el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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viernes, 23 de enero de 2026

TRICOTA DE VIERNES

Hacía bastante que no se me juntaban tres libros para reseñar, y ya no me acuerdo como era "el formato". Vamos a intentarlo. Empiezo en Francia, con un álbum editado por la propia autora: La Vie Passionée de Therese d´Avila, de Claire Bretecher. Este es un libro de 1980, que obviamente compré usado, y que cuando lo abrís se empiezan a desprender las páginas. Las historietas (a todo color) giran en torno a Teresa de Ávila, la religiosa española conocida como Santa Teresa de Jesús, y Bretecher nos lleva a la España del Siglo XVI para hacer humor con la vida de las monjas, los curas y demás personajes vinculados al culto católico. Bretecher se zarpa con historias en las que hay milagros, posesiones satánicas y una protagonista que no controla del todo su poder de levitar. Santa Teresa, además, habla hasta por los codos y cuando se pone a escribir, produce un volumen de textos inverosímil. La historieta en la que Teresa y su hermano son niños y juegan a los mártires es un meo de la risa. Y la última, la del cartógrafo chanta, es la menos graciosa. Las dos más largas, sobre todo la del cura que viene a exorcizar a las monjas poseídas, parten de premisas brillantes, pero capaz que funcionaban mejor con un par de páginas menos. Como siempre, el dibujo de Bretecher resulta fresco, sumamente expresivo, muy idóneo para el tipo de historias que cuenta, con esa línea clara emparentada con la de Johnny Hart y un manejo molecularmente perfecto del timing para la comedia. La verdad que no hacía falta el color, pero está muy bien logrado, sobre todo en la última historieta, así que tampoco molesta. Tengo más libros sin leer de esta genia indiscutida del comic humorístico inteligente, apuntado a un público adulto. No sé cuándo, pero vamos a tener más Claire Bretecher acá en el blog.
Me voy a EEUU, año 2017, cuando DC festeja la Navidad con un Holiday Special de 100 páginas, con un montón de historias cortas. Esto es de la época en la que a algún genio se le había ocurrido que John Constantine tenía que interactuar con los superhéroes de la editorial, y así, en la historia que abre y cierra la antología (escrita por Jeff Lemire y con excelentes dibujos de Giuseppe Camuncoli) lo tenemos al ídolo interactuando con Superman y su familia. Y está buena la historia, eh? No me pareció que me estuvieran faltando el respeto ni a mí ni al resto de los fans del Hellblazer de Vertigo. Después hay una historia chotísima de los Atomic Knights (escrita por el ignominioso Dan DiDio), una de Green Arrow y Black Canary con un guion flojito de Mairghread Scott y muy buenos dibujos de Phil Hester, otra bastante intrascendente de los Teen Titans escrita sin ganas por Shea Fontana y dibujada como los dioses por Otto Schmidt y un reprint de una historia corta de Batman, con un guion medio WTF?!? de Denny O´Neil y dibujazos de Neal Adams. O´Neil se reivindica con su historia inédita de Batman, que está bastante buena y aprovecha muy bien el gran dibujo de Steve Epting. El ubicuo murciélago comparte con Wonder Woman el protagonismo de otra de las buenas historias de la antología, cortesía de maestro Greg Rucka y la gloriosa Bilquis Eveley. Dos autores a los que no tenía en el radar, Scott Bryan Wilson y Nic Klein (que para mí era suplente en títulos chotos de Marvel) se mandan una linda aventurita de Swamp Thing. La de Deathstroke y su familia es un trabajo más que aceptable de los experimentados Christopher Priest y Tom Grummett. Flash dice presente con una historia cortita y entretenida a cargo de Joshua Williamson y Neil Googe. Y me guardé para el final la más impactante, que no tiene un choto que ver con Navidad y que se nos presenta como "una del Sgt. Rock", pero no es más que una gran historia de guerra bien cruda, bien humana, de esas que escribía Héctor Oesterheld en las revistas de Frontera. El guion es de Tom King (que cuando quiere la rompe) y el dibujo de Francesco Francavilla, que la rompe siempre. Bastante bien este festejo, con muy buenos dibujante y unos cuantos guiones cumplidores.
Y cierro como es costumbre con una historieta de autores argentinos publicada en 2025. Pandemonia se suma a Planeta Extra en la vertiente "alegre" de la bibliografía de Diego Agrimbau, que en general asociamos con historias más densas, más circunspectas. Esta vez la consigna es divertirse con 70 páginas pletóricas de ironías, humor negro y unos diálogos afiladísimos. Con esta obra Agrimbau demuestra que, cuando quiere, puede ser muy gracioso y llevar sus ideas (siempre asombrosas) para el lado de la comedia de manera muy natural, para nada forzada, y sobre todo muy eficaz. Ya se habló bastante de Pandemonia (Jules le dedicó una nota en el sitio web de Comiqueando y entrevistó a Agrimbau para el canal de YouTube), lo cual me habilita a no estirar innecesariamente esta reseña con datos o conceptos ya repetidísimos. Creo que lo que más me sorprendió (no tanto, porque tengo fresco el recuerdo de Planeta Extra, reseñada en este espacio un remoto 30/06/10) es cómo el dibujo realista de Ippóliti se ajusta sin el menor esfuerzo a un tono cero realista como es el de este paseo por el Infierno, en el que nos encontramos con un mundo poblado de criaturas fantásticas, envueltas en una comedia de enredos. Esa tensión constante entre la solemnidad del Infierno, sus procedimientos burocráticos, y el caos que crece con el correr de las páginas, potenciado por el accionar de Uriaki Posta (el carismático protagonista de Pandemonia), genera los mejores momentos de una obra sumamente disfrutable. Leo lo que acabo de escribir y me pregunto: ¿de verdad Uriaki es el protagonista, o es el catalizador de algo que inevitablemente iba a suceder? Tal vez las dos respuestas sean correctas. El personaje es complejo, la situación en la que se involucra es compleja, y la verdad que si Diego y Gabriel deciden que para sacarle todo el jugo a ambos elementos necesitan una secuela, con otras 70 páginas, los banco a full. Sí, Pandemonia es bastante más liviana que otras obras de la dupla, pero eso no la hace una historieta menos atrapante, ni menos memorable. Esto es una gigantesca farsa que funciona a un montón de niveles y que te garantiza un rato de excelente diversión. Lo único que no me copó es la tipografía que eligieron para los diálogos. Entre eso y el tamaño del libro, creo que finalmente voy a conservar la edición francesa y regalar la argentina. Y ahora sí, nada más. Gracias por el aguante y si necesitás lectura para el finde, siempre podés pasar por https://comiqueandoshop.blogspot.com/ y descargar la Comiqueando Digital, que es una bomba atómica de 364 páginas. Nos vemos por ahí.

lunes, 27 de mayo de 2019

MEDIODIA DE LUNES

Mientras escucho mi podcast favorito (Sonido Bragueta), me pongo a escribir las reseñas de los últimos libritos que leí.
Arranco en 1991, con Vito el Cenizo, un álbum de Spirou y Fantasio que retoma al villano de la aventura en New York. La dupla integrada por Tome y Janry, acá sumamente afianzada, nos ofrece una excelente combinación entre humor y aventura, pero con plus muy atractivo: esta vez el ritmo es mucho menos frenético que en la aventura en Moscú, y los héroes (sobre todo Fantasio) tienen tiempo para pensar en lo que hacen, en por qué lo hacen, en la relación entre ellos, en la forma en que financian sus aventuras, e incluso en una minita con la que pegó alta onda y a la que le dedica unas cuantas… remembranzas.
Lo único medio discutible de Vito el Cenizo es que las secuencias más divertidas son posibles gracias a una coincidencia muy poco verosímil. Y que le dan muy poca bola a Spip. El resto, es todo ganancia. Desde retomar a un villano de un álbum anterior, hasta la calidad de los gags y la resolución del misterio que envuelve al cargamento del barco hundido. A lo largo de estas 44 páginas te reís un montón de veces, pero además hay mucho suspenso, intriga y peligros que (a pesar del clima festivo) se sienten bastante reales.
Y el dibujo, por supuesto, es exquisito. Las expresiones faciales, el lenguaje corporal de los personajes, los fondos, las secuencias mudas, los momentos de mayor despliegue y acción… realmente todo espectacular. Tome y Janry dieron vuelta esta serie como una media y la llevaron a donde ninguna otra serie infanto-juvenil había llegado antes. Tengo sin leer un librito más de la dupla, que seguramente reseñaré pronto.
Salto a Francia, a fines de 2018, cuando se publica Guaraní, la nueva novela gráfica de los maestros argentinos Diego Agrimbau y Gabriel Ippóliti. El planteo es sumamente ganchero: un fotógrafo francés llega a Sudamérica a fines de la década de 1860 y se convierte en testigo privilegiado de los horrores de la Guerra de la Triple Alianza. Pierre Duprat interactúa con civiles, soldados, aborígenes, animales exóticos y enfermedades tropicales, pero nada lo prepara para la batalla de Acosta Ñu, en la que 20.000 soldados brasileños y argentinos masacran a un ejército paraguayo improvisado, en el que combatían mayoritariamente niños sin entrenamiento militar, reclutados por la fuerza entre las tribus guaraníes.
El libro es más chico que las novelas anteriores de la dupla, pero con muchas más páginas. Guaraní le da la posibilidad a Gabriel Ippóliti de dibujar pocos cuadros por página (a veces sólo dos), más grandes, en los que su dibujo se luce muchísimo. La paleta de colores (en la que los primarios están intencionalmente ausentes) es maravillosa, el trazo está suelto, dinámico, muy expresivo, sin descuidar en lo más mínimo el rigor histórico y documental. Creo que es el trabajo de Ippóliti que más me gustó, pero también creo que su próximo trabajo me va a gustar más que este.
Guaraní tiene un sólo problema, que no es menor: la escena más relevante, más impactante, más crucial para la trama y para el desarrollo del protagonista, es la de la batalla de Acosta Ñu. Y el libro nos la cuenta TRES veces: en el texto de la contratapa, en el prólogo de Agrimbau y finalmente en la historieta propiamente dicha. Para cuando la trama llega a ese punto, ya sabés lo que va a pasar. Y si esperás que después de eso venga una vuelta de tuerca más, un volantazo más que te sorprenda o te shockee tanto como esa batalla, no la esperes, porque no hay.
Por supuesto que Agrimbau narra todo esto con muchísimo aplomo, el recurso de contar todo desde la óptica de un extranjero funciona perfecto, el personaje (como ya dije) evoluciona muchísimo, si no tenés la más puta idea de lo que fue la Guerra de la Triple Alianza el guión te lo cuenta sin agobiarte con datos, los horrores y crueldades de la guerra están perefctamente plasmados, al igual que el contexto político de la época. A pesar de tener poca acción, Guaraní nunca se hace densa ni aburrida, y hasta encuentra pequeños resquicios para alguna pincelada de humor en medio de tanta desolación. Para ser brillante le faltaba ese toque imprevisible en las 20 páginas posteriores a la batalla, ese algo más que pudiera de alguna manera “cantarle retruco” a lo tremendo de esa secuencia. O no, pero en ese caso me hubiese gustado llegar al momento de la batalla sin saber lo que iba a pasar, para que me pegara más fuerte, sobre todo porque es un hecho histórico que rara vez se menciona cuando nos cuentan la Guerra de la Triple Alianza.
Por supuesto que recomiendo a full Guaraní, que seguramente tendrá edición argentina antes de que termine este año. Y ojalá la edición nacional no spoilee tan abiertamente lo que Agrimbau e Ippóliti nos van a mostrar en la mejor secuencia del libro.

Sigo avanzando con las lecturas y vuelvo a postear pronto, acá en el blog.

miércoles, 24 de julio de 2013

24/ 07: EDEN HOTEL Vol.1

Si estás siguiendo esta historia en su versión blanco y negro y cortada en fetas por la Fierro, dos cosas: 1) te compadezco enormemente, y 2) no sigas adelante, por las dudas de que te tire algún spoiler.
En esta novela gráfica, Diego Agrimbau pone a funcionar una fórmula infalible: toma algunos datos verídicos de la realidad y sobre eso empieza a moldear un “what if...?”, una ucronía sutil, finita, MUY factible, en la que el verosímil no se rompe nunca. De todo lo que nos narra Eden Hotel, son verdades históricas estas tres: 1) El hotel existió en La Falda y albergó a muchos jerarcas y partidarios nazis, 2) el Che Guevara y su familia llegaron una vez hasta las puertas del hotel (aunque decidieron hospedarse en otro lado) y 3) el papá de Ernesto y el General Jurado militaban en una agrupación llamada Acción Argentina, que investigaba y denunciaba el accionar de los nazis en nuestro país. El resto, lo inventó todo el guionista. Bah, también hay varios teóricos que afirman que Adolf Hitler logró escapar con vida de Alemania, vivió muchos años en Córdoba y falleció en Mendoza. El día que eso se compruebe fehacientemente, serán cuatro los episodios reales que se ven trasladados al guión de Agrimbau.
La idea de que Hitler y el Che hayan vivido un tiempo en la misma provincia argentina es – ya de por sí- riquísima. Los que leemos bastante historieta sabemos que los villanos nazis garpan a full y enfrentarlos nada menos que a un Ernesto Guevara adolescente es un golazo, de acá a Berlín. Lo más lindo que tiene el guión es cómo nos muestra en este borreguito rebelde muchas cosas que después caracterizarán al Che adulto, el Che mítico. Acá, además de sufrir por el asma, lo vemos enamorarse, discutir, soñar, tomar un arma de fuego por primera vez, tener que aguzar el ingenio para enfrentar a un ejército mucho más poderoso que el suyo... En EEUU te venderían este comic como el “Year Zero” del Che. Como Ernesto todavía es chico, lógicamente tiene que apoyarse en varios personajes más grandes que él: dos son reales (su padre y el General Jurado) y uno es ficticio, Helena Werner. Los tres están muy bien desarrollados por el guionista, pero obviamente es Helena a quien Agrimbau trata mejor, dota de más personalidad y más carnadura humana. Le sacás a Helena y el guión no avanza para ningún lado.
En 70 páginas no se pueden hacer milagros, por lo cual la madre y los hermanos del Che están apenas esbozados y los villanos... son simplemente villanos, no hay intentos serios por darles profundidad, ni siquiera a los que más escenas protagonizan. Pero hay un personaje relevante más, también tomado de la Historia real: Fritz Mandl, un mercader especializado en armas que, efectivamente, vivió muchos años en La Falda, en una finca cerca del Hotel Edén. Agrimbau aprovecha los contactos que este señor tuvo con los nazis (perfectamente documentados) para convertirlo en una pieza importante en la trama, encargado principalmente de que Ernestito Guevara y los suyos no alteren el curso de la historia que todos conocemos. O sea que las escenas con Mandl son importantísimas.
En la faz gráfica, tenemos a un inspiradísimo Gabriel Ippóliti, que vuelve a superarse a sí mismo. Este es el trabajo donde se lo ve más suelto, donde los personajes actúan mejor, donde todos (sobre todos los niños) se mueven con más plasticidad. Si las viñetas de Ippóliti te parecían algo estáticas, o por momentos pecaban de excesiva solemnidad, acá el maestro rosarino sorprende con su búsqueda de otra dinámica, más fresca y más ganchera. Y en todo lo demás está tan afianzado, tan imbatible como en sus trabajos anteriores. Una maravilla.
Esto no es historieta histórica, no es ciencia-ficción, no es un thriller, no hay erotismo, no hay persecuciones y vuelan –como mucho- media docena de trompadas y un tiro. Es una historia redondísima, intensa, que te atrapa desde el planteo y no te suelta hasta el final y que, además de jugar con los años mozos de un personaje icónico como el Che, nos invita a pensar en serio en un tema medio barrido abajo de la alfombra, que es la estrecha relación entre el nazismo y nuestro país durante la década del ´40. ¿Está al nivel de los grandes clásicos de la dupla Agrimbau-Ippóliti? Sí, totalmente. Eden Hotel no desentona para nada al lado de genialidades como La Burbuja de Bertold y El Gran Lienzo. Y demuestra, de paso, que se puede pegarla en Francia con una historieta recontra-argenta inmersa como pocas en las temáticas que nos tocan más de cerca. Muy notable, de verdad.

miércoles, 30 de junio de 2010

30/ 06: PIANETA EXTRA


Sí, lo escribí bien. El tema es que, por esas bizarreadas del destino, me tocó leer este comic en la lengua de mis bisabuelos.
Planeta Extra es una paradoja: sin ser la mejor obra de Diego Agrimbau es la obra más Agrimbau de las que leí hasta ahora. Es que acá se conjugan más que nunca las dos cosas que mejor le salen a Agrimbau: la ciencia-ficción con tintes ochentosos (tipo Carlos Trillo, o Ricardo Barreiro) y la comedia costumbrista con tintes grotescos (tipo Roberto Cossa). En Planeta Extra esos elementos se combinan para crear una aventura que –como en Glacial Period- nunca llega a cobrar proporciones épicas por lo losers que son los protagonistas. Toda la obra destila la clásica berretada argentina: el “¿por cuánto arreglamo?”, el “lo atamo con alambre”, el “sálvese quien pueda”, el “no me toquen a la nena”, el “lo primero es la familia”, la eterna contradicción entre una patria que te niega cada vez más posibilidades pero a la que sabés que te va a costar un huevo y la mitad del otro dejar para probar suerte en otro lado… No sé si los italianos o los españoles entienden la real y definitiva dimensión argenta que tiene este guión de Agrimbau.
Que no es perfecto, sólo porque la caída libre de Quique Tetamanti (nuestro protagonista, seguramente el personaje mejor construído en toda la trayectoria de Agrimbau, mano a mano con Daniel, de El Asco) se detiene y se convierte en un rebote que le permite zafar, mediante un deus ex machina. Que no resulta trucho ni incoherente, pero sí un poquito inverosímil. De todos modos, uno siente un cierto alivio cuando, después de tantas desgracias, el fletero y su familia logran arrimar al final feliz (además de la alegría de ver cómo Mandarina, el garca, termina peor de lo que imaginábamos).
Como en El Muertero Zabaletta, acá Quique tiene un ladero que enseguida se gana a los lectores: el Toti. En realidad, todos los secundarios están muy logrados. Hasta los malos tienen onda. Pero la dupla Quique-Toti genera los mejores momentos de la novela gráfica. Una novela bastante más extensa que las anteriores (El Muertero…, La Burbuja de Bertold y La Grande Toile), en la que Agrimbau se ve obligado a construir un relato más complejo, con más vericuetos, más peripecias y, por suerte, más espacio para el desarrollo de personajes y para la comedia costumbrista tipo Los Campanelli, pero en el Siglo XXII. Si nos ponemos en estrechas, se podía contar la misma historia sin situar la novela en el futuro y sin utilizar los elementos de ciencia-ficción. Pero este género es más viable comercialmente y, como ya vimos varias veces, Agrimbau sabe sacarle jugo y hacerlo jugar muy a favor de lo que nos quiere contar.
El otro ancho de espadas del guionista es el dibujante. Gabriel Ippóliti es una bestia inhumana que no me deja de sorprender. Acá cambia totalmente el registro respecto de La Burbuja de Bertold y La Grande Toile. Si antes nos recordaba a Juan Giménez o Enki Bilal, ahora la referencia obligada es Miguelanxo Prado (de hecho, el Toti ES un personaje de Prado). Ippóliti la rompe también con unos fondos devastadores, unas expresiones faciales perfectas, un trabajo de color formidable (lleno de texturas diferentes, con engamados que sintonizan y realzan magistralmente los distintos climas que propone el guión), una narrativa versátil y cristalina, y hasta un notable lucimiento en las escenas de acción, que ocupan un par de páginas más que en La Grande Toile. Otro laburo que reafirma el excelente momento de este genio rosarino.
Planeta Extra es otra gran argentinada creada para lectores europeos por dos autores locales que se entienden a la perfección, que se divierten y que demuestran que, incluso cambiando de género y de registro respecto de sus greatest hits, pueden crear excelentes historias, que no sólo entretienen, sino que tienen algo más para decir. Si esto no se edita pronto en nuestro país, tendremos que convencernos de que el tumor fecal que habita en el cerebro de nuestros editores ha cobrado dimensiones realmente colosales y el deterioro ya es imposible de revertir.

miércoles, 19 de mayo de 2010

19/05: LA GRANDE TOILE


La Grande Toile es una novela gráfica de Diego Agrimbau y Gabriel Ippóliti, más conocida como El Gran Lienzo, o (por lo menos hasta que se publique en Argentina) como “la secuela de La Burbuja de Bertold”. La verdad es que de secuela tiene poco: simplemente se nos aclara que la ciudad de Butania (escenario de La Burbuja…) se encuentra no muy lejos de donde se inicia la acción de La Grande Toile.
Esta vez casi toda la trama se desenvuelve en Unánima, que vendría a ser la Antártida. Y los protagonistas son Lorenzo y Lailuka, un ingeniero y una artista plástica, entre lo cuales (pese a varios conatos de onda) no pasa absolutamente nada. En realidad, en toda la novela no pasa absolutamente nada, salvo en tres páginas, cerca del final, donde hay algo así como acción (pero sin piñas, ni persecuciones, ni tiros). ¿Cómo hace Agrimbau para llevar adelante una historia de 46 páginas en las que sólo tres tienen acción? Y, con chapa y talento. En esta historia, al girar en torno a las artes plásticas (así como La Burbuja… giraba en torno al teatro), es muy importante la contemplación. Hay mucho para mirar, el ritmo es pausado, como cuando uno camina por un museo o una galería de arte mirando cuadros, y todo invita al deleite visual pero también a la reflexión.
En La Burbuja…, Agrimbau nos proponía un debate entre recitar el discurso oficial bajado desde arriba, o sublevarse al status quo en pos de la verdad. Acá el eje del debate (omnipresente y más gráfico que en La Burbuja…) se da entre un proyecto artístico personal y un proyecto grupal consensuado, en el que la sensibilidad de muchos quedará subsumida por el trabajo colectivo. El clivaje Grupo vs. Individuo es un tópico muy sensible entre los artistas, y sobre todo entre los que (como Agrimbau) se forjaron a partir del laburo en el under. Acá ese contrapunto anima buena parte de la trama, que además se enriquece con la originalidad de las locaciones y la sensación de maravilla que estas le provocan a Lorenzo y Lailuka, y que se nos transmite a los lectores con enorme precisión. Y para adornar un poquito el gran lienzo, hay excelentes personajes secundarios, un villano encubierto apenitas obvio, y muchos diálogos memorables, que hacen interesantísima la interacción entre todo este elenco.
Al final hay un giro absolutamente impredecible y brillante que no les puedo contar, pero que le da muchísimo sentido a todo lo que Lorenzo y Lailuka hicieron (y hasta a lo que dejaron de hacer) a lo largo del libro. Esto es ciencia-ficción de alta sofisticación. Tiene un cierto regusto a ciencia-ficción ochentosa, a esas maravillas que hacían Trillo, Juan Giménez, Enki Bilal, el Loco Barreiro, Altuna, Miguelanxo Prado… pero todo es mil veces más tranqui y más fino. Olvidate del “sexo, droga y rock´n roll” de la Zona84 y la Metal Hurlant. O no, porque Agrimbau consumió ese material y se le nota. Pero esta saga tiene otra onda, otra impronta, otro ritmo, y tal vez sea eso lo que la hace tan original y tan atractiva.
Nombrábamos a Juan Giménez, Bilal y Prado y por ahí hay que arrancar para explicar por qué el trabajo de Ippóliti es monumental. El rosarino supo abrevar en la obra de estos maestros y además bancarse muchísimas páginas de 8 ó 9 cuadros, darle a cada personaje rasgos individuales, inventar las obras pictóricas que son parte fundamental del guión, crear vehículos, máquinas, edificios, vestimentas… El clima helado, las texturas que le pone a esos cielos infinitos, todo está perfectamente cuidado y hace que esa contemplación que nos sugiere el guión sea absolutamente placentera y estimulante. Realmente un laburo consagratorio, para aplaudir de pie un rato largo.
Si te gustó La Burbuja de Bertold, esta te va a encantar. Y si no te gustó La Burbuja de Bertold, dudo que estés leyendo esto, porque hasta donde yo sé, en Marte no hay internet.