el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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sábado, 25 de noviembre de 2023

OTRA TANDA DE TRES

Bueno, hoy también tengo varios libritos leídos y un rato para redactar reseñas. Aprovechemos mientras se pueda. Empiezo con Gravedancer, una extensa novela gráfica a todo color escrita por Juli Lorente (a quien no conocía) y dibujada por Rodolfo Ezequiel (de quien ya vimos otros trabajos, firmados como Ezequiel Rosingana), con una breve secuencia a cargo de Quique Alcatena. El guion me resultó interesante, me gustó la forma en que Lorente salpica con toques de humor una historia que podía hundirse fácilmente en los pantanos de la solemnidad. Incluso en el momento en que el western picantito (con buenos diálogos y mala leche al estilo Sánchez Abulí) decanta hacia un lugar común más transitado que Plaza Constitución (la guerra entre ángeles y demonios que se va a librar en la Tierra), Gravedancer conserva casi intacto su atractivo, probablemente debido al buen manejo de los personajes, su evolución lógica y hasta en punto creíble, a pesar de lo fantástico de los elementos que pone en juego Lorente. Sin ser una maravilla, la combinación entre western grim ´n gritty, misticismo, acción y ese toque de comedia, funciona como para que en ningún momento se te ocurra colgar la lectura y dedicarte a otra cosa. Para ser la primera vez que leo un trabajo de este guionista, el resultado es bastante notable y bastante esperanzador. En la faz gráfica, en cambio, veo varios problemas. La portada, ya desde el vamos, no es ganchera. No refleja la intensidad del relato que nos espera "puertas adentro". El color, si bien me gustan las paletas que elige Ezequiel, se ve empastado en casi todo el libro, supongo que por una disociación entre cómo se veían las páginas en el monitor del dibujante y cómo se ve eso mismo impreso en papel. La narrativa y la puesta en página están bien, se nota la destreza de Ezequiel para armar secuencias consistentes incluso cuando el texto es muchísimo. Y lo que me tiró un poco para atrás al dibujo en general es un cierto estatismo: a los personajes les falta un poco de plasticidad, tanto en el lenguaje corporal como en el gestual. No puedo decir que Ezequiel dibuje mal, para nada, pero lo sentí un poco duro a la hora de mover a los personajes. Las cuatro paginitas de Alcatena, una demencia exquisita. Gravedancer es un entretenimiento sólido, con cosas para mejorar en el aspecto visual, pero más que digno. Estoy atento a los próximos trabajos de Juli Lorente, a ver con qué me sorprende. Y si esta edición se agota y Viajero del Alba reimprime el libro, queda abierta la posibilidad de trabajar mejor el tema del color para que se luzca mucho más que en esta primera edición.
Leí también el tomo que recopila los cuatro episodios de Hyperion, una miniserie a cargo de Guillermo Villarreal y Guido Barsi. En el texto de presentación, Villarreal da a entender que Barsi se sumó al proyecto cuando ya estaba iniciado, así que no sé exactamente si participó o no en la creación de la trama y los personajes, o si simplemente se sumó para aportar textos y diálogos con la historieta ya desarrollada. Lo cierto es que el guion me pareció malísimo. Confuso, retorcido, con unos flashbacks tan extensos y elaborados que ameritaban ser una novela gráfica en sí mismos. Incluso hay errores en los textos, los personajes por momentos se tratan de tú y a veces de vos... Me costó muchísimo engancharme con una historia que -a la larga- cuenta muy poco en 88 páginas. Por suerte está el dibujo de Villarreal, mejor todavía que en sus trabajos anteriores, en un nivel realmente muy alto, que le permitiría insertarse profesionalmente en casi cualquier mercado. Le queda por mejorar sólo el tema de los enfoques, donde veo una tendencia a la repetición. Si incorpora más variantes, puede crecer aún más. Pero el dibujo en sí, el lápiz, la tinta, la aplicación de los grises, el trabajo en fondos y armaduras, la gestualidad de los personajes... todo eso está muy bien resuelto y puesto al servicio de la aventura. Una aventura que -repito- para mi gusto hace agua por varios costados y que avanza a un ritmo con el que no pude sintonizar. Pero sospecho que esto no está pensado para que me guste a mí, sino a un lector más joven, más del palo del shonen o de los videojuegos tipo Diablo o God of War. En todo caso me sirvió para ver de cerca la evolución de Guillermo Villarreal, un dibujante que está ahí, a un buen guion de pelar una obra realmente importante.
Me doy cuenta de que llevo varios días leyendo sólo historietas en las que autores argentinos juegan a "cumplir con las reglas" de los clásicos géneros vinculados a la aventura, y se me hace un toque aburrido, por lo cual decidí mechar otra lectura, de algo distinto. Y le entré al Vol.2 de Fables Amères (nunca vi el Vol.1), una recopilación de historias cortas, autoconclusivas y sin personajes recurrentes, del maestro francés Christophe Chabouté. Son once historias de distinta extensión (entre seis y 14 páginas), varias de ellas mudas, todas en el maravilloso blanco y negro con el que asociamos a este autor. Esto está todo dibujado por el Chabouté del Siglo XXI, es decir, un monstruo ya consolidado en su estilo, con un manejo del claroscuro descomunal, al nivel de José Muñoz, Jacques Tardi o e mejor Alfonso Font. Así que a nivel visual, el deleite está más que garantizado. En cuanto a los guiones, cualquier recopilación de once historietas va a ofrecer ciertos altibajos... y la verdad que acá hay pocos. La mayoría de las historias son brillantes, y en todo caso lo que se puede criticar es que a veces Chabouté se toma demasiadas páginas para llegar al remate, a esa estocada final que le pega un giro (a veces brutal) a lo que el lector venía asimilando como "la trama". Algunos de los recursos que pone en juego Chabouté son los mismos que le vimos a los españoles Tha y TP Bigart en Absurdus Delirium (busquen las reseñas, que ya hablamos de esto en el blog), pero los hermanos liquidaban el "chiste" en una sóla página mientras que el francés se toma unas cuantas para lograr el mismo efecto. Las Fables Amères son breves secuencias que hablan de lo intrascendente, lo incoherente, lo alienante o lo rutinaria que puede ser la vida normal en las grandes ciudades y en la sociedad actual. Más que a rebelarse o a patear todo a la mierda, Chabouté nos invita a reflexionar, pero de un modo sutil, amable, pleno de imaginación. Hay una bajada de línea socio-política, claro, pero no pasa todo por ahí. El autor sabe combinar esta invitación a la reflexión con una sana cuota de intriga, de sorpresa, de juego con lo que el lector no está espeando encontrarse sobre el final de cada relato. El resultado es sencillamente magnífico y además sirve como demostración cabal de que Chabouté no es sólo un gran autor de novelas gráficas de chotocientas mil páginas. En espacios cortos (que podrían ser incluso más cortos) también puede pelar gemas y sacudir al lector con emociones, sensaciones y reflexiones que nos hacen mejores personas. Creo que este material no está publicado fuera de Francia, pero como varias de las historias son mudas, no es taaaan imprescindible manejar el idioma de Mbappé para disfrutar del librito. Y siempre está la posibilidad de que algún editor del habla hispana se despierte y traduzca las historias que tienen textos en francés. Hasta acá llegamos. Vuelvo a sumergirme en el océano del nº8 de la Comiqueando Digital, que casi seguro estará disponible durante Enero. Gracias por el aguante.

domingo, 10 de septiembre de 2023

POR FIN DE REGRESO

Después del viaje a Córdoba (y de descansar mil horas, porque venía estropeado) encontré un rato para redactar un par de reseñas de dos libritos que leí en los últimos días. De a poquito, me sigo armando la colección de álbumes publicados por DC con los clásicos británicos de la 2000 A.D.. Esta vez le entré al Vol.1 de RoboHunter, con casi 130 páginas de material originalmente serializado en el mítico semanario en los años 1978 y 1979. Sabía de la existencia de Sam Slade y de su chapa en la cosmogonía de la 2000 A.D., pero la verdad que nunca había leído una saga completa del personaje. Y en una de esas, esta primera saga agarra al personaje y a su universo un poco crudos, pero lo cierto es que mucho no me convenció. El guion de John Wagner es ágil, con diálogos graciosos, altas dosis de violencia, y peripecias imposibles que se acumulan una arriba de otra de un modo bastante caótico, pero sin dejar nunca de moverse hacia adelante. Es como un videojuego de acción, en el que sí o sí tenés que avanzar, sortear obstáculos, derrotar a bichos y cosas que se te vienen al humo y que no te dan margen para reflexionar demasiado acerca de lo que está sucediendo. Leído de a seis páginas por semana, probablemente el ritmo se sienta distinto. Pero así, en formato libro, se impone una vorágine narrativa que te impulsa para adelante y no da tregua. El problema es que no hay mucho más que la acción, las peripecias y los combates violentos entre Slade y sus oponentes (en este caso un planeta poblado solo por robots). Y ya cuando mató a 15, 20, 50 robots, uno más pulenta que el otro... es como que la narración pierde un poco el interés. Quedan para rescatar los diálogos ingeniosos, ideas limadas que le aportan al guion un filo humorístico bastante negro, y un trabajo visual más que atractivo de un Ian Gibson que, aún muy lejos del nivel que va a mostrar años más tarde en Halo Jones, se la banca muy dignamente. Gibson sorprende con la fluidez del relato, arriesga fuerte en la puesta en página y decide con gran criterio dónde eliminar los fondos y dónde dejar la vida en unas viñetas imposibles, hiper-mega-superpobladas de elementos, todos dibujados a la perfección. Hay un muy buen equilibrio entre negros, blancos y grises y diseños de personajes muy variados (algunos van para el lado del humor o la caricatura). Gibson también aplica un muy buen trabajo de texturas para sugerir la iluminación, sobre todo cuando dibuja el rostro de Sam Slade (que es una especie de Humphrey Bogart/ Sylvester Stallone) y la rompe toda cuando ilustra esos paisajes hiper-tecnológicos del planeta de los robots. No mucho más, la verdad. No creo que nunca me compre un segundo libro de RoboHunter, pero este me entretuvo un rato, y el dibujo es decididamente un motivo más que suficiente para pegarle una repasada de vez en cuando.
Me vengo a Argentina, año 2023, para hablar un poco de Inundación, la novela gráfica escrita por Guido Barsi y dibujada por Santiago Miret, galardonada con el Premio Estímulo a la Escritura (edición 2022) en la categoría Narrativa Gráfica. Se trata de una historia policial, en la que un comisario investiga la desaparición de una chica, pero con la particularidad de estar ambientada en el pueblo bonaerense de Epecuén, poco antes de la trágica inundación que lo dejaría completamente sumergido durante décadas. Y ahí está el as de espadas que tiene para jugar Barsi. Si ya leíste 786.644 historias de chicas desaparecidas y canas que las buscan, o si -como a mí- el protagonista (Ricardo Zago, clon de papel y tinta de un Roy Scheider joven) te resulta medio insulso o con poco desarrollo a lo largo de la historia, siempre está el impacto que produce enterarse qué pasó con Epecuén, cómo se llegó a que un pueblo entero de la provincia de Buenos Aires desapareciera bajo las aguas durante unos 25 años. Obviamente el comisario Zago no es Superman ni Thor y no puede hacer mucho para impedir la inundación. Pero la tensión que genera la inminencia del desastre enriquece muchísimo el devenir de la investigación policial que busca dar con Marcela Tanzi, la chica perdida. Como en casi todos los policiales modernos, el rol del villano va a estar encarnado por alguien de mucho poder económico, en este caso un personaje bastante más complejo y mejor trabajado que el protagonista de la novela. Gracias al gran aprovechamiento que hace Barsi del inusual contexto en el que se desarrolla la trama, el guion tiene momentos realmente fuertes, inquietantes, que te ponen muy nervioso. Y el final no es para nada el que yo me imaginaba durante la lectura. Los diálogos son correctos, suenan naturales al oído argento, la sub-trama política también está bien llevada, hay buenos personajes secundarios... con lo cual podemos hablar de un guion muy satisfactorio, probablemente el mejor en la carrera de Guido. El dibujo de Miret me desconcertó un poco. En las escenas en las que recurre a la referencia fotográfica para retratar de manera realista escenarios y vehículos de la época en la que transcurre la mayoría de la novela (1985) opta por una línea sintética, finita, prolija. Casi todos los fondos están dibujados así, con un trazo casi de arquitecto, entintados con lo que parece ser una rotring finita. Pero las viñetas que se centran en la figura humana, o en los rostros humanos, muestran a un Miret jugado a un claroscuro extremo, en la línea de Jock (el británico) o el Shawn Martinbrough de sus primeros trabajos. Acá tenemos mancha negra a full, en busca de contrastes que no siempre quedan bien logrados. El resultado es un dibujo potente, expresivo, para nada frío, pero no exento de algunos problemas, entre ellos los primeros planos, en los que a veces un mismo personaje aparece en la misma página con distintos rasgos faciales, fruto del dudoso criterio con el cual el dibujo de Santiago gana o pierde detallismo. Fuera de estas irregularidades en el dibujo, Inundación es una historieta muy interesante, que se mete con no uno sino dos momentos muy jodidos de la historia argentina del último tercio del Siglo XX, y que logra condimentar un clásico thriller policial con elementos reales tan tremendos y tan dolorosos que nos gustaría pensar que son inventos de Guido Barsi. Esto está publicado (a todo culo, cabe aclarar) por la editorial santafesina Grünendör, pero seguro habrá comiquerías en el resto del país donde se pueda conseguir un ejemplar. Y hasta acá llegamos, por hoy. Gracias por el aguante de siempre y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 18 de mayo de 2018

MUY LINDO VIERNES

Ahora se largó a llover, pero hasta hace un rato tuvimos un día sumamente agradable acá en Buenos Aires, y en mis viajes por la ciudad aproveché para liquidar un par de libritos más.
Arranco en 2012, cuando Alan Moore y Kevin O´Neill ponen fin a Century, la trilogía de la League of Extraordinary Gentlemen cuyas dos primeras partes vimos recientemente en este espacio. Ambientada en 2009, esta tercera parte de la saga es la más rara de las tres. Es un comic claramente crepuscular, en el que los 40 años transcurridos desde el episodio anterior han sido realmente funestos para los protagonistas (tres personajes que, por distintos motivos, no mueren ni envejecen), que ahora están baqueteados, cansados, hechos mierda, más desfasados que nunca con la época en la que les toca vivir. En este último tramo, la acción pierde por goleada frente a otros temas que a Moore le interesa explorar, básicamente los cambios en la sociedad, el retroceso de aquella Londres luminosa y efervescente de 1969 a una versión oscura, desangelada, con menos onda que el batero de U2.
Por las calles de Londres (donde transcurre el grueso de la novela), Moore y O´Neill nos invitan a cruzarnos con decenas personajes de ficción, de los cuales por supuesto reconocí a muy pocos. Pero se hacen sentir las presencias de criaturas tomadas de tres mitologías surgidas en el Reino Unido que hoy gozan de gran popularidad: la de Harry Potter, la de James Bond y la de Dr. Who. De hecho, cuando finalmente Mina y sus adláteres confrontan con el Anticristo (cuyo nacimiento intentaron impedir en los tomos anteriores) este tiene los rasgos de… nah, mejor no te lo cuento. Y cuando queman las papas y nada de lo que hacen los héroes alcanza para evitar la hecatombe, aparece sin ninguna explicación otro personaje ficticio de raíces británicas: una especie de Mary Poppins hiper-poderosa, que resuelve todo muy rápido y a la que Moore ni se calienta en explicar.
Otra vez hay canciones metidas en el medio del relato, esta vez cantadas por los propios protagonistas, como para enrarecer más el clima. También hay un epílogo (las últimas tres páginas) hermoso y conmovedor, algo de sexo, algo de droga, algo de rockanrol, finas pinceladas de mala leche, una atmósfera de amargura y desolación, y la sensación de que estas tres novelas de 80 páginas se podrían haber sintetizado en una sola, de 160, ponele.
Pero por sobre todas las cosas, hay 80 páginas más nacidas del lápiz insuperable de Kevin O´Neill, un narrador gráfico descomunal, uno de los artistas que mejor combinan el virtuosismo en el dibujo con el talento en la composición de las viñetas, en el armado de las secuencias, en la creación de los climas, en el cuidado en los fondos, repletos de detalles fascinantes, de referencias que andá a saber si estaban en los guiones que le entregó el Mago. Los pocos personajes que llegan al final de Century terminan tan castigados, que no se me ocurre qué pueden llegar a hacer con ellos Moore y O´Neill en la próxima saga. Pero obviamente voy a estar ahí para averiguarlo porque estos dos monstruos siempre tienen un as bajo la manga y son garantía de historietas fuertes, cautivantes y pensadas para hacerte pensar.
Salto a 2017, cuando en Argentina se publica Pipo y Bartolo, una novela gráfica apuntada al público infantil, a cargo de Guido Barsi (de quien me tocó leer dos historietas el año pasado) y Darío Reyes, un dibujante correcto, prolijo, que trabaja en una línea cercana a la de Pier Brito. A lo largo de unas 50 páginas a todo color, el dibujo de Reyes acompaña sin sobresaltos al guión, sin tirar magia, sin asumir riesgos y sin obstaculizar el fluir del relato. Detalle no menor, ya que al tratarse de una obra apuntada a los chicos, es de vital importancia la claridad y la fluidez en la narrativa.
En todo caso, el que asume riesgos es el guión de Barsi, que plantea una intrincada paradoja temporal, con viajes en el tiempo y personas que se encuentran cara a cara con la versión futura (o pasada) de ellos mismos. Esto no resulta para nada confuso, cualquier pibe de ocho o nueve años lo puede entender de manera clara, casi automática. La resolución del conflicto central es un poco simplista, pero bueno, me parece que la idea del guionista era no prodigarse en escenas violentas. Y sí, suena todo bastante inverosímil, pero estamos hablando de viajes en el tiempo, de un perro que habla y de una mochila que funciona como un anillo de Green Lantern.
Lo único que no me terminó de cerrar son los chistes: casi ninguno me causó la menor gracia. Barsi adorna la trama con pinceladas de humor tanto físico como verbal (como indica ese manual infalible que escribió Hergé en las aventuras de Tintín) pero por lo menos en mi caso, no lograron el efecto deseado. De todos modos, se valora el esfuerzo de crear una aventura para chicos que toca un tema interesante, que no se queda en la peripecia pavota y que apela a recursos copados de la ciencia-ficción.
La seguimos la semana que viene. Grazie per tutti y buen finde.

domingo, 30 de julio de 2017

DOMINGO GRIS

La tarde está más fea que comerse un feto abortado envuelto en la camiseta de Independiente, así que aprovecho para reseñar algunos libritos que tengo leídos.
Arranco con Revolver, un trabajo de Matt Kindt que data del 2010. A lo largo de más de 160 páginas, Kindt nos invita a vivir las dos vidas paralelas de Sam, un joven fotógrafo que tiene la extraña ¿habilidad? de alternar entre dos realidades. Se va a dormir en un mundo, y se despierta en otro. Y así todo el tiempo. Uno de los mundos es limpito, próspero, ordenadísimo… y a la vez bastante frustrante en términos de la vida personal del protagonista. El “lado B” es oscuro, caótico, violento, cataclísmico… pero mucho más intenso, más estimulante, con la puerta abierta para que Sam sea algo más que un mediocre fotógrafo de eventos sociales.
Kindt arma este contrapunto con muchísimo ingenio y no tarda demasiado en pegar el volantazo que eleva enormemente el interés de Revolver: Sam aprende a sacar ventaja en una realidad de los hechos que conoce (porque los vive) en la otra. La vida de sobreviviente de ese mundo apocalíptico le enseña cosas que luego aplicará en la realidad prolijita y careta, y viceversa. Sobre el final, sin hacer ningún alarde, casi de keruza, Sam dará la estocada maestra que además lo convertirá en héroe.
Revolver es un comic repleto de ideas potentes, con una crítica social para nada disimulada, con un Kindt que te envuelve en un misterio, te lo lleva para el lado de la aventura y ya que está, te baja una línea muy interesante, vinculada a ese clima post-Torres Gemelas que se vivió en EEUU en los primeros años de este milenio. El dibujo es crudo, sin concesiones, sin el menor intento de virtuosismo. Kindt cultiva una estética muy indie: es una especie de Jeff Lemire desangelado, o un Paul Pope apurado, con menos ganas de laburar. Donde te aniquila es en la narrativa. Ahí sí, Kindt te va a enamorar, con su puesta en página clásica y su asombrosa construcción de las secuencias. Y las tonalidades de color que incorpora también suman un montón para diferenciar las dos realidades y para darle una cierta profundidad al trazo de Kindt. Recomiendo esta novela gráfica a todos los que quieran vivir las emociones de un thriller complejo, elaborado y a años luz del “más de lo mismo”.
El año pasado, entre la miríada de publicaciones de editoriales argentinas, pasó medio desapercibida La Patagonia Fusilada, una adaptación al comic de La Patagonia Rebelde, el clásico de Osvaldo Bayer. El guionista encargado de versionar la obra de Bayer fue Guido Barsi, y la verdad es que es difícil pifiarla cuando se parte de un texto tan impactante, con tanta fuerza, tan desgarrador, tan lleno datos, de emociones, de dilemas morales terribles… Por suerte a Barsi no le faltan recursos para transmitir desde la historieta las sensaciones que transmite la pluma de Bayer en el original.
El problema, en este caso, son los dibujantes. El primer tramo es el más atractivo, el que mejor fluye en términos narrativos. Lo dibuja Kundo Krunch, en un estilo donde se ven un montón de yeites heredados de Carlos Meglia y Eduardo Risso. No es grandioso, pero no está mal. El segundo tramo, dibujado por Mauro Sánchez, evidencia algunos errores menores en la anatomía y unos cuantos problemas en la narrativa, por momentos muy confusa. El tercer capítulo, que debería ser el más potente, se convierte en una sucesión de imágenes para nada bien dibujadas. Pablo Romero no sólo está lejos del nivel de dibujo que hace falta para publicar en un libro que sale a la venta, sino que además se esfuerza para que lo que cuenta resulte más aburrido que jugar al Veo-Veo con Stevie Wonder. Y el tramo final tampoco está a la altura del proyecto: dibuja José Flores, un artista con innegable calidad plástica, pero con un estilo que en historieta no me termina de cerrar y con limitaciones muy evidentes en la narrativa y la puesta en página.
Así como resulta inevitable la comparación entre La Patagonia Rebelde de Osvaldo Bayer y Los Dueños de la Tierra de David Viñas, no puedo evitar recordar lo mucho que me gustó la versión en historieta de la segunda, donde se ve un nivel de profesionalismo y una jerarquía que en La Patagonia Fusilada, lamentablemente, no abunda para nada, por lo menos en la faz gráfica.
El jueves me voy unos días a Chile, a participar de un evento. En una de esas, logro postear unas reseñitas más antes de viajar. Gracias por el aguante y hasta pronto.