Rara vez me siento a escribir un viernes a esta hora, pero este sábado viajo muy temprano a Villa Constitución para asistir a un evento y eso me obliga a levantarme a la hora a la que normalmente me acuesto. Así que, para irme a dormir a un horario razonable, me pierdo la joda de esta noche y me quedo en casa, reseñando los últimos libritos que leí…
Arranco con el Vol.2 de Ten Grand, segunda y última parte de la saga imaginada por J.M. Straczynski que empezamos a comentar allá por el 22/01/15. La verdad que esta segunda mitad me convenció bastante menos que la primera. El nivel de los diálogos sigue muy alto, pero hay demasiado diálogo. Se explican demasiadas cosas a través de los diálogos. La acción, en cambio, es poca. Hay una machaca grossa casi al final, pero lo que pasa antes y lo que pasa después le restan relevancia en la trama global. Ese equilibrio muy bien logrado en la primera parte entre el hard boiled terrenal y la runfla metafísica entre Cielo e Infierno se pierde por completo en este tramo. Straczynski se concentra en el conflicto entre ángeles y demonios y el resto pasa muy a segundo plano.
¿Qué queda de todo lo bueno que vimos en el Vol.1? Como dije antes, la calidad de los diálogos, sumada al excelente trabajo de caracterización del protagonista y a un logro no menor, que es darle un cierre coherente y satisfactorio en 12 episodios a una saga que (uno intuye) el guionista había pensado para que durara mucho más. Y el final llega de modo armónico, no es una acelerada brutal para clavar el freno un milímetro antes del precipicio, ni una estirada grotesca de una idea muy chiquita.
El dibujo recupera a Ben Templesmith, quien desapareció de la faz de la Tierra en la mitad del Vol.1 y debió ser reemplazado, ahora a cargo de breves secuencias de flashbacks, invariablemente impactantes desde lo visual, pero con menos gancho a nivel argumental. Y C.P. Smith, el que en el Vol.1 entró de suplente, acá se siente MUY titular y nos brinda las que sin duda son las mejores páginas de su carrera. Me cuesta describir lo que hace Smith con el dibujo y el color en Ten Grand, pero me atrevo a decir que es la mejor representación del Cielo y el Infierno que recuerdo haber visto en un comic. Y no mucho más. Una pena que el Vol.2 no haya alcanzado el alto grado de expectativa generado por el Vol.1, porque incluso con este bajón, no me parece que Ten Grand sea una mala historieta, para nada.
Me vengo a Argentina, a 2016, cuando sale ZOK!, una antología que reúne tres historietas autoconclusivas de 24 páginas, cada una a cargo de un autor distinto.
La primera, El Juez, nos muestra a Nahuel Amaya (el de El Hombre Cucaracha) ahora volcado a un estilo mucho más realista, con ciertas reminiscencias a la estética de Salvador Sanz. La trama me pareció lineal, sencilla, muy basada en la violencia, pero me entretuvo bastante. Lo mejor: la aplicación de los grises y el trabajo en los fondos.
La segunda, Héroes del Estiércol, es una especie de comedia costumbrista protagonizada por los recolectores de residuos de un futuro post-apocalíptico. Hay acción, machaca fuera de control, diálogos ingeniosos y chistes… pero Hurón opta por un estilo raro, a años luz del que vimos hace poco cuando leímos la biografía de José Ortega y Gasset. Un estilo de alto impacto visual (también con una aplicación formidable de las tramas de gris), pero muy confuso a nivel narrativo. Hay páginas enteras en las que no entendí un carajo de lo que estaba pasando… y era una de peleas con monstruos gigantes, no un comic metafísico ni experimental…
La tercera, Runner, es la que tiene el argumento más flojo, más obvio. Emmanuel Ortiz se queda con las peleas entre chabones musculosos y la destrucción, no se calienta mucho en proponer algo más. El dibujo tiene tropiezos menores en la anatomía y sobre todo en las expresiones faciales, pero es muy sólido en la puesta en página, en la narrativa y –acá también- en la aplicación de los grisados y de las manchas negras.
El librito es espectacular en calidad de papel, impresión, portadillas a color y demás. Le falta un poquito más de profundidad a las historias, algo que probablemente los autores consigan trabajando en equipo con guionistas, o con editores que los obliguen a ponerle tanto huevo a los guiones como el que le ponen a los dibujos.
Vuelvo la semana que viene, con nuevas reseñas. ¡Feliz segundo semestre para todos y todas!
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viernes, 30 de junio de 2017
martes, 11 de octubre de 2016
UNA LARGA Y UNA CORTA
Si yo te digo que sale un TPB donde dibujan Adam Hughes, Eduardo Risso y Andy Kubert y a este último lo entintan el Viejo Joe y Bill Sienkiewicz, lo lógico es que me respondas “lo quiero ya, aunque lo escriba mi abuela con alzheimer, drogada, borracha y en medio de una orgía con travestis, enanos, burros y sindicalistas que no le hacen paros a los gobiernos que dejan sin laburo a sus afiliados”. Pero no, en la tapa dice “Before Watchmen”, entonces (y en consonancia con la reseña de aquel 04/02/12) hay que desconfiar. Vamos, entonces, a diseccionar este voluminoso TPB que recopila todo lo que escribió el maestro J.M. Straczynski para la polémica serie de precuelas de Watchmen.
La primera miniserie, la de Nite-Owl, arranca tranqui, como intentando darle más volumen a la participación de Dan Dreiberg y su antecesor en Watchmen, y rápidamente deriva hacia otro lado: una aventura de Nite Owl en la que también participa Rorschach y que se despega bastante no del tono pero sí de la trama del clásico de Alan Moore y Dave Gibbons. Hay villanos a los que nunca habíamos oído nombrar, un misterio, machaca, es un lindo comic de justicieros urbanos que se anima a descolgarse de las tetas de la saga original y se queda con un elemento (el de las hecatombes hormonales de Dreiberg vinculadas a los trajes y las máscaras) que en el comic original no tenía tanto peso, obviamente porque en 1986 no se podía hacer mucho énfasis en la temática sexual. No es la gloria, pero está muy bien. Y como me pasó en Kick-Ass con Romita Jr., me encantó ver a Andy Kubert dibujando garches hardcore de los que jamás se ven en los típicos comics de superhéroes.
La miniserie de Dr. Manhattan es muy rara. Más que una narración, parece una descripción, o una indagación. A Straczynski no le interesa tanto contar una historia, sino pensar cómo es, qué se siente ser Dr. Manhattan. Por supuesto hay un origen expandido, con muchas secuencias ambientadas en la infancia y juventud de Jon Osterman, pero lo que más hay son idas y vueltas en el tiempo y una exploración de las distintas posibilidades que se abren para adelante, para atrás y para los costados cada vez que Jon toma una u otra decisión. No está mal, es una idea arriesgada, llevada a cabo con mucha jerarquía por el guionista, pero puede llegar a aburrir precisamente por lo elevado de los conceptos y las ambiciones que maneja. El dibujo de Adam Hughes, glorioso.
Y los dos numeritos de Moloch también me gustaron mucho. El primer episodio indaga un poco más en el origen del personaje, le da mucha más carnadura, y el segundo nos explica en detalle cómo y por qué se arma la rosca entre el ex-villano y Adrian Veidt, hasta dónde llega ese pacto y por qué se rompe. Sin dudas, es el pedacito de este TPB al que más le cuesta escapar a la estructura y a la trama de la historieta original, la que tiene más secuencias que transcurren en paralelo con el núcleo argumental de Watchmen, pero de acá también Straczynski salió airoso. El dibujo de Risso, demoledor, como siempre.
Un muy lejano 23/09/13, me cruzaba en una antología con el autor chileno Necrotax y decía: “Cuando se afiance en su estilo gráfico, este autor se puede poner interesante”. Bien, en Zink, novela gráfica editada en 2014 (con episodios previamente publicados en soporte digital), se ve a este autor mucho más afianzado. De hecho hay poquísimos desajustes en la anatomía y lo único que no me convenció fueron los recursos gráficos a los que echa mano Necrotax para darle grises a una historieta que hubiese quedado mil veces mejor en blanco y negro puro. Zink cuenta la historia de una banda de rock del palo industrial extremo, y si bien no tiene un conflicto “externo” fuerte, se nutre muy bien del entorno y de los conflictos internos de estos jóvenes que viven en el Chile de hoy, lo sufren, lo transitan como pueden y luchan contra algunos aspectos de ese sistema de capitalismo salvaje tan afianzado del otro lado de la cordillera, al que nuestros actuales gobernantes miran con tanto cariño. Zink es un comic realista, intimista, con una fuerte impronta social, con la intención de ser testimonio de una época, o quizás bandera de una generación. No hace falta entender de música industrial para disfrutarlo, pero sí es fundamental estar familiarizado con el slang de la juventud chilena actual: si no sabés qué son la raja, la pega, la weá, weón, brígido, cuático, caleta y un par de expresiones más, Zink te va a resultar indescifrable. Pero está muy bien, me mostró una muy loable evolución de Necrotax y me dejó bastante cebado para leer más acerca de estos personajes y su sueño rebelde, transgresor e incandescente.
Uh, esto se hizo larguísimo. Dejamos acá y retomamos pronto.
La primera miniserie, la de Nite-Owl, arranca tranqui, como intentando darle más volumen a la participación de Dan Dreiberg y su antecesor en Watchmen, y rápidamente deriva hacia otro lado: una aventura de Nite Owl en la que también participa Rorschach y que se despega bastante no del tono pero sí de la trama del clásico de Alan Moore y Dave Gibbons. Hay villanos a los que nunca habíamos oído nombrar, un misterio, machaca, es un lindo comic de justicieros urbanos que se anima a descolgarse de las tetas de la saga original y se queda con un elemento (el de las hecatombes hormonales de Dreiberg vinculadas a los trajes y las máscaras) que en el comic original no tenía tanto peso, obviamente porque en 1986 no se podía hacer mucho énfasis en la temática sexual. No es la gloria, pero está muy bien. Y como me pasó en Kick-Ass con Romita Jr., me encantó ver a Andy Kubert dibujando garches hardcore de los que jamás se ven en los típicos comics de superhéroes.
La miniserie de Dr. Manhattan es muy rara. Más que una narración, parece una descripción, o una indagación. A Straczynski no le interesa tanto contar una historia, sino pensar cómo es, qué se siente ser Dr. Manhattan. Por supuesto hay un origen expandido, con muchas secuencias ambientadas en la infancia y juventud de Jon Osterman, pero lo que más hay son idas y vueltas en el tiempo y una exploración de las distintas posibilidades que se abren para adelante, para atrás y para los costados cada vez que Jon toma una u otra decisión. No está mal, es una idea arriesgada, llevada a cabo con mucha jerarquía por el guionista, pero puede llegar a aburrir precisamente por lo elevado de los conceptos y las ambiciones que maneja. El dibujo de Adam Hughes, glorioso.
Y los dos numeritos de Moloch también me gustaron mucho. El primer episodio indaga un poco más en el origen del personaje, le da mucha más carnadura, y el segundo nos explica en detalle cómo y por qué se arma la rosca entre el ex-villano y Adrian Veidt, hasta dónde llega ese pacto y por qué se rompe. Sin dudas, es el pedacito de este TPB al que más le cuesta escapar a la estructura y a la trama de la historieta original, la que tiene más secuencias que transcurren en paralelo con el núcleo argumental de Watchmen, pero de acá también Straczynski salió airoso. El dibujo de Risso, demoledor, como siempre.
Un muy lejano 23/09/13, me cruzaba en una antología con el autor chileno Necrotax y decía: “Cuando se afiance en su estilo gráfico, este autor se puede poner interesante”. Bien, en Zink, novela gráfica editada en 2014 (con episodios previamente publicados en soporte digital), se ve a este autor mucho más afianzado. De hecho hay poquísimos desajustes en la anatomía y lo único que no me convenció fueron los recursos gráficos a los que echa mano Necrotax para darle grises a una historieta que hubiese quedado mil veces mejor en blanco y negro puro. Zink cuenta la historia de una banda de rock del palo industrial extremo, y si bien no tiene un conflicto “externo” fuerte, se nutre muy bien del entorno y de los conflictos internos de estos jóvenes que viven en el Chile de hoy, lo sufren, lo transitan como pueden y luchan contra algunos aspectos de ese sistema de capitalismo salvaje tan afianzado del otro lado de la cordillera, al que nuestros actuales gobernantes miran con tanto cariño. Zink es un comic realista, intimista, con una fuerte impronta social, con la intención de ser testimonio de una época, o quizás bandera de una generación. No hace falta entender de música industrial para disfrutarlo, pero sí es fundamental estar familiarizado con el slang de la juventud chilena actual: si no sabés qué son la raja, la pega, la weá, weón, brígido, cuático, caleta y un par de expresiones más, Zink te va a resultar indescifrable. Pero está muy bien, me mostró una muy loable evolución de Necrotax y me dejó bastante cebado para leer más acerca de estos personajes y su sueño rebelde, transgresor e incandescente.
Uh, esto se hizo larguísimo. Dejamos acá y retomamos pronto.
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jueves, 22 de enero de 2015
22/ 01: TEN GRAND Vol.1
Acá tenemos otra de las muy buenas series de la Image actual, a la que quizás no se le dio toda la pelota que merece. Ten Grand estuvo parada un tiempito, pero los episodios siguen apareciendo (a veces un poco espaciados) y para el mes que viene ya se anuncia el segundo TPB. Los primeros cuatro episodios arrancaron con un Dream Team: guiones de J.M. Straczynski y dibujos de Ben Templesmith. Pero en un momento, el glorioso artista austarliano tildó y dejó de responderle los mails al guionista, dejó su cuenta de twitter, abandonó su blog… virtualmente cortó la comunicación con el mundo. A tal punto que Straczynski se calentó y le avisó a través de los medios de prensa que estaba afuera de la serie, y que su reemplazante sería C.P. Smith, a quien vimos allá por el 30/05/13 al frente de la faz gráfica de The Programme. Este tomo ofrece cuatro episodios dibujados por Templesmith y dos por Smith (se nos cayó el Temple).
Alguien elogió a Ten Grand con la frase “llena el agujero que nos dejó Hellblazer” y la verdad es que coincido muchísimo. Esto es un toquecito más cabeza que Hellblazer, porque en casi todos los episodios hay tiroteos, piñas o ambas cosas. Pero sin dudas va para ese lado y va muy bien. La historia combina mugre urbana, la sordidez del submundo de los asesinos a sueldo, con un complejo entramado de ángeles y demonios, de almas cautivas, de gente que resucita una y otra vez en busca de la redención, o simplemente del amor. A las clásicas roscas entre el Cielo y el Infierno acá se suma un protagonista humano, muy heavy, que sabe mucho de estos temas y tiene un arsenal místico bastante considerable. Joe Fitzgerald fue un sicario al servicio de un capo mafioso, hasta que su esposa fue masacrada y recibió una oferta de los ángeles: cada vez que muera por una causa noble, podrá compartir cinco minutos con su mujer y luego volver a la vida.
Pero lo cierto es que, a pesar de lo atractivo de la consigna, pensada para estructurar una larga serie de episodios, Straczynski pega el volantazo muy temprano y para el final del cuarto episodio, manda a Joe al Infierno a buscar el alma de su mujer. En seis capítulos, las veces que lo vemos morir para ayudar a un inocente son… una sola, sobre el final de un arco muy intenso, muy ganchero, que combina perfectamente la escencia del hard boiled con la machaca sobrenatural. Ojalá la serie retome ese planteo y veamos a Joe tratar de resolver otros casos vinculados al misticismo para morir, ver a Laura y resucitar.
Lo mejor de este primer TPB son, por un lado, los diálogos: afilados, zarpados, muy graciosos, con muchísima onda. Y por el otro, la magia que tira Straczynski para mechar en medio de todos estos despelotes unos flashbacks formidables al pasado del protagonista, cuyo camino al Infierno empieza a los 13 años, cuando boletea a sangre fría a… no te lo puedo contar. Cada vez que puede, el guionista nos revela algún momento más del pasado de Joe y son todas escenas tremendas, que nos revelan a un personaje oscurísimo, cuya única virtud es el genuino amor que siente por su mujer.
El trabajo de Ben Templesmith en los cuatro episodios que dibuja es realmente brillante. A su habitual talento para el expresionismo pasado de rosca, acá agrega un cuidado poco frecuente en los fondos y en el arma de Joe, que se ve sumamente realista, mientras que los dedos que la sostienen a veces son un alambre retorcido, un garabato a mano alzada de esos que tan bien le quedan al australiano. El color es alucinante, lleno de matices, de texturas, perfecto para enfatizar los climas jodidos por los que transcurre el relato. Los demonios, los fantasmas, las explosiones, los tugurios inmundos… todo está fantásticamente bien dibujado. Y cuando llega C.P. Smith, llega con una sorpresa, porque despliega un estilo que se parece poco a lo que habíamos visto en otros trabajos suyos. Acá el autor se juega todo a la paleta digital, a lograr efectos zarpados de iluminación, texturas raras, volúmenes y demás yeites con técnicas 100% digitales. Y le queda muy bien, primero porque se despega bastante de la manada de los Juan Carlos Flicker, y después porque estos experimentos locos le salen muy bien. Obviamente desaparece ese clima espeso, ominoso, de “se pudrió todo” tan presente en las páginas de Templesmith. Pero el arte de Smith transmite otras sensaciones, que también pegan fuerte.
Si eras fan del Hellblazer de Garth Ennis, Ten Grand te va a asesinar. Straczynski y sus dibujantes nos cerraron el orto a los que creíamos que ya no había más formas posibles de combinar el hard boiled o el policial urbano con la onda mística de ángeles y demonios. Y lo hicieron con mucha categoría, en una serie cuyo arranque me dejó muy cebado, pidiendo más. Dejate corromper por esta historia de violencia, amor, mala leche y redención.
Alguien elogió a Ten Grand con la frase “llena el agujero que nos dejó Hellblazer” y la verdad es que coincido muchísimo. Esto es un toquecito más cabeza que Hellblazer, porque en casi todos los episodios hay tiroteos, piñas o ambas cosas. Pero sin dudas va para ese lado y va muy bien. La historia combina mugre urbana, la sordidez del submundo de los asesinos a sueldo, con un complejo entramado de ángeles y demonios, de almas cautivas, de gente que resucita una y otra vez en busca de la redención, o simplemente del amor. A las clásicas roscas entre el Cielo y el Infierno acá se suma un protagonista humano, muy heavy, que sabe mucho de estos temas y tiene un arsenal místico bastante considerable. Joe Fitzgerald fue un sicario al servicio de un capo mafioso, hasta que su esposa fue masacrada y recibió una oferta de los ángeles: cada vez que muera por una causa noble, podrá compartir cinco minutos con su mujer y luego volver a la vida.
Pero lo cierto es que, a pesar de lo atractivo de la consigna, pensada para estructurar una larga serie de episodios, Straczynski pega el volantazo muy temprano y para el final del cuarto episodio, manda a Joe al Infierno a buscar el alma de su mujer. En seis capítulos, las veces que lo vemos morir para ayudar a un inocente son… una sola, sobre el final de un arco muy intenso, muy ganchero, que combina perfectamente la escencia del hard boiled con la machaca sobrenatural. Ojalá la serie retome ese planteo y veamos a Joe tratar de resolver otros casos vinculados al misticismo para morir, ver a Laura y resucitar.
Lo mejor de este primer TPB son, por un lado, los diálogos: afilados, zarpados, muy graciosos, con muchísima onda. Y por el otro, la magia que tira Straczynski para mechar en medio de todos estos despelotes unos flashbacks formidables al pasado del protagonista, cuyo camino al Infierno empieza a los 13 años, cuando boletea a sangre fría a… no te lo puedo contar. Cada vez que puede, el guionista nos revela algún momento más del pasado de Joe y son todas escenas tremendas, que nos revelan a un personaje oscurísimo, cuya única virtud es el genuino amor que siente por su mujer.
El trabajo de Ben Templesmith en los cuatro episodios que dibuja es realmente brillante. A su habitual talento para el expresionismo pasado de rosca, acá agrega un cuidado poco frecuente en los fondos y en el arma de Joe, que se ve sumamente realista, mientras que los dedos que la sostienen a veces son un alambre retorcido, un garabato a mano alzada de esos que tan bien le quedan al australiano. El color es alucinante, lleno de matices, de texturas, perfecto para enfatizar los climas jodidos por los que transcurre el relato. Los demonios, los fantasmas, las explosiones, los tugurios inmundos… todo está fantásticamente bien dibujado. Y cuando llega C.P. Smith, llega con una sorpresa, porque despliega un estilo que se parece poco a lo que habíamos visto en otros trabajos suyos. Acá el autor se juega todo a la paleta digital, a lograr efectos zarpados de iluminación, texturas raras, volúmenes y demás yeites con técnicas 100% digitales. Y le queda muy bien, primero porque se despega bastante de la manada de los Juan Carlos Flicker, y después porque estos experimentos locos le salen muy bien. Obviamente desaparece ese clima espeso, ominoso, de “se pudrió todo” tan presente en las páginas de Templesmith. Pero el arte de Smith transmite otras sensaciones, que también pegan fuerte.
Si eras fan del Hellblazer de Garth Ennis, Ten Grand te va a asesinar. Straczynski y sus dibujantes nos cerraron el orto a los que creíamos que ya no había más formas posibles de combinar el hard boiled o el policial urbano con la onda mística de ángeles y demonios. Y lo hicieron con mucha categoría, en una serie cuyo arranque me dejó muy cebado, pidiendo más. Dejate corromper por esta historia de violencia, amor, mala leche y redención.
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miércoles, 4 de junio de 2014
04/ 06: SUPERMAN: EARTH ONE
Tarde pero seguro, me sumergí en esta novela gráfica en la que el maestro J.M. Straczynski y el dibujante Shane Davis tienen la oportunidad histórica de reformular desde cero el mito de Superman para mostrárselo a la nueva generación, la generación que nunca coleccionó comic-books, sino que compra historietas en las librerías. Lo de reformular el mito para un público nuevo y mucho más amplio que el de los comiqueros no es nuevo: se hace cada vez que sale una nueva serie o una película basadas en alguno de estos longevos personajes que hoy integran el imaginario colectivo. Por eso Superman: Earth One tiene más que ver con Man of Steel (la peli de 2013) que con Man of Steel (la historieta de 1986).
Como con el largometraje de Zack Snyder, acá lo más interesante pasa por ver qué conserva y qué descarta Straczynski, a qué aspectos del personaje le da bola y a cuáles no, con qué argumentos des-bizarrea esas cosas que hoy no se pueden respetar de la versión clásica sin tomar por boludos a los lectores. La trama está bien, tiene momentos espesos, bien dramáticos, y es todo lo coherente que puede ser una historia de este tipo. Incluso hay alguna que otra sorpresa para que no nos aburramos los que leímos 150 versiones del origen de Superman. Pero lo más atractivo es eso, imaginarse a “Stratosky” diciendo “esto sí, esto no, esto quizás más adelante”.
Terminé por coincidir con el guionista en varias cosas: hay poca infancia de Clark en Smallville, y son todas escenas centradas en su relación con Ma y Pa. Cero Lana Lang, cero Peter Ross, cero Superboy, cero Krypto. Hay roles chiquitos para Lois Lane y Jimmy Olsen; el Clark que se suma al Planet no es un infeliz, torpe y pusilánime, al que los demás tratan de idiota; no hay villanos conocidos (ni siquiera Luthor), no hay kryptonita, no tiene peso el secreto de la doble identidad, no hay casi escenas ambientadas en Krypton... Por ahí lo único que no me cierra es que el guión le da bastante entidad al villano pero no se anima a darle un nombre, a tirarnos aunque sea una referencia velada a alguno de los genocidas cósmicos con los que se enfrentó Superman en las versiones anteriores. Es un personaje 100% nuevo y funciona bien, se convierte en una amenaza sumamente acorde con el impacto que tiene que tener la historia, pero queda medio colgado, como un N.N. que de la nada cobró una chapa inmensa en poquísimas páginas.
Como en las series y las películas, hay un poco menos de machaca que en los comics normales, y está bueno, porque Straczynski usa ese espacio para indagar más a fondo en la personalidad de Clark, como para que entendamos perfectamente por qué elige este camino y no otros. Más o menos hasta la página 70, la novela se centra en la vida “normal” de un pibe anormal y, obviamente, eso también la acerca a las películas “de origen” en las que el héroe aparece por primera vez con su disfraz, en acción y repartiendo sopapos cuando ya van como 70 minutos.
El dibujo de Shane Davis está buenísimo si pensamos que este es un comic apuntado a gente que habitualmente no lee comics. Se trata de un dibujante con un estilo académico-realista muy correcto, pero para mi gusto, un poquito pecho frío. Es como una especie de Lee Bermejo o Gene Ha sin onda. En los primeros planos, las tintas de Sandra Hope acercan a Davis a un Phil Jiménez y a veces, cuando se zarpa con las rayitas y las texturitas, a un David Finch. Lo mejor que tiene Davis es el esfuerzo que pone para camuflar la referencia fotográfica, para no parecer un Juan Carlos Flicker más, de los tantos que sólo saben copiar o manosear fotos. La paleta digital de Barbara Ciardo está muy bien, ayuda a crear climas copados, efectos impactantes y a redondear esa sensación de estar viendo un blockbuster de Hollywood.
Hablando de blockbusters de Hollywood, si alguna vez vuelvo a ver Man of Steel, seguro voy a flashear al detectar muchas coincidencias entre ese guión y este. Mientras tanto, como esta primera novela me gustó, me propongo entrarle a la segunda, en algún momento, más adelante.
Como con el largometraje de Zack Snyder, acá lo más interesante pasa por ver qué conserva y qué descarta Straczynski, a qué aspectos del personaje le da bola y a cuáles no, con qué argumentos des-bizarrea esas cosas que hoy no se pueden respetar de la versión clásica sin tomar por boludos a los lectores. La trama está bien, tiene momentos espesos, bien dramáticos, y es todo lo coherente que puede ser una historia de este tipo. Incluso hay alguna que otra sorpresa para que no nos aburramos los que leímos 150 versiones del origen de Superman. Pero lo más atractivo es eso, imaginarse a “Stratosky” diciendo “esto sí, esto no, esto quizás más adelante”.
Terminé por coincidir con el guionista en varias cosas: hay poca infancia de Clark en Smallville, y son todas escenas centradas en su relación con Ma y Pa. Cero Lana Lang, cero Peter Ross, cero Superboy, cero Krypto. Hay roles chiquitos para Lois Lane y Jimmy Olsen; el Clark que se suma al Planet no es un infeliz, torpe y pusilánime, al que los demás tratan de idiota; no hay villanos conocidos (ni siquiera Luthor), no hay kryptonita, no tiene peso el secreto de la doble identidad, no hay casi escenas ambientadas en Krypton... Por ahí lo único que no me cierra es que el guión le da bastante entidad al villano pero no se anima a darle un nombre, a tirarnos aunque sea una referencia velada a alguno de los genocidas cósmicos con los que se enfrentó Superman en las versiones anteriores. Es un personaje 100% nuevo y funciona bien, se convierte en una amenaza sumamente acorde con el impacto que tiene que tener la historia, pero queda medio colgado, como un N.N. que de la nada cobró una chapa inmensa en poquísimas páginas.
Como en las series y las películas, hay un poco menos de machaca que en los comics normales, y está bueno, porque Straczynski usa ese espacio para indagar más a fondo en la personalidad de Clark, como para que entendamos perfectamente por qué elige este camino y no otros. Más o menos hasta la página 70, la novela se centra en la vida “normal” de un pibe anormal y, obviamente, eso también la acerca a las películas “de origen” en las que el héroe aparece por primera vez con su disfraz, en acción y repartiendo sopapos cuando ya van como 70 minutos.
El dibujo de Shane Davis está buenísimo si pensamos que este es un comic apuntado a gente que habitualmente no lee comics. Se trata de un dibujante con un estilo académico-realista muy correcto, pero para mi gusto, un poquito pecho frío. Es como una especie de Lee Bermejo o Gene Ha sin onda. En los primeros planos, las tintas de Sandra Hope acercan a Davis a un Phil Jiménez y a veces, cuando se zarpa con las rayitas y las texturitas, a un David Finch. Lo mejor que tiene Davis es el esfuerzo que pone para camuflar la referencia fotográfica, para no parecer un Juan Carlos Flicker más, de los tantos que sólo saben copiar o manosear fotos. La paleta digital de Barbara Ciardo está muy bien, ayuda a crear climas copados, efectos impactantes y a redondear esa sensación de estar viendo un blockbuster de Hollywood.
Hablando de blockbusters de Hollywood, si alguna vez vuelvo a ver Man of Steel, seguro voy a flashear al detectar muchas coincidencias entre ese guión y este. Mientras tanto, como esta primera novela me gustó, me propongo entrarle a la segunda, en algún momento, más adelante.
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sábado, 16 de abril de 2011
16/04: AMAZING SPIDER-MAN Vol.7

Aguanté todo lo que pude para leer el final de la etapa de J.M. Straczynski y John Romita Jr. en Amazing. Pero estaba todo demasiado interesante como para seguir aguantando. En este tomo (el séptimo de la numeración original) todo concluye al fin, nada puede escapar. De hecho si (como yo) dejás de leer Spider-Man en este número 508, está todo bien, no queda ni un solo plot colgado. O la podés seguir, también, pero te esperan (además del abominable brazuca Mike Deodato y sus impresentables esbirros) unos guiones que desvirtúan mucho de lo bueno que mostró Straczynski hasta acá. Entonces, por ahí es más sano leer el trabajo de la dupla JMS-JRJr como una obra integral, autoconclusiva, que dura siete TPBs y ya está. Lo otro no es exactamente otra serie, pero sí otro enfoque, otra onda y yo tengo serias sospechas de que no me va a gustar. ´Nuff said.
Pero ¿cómo viene el tramo final de esta “obra integral”, de este bienvenido intento por hacer comic de autor en pleno mainstream? Muy entretenido. El tomo arranca con una saguita en dos partes que explora las consecuencias de algo muy grosso que pasó en el tomo anterior y fuerza a Spidey a sellar una alianza nada menos que con Loki. La trama se podría haber resuelto en menos páginas, pero el trabajo de caracterización que hace Straczynski con Loki es brillante, el contrapunto con Peter es exquisito y entonces nadie se queja si en vez de 22 páginas son 44. Le sigue un muy buen episodio autoconclusivo (con mucho y buen desarrollo para Mary Jane) y después sí, el gran final: los tres capítulos en los que nos terminamos de enterar quién es y de qué juega el enigmático Ezekiel.
Ezekiel, más que un personaje, es un recurso. Es la forma que inventa Straczynski para replantear, cuestionar, estudiar desde otra óptica algo que existe hace casi 50 años y que prácticamente nunca fue puesto en crisis: el “accidente” de Peter con la araña radioactiva. Detrás de esa bizarreada (ingenua, inverosímil, sólo entendible en un comic de 1962 que debía presentar a un personaje 100% nuevo en poquísimas páginas), Straczynski propone encontrar mucho más. Y el que termina por explicar todo ese “mucho más” (de modo mucho más original y menos geek que el que te estás imaginando) es Ezekiel. Pero cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía y detrás de este personaje aparentemente bueno pero sumamente misterioso, que tiene todo y se las sabe todas, es lógico que haya alguna matufia medio sórdida. Acá eso sale a la luz y vemos por qué Ezekiel lo fue a buscar a Peter y cuál es la verdadera relación entre este personaje y los poderes arácnidos de nuestro lanzarredes favorito. Las respuestas son impredecibles, pero sumamente coherentes, a tal punto que incluso sirven para explicar por qué en estos últimos años de Amazing casi no vimos desfilar a los villanos clásicos de la serie, sino que esta se pobló de amenazas que iban más para el lado de lo sobrenatural. Por supuesto, cuando la cosa se pone heavy, Peter cobra como en bolsa. Pero jamás lo vemos flaquear: su amor por su mujer y su tía, su sentido del humor (que el autor despliega en unos diálogos alucinantes) y su compromiso con su causa le dan el aguante que necesita para resistir lo imposible. Un ídolo.
Y hablando de ídolos, impresionante el trabajo de John Romita Jr. en esta serie. Secundado por buenos entintadores y un excelente colorista, el hijo ‘e tigre se pone al hombro un comic con muy poca machaca, donde hay que matarse en cada viñeta en la que aparece New York (y son miles) y donde el desfile de personajes nuevos es incesante. Romita se compenetra totalmente con lo que Straczynski quiere contar, le sigue el juego, lo potencia en las secuencias más arriesgadas y termina por redondear una historieta que parece escrita y dibujada por una misma persona, lo cual en un comic tan mainstream como Spider-Man es una proeza jodida de verdad. En el último número que dibuja, Romita amaga con tomarse unas vacaciones y volver. Pero no vuelve nunca, y la serie nunca vuelve al nivel de estos años fundamentales. Straczynski se queda, pero empieza a acumular más penas que glorias, hasta que naufraga en los pantanos del oprobio con esa abyecta bajada de lienzos llamada One More Day, con la que finalmente tira la toalla y se va, no sólo de Spider-Man, sino también de Marvel.
Por suerte nos quedan estos siete TPBs, en los que la dupla probó de todo y todo le salió bien. Si alguna vez te pinta leer buenas historietas de Spidey, esto y lo de Paul Jenkins (previo a la serie que lanza junto a Humberto Ramos) probablemente sea lo mejor que le pasó al arácnido en la era post-Stan Lee.
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lunes, 4 de abril de 2011
04/ 04: AMAZING SPIDER-MAN ULTIMATE COLLECTION Vol.2

Hoy me tocó otro viaje infinito y por suerte lo aproveché para bajarme (entre ida y vuelta) este hiper-TPB con los números 46 al 58 y 500 al 502 de Amazing, que son los que antes se habían recopilado en los TPBs 4 al 6. Ahora me falta leer un sólo tomito más (el 7) y ya termino la excelente etapa de J.M. Straczynski y John Romita Jr. en Spider-Man, con la resolución del plot de Ezekiel, que viene casi desde el principio.
Qué buen invento esto del hiper-TPB. Con la narrativa descomprimida que usan los guionistas actuales, en 16 comic-books pasan las suficientes cosas como para dejarte satisfecho, sin saturar ni aburrirte. Hay lugar para varios arquitos argumentales, para varios episodios autoconclusivos, para ver el desarrollo sutil de algún sub-plot que avanza por las márgenes de las historias centrales… muy rico todo.
En esta etapa de Amazing, Straczynski reparte con muy buen tino la chapa y el protagonismo entre Spider-Man y Peter Parker. Peter ahora es profesor en el secundario, o sea que no aparecen ni el ídolo J.J. Jameson ni el resto de los personajes del diario Bugle. Pero están la Tía May, Mary Jane y algunos alumnos, que también
aportan su dosis de conflictos y de onda. Mucho de lo que le pasa a Peter gira en torno a su relación con Mary Jane, pero aún así el personaje secundario con más peso es Ezekiel, tal vez porque interactúa indistintamente con Peter o con Spidey. Como en casi todos los comics de Straczynski, la machaca está, pero sin demasiado énfasis, siempre en dosis mesuradas. Lo que sobra (y se agradece a full) son los diálogos ingeniosos, los chistes, los retruques. Hay páginas repletas de globos de diálogo, pero cada uno es un verdadero deleite.
Lo más raro de estos 16 números es que los villanos clásicos no aparecen ni a saludar. No te dejes engañar por la portada del libro. Apenas los vemos desfilar en una alucinación astral que tiene Spidey, inducida por el Dr. Strange. Y no porque sea importante, sino porque era el n°500 y daba para que figuraran todos, aunque sea un segundo. Lo cierto es que en estos 16 episodios el arácnido se las ve con los enemigos del Doc Strange, con el Dr.Doom (que no juega exactamente el rol de antagonista), con varios matoncitos sin chapa y con tres villanos nuevos, de los cuales uno sólo, Shathra, tiene algo de onda. Los otros dos, si son barridos abajo de la alfombra por los efectos de la abominable One More Day, me hacen un favor.
Pero los grandes son así, y sin los villanos de siempre y sin los secundarios del Bugle, Straczynski se las ingenia para armar muy buenas historias, dinámicas y novedosas, y sobre todo para que en muchos momentos esto parezca comic de autor. En los resquicios que deja la acción, e incluso durante la acción, Straczynski mete miles de secuencias que ningún otro autor había imaginado antes y que cierran por todos lados.
Todo esto, plasmado gráficamente por uno de los dibujantes que mejor entiende a Spider-Man (de hecho, lo considera su hermano) y que mejor dibuja a la New York del Universo Marvel. Me refiero obviamente a John Romita Jr., el prócer hijo de prócer que estaba en la serie antes de que llegara Straczynski y que será imposible de reemplazar una vez que se vaya. Con buenos coloristas, con las buenas tintas de Scott Hanna, con la solvencia narrativa de siempre, con su hábil equilibrio entre grandilocuencia pochoclera y cotidianeidad de entrecasa, con su increíble manejo de las imposibles poses de Spidey que ningún otro héroe puede reproducir, Romita Jr. no falta a ninguna de las 16 citas y se brinda por completo para que esto que está tan bien escrito, además se vea muy bien.
A los que durante los ´90 puteábamos a Spider-Man y decíamos que era un personaje acabado, Straczynski, Romita Jr. y Paul Jenkins (guionista de la otra serie regular del arácnido) nos cerraron el orto mal, con varios años de gran nivel en los que la lectura de los títulos de Spidey se hizo imprescindible para los fans del buen comic de superhéroes. Otro milagro de la era de Bill Jemas y Joe Quesada al frente de Marvel, y van…
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domingo, 3 de octubre de 2010
03/ 10: BULLET POINTS

Bienvenidos a otra versión alternativa del Universo Marvel. Esta vez, J.M. Straczynski y Tommy Lee Edwards nos proponen explorar cómo un par de balazos bien pegados cambian la historia de un montón de amigos y conocidos. De entrada, en la segunda escena, muere el científico que le iba a inyectar el suero del super-soldado a Steve Rogers, con lo cual nunca llega a convertirse en el Capitán América. Pero también muere un joven soldado que lo custodiaba, Benjamin Parker, quien no estará ahí para criar junto a su amada May a Peter, el hijo de su hermano, que sin la guía del Tío Ben se convertirá en un joven irresponsable y conflictivo.
Pero este Universo Marvel trastocado les reserva roles fundamentales tanto a Steve Rogers como a Peter Parker, un poquito distintos de los habituales. Rogers será el soldado que lleve a los EEUU a ganar la Segunda Guerra Mundial, pero con la ayuda de una armadura de hierro. Y Parker salvará a la Tierra al hacerle el aguante a Galactus, luego de que la radiación gamma lo pinte de verde. El tercer protagonista de la historia es Reed Richards quien, tras laburar muchos años como encargado de tunear y reparar la armadura de Rogers, consigue la banca y el prestigio para que las fuerzas armadas le financien su cohete y su exploración de los rayos cósmicos. El despegue será saboteado, sus tres amigos morirán y él quedará tuerto, y al frente de SHIELD! Reed le dará a la central de espionaje un perfil más científico, y así conectará con algunos personajes que cumplirán roles menores, como Tony Stark, Bruce Banner (que en un increíble juego de inversión de roles se convertirá en un Spider-Man más dark y amenazante), Stephen Strange (¿No podés operar porque se te estropearon las manos? No te calentés, te las recubrimos con adamantium y te damos unas garritas, así no extrañás a tus viejos escalpelos) y Bucky Barnes.
Con esta alegre y reformulada muchachada, la historia avanza hasta llegar a la machaca final contra Galactus. Y va a buen ritmo, sin frutear ni colgarse en detalles irrelevantes. Por ahí el segundo episodio (de cinco) aporta poco, o se podría haber abreviado, pero en general la consigna sostiene sobradamente la extensión de la obra. De hecho, te deja con ganas de ver más, sobre todo al Spider-Banner y al Strange-Wolverine, a los que no vemos casi en acción. El final es potente, grandilocuente y también muy emotivo y –como no podía ser de otro modo- le da infinita chapa al Silver Surfer que es el de siempre, pero esta vez cambian los motivos por los que se le da vuelta a la patronal.
Guarda, esto no es una obra maestra, ni una lectura imprescindible. No llega al nivel de Marvel: 1985, tampoco. Pero es una muy linda jodita para los fans de la Marvel clásica, orquestada por un Straczynski afilado, que demuestra con suficiencia cómo entiende y se sabe de memoria los mecanismos que hacen funcionar hace casi 50 años a las creaciones de Stan Lee y sus amigos. Como siempre, los personajes de Straczynski son mucho más humanos que el superhéroe promedio y el prócer escribe escenas de relaciones humanas a un nivel magistral, o sea que a eso también le saca mucho jugo. En los diálogos entre el Iron-Rogers y el Reed-Fury hay picos realmente altos. Y por supuesto (y porque tiene huevos) el guionista aprovecha que esto no es canónico para darle finales definitivos y muy grossos a varios de los personajes centrales.
Por el lado del dibujo, Tommy Lee Edwards está un poquito más relajado que en aquella consagratoria Marvel: 1985. Se nota que ya domina más la técnica, que todo le sale más rápido y más fácil, y si bien el resultado no deja de ser prodigioso, a los que ya leímos 1985 nos impacta mucho menos, porque no hay nada que no hayamos visto ya en la obra anterior del ídolo. Lo más destacable es su paleta de colores, su gran poder de observación en materia de lenguaje corporal y su forma tan personal y tan fluída de integrar las referencias fotográficas a la estética de su dibujo. Edwards está en un momento increíble y me parece excelente que lo sigan convocando para rarezas como esta y no para los mega-crossovers pochocleros pasados de rosca.
Si sos fan de los Elseworlds y los What If…, o de Straczynski , o de Tommy Lee (no, ¿qué batero de Mötley Crue? Tommy Lee Edwards!), no tengo dudas de que Bullet Points va a dar en el blanco.
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viernes, 6 de agosto de 2010
06/ 08: SILVER SURFER: REQUIEM

Y, es un clásico: viernes a la noche, Requiem.
Bienvenidos a una historieta perfecta. Más triste que ser macrista y bilardista, pero perfecta.
Esta vez no puedo ni abrir la boca sin spoilear, así que vamos de frente: en el primer episodio el Surfer descubre que se está por morir, y en el cuarto y último, muere. De verdad. No sé si esta historia está o no en continuidad (tiene el loguito de Marvel Knights, así que por ahí no), pero contra todos los pronósticos, termina con la muerte de quien alguna vez fuera Norrin Radd, el valiente que se sacrificó para salvar al planeta Zenn-La de la voracidad de Galactus. Uno (que es fan del Surfer) hasta último momento espera que alguna entidad cósmica marveliana, o aunque más no sea el fantasma de Jack Kirby, aparezca y le diga “No, maestro, vos no te podés morir. Tenés otra chance para volver y seguir dando cátedra”. Pero no. Llega el final del tomito y la vida del Silver Surfer se acaba para siempre. Por lo menos para mí. Esta historia me emocionó tanto, que juro solemnemente nunca más leer un comic donde aparezca el Surfer. Sin saber que era posterior a Requiem, leí una (In Thy Name) que me encantó. Pero ya fue. Para mí, el Surfer murió acá y murió con toda la gloria que se merecía un personaje así, con más de 40 años de chapa a cuestas.
El guión es obra del maestro J.M. Straczynski, pero no tengas duda de que es una historia que a Stan Lee le hubiese encantado escribir, aunque debe haber sufrido más que yo al leerla (si la leyó, andá a saber…). Es un guión pausado, con clima de despedida, con muchísimas emociones y varios momentos en los que la poesía le gana por goleada a la epopeya. La aparición de los Fantastic Four no suma mucho (ya me quedó claro que no son la especialidad de “Stratosky”), pero la del Dr. Strange y especialmente las de Spider-Man y Galactus me pusieron los pelos de punta. Spidey (con quien Stratosky contó excelentes historias antes de derrapar alrededor del séptimo TPB) es el co-protagonista del segundo episodio, en el que prácticamente no pasa nada. Pero Peter y Mary Jane son los elegidos por el guionista para despedir al Surfer de la humanidad, para decirle lo que todos le querríamos decir a un tipo que hizo lo que hizo por nuestro planeta. Y el regalo que le deja el Surfer a los humanos es inconmensurable.
El Tordo (viejo compañero en los Defenders) aparece un toquecito, para despedir a Norrin Radd cuando este abandona definitivamente la Tierra para ir a morir a su Zenn-La natal, en otra secuencia conmovedora. Que es apenas un pedacito de un tercer episodio devastador, donde el Surfer, casi con el último aliento, hace en dos remotos planetas lo que Marvel nunca permitió que hiciera en la Tierra. No te lo cuento, quedate tranquilo. No es algo sorprendente, ni limado, sino demasiado lógico para un comic de superhéroes. Y el capítulo final, de nuevo en Zenn-La, con su amada Shalla-Bal y su antiguo trompa Galactus, está narrado por otro viejo conocido, al que tampoco vamos a deschavar. Y es sencillamente majestuoso. De hecho, si todo Requiem fueran esas 23 páginas, también lo recordaríamos por siempre como un comic genial.
Por si faltara algo, todo esto lo ilustra con mano maestra el gigantesco croata Esad Ribic (del cual ya leímos una de Loki vs. Thor y una en la que Namor hace como que aparece, pero no). En el primer episodio tiene algunos dibujos y algunas secuencias memorables, pero a partir del segundo, ya parece poseído por el poder cósmico del Surfer y se manda unas animaladas memorables. El tercer capítulo, con las naves de guerra y los aliens, casi parece de Juan Giménez. Y el cuarto, con los minutos finales del Surfer y el adiós emocionado de Galactus y de toda su raza, nos muestra a un Ribic sutil, finoli-finoli, que combina grandilocuencia y lirismo para hacer vibrar de emoción a cada puto átomo de cada puto lector. Grosso en serio.
Si creías que la ochentosa muerte del Capitán Marvel era el más hermoso bajón que te podía esperar leyendo un comic de la Casa de las Ideas, preparate, porque acá Straczynski y Ribic suben la apuesta (y la calidad) a niveles siderales. Requiem es una joya inenarrable, aunque los guionistas y editores la barran abajo de la alfombra y sigan mandando nuevas historias del Surfer como si nada.
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