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martes, 16 de febrero de 2010

16/ 02: CATO ZULU


Bienvenidos al maravilloso mundo de Hugo Pratt. Un mundo donde los fusiles y los chumbos hacen CRACK!, donde los negros no son blancos pintados de marrón, donde todos saben más de lo que dicen, donde los silencios son tan elocuentes como los diálogos y los diálogos son latigazos urticantes y geniales.
Cato Zulú es una típica historieta del Pratt de los ´80. Se publicó en la revista italiana Corto Maltese, dividida en dos sagas: una de 1984 y otra de 1988. El final de la segunda prepara el terreno para una tercera, pero esta jamás aparecerá. En el dibujo se nota claramente la mano de Raffaele “Lele” Vianello, el principal asistente del maestro durante aquella década. Lo vemos en las carretas, en las casas y sobre todo en los caballos, que tienen el toque inconfundible de Lele (perdón si me pongo detallista en esto… son efectos colaterales de haber leído Me Llamo Rojo, la novela de Orhan Pamuk, que aprovecho para recomendarles a los que además de comic consumen literatura). Otro elemento ochentoso presente en esta obra: el misticismo. Cada vez que Pratt metía un elemento místico, algún punto de la trama quedaba sin explicar, y Cato Zulú no es la excepción.
También vemos en esta obra algunos de los elementos comunes a casi toda la obra del gigante veneciano. Primero que nada, la capacidad de convertir un hecho histórico menor, casi olvidado, en la base sobre la que construye un guión excelente. Para eso hay que estar muy canchero en el manejo de la referencia histórica, pero además hay que darle carnadura y relieve a los personajes para que el relato se sostenga. En eso, el Tano era Maradona. Cada soldado inglés, cada colono holandés y cada aborigen africano atrapado en este triángulo mortal es un personaje con peso e identidad propios. Le alcanzan dos diálogos (a veces dos silencios) para pintarlos de cuerpo entero. Y después, cuando estalla el inevitable CRACK! que los convierte en comida para los buitres, el impacto es mucho mayor.
Por supuesto que la visión de Pratt acerca de esta tensa situación donde las alianzas son imposibles (y ni hablar de los gestos humanitarios o solidarios entre las facciones) es absolutamente cínica. Pratt era posmoderno en los ´70 (cuando la posmodernidad ni existía), imaginate qué podría ser en 1988, cuando el mundo entero era posmoderno. Acá no hay héroes ni epopeyas. Hay carroña, saqueo, conjuras y traiciones. Al haber muchos militares, puede parecer una historia de guerra, pero lo es sólo de a ratos. Casi todo el tiempo Pratt se concentra en Milton Cato, un soldado inglés con cara de pato, asentado en la conflictiva Sudáfrica de fines del Siglo XIX, que para no comerse un garrón, decide cortarse solo y convertirse en un renegado que vagará por un terreno bastante peligroso, a ver qué encuentra. Para el final del segundo tramo, el no-héroe se habrá rodeado de un trío de personajes que conformarían un elenco de inmenso potencial… si hubiese un tercer arco argumental.
Como en Tango, Las Helvéticas o Mu, el dibujo del Pratt ochentoso por momentos se vuelve tosco, granguiñolesco. Pero hay que entenderlo como lo entendía él: para el Pratt maduro, el dibujo era una herramienta para contar, casi como la caligrafía para el que sólo escribe. Todo lo que se ve es funcional a la narrativa, que fluye perfecta y ajustada a lo largo de todas esas páginas llenas de cabezas que hablan, algún plano medio y cada tanto, un plano general de las planicies sudafricanas por las que corren los caballos de Vianello con los tipitos de Pratt encima. El color (agregado, como suele suceder, por los franceses) es realmente muy bueno y se complementa a la perfección con ese festival de manchas y pinceladas que nos propone Pratt.
Cato Zulú no es la mejor creación de Hugo Pratt, pero aún así es aventura histórica de alto nivel, con climas, personajes, diálogos y secuencias en las que el maestro deja en claro que, incluso laburando a media máquina, les pasaba el trapo a casi todos.