el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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jueves, 2 de enero de 2014

02/ 01: EMILIA/O

Este álbum es el Vol.5 de la colección Puta Mili (que supongo habrá consistido básicamente de reediciones de Historias de la Puta Mili, la popular serie de humor anti-castrense iniciada en 1986 por Ivá) y además podría ser considerado el Vol.0 de La Parejita, la magnífica serie de Manel Fontdevila con la que nos encontramos allá por el 15/03/12. En estas 60 páginas realizadas entre 1993 y 1994 están las primeras apariciones de Emilia y Mauricio, que en ese entonces ya eran una pareja inseparable y hoy, 20 años después, siguen juntos en las páginas de El Jueves.
El planteo de esta serie es un delirio: Mauricio se tiene que ir a hacer la colimba (“la mili”, en la Madre Patria, donde aún hoy es obligatoria) y Emilia, para no extrañarlo, decide hacerse pasar por varón e inscribirse ella también para hacer la colimba. Con la ayuda de una amiga funcionaria del gobierno, consigue un documento falso, en el que en vez de Emilia se llama Emilio, y ahí va, a ponerse a las órdenes de unos milicos a los que Fontdevila satiriza sin la menor compasión.
Básicamente, Emilia/o le sirve al autor para dos cosas. Por un lado, para desplegar una vasta dosis de humor malalechístico en el que invariablemente salen mal parados los militares y el cura que los asiste en el destacamento. Por otro lado, cuenta las trapisondas que hacen los colimbas, las cosas que inventan para zafar de las órdenes ridículas que les dan sus superiores, para escaparse del cuartel y salir de joda, etc. Este segundo elemento, que es un clásico del humor ya más viejo y reiterativo que Mirtha Legrand, acá recibe una inyección de novedad a través de Emilia. De pronto, uno de los “traviesos reclutas” es una chica, con lo cual cada vez que Mauricio logra zafar de las tareas del colimba, Emilia trata de zafar ella también, para compartir con su novio fogosos encuentros sexuales en los lugares más insólitos.
Los mejores momentos salen del contrapunto entre Emilia y todos sus compañeros, que no saben que es ua mujer disfrazada de varón. A Emilia le dan asco los comentarios pajeros (y el tráfico permanente de revistas con minas en bolas), hace fuerza para no explotar ante los comentarios machistas o misóginos y llega a extremos ridículos para no desnudarse nunca frente a los demás soldados. Y si todo esto te parece medio disparatado o medio boludo, esperá a ver qué hace Emilia con sus tampones usados.
El dibujo de Fontdevila está demasiado bueno para ser de hace 20 años. El inmenso Manel demostraba, ya en sus primeras páginas para El Jueves, un estilo bien definido, un gran manejo del pincel y de la rotring, un talento asombroso para aplicar el color (sospecho que con acuarelas, no con computadora) y ganas de innovar hasta en detalles como el rotulado. A esto hay que agregarle la gran solvencia narrativa de los dibujos, con las secuencias perfectamente planificadas y con el timing ideal para la comedia, los ángulos siempre bien elegidos y un gran criterio para elegir cuándo deshacerse de los marcos de las viñetas, y a veces también de los fondos.
Como ya dije alguna vez, el hecho de que Manel Fontdevila sea virtualmente desconocido en Argentina me parece una injusticia gigantesca, a esta altura una verdadera afrenta, comparable al hecho de que Menem, Cavallo y De la Rúa puedan caminar libremente por la calle como cualquiera de nosotros. Algún día, la injusticia se revertirá y seremos millones los que hablemos maravillas del trabajo de este monstruo inagotable. Mientras tanto y a tono con el tema militar de este libro, acá cavamos una humilde trinchera desde donde hacerle el aguante a este gigante de la historieta humorística, del que sigo encontrando (y disfrutando) obras que no conocía.

jueves, 15 de marzo de 2012

15/ 03: LA PAREJITA Vol.3

El día que se inventó la pareja monogámica (heterosexual o no, es lo mismo), el Infierno abrió una sucursal en cada hogar. No hace falta tener la mala leche ni el talento que tiene Manel Fontdevila para mofarse durante décadas enteras de los pobres pibes (y minas) que conviven con sus parejas. Sobre este tema se ha escrito mucho: desde los mejores poetas de nuestra lengua (con Joaquín Sabina a la cabeza) hasta stand-up comedians con menos gracia que un desalojo, todos le han dedicado su párrafo a los sinsabores de la pareja monogámica que convive bajo un mismo techo, comiéndose garrones uno atrás del otro, sin parar, como si fueran papafritas Lays. Los platos sucios, la bolsa de residuos eternamente instalada en el palier, la peli de Julia Roberts que está a la misma hora que la final de la Champions League, el cumpleaños de la Tía Pocha en Rafael Calzada, la birrita con los amigos que se estiró hasta las tres de la matina, la factura impaga del gas, la factura genocida del teléfono... y eso siempre y cuando no haya hijos de por medio. Con hijos todo esto se potencia hasta el infinito y más allá.
Supongamos que se compruebe científicamente la existencia del amor (cosa bastante improbable): ¿alcanza para justificar semejantes tormentos? ¿Da para elegir día a día quedarse ahí, resistiendo, comiéndose una vez más y ad infinitum los mismos garrones que ayer y anteayer y la semana pasada? Yo soy de los que creen que, si sentís cosas copadas por una persona, no podés ser tan hijo de puta de pedirle que conviva con vos. ¿Y Fontdevila? No estoy tan seguro... No sé si entre tanta sátira despiadada no se le escapa un dejo de ternura. Por ahí, con tantos años de escribir y dibujar las desventuras conyugales de Emilia y Mauricio, se ablandó y terminó por dejarse conmover ante tanto remar de atrás para que la cosa se haga soportable.
Y eso que acá llevaba apenas 200 planchas de su historieta semanal. Me imagino que ahora (con Emilia y Mauricio ya padres) ya les tendrá la suficiente lástima como para tratarlos mejor. Acá, más allá de ese tenue haz de ternura, Fontdevila está muy afilado, dispuesto a no dejar pasar una sóla situación potencialmente graciosa para reirse de estos pobres pibes y de la sociedad chota e injusta en la que les toca vivir. El tema del capitalismo salvaje y la forma en que deforma y pervierte los valores básicos del ser humano también se cuela a menudo en la tira y contamina (o en realidad, termina de explicar) a la comedia costumbrista. El gran Manel (la bestia mide más de dos metros y debe pesar cerca de 130 kilos) demuestra ser un especialista en ambas lides, la de la sátira social y la de la comedia. Para descollar en esta última, combina perfectamente los dos elementos fundamentales: constante renovación de las situaciones y minuciosa (y excelente) construcción de los personajes. Y a diferencia de las grandes sitcoms yankis, se zarpa a full a la hora de incorporar la temática sexual al oprobioso panorama de la vida en pareja de los protagonistas.
A nivel gráfico, Fontdevila es el más consumado heredero de lo que se conoce como la Escuela Bruguera. Por supuesto, está claro que leyó otras cosas (Yves Chaland, Peter Bagge, Albert Uderzo), pero no necesita homenajear intencionalmente a las historietas de Ibáñez, Vázquez o Escobar (cosa que hace como los dioses en la entrega 173 de la serie) para demostrar que es su mejor alumno y su más legítimo hijo bastardo. Y eso sin hablar de su trabajo con el color, que es realmente maravilloso, casi siempre muy sutil y cada tanto (cuando el guión lo requiere) absolutamente estridente y brutal.
Injustamente desconocida en Argentina, La Parejita es una de las mejores comedias costumbristas de la historia del comic, un feliz antídoto contra los tumores malignos que te salen en el alma cuando compartís casa con la persona con la que alguna vez te emocionó compartir cama.