el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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martes, 5 de marzo de 2019

SE ACABA LA JODA

Después de un feriado extra-large memorable (con triunfo de Racing incluído), mañana hay que volver a laburar. Mientras pega el bajón, me aboco a la redacción de mis habituales reseñas.
Retomé la lectura de The Invisibles con el Vol.4, el que recopila los primeros episodios de la segunda serie, la que Grant Morrison lanza a fines de 1996, en su momento de mayor éxito comercial, cuando las ventas de la JLA amenazaban con pintarle la cara a la ambiciosa movida de Heroes Reborn encarada por Marvel. Este es el tomo más cortito de Invisibles, con sólo cuatro episodios, un poco menos de 100 páginas con un sólo arco argumental y un sólo dibujante: un Phil Jimenez prendido fuego, complementado a la perfección por las tintas de John Stokes. Tuve la suerte de ver los originales a lápiz y debo decir que, si bien tanto Stokes como el colorista Daniel Vozzo aportan muchísimo, el laburo que hizo Jimenez en los lápices, el plantado de cada página, la planificación de las secuencias, es absolutamente hipnótico. Los fondos son zarpadísimos (y las excusas para no ponerlos cuando no aparecen son recontra-válidos) las expresiones faciales están cuidadísimas, la acción tene un impacto tremendo y por si faltara algo hay páginas como la 68 y la 69 (del TPB) donde la narración explota en una supernova gráfica sobrenatural. Si eso que muestra Phil estaba detallado en el guión de Morrison, entonces el escocés es un genio cósmico, más allá de toda exégesis, o de todo panegírico que uno pueda ensayar. Y si se le ocurrió a Jimenez, es un monstruo absoluto.
El dibujo de este arco argumental está tan bueno que eclipsa un poco al guión. Black Science es un arco atípico porque –si bien tiene un montón de ideas locas y conceptos fascinantes- es una aventura de palo y palo, totalmente basada en la machaca. Es una misión clara, lineal, sin vueltas demasiado retorcidas, ideal para enganchar nuevos lectores y sacudirle los prejuicios a los que no leían The Invisibles porque “es un delirio que no se entiende a menos que estés muy drogado”. Hay un par de flashbacks al pasado común entre King Mob y Jolly Roger y el resto va todo para adelante, como una topadora, a una confrontación a todo o nada entre los Invisibles y Mr. Quimper, que pinta para ser el villano grosso de esta segunda etapa. Un cambio de registro por parte de Morrison sumamente bienvenido, porque a pesar de optar por una narración más “careta” no mezquina nada en materia de diálogos (cada vez mejores) y desarrollo de personajes. Me faltan dos TPBs gorditos y cerramos la relectura de esta obra fundamental para entender al genio de Glasgow.
Ya estoy cerca de liquidar todo el material que se editó en Argentina en 2018 y me interesó como para pegarle una leída. La Cazadora de Libros apareció durante más de dos años en el suplemento ADN del diario La Nación, entre 2011 y… 2013 o 2014, no recuerdo con precisión. Finalmente el año pasado salió el libro, como para que los fans de Pablo De Santis y Max Cachimba pudiéramos sumar esta obra a nuestras bibliotecas, en vez de andar recortando páginas del house organ de la oligarquía argentina.
La verdad que me costó bastante leer La Cazadora de Libros en libro (¡cuac!) principalmente porque se le nota mucho la naturaleza serial. El recopilatorio quiere convertir en historias extensas a lo que originalmente eran entregas semanales (con algo así como un principio, desarrollo y fin propios) y se ven mucho las costuras. Se repite información, se frena el ritmo cada vez que la aventura amaga con levantar temperatura, hasta se conserva la decisión casi caprichosa de los autores de arrancar cada entrega con una viñeta muda en la que se ve un plano general de la fachada de la biblioteca… aunque en el remontaje de viñetas requerido por el libro esa imagen aparezca en el medio de la página, o incluso al final de la misma. Con el correr de las aventuras, se termina un poco la reiteración constante de esa viñeta y también se repite menos información. Y aparecen páginas distintas, donde ya no tenemos seis viñetas de igual tamaño, si no otras variantes que subrayan o puntúan mejor los distintos momentos del guión de De Santis.
Lo mejor, por lo menos para mi gusto, es ese tono farsesco que logra el guionista. Las aventuras son delirantes, estrambóticas, entre fantásticas, ingenuas y absurdas. Y De Santis acierta al combinarlas con diálogos repletos de humor, donde lo vemos muy afilado para los juegos de palabras. Obviamente un planteo entre absurdo, bizarro y naïf resulta ideal para el lucimiento gráfico de Cachimba. Sin embargo, acá el rosarino está bastante contenido. El tema de que todas las viñetas sean iguales lo limita un poco, y le permite jugar sólo en la elección de los ángulos. El trazo es minimalista, con margen para un repertorio de expresiones faciales sumamente acotado, y probablemente lo que más me haya gustado sea el tratamiento del color que propone Cachimba. Esta vez, en vez de colores planos, trabaja los fondos con pasteles o acuarelas, lo cual le permite (además de sugerir apenas los decorados) darle profundidad a las viñetas y clima a las secuencias. Me sigue gustando más el Cachimba de 1989-1992, obviamente, pero dentro de su estilo más despojado, este debe ser el trabajo en el que lo vi más comprometido, más decidido a encontrar un planeo estético que no obstaculice si no que acompañe y potencie los logros del guión.
 Además, La Cazadora de Libros es una historieta bien para todo público, que tiene (no como tema central, pero ahí nomás) el amor por la lectura, así que es ideal para regalárselo a hijos, sobrinos o mascotas bípedas a las que tratemos de inocular el virus de la historieta.

Uh, me fui a la mierda. La seguimos pronto.

lunes, 3 de octubre de 2016

TRES TEXTICULOS

Allá por 2002, cuando acá no lo publicaba nadie, Max Cachimba editó un hermoso álbum en España, con dos historietas: una de 31 pàginas y una de 15. La más larga, Un Cuarto de Pollo, es una aventura delirante que combina costumbrismo con una trama conspirativa de científicos bizarros, espías rusos y enanos de jardín. Cachimba banca en casi toda la obra la grilla de seis viñetas iguales y se apoya mucho en el texto, al punto que casi todos los dibujos son ilustraciones de algo que el autor ya nos contó en los bloques de texto. Cada tanto, el peso del relato recae en la secuencia de imágenes y nos acordamos por qué a fines de los ´80 y principios de los ´90 este pibe rosarino estuvo tan cerca de ascender al Olimpo. El humor que pela Cachimba en este trabajo mezcla el absurdo, la ternura freak, y –para mi sorpresa- algunos coqueteos con el humor más verbal, más basado en los juegos de palabras. Lo cierto es que la historieta se hace muy llevadera y entretenida.
La segunda historieta, Llueve, casi no tiene trama. Sucede en 15 páginas algo que podría suceder en cuatro viñetas, y todo el resto, el núcleo, la sustancia, cualquier atractivo que pudiera tener la obra, pasa por el clima, por la forma en que Cachimba elige mostrarnos eso que pasa, y otras cosas que no hacen a la trama en sí y pasan alrededor de esta. Un experimento raro, de comic más descriptivo que narrativo, apoyado en la belleza y la simplicidad de las imágenes. Visualmente, en las dos historias vemos al Cachimba del Siglo XXI, el del trazo limpito, apenitas tembloroso, que encontró la síntesis eliminando por completo la mancha negra y coloreando con sutileza esas formas raras que siguen siendo su marca de fábrica. Si sos fan de Cachimba, buscá este libro, porque (además de ser interesantísimo) es material que no creo que esté publicado en ningún otro lado.
También de 2002 es el Vol.3 de Promethea, obra clave de Alan Moore y J.H. Williams III. Acá también tenemos un experimento atípico. Moore y Williams se embarcan en un extenso arco argumental en el que la idea no es exactamente contar una historia en la que pasan ciertas cosas que llevan hacia un cierto desenlace, sino que tiene más bien la estructura de un viaje, de un paseo en el que Sophie y Barbara recorren las dimensiones que están más allá de la Inmateria. En cada uno de estos lugares hay un mini-peligro, un mini-desafío, pero lo importante es lo otro: la data que nos baja el Mago de Northampton acerca de la Cabala, la relación entre los números, las letras, los símbolos, los planetas, los días de la semana, los dioses de distintos panteones y algunos conceptos mucho más universales, como el lenguaje, el amor, la destrucción, la matemática, el alma, la furia, la imaginación, la memoria, etc. El propio Moore se da cuenta de que se va al carajo con la cantidad de data que tira. En un momento, Sophie comenta la relación entre el ajedrez, la mandrágora y el número 8, y al toque dice “Dios, ¿cómo sabía yo eso?”. Y, porque te escribe un tipo que (como en From Hell) no se aguanta las ganas de levantar la mano al grito de “¡Yo, señorita! !Yo estudié! !Yo sé todo!”. Ah, los tramos en el mundo real, con Stacia en el rol de Promethea, son brillantes. Quiero más de eso en el Vol.4, que no sé cuándo voy a leer. Lo de J.H. Williams, sin palabras. “Majestuoso”, “fastuoso” y “glorioso” le quedan muy chicas.
Y cierro con Leyendas de la Tierra del Fuego, editado en Ushuaia a fines de 2014. Acá, los dibujantes Omar Hirsig y Germán Pasti narran en forma de breves historietas los mitos y leyendas de las distintas tribus de aborígenes que poblaban ese triangulito que pende del extremo sur del mapa de Argentina, allá abajo, cerca de la Antártida y de la Savage Land. El escritor Federico Rodríguez se encargó de convertir esos relatos en guiones de historieta, y en general están bien, aunque hay algunas ideas tan grossas que uno quisiera verlas desarrollarse a lo largo de más páginas, con menos cuadros por página, con la información menos abarrotada. Serán ocho o diez a lo largo de todo el tomo, pero posta, son tan locas y gancheras que daban para una novela gráfica dedicada a cada una. Y después hay muchas historias que efectivamente se podían sintetizar en una o dos páginas sin desaprovechar su impacto. En cuanto a los dibujantes, flojito Germán Pasti, en un estilo muy pendiente del realismo fotográfico pero con serios problemas en el entintado; y muy bien Omar Hirsig, una especie de clon de Jok con gran manejo de la iluminación, del claroscuro, y capaz de que esas páginas repletas de cuadros y bloques de texto se vean bastante atractivas. Ah, hablando de bloques de texto: la tipografía de estos (que son muchos) y de los diálogos (que son pocos) se las eligió el enemigo. Sin dudas, un rubro a repensar en futuros trabajos.
Y hasta acá llegamos. Espero poder postear de nuevo el jueves, antes de salir para Córdoba. A los amigos de esa ciudad (a la que ya hace 5 años que no visito), los invito a acercarse el viernes, sábado y domingo al Docta Comic, donde voy a estar junto con grossísimos historietistas argentinos y el prócer gallego David Rubín. El lunes 10, casi seguro me pego una vuelta por Dibujados, acá en Capital Federal. ¡Nos vemos por ahí!