el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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sábado, 8 de junio de 2024

LOS ESCORPIONES DEL DESIERTO Vol.3

Perdón por postear de manera tan espaciada, y con una única reseña por entrada, pero me topé con una obra de una densidad imprevista, que me tuvo varios días remando en el océano de dulce de leche. El Vol.3 de la edición argentina de Los Escorpiones del Desierto incluye las 145 páginas de "Brisa de Mar", la última historia protagonizada por el Capitán Koinsky que llegó a realizar Hugo Pratt, y que se dio a conocer en 1992. Y esas 145 páginas parecen 500. El argumento en sí es sencillo: Koinsky está en un punto X y debe llegar a un punto Y. El tema es la forma que elige Pratt para narrar ese periplo. A partir de la tercera página, el autor empieza a sumar personajes al elenco de la novela, para poder llevarla al terreno de los diálogos infinitos. A lo largo de las 145 páginas nos encontramos con muchísimos personajes y todos hablan, hablan, hablan... Los diálogos a veces son protocolares (porque son militares de distintos rangos y pertenecen a distintas fuerzas de las que ocupan el África Oriental en 1941, plena Segunda Guerra Mundial), a veces son picantes e ingeniosos y a veces son completamente intrascendentes. Pero los diálogos que más abundan son los especulativos. Pratt -por haber vivido en esa zona en aquellos años- sabe de memoria qué regiones están ocupadas por los alemanes, cuáles por los franceses, cuáles por los ingleses, cuáles por los italianos, dónde hay tribus nativas más cercanas al cristianismo o al islam, y dónde hay árabes, griegos o armenios dedicados a comerciar con las distintas facciones. Y todo el tiempo nos refriega esos conocimientos por la cara, incluso cuando es información que no hace falta para entender lo que sucede. Los personajes, en cambio, manejan esa información de manera incompleta, fragmentada. Así es como buena parte de los diálogos los dedican a contarle a los demás qué les conviene hacer si tal bando desplaza a tal otro de tal posición, si tal facción termina derrotada, o aliada con tal otra, o si tal grupo de soldados decide desertar y ponerle fin a su participación en la guerra. Son tiempos convulsionados, de lealtades volátiles y Pratt vuelca esa confusión en sus personajes, pero no precisamente para sumarle dramatismo o tensión a su relato, sino para llenar páginas y páginas de gente hablando. El personaje de Madame Brezza, por ejemplo, tiene un rol pequeñísimo en la trama, pero Pratt se obsesiona con ella, y la hace aparecer en decenas de secuencias en las que lo único que hace es hablar (de hecho, dice conocer a prácticamente todos los militares con los que se cruzó Koinsky en los tomos anteriores). Además de la sobreabundancia de personajes y de diálogos, el guion adolece sobre todo de falta de ritmo (por momentos se hace soporífero) y ofrece su mejor momento, su escena de mayor impacto, en la página 87, cuando falta muchísimo para el final. Nada de lo que pase después va a generar la misma tensión ni la misma emoción que el ataque de las guerreras dancalí al destacamento y el barco de los alemanes... y ni siquiera es que Pratt le suba demasiado el voltaje a la acción o la violencia en esa secuencia. De hecho, algo que después va a ser relevante para la trama (el capo de los alemanes resulta gravemente herido pero no muere) sucede fuera de cámara, y Pratt nos lo narra después, por supuesto a través de diálogos. Dentro de este gigantesco faux pas, de este interminable laberinto del terror, destaco como positivo que hay dos personajes femeninos fuertes, algo infrecuente en los comics de temática bélica. Madame Brezza es prácticamente un adorno, pero el rol de Ghula es realmente crucial. El resto es una avalancha de datos irrelevantes, larguísimas conversaciones que no van a ningún lado y poca acción, como si el Tano te quisiera subrayar todo el tiempo que él hace lo que se le canta, y que no está creando esta historieta para seducirte o conmoverte a vos, sino porque sí, per codere. La faz gráfica nos presenta al Pratt de los ´90, el que ya encontró una síntesis increíble y desarrolló un dibujo casi caligráfico, resuelto a los santos pedos. Los personajes son tres líneas y dos manchas, los paisajes son dos líneas y tres manchas y todo está contado con los mismos tres o cuatro planos. En ese contexto desentonan brutalmente los vehículos (los autos, el blindado, los barcos) que los asistentes del Tano injertan en las viñetas y que tienen un nivel de detalle y de elaboración muy distinto al del resto del comic. Lo que más se ve en Brisa de Mar, lo que hegemoniza todas estas páginas, son cabezas que hablan, a veces dibujadas muy chiquitas, de manera muy esquemática, porque tienen que compartir viñetas con enormes globos de diálogo, encima escritos con una tipografía bastante chota. El resultado es visualmente muy aburrido, incluso si (como a mí) te gusta el Pratt minimalista que dibuja poco y rápido. Llegué hasta el final con mucha fe, convencido de que Pratt iba a pegarle un volantazo grosso a la trama, que iba a poner sobre la mesa su chapa de Narrador Quintaesencial y sorprenderme con un giro magistral e imprevisto... Nunca llegó. La novela se desinfla poco a poco y ya para el final no le queda ningún atractivo. Una pena, pero esto no se lo puedo recomendar a nadie que no sea talibán de Koinsky y sus andanzas bélicas. Antes de que el Fondo de Cultura Económica empezara a publicar estos álbumes en Argentina, yo tenía incompleta la colección de álbumes de Los Escorpiones del Desierto. Y ahora también, primero porque no va a salir el tomo realizado por Pierre Wazem, y segundo porque no me da para guardar Brisa de Mar en mi biblioteca. Todavía no llegué a esos niveles absurdos de completismo... Nada más, por hoy. Gracias por el aguante y espero volver a postear pronto acá en el blog.

sábado, 5 de agosto de 2023

ERA UN SÁBADO A LA NOCHE

Acá estamos otra vez con algunas reseñas de material que leí estos últimos días. Allá por el 01/06/17 le dediqué un parrafito a Un Fortín en Dancalia, un episodio de Los Escorpiones del Desierto que acababa de leer. Ahora esa misma historieta aparece con el título "Palas dancalí" en el Vol.2 de Los Escorpiones del Desierto publicado por el Fondo de Cultura Económica. Y con cambios muy conspicuos: primero, esta edición en vez de armar la mayoría de las páginas con 12 viñetas, las arma con seis. O sea que la misma historieta ocupa el doble de páginas y cada viñeta se ve mucho más grande. Eso está buenísimo, porque se ve mucho mejor el trabajo de Hugo Pratt, y hasta se nota más la diferencia de trazo en los personajes (dibujados por el Tano) y en los tanques, aviones y jeeps (dibujados por sus asistentes). El otro cambio muy notorio es que acá la traducción está hecha en México, no en España, y lamentablemente en la edición argentina no se les ocurrió reemplazar los modismos mexicanos que aparecen en los diálogos, ni con castellano neutro, ni con modismos de nuestro país. Leer al Teniente Koinsky y el resto de los personajes hablando como si fueran mexicanos es una experiencia bastante frustrante. También, al agrandar mucho las viñetas, cobra mucho peso visual la tipografía que se usó para los diálogos, que no es para nada de mi agrado. Fuera de eso, "Palas dancalí" es una historieta excelente, fruto de un Pratt inspiradísimo. Me detonó el cerebro la aparición de Tenton, el militar que ya había aparecido en Ana de la Jungla (ver reseña del 22/02/23) y en un episodio de Corto Maltés. Creo que no hay otros personajes que atraviesen tres obras distintas de Pratt y esto le da a Tenton una enorme chapa dentro del universo del glorioso autor veneciano. El tomo incluye también una segunda aventura más breve (40 páginas) titulada "El salón del martini seco", que es básicamente un epílogo largo a "Palas dancalí", en el que Pratt nos cuenta cómo sigue la historia de Koinsky y De la Motte, dos de los pocos personajes que llegan vivos al final del primer tramo. Esto tiene un único atractivo que es la entrada en escena de un personaje secundario muy copado, el Mayor Fanfulla (nada que ver con la obra de Pratt que reseñamos el 07/06/15). No mucho más, realmente. Es un argumento breve muy estirado, con muchas secuencias que no hacen avanzar la trama en lo más mínimo, a veces con algo de acción, a veces con larguísimos diálogos que no tienen mayor relevancia para la narración, pero que Pratt utiliza para delinear un como mejor a los personajes. Lo grosso de todo esto es que se editó en Argentina y en libro "Palas dancalí", uno de los momentos realmente potentes de Los Escorpiones del Desierto. El resto, todo sanata. Tengo también el Vol.3 (con las últimas aventuras de Los Escorpiones que llegó a escribir y dibujar Pratt) y prometo leerlo lo antes posible.
Me voy a la hermana República Oriental del Uruguay, donde el año pasado los autores agrupados en la AUCH (Asociación Uruguaya de Creadores de Historieta) iniciaron su segundo arco de cuatro antologías: el primero fue el de las estaciones del año (creo que vimos los cuatro libros, acá en el blog) y ahora vamos con los elementos de la naturaleza, una tetralogía que se inicia con Fuego. Una vez más, convocaron a alguien "de afuera" para que eligiera los trabajos que se incluyen en el álbum, y esta vez la tarea recayó en la autora argentina Paula Andrade. Veamos qué historietas de autores charrúas decidió Paula que tenían que estar en Fuego. La primera historieta, a cargo de Gabriel Cardozo, está bastante bien, excepto por una viñeta de la página 4 que es un calco literal de otra que ya vi en otra historieta que ahora no logro precisar (el problema de leer muchas). La segunda (una de El Viejo, a cargo de Alceo Thrasyvoulou y Richard Ortiz) es brillante, probablemente lo mejor de la antología. Ocho páginas concisas, punzantes, donde no sobra ni falta nada. La tercera, a cargo de Alejandro Rodríguez Juele, no está mal, pero no tiene mucho que ver con el tema del fuego, conecta apenas con la consigna de la antología. Lo mismo pasa con la de Fernando Ramos. Es una muy buena historieta documental, con datos valiosos acerca de cómo el reinado de Pablo Escobar Gaviría sobre el narcotráfico colombiano transformó para siempre a ese país, pero no tiene un choto que ver con la temática del resto del libro. El dibujo, muy pendiente del realismo fotográfico, no me emocionó mucho, pero me doy cuenta que la elección de ese estilo refuerza el carácter documental de la historia que cuenta Ramos. En sus páginas, Fiorella Santana hace gala de su trazo elegante y sugestivo, pero la narrativa se me hizo un poquito confusa y el argumento no me llegó a atrapar. A nivel dibujo, el impacto más fuerte me lo causó Martín Pouso, con su historieta "Lo Chiamano Fuoco", que tiene todo que ver con la consigna del libro. Acá vemos a un autor que maneja las masas negras de una manera increíble, muy original, sin descuidar el equilibrio de la página, a la que le mete también blanco y unos grises alucinantes. Lástima que le falta un poco de claridad en el relato, en el armado de las secuencias. El resto, muy grosso. Otro dibujante técnicamente zarpado pero al que le cuesta la parte de narrar con imágenes es Maan House, quien aparece con una historia escrita por Silvio Galizzi, bien oscura, fuerte, una fantasía dark bien pensada, pero que no se termina de disfrutar por esta falta de fluidez en el relato, que parece estar compuesto por fotos, más que por cuadritos de historieta. Y cierro con una nueva colaboración entre Rodolfo Santullo y Guillermo Hansz (ya vimos varias acá en el blog), quienes se proponen recontar en son de joda el mito de Prometeo, el hombre que le robó el fuego a los dioses del Olimpo. El dibujo de Hansz es siempre muy efectivo y varios chistes (no todos) me causaron gracia, así que está bien. La edición es muy linda, la portada de Richard Ortiz es excelente, y en general es una antología disfrutable, un buen punto de entrada para el que no sabe un carajo de historieta uruguaya y quiere empezar a explorar qué es lo que se está produciendo hoy en la otra orilla del Río de la Plata. Nada más, por hoy. Gracias por estar y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas.

miércoles, 22 de febrero de 2023

PIBAS AVENTURERAS

Tengo dos libros para reseñar y los dos son aventuras protagonizadas por chicas de unos 13 años. Y las dos se gestaron en Argentina. Empiezo en 1959, cuando Hugo Pratt debuta como autor integral en la revista argentina Supertotem, con Ana de la Jungla (también conocida como Ann y Dann). Esta es una obra que va a tener un largo recorrido dentro y fuera de nuestro país, y hasta se va a republicar a todo color en la revista Billiken. Estas cuatro aventuras breves que integran el álbum son muy leídas y estudiadas por los especialistas en la obra de Pratt, porque acá es donde el maestro fusiona todo y preanuncia mucho de lo que vamos a ver más tarde, tanto en los álbumes de Corto Maltés como en los de Los Escorpiones del Desierto. Acá están las vivencias africanas que acumuló Pratt en su adolescencia, su amor por las tiras clásicas de los diarios yankis (básicamente Tim Tyler´s Luck y Terry and the Pirates), las novelas de H. Rider Haggard, la fascinación por las guerras mundiales (en este caso la primera, que estalla durante el cuarto y último episodio), el recurso del realismo mágico (es decir, la irrupción de elementos fantásticos en un contexto básicamente realista), el tema de las peripecias en parajes exóticos con adolescentes involucrados (algo que va a volver en Corto Maltés) y, por supuesto, las lecciones de guion aprendidas en los años de trabajo junto a Héctor G. Oesterheld. Incluso en estas páginas aparecen por primera vez personajes que van a resurgir en décadas posteriores, para encontrarse con Corto Maltés o los soldados del Teniente Koinsky. De alguna manera extraña, Ana de la Jungla es una especie de piedra angular del Universo Pratt, y probablemente ese sea su principal atractivo. En cuanto a las aventuras en sí, me resultaron un poquito simplistas, poco profundas, muy pensadas para el público infanto-juvenil de aquel entonces. Dos de ellas se parecen bastante entre sí, y la que más me interesó (El Brujo de Ujiji) está resuelta de un modo tan ramplón, tan perezoso, que en vez de explotar se desinfla. Pero hay una buena construcción de personajes y algún atisbo de ese cinismo, esa posmodernidad avant la lettre que va a ser característica de las grandes anti-epopeyas prattianas. El dibujo está bien, muy contenido por la gran cantidad de cuadros que el maestro mete en cada página, y todavía bastante pegado a la influencia suprema de Milton Caniff, a quien por momentos le afana secuencias enteras. Se supone que Pratt empezó estas aventuras en Argentina (en paralelo a sus últimas colaboraciones con la editorial Frontera) y las terminó en Inglaterra, así que es poco probable que haya contado con la ayuda de un equipo de asistentes. Los mejores dibujos llegan cuando irrumpen en la página esas viñetas mudas con indígenas africanos listos para atacar a los protagonistas. Y lo peor es ese gorila del último episodio, que parece haber sido dibujado por el Tano de memoria, sin documentación fotográfica a mano. Ana de la Jungla está bueno para estudiar la transición de Pratt de dibujante a autor integral. Para divertirse un rato con buenas historias, se me ocurren varias obras del Tano mucho más interesantes que esta. Habrá más Hugo Pratt pronto en el blog.
En 2022 se publicó en Argentina un librito de 70 páginas que recopila las tiras de ¡Superpiba!, creadas unos años antes por Javier Russo y Emiliano Urich y publicadas (entre otros medios) en el sitio web de Comiqueando. Lamentablemente, en el paso al libro las tiras perdieron el color, reemplazado por unas tramas de grises que no son un espanto, pero que no tienen el atractivo del color original. El dibujo de Urich se disfruta bastante, siempre ahí, en la brecha, haciendo equilibrio entre un trazo más humorístico y uno más aventurero, y con un problema fundamental, que no logra resolver en todo el libro, que es la gran cantidad de elementos que tiene que meter en cada viñeta: personajes, fondos, diálogos a veces MUY extensos... Todo hace que cada cuadrito se vea muy sobrecargado de cosas apretadas unas contra las otras. Está claro que el formato de la tira, especialmente para relatos de aventuras, le impone a los dibujantes una cantidad de desafíos narrativos muy bravos, capaces de descolocar a unos cuantos. Los guiones de Russo también se pueden definir por esa sobrecarga de elementos. Cuando la tira recién arranca y todavía no sabés si va a ser de aventuras o de chistes con un remate en el último cuadrito, ya aparecieron villanos, personajes secundarios y peripecias extremas. Para cuando van 60 tiras, los personajes ya viajaron en el tiempo a otras épocas, se encontraron con versiones de ellos mismos del futuro, con alienígenas... un kilombo bárbaro, como si estuviéramos en el nº25 o 30 de una serie regular de algún superhéroe yanki. Y en la segunda aventura, la acción los lleva a Perú, a España, de nuevo a otras épocas... y en todas partes se suman nuevos personajes al elenco, algunos creados por Russo y Urich, y otros prestados por otros autores, como El Chispa, Sónoman o Zipi y Zape. Así se arma un maremagnum argumental, con personajes que entran y salen de escena sin llegar a desarrollarse o explicarse, y cuyo aporte a la trama a veces es mínimo. Incluso lo que parece ser el conflicto central contra los villanos se interrumpe para una serie de tiras donde todo gira en torno a unos snacks aptos para celíacos, una especie de publicidad encubierta bastante grotesca. Nada, es como si la brújula apuntara a varios nortes a la vez y el autor quisiera ir hacia todos ellos al mismo tiempo. No se puede. O quizás sí, pero requiere un dominio del oficio bastante superior. A ¡Superpiba! le sobró un toque de ambición. Por ahí esto mismo contado a un ritmo más lento, que permitiera "cocinar" mejor cada situación y cada personaje, funcionaría mejor y se entendería mejor. Así, con tantas cosas tan apretadas en tan poco espacio, hasta los chistes realmente ingeniosos (que hay unos cuantos) se pierden un poco en el kilombo. Y hasta acá llegamos. Sigo adelante con las lecturas para tener a la brevedad nuevos libros que reseñar acá en el blog. Gracias y hasta entonces.

viernes, 24 de abril de 2020

VIERNES DE CLASICOS

Sigue la cuarentena (a esta altura ya “cuareterna”), sigue el encierro y sigo leyendo comics, que más temprano que tarde tendrán su reseña en este espacio.
Hoy empiezo con El Oro de Cush, el segundo álbum de Los Escorpiones del Desierto, escrito y dibujado por el inolvidable Hugo Pratt allá por 1975-1976. O sea que va en el medio entre el que vimos hace tres años, el 24/04/17, y el que vimos poco después, el 01/06/17. Este es un tomo particularmente notable porque uno de los personajes dice haber sido amigo de Corto Maltés, con lo cual se estructura (de modo tibio, aclaremos) una continuidad compartida por las dos series que Pratt llevaba adelante en los ´70 y ´80.
Básicamente, este breve historia de apenas 39 páginas narra la búsqueda de un tesoro. Sí, otro álbum de Hugo Pratt en el que los protagonistas buscan un cofre lleno de oro, encanutado en un lugar recóndito, en medio de una geografía hostil y una situación extrema, en este caso la Segunda Guerra Mundial. Pero hay más elementos que enriquecen muchísimo esta premisa. Quienes van tras el oro son dos militares de bandos opuestos: un italiano y un polaco que pelea para el bando británico, y la evolución de esta improbable alianza entre supuestos enemigos es –lejos- lo más atractivo del relato propuesto por el glorioso Tano. Podría no ser parte de la serie Los Escorpiones del Desierto, porque el único de los Escorpiones con un mínimo peso en la trama es el Teniente Koinsky, y además el rol que acá cumple el polaco lo podría haber cumplido cualquier otro aventurero. Incluso el propio Corto Maltés.
El guerrero dancalo Cush, cuyo nombre aparece en el título del álbum, entra en escena pasada la mitad del tomo, y su aporte va a ser bastante secundario. Recién cinco páginas antes del final, Pratt va a revelar el juego y a dejar en claro qué sentido tenía que este africano parco y taciturno (el amigo de Corto) se uniera a Koinsky y a Stella, el militar italiano… que también podría haber sido cualquier otro aventurero, aunque su personalidad está mucho mejor trabajada incluso que la de personajes a los que Pratt pensó para protagonizar en solitario álbumes más extensos que este.
La trama está muy bien orquestada, el ritmo es (típico de Pratt) muy pachorro, los diálogos son buenísimos, y lo único que falta es un buen personaje femenino, un rubro en el que el Tano siempre se sacó buena nota. Acá hay una mujer importante para la historia, pero será un personaje ausente, casi un espejismo. Ni hace falta hablar de la calidad del dibujo, porque ya señalé que esto es de mediados de los ´70, época mágica y milagrosa de Pratt, en la que todo lo que tocaba se convertía en oro. Esta edición tiene el color que le agregaron los editores franceses (más que aceptable) y una calidad de impresión muy chota, muy precaria, que no le hace justicia a la gran historia de Koinsky, Stella, Crush y el cofre lleno de oro escondido en pleno desierto africano, justo cuando los ingleses preparan el embate final contra las posiciones italianas en Etiopía. Nunca es tarde para encontrarlo y desenterrarlo.
Y volví a leer una novela gráfica del año 1984, que seguro leí alguna vez en mi juventud, pero de la que no me acordaba absolutamente NADA. Me refiero a Heartburst, la primera obra importante del maestro Rick Veitch, aquel aventajado alumno de Joe Kubert que desde principios de los ´80 empezó a ganar espacio en distintas antologías.
Heartburst es un relato clásico de rito iniciático, en el que el pibe pelotudo y malcriado se convierte paso a paso en un héroe, en un tipo muy capo, muy valiente, con enormes responsabilidades a cuestas. Algo que ya leímos chotocientas mil veces, pero muy bien matizado con una ambientación futurista, en un planeta que conoce a la cultura de la Tierra a través de programas de TV de los más chotos, y por supuesto con acción, aventura, sexo, misticismo y bajada de línea socio-política para el lado correcto. Muy por encima del gaste irónico a la ínfima calidad de la programación televisiva, Veitch machaca fuerte sobre el tema de la intolerancia, la supresión del distinto, la alienación, la represión de ideas que podrían mejorar notoriamente la vida de los pueblos… todo para cumplir los caprichos de un gobernante totalitario, apoyado por milicos fachos, fans de la violencia, la tortura y el exterminio de razas enteras. No estoy mencionando nada que no fuera moneda corriente en el comic para adultos de los ´80, pero bueno, lo único realmente jugado que tiene Heartburst es que lo publicó Marvel, una editorial donde los contenidos generalmente van para otro lado.
Con sus peripecias al límite, su bajada de línea y el excelente desarrollo del personaje protagónico, Heartburst te ofrece casi 50 páginas de un entretenimiento intenso, muy digno, con la capacidad de dejarte pensando cuando la historieta se termina. Veitch dibuja muy bien, como si quisiera fusionar el estilo de Kubert con el de Richard Corben, y en ese intento aparece con fuerza el estilo que le vamos a ver mucho más asentado en sus obras posteriores. El manejo del color es muchísimo más arriesgado que el del dibujo y quizás para el ojo del lector actual puede resultar medio bizarro. Pero en el contexto de mediados de los ´80, se la recontra-banca. Y en la puesta en página también, lo vemos a Veitch ensayar trucos de magia de los que después van a maravillar a los lectores de sus trabajos más populares, o más rupturistas. Si sos fan de este ídolo (hoy medio en retirada) no tengo dudas de que Heartburst te va a emocionar, o por lo menos a impactar.
Nada más por hoy, la seguimos pronto.
  

jueves, 1 de junio de 2017

TRES DE JUEVES

Vamos con algunas reseñitas más.
Salió el Vol.17 de Bakuman y obviamente me lo bajé ni bien lo levanté de la batea de la comiquería donde suelo comprarlo. El tomo tiene el peor principio posible: un enemigo al que los Muto Ahirogi ya derrotaron vuelve recargado, con un plan mejor y más maligno para aplastar a nuestro jóvenes mangakas favoritos. –No, no me hinchés las bolas… ¿con qué necesidad?... –Pero bancá, porque a partir de la consigna más chota imaginable, Tsugumi Ohba y Takeshi Obata desarrollan un arco argumental BRILLANTE, lleno de momentos impactantes, momentos emocionantes, giros impredecibles… Cuando una serie es perfecta, se puede dar estos lujos: arrancar con una jugada obvia, remanida… y darla vuelta en el aire para convertirla en una historia excelente. El villano cobra chapa, los Muto Ashirogi la rompen, el nunca bien ponderado Akira Hattori demuestra una vez más lo clara que la tiene, por fin el guión de Ohba explota un poco más el legado del tío mangaka de Mashiro, y la historia de amor (quizás lo único medio pedorro de los primeros tomos de la serie) sigue allá lejos, en octavo o noveno plano.
Bakuman, el manga de amor al manga, el shonen para acabar con todos los shonen, sigue allá arriba, con guiones y dibujos insuperables y, como siempre, una buena traducción por parte de Nathalia Ferrera que hace sumamente disfrutables los abundantes diálogos que caracterizan a esta serie. No te puedo explicar cómo la voy a extrañar cuando se termine ni la bronca que me da que los tomos salgan tan espaciados.
El año pasado, para festejar los 200 años de la delaración de la Independencia argentina, se editó en Tucumán la antología Bicentenario Fantástico, en la que participan los integrantes de un colectivo de autores llamado La Marca de Caín, con varias historietas cuya consigna es agregarle elementos fantásticos a los sucesos más importantes de la historia de nuestro país. Así, el general Belgrano interactúa con un vampiro, San Martín con zombies, los congresales de 1816 con alienígenas, Perón y Evita con mechas onda Gundam, los soldados de Malvinas con naves que parecen de Star Wars… Se entiende, no?
La idea no está mal. Es bizarra, pero con bastante potencial. La realización, en cambio, me resultó bastante precaria. Los guiones tienen poca fuerza, les falta timing… Ninguno me terminó de convencer. Y entre los dibujantes hay algunos rescatables. Emanuel Molina hace un trabajo bastante aceptable, con cierta influencia de Salvador Sanz. Rodolfo Paz muestra un muy buen manejo del claroscuro y buen criterio para la narrativa. Lo de Malena Villafañe y Arcade es raro, desparejo, con momentos realmente grossos y puntos muy bajos en una misma historieta. Y también con varios problemas en la narrativa y en la aplicación de los grises, me pareció interesante el dibujo de Brenda Cruz Villacorta, muy influenciado por Matsuri Hino. Ojalá los chicos y chicas de La Marca de Caín sigan generando nuevas y mejores historietas allá en Tucumán, una ciudad con bastante tradición comiquera.
Finalmente, después de aquel primer desencuentro amoroso, le di otra chance a Los Escorpiones del Desierto de Hugo Pratt, con otro librito que conseguí muy barato en Chile, el año pasado: Un Fortín en Dancalia, título de 1982 que, a diferencia del que vimos el 24/04/17, está pensado como una breve novela gráfica, con una única (y excelente) línea argumental.
Esta vez sí, Pratt logra hacer lo que más sabe: nutrirse de un conflicto bélico real para crear una historia 100% verosímil, humana, donde lo que importa son los personajes. Y la verdad que a Un Fortín en Dancalia le sobran los personajes cautivantes. Además, la trama en sí es muy ganchera, los diálogos están afiladísimos, la grilla de 12 viñetas iguales (que Pratt conserva en la gran mayoría de las páginas) resulta un elemento formidable para la narrativa controlada a nivel molecular, y el trazo del Tano, aún coloreado por los franceses, remite como pocas veces a la estética de Milton Caniff y Roy Crane, que tan bien encaja con los relatos de la Segunda Guerra Mundial. Así, sí.
Prometo volver pronto con nuevas reseñas y aprovecho para invitar a los amigos cordobeses a la tercera edición de Docta Comics, donde voy a estar entre el jueves 8 y el sábado 10 de este mes. ¡La seguimos en cualquier momento!

lunes, 24 de abril de 2017

TARDE DE LUNES

Tengo varios libritos leídos como para reseñar. Veamos hasta donde llegamos…
El Vol.1 de Los Escorpiones del Desierto, del maestro Hugo Pratt, es uno de esos comics que mil veces me pasaron frente a la nariz, y mil veces dije “nah, no me ceba demasiado, mejor me compro otra cosa”. Finalmente lo vi el año pasado muy barato en una librería de usados en Santiago de Chile y dije “ya fue, me lo llevo”. Tenía razón yo: no me ceba demasiado.
Estas historietas de 1973, realizadas por Pratt para el semanario Tintin, son aventuras bélicas clásicas, donde los valientes muchachos del bando aliado le escupen sistemáticamente el asado a las milicias italianas apostadas en África durante la Segunda Guerra Mundial. Hay algunos personajes bien desarrollados y UN argumento muy logrado (el de Kord). Pero nada que me emocione demasiado. Es para tenerla sólo por los dibujos, que están buenísimos (lógico: esto es de la mejor época de Pratt a nivel gráfico).
Lo que más me sorprendió (además la pésima calidad de la edición española de los ´80) es la cantidad de texto, la extensión de los bloques de texto y de algunos diálogos. Una cosa muy loca que ya le había visto hacer a Pratt, acá me pegó más fuerte. Aparece un personaje nuevo, una mina que es espía. Entabla un diálogo con los protagonistas en un viaje en tren, y en pocas viñetas te cuenta dónde nació, qué estudió, en qué universidad, hasta cuándo vivió ensu ciudad natal, por qué se fue, con quién se casó, cómo terminó esa relación, cómo se hizo espía… todo con nombres, apellidos, fechas y chotocientos detalles más. En un momento pensás “ah, bueno, toda esta data debe ser relevante para la resolución del argumento, si no Pratt no la pondría”. Pero no. Diez páginas después, la minita es boleta y nada de lo que nos narró afecta a la trama en lo más mínimo. Ahí entendí que todo ese secret origin del personaje está ahí para dar un efecto de realismo, porque –es posta- cuando la gente del mundo real entabla un diálogo en un viaje largo, casi involuntariamente intercambia data acerca de su vida, de su pasado, de lo que hace o hizo, etc. ¿Está mal que los personajes de historieta también lo hagan? ¿O todo lo que dice un personaje tiene que estar ahí en función de la historia? No sé, no me decido por una respuesta…
Me voy a EEUU, de la mano del Vol.3 de Catwoman que va justo después del Vol.4 que vimos el 08/05/15. ¿El 3 va después del 4? Sí, esta es otra edición que trae más episodios por tomo. De hecho, en este mega-broli (más de 300 páginas) está completo el último año de Ed Brubaker al frente de la serie, todo material que no se había recopilado en los TPBs anteriores.
A nivel argumental, esto está lejos de los mejores trabajos de Brubaker. El guionista insiste con Philo Zeiss, el villano que había creado durante su paso por la revista de Batman (lo vimos en la reseña del 15/02/11), suma a más capos mafiosos de los que pululan por Gotham y se va medio al carajo con una saguita con onda “realismo mágico, romance y cimitarras ” en la que resuelve el plot de los chabones vestidos con túnicas y turbantes árabes que venía del tomo anterior. En el último tramo, tenemos tres episodios muy vinculados a la saga War Games, por la que desfilan un montón de personajes (buenos y malos) de Gotham City en una aventura que a Selina realmente la afecta poco y nada. Y después viene un unitario casi sin piñas ni patadas, en el que Brubaker cierra su etapa al frente de esta serie.
Lo grosso de todo esto es cómo el guionista encuentra espacios para trabajar lo que a él más le interesa, que es el desarrollo de los personajes. Selina, Slam Bradley, Holly Robinson, en menor medida Leslie Thompkins… todos salen profundamente transformados después del paso de Brubaker por la serie. Como siempre digo, Catwoman me gusta más como villana que como justiciera, pero Brubaker se esfuerza por subrayar que, pase lo que pase, Selina no va a ser nunca una heroína. La mina tiene sus propios códigos, sus propios métodos (que no son los de Batman), y una consigna también muy propia, que es la defensa del barrio más pobre y más heavy de Gotham. Hasta en estos últimos episodios, donde se des-enfatiza bastante la onda “serie negra”, Catwoman se niega a ajustarse al molde de la heroína tradicional. Y eso es lo que la mantiene interesante.
Obviamente suma muchísimo que 10 de los 12 episodios tengan como dibujante al maestro Paul Gulacy, siempre infalible en la narrativa, generoso en los fondos, jugado en las expresiones faciales, impactante en el manejo de las escenas de acción. Y uno de los suplentes es nada menos que Sean Phillips, el compañero perfecto de Brubaker, al que le toca un episodio sin machaca, totalmente introspectivo, centrado en una cita romántica entre Selina y Bruce Wayne, que es de lo mejor que tiene para ofrecernos este tomo.
Si sos muy fan de Catwoman, podés seguir esa serie más allá del nº37, que es el último de Brubaker. Si lo que te atrae es el laburo de este prócer del guión, bajate en esta parada y despedite de la gata de Gotham, que nunca volvió a protagonizar historias a este nivel.
Volvemos pronto con más reseñas. ¡Hasta entonces!

jueves, 26 de enero de 2017

TRES DE TRASNOCHE

Debía desde principios de Diciembre la reseña del Vol.2 de Terra Obscura, y acá está.
No hay mucho para agregar a lo ya dicho cuando comentamos el Vol.1 (02/12/16), pero bueno… Alan Moore y Peter Hogan nos cuentan en más de 130 páginas una historia que daba para ser condensada en… 64 páginas como mucho, y sin embargo se hace llevadera porque la estiran con algo que les sale bárbaro, que es el desarrollo de personajes. Tom Strange, Pantha y Diana se llevan los roles protagónicos y eclipsan bastante al resto del elenco, mientras reciben un trato excelente por parte de los guionistas, que nos logran convencer de que son seres tridimensionales. Los flashbacks al pasado de los personajes están perfectamente intercalados, los diálogos son redonditos… todo muy lindo. No al nivel de las obras fundamentales del Mago de Northampton, pero muy bien.
El dibujo de Yanick Paquette está mejor que en el Vol.1, pero todavía le falta un poco más de impronta personal. Este es un Paquette todavía muy pegado a esa estética tipo Terry Dodson, con las mujeres excesivamente tetonas, complementado con unas tintas de Karl Story que hacen que algunos rostros parezcan dibujados por Kevin Nowlan y otros por Chris Sprouse. Obviamente estamos hablando de influencias que provienen de muy buenos dibujantes, con lo cual está claro que todo se ve muy bien, y además el canadiense no falla en la narrativa ni se tira a chanta con los fondos. Si alguna vez te imaginaste cómo sería la Justice Society escrita por Alan Moore, en Terra Obscura vas a encontrar las respuestas.
Relatos de Guerra del Teniente Koinsky complia dos historietas de 22 páginas escritas y dibujadas por el maestro Hugo Pratt… probablemente en la segunda mitad de los ´70, aunque en la edición española no hay ningún dato al respecto. El título, además, es medio un engaña-pichanga porque Koinsky (protagonista de Los Escorpiones del Desierto) no aparece ni a saludar.
Estas historias se parecen más a las de Ernie Pike, en el sentido de que narran acciones bélicas de la Segunda Guerra Mundial, sin indagar mucho en los personajes que las protagonizan. Sin embargo, el Tano Pratt se las ingenia para meter pinceladas de caracterización y hasta un cierto humor, incluso en el contexto adverso en el que suceden los hechos. La primera historia transcurre en la selva, entre Birmania y Siam, y los protagonistas son un comando aliado que combate con los japoneses. En la segunda, australianos y neozelandeses se enfrentan a los alemanes en el desierto del norte de África.
Los argumentos están tomados de hechos reales, siempre con la guerra como verdadero villano, siempre con los muchachos del Eje haciendo gala de una puntería sólo comparable con la de Pato Bullrich después de una damajuana de tinto. En la primera historia, además, Pratt ensaya un jueguito de “hechos alternativos”, de una realidad que resulta no ser la realidad. Y le sale muy bien. En la segunda historia, mientras tanto, brilla el talento para dibujar vehículos y maquinaria bélica de los asistentes del Tano, que la tenían clarísima. El dibujo del maestro, impecable de punta a punta, en el equilibrio justo entre el realismo aventurero y la síntesis.
Cierro con The Coverman, una novela gráfica de 2016, escrita por Ariel Grichener y dibujada por Sebastián Sala, la dupla con la que nos cruzáramos el 13/02/15. La trama gira en torno al clásico pacto faustiano y además incorpora varios elementos metafísicos y religiosos que ya son un clásico en el comic: ángeles, demonios, purgatorio, infierno, etc. También el tema del rock´n roll, aunque (como la historieta no tiene sonido) no se llega a explotar todo su potencial, y un elemento que sí rinde mucho que es la ambientación tipo road movie que tiene el guión.
Entre eso, la acción y la atención por los climas, Grichener nos mantiene bastante involucrados hasta el final, aunque nos hagan ruido esos diálogos escritos en “imitación del castellano neutro de las películas yankis mal dobladas en Centroamérica”. El dibujo de Sala es dinámico, está apoyado en el claroscuro como principal recurso expresivo, y complementado con una correcta aplicación de grises en el Photoshop. Ni el guión ni el dibujo son recontra-originales, pero –si no lo agarrás convencido de que vas a leer una obra maestra- The Coverman no decepciona en lo más mínimo.
Gracias por el aguante y nos reencontramos ni bien tenga más libros leídos.

domingo, 7 de junio de 2015

07/ 06: FANFULLA

Otra vez me lo encuentro al guionista Mino Milani al frente de una aventura ambientada en el medioevo, esta vez acompañado nada menos que del maestro Hugo Pratt. Las 46 páginas de Fanfulla se publicaron originalmente en Il Corriere dei Piccoli, en 1967, es decir, en simultáneo con la primera aventura de Corto Maltés. Como su nombre lo indica, Il Corriere dei Piccoli era una revista para chicos y ese detalle jerarquiza de alguna manera a esta historia, porque el guión no condesciende en ningún momento, no se hace didáctico, ni excesivamente simplista ni sobre-explica nada de lo que está pasando. Es un guión que no te falta el respeto si lo leés ya de adulto.
La aventura se inicia durante el famoso saqueo de Roma, donde ya estuvimos de la mano de Dago allá por el 30/06/13. Y nos cuenta ese suceso desde la óptica contraria: Fanfulla es uno de los invasores, quizás el único al que le da asco ver a los hombres reducidos a bestias carroñeras a las que sólo les interesa robar, matar y violar. Pero transcurridas apenas siete páginas, el episodio de Roma será apenas un prólogo, algo menor, que se podría haber contado más adelante a modo de flashback, porque la historia de Fanfulla arranca para otro lado. El núcleo de la trama gira en torno a la resistencia de la ciudad de Florencia frente al embate de estas tropas de mercenarios saqueadores y la idea es resolverlo no desde el conflicto bélico sino desde la intriga palaciega. Las batallas tendrán su peso, pero sucederán básicamente “fuera de cámara”, mientras que el guión se centrará mucho más en las personas: Fanfulla, sus aliados y algún traidor infiltrado entre este grupito que lidera la resistencia.
Hasta ahí todo bien, hasta que se te ocurre abrir el libro. Y enseguida te asaltan dos realidades desoladoras: por un lado, la cantidad de viñetas por página que tiene esta “álbum” y por el otro –pero conformando un team-up casi perverso con lo anterior- la cantidad de texto que mandó Milani en cada viñeta. Esto está pensado para que le dediques mucho tiempo de lectura, porque en todos los cuadritos hay personajes que hablan, y a veces también hay bloques de texto que –por suerte- no repiten lo mismo que nos muestran las imágenes.
Para 1967, Pratt ya estaba acostumbrado a llenar páginas con viñetas microscópicas. Era (para mi gusto) el autor que mejor se movía en los limitadísimos confines de la página dividida en cuatro tiras de viñetas. Y acá lo vemos dibujar CINCO tiras de viñetas en casi todas las páginas, un atractivo que tiene más que ver con la filatelia que con el comic, porque más que cuadros de historieta parecen estampillitas con diálogos. Cuando Pratt “se rebela” y mete un cuadro más grande, se ve obligado a compensar y rodearlo de un montón de cuadritos aún más chiquitos que los normales y el resultado es muy poco atractivo.
Para hacer todo un poquito más triste, justo en este trabajo a Pratt se le ocurre probar un estilo “más libre”. Eso significa que el Tano empieza a definir figuras con poquísimos trazos, a veces con manchas y a veces simplemente con líneas, muy rústicas, muy básicas. Ni siquiera cuando tiene que dibujar paisajes Pratt se pone las pilas para crear imágenes más sofisticadas. Se ve que tenía poca guita para contratar asistentes… Y como además hay millones de cuadros por página, todos muy chiquititos, el veneciano opta por dibujar principalmente cabecitas, con lo cual vemos poca variación de planos. Hay algunos dibujos más jugados, donde Pratt propone figuras más grandes, en poses más atractivas, o primeros planos resueltos con un poco más de detalle y de expresividad. Pero en general es un laburo de esos que Pratt “sacaba con fritas”, en el que su genialidad gráfica aparece sólo de a breves chipazos.
Como para sintetizar, si sos muy fan de Hugo Pratt y lo bancás en todas, supongo que esto ya lo tenés porque se editó en España a principios de los ´80 y circuló bastante por nuestro país. Y si sos un poco más selectivo y querés reunir sólo aquellas obras del prolífico autor donde realmente dé cátedra ya sea en guiones o en dibujos, este es un trabajo que podés dejar pasar sin mayor inconveniente.

lunes, 13 de mayo de 2013

13/ 05: EL AVENTURERO DEL CARIBE

Allá por 1976, la editorial italiana Sergio Bonelli lanzó una colección de 30 álbumes lujosamente editados, llamada Un Uomo, Una Avventura. Cada tomo era autoconclusivo, presentaba a un protagonista masculino al frente de una aventura en algún lugar exótico y llevaba la firma de alguno de los grandes maestros de la historieta italiana. El inmenso Hugo Pratt firmó cuatro de esos álbumes: L'uomo dei Caraibi (1977), L'uomo del Sertao (1978), L'uomo della Somalia (1979) y L'uomo del grande nord (1980). En España no se publicaron los 30 tomos, pero sí los cuatro de Pratt, que se conocen en nuestro idioma como El Aventurero del Caribe, La Macumba del Gringo, Al Oeste del Edén y Jesuita Joe.
El Aventurero del Caribe (también conocida como Svend), tiene apenas 43 páginas y nos lleva –como su nombre lo indica- a los mares del Caribe, a la década del ´30 del siglo pasado. El protagonista es un arquetipo, apenas definido: un tipo cínico, de ascendencia europea, que se gana la vida a bordo de un barquito que recorre las islas, llevando gente o cargamentos y sobre todo sin hacer preguntas. Recién para el tercio final de la obra, se jugará por algo que trascienda lo material: un amigo que se come un garrón injustificado y una causa política, la de los revolucionarios liderados por Piel Negra, jefe de la insurrección en la Gran Antilla. Svend es un tipo que prefiere el cálculo a la acción y el humor sarcástico al diálogo abierto y sin tapujos, y sólo apretará el gatillo de su pistola dos páginas antes del final.
El argumento delineado por Pratt es prolijo, coherente y está muy bien llevado. Por ahí no es mega-original (o lo era en 1976, no ahora), pero sí muy interesante. Como en todas las obras del Tano, este avanza a paso cansino, cuando no le queda más remedio, y siempre muy impulsado por los diálogos. Acá hay acción, no vayas a creer, pero casi siempre se limita a que alguien pele un chumbo y, mientras amenaza a otro personaje, habla y habla, de lo que está por suceder, de sus motivaciones, o de cualquier otra cosa. Por supuesto, fiel a su estilo, Pratt también nos regala silencios importantes, de increíble elocuencia. La verdad es que, para 43 páginas, El Aventurero del Caribe ofrece un elenco muy nutrido, con siete personajes importantes y varios que cumplen roles menores. Felizmente, el Tano orquesta de modo impecable la entrada y salida de escena de todos estos personajes, entre los que tenemos a un argentino, de raíz cheta y oligárquica, pero volcado al bando de los revolucionarios. El maestro le saca muy buen jugo al contrapunto entre estos hombres y mujeres tan distintos entre sí, con grandes diálogos y memorables escenas intimistas en las que se dicen (y se callan) cosas realmente notables.
Cuando vi que era una historieta del ´76, enseguida subieron mis expectativas en materia de dibujo. A mediados de los ´70, Pratt dejaba la vida en cada viñeta y, si bien ya rumbeaba hacia la síntesis que le impondría a su trazo en la década siguiente, todavía conservaba rasgos de las primeras aventuras del Corto Maltés, esas glorias dibujadas como la hiper-concha de Dios. Acá hay un poco de cada cosa: los primeros planos son majestuosos, al nivel de esas historias míticas del Corto que Pratt publicaba en la revista Pif. Los fondos, en cambio, son escasos y muy básicos y a medida que la cámara se aleja de los personajes, estos pierden dinamismo y se ven no sólo más esquemáticos, sino también más estáticos. La página 21 es particularmente ilustrativa de esto: las dos primeras viñetas son magníficas. La tercera, en la que Moretto le pega una piña a Svend es tosca y falta de plasticidad. La cuarta zafa, la quinta es lindísima y la sexta, cuando Svend contragolpea, parece de una historieta chota de Columba, o de esas revistas de aventuras sosas y mediocres de los años ´50. Con un gran laburo de pincel y masas negras muy expresivas, es cierto, pero con una composición burda y unas líneas cinéticas que no logran hacernos creer en ningún momento que esos cuerpos están en movimiento. La narrativa, como siempre, es impecable, con mayoría de páginas de seis viñetas, siempre en tres tiras de igual altura. En general, este es buen trabajo del Tano, donde se nota mucho su mano y poco la de sus asistentes. Simplemente no hay que comparar estas planchas con las de Fábula de Venecia (también de 1976), que están 20 veces mejor.
Y sí, El Aventurero del Caribe es una obra menor dentro de la bibliografía de Hugo Pratt. Aun así, es un comic atrapante, con un excelente guión, con un ritmo extraño y fascinante, con la extensión justa, con algunos dibujos brillantes y otros que, incluso hechos a los pedos, transmiten muchísimas sensaciones grossas y se acoplan perfectamente al clima que trata de crear el maestro. Si lo ves a buen precio, embarcate.

sábado, 3 de julio de 2010

03/ 07: CORTO MALTES: LAS HELVETICAS


Me acuerdo que cuando leí esta historieta por primera vez, hace mil años, me pareció una garrrrcha. De hecho, tenía la mejor edición (con cuya portada ilustramos la reseña) y cuando cometí el error de prestársela a alguien que jamás me la devolvió, no me puse las pilas ni para reclamarla ni para volverla a comprar. Pero bueno, hace un tiempito la reeditó Clarín, en ese formato choto pero muy barato, y ahí no me resistí al instinto de completista y me la compré.
Esta vez me gustó bastante más. Y creo que es porque en el medio leí mucho a Neil Gaiman. Elvetiche: Rosa Alchemica (que es como Hugo Pratt bautizó a Las Helvéticas) está repleta de los elementos que usó Gaiman para convertir a Sandman en un clásico instantáneo: entidades conceptuales con sentimientos humanos, gente que entra y sale de los libros, juegos de meta-lenguaje, personajes que en el plano “real” son una cosa y en el de los sueños otra, mortales que rosquean con seres legendarios o míticos y se llevan de regalo la inmortalidad, o la posibilidad de meterse en los sueños de los otros; la búsqueda de algo místico y trascendental que no se sabe bien qué es, pero se intuye; la extraña relación entre los sueños, la realidad y la ficción; la constante referencia a personajes del folklore, la leyenda y la literatura germánicas; y por si faltara algo… aparece el mismísimo Sandman! No se parece a Robert Smith, pero comparte unas hermosas viñetas con el aventurero de Malta. Esta saga data de 1987, un año y moneditas antes que el Sandman de Gaiman, pero la cantidad de elementos en común no deja de sorprenderme.
¿Alcanza todo esto para que Las Helvéticas sea un gran comic? No, ni a palos. Me pareció menos mala que hace veintipico de años, pero no me llegó a gustar, principalmente porque entre tantas secuencias oníricas y chamuyos místicos, queda cero espacio para que Pratt desarrolle algo así como una tensión dramática. Es un comic 100 % hablado, donde los momentos “jodidos” se resuelven con más chamuyo o a lo sumo bailando (!). No hay un tiro ni una trompada, que son dos de las cosas que Hugo Pratt dibujaba mejor que nadie. No hay peligro, porque todo el tiempo sabés que todo es un sueño y que, a la larga, Corto se va a despertar y va a estar todo bien. La saga habla de temas interesantes (la propia Rosa Alquímica, la búsqueda del Santo Grial, etc.) pero en un tono casi displiscente, donde no sólo no entra la épica sino ni siquiera la más básica aventura, que siempre fue la marca de fábrica del maestro veneciano.
Como en el 80% de la historia Corto interactúa con personajes de los mitos o de los sueños, tampoco hay un correcto desarrollo de personajes secundarios. Se cuela por ahí algún diálogo interesante con el Profesor Steiner, pero el resto de los que aparecen (incluyendo al escritor Herman Hesse) están muy desaprovechados.
El dibujo está muy bueno, mucho mejor que en Tango, que es inmediatamente anterior. Hay un cierto abuso de los primeros planos (páginas enteras de talking heads, y con unos choclos de texto que ma-mita), pero visualmente es una historieta linda de mirar, a la que le hizo bien la incorporación del color por parte de los franceses. Además, como transcurre casi toda en un paisaje onírico e imaginario, hay más Pratt que en las otras obras de este período. Los autos tan típicos de sus asistentes aparecen apenas en las tres primeras páginas y en la última, y el resto parece todo dibujado por el Tano, lo cual suma y mucho.
Sin duda esta es la saga más olvidable del personaje. Son 70 páginas para decirnos que Corto Maltés es buen tipo, que está dotado especialmente para meterse con temas místicos y que su amor por la aventura es genuino. O sea, bla. Pero –como dije cuando me tocó reseñar La Juventud- si sos fan de Corto o de Pratt y querés tener la colección completa, conseguite el tomito de Clarín, así zafás de pagar los fantastillones de dólares que sale la edición de Norma, y que esta obra en particular –sin ser desastrosa- no justifica ni por casualidad.

viernes, 28 de mayo de 2010

28/ 05: CORTO MALTES: LA JUVENTUD


Corría 1981 y Hugo Pratt, contratado por la revista francesa Le Matin, arranca con una nueva saga de Corto Maltés, que se proponía contarnos las aventuras del marino durante los años previos a La Balada del Mar Salado, cuando lo conocimos como un pirata del Nacional B, a las órdenes de El Monje. Casi nada de eso se cumple, finalmente, en esta obra breve y con gusto a poco.
Pratt elige ambientar esta historia en Manchuria, en 1904, sobre el final de la guerra ruso-japonesa. Entre el maremagnum de chinos, rusos y japoneses hay metidos por ahí un par de estadounidenses, uno de los cuales es el escritor Jack London (notable influencia en el estilo narrativo de Pratt) y un pibe europeo, bastante misterioso y que aparece muy poco, casi sobre el final. Es Corto Maltés, más preocupado por encontrar fabulosos tesoros de la antigüedad que por las disputas políticas entre las distintas facciones.
Los verdaderos protagonistas de la saga son Jack London y el siempre impredecible Rasputín, que todavía no conoce a quien será su aliado en decenas de aventuras, pero que ya arma todos los kilombos habidos y por haber en su afán por imponer su propia ley y no agachar nunca la cabeza ante nadie. Entre estos dos personajes motorizan la trama y son los que interactúan con todos los demás, los que tienen escenas que Pratt utiliza para contarnos cómo ven el conflicto los distintos ejércitos y gobiernos. Lo más parecido a un “villano” (fuera de Rasputín, que está sacadísimo y sin el menor reparo a la hora de matar) es el Teniente Sakai, del ejército japonés, quien quiere batirse a duelo con London. Pero las mejores frases, la cátedra de cinismo posmoderno que Pratt metía en todas sus historietas post-1967 (incluso antes de que se inventara la posmodernidad) las tira el Capitan Suto, otro milico japonés con una visión de la guerra, los negocios y la geopolítica muy afilada y muy de los ´80.
Ese es el único “anacronismo” en la saga. Todo lo demás está, como siempre, perfectamente documentado e investigado. El problema es que Pratt termina la historia cuando finalmente Corto y Rasputín logran embarcarse con rumbo a Africa (a buscar los tesoros del Rey Salomón) y todo lo demás, todo lo que falta para llegar a La Balada…, no lo vemos nunca. Pratt nos lo contó en textos, en entrevistas y hasta en acuarelas, pero no hay historietas que documenten ese viaje a Africa que termina en la Patagonia, ni todos los que Corto hará después hasta el inicio de su etapa como pirata, que Pratt fecha en 1913. O sea que, en rigor de verdad, esta es una aventura de Jack London y Rasputín, con un joven Corto Maltés como personaje secundario.
A nivel dibujo, tenemos un gran trabajo del maestro veneciano. Acá todavía faltaban un par de añitos para que iniciara su cuesta abajo y nos castigara con una seguidilla de entregas muy flojas de la serie. Entre La Juventud… y Tango (1985), Pratt termina la interrumpida Jesuita Joe y dibuja Cato Zulú (de la que ya hablamos), y después de esas dos joyas, algo pasa y nada vuelve a ser lo mismo. Pero en La Juventud… el Tano está prendido fuego, con su habitual solvencia narrativa, su personalísimo (y muy efectivo) trabajo de los primeros planos y la expresión corporal de muchos y muy distintos personajes, ese criterio insuperable para balancear blancos y negros (tan grosso que se destaca incluso cuando la historieta se publica a color) y hasta trenes y barcos que parecen dibujados por Pratt más que por sus asistentes, algo que no volveremos a ver en las obras posteriores.
Aunque parezca mentira, esto se editó hace pocos meses en Argentina, el país donde los editores creen que el comic europeo es yeta, o que transmite enfermedades venéreas. Lo lanzó como opcional la revista Ñ, del oligopolio Clarín, y la edición no es buena ni mucho menos (formato agenda de bolsillo, a color, y con el remontado de viñetas de las ediciones francesas más recientes), pero valía menos de $ 10, mientras que la edición de Norma (enorme y también en innecesarios colores y tapas duras) vale más de $ 100. O sea que a los que nunca pudimos conseguir la edición española de los ´80 (la grossa, en blanco y negro y tapas blandas, una especie de Santo Grial inconseguible hace siglos), Clarín nos dio el gusto a un precio irrisorio.
La Juventud… no es una obra maestra imprescindible, pero si sos completista de Corto Maltés o fan de Hugo Pratt, no está nada mal sumarla a tu biblioteca.

martes, 16 de febrero de 2010

16/ 02: CATO ZULU


Bienvenidos al maravilloso mundo de Hugo Pratt. Un mundo donde los fusiles y los chumbos hacen CRACK!, donde los negros no son blancos pintados de marrón, donde todos saben más de lo que dicen, donde los silencios son tan elocuentes como los diálogos y los diálogos son latigazos urticantes y geniales.
Cato Zulú es una típica historieta del Pratt de los ´80. Se publicó en la revista italiana Corto Maltese, dividida en dos sagas: una de 1984 y otra de 1988. El final de la segunda prepara el terreno para una tercera, pero esta jamás aparecerá. En el dibujo se nota claramente la mano de Raffaele “Lele” Vianello, el principal asistente del maestro durante aquella década. Lo vemos en las carretas, en las casas y sobre todo en los caballos, que tienen el toque inconfundible de Lele (perdón si me pongo detallista en esto… son efectos colaterales de haber leído Me Llamo Rojo, la novela de Orhan Pamuk, que aprovecho para recomendarles a los que además de comic consumen literatura). Otro elemento ochentoso presente en esta obra: el misticismo. Cada vez que Pratt metía un elemento místico, algún punto de la trama quedaba sin explicar, y Cato Zulú no es la excepción.
También vemos en esta obra algunos de los elementos comunes a casi toda la obra del gigante veneciano. Primero que nada, la capacidad de convertir un hecho histórico menor, casi olvidado, en la base sobre la que construye un guión excelente. Para eso hay que estar muy canchero en el manejo de la referencia histórica, pero además hay que darle carnadura y relieve a los personajes para que el relato se sostenga. En eso, el Tano era Maradona. Cada soldado inglés, cada colono holandés y cada aborigen africano atrapado en este triángulo mortal es un personaje con peso e identidad propios. Le alcanzan dos diálogos (a veces dos silencios) para pintarlos de cuerpo entero. Y después, cuando estalla el inevitable CRACK! que los convierte en comida para los buitres, el impacto es mucho mayor.
Por supuesto que la visión de Pratt acerca de esta tensa situación donde las alianzas son imposibles (y ni hablar de los gestos humanitarios o solidarios entre las facciones) es absolutamente cínica. Pratt era posmoderno en los ´70 (cuando la posmodernidad ni existía), imaginate qué podría ser en 1988, cuando el mundo entero era posmoderno. Acá no hay héroes ni epopeyas. Hay carroña, saqueo, conjuras y traiciones. Al haber muchos militares, puede parecer una historia de guerra, pero lo es sólo de a ratos. Casi todo el tiempo Pratt se concentra en Milton Cato, un soldado inglés con cara de pato, asentado en la conflictiva Sudáfrica de fines del Siglo XIX, que para no comerse un garrón, decide cortarse solo y convertirse en un renegado que vagará por un terreno bastante peligroso, a ver qué encuentra. Para el final del segundo tramo, el no-héroe se habrá rodeado de un trío de personajes que conformarían un elenco de inmenso potencial… si hubiese un tercer arco argumental.
Como en Tango, Las Helvéticas o Mu, el dibujo del Pratt ochentoso por momentos se vuelve tosco, granguiñolesco. Pero hay que entenderlo como lo entendía él: para el Pratt maduro, el dibujo era una herramienta para contar, casi como la caligrafía para el que sólo escribe. Todo lo que se ve es funcional a la narrativa, que fluye perfecta y ajustada a lo largo de todas esas páginas llenas de cabezas que hablan, algún plano medio y cada tanto, un plano general de las planicies sudafricanas por las que corren los caballos de Vianello con los tipitos de Pratt encima. El color (agregado, como suele suceder, por los franceses) es realmente muy bueno y se complementa a la perfección con ese festival de manchas y pinceladas que nos propone Pratt.
Cato Zulú no es la mejor creación de Hugo Pratt, pero aún así es aventura histórica de alto nivel, con climas, personajes, diálogos y secuencias en las que el maestro deja en claro que, incluso laburando a media máquina, les pasaba el trapo a casi todos.