el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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sábado, 18 de agosto de 2018

SABADO SATANICO

Hoy me toca reseñar dos obras en las que tiene bastante peso un pacto con una entidad demoníaca. Coincidencias limadas de la vida y la historieta…
El Fausto Sudaca es una obra de teatro muy famosa en Chile, una versión del clásico de Goethe creada por el dramaturgo trasandino Omar Saavedra Santis. En 2015, el Fausto Sudaca fue llevado a la historieta por el guionista (también chileno) Sebastián Castro y el dibujante mexicano Hugo Aramburo. La propuesta no es muy distinta de la que nos traen cada tanto Alejandro Farías y varios dibujantes en las distintas entregas de Teatro en Viñetas, pero el problema es la extensión. Esto mismo, desarrollado en 36 páginas, 40 como mucho, hubiese sido mucho más dinámico, más atrapante, más impactante. La decisión de Castro de “licuar” el argumento en 84 páginas hace que el desarrollo se haga lento, por momentos pesado, y la idea pierda fuerza y efectividad.
¿Por qué pasa esto? Sospecho que porque Castro estaba demasiado apegado a la obra de Saavedra Santis y tomó la decisión de no omitir ni sintetizar absolutamente nada de lo que se ve en la obra. Y no está mal ser respetuoso del material que uno elige para adaptar, pero la historieta es –ante todo- síntesis. Privilegiar momentos, como decía el maestro Carlos Albiac. Sin embargo Castro no elige qué momentos privilegiar: quiere plasmar TODO en su versión de la obra y hay cosas que quizás funcionan muy bien en teatro y no en historieta (y viceversa, obviamente). Así es como la adaptación del Fausto Sudaca, a pesar de sus buenas intenciones, se empantana y se hace (por lo menos para mí) innecesariamente extensa.
El dibujo de Aramburo es correcto, es una especie de Fabián Mezquita un toque menos virtuoso y un toque menos plástico. Quizás lo que menos me convenció fue la decisión de que los personajes tuvieran los rasgos faciales de los actores que los interpretan en la versión teatral. Me imagino al dibujante mexicano mirando fotos y videos de los actores chilenos para retratarlos fielmente y digo “pobre flaco, ¿qué necesidad había?”. Pero bueno, quizás en Chile esos actores sean hiper-populares y la aparición de sus rasgos faciales en el comic represente para un montón de gente un gran atractivo a la hora de comprarlo.
Me voy a 2012, a EEUU, para leer un libro muy raro. El TPB de Caligula, editado por Avatar, no advierte en ningún lado acerca de su contenido adulto. Recién cuando lo leés, te das cuenta de que prácticamente todos los personajes secundarios de la obra terminan empomados, asesinados o morfados, no necesariamente en ese orden. El maestro David Lapham nos transporta al Imperio Romano para mostrarnos una versión alternativa (y a la vez bastante lógica) de los últimos días de Cayo Julio César Augusto Germánico, mucho más conocido como Calígula.
En la versión de Lapham, el emperador no sólo está loco: también está poseído por una entidad satánica, que consume almas humanas para mantenerlo siempre vivo y joven, y que lo lleva a perpetrar todo tipo de atrocidades. El guión se regodea notablemente en el aspecto más sádico y perverso de este carismático villano y nos ofrece un amplio abanico de masacres, torturas, destripamientos, canibalismo, orgías de todos contra todos, violaciones de hombres y mujeres y hasta un caballo (también poseído por el Mal) que se garcha tipos y minas. Y en medio de este festival de la lujuria descontrolada y la falta absoluta de respeto por la vida humana, hay un argumento que tiene que ver con un joven granjero que busca matar al emperador y termina por convertirse en su mano derecha, su confidente y su amante.
El único personaje secundario que se mantiene lejos de la vorágine de locura, sexo y sangre que rodea a Calígula es Laurentius, un héroe militar, probo y honorable, que es el que le sirve a Lapham para mantener el foco en el aspecto más político de la trama, que no está tan desarrollado como el aspecto más “de terror”, o de “shock value”, pero tiene bastante peso y bastante interés. Lo mejor que tiene Caligula es que avanza siempre a buen ritmo, no parece estar ni estirada ni comprimida.
Y lo que me llevó a comprar el libro es el dibujante, nuestro compatriota Germán Nóbile, que se hace cargo también del color y realiza un trabajo de altísimo impacto visual. Elegante y preciso a la hora de recrear palacios, vehículos, vestimenta y paisajes y tremendamente brutal a la hora de dibujar las orgías, las masacres y los tipos en chota, Nóbile encuentra un equilibrio notable. El estilo de Nóbile me hizo acordar por momentos al de Ignacio Noé, pero claro, Noé no labura para EEUU, con lo cual sus obras no requieren de esa dosis de acción, de violencia, de esos exabruptos visuales que son tan frecuentes en el comic yanki y que Nóbile plasma con muchísima destreza en estas páginas.
Si te da el estómago para procesar escenas de sexo, violencia y canibalismo realmente estremecedoras, aventurate con Lapham y Nóbile en esta versión oscura, truculenta y visualmente fascinante de la historia de ese loco hijo de puta que (como tantos otros locos hijos de puta que no la pasaban tan bien) tomó las riendas de un imperio y lo hizo mierda en la primera curva.
Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

MIERCOLES CON CALORCITO

Mientras la hinchada le da play una y otra vez al trailer de Infinity War (o al videito de la jura de Cristina en el Senado), yo me siento a escribir las reseñas de un par de libritos que ya tengo leídos.
Allá por 2000, después de varios años de trabajar en series regulares, el maestro David Lapham se decidió a probar suerte con una novela gráfica, un relato pensado desde cero con principio, desarrollo y final. El resultado fue Murder Me Dead, definido por el autor como “un relato desgarrador de amor y asesinatos”, 232 páginas en las que Lapham urde y resuelve una trama truculenta, llena de volantazos impredecibles, con personajes absolutamente tridimensionales y un clima de tensión de una densidad tan asfixiante como hipnótica.
Murder Me Dead tiene varios puntos altísimos, pero me parece que lo más logrado es el desarrollo de los dos personajes protagónicos, Steve y Tara, y el vínculo entre ellos, que a lo largo de la novela se tuerce, se contorsiona, se tensa y pega giros bizarrísimos. O no, quizás lo más destacable sea el manejo por parte de Lapham del tempo narrativo, la forma en que manipula el relato para generar climas que nos involucren en la historia, que nos pongan nerviosos, que nos hagan sufrir casi tanto como sufre el pobre Steve. Lapham trabaja con la página dividida en cuatro tiras, al estilo Hugo Pratt, y rompe ese esquema sólo en un par de momentos muy específicos, que son flashbacks a sucesos anteriores al punto en que decide iniciar el relato. Sobre esa base, emplea todo tipo de recursos (algunos claramente heredados del cine) para imponer el ritmo que él elige y para generar intriga o impacto, según lo que requiera la trama.
El dibujo nos muestra a un Lapham muy afianzado en su estilo, con un manejo sublime del blanco y negro. Mezclá a Steve Ditko con Alex Toth, agregale un toquecito de Charles Burns y por ahí va a aparecer la estética con la que Lapham dio cátedra durante años, tanto en esta obra como en Stray Bullets, el trabajo más conocido de su etapa indie. Si te atrae una historia de amor retorcida, perturbadora, con violencia, sangre, mala leche y personajes demasiado reales para ser de papel y tinta, matá a quien haga falta para conseguir Murder Me Dead.
Me vengo a Argentina para meterme (ahora sí) con una publicación de 2017. Tango Cruzado, escrito por Max Aguirre y dibujado por Sebastián Dufour, tiene una consigna tan ganchera que ofende: historias de tangueros con machaca y elementos sobrenaturales, en las que tienen roles muy destacados nada menos que Carlos Gardel y David Bowie. Chau, no me cuentes más. Tomá mi guita y dame el libro.
Aguirre te engancha rapidísimo con sus diálogos ingeniosos y afilados, con la forma en la que los elementos tangueros (tema en el que la manya lunga) se integran a la trama de suspenso y acción para potenciarla. Y cuando creés que más o menos pescás de qué va la cosa, te agrega los elementos fantásticos, que en realidad son un recurso para hablar de otra cosa, que es la construcción de los mitos. El Gardel de Tango Cruzado está en ese camino, en el de construirse a sí mismo como mito. Por eso (nos explica Estárdas) sobrevive a balazos y a episodios que a cualquier otro hombre le costarían la vida. Estárdas (fonéticamente cercano a Stardust y visualmente idéntico al Duque Blanco) ya pasó por ese trance, ya es un ser 100% sobrenatural, que toca el bandoneón para joder, para agregarle misterio a la noche tanguera de Buenos Aires o Montevideo. El resto de los personajes, oriundos de ambas orillas, no son meros testigos del periplo del Zorzal y las excentricidades de Estárdas, sino que están muy bien trabajados y resultan sumamente carismáticos. De hecho uno de los mejores momentos del libro llega cuando el foco del relato se desplaza hacia Yonli, el morocho blusero de New Orleans.
¿Qué le falta a Tango Cruzado para ser una obra maestra? En primer lugar, más páginas. Se me hizo muy corta. Después, decidirse de un modo más claro entre ser una novela gráfica o ser una sucesión de relatos episódicos hilvanados por una trama que avanza un poquito en cada uno. Pero el principal problema lo encontré en el dibujo. Sebastián Dufour es un ilustrador alucinante, con una destreza técnica digna de Carlos Nine y una audacia para resdiseñarlo todo digna del Viejo Breccia. Y sin embargo, para mi gusto, la magia que tira Dufour no contribuye al fluir del relato que propone Aguirre. Por el contrario, lo entorpece. Obliga al lector a invertir preciosos segundos en decodificar los dibujos (ah, ya sé: esto es un caballo, esa mancha es uno de los protagonistas y ese círculito blanco es la luna”) y lo desorienta, lo saca del eje de la narración, lo obliga aunque sea un instante a distanciarse de la trama para encontrarle sentido a los dibujos. Gráficamente, esto tiene una belleza y un vuelo increíbles… lástima que a nivel narrativo esa belleza y ese vuelo funcionen más como un obstáculo que como un complemento para el guión de Aguirre.
Hasta acá llegamos, por hoy. Estamos a sólo 10 entradas de lograr el objetivo de los 100 posts en 2017… y creo que vamos a llegar. La seguimos pronto!

martes, 4 de agosto de 2015

04/ 08: DAREDEVIL: DARK NIGHTS

Como su nombre permite intuirlo, esta fue una serie pensada al estilo de Legends of the Dark Knight: arcos argumentales autoconclusivos, no vinculados entre sí, a cargo de distintos autores. Le faltó un detalle: las historias no están ambientadas en el pasado, en los inicios de Daredevil, sino en el presente, de modo que se podría decir que transcurren en paralelo con las aventuras que narraba Mark Waid en la serie regular del Cuernitos. Descartado ese elemento, pasan a ser más importantes los otros dos: las historias y los autores. Y ahí es donde Dark Nights no junta los puntos necesarios para pasar a la historia, para sumarse a los grandes hitos que acumula Daredevil en sus 51 años de trayectoria en el Noveno Arte. Veamos, dijo el ciego…
La primera aventura se extiende a lo largo de tres episodios y es claramente la mejor. ¿Lo tenías a Lee Weeks como guionista? Yo no. Y la verdad es que el eximio dibujante asume ambos roles con gran aplomo, como si siempre hubiese escrito sus propios guiones. La historia está apenas estirada: narrada en 60 páginas, es de esas que en los ´80 se publicaban en un Annual de 40 ó 42, y en los ´90 en un prestige de 48. Pero te conquista por su humanidad, su urgencia, el ritmo implacable y sobre todo por lo que le vemos hacer a Daredevil. Los textos son elaborados, de alto vuelo poético, y el dibujo combina dinamismo con elegancia. Casi un clásico inmediato.
La segunda aventura es más breve, sólo dos episodios a cargo del maestro David Lapham. Esta también tiene mucho ritmo, excelentes dibujos, unos diálogos afiladísimos y elementos muy originales, sobre todo en la resolución. El problema es que el verosímil se rompe cuando la trama empieza a girar cada vez más en torno a un personaje inexplicable, una mini-persona de 45-50 centímetros de altura, como un muñeco viviente, que parece un capricho bizarro de Lapham y que hace demasiado ruido. Reemplazalo por un enano, o por un mutante que se achica… no sé, así explicado, el personaje de Buggit no me cerró para nada.
Y cierra un arco de tres episodios donde lo que menos importa es el verosímil. Es un vale todo pochoclero, de acción, persecuciones, explosiones, tiros, piñas y patadas al palo, en el que Jimmy Palmiotti propone locaciones y climas que no tienen mucho que ver con lo que normalmente vemos en los comics de Daredevil. Acá hay sol, caribe, chicas con poca ropa, chistes con doble sentido… y lógicamente el Cuernitos juega bastante de visitante. Lo más interesante es cómo Palmiotti trata al personaje de Misty Knight. Y bastante digno lo del dibujante, Thony Silas, a quien no conocía. Es una mezcla entre Mike Wieringo y Chris Sprouse, no muy original, pero muy suelto, muy plástico, con muchas ideas y muchas variantes para llevar al papel el vértigo y la acción desenfrenada que propone el guión.
Básicamente, entonces, tenemos una historia que si se editaba por sí sola (como graphic novel, ponele) seguro ganaba premios o al menos un lugarcito en el corazón de los fans de DD, seguida por otras dos que no son desastrosas, pero que claramente no están a la altura. Si sos incondicional de Daredevil, o de Lee Weeks, que no se te escape. Si no, la verdad que no hace falta.
No puedo cerrar la reseña sin abrazar desde acá a los familiares y amigos del querido Diego Cortés, guionista, poeta, editor de muchos libros de los que vimos en este espacio e incluso de los libros que recopilaron las primeras 365 reseñas del blog. Con apenas 39 años, se fue un verdadero paladín de la historieta argentina, un gran talento y un gran amigo al que vamos a extrañar muchísimo.

viernes, 21 de marzo de 2014

21/ 03: DEADPOOL MAX Vol.3

Una de cal y otra de mierda. Me acuerdo que el Vol.2 (reseñado el 23/12/12) me había gustado bastante más que el Vol.1 (reseñado el 05/06/12). Parecía que David Lapham y Kyle Baker lograban encauzar esto hacia un final copado, fuerte, interesante más allá de la onda cazadoresca de sexo, puteadas y violencia en joda (y en dosis para nada habituales en el mainstream yanki). Sin embargo, después de aquel supuesto final, alguien en Marvel decidió continuar esta serie, y así salieron los seis números y el especial de Navidad que recopila este TPB. Claramente, acá está lo peor de la serie.
Los chistes son menos zarpados, menos graciosos, la violencia impacta menos, la comedia picaresca repleta de referencias sexuales se hace bastante reiterativa y hasta en un punto sosa, y cuando de nuevo le dicen a Lapham “inventate un final grosso, que cerramos”, no se le ocurre nada ni remotamente parecido a un final grosso. Hay un intento, un engaña-pichanga, pero al final el guionista termina por respetar a rajatabla un status quo que –uno supone- nadie va a usufructuar jamás, porque Marvel no va a volver a prestar a Deadpool a otros autores para que jueguen por afuera de las reglas del universo “titular”.
Por supuesto, no es todo una garcha. Algunos chistes funcionan bien y algunas situaciones tienen esa alquimia finita entre aventura, parodia, descontrol y guarangada sexópata que cuando logra cuajar, se hace muy entretenida. Y lo que más rescato de los guiones: los huevos para decir con total claridad que el villano posta, el más jodido de todos, es la CIA, no los fundamentalistas islámicos, no HYDRA, no Taskmaster. En ese arco final, en el que todos van contra los servicios de inteligencia yankis, casi no hay situaciones atractivas y el argumento hace agua por todos lados. Pero es el tramo en el que Lapham se dedica a caracterizar a “Blind Al”, la directora de la CIA y a la sazón villana principal de la saga, y en ese personaje puntual se nota un laburo muy acertado, muy filoso por parte del guionista.
El otro gesto loable de David Lapham es que en este tramo final de Deadpool MAX se arremanga y dibuja. Primero unas paginitas del especial de Navidad (choto a niveles intragables) y después el último episodio, con el que cierra la serie. Por supuesto siempre es un placer ver dibujar a un tipo que la tiene tan clara y que narra tan bien, aunque estéticamente no tenga nada, pero nada que ver con la impronta gráfica del principal dibujante de la serie (y principal motivo por el cual uno se compró estos brolis), el insumergible y cada día más grosso Kyle Baker. La verdad, no hay nada que haga Baker en este tomo que no haya hecho ya en los dos primeros, pero sigue siendo infinitamente placentero verlo dibujar en este estilo raro, muy basado en la figura humana y las expresiones faciales, con ese coloreado y esas texturas tan personales. También rompe un poquito las bolas ver cómo los fondos escasean escandalosamente (cuando no son fotos retocadas). Y las páginas que no dibujan ni Baker ni Lapham caen (como en el Vol.2) en manos de Shawn Crystal, un dibujante triste, sin onda ni imaginación, que hace lo que puede, que suele ser muy poco.
Como hincha de Racing, esta lección me la sabía de memoria: tener dos figuras en el equipo no te hace un gran equipo, ni siquiera te garantiza ganar un partido. En Deadpool MAX eso se ve clarito: dos monstruos que no fallan nunca, que en sus respectivos proyectos solistas son dos bolas de demolición, acá se juntaron y en vez de un hitazo memorable salió una obra menor, que en su mejor momento entretiene y en su peor momento parece un comic hecho por y para subnormales invertebrados, casi bochornoso en su apelación al mínimo denominador común. Si querés le echamos la culpa a Deadpool, personaje patético, copia trucha de Deathstroke pergeñada entre gallos y medianoche por el impresentable Rob Liefeld. ¿Será posible que Deadpool sea tan, tan choto que alcanza con ponerse su camiseta para que dos cracks indiscutidos jueguen mal? Da para pensarlo.

domingo, 20 de octubre de 2013

20/ 10: FABLES Vol.14

Esta es la única serie de Vertigo con la que no estoy al día en lo que respecta a la compra de los TPBs, pero no porque me parezca chota ni mucho menos. Es cierto, no me genera la misma calentura que otras, pero cuando finalmente me compro los libros y los leo, la paso realmente bien.
Este tomo menciona muy al pasar lo sucedido en el Vol.13 y retoma con mucha más fuerza lo sucedido en el Vol.12 (ambos fueron reseñados acá en el blog), lo cual refuerza la idea de que -para el desarrollo global de la serie- el crossover con Jack of Fables fue una anécdota menor, de poca relevancia. El Vol.12 era un tomo de pre-temporada, en el que Bill Willingham se dedicaba a responder cuál iba a ser la amenaza grossa para los habitantes de Fabletown tras la derrota del Adversario. En este tomo está claro que las consecuencias de lo que sucedió en el Vol.12 eran muy complejas y que Willingham se va a tomar MUCHOS episodios para empezar a cerrar todo lo que abrió en aquella ocasión.
De nuevo, esta vez casi no hay acción para los personajes principales, que son en su mayoría testigos de charlas y runflas entre los magos, brujos y hechiceros, ya que estos son los que más chances tienen de reestablecer el orden tras los sucesos del Vol.12. Las brujas Frau Totenkinder y Ozma toman la delantera y le dejan roles muy, muy chiquitos a los que habitualmente son protagonistas. Una tercera bruja, la infinitamente maligna Baba Yaga (enemiga también de Hellboy) protagonizará el segmento más épico del tomo, en un combate sin cuartel contra... Bufkin, el monito alado que andaba siempre boludeando por la oficina principal del edificio de Fabletown. Y lo más loco es que ganará Bufkin, que además juntará muchísima chapa!
Fuera del arco central hay un unitario que nos explica de qué juegan los boxers (“cajoneros”, sería la traducción) y un arquito de dos episodios protagonizado por Ambrose, el entrañable príncipe/ sapo, en el que Willingham nos habla del respeto por la diversidad cultural, la justicia y la naturaleza intrínseca de las distintas razas que conviven en el reino de Haven. Como le sobran algunas páginas, las dedica a hacer avanzar un poquito la telenovela entre Ambrose y Caperucita Roja, que venía estancada hacía mil tomos.
Por el lado de los dibujantes, el unitario de los boxers está a cargo del siempre solvente Jim Fern, casi irreconocible (y a la vez espectacular) gracias al magnífico entintado de Craig Hamilton. La saga de las brujas, la más extensa del tomo, está íntegramente a cargo del glorioso Mark Buckingham, siempre en un nivel altísimo, siempre listo para crear climas alucinantes y para bancar desafíos jodidos en materia de narrativa, por supuesto sin descuidar todo lo demás. Y en el arquito de Ambrose lo tenemos al ídolo David Lapham, que lamentablemente se luce poco. Ojo: no se tira a chanta, ni intenta copiar a Buckingham, pero se lo ve... muy contenido, como si se esforzara por no sobresalir. Por ahí Lapham estaba esperado un guión más truculento, o más sórdido, o que le pidiera muchos cuadros por página (para armar esa grilla tipo Hugo Pratt de ocho viñetas en cuatro filas de dos, que maneja de taquito), no sé... Lo cierto es que en estas páginas no parece el monstruo que es, sino un dibujante común y corriente, correcto, que no hace mucho más que cumplir con lo que le pide Willingham.
La guerra entre los habitantes de Fabletown y el Dark Man va a ser larga y la vamos a ver desarrollarse casi en cámara lenta. Está claro que Willingham se va a tomar todo el tiempo del mundo para explorar a fulll todas las posibilidades que se activaron en el Vol.12 y que se siente cómodo al tener al elenco principal sumido en una crisis tan complicada que muchas veces lo mejor que pueden hacer es replegarse a las márgenes de la saga y dejarle el protagonismo a otros. El guionista tiene un montón de frentes abiertos, es cierto, pero también le sobra cintura para repartirse entre todos ellos y para llevar cada línea argumental hacia una resolución copada, o a entrelazarse de modos poco predecibles con otras líneas argumentales. Los beneficios de la planificación a larguísimo plazo de una historia con un elenco coral y sin límite de extensión es, sin duda, lo más lindo que tiene el formato de “serie regular para una editorial grande de EEUU cuya periodicidad se respeta a rajatabla”. Y en Fables, Bill Willingham aprovecha esos beneficios y los convierte en una magia irresisitible e insumergible, que ya pasó holgadamente la marca de los 10 años.

domingo, 23 de diciembre de 2012

23/ 12: DEADPOOL MAX Vol.2

En mi reseña del Vol.1 (lo leí allá por Junio) yo le ponía bastantes fichas al Vol.2, a ver si la trama se encaminaba hacia algún punto un poco más sustancioso que los chistes groseros y las escenas de violencia mega-zarpada. Por suerte el maestro David Lapham me dio pelota y –seguramente alentado por el hecho de que el n° 12 iba a ser el último- mueve los hilos para que todo desemboque hacia ese episodio final y se resuelva de manera –dentro de todo- coherente.
El primer episodio de este tomo es delirio puro, una comedia disparatada, en la que Lapham explora los límites de la locura de Deadpool y su enfermiza relación con Domino (que no es la Domino del Universo Marvel posta, cabe aclarar). Acá el argumento casi no importa, está todo basado en situaciones y diálogos limadísimos. Tampoco aparece Bob, el personaje secundario más importante, el que más hace para que la trama central avance.
El tercer episodio, si bien tiene a Bob en un rol destacado, es claramente un número de relleno, con dibujante suplente y todo. Acá todo gira en torno a un proxeneta y sus chicas, o sea que abundan los chistes de temática sexual bastante subidos de tono. Si no fuera porque Shawn Crystal es un dibujante decididamente mediocre, este festival de drogas, armas y putas sería una gema memorable.
Los cuatro episodios restantes respetan, en mayor o menor medida, la consigna de hilvanar un argumento y hacerlo avanzar hasta la confrontación final entre Deadpool y Taskmaster. En ese periplo, Lapham aprovecha para habilitarnos muchísima data sobre el pasado de Bob, para llevar a Wade a visitar el orfanato donde fue criado y para parodiar con sutil mala leche toda esa runfla bochornosa en la que los propios servicios de inteligencia yankis terminan por crear (y armar hasta la chota) a una célula terrorista de Medio Oriente que más tarde cobra proyección internacional. Como a Bob le resulta fácil manipular a Deadpool con el chamuyo de HYDRA y la amenaza global que representa, termina laburando para que HYDRA exista y represente una verdadera pesadilla para la paz mundial y la seguridad de los EEUU. Para cuando Deadpool se entere de cómo viene la mano, será tarde para todo. El final es muy heavy, con el exterminio de cientos de miles de inocentes, y aún así Lapham banca el clima festivo. Claro, estaba convencido de que la serie terminaba ahí. Después hubo luz verde para seis números más, pero eso es otro tema.
¿Y por qué yo había decidido comprar el Vol.2 de una serie cuyo Vol.1 se quedaba en los chistes guarangos y la violencia más cabeza? Por los dibujos de Kyle Baker, genio de los genios, que acá puso –como es su costumbre- toda la carne al asador. Si Deadpool MAX no es un comic de superchabones que se cagan a palos (y tiros y espadazos) con garches, puteadas y drogas es porque Baker se propone lograr algo distinto y –predeciblemente- lo logra. Los fondos no existen: son todas fotos retocadas. Baker no dibuja ni un auto, ni una metra, ni un mísero celular. Captura fotos y las integra a sus dibujos con una cancha asombrosa, metiendo unas texturas loquísimas y haciendo magia con la paleta de colores. Hay algunas páginas un poco tiradas a chanta, pero en general no queda para nada mal la forma en que el ídolo zafa de dibujar lo que no tiene ganas (o tiempo) de dibujar. En la figura humana, en cambio, Baker deja la vida, incluso en escenas difíciles de dibujar. Y en las expresiones faciales se revela (en realidad lo viene haciendo desde Special Forces) como el verdadero continuador del ilustre legado de Angelo Torres y Mort Drucker, los caricaturistas más grossos de MAD. Todo el laburo de Baker es realmente impresionante, como si en vez de un capo con más de 25 años de trayectoria fuera un pibe nuevo con hambre de gloria, en busca de la consagración.
En ese sentido, si Shawn Crystal vino a Deadpool MAX en busca de ese primer hitazo que lo ponga en el listado de los dibujantes a los que seguir de cerca, avísenle que no, que no lo logró. Por suerte, fuera del bajón que significa tener 22 páginas de Crystal en vez de 22 páginas de Baker, este tomo está muy bueno, la aventura funciona, los chistes también y quien lo lea difícilmente se abstenga de comprarse un Vol.3, que creo que ya se anunció.

martes, 5 de junio de 2012

05/ 06: DEADPOOL MAX Vol.1


Hacía mucho que no comentaba nada de Marvel, no? Bueno, esto es de Marvel hasta por ahí nomás. Acá los autores tienen la libertad de no respetar un carajo el canon oficial del Universo Marvel (la Tierra 616 y demás) y la aprovechan, de una. Este Deadpool no es exactamente el Deadpool que todos conocemos y lo mismo se aplica a los otros personajes conocidos que aparecen: Domino, Cable, el Barón Zemo, Hammerhead, Taskmaster... todos tienen cambios que van de lo sutil a lo groseramente radical.
El guionista es un ídolo personal: David Lapham. Que tiene un problema: cuando escribe guiones que dibuja él mismo, es sofisticado, profundo, a veces gracioso, pero siempre inteligente, nunca grotesco ni cabeza. Cuando escribe para otros, se zarpa un poco más de la cuenta y casi todos los guiones que él no dibuja caen en la intrascendencia (me acuerdo lo que hizo en Batman... ¿o era en Detective? No importa) o en una especie de Viva la Pepa muy extrema de kilombo, depravación y sangre que no siempre va a algún lado coherente.
Las historias de Lapham para Deadpool MAX son un festival desopilante de sangre, desmembramientos, tetas y chistes soeces (y con puteadas, porque en el sello MAX vale putear). Muy, muy divertido, pero adolescente, básico, sin ninguna pretensión de nada más que un ratito de entretenimiento. Hay diálogos graciosísimos, escenas totalmente zarpadas, una incorrección política de gran impacto y gran comicidad (el episodio del Barón Zemo está lleno de chistes de negros, judíos, putos, tortas, latinos y chinos), una versión de Deadpool llevada al extremo de la esquizofrenia y un personaje nuevo, Bob, muy bien laburado, al que pobrecito, le pasan todas: se lo empoman, se mete en una cloaca y lo tapa la mierda, se da de jeta contra un cactus, se come balazos... Obviamente la comedia física y el clima de “vale todo” se enriquecen mucho con la figura de Bob, que nunca llega a eclipsar a la de Deadpool, si bien en varias tramas es más importante que el mercenario bocón e inmortal.
O sea que, mientras leés esto, la pasás bien. Hay un subplot bien pensado que de alguna manera hilvana los argumentos de cada capítulo autoconclusivo, y todos los elementos que enumeré antes se ensamblan con mucha onda. El tema es qué te queda cuando cerrás el libro. Y ahí está la contra de Deadpool MAX: así como se zarpa de violento y de jodón, se zarpa de pasatista. Y vos sabés que Lapham, cuando pone lo que hay que poner, es cualquier cosa menos pasatista. Se me dirá “Y bueno, ¿qué querés?, es Deadpool, un personaje de la B creado por Rob Liefeld como afano brutal a Deathstroke”. Pero creo yo que con el talento de Lapham y la libertad que te da laburar en un comic que –por su calificación- se le puede vender al público adulto, daba para jugarse por algo más sustancioso. Veremos si eso sucede en el segundo tomo, aunque lo veo difícil.
¿Me voy a comprar el segundo tomo de algo que no me terminó de cerrar? Y sí, maestro, porque esto lo dibuja Kyle Baker, el genio de los genios. Y cualquier cosa que dibuje Baker –no te lo tengo que explicar, me parece- merece ser comprada aunque el guión sea más inmundo que lamer las baldosas del baño de Requiem un sábado a las 7 AM. Acá el ídolo vuelve al estilo que le vimos hace un par de años en Special Forces (reseña del 19/3/ 2010, o página 84 del primer libro del blog): mucho énfasis en la figura humana, minas esculturales, rostros muy pegados al estilo de Angelo Torres y Mort Drucker (los grandes caricaturistas de MAD), poca línea negra y mucha línea marrón, muchas texturas, fondos choreados a full de fotos bastante bien retocadas y millones de efectos de photoshop, algunos demasiado estridentes para mi gusto. Y todo eso en el marco de una narrativa totalmente clásica y una puesta en página casi conservadora, con muchas páginas de 6 viñetas en la infalible Grilla Kirby (2-2-2).
La verdad, yo no lo pondría nunca a Baker a dibujar superhéroes, pero Deadpool no es un superhéroe y encima esta es una versión libre del personaje en la que –ya lo dije- vale cagarse en miles de cosas. Y como a Baker le gusta llevar la expresividad de rostros y cuerpos al límite del grotesco, las historias recontra-pasadas de rosca que le propone Lapham le vienen como anillo al dedo. Y además, no jodamos, es Kyle Baker! Baker hace que cualquier comic que le den para dibujar, sea con guiones de cualquiera y con personajes de cualquiera, al toque pase a ser un comic de Baker. Es así, el chabón no lo puede evitar. Y lo bien que hace, por otra parte...
Así que sí, vuelvo a comprar Deadpool MAX cuando me caiga el Vol.2. He leído guiones mil veces peores (y con atrocidades menos graciosas) y además no me quiero perder otras 140 páginas dibujadas por este monstruo que hace poquito anunció su decisión de no laburar más para Marvel ni para DC por cuestiones éticas. Baker-Baker-Baker! Huevo-huevo-huevo!

jueves, 20 de mayo de 2010

20/ 05: YOUNG LIARS Vol.3


Y bueno, ya nos pasó tantas veces que estamos recontra-acostumbrados: sale una serie nueva, leés un par de episodios o el primer TPB a ver qué onda y te vuela el cráneo. Te cebás más que el Virrey Ceballos en el CBC, esperás ansioso cada nuevo episodio, la recomendás, te emocionás, te enterás que la nominaron a miles de premios y que le dedican críticas excelentes hasta en la Wizard… y al poco tiempo llega la noticia de que no vendió un carajo y te la cancelan cuando ya estabas completamente on fire.
Exactamente eso fue lo que me pasó con Young Liars, esa joya del Noveno Arte creada por el increíble David Lapham. En apenas 18 números, Young Liars se convirtió en una adicción brutal. Pocas veces nos topamos con historietas así, tan viscerales, tan excitantes, tan vertiginosas. Young Liars es adrenalina, sexo, droga y rock´n roll al palo, mal. Pero además es una obra compleja, retorcida, con muchas capas de contenido. Si en Stray Bullets el autor tarantineaba de lo lindo, acá davidlynchea a lo guanaco. Esto requiere muchísima atención, porque las volteretas que pega Lapham son totalmente impredecibles.
Además, la línea entre lo que se nos muestra y lo que pasa es delgadísima. Hay secuencias alucinantes que resultan ser sueños (recurso típico), otras que resultan ser falsos recuerdos inducidos por drogas (ya no tan típico) y otras que directamente, y haciendo honor al título de la serie, son mentira. O sea que es todo muuuy finito y hay que apuntar con mucha precisión para tener claro qué de todo lo que muestra Lapham pasó en la realidad y qué cosas sólo suceden en la mente de los personajes.
Estos últimos, con Danny Noonan y Sadie Dawkins al frente, presentan también un desafío de los bravos: los vemos mentir, cambiar de identidad, ponerse en pedo, drogarse con cualquier cosa, ver cosas que suceden en otra realidad, volver luego de recibir heridas tremendas… y todo el tiempo te queda la duda: ¿Son quienes dicen ser? ¿Qué de todo esto es verdad y qué no? Lapham saca notable provecho de las identidades, filiaciones, amistades y lealtades dudosas y ese flujo inestable entre los personajes (que se aman, se odian, se traicionan, se violan, se envidian, se ayudan, o directamente se desconocen unos a otros) le permite al autor construir excelentes situaciones basadas en la interacción y los diálogos, como para complementar toda esa parte más bizarra (digámosle “la conspiración”, para no spoilear) y toda esa parte más violenta. Young Liars es un comic inusualmente violento, donde se suceden las salvajadas y todo el tiempo vuelan patadas, piñas, tiros, bombas, botellazos, cuchillazos y garrotazos con bates de beisbol. Un amor.
La trama, aunque parezca una joda, resiste todos estos embates y avanza hacia un final que obviamente no es el que Lapham hubiese querido para la serie, pero es el que se le ocurrió cuando le dijeron “Flaco, cerramos en el n°18”. Y si bien el autor no llega a explicar absolutamente todo, cierra una buena cantidad de plots y nos deja con la imborrable sensación de haber leído algo distinto, novedoso y a la vez importante. Seguramente dentro de algunos años la crítica (o alguien) reivindicará a Young Liars como una obra maestra.
Del dibujo de David Lapham supongo que no hace falta hablar demasiado, porque casi todos habrán leído ya Stray Bullets, o Murder Me Dead, o Silverfish. Acá está un poquito más apurado que en sus trabajos anteriores pero, aún sin jugarle todas las fichas al impacto que puede producir con el dibujo, se mata en los fondos, los autos, la ropa de cada personaje y demás detalles (discos, guitarras, amplificadores) que suman muchísimo. El mayor esfuerzo de Lapham está puesto en la narrativa, que propone miles de trucos zarpados que le salen invariablemente bien, y en llevar adelante esta historia vibrante, hipnótica y llena de vericuetos. Young Liars es un canto (estridente y pegajoso, como un hitazo rockero) a la transgresión, a la ambigüedad y a la bizarreada. Ojalá Lapham encuentre otra editorial donde continuarla.