a esto le sumamos la presencia de un vampiro gaélico, de ancestral estirpe, que asesina a los capos de la empresa constructora, la cosa se pone bastante espesa. Y si además sumamos a Skinner Sweet, el vampiro americano al que conocimos en el primer tomo, está claro que la vida del pobre sheriff del pueblo se va a convertir en una pesadilla. Cash McCogan es el héroe, “el bueno”, en este truculento festival de muerte, sangre y corrupción sin límites.
Si hilamos más fino, la saga gira en torno a los vínculos familiares (“lazos de sangre”, dirían los vampiros, que algo de eso entienden): Snyder le da bastante protagonismo a la esposa y la hija de Jim Books, el pobre sheriff al que Sweet le dio para que tenga en el tomo anterior. Y por el otro lado, tanto el padre como el hijito que espera Cash McCogan tienen bastante peso en la trama. Realmente, todo lo que pasa acá es tremendo, desde la primera página hasta la última. No sólo la violencia, el gore y los corchazos. La mala leche, la crueldad, los giros que le pega Snyder a la trama, uno más sórdido y despiadado que el otro.
En los últimos dos episodios el protagonismo se lo lleva Pearl, la actriz vampirizada en el tomo anterior, que en el primer tramo de este tomo aparece sólo en un subplot, muy bien llevado. ¿Te querés enterar qué fue de la vida de esta chica que soñaba con triunfar en Hollywood? Las respuestas te van a shockear. ¿Y Hattie Hargrove, su amiga? ¿Qué onda? Mejor ni preguntar. La saguita de Pearl y Hattie no se resuelve en estos dos episodios, simplemente levanta temperatura para estallar (supongo) más adelante. De todos modos, las páginas protagonizadas por las chicas también tienen tiros, torturas, mutilaciones y atrocidades a granel.
En este último tramo del libro tenemos dibujante suplente: Mateus Santolouco se hace cargo de estos dos episodios y cambia muchísimo su estilo (que generalmente va más para el lado de Simon Bisley) para parecerse lo más posible a su amigo (y dibujante titular de American Vampire) Rafael Albuquerque. El resultado es muy, muy atractivo. Es como un Albuquerque más espeso, con más volumen, como mezclado con dibujantes bien dark, tipo Tom Mandrake o Steve Pugh.
Y la saga más larga, la de Las Vegas, está toda dibujada por Albuquerque en su estilo de siempre, bien power, bien expresivo, con unas manchas negras alucinantes, casi sin referencias fotográficas y muy volcado a la acción. Pareciera que los personajes están todo el tiempo agazapados, a la espera del momento en el que pueden pelar garras o chumbos y masacrarse unos a otros. Hay un problema y es que Albuquerque mezquina bastante los fondos. No son pocas las viñetas en la que estos deberían estar y no están. Tampoco es que Santolouco se mate en los fondos: en sus páginas también hay menos de los que debería haber. Pero bueno, si les perdonamos ese detalle, no van a quedar obstáculos para entregarnos al vértigo y al impacto permanente que proponen desde los dibujos los próceres de Porto Alegre.
American Vampire arrancó bien y en este tomo se puso mejor, más jodido, más intenso, más al límite. Veremos hasta dónde está dispuesto a llegar Scott Snyder en los tomos siguientes y esperemos que la serie se retome pronto, que se haga corto el paréntesis que impuso el guionista para poder dedicarse a otros proyectos. Ah, y quiero ver MORIR (de modo definitivo, categórico, sin chances de zafar ni de volver) al hijo de mil putas de Skinner Sweet. ¿Será posible?
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jueves, 19 de abril de 2012
19/ 04: AMERICAN VAMPIRE Vol.1
Por fin me siento a leer esta serie iniciada en 2010, de la que tanto había oído hablar. Si alguna vez te preguntaste de dónde sacó chapa Scott Snyder para escribir Swamp Thing o Batman, acá están todas las respuestas.
El vampiro americano es un nuevo tipo de vampiro, nacido en nuestro continente y con nuevas reglas. El sol, en vez de dañarlo, le da poder. No lo afectan las cruces, ni los ajos, sino el oro. Su momento de mayor vulnerabilidad es en las noches sin luna. Y además pela deformaciones muy extremas en las manos (hiper-garras) y la boca (hiper-colmillos).
El primero de los dos arcos reunidos en este TPB (escrito por el célebre Stephen King, sobre conceptos creados por Snyder) narra el origen del primer vampiro americano. Ambientado entre 1880 y 1912, acá vemos como Sweet Skinner pasa de ser un ladrón inescrupuloso a un asesino insaciable e imparable, gracias a la sangre de un vampiro británico que lo altera por completo. El héroe es Jim Books, un abnegado sheriff que dedicará su vida a intentar -sin éxito- ponerle fin a las tropelías de Skinner. Es una saga muy bien escrita, que le escapa a la tentación fácil de repetir cinco o seis clichés típicos del western, pero con vampiros de por medio. Lo más importante es, por un lado el clima ominoso, de incertidumbre y terror (con muertes y resurrecciones escabrosas), y por otro lado la procesión interna de Books, que quiere ser verdugo, pero termina por ser víctima de la voracidad de Skinner.
El segundo arco (ya escrito por Snyder) nos lleva a la Los Angeles de 1925, para conocer a Pearl Jones, una chica que trabaja duro para forjarse una carrera como actriz de cine (mudo) en el incipiente Hollywood, pero va a terminar vampirizada por una camarilla de chupasangres europeos muy sádicos y depravados. Convertida en vampiro americano, Pearl no va a parar hasta vengarse de estos hijos de puta y en el medio va a correr muchísima sangre. Sweet Skinner reaparece, ahora en un rol secundario, como un tipo ni bueno ni malo, que le tira data a Pearl acerca de las habilidades y limitaciones de la criatura en la que se convirtió. Acá hay menos dilema ético y más machaca: Pearl era más buena que Lassie y ahora le dieron motivos para estar muy, muy cabrera. Fin, nada más que explicar. Snyder adorna esta trama con muy buen desarrollo de personajes, pero esencialmente es una trama sencilla, lineal y hasta un punto predecible.
Tanto Snyder como Stephen King le sacan un jugo maravilloso a los períodos históricos que les toca visitar en sus historias. Como su nombre lo indica, American Vampire reparte el protagonismo entre los vampiros y America, que es como los yankis le dicen a EEUU. La historia del país está perfectamente ensamblada con la de los chupasangres y ese debe ser el principal hallazgo de la serie.
Aunque no el principal atractivo, claro, porque la gran masa del pueblo se la habrá comprado para ver a King escribir –por primera vez en su colosal carrera- un guión de historieta, y yo me la compré para gozar a lo guanaco con los dibujos (¿Qué digo dibujos? Recontra-dibujazos!) de Rafael Albuquerque, el magistral brazuca que cada día dibuja mejor. En las secuencias de Hollywood, Albuquerque trabaja en su estilo clásico: claroscuro bien definido y narrativa a la Howard Chaykin. Pero en las del Lejano Oeste va más allá: entrega un lápiz más sucio, con un entintado menos protagónico y a eso le aplica aguadas. La narrativa no se parece tanto a la de Chaykin, porque hay muchas escenas en las que Albuquerque decide ir más lento, dedicarle más viñetas al desarrollo de cada acción. En ambos casos, los resultados son estremecedores, en parte gracias al espectacular trabajo del colorista Dave McCaig. Realmente una gratísima sorpresa, porque no me lo imaginaba a Rafael tan dotado para una historieta tan macabra, tan tétrica, tan violenta y tan shockeante. Ya está, ya me quedó claro que el talento de esta bestia no conoce límites.
Si leíste muuucha historieta de terror, no creo que American Vampire te cambie la vida. Pero está muy bien escrita, se mete muy bien con la historia yanki y tiene unos dibujos demasiado buenos para un comic que se edita una vez por mes. Hincale el colmillo, nomás, que recontra-garpa.
El vampiro americano es un nuevo tipo de vampiro, nacido en nuestro continente y con nuevas reglas. El sol, en vez de dañarlo, le da poder. No lo afectan las cruces, ni los ajos, sino el oro. Su momento de mayor vulnerabilidad es en las noches sin luna. Y además pela deformaciones muy extremas en las manos (hiper-garras) y la boca (hiper-colmillos).
El primero de los dos arcos reunidos en este TPB (escrito por el célebre Stephen King, sobre conceptos creados por Snyder) narra el origen del primer vampiro americano. Ambientado entre 1880 y 1912, acá vemos como Sweet Skinner pasa de ser un ladrón inescrupuloso a un asesino insaciable e imparable, gracias a la sangre de un vampiro británico que lo altera por completo. El héroe es Jim Books, un abnegado sheriff que dedicará su vida a intentar -sin éxito- ponerle fin a las tropelías de Skinner. Es una saga muy bien escrita, que le escapa a la tentación fácil de repetir cinco o seis clichés típicos del western, pero con vampiros de por medio. Lo más importante es, por un lado el clima ominoso, de incertidumbre y terror (con muertes y resurrecciones escabrosas), y por otro lado la procesión interna de Books, que quiere ser verdugo, pero termina por ser víctima de la voracidad de Skinner.
El segundo arco (ya escrito por Snyder) nos lleva a la Los Angeles de 1925, para conocer a Pearl Jones, una chica que trabaja duro para forjarse una carrera como actriz de cine (mudo) en el incipiente Hollywood, pero va a terminar vampirizada por una camarilla de chupasangres europeos muy sádicos y depravados. Convertida en vampiro americano, Pearl no va a parar hasta vengarse de estos hijos de puta y en el medio va a correr muchísima sangre. Sweet Skinner reaparece, ahora en un rol secundario, como un tipo ni bueno ni malo, que le tira data a Pearl acerca de las habilidades y limitaciones de la criatura en la que se convirtió. Acá hay menos dilema ético y más machaca: Pearl era más buena que Lassie y ahora le dieron motivos para estar muy, muy cabrera. Fin, nada más que explicar. Snyder adorna esta trama con muy buen desarrollo de personajes, pero esencialmente es una trama sencilla, lineal y hasta un punto predecible.
Tanto Snyder como Stephen King le sacan un jugo maravilloso a los períodos históricos que les toca visitar en sus historias. Como su nombre lo indica, American Vampire reparte el protagonismo entre los vampiros y America, que es como los yankis le dicen a EEUU. La historia del país está perfectamente ensamblada con la de los chupasangres y ese debe ser el principal hallazgo de la serie.
Aunque no el principal atractivo, claro, porque la gran masa del pueblo se la habrá comprado para ver a King escribir –por primera vez en su colosal carrera- un guión de historieta, y yo me la compré para gozar a lo guanaco con los dibujos (¿Qué digo dibujos? Recontra-dibujazos!) de Rafael Albuquerque, el magistral brazuca que cada día dibuja mejor. En las secuencias de Hollywood, Albuquerque trabaja en su estilo clásico: claroscuro bien definido y narrativa a la Howard Chaykin. Pero en las del Lejano Oeste va más allá: entrega un lápiz más sucio, con un entintado menos protagónico y a eso le aplica aguadas. La narrativa no se parece tanto a la de Chaykin, porque hay muchas escenas en las que Albuquerque decide ir más lento, dedicarle más viñetas al desarrollo de cada acción. En ambos casos, los resultados son estremecedores, en parte gracias al espectacular trabajo del colorista Dave McCaig. Realmente una gratísima sorpresa, porque no me lo imaginaba a Rafael tan dotado para una historieta tan macabra, tan tétrica, tan violenta y tan shockeante. Ya está, ya me quedó claro que el talento de esta bestia no conoce límites.
Si leíste muuucha historieta de terror, no creo que American Vampire te cambie la vida. Pero está muy bien escrita, se mete muy bien con la historia yanki y tiene unos dibujos demasiado buenos para un comic que se edita una vez por mes. Hincale el colmillo, nomás, que recontra-garpa.
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viernes, 15 de octubre de 2010
15/ 10: MONDO URBANO Vol.1

Ahora sí, no falta nada para el desembarco de un All-Star Squadron de autores en Rosario y con Jim Lee y todo, a mí los que más me ceban son los brazucas, a los que además no conozco personalmente. Además, este blog –si lo venís siguiendo ya la tenés clara- está bastante pendiente de las joyas que nos da día a día la historieta latinoamericana actual, y entonces todo deriva a reseñar otra obra de reciente producción en el coloso de Sudamérica, en la que por supuesto está involucrado el impresionante Rafael Albuquerque.
Mirá lo que son las cosas: leyendo este libro, me entero de que Crimeland (la novela gráfica que comentamos hace un par de semanas) fue el primer laburo profesional de Albuquerque. A lo que sólo puedo agregar: Ma-mita! ¿Ese fue su primer laburo? Era un comic brillantemente narrado y dibujado, que parecía fruto de un tipo con 25 años de profesión a sus espaldas! Y bue, la vanguardia es así.
Pero vamos a Mondo Urbano, donde el gran Albuquerque no está solo, sino que forma un power trío con Mateus Santolouco (un dibujante un poquito más realista que Rafael, con algún comic de Wolverine a sus espaldas) y con el impresionante Eduardo Medeiros, un genio de la historieta humorística, que mezcla hábilmente a Manel Fontdevilla, Max Aguirre y Manu Larcenet para pelar una línea absolutamente perfecta. Entre los tres crearon una historieta que se subió por entregas a un blog (una onda Historietas Reales, pero con tres autores trabajando sobre el mismo guión) y después –como no podía ser de otra manera- pasó al libro.
Este primer tomo de Mondo Urbano plantea cuatro puntas argumentales: la de Van Hudson y la guitarra satánica, la de los fans de De-Mo (la banda de Hudson) y sus vidas comunes y corrientes (o casi), la de Ed (el dealer de Hudson, al que se le muere un cliente por sobredosis) y la del chico de anteojos cuyo nombre no sabemos. En realidad casi no sabemos nada de él, porque es la punta argumental menos explorada por los autores. Por el contrario, al tema de Van Hudson, la guitarra y el pacto con las fuerzas demoníacas, se le da mucha más bola, se desarrolla y se explica mucho más. Veremos si en los próximos tomos el foco sigue ahí, o se desplaza hacia alguno de los otros protagonistas.
Pero lo más interesante es que estas cuatro tramas están entretejidas a lo largo de todo el tomo. La misma situación la vemos desde la óptica de distintos personajes, cuando estos se cruzan por casualidad (o no). Como si esto fuera poco, las líneas argumentales van para adelante y para atrás en el tiempo, y los personajes aparecen dibujados por tres dibujantes distintos, con estilos distintos! Igual tranqui, porque lo que a prori puede parecer un kilombo imposible de descifrar, no sólo se entiende perfectamente, sino que logra que a las pocas páginas te zambullas de lleno en la historia y quieras que no se termine nunca.
Mondo Urbano nos aclara ya desde la portada que es una historia de sexo, droga y rock’n roll. Y cumple con creces esta consigna. Se publicó en un blog, pero se podría haber publicado tranquilamente en la época más salvaje de El Víbora. Además de orgías, mega-conciertos y tráfico permanente de frula y la notable “fuckdrina” (más algún faso al que nadie que haya terminado la escuela primaria puede calificar de “droga”, porque es un producto de la naturaleza, como el té, el café o el mate), Mondo Urbano tiene un fuerte elemento paranormal (el pacto con el Diablo) y una muy buena dosis de sangre y trompadas. En conjunto, el combo suena bárbaro, estridente y adictivo como el buen rock’n roll. La comedia costumbrista funciona a la perfección, el poco espacio para el amor que deja el huracán de lujuria está muy bien aprovechado, y está claro que para el próximo tomo hay un montón de puntas sembradas que pueden dar excelentes frutos.
Se viene Brasil, aceptémoslo rápido. No sólo porque se vienen los autores a la convención de Rosario, sino porque Brasil ya tiene casi todo lo que hace falta para despegar como un país absolutamente protagónico en materia de comics, uno de los rubros en los que estuvo muchos años a la sombra de EEUU (y en menor medida, de Argentina) y en los que ahora, si no pasa nada raro, no los para nadie. En Mondo Urbano tenés la chance de encontrarte con tres autores brazucas en un nivel muy cercano al de los mais grandes du mundo.
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miércoles, 22 de septiembre de 2010
22/ 09: CRIMELAND

Ahora que faltan poquitas semanas para conocer personalmente al maestro brasileño Rafael Albuquerque, es un buen momento para descubrir sus obras menos conocidas, o sea, las que no salieron ni en Marvel ni en DC. Así caí en esta impactante saga policial, realizada junto al guionista (también brazuca) Felipe Ferreira y publicada por Image. ¿Qué hace Image publicando comic policial y de autores brasileños? No importa. Lo importante es que Crimeland está muy bien.
El guión de Ferreira es sencillo: una saga familiar que arranca en 1957 y termina en 1983, teñida de venganzas, corrupción y sangre. Inteligentemente, no la narra en forma lineal, sino que pasado y “presente” aparecen intercalados. Ferreira elige con astucia hasta dónde revelarnos los sucesos de cada una de las épocas, de modo que ciertos hechos clave quedan ocultos, hasta que llega la revelación y el impacto es mucho mayor. Personajes y situaciones de las distintas épocas que no terminan de cerrar en los primeros tramos, lo hacen –y muy bien- en el último episodio y hasta en el epílogo, que es uno de los puntos más altos de la historia.
Una historia que tiene como eje a la ciudad de La Rambla (una especie de Los Angeles) y el delicado equilibrio entre los distintos capos que controlan el hampa local. Prostitución, drogas, timba, peleas clandestinas y sobre todo contrabando de inmigrantes latinos son la base de un verdadero imperio, que a lo largo de Crimeland cambia de dueño varias veces y siempre de modo conflictivo, cuando no escabroso. No sé por qué acá esto se llama “comic policial”, porque la verdad es que la policía (si bien tiene su espacio en las secuencias de 1983) está pintada y todo el protagonismo, con antagonismo incluído, le corresponde a los malvivientes.
Guarda: esto no es Criminal, de Brubaker y Phillips. Es un poco más pochoclero, más brutal, con personajes más exagerados, más caricaturecos, sin llegar a ser en joda, ni mucho menos. Es una exageración tipo Sin City, donde se cuelan algunos tics del género superheroico. En este caso, el personaje de Santo, un tipo hiper-entrenado en el arte (brasileño, claro) de la capoeira, que esquiva las balas casi como Daredevil, y un par de tipos con un aguante casi sobrehumano (Dozer y Nash), capaces de sobrevivir a golpizas feroces y caídas jodidas. Pero no es menos realista que cualquier blockbuster de Hollywood. Hasta se podría filmar, porque las escenas de sexo son casi intrascendentes, y la violencia –si bien es heavy- no se compara a la de Sin City.
Lo que nunca vamos a poder ver en la pantalla es el dibujo de Albuquerque, que acá es mil veces mejor que en Blue Beetle (mirá lo que te digo!). El gaúcho de Porto Alegre combina en este trabajo detalles y yeites de los dibujantes hot de fines de los ´90 (Joe Madureira, J. Scott Campbell, esa onda), con una base narrativa sólida (y también algunas piruetas visuales) típica de Howard Chaykin. También hay cositas de Jason Pearson, Dave Johnson y Eduardo Risso, pero el esqueleto es re-Chaykin. De hecho, el color (a cargo de Albuquerque y Cris Peter) también parece de un comic de Chaykin. O sea que a nivel gráfico, esto es un deleite, un zapatazo a los dientes que se ve llamativo, espectacular y cool, y que además está perfectamente planificado y ejecutado para que se haga ágil y entretenido un relato que –con tantos flashbacks y flash forwards- en manos de un dibujante menos solvente no se entendería en absoluto.
Si te gustan los comics de tiros, trompadas, venganzas y traiciones, Crimeland te va a hipnotizar. Y si no, seguro te va a servir para ver al increíble Rafael Albuquerque en su mejor expresión y sumarte a la torcida que lo va a alentar en Rosario del 21 al 24 de Octubre.
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