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viernes, 29 de julio de 2022
VIERNES SOLEADO
Hermoso mediodía en Buenos Aires, y de nuevo tengo un par de libritos para reseñar.
Empiezo con la nueva edición de Fantaciencia, una historieta de Mauro Mantella y Leandro Rizzo que ya había leído hace muchos años (2008, probablemente), cuando se publicó en blanco y negro. El trabajo de Marcelo Blanco a cargo del coloreado es muy bueno, se acopla muy bien al dibujo de Rizzo. Y el dibujo es también notable, con un nivel de detalle apabullante y el desafío que resulta dibujar un guion tan complejo como el que entregó Mantella para un Rizzo que todavía no estaba tan curtido. Hay que tener mucho coraje para agarrar un guion así, tan plagado de referencias visuales que hay que plasmar en todas y cada una de las viñetas. Con un buen balance entre dinamismo en las escenas de acción y un trazo elegante, rico en texturas, la faceta visual de Fantaciencia funciona como un relojito y respalda con solvencia el ambicioso guion de Mantella.
Un guion que está muy bueno, pero que desborda ampliamente las 64 páginas en las que se desarrolla. Hay un montón de ideas fascinantes, pero comprimidas en un espacio tan acotado que algunas no se llegan a explicar del todo y otras sí, pero no se terminan de aprovechar. Con un aplomo digno de guionistas con 30 o 40 años de trayectoria, Mantella tira conceptos complejos, elevados, que requerían por ahí más elaboración en la propia historieta. Y además asume el desafío de integrar esos conceptos a un relato de aventuras, con peripecias, buenos, malos y demás. Esto último está logrado, con personajes que no logran lucirse con todo su potencial (precisamente por el escaso espacio) pero que sin duda son atractivos. Acá había material como para 10 ó 12 comic books, y Fantaciencia termina en el 3.
El tema de las infinitas referencias a otras obras de ficción es muy interesante... hasta un punto. Entiendo que para algunos lectores pueda ser excesivo, como si Mantella estuviera en plan canchero, esforzándose por mostrar lo mucho que sabe, como el alumno buchón que levanta la mano y dice "¡Profe, yo estudié!". Ya lo hemos bardeado al mismísimo Alan Moore por hacer eso mismo en From Hell, así que lo de Mantella también podría entrar en terrenos polémicos, si bien el universo al que referencia es claramente más accesible. Al final de la historieta hay 11 páginas en las que Mauro explica viñeta por viñeta cada una de las referencias, y se pueden leer o no. No es que sin eso no se entienda la historia.
Más allá de estos desbordes, Fantaciencia es un ejercicio narrativo arriesgado, inteligente, que abre puertas para todos lados y que amerita no una sino varias secuelas, porque los conceptos que tira Mantella son de una fertilidad pocas veces vista. ¿Viste que a veces a una buena aventura los hinchapelotas le pedimos un poco más? Bueno, Fantaciencia tiene mucho más. El tema es el espacio en el que se pudo desarrollar.
Me voy a España, año 2020, cuando el maestro Miguelanxo Prado publica el que hasta ahora es su último trabajo: El Pacto del Letargo, una novela gráfica de 100 páginas muy atractiva, muy bien resuelta, aunque muy atípica dentro de la obra del genio oriundo de Galicia. El Pacto del Letargo es una historia que nunca me imaginé que a Prado le interesaría contar, por lo poco que tiene que ver con los universos de ficción por los que suele moverse el autor. En sus cuatro décadas en la profesión, Prado hizo prácticamente de todo, pero la verdad que acá me sorprendió con la elección del tema y del tono. La historia nos cuenta cómo despiertan en nuestro presente dos razas de criaturas mágicas que alguna vez poblaron la Tierra: una más cercana a las hadas y los duendes y otra más dark, más cercana a los demonios. Hay un conflicto entre estas dos facciones, hay humanos comunes y corrientes metidos en el medio, y hay una aventura a todo o nada, que avanza lento, de manera bastante protocolar, porque Prado quiere que todos estos conceptos fantásticos se integren sin hacer demasiado ruido a un contexto 100% realista. El 75% de la novela gráfica no tiene acción y tiene a las criaturas fantásticas tan bien camufladas entre los humanos que ni te acordás que están ahí. Esto le permite a Prado buscar un tono de realismo, de costumbrismo, como si estuviéramos leyendo una novela de Arturo Pérez-Reverte, de esas en las que la aventura tarde o temprano explota, pero generalmente tarda en llegar.
Además de la fantasía y de ese pedacito de epopeya que cobra importancia sobre el final, El Pacto del Letargo nos invita a pensar en el rol de los humanos en nuestro planeta, sobre todo a través de los diálogos en los que el autor explora las motivaciones de Xamaín, el capo de los demonios. El dilema moral está bien logrado, porque por momentos uno empatiza con este personaje, que vendría a ser algo así como el villano. Pero si bien Xamaín sueña con un genocidio que extermine a la humanidad, en la trama tenemos villanos humanos a los que Prado retrata como personajes aún más venales y abyectos. O sea que hay varios niveles de conflicto, no está todo jugado al clásico ancestral entre criaturas mágicas "buenas" y "malas".
No sé si le salió a propósito o sin querer, pero Prado logró una obra 100% apta para todo público, que tranquilamente podría convertirse en una película de Disney o en una miniserie de Netflix (aunque habría que agregarle tres o cuatro personajes afroamericanos). Por ahí en unos meses, tenemos la versión con actores de El Pacto del Letargo, andá a saber...
Y en cuanto al dibujo, es increíble cómo el maestro sigue evolucionando. En su obra anterior (Presas Fáciles, reseñada el 18/02/18) se había animado a volver al blanco y negro. Ahora se anima a reencontrarse con la línea y a darle mucho protagonismo, sobre todo a la hora de dibujar rasgos faciales. Como siempre, tenemos paisajes majestuosos, personajes de una expresividad acojonante, texturas y colores que le agregan al dibujo una belleza indescriptible y una habilidad maradoniana para la narración y la puesta en página. Tengo algunos "peros" menores con algunos diálogos (los personajes se nombran mucho entre ellos y explican demasiado algunas puntas de la trama) pero en general, me parece que El Pacto del Letargo es un comic maravilloso, que se puede recomendar tranquilamente a lectores de todas las edades.
Y nada más, por hoy. Atenti si sos fan de Prado, que por ahí te damos una sorpresa muy pronto. Gracias y hasta pronto.
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Leandro Rizzo,
Mauro Mantella,
Miguelanxo Prado
domingo, 18 de febrero de 2018
LECTURAS DEL FINDE
A unas poquitas horas de grabar el Podcast nº100 de Comiqueando, me siento a reseñar los libros que me bajé en estos últimos días.
Arranco con el Vol.3 de Amuleto, de Kazu Kibuishi, esta adictiva epopeya que combina elementos de Harry Potter, Lord of the Rings y las pelis de Hayao Miyazaki. Esto tiene muchas “atractividades” diría el ingeniero más iletrado del planeta: es un comic muy ganchero, la trama tiene un gran ritmo, mucha acción, mucho espacio para el desarrollo de personajes (combinado con un elenco que no para de expandirse), ideas fantásticas… lo único que me deja un sabor medio choto es pensar que estamos en el Vol.3 y son nueve… Con lo cual muchas de las peripecias que te hacen vibrar en este tomo, en el contexto global de la obra, cuando la hayamos leído completa y podamos mirarla desde una cierta distancia, nos van a parecer boludeces, relleno, secuencias que podrían no estar y que hubiesen ayudado a que la historia fuera del punto A al punto B por un camino más lineal, menos laberíntico. Pero es una presunción mía, porque todavía me faltan años para leer el final de Amuleto y no tengo forma de saber cuánto peso real tienen estas peripecias en la estructura básica, en los cimientos de la saga.
Así que por ahora me engancho y disfruto como un pibe de 11 años de lo que me cuenta Kibuishi. Me dejo emocionar con los momentos emotivos, me dejo maravillar con esas ilustraciones de paisajes, me dejo asombrar por las criaturas imposibles… hasta me fumo una traducción al castellano rioplatense a la que se le notan algunas inconsistencias. Y sigo recomendando Amuleto a aquellos que están buscando una lectura para compartir con chicos de 9 a 12-13 años, que esté bien dibujada, que no haga tanto hincapié en la violencia como los comics de superhéroes y que no requiera la compra de 25 ó 30 tomos como el shonen. Tengo el Vol.4 pidiendo pista, y seguro le entro este año.
En Mayo de 2016, salió en España la que hasta ahora es la última novela gráfica del prócer gallego Miguelanxo Prado. Un par de meses después, tuve la suerte de viajar a ese país y me compré Presas Fáciles, sin dudar un instante.
En Presas Fáciles, Prado se despoja de una de sus armas infalibles, el color. Pero nos recuerda que trabajando con blanco, negro y grises también puede alcanzar resultados fascinantes. El dibujo es realmente perfecto y si bien se nota bastante cuando Prado elabora los fondos en base a fotos, esto contribuye muchísimo a la sensación de realidad palpable y hasta incuestionable que quiere transmitir la obra. Porque en Presas Fáciles, el autor deja de lado también los elementos fantásticos. Ya no hay nada que no exista en la realidad posta, no hay pinceladas de realismo mágico, todo es absolutamente terrenal, prosaico, y cuanto más constatable resulte, mejor.
A través del artificio de una investigación policial, Prado nos cuenta el plan perfecto de un grupo de jubilados para vengarse de los banqueros que los cagaron como de arriba de un puente y se quedaron con sus ahorros de toda una vida allá por el 2008-2009, cuando se pinchó la burbuja inmobiliaria y la mentira de los créditos accesibles para todos. Como siempre que el sistema pega estos cimbronazos, los perjudicados fueron los débiles, los pequeños ahorristas, nunca los grandes garcas a los que les sale gratis incluso equivocarse y perjudicar -al punto de dejar en la calle- a miles de personas que confiaron en ellos. Prado abreva en los diarios, en los noticieros, en el pulso de la calle, y con eso urde una trama de fición que respeta a rajatabla las convenciones del “policial de procedimiento”. Y además encuentra espacio para darle onda y carnadura a varios personajes, principalmente a la protagonista (la inspectora Olga Tabares).
Esta vez, Prado no busca crear una obra maestra como en Trazo de Tiza o Ardalén. Se conforma con bajar línea acerca de las consecuencias de darle rienda suelta a la banca para que haga lo que se le da la gana… y de paso nos advierte que, si les tocás el culo, los septuagenarios y octogenarios también se pueden convertir en villanos jodidos y letales. Mirá lo espesa que estará la realidad en esta España gobernada hace años por la derecha más cabeza de Europa, que hasta Prado -que siempre descolló en la ciencia-ficción, en la comedia o en el realismo mágico- se mandó una obra 100% verídica, ambientada en 100% en el presente y prácticamente sin chistes. Obviamente le salió muy bien. Presas Fáciles es, además de un alegato bravísimo, una excelente novela gráfica.
Volvemos pronto con nuevas reseñas. ¡Hasta entonces!
Arranco con el Vol.3 de Amuleto, de Kazu Kibuishi, esta adictiva epopeya que combina elementos de Harry Potter, Lord of the Rings y las pelis de Hayao Miyazaki. Esto tiene muchas “atractividades” diría el ingeniero más iletrado del planeta: es un comic muy ganchero, la trama tiene un gran ritmo, mucha acción, mucho espacio para el desarrollo de personajes (combinado con un elenco que no para de expandirse), ideas fantásticas… lo único que me deja un sabor medio choto es pensar que estamos en el Vol.3 y son nueve… Con lo cual muchas de las peripecias que te hacen vibrar en este tomo, en el contexto global de la obra, cuando la hayamos leído completa y podamos mirarla desde una cierta distancia, nos van a parecer boludeces, relleno, secuencias que podrían no estar y que hubiesen ayudado a que la historia fuera del punto A al punto B por un camino más lineal, menos laberíntico. Pero es una presunción mía, porque todavía me faltan años para leer el final de Amuleto y no tengo forma de saber cuánto peso real tienen estas peripecias en la estructura básica, en los cimientos de la saga.
Así que por ahora me engancho y disfruto como un pibe de 11 años de lo que me cuenta Kibuishi. Me dejo emocionar con los momentos emotivos, me dejo maravillar con esas ilustraciones de paisajes, me dejo asombrar por las criaturas imposibles… hasta me fumo una traducción al castellano rioplatense a la que se le notan algunas inconsistencias. Y sigo recomendando Amuleto a aquellos que están buscando una lectura para compartir con chicos de 9 a 12-13 años, que esté bien dibujada, que no haga tanto hincapié en la violencia como los comics de superhéroes y que no requiera la compra de 25 ó 30 tomos como el shonen. Tengo el Vol.4 pidiendo pista, y seguro le entro este año.
En Mayo de 2016, salió en España la que hasta ahora es la última novela gráfica del prócer gallego Miguelanxo Prado. Un par de meses después, tuve la suerte de viajar a ese país y me compré Presas Fáciles, sin dudar un instante.
En Presas Fáciles, Prado se despoja de una de sus armas infalibles, el color. Pero nos recuerda que trabajando con blanco, negro y grises también puede alcanzar resultados fascinantes. El dibujo es realmente perfecto y si bien se nota bastante cuando Prado elabora los fondos en base a fotos, esto contribuye muchísimo a la sensación de realidad palpable y hasta incuestionable que quiere transmitir la obra. Porque en Presas Fáciles, el autor deja de lado también los elementos fantásticos. Ya no hay nada que no exista en la realidad posta, no hay pinceladas de realismo mágico, todo es absolutamente terrenal, prosaico, y cuanto más constatable resulte, mejor.
A través del artificio de una investigación policial, Prado nos cuenta el plan perfecto de un grupo de jubilados para vengarse de los banqueros que los cagaron como de arriba de un puente y se quedaron con sus ahorros de toda una vida allá por el 2008-2009, cuando se pinchó la burbuja inmobiliaria y la mentira de los créditos accesibles para todos. Como siempre que el sistema pega estos cimbronazos, los perjudicados fueron los débiles, los pequeños ahorristas, nunca los grandes garcas a los que les sale gratis incluso equivocarse y perjudicar -al punto de dejar en la calle- a miles de personas que confiaron en ellos. Prado abreva en los diarios, en los noticieros, en el pulso de la calle, y con eso urde una trama de fición que respeta a rajatabla las convenciones del “policial de procedimiento”. Y además encuentra espacio para darle onda y carnadura a varios personajes, principalmente a la protagonista (la inspectora Olga Tabares).
Esta vez, Prado no busca crear una obra maestra como en Trazo de Tiza o Ardalén. Se conforma con bajar línea acerca de las consecuencias de darle rienda suelta a la banca para que haga lo que se le da la gana… y de paso nos advierte que, si les tocás el culo, los septuagenarios y octogenarios también se pueden convertir en villanos jodidos y letales. Mirá lo espesa que estará la realidad en esta España gobernada hace años por la derecha más cabeza de Europa, que hasta Prado -que siempre descolló en la ciencia-ficción, en la comedia o en el realismo mágico- se mandó una obra 100% verídica, ambientada en 100% en el presente y prácticamente sin chistes. Obviamente le salió muy bien. Presas Fáciles es, además de un alegato bravísimo, una excelente novela gráfica.
Volvemos pronto con nuevas reseñas. ¡Hasta entonces!
sábado, 7 de junio de 2014
07/ 06: ARDALEN
Ah, bueno... Esto es realmente increíble. Mirá que yo lei mucho a Miguelanxo Prado, eh? Lo sigo hace 30 años, tuve la suerte de entrevistarlo una vez en Barcelona, leí muchas entrevistas que le dio a otros colegas... Soy fan a muerte y leí y estudié a fondo casi todos sus trabajos. Aún así, nunca pensé que el genio de Galicia superaría a su obra maestra, Trazo de Tiza. Me parecía una historieta tan perfecta, tan demoledora, que era al pedo buscar superarla, o incluso igualarla. Y Prado se tomó 20 años, pero lo logró. Aparecida en 2012, Ardalén sube aún más el listón y deja aún más arriba a este artista talentoso, agudo y sensible como pocos, dentro y fuera del Noveno Arte.
Me da cosa hablar de una obra como Ardalén. Siento que todo lo que yo diga son pelotudeces comparadas con la fuerza y la belleza de la obra. Muy básicamente, es una extensa novela gráfica (la más extensa en la bibliografía de Miguelanxo) acerca de los recuerdos. Los protagonistas son una mujer que quiere convertir en datos duros los recuerdos muy borrosos que tiene acerca de la vida de su abuelo, y un viejito que milagrosamente posee todos los recuerdos de otro hombre, recuerdos de una vida maravillosa que nunca vivió. Hay muy buenos personajes secundarios, algo así como un “villano” que genera conflictos a pequeña escala (que le sirven a Prado para tensar las relaciones y los vínculos que se van estableciendo con el correr de las páginas), toques de realismo mágico, nostalgia, poesía, aventuras en parajes exóticos, romance, costumbrismo, misterio y un trabajo sumamente encomiable en el desarrollo de Sabela y Fidel, los protagonistas.
El ritmo del relato es pausado, como en el cine europeo. La información está perfectamente dosficada, los elementos fantásticos perfectamente introducidos, los flashbacks (importantísimos cuando se trata de reconstruir el pasado de personajes presentes y ausentes) perfectamente mechados. Prado tardó tres años en terminar estas 250 páginas y esto no sólo tiene que ver con el laburo inmenso que significa dibujarlas sino -aventuro yo- también con la elaboración de un guión cuya profundidad y complejidad requiere mucho tiempo de maduración, una sintonía muy fina con los personajes, su entorno, sus motivaciones y sus anhelos.
Como sucede tantas veces, aunque el guión no te interese en lo más mínimo, Ardalén tiene un ancho de espadas imbatible que es el dibujo. Lo que hace Prado en la faz gráfica de este libro no se puede explicar con palabras. El dibujo es majestuoso, la narrativa cristalina, las tipografías originalísimas y muy acordes a cada uno de los personajes, los climas (que tienen muchísimo peso) están logrados a un nivel realmente asombroso y como si esto fuera poco, Prado le encuentra una vuelta más a su ya inhumano dominio del color. Ardalén tiene el tratamiento cromático hermoso y recontra-expresivo de las mejores historietas del gallego; pero además se suma una capa, un filtro, una textura no sé si hecha a mano o de modo digital, que me hizo acordar a aquellos raspados que metía el Viejo Breccia con la gillette, ahora más abundantes, más sutiles, muy bien integrados al color mismo, como si el autor trabajara sobre una hoja llena de arruguitas muy finitas y pequeños pliegues. El resultado es una auténtica maravilla que, como decía ayer hablando de Joe Sacco, hay que verla para creerla.
De un tiempo a esta parte, Europa nos ha sorprendido con muy buenas historietas protagonizadas por viejitos, obviamente con Arrugas como nave insignia. Ardalén tiene puntos en común con la obra maestra de Paco Roca, pero no es un clon, ni se cuelga de las tetas de la famosa novela gráfica. Estamos ante una obra exquisita, sutil, conmovedora, original, mágica por donde se la mire. No quiero extenderme en la exégesis, simplemente recomendarla a full, incluso cuando se trata de una edición española lujosa, voluminosa y –por ende- bastante onerosa. Creeme que Ardalén justifica hasta el último centavo que pagues por ella. Esto es Historieta Perfecta, una nueva cima en nuestro arte favorito, a un nivel al que pueden aspirar poquísimas obras del cine, la literatura o cualquier otra forma narrativa que se te ocurra. Amigos de Montevideo, aprovechen que este finde lo tienen a Miguelanxo Prado en su ciudad, y venérenlo como al GENIO que es. Se lo recontra-merece.
Me da cosa hablar de una obra como Ardalén. Siento que todo lo que yo diga son pelotudeces comparadas con la fuerza y la belleza de la obra. Muy básicamente, es una extensa novela gráfica (la más extensa en la bibliografía de Miguelanxo) acerca de los recuerdos. Los protagonistas son una mujer que quiere convertir en datos duros los recuerdos muy borrosos que tiene acerca de la vida de su abuelo, y un viejito que milagrosamente posee todos los recuerdos de otro hombre, recuerdos de una vida maravillosa que nunca vivió. Hay muy buenos personajes secundarios, algo así como un “villano” que genera conflictos a pequeña escala (que le sirven a Prado para tensar las relaciones y los vínculos que se van estableciendo con el correr de las páginas), toques de realismo mágico, nostalgia, poesía, aventuras en parajes exóticos, romance, costumbrismo, misterio y un trabajo sumamente encomiable en el desarrollo de Sabela y Fidel, los protagonistas.
El ritmo del relato es pausado, como en el cine europeo. La información está perfectamente dosficada, los elementos fantásticos perfectamente introducidos, los flashbacks (importantísimos cuando se trata de reconstruir el pasado de personajes presentes y ausentes) perfectamente mechados. Prado tardó tres años en terminar estas 250 páginas y esto no sólo tiene que ver con el laburo inmenso que significa dibujarlas sino -aventuro yo- también con la elaboración de un guión cuya profundidad y complejidad requiere mucho tiempo de maduración, una sintonía muy fina con los personajes, su entorno, sus motivaciones y sus anhelos.
Como sucede tantas veces, aunque el guión no te interese en lo más mínimo, Ardalén tiene un ancho de espadas imbatible que es el dibujo. Lo que hace Prado en la faz gráfica de este libro no se puede explicar con palabras. El dibujo es majestuoso, la narrativa cristalina, las tipografías originalísimas y muy acordes a cada uno de los personajes, los climas (que tienen muchísimo peso) están logrados a un nivel realmente asombroso y como si esto fuera poco, Prado le encuentra una vuelta más a su ya inhumano dominio del color. Ardalén tiene el tratamiento cromático hermoso y recontra-expresivo de las mejores historietas del gallego; pero además se suma una capa, un filtro, una textura no sé si hecha a mano o de modo digital, que me hizo acordar a aquellos raspados que metía el Viejo Breccia con la gillette, ahora más abundantes, más sutiles, muy bien integrados al color mismo, como si el autor trabajara sobre una hoja llena de arruguitas muy finitas y pequeños pliegues. El resultado es una auténtica maravilla que, como decía ayer hablando de Joe Sacco, hay que verla para creerla.
De un tiempo a esta parte, Europa nos ha sorprendido con muy buenas historietas protagonizadas por viejitos, obviamente con Arrugas como nave insignia. Ardalén tiene puntos en común con la obra maestra de Paco Roca, pero no es un clon, ni se cuelga de las tetas de la famosa novela gráfica. Estamos ante una obra exquisita, sutil, conmovedora, original, mágica por donde se la mire. No quiero extenderme en la exégesis, simplemente recomendarla a full, incluso cuando se trata de una edición española lujosa, voluminosa y –por ende- bastante onerosa. Creeme que Ardalén justifica hasta el último centavo que pagues por ella. Esto es Historieta Perfecta, una nueva cima en nuestro arte favorito, a un nivel al que pueden aspirar poquísimas obras del cine, la literatura o cualquier otra forma narrativa que se te ocurra. Amigos de Montevideo, aprovechen que este finde lo tienen a Miguelanxo Prado en su ciudad, y venérenlo como al GENIO que es. Se lo recontra-merece.
miércoles, 16 de enero de 2013
16/ 01: LA MANSION DE LOS PAMPIN
Me reencuentro con el genio de Galicia, el insumergible Miguelanxo Prado, que en 2004 publicó esta breve novela gráfica con la que –predeciblemente- ganó unos cuantos premios.
La Mansión de los Pampín tiene apenas 45 páginas, casi todas de 6 viñetas, una que otra de 7 y una sóla de 8. Los textos son escuetos y no escasean las secuencias mudas, con lo cual se lee muy rápido. Una cagada, primero porque el libro es caro y uno quiere que –cuando desembolsa una fortuna por un libro- la lectura rinda un poco más. Y segundo porque uno rápidamente pega onda con los personajes (especialmente con el protagonista, Indalecio Pampín) y los quiere ver más “tiempo” en escena. De todos modos, me doy cuenta de que este mismo argumento, desarrollado en más páginas, se caía a pedazos. 45 páginas es la extensión máxima. Se podía contar lo mismo en menos páginas (y con menos gracia, menos desarrollo de personajes, etc.) pero en más, imposible.
La historia nos cuenta cómo cambia la vida de Indalecio Pampín y su familia cuando este hereda de su tía Isolina una casa en la campiña de Galicia. El primer tramo es gracioso, pero predecible: Prado se regodea con el brutal contraste entre lo que Indalecio cree que era la “mansión” de su tía y lo que realmente acaba de heredar. De ahí en adelante, el autor se dedica a meterle el dedo en la llaga al protagonista: todos sus intentos por levantarle el valor a la propiedad se verán obstaculizados por normativas absurdas y todo parecerá jugarle en contra, hasta su propia familia, que se desentiende cada vez más de la herencia y lo deja a Indalecio remando solo, en medio del océano de polenta. Este segundo tramo, en el que más que la risa se impone la indignación, es brillante.
Y en el final, un pase mágico de Prado hará que combinemos las dos cosas: risa e indignación, como en los mejores textos polémicos de Arturo Pérez-Reverte. No quiero contar cómo se resuelve la trama. Digamos que, visto muy de lejos, parece un empate.
Como en sus mejores historias cortas del ciclo Quotidianía Delirante (vimos un par de tomos a principios de 2011), acá Prado utiliza el humor para invitarnos a reflexionar acerca de un montón de cosas que están mal en nuestra sociedad: la burocracia, el egoismo, la búsqueda del status que nos lleva a creernos mejores por poseer o consumir más que el vecino, la distorsión de los valores, la falta de ética en los poderosos... En algún punto, uno se pone de la vereda de enfrente de la esposa y los hijos de Indalecio, y obviamente de las autoridades del pueblo y del empresario de la construcción que –también obviamente- los quiere cagar. Pero después pensás... “pará: ¿qué habría hecho yo en su lugar?”. Y la respuesta es bastante más heavy y menos placentera que la lectura de este comic.
El dibujo de Prado no tiene desperdicio. Se nota que sus años en la animación lo ayudaron a limpiar la línea, a sintetizar, a no derrochar trazos. Te imaginás estas páginas sin el color y ves apenas una línea negra finita, muy dúctil pero siempre del mismo grosor, muy expresiva y casi sin masas negras. Y claro, a color esto explota. Con la asistencia de Víctor Galdón, el prócer gallego mete su clásica catarata de colores pastel, sutiles juegos de iluminación, hermosas texturas para realzar los paisajes y todas esas cosas que muy difícilmente se puedan hacer en un dibujo animado. Pasan los años y Prado está cada vez más afilado a la hora de identificar y plasmar en el papel los detalles, los gestos, los tics de esta clase media de la que es agudo observador y despiadado verdugo.
La Mansión de los Pampín es un comic inteligentísimo, ameno y obscenamente bien dibujado. No me quiero cebar mal en la exégesis para no hacerles el juego a los delirantes que, con la excusa del tamaño grande, el papel finoli y las tapas duras, pretenden que paguemos más de $ 100 por míseras 45 páginas de historieta. Eso no tiene pies ni cabeza y hay que replantearlo. Ahora, si sos muy fan de Miguelanxo Prado, podés dejar los replanteos para más adelante y, si te da el cuero para pagarlo, tirarte encima de este excelente álbum del maestro.
La Mansión de los Pampín tiene apenas 45 páginas, casi todas de 6 viñetas, una que otra de 7 y una sóla de 8. Los textos son escuetos y no escasean las secuencias mudas, con lo cual se lee muy rápido. Una cagada, primero porque el libro es caro y uno quiere que –cuando desembolsa una fortuna por un libro- la lectura rinda un poco más. Y segundo porque uno rápidamente pega onda con los personajes (especialmente con el protagonista, Indalecio Pampín) y los quiere ver más “tiempo” en escena. De todos modos, me doy cuenta de que este mismo argumento, desarrollado en más páginas, se caía a pedazos. 45 páginas es la extensión máxima. Se podía contar lo mismo en menos páginas (y con menos gracia, menos desarrollo de personajes, etc.) pero en más, imposible.
La historia nos cuenta cómo cambia la vida de Indalecio Pampín y su familia cuando este hereda de su tía Isolina una casa en la campiña de Galicia. El primer tramo es gracioso, pero predecible: Prado se regodea con el brutal contraste entre lo que Indalecio cree que era la “mansión” de su tía y lo que realmente acaba de heredar. De ahí en adelante, el autor se dedica a meterle el dedo en la llaga al protagonista: todos sus intentos por levantarle el valor a la propiedad se verán obstaculizados por normativas absurdas y todo parecerá jugarle en contra, hasta su propia familia, que se desentiende cada vez más de la herencia y lo deja a Indalecio remando solo, en medio del océano de polenta. Este segundo tramo, en el que más que la risa se impone la indignación, es brillante.
Y en el final, un pase mágico de Prado hará que combinemos las dos cosas: risa e indignación, como en los mejores textos polémicos de Arturo Pérez-Reverte. No quiero contar cómo se resuelve la trama. Digamos que, visto muy de lejos, parece un empate.
Como en sus mejores historias cortas del ciclo Quotidianía Delirante (vimos un par de tomos a principios de 2011), acá Prado utiliza el humor para invitarnos a reflexionar acerca de un montón de cosas que están mal en nuestra sociedad: la burocracia, el egoismo, la búsqueda del status que nos lleva a creernos mejores por poseer o consumir más que el vecino, la distorsión de los valores, la falta de ética en los poderosos... En algún punto, uno se pone de la vereda de enfrente de la esposa y los hijos de Indalecio, y obviamente de las autoridades del pueblo y del empresario de la construcción que –también obviamente- los quiere cagar. Pero después pensás... “pará: ¿qué habría hecho yo en su lugar?”. Y la respuesta es bastante más heavy y menos placentera que la lectura de este comic.
El dibujo de Prado no tiene desperdicio. Se nota que sus años en la animación lo ayudaron a limpiar la línea, a sintetizar, a no derrochar trazos. Te imaginás estas páginas sin el color y ves apenas una línea negra finita, muy dúctil pero siempre del mismo grosor, muy expresiva y casi sin masas negras. Y claro, a color esto explota. Con la asistencia de Víctor Galdón, el prócer gallego mete su clásica catarata de colores pastel, sutiles juegos de iluminación, hermosas texturas para realzar los paisajes y todas esas cosas que muy difícilmente se puedan hacer en un dibujo animado. Pasan los años y Prado está cada vez más afilado a la hora de identificar y plasmar en el papel los detalles, los gestos, los tics de esta clase media de la que es agudo observador y despiadado verdugo.
La Mansión de los Pampín es un comic inteligentísimo, ameno y obscenamente bien dibujado. No me quiero cebar mal en la exégesis para no hacerles el juego a los delirantes que, con la excusa del tamaño grande, el papel finoli y las tapas duras, pretenden que paguemos más de $ 100 por míseras 45 páginas de historieta. Eso no tiene pies ni cabeza y hay que replantearlo. Ahora, si sos muy fan de Miguelanxo Prado, podés dejar los replanteos para más adelante y, si te da el cuero para pagarlo, tirarte encima de este excelente álbum del maestro.
Etiquetas:
La Mansión de los Pampín,
Miguelanxo Prado
domingo, 20 de marzo de 2011
20/ 3: QUOTIDIANIA DELIRANTE Vol.2

A rasgos generales, estas 17 historietas no plantean nada radicalmente distinto de lo que ya vimos en el tomo anterior. Pero tal vez por efecto de acumulación, de leer estas después de haber leído las anteriores, me da la sensación de que pegan más fuerte. La palabra “Delirante” en el título es casi un engaña-pichanga. Sí, hay situaciones descabelladas e inverosímiles. Pero hasta ahí nomás. Esto no es una demencia tipo… Rogan Gosh de Milligan y McCarthy. Estas son historietas perfectamente pensadas para lograr un efecto, para transmitir un mensaje, para implantar en el lector ciertas ideas que atormentan a Miguelanxo Prado y que el genio gallego quiere compartir. No sólo con los intelectuales, o por la gente habitualmente preocupada por los problemas de la sociedad, sino también con el lector menos comprometido, que no le pide a la historieta mucho más que unos minutos de esparcimiento. A ese lector, Prado lo seduce con su humor, en el cual el delirio es importante, pero lo central es el regusto ácido.
Como vimos en el tomo anterior, Quotidianía Delirante es una luz de alerta que se enciende. Es un tipo que logra bajarse un segundo del vértigo descerebrado del consumo, el progreso y el éxito para pensar qué medios se justifican y cuáles no para alcanzar esos fines. Prado se da cuenta (como Arturo Pérez-Reverte, por ejemplo) que la España de su tiempo (fines de los ´80 y principios de los ´90) está cambiando demasiado rápido y en una dirección demasiado pelotuda. La salvajada del vale-todo se expande para todos lados, incluso para adentro, y Miguelanxo la retrata con mano maestra en ámbitos tan distintos como la familia, la pareja, el trabajo, el medio ambiente y las relaciones internacionales. En todas partes, alguien se excede brutalmente y alguien acepta estos excesos como si fuesen lo más normal del mundo, como si no existiese ninguna chance de ponerle límites (y mucho menos de revertir) a esa ola que arrasa con la honestidad, la solidaridad, la libertad e incluso la lógica más básica.
Si a esta bajada de línea, punzante y demoledora, le sumamos las situaciones bizarras y los diálogos siempre efectivos, el resultado son historietas cortas (3 o 4 páginas) con un poder impresionante. Esto es –como South Park- material que debería enseñarse en las escuelas, para que los chicos entiendan desde la infancia a dónde vamos a ir a parar si no se frena la ola. Y además para que descubran una forma distinta de hacer historieta, porque hoy todos le ponen infinitas fichas a las novelas gráficas de infinitas páginas, y Prado demostró con creces que en cuatro páginas también podés armar una trama, desarrollarla y cerrarla de modo brillante.
Todo esto, sin hablar del dibujo del prócer gallego que en este tomo trabaja siempre en un mismo registro, sin esos fastuosos experimentos con el color que vimos en el tomo anterior, pero totalmente afianzado en un estilo que es perfecto para la sátira costumbrista y socio-política. Identificado en sus años mozos con la ciencia-ficción, ya un poquito más grande Prado se reveló como uno de los más agudos observadores del aquí y ahora. El ojo infalible del autor capta detalles mínimos como la ropa, los autos, los peinados y hasta las tetas infladas con silicona, y los plasma en la página con sutileza y con fuerza expresiva.
Esto es comic fundamental, amigo viñetófilo. Está escrito hace 20 años, pero se lee como si se escribiera hoy. Y está dibujado como la hiper-concha de Dios por uno de los grandes genios del Noveno Arte, que hasta cuando se propone cagarse de risa un rato, termina por dar cátedras memorables.
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martes, 25 de enero de 2011
25/ 01: QUOTIDIANIA DELIRANTE Vol.1

Extraño este recopilatorio de historias cortas del genial Miguelanxo Prado, no sólo por las bizarreadas que nos cuenta el prócer, sino porque no parece seguir ninguna lógica. El orden de las historias no respeta –me juego la vida- el orden en que aparecieron originalmente en la revista El Jueves, ni nada que se le parezca. Pareciera que Prado (o Norma, andá a saber) barajó las historietas y creó un orden que responde a un criterio lírico genital: las publico como se me cantan las bolas. Por referencias a hechos reales, por contexto socio-histórico, y hasta por la evolución en el dibujo del genio de Galicia, estoy seguro en un 90% de que estas historietas se crearon en una secuencia que no se parece a la que presenta este tomo.
Detalle absolutamente menor y que -por supuesto- no es óbice para salir fascinados de este viaje por el absurdo cotidiano que nos propone Prado en sus 17 historietas de tres o cuatro páginas. Como ya dije, este material se publicó originalmente en la revista El Jueves, pero atenti: no son todas historias cómicas, no son chistes largos que desembocan en un remate gracioso. Seguro te va a arrancar varias sonrisas y hasta alguna risa posta, pero Prado juega sobre todo a ironizar, a devastar desde el absurdo un montón de prácticas y convenciones sociales a las que aborrece y –vistas a través de su alucinante prisma- el lector no puede menos que cuestionar.
O sea que, más allá de la gracia o el impacto o la extrañeza que puedan causar las historias, el mensaje es de rebeldía. Es una invitación a parar un segundo la pelota y ver a dónde nos está llevando este viaje hacia “el progreso” que parece tan promisorio y tan seguro, que toda la sociedad lo consume de modo acrítico. ¿Toda? No, un dibujante gallego resiste valerosamente a la invasión. No de los romanos, pero sí del consumismo pelotudo, de las leyes, impuestos y trámites burocráticos ridículos, del adelanto tecnológico como solución a cualquier cosa, del canchero urbano que se cree que se las sabe todas y en realidad es un reverendo pelotudo, de la devaluación de las relaciones afectivas… Todos esos temas y su impacto en la sociedad actual (o en realidad, en la de principios de los ´90), le dan de comer a Miguelanxo, le proveen la materia prima que, procesada con su increíble poder de observación y su inmenso talento satírico (más una dosis no menor de mala leche), terminan por convertirse en excelentes historietas cortas.
Prado (ya lo subrayamos hace unas semanas) no sólo es un virtuoso del dibujo y del color, sino que además capta como pocos los tics, los defectos, las manías, esas cositas de la gente “normal”, que hacen al lenguaje corporal y hasta a detalles del habla cotidiana y que, puestos en un comic, le dan onda y tridimensionalidad a este cautivante desfile de perdedores. En las 17 historietas el dibujo no tiene siempre el mismo nivel: de hecho fluctúa bastante. Pero siempre cumple con creces y a veces roza la perfección. Casi siempre nos encontramos con un Miguelanxo cancherísimo en el manejo de una técnica de color tan personal como fascinante, que agrega sutileza a la ironía, belleza a los paisajes (y las chicas!) y texturas al expresionismo (nunca grotesco) que vemos aplicado a los personajes. En muchas de las historias vemos incluso el tratamiento de color que Prado llevó al extremo en su obra maestra, Trazo de Tiza, realizada en simultáneo con varias de estas historietas cortas. Y ahí sobran las palabras. Cuando Prado pinta como en Trazo de Tiza, no hay más nada para decir.
Hace poquito salió en España una nueva reedición de estas historias, que incluye los dos tomos de Quotidianía Delirante que editó Norma (el segundo lo tengo ahí, para leer pronto) y un tercer tomo, que en su momento lo editó El Jueves y que (sospecho) tiene las primeras historietas de este memorable ciclo de Prado. Debe valer una fortuna, pero si no tenés los álbumes individuales, se recontra-justifica.
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viernes, 24 de diciembre de 2010
24/ 12: MANUEL MONTANO: EL MANANTIAL DE LA NOCHE

Este blog, que es hincha incondicional del comic español, casi comete la injusticia atroz de terminar su recorrido por 365 historietas sin comentar ninguna de Miguelanxo Prado, uno de los más gloriosos autores, ya no de la península, ni del habla hispana, sino de la historia del Noveno Arte. Tarde, para los postres, pero llegó Prado, nomás.
Manuel Montano: El Manantial de la Noche es una historieta que salía en la inolvidable revista Cairo, allá por el año ´88. Era rara, porque Manuel Montano no era una creación del ídolo gallego, sino que era un personaje de Fernando Luna, un tipo que contaba cuentos de su autoría en un programa de radio de la trasnoche, que tenía a Prado entre sus miles de oyentes. Sólo que Prado se cebó con este detective de la B Metropolitana lo suficiente como para contactarse con Luna y pedirle permiso para realizar comics basados en las historias que el creador contaba por radio. Nunca escuché el programa de Luna (se llamaba Tris Tras Tres, nombre pedorro si los hay), pero intuyo que debe ser una especie Alejandro Dolina español. En las historias de Montano (por lo menos como las presenta Prado) se cuelan la melancolía tanguera, la reivindicación de la nocturnidad, los códigos de barrio, la apología del perdedor, la metafísica de entrecasa, la relectura en clave irónica de un género (el noir) y sus convenciones… todo suena bastante dolinesco.
Prado tiene una limitación: no nos puede revelar qué carajo es el manantial de la noche. Montano lo tiene que encontrar en un cuento de Luna, no en un comic de Prado. Entonces, inteligentemente, la búsqueda del manantial pasa a ser un tema englobador, que aparece en casi todos los episodios, pero que nunca es lo central. Se lo menciona, sí, se especula con la posibilidad de que Montano lo encuentre, pero además hay otra trama (a veces más detectivesca y a veces más de comedia, o de sainete) que se resuelve en ese mismo episodio. La búsqueda del manantial, entonces, es como la excusa para darle unicidad a todos estos episodios autoconclusivos.
Los guiones son de un nivel muy alto, aunque no siempre parejos. Sin derrapar, sin irse al descenso ni jugar la promoción, hay un par de episodios (los menos detectivescos) que no se la bancan frente a los tres o cuatro mejores, pero la verdad es que los tres o cuatro mejores son joyas inenarrables. El Caso del Gran Chung-On, El Caso de la Piscina y Conversaciones son auténticas gemas, que combinan sátira, poesía, ingenio, caracterización, climas y grandes diálogos. Si el libro trajera sólo esos tres episodios, también habría que comprarlo sin chistar.
Del dibujo de Prado me cuesta hablar, porque no le encuentro explicación. Esto es posterior a Quotidianía Delirante y Crónicas Incongruentes, que es cuando Prado termina de definir su estilo y se hace fuerte en el manejo del color. O sea que acá el genio de Galicia ya está muy canchero en la faz visual. Ya le salen de taquito esas perspectivas torcidas que usa para los edificios, ya maneja una y mil técnicas para sorprendernos con la iluminación, ya se luce como poquísimos en las expresiones faciales de los personajes… Si el guión juega a establecer algo así como una “poética de la berretada”, el dibujo le termina de dar forma y sustancia. Increíble cómo en poquísimos años Prado pasó de ser un gran dibujante de ciencia-ficción a ser uno de los tipos que mejor retrata y satiriza la vida real, el entorno urbano contemporáneo y su complejísima fauna. Ya volveremos a visitarlo.
Y me quedó una deuda más jodida que la de EEUU con los bancos: se me fueron 365 días sin leer a Carlos Giménez…
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