el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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lunes, 27 de noviembre de 2017

DOS GEMAS DEL HUMOR

Vamos con otras dos lecturas que me terminé durante el finde.
¡SPAM! es un tomito que recopila material realizado por el maestro Manel Fontdevila para la revista El Jueves, editado en 2007. Son básicamente “las sobras”, las cosas del glorioso autor que no entraron en los recopilatorios de sus series más conocidas (La Parejita y Para Ti, Que Eres Joven). Casi todo el libro está compuesto de breves “ensayos” en los que Fontedevila elige un tema y lo desarrolla con viñetas y textos, en una especie de update de lo que hacía Alfredo Grondona White en la revista Hum®, allá por los ´80 y ´90, y además hay algunas portadas ilustradas por el ídolo y varios chistes de una sóla viñeta.
Lo mejor, lejos, es la calidad del dibujo. Los chistes… algunos se entienden sólo en España, otros se entienden sólo en la coyuntura en la que fueron publicados y otros me hicieron reir tanto que si no hubiese abandonado hace años el stand-up comedy, me los estaría afanando sin compasión para incluirlos en algún monólogo. Porque como los grandes performers de stand-up, Fontdevila te acribilla con su sentido de la observación, con su capacidad de cuestionar desde el humor prácticas, costumbres y expresiones “del sentido común” que la mayoría de la gente acepta, o reproduce, o internaliza sin demasiada reflexión. Fontdevila destripa la cultura mediática, la truchada política, la pacatería chota de la Iglesia, las modas efímeras… y todo con altura, con la puteada puesta en el momento justo y (como ya dije) respaldado por una solvencia gráfica devastadora.
Y lo peor, el tamaño del librito. En lugar de darle a ¡SPAM! una edición como las que suelen recopilar los otros trabajos aparecidos en El Jueves, lo publicaron en un formato microscópico, de 14.5 x 20, y con mucho aire alrededor de los dibujos, que están impresos muy, muy chiquitos. Encima las páginas de Fontdevila en El Jueves suelen tener bastante texto, que en este tamaño resulta casi ilegible. Olvidate de leerlo en un bondi, o sin anteojos, si tenés alguna dificultad en la vista. Pero cuando te acostumbrás al formato, tenés un rato largo de diversión y reflexión garantizadas, de la mano de un gigante del comic humorístico.
Parece mentira, pero en unos días se cumplen dos años, medio mandato ya, del gobierno de derecha neoliberal más revanchista y más corrupto de la historia argentina. Una buena forma de conmemorar ese lamentable suceso en nuestra historia es clavarse el libro conocido como Alegría: Primer Anuario, que reúne chistes (y algunas historietas) subidos a Facebook entre Febrero de 2016 y Enero de 2017 por un colectivo de humoristas, dibujantes caricaturistas donde conviven genios indiscutidos de enorme experiencia con chicos y chicas que están dando sus primeros pasos en esto del humor político.
Por supuesto, la mirada que comparten todos estos autores es sumamente crítica para con el gobierno que encabeza Mauricio Macri (ícono de la corrupción a nivel global) y buena parte de los chistes apuntan al blindaje mediático, a satirizar a ese sector de la sociedad que eligió no ver la ineptitud, la crueldad, la falta de responsabilidad, de sensibilidad y de respeto con la que gobiernan estos cínicos hijos de puta. Lamentablemente, el libro padece uno de los problemas típicos del humor político: la cantidad de chistes anclados a una coyuntura a la que es imposible tener presente un año y pico después. Frases desafortunadas de algún ministro, algún diputado, algún pseudo-opositor o algún “periodista” cómplice que causan revuelo en las redes el día en que se producen, generan chistes que hoy causan mucha menos gracia que en su contexto original. Pero por suerte (o en realidad, por mala suerte) hay temas que conservan intacta su vigencia, como el endeudamiento, la fuga de divisas, el ya mencionado blindaje mediático o las prácticas filo-dictatoriales de figuras nefastas como Oscar Aguad o Patricia Bullrich.
También está bueno descubrir la faceta de “humoristas de una sola vñeta” de autores más asociados a la historieta, como Otto Zaiser, Ariel López V., Gastón Souto, el Polaco Scalerandi, o Marcos Vergara, y siempre es un placer encontrarse con bestias como Sergio Langer, Esteban Podetti, Leo Arias o Gustavo Sala en un ámbito de total libertad, donde pueden ejercer el humor sin filtros. De los que no conocía el que más me gustó fue Cape, un ilustrador prodigioso, con un sentido del humor afiladísimo.
Obviamente, si sos fan del endeudamiento, el deterioro del poder adquisitivo del salario, la represión salvaje, la timba financiera y la precarización laboral, difícilmente este libro te cause alguna gracia, ya que vas a ver a tus ídolos ridiculizados sin piedad. Aunque habiendo dibujantes tan buenos, es probable que incluso a los militantes del ajuste Alegría les genere alguno de los buenos momentos que este gobierno de mierda nos niega.
Vuelvo pronto con nuevas reseñas.

jueves, 2 de enero de 2014

02/ 01: EMILIA/O

Este álbum es el Vol.5 de la colección Puta Mili (que supongo habrá consistido básicamente de reediciones de Historias de la Puta Mili, la popular serie de humor anti-castrense iniciada en 1986 por Ivá) y además podría ser considerado el Vol.0 de La Parejita, la magnífica serie de Manel Fontdevila con la que nos encontramos allá por el 15/03/12. En estas 60 páginas realizadas entre 1993 y 1994 están las primeras apariciones de Emilia y Mauricio, que en ese entonces ya eran una pareja inseparable y hoy, 20 años después, siguen juntos en las páginas de El Jueves.
El planteo de esta serie es un delirio: Mauricio se tiene que ir a hacer la colimba (“la mili”, en la Madre Patria, donde aún hoy es obligatoria) y Emilia, para no extrañarlo, decide hacerse pasar por varón e inscribirse ella también para hacer la colimba. Con la ayuda de una amiga funcionaria del gobierno, consigue un documento falso, en el que en vez de Emilia se llama Emilio, y ahí va, a ponerse a las órdenes de unos milicos a los que Fontdevila satiriza sin la menor compasión.
Básicamente, Emilia/o le sirve al autor para dos cosas. Por un lado, para desplegar una vasta dosis de humor malalechístico en el que invariablemente salen mal parados los militares y el cura que los asiste en el destacamento. Por otro lado, cuenta las trapisondas que hacen los colimbas, las cosas que inventan para zafar de las órdenes ridículas que les dan sus superiores, para escaparse del cuartel y salir de joda, etc. Este segundo elemento, que es un clásico del humor ya más viejo y reiterativo que Mirtha Legrand, acá recibe una inyección de novedad a través de Emilia. De pronto, uno de los “traviesos reclutas” es una chica, con lo cual cada vez que Mauricio logra zafar de las tareas del colimba, Emilia trata de zafar ella también, para compartir con su novio fogosos encuentros sexuales en los lugares más insólitos.
Los mejores momentos salen del contrapunto entre Emilia y todos sus compañeros, que no saben que es ua mujer disfrazada de varón. A Emilia le dan asco los comentarios pajeros (y el tráfico permanente de revistas con minas en bolas), hace fuerza para no explotar ante los comentarios machistas o misóginos y llega a extremos ridículos para no desnudarse nunca frente a los demás soldados. Y si todo esto te parece medio disparatado o medio boludo, esperá a ver qué hace Emilia con sus tampones usados.
El dibujo de Fontdevila está demasiado bueno para ser de hace 20 años. El inmenso Manel demostraba, ya en sus primeras páginas para El Jueves, un estilo bien definido, un gran manejo del pincel y de la rotring, un talento asombroso para aplicar el color (sospecho que con acuarelas, no con computadora) y ganas de innovar hasta en detalles como el rotulado. A esto hay que agregarle la gran solvencia narrativa de los dibujos, con las secuencias perfectamente planificadas y con el timing ideal para la comedia, los ángulos siempre bien elegidos y un gran criterio para elegir cuándo deshacerse de los marcos de las viñetas, y a veces también de los fondos.
Como ya dije alguna vez, el hecho de que Manel Fontdevila sea virtualmente desconocido en Argentina me parece una injusticia gigantesca, a esta altura una verdadera afrenta, comparable al hecho de que Menem, Cavallo y De la Rúa puedan caminar libremente por la calle como cualquiera de nosotros. Algún día, la injusticia se revertirá y seremos millones los que hablemos maravillas del trabajo de este monstruo inagotable. Mientras tanto y a tono con el tema militar de este libro, acá cavamos una humilde trinchera desde donde hacerle el aguante a este gigante de la historieta humorística, del que sigo encontrando (y disfrutando) obras que no conocía.

lunes, 19 de agosto de 2013

19/ 08: SÚPER PUTA

Manel Fontdevila (no me canso de repetirlo) es uno de los mejores autores que dio la historieta española, en toda su historia y en todos los estilos. Habitualmente asociado al humor costumbrista o la sátira de géneros con tintes bizarros, a mediados de la década pasada Fontdevila invirtió todos los ratos libres de casi dos años de su vida para trabajar en una historieta extraña, absolutamente experimental, cuya gracia se limita al título. Súper Puta (2007) no se parece en nada a lo que te imaginás. No es la versión española de The Pro (aquella joyita de Garth Ennis y Amanda Conner), ni nada por el estilo. Se llama así porque el autor quería un nombre potente, directo, que fuera al choque. Pero podría llamarse tranquilamente “Pantera”, “El Hada Amarilla” o “Sombreros Mexicanos”.
Súper Puta tampoco se parece en nada a los otros comics del inmenso Manel. Aquí el autor suelta el lápiz y la rotring y se lanza a dibujar más de 100 páginas directo con pincel, sin boceto previo y además... sin guión! Fontdevila adopta el estilo de los surrealistas, la escritura automática (o psicografía) que utilizaba André Breton, y se lanza a contar una historia extensa y compleja... sin tener la menor idea de qué iba a suceder en la página siguiente. Cada vez que se le ocurría una idea de cómo continuar la historia, la anotaba... para NO usarla! Por supuesto hubo un filtro, y terminó por rehacer o tirar a la mierda entre 20 y 30 páginas que no lo conformaban. Pero la historia se armó a base de improvisar todo, de dejar fluir dibujos y textos hacia donde soplara el viento del subconciente del autor.
Como te imaginarás, el resultado se pasa de críptico. Algunas escenas se extienden demasiado, otras directamente no se entienden y hay puntos importantes de la trama que casi no tienen explicación. Aún así, y aunque parezca mentira, la historia llega a una especie de desenlace bastante coherente y los personajes son consistentes con sus roles, no hacen una cosa y después todo lo contrario. De todos modos, Súper Puta entra en la categoría de “delirios de un autor al que le chupa un huevo laburar de espaldas al público” y sólo por eso, no se lo puede recomendar a los que no somos fans a muerte de Fontdevila.
Lo más raro que tiene esta novela es la forma en la que están integrados el dibujo y los textos. Estos últimos aparecen manuscritos por Fontdevila y además ocupan un porcentaje muy alto del espacio en la página. Hay poquísimas viñetas sin texto y muchísimas que sólo tienen texto. O sea, hay muchísimo para leer. Buena parte de lo que escribe Manel no va a ningún lado, son juegos retorcidos con el idioma, que le sirven a su vez para jugar con las tipografías que –repito- crea él mismo con su puño y letra. Dentro de ese caos, hay textos de gran nivel literario, profundos, elevados, muy interesantes, más allá de su ínfimo aporte a la trama.
Y el dibujo es -como siempre- sublime. Incluso sin boceto, incluso resistiendo en las márgenes de páginas invadidas por ingentes cantidades de texto, el dibujo de Fontdevila es excelente, de punta a punta. Cerca del final hay una secuencia (rarísima) en la que abandona su estética habitual, limpita, ideal para la comedia, y pela unas imágenes oscuras, ominosas, en las que reverberan Igort y José Muñoz. Es uno de los momentos visualmente más logrados dentro de esta extraña exploración por la mente del maestro catalán.
Con Súper Puta, Manel Fontdevila se dio el gusto de escribir y dibujar una historieta no pensada para agradar a las masas que lo siguen semana a semana en El Jueves, sino creada para joder, para probar cosas nuevas y muy limadas. El gesto es, sin dudas, loable. El comic en sí, sin ser un desastre, necesitaba un andamiaje más sólido a nivel guión para sostenerse todas esas páginas. Como esperé a verlo en oferta para comprarlo, no me quejo ni ahí. Sólo con los alucinantes dibujos de Fontdevila, se recontra-justificó la guita que gasté.

lunes, 29 de octubre de 2012

29/ 10: ROSENDA (Y OTROS MOMENTOS POP)

Ya lo dije alguna vez y lo repito: Manel Fontdevila es un genio del Noveno Arte, el abanderado, el heredero más talentoso de la Escuela Bruguera (la de Francisco Ibáñez, Manuel Vázquez, José Escobar y tantos otros), que además supo leer con avidez e inteligencia a Yves Chaland (otro de sus fetiches), Albert Uderzo y Frank Margerin, entre otros. Del obsceno enfieste entre la tradición española de Bruguera y el estilo atómico (o sea, la reformulación posmoderna de la línea clara de Hergé y sus clones) surge con el fulgor de una supernova el imprescindible Fontdevila, brillante guionista, inmejorable dibujante e infalible narrador gráfico. Casi me da vergüenza la poca bola que se le da en Latinoamérica a este autor con 25 años de trayectoria y muchos –y muy merecidos- premios en su haber.
Para las aventuras de Rosenda (realizadas en los ´90 para la efímera pero influyente revista Mr. Brain, que él mismo dirigía), Fontdevila opta por el estilo más “realista” que le sale, un estilo en el que se ve obviamente a Chaland, pero al estar pensado para blanco y negro, tiene unos claroscuros y unos trucos de iluminación que no aparecían en los trabajos del malogrado prócer francés. También hay algo de Roger Langridge y Hunt Emerson y hasta sombreados que nos recuerdan a Charles Burns, en las secuencias más oscuras.
Todo este despliegue de aciertos gráficos está puesto al servicio de guiones desopilantes: aventuras que parodian con acidez al género folletinesco, ese de los villanos infinitamente perversos y los héroes muy nobles y un poquito nabos. En ese sentido, Rosenda es pariente cercana del Opium de Daniel Torres. Como Torres, Fontdevila hace gala de su magistral manejo de las convenciones del género del que se quiere mofar y a la vez toma de este la estructura clásica, la de principio, desarrollo y fin. Todo cierra en cada episodio, nada queda librado al azar. Fontdevila va incluso más allá, porque las tramas en las que envuelve a la malévola Rosenda y su némesis, el ex-comisario Gustavo Plaitex, son decididamente bizarras, van de una a causar gracia, a que digas “nah, me estás jodiendo”, sobre todo por lo extremo de los planteos. Sin salir de ese clima medio festivo de “nos estamos riendo de una aventura pedorra tipo cine clase B”, aparecen situaciones realmente sórdidas, que incluyen mutilaciones, eyaculaciones, tráfico de drogas y sexo con niños. Claramente, a Fontdevila no le tiembla el pulso a la hora de joder con temas delicados.
Los personajes secundarios y muchos de los diálogos son intencionalmente acartonados, en sintonía con las novelas y comics de aventuras de épocas pasadas. Imaginate el efecto que logra Fontdevila cuando mete en ese contexto un chiste guarro escrito como hablan los lectores de hoy. Las cinco historias cortas de Rosenda son joyas de la mala leche, magníficamente dibujadas y muy difíciles de superar.
Para completar el tomo, tenemos otras dos historias cortas realizadas por Fontdevila para la revista Mr.Brain, una en un estilo mucho más caricaturesco, más cercano a los maestros españoles de los ´50, y la otra en el estilo que usa el gran Manel para casi todos sus trabajos en El Jueves. Puestas después de las desmesuradas aventuras de Rosenda, estas historietas resultan un poquito pueriles, pero no están mal.
Y finalmente, 21 tiras de Los Tres Marcianos (aparecidas en la inolvidable revista U), en las que Fontdevila les pega sin asco a los autores, los lectores y los coleccionistas de comics. Acá no hay lugar para finas ironías: cada tira desemboca en un remate certero y contundente, al ángulo, a donde el arquero no llega nunca. El dibujo es simplísimo (al punto de prescindir de los fondos en unas cuantas tiras) pero lo importante es lo que dice el autor a través de los personajes. Imposible no sentirse identificado (e incluso agraviado) en alguna de las patéticas mini-comedias que propone Fontdevila en estas tiras.
Por alguna extraña carambola del destino, este álbum (editado a todo culo por Glénat) suele verse a precios razonables en las comiquerías argentinas. Que no se te escape la gallina.

miércoles, 3 de octubre de 2012

03/ 10: LA SAGA DE CHAVES

Hoy seguro me morfo otro “Cero Comentarios”, pero bue... Son los riesgos de leer a Alfonso López. Cuando leés a Alfonso López hay una sensación extra, por afuera de lo que cuenta la historieta, que es algo así como sentir que el autor hizo este trabajo sólo para vos, que uno es el único lector de las obras de este genio catalán. Posta, creo que conozco a un sólo fan de Alfonso López. Lo cual es tan bizarro como injusto, porque se trata de uno de los autores más originales, completos y solventes que tiene la siempre atractiva historieta española.
En esta oportunidad, López trabajó sobre un argumento del inmenso Manel Fontdevila, pero fue él quien le dio forma al guión, definió a los personajes y creó la impronta visual de esta novela gráfica breve, pero riquísima. Leocadio Chaves es un inmigrante mexicano que labura de jardinero en Beverly Hills. Un día se le ocurre la peregrina idea de construir en su jardín un pequeño mausoleo en el que conservar los restos de sus antepasados muertos. Para eso, decide viajar a Pátzcuaro, su ciudad natal, donde desenterrará a sus ancestros, los cargará en una camioneta que no es suya y tratará de pasarlos por la frontera que separa a El Paso (EEUU) de Ciudad Juárez (México). Por supuesto, semejante disparate no será fácil de concretar.
Chaves, su hijo Jimmy (que vive en México y trafica inmigrantes centroamericanos a EEUU) y su yerno Freddy (dueño de la camioneta y del hotelucho donde trabaja la hija de Leocadio) se verán envueltos en frenéticas peripecias, un poco fogoneadas por la extraña obsesión de Leocadio con repatriar a su muertos y un poco por toda la situación de corrupción y marginalidad que se vive en las cuidades fronterizas, donde Cielo e Infierno parecen estar a sólo una valla de distancia.
Alfonso López trabaja mucho sobre varios aspectos de la cultura de los inmigrantes mexicanos, principalmente la voluntad de ascenso social dentro de un contexto adverso y el apego a tradiciones que los yankis no entienden (los luchadores enmascarados, el Día de los Muertos, el rol siempre postergado de la mujer, etc.). Cuando se mete con los mexicanos que viven en México, López es mucho más despiadado y los retrata como criaturas venales, de bajísimo nivel cultural, siempre propensas a la vagancia o a la corruptela barata, al chiquitaje. Por supuesto, López no presenta esta mirada como objetiva. Lo suyo –claramente- no es un comic testimonial ni documental, sino una aventura con ribetes grotescos, cargada de una fina mala leche que –obviamente- también salpica para el lado de los yankis, que aparecen poco y en roles absolutamente deleznables.
El resultado es un comic definitivamente entretenido, con momentos desopilantes, momentos tensos, muy buenos diálogos y todo potenciado por el dibujo y el color, dos rubros en los que López se sigue superando a sí mismo, obra tras obra. Su trazo suelto, fluído, de gran dinamismo, encuentra su mejor vehículo en algo que no sé si es carbonilla o un lápiz de mina muy gruesa, cuya textura se ve perfectamente en la página, como si en vez de pasarlo a tinta, López lo resaltara a full en el photoshop. Imaginate una mezcla muy zarpada entre Oswal y Marcos Vergara, sin entintar. Por ahí más o menos transita López, apoyado en un tratamiento del color magnífico, que –de nuevo- no sé si son acuarelas posta o una técnica digital que imita las pinceladas de la acuarela. En ambos casos el trabajo del autor es prodigioso y logra unos climas espectaculares. En las carátulas que separan los capítulos, López se manda unas ilustraciones de página completa, generalmente centradas en paisajes, donde se va al carajo y más allá. Que el trazo simple, rápido y a veces nervioso no nos distraiga de lo importante: este tipo exhibe una sabiduría a la hora de dibujar a la que pocos pueden aspirar.
No sé si La Saga de Chaves te cambia la vida. Por ahí no. Pero es una historia atrapante, con un mensaje fuerte y con unos dibujos de la mega-San Puta. O como diría un mexicano, “padríiiisimos”.

jueves, 15 de marzo de 2012

15/ 03: LA PAREJITA Vol.3

El día que se inventó la pareja monogámica (heterosexual o no, es lo mismo), el Infierno abrió una sucursal en cada hogar. No hace falta tener la mala leche ni el talento que tiene Manel Fontdevila para mofarse durante décadas enteras de los pobres pibes (y minas) que conviven con sus parejas. Sobre este tema se ha escrito mucho: desde los mejores poetas de nuestra lengua (con Joaquín Sabina a la cabeza) hasta stand-up comedians con menos gracia que un desalojo, todos le han dedicado su párrafo a los sinsabores de la pareja monogámica que convive bajo un mismo techo, comiéndose garrones uno atrás del otro, sin parar, como si fueran papafritas Lays. Los platos sucios, la bolsa de residuos eternamente instalada en el palier, la peli de Julia Roberts que está a la misma hora que la final de la Champions League, el cumpleaños de la Tía Pocha en Rafael Calzada, la birrita con los amigos que se estiró hasta las tres de la matina, la factura impaga del gas, la factura genocida del teléfono... y eso siempre y cuando no haya hijos de por medio. Con hijos todo esto se potencia hasta el infinito y más allá.
Supongamos que se compruebe científicamente la existencia del amor (cosa bastante improbable): ¿alcanza para justificar semejantes tormentos? ¿Da para elegir día a día quedarse ahí, resistiendo, comiéndose una vez más y ad infinitum los mismos garrones que ayer y anteayer y la semana pasada? Yo soy de los que creen que, si sentís cosas copadas por una persona, no podés ser tan hijo de puta de pedirle que conviva con vos. ¿Y Fontdevila? No estoy tan seguro... No sé si entre tanta sátira despiadada no se le escapa un dejo de ternura. Por ahí, con tantos años de escribir y dibujar las desventuras conyugales de Emilia y Mauricio, se ablandó y terminó por dejarse conmover ante tanto remar de atrás para que la cosa se haga soportable.
Y eso que acá llevaba apenas 200 planchas de su historieta semanal. Me imagino que ahora (con Emilia y Mauricio ya padres) ya les tendrá la suficiente lástima como para tratarlos mejor. Acá, más allá de ese tenue haz de ternura, Fontdevila está muy afilado, dispuesto a no dejar pasar una sóla situación potencialmente graciosa para reirse de estos pobres pibes y de la sociedad chota e injusta en la que les toca vivir. El tema del capitalismo salvaje y la forma en que deforma y pervierte los valores básicos del ser humano también se cuela a menudo en la tira y contamina (o en realidad, termina de explicar) a la comedia costumbrista. El gran Manel (la bestia mide más de dos metros y debe pesar cerca de 130 kilos) demuestra ser un especialista en ambas lides, la de la sátira social y la de la comedia. Para descollar en esta última, combina perfectamente los dos elementos fundamentales: constante renovación de las situaciones y minuciosa (y excelente) construcción de los personajes. Y a diferencia de las grandes sitcoms yankis, se zarpa a full a la hora de incorporar la temática sexual al oprobioso panorama de la vida en pareja de los protagonistas.
A nivel gráfico, Fontdevila es el más consumado heredero de lo que se conoce como la Escuela Bruguera. Por supuesto, está claro que leyó otras cosas (Yves Chaland, Peter Bagge, Albert Uderzo), pero no necesita homenajear intencionalmente a las historietas de Ibáñez, Vázquez o Escobar (cosa que hace como los dioses en la entrega 173 de la serie) para demostrar que es su mejor alumno y su más legítimo hijo bastardo. Y eso sin hablar de su trabajo con el color, que es realmente maravilloso, casi siempre muy sutil y cada tanto (cuando el guión lo requiere) absolutamente estridente y brutal.
Injustamente desconocida en Argentina, La Parejita es una de las mejores comedias costumbristas de la historia del comic, un feliz antídoto contra los tumores malignos que te salen en el alma cuando compartís casa con la persona con la que alguna vez te emocionó compartir cama.