el blog de reseñas de Andrés Accorsi
Mostrando entradas con la etiqueta Frank Brunner. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Frank Brunner. Mostrar todas las entradas

jueves, 17 de marzo de 2022

DOS HALLAZGOS EXTRAÑOS

Lamentablemente existe un volumen de información muy escaso acerca de la primera editorial que se llamó Image, y que funcionaba allá por 1984 con la banca de capitales neozelandeses y oficinas en Auckland y Los Angeles. No sé cuántas novelas gráficas llegaron a publicar, pero a mí me interesó Seven Samuroid, porque era una obra realizada íntegramente por Frank Brunner, el glorioso dibujante de Doctor Strange de los ´70, que llevaba un tiempo alejado de la producción periódica de historietas. La verdad que Brunner le pone empeño: en 64 páginas presenta todo un universo, lo puebla de héroes y villanos y hasta logra rematar un conflicto a gran escala. Faltaría que el universo fuera un poco más original, que los personajes tuvieran más onda y que el conflicto no fuera el enésimo choreo a Star Wars, pero eso es un detalle menor ;). No tengo dudas de que Seven Samuroid podría haber aspirado a algo mejor que el más absoluto de los olvidos si hubiese contado con un guionista, por lo menos para insuflarle un poco más de onda y agilidad a los diálogos, que por momentos son muy extensos y muy aburridos. Y seguramente también la obra se habría beneficiado si este mismo argumento se hubiese desarrollado en cuatro comic books de 24 páginas, por tirar una cantidad standard. Así, todo comprimido, con tanta dependencia del texto para explicar tantas cosas, la novela gráfica cae varias veces en unos pozos de embole difíciles de remontar. Pero dibuja un monstruo como Brunner, y eso siempre suma. Hay viñetas en las que el autor parece haberse enamorado de Enki Bilal y Philippe Druillet, y mete rayitas a lo bestia, arruguitas locas en las caras de los humanos, unos crosshatchings demenciales en los fondos… pero no es algo que se sostenga todo el tiempo. Por momentos vemos un entintado mucho más tradicional, varios cambios abajo. También por momentos la puesta en página estalla en una supernova de creatividad y riesgo, mientras que en otras secuencias tenemos puestas que van más a lo seguro. La acción es dinámica, hay grandes explosiones, plasmadas de modo muy impactante, y lo más loco que tiene Seven Samuroid (la historia de amor entre una humana y un robot) termina en la última viñeta de manera totalmente imprevista: con un garche sumamente explícito, al filo de lo publicable en magazines como Epic o Heavy Metal, pero mostrado de modo muy poético y nada pornográfico. El personaje femenino (Zeta) no es precisamente lo que mejor dibuja Brunner (sospecho que esas Cleas bellísimas que veíamos en Dr. Strange eran fruto del esfuerzo de los entintadores), pero por lo menos no es una boluda que está ahí para que los héroes la rescaten y es ella la que va al frente para consumar el romance con el imbatible Ultek. En algún momento, los villanos la violan, pero Brunner no nos muestra la escena, nos enteramos por los diálogos. En fin, una bizarreada de los ´80, solo para fanáticos de ese glorioso dibujante que fue Frank Brunner.
Otra obra oscura de la que rara vez se habla es de la única colaboración de Robin Wood con la editorial Sergio Bonelli. Durante muchos años, el editor de Tex cortejó al guionista estrella de la editorial Eura/ Aurea para que cambiara de bando, pero lo único que consiguió fue que en 1995 Robin entregara un guion de 236 páginas para un álbum especial de Dylan Dog, que fue dibujado por Giovanni Freghieri. Freghieri es un dibujante sin alma, correcto, pero frío, inerte. Se luce solo cuando afana: esas caras que copia alevosamente de John Bolton, Ricardo Villagrán o Jorge Zaffino, y esos trucos de entintado que “aprendió” de Milo Manara. Esos son los momentos en los que el dibujo hace algo más que cumplir con lo justo. Uno entiende el embole atroz que debe conllevar el dibujo de un guion de 236 páginas en las que la trama avanza con una lentitud exasperante, pero eso no justifica la notoria falta de onda en todo el aspecto visual de la obra. El guion podría haber funcionado… en 90 páginas, no mucho más. Para que abarque 236, Wood lo estira y lo licúa a niveles insostenibles. Dos veces sentí que, si el libro empezaba ahí, se entendía todo: en la página 55 se establece el conflicto de tal manera que las primeras 54 podrían no estar. Y lo mismo me pasó 100 paginas después, en la 155. La cantidad de escenas totalmente al pedo, que no aportan nada, es alarmante. Lo lento que se narran las escenas que sí tienen algún peso, hace que su potencia dramática se diluya en diálogos y silencios innecesarios, que están ahí solo para llenar páginas. La resolución es tan simplista que acentúa todavía más la sensación de haber leído algo estirado al ultra-pedo. Los diálogos están bien, Robin sintoniza de una con la caracterización de Dylan y Groucho, siempre es lindo ver al guionista paraguayo escribir escenas de sexo, de las que en Columba jamás tendrán cabida, y el álbum arranca con unos bloques de texto en los que Wood tira la chapa arriba de la mesa, como para avisarnos que él no es el enésimo clon de Tiziano Sclavi, sino un autor grosso, con una voz y una prosa propias. Después, por motivos que desconozco, elige narrar sin bloques de texto y no brillar. Una pena. Este material tiene ínfimas chances de publicarse alguna vez en Argentina, el mercado (después de Italia, obvio) donde más fans cosechó Robin Wood, por eso me parecía importante que existiera aunque sea una reseña en castellano de L´Esercito del Male, que así se llama este noveno álbum gigante de Dylan Dog. Nada más, por hoy. El jueves 24 abrimos un paréntesis de varios días sin reseñas porque me toca viajar a Chile y Estados Unidos, pero seguramente antes de esa fecha habrá nuevas reseñas, acá en el blog.

martes, 15 de febrero de 2022

ESSENTIAL DOCTOR STRANGE Vol.3

Este tomo recopila los primeros 29 números de la serie de Doctor Strange que arranca a mediados de los ´70 y llega (muy lento, porque siempre fue bimestral) hasta el año ´87 u ´88. Es material que tenía en revistitas y había leído probablemente a fines de los ´90, pero entre que soy fan de los Essentials y que algunos de esos números levantaron mucho su cotización, decidí canjearlos por otra cosa y pasarme al broli en blanco y negro. En una de esas, en algún momento hago lo mismo con las revistitas que vienen en el cuarto Essential, que es el último que llegó a publicar Marvel antes de discontinuar ese glorioso formato. No sé si disfruté mucho más que la primera vez al releer todo este material. La primera vez era todo muy nuevo y muy flashero, porque yo no me imaginaba que Stephen Strange se podía convertir en un personaje con chapa cósmica, lo veía más para vencer a hechiceros malos, u otros villanos místicos. Esta vez, que ya sabía dónde me estaba metiendo, por ahí me pareció que a esta etapa le falta eso: más conflictos grossos contra villanos. El chamuyo metafísico llevado a niveles cósmicos está bueno al principio, pero después cansa un poco. Lo mejor del tomo son los primeros 18 números, los que escribe Steve Englehart y están organizados como tres cuasi-novelas de seis episodios. Como ahora, que con cualquier idea chota te hacen seis números, pero acá en cada número hay un montón de ideas, y en el sexto como que todo cierra mejor. El tercer arco es el más desprolijo, porque en el medio se mezcla el crossover con Tomb of Dracula, que está muy bien orquestado (por Marv Wolfman, que era guionista de ToD y coordinador de la revista del Tordo), pero básicamente Englehart cuenta tres historias extensas, repletas de peligros a todo o nada para el facultativo, Clea y Wong. Después Wolfman empieza a escribir Doctor Strange y se decanta por aventuras más breves, de dos episodios, ninguna brillante y una (la del Bicentenario de la independencia de EEUU) francamente chota. Jim Starlin aporta una trilogía limadísima, con volteretas impredecibles para el Ancient One y más entidades cósmicas de las humanamente digeribles, y en los tres últimos episodios del tomo lo tenemos a un primerizo Roger Stern que primero resuelve lo que Starlin deja medio colgado y finalmente aporta un unitario de escasísima trascendencia. Faltan bastantes números para que esta serie recupere la jerarquía de sus inicios, y eso sucede ya entrado el cuarto Essential. En cuanto a los dibujantes, acá nos damos todos los lujos. Primero, el incomparable Frank Brunner, desaforado, ido al hiper-carajo, con unas tintas magníficas de Dick Giordano. Esto en blanco y negro es una orgía de emociones, magia en estado puro. Brunner dibuja apenas seis números (y muchas portadas) y después vuelve un ídolo, un dibujante fundamental para esta serie: el maestro Gene Colan, probablemente el dibujante de esta época que más se beneficia del paso de color a blanco y negro. Y encima con otro entintador de lujo, el imbatible Tom Palmer. Cuando se va Colan tenemos un numerito bien dibujado por Alfredo Alcalá, un annual a cargo de un primerizo P. Craig Russell (muy bueno, pero se superará ampliamente a sí mismo cuando haga una remake de esa historia en los ´90), tres números en los que Tom Sutton deja la vida y las tintas de Ernie Chan lo levantan como si tuviera la capa de levitación del Tordo, y para todo lo demás tenemos al magistral Rudy Nebres. A veces como dibujante y entintador, a veces solo como entintador de Jim Starlin y en un episodio hasta lo ponen a entintar al fiambre de Al Milgrom. En todos los casos, se impone la línea elegante, generosa, frondosa del sublime artista filipino. Y cuando lo dejan ser él quien plasma el relato en la página, Nebres pela un despliegue visual que no tiene nada que envidiarle a las genialidades que nos ofrecieran Brunner y Colan. Con ese nivel de dibujantes (que, como siempre digo, se disfrutan mucho más sin los colores espantosos de los comic books de los ´70), las historias podrían ser un aborto talidómico y aún así me animaría a recomendar el libro. Pero encima la mayoría de las historias son de dignas para arriba y hay muchos momentos que los fans de Strange atesoramos por siempre. Te tiene que gustar la sanata mística, mezclada con la sanata cósmica. Y bancarte a un protagonista frío, distante, que no hace el menor esfuerzo para que los lectores lo quieran, más allá del de salvar una y otra vez al universo entero, o a la realidad misma. Si eso te cierra, este trip a los ´70 te va a resultar cautivante y memorable. Y si no, siempre está la etapa clásica de Stan Lee y Steve Ditko, o la ochentosa de Roger Stern, que se ganaron en buena ley el status de hitos en la rica historia comiquera de Marvel. Gracias por la magia y que el Vishanti esté con ustedes,