
Un inmortal vestido como un joven porteño común y corriente, recorre desde tiempos inmemoriales el mundo de los vivos sin que nadie logre verlo. Su función consiste en visitarnos en el momento de nuestras muertes para explicarnos que nuestros cuerpos y nuestras almas ya no pueden seguir conviviendo en un mismo plano de realidad. Cuando nos toque Jeliel (que así se llama el eterno), nuestro espíritu pasará a otro plano para ser juzgado, y nuestro cuerpo se convertirá en un obsoleto y apestoso cadáver. Los sentimientos humanos le resultan medio extraños, porque claro, al ser eterno está más allá de boludeces como herencias, hipotecas y amores.
La idea que se le ocurrió a Sergio Carrera para esta novela gráfica, obviamente, está muy buena. Tan buena que ya la usó Neil Gaiman hace 20 años cuando creó a Death en las páginas de Sandman. “No soy la muerte!”, repite una y otra vez Jeliel, como si eso lo pudiera despegar mínimamente del concepto de la hermana de Morpheus. Además de una remake con ínfimas variantes respecto de aquella inolvidable primera aparición de Death, Buenos Aires Eterna nos ofrece una historia de amor entre Jeliel y una chica medio freak que se suicida en las vías del tren, y un breve pero intenso combate con otro visitante del más allá, que intentará sin éxito eliminarlo para siempre. Todo esto con diálogos muy reales y textos con un cierto vuelo poético, como para no defraudar a los fans de Vertigo que se compren la novela. Por ser la primera vez que escribe un guión, en este punto el trabajo de Carrera es dignísimo.
Los personajes que dibuja Carrera son idénticos a los de Tony Harris. Posta, por momentos te tenés que concentrar para no convencerte de que estás leyendo un comic de Tony Harris. Por
supuesto están basados en fotos de gente real (entre ellos dos famosos: Iggy Pop y Salvador Sanz), pero se mueven, hablan, gesticulan y se ven exactamente igual que los personajes de Starman o Ex Machina. La diferencia grossa con Tony Harris está en la forma en que Carrera incorpora los fondos. Harris retoca las fotos de calles y edificios, las camufla mínimamente, las adapta un poco más a su estilo gráfico. Carrera no, las manda de una. Las mete atrás de los personajes con muchos menos retoques, y logra que fondos y protagonistas por momentos contrasten, o no se terminen de ensamblar armónicamente. A veces sí lo logra y crea secuencias de gran belleza plástica y gran realismo, pero otras veces se notan demasiado los hilos de la marioneta.
De todos modos, el autor nos cuenta en un postfacio que toda la trama de Jeliel surgió casi como una excusa, que su intención era mostrar en un comic toda la magia y la belleza de Buenos Aires. En ese caso, es más entendible la decisión de retocar poco las fotos que tomó en distintos lugares de la ciudad, pero el recurso –si bien es llamativo- lo complica a la hora de la narrativa.
No hay mucho más para agregar, realmente. Si te gusta Vertigo tal vez te enganche (aún con la sensación de ya haber visto ese mismo planteo en otro comic), si sos fan de Tony Harris seguro vas a flashear y si te gusta la estética dark urbana también. Este libro está cosechando un éxito enorme, así que no sería para nada extraño que pronto reaparezca Jeliel y lo veamos volar por la ciudad de la Furia, donde nadie sabe de él, y él es parte de todos.