el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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viernes, 22 de julio de 2011

22/ 07: DOOM PATROL Vol.2


Hora de retomar esta interesante serie, que sigue rara, pero bastante atractiva. Lo único que se le podría criticar es que uno esperaba que el guionista Keith Giffen acelerara un poco, y que empezaran a pasar más cosas. Y pasan más cosas que en el Vol.1, pero tampoco la pavada.
El resto es muy raro, pero está muy bien. Giffen parte de una base muy piola: dos tipos (Cliff y Larry), con muchos años de aventuras a sus espaldas, que ya tomaron conciencia de que casi todo lo que les va a pasar es horrible. Aprendieron a convivir con la tragedia, con la bizarreada, con la incomprensión, con los kilombos al filo de la realidad y hasta con Niles Caulder, que además de más viejo está cada vez más intratable. Pero Cliff y Larry se la bancan, porque aprendieron a afrontar todo eso con una mezcla de humor y cinismo, y los diálogos entre ellos son lo más copado que tiene esta Doom Patrol. Ahí Giffen pone toda la carne al asador y logra resultados mínimamente por debajo de las genialidades que escribía junto a J.M. DeMatteis en la mejor época de la Justice League. Los diálogos, además de muy, muy abundantes, son filosos, llenos de one-liners brillantes, de chistes zarpados y de retruques devastadores. No sólo los de Cliff y Larry: el Jefe también tiene momentos notables, sobre todo cuando le toca rosquear con la presidenta de la isla-nación donde tiene su cuartel la Doom Patrol.
Y la estructura de las historias es rara, no en el sentido de confusa, sino porque pasan cosas extrañas y de modo medio caprichoso. Las tramas tienen giros imprevistos, se activan y descativan, disparan para donde parecía que no se podía ir, o se resuelven de forma medio rebuscada. A años luz de lo que hizo Grant Morrison, lo de Giffen es bastante vanguardista, bastante arriesgado, porque se caga una y otra vez en un montón de convenciones del género superheroico. De hecho, en este tomo reaparecen tres personajes gloriosos de la Era Morrison: Crazy Jane, Danny the Street y Mr. Nobody, en una sucesión de peripecias que involucran también a villanos clásicos y nuevos y a dos personajes a los que Giffen conoce bien: Oberon (el eterno sidekick de la Liga y los New Gods) y el limadísimo Ambush Bug. Por supuesto, acá no puede usar al Bug en todo su potencial, porque no puede meter chistes acerca de la industria del comic, los dibujantes, los guionistas y demás recursos que hicieron de ese bicho subnormal uno de los mejores inventos de los ´80, junto a la internet y el reproductor de CDs.
De todos modos, el mejor episodio del tomo es el último, que es sin dudas el más convencional, el que menos trata de separarse del clásico esquema del comic de superhéroes. Esta vez el protagonismo es para Rita Farr y acá Giffen se juega a explicar detalladamente el truculento proceso por el cual el Jefe logró volverla a la vida tras su muerte en la isla de Codsville. Y además le pega un nuevo giro a la relación entre Rita y Steve Dayton bastante perturbador.
Por el lado del dibujo, la mayoría de las páginas están a cargo de Matthew Clark, a quien de a poquito estoy empezando a tolerar, aunque se le nota demasiado la escuela noventosa de WildStorm y Top Cow. Cuando trata de parecerse a Chris Bachalo es cuando mejor le va. Y cuando no dibuja Clark, preparate, porque se vienen pesadillas lovecraftianas. Dibujantes chotos, sin onda, que imitan mal a Mike McKone, un desastre. La faz narrativa está cuidada, porque generalmente Giffen les entrega a sus dibujantes las páginas ya plantadas, con la secuencia ya establecida en las viñetas. Pero el resultado final es visualmente desparejo, porque Clark sigue lejos de ser un grosso, sus reemplazantes son impresentables y el entintador John Livesay se va al carajo con su habitual sobrecarga de detalles (en trajes, fondos, pelos, etc.) y entinta a todos los dibujantes como si fueran David Finch. Por suerte no lo son, pero bueno, ese estilo de “sobredibujo” cada día me copa menos y tengo la sensación de que los lápices de Clark, entintados de otra forma, se verían más power.
Quiero creer que el próximo tomo va a recopilar los nueve episodios que faltan para llegar al final de la serie. Y tengo mucha curiosidad por saber cómo va a resolver Giffen algunos de los conflictos principales, esas supra-tramas que avanzan por atrás (o por arriba) de las tramas centrales de cada arco. En el nuevo DCU que debuta en Septiembre no hay lugar para la Doom Patrol, así que si vuelve más adelante, lo más probable es que empiece de cero y todo esto sea barrido bajo la alfombra. Lo cual le da al autor la maravillosa posibilidad de irse bien a la mierda y cerrar la saga (y la revista) a lo grande, o (Sabina dixit) “con clase y categoría, como un Number One”.

viernes, 18 de febrero de 2011

18/ 02: DOOM PATROL Vol.1


No, no es un flashback al 24 de Enero. Este es el primer recopilatorio de OTRA serie de la Doom Patrol, la que DC acaba de anunciar que cancela en Mayo. Yo, como siempre en la retaguardia, la empiezo a leer justo cuando avisan que se acaba.
Este primer tomo es más promisorio que bueno. Tiene un problema básico y es que pasa poco. No mucho menos que en seis episodios de cualquier comic mainstream promedio, pero poco. El primer arco tiene tres capítulos y podrían ser tranquilamente dos, si el mítico Keith Giffen (acá en el rol de guionista) se tomara menos páginas para presentarnos a los protagonistas. Lo hace bien, logra que lo que les pasa te interese, se saca de encima decorosamente a personajes que quedaron de la etapa anterior (la de John Byrne, infame por donde se la mire), presenta a un personaje nuevo con potencial, y además hace que la serie se pueda disfrutar sin saber casi nada de lo que les pasó a Cliff, Larry, Rita y el Jefe desde los ´60 hasta acá. Pero va lento.
El segundo arco son dos numeritos, crossovers de Blackest Night, y no aportan demasiado más que la machaca entre la Doom Patrol actual y los miembros de la era Kupperberg (Celsius, Tempest y Negative Woman). Hay un giro interesante (el cadáver de Cliff cobra vida, sin cerebro, pero de última es un zombie, no lo necesita) y no mucho más. Ni siquiera vemos cómo se resuelve la pelea. Y el mejor número es el 6, el que cierra el tomo, en el cual el ser de energía negativo repasa toda la historia de la Doom Patrol, como para despejar las miles de dudas que genera entre los fans una serie que tuvo más de un reboot de continuidad y guionistas tan demenciales como Grant Morrison y Rachel Pollack. Acá no hay acción, ni siquiera un amague de conflicto. Simplemente Giffen se toma 20 páginas para pasar en limpio la historia del grupo, como si fuera un Secret Files & Origins. Para el lector que recién se engancha con la Doom Patrol está buenísimo, y para el que se re-engancha (y no leyó lo de Morrison, o lo de John Arcudi, o lo de Byrne, o el numerito de Teen Titans donde Geoff Johns volvió a poner en continuidad todo lo que Byrne dejó afuera) es fundamental.
Lo mejor que tiene hasta ahora esta Doom Patrol es el trabajo de caracterización, tanto en los cuatro protagonistas como en los secundarios. Giffen abusa un poquito de los diálogos “filosos”, en los que todos los personajes se hacen los cancheros y pretenden sobrar a sus interlocutores. Pero estos firuletes verbales no llegan a empatanar el ritmo de las historias (porque es lento de por sí) y tienen varias frases muy ingeniosas. Si el próximo arco argumental viene más fuerte, más jugado, la sigo hasta el final.
Al dibujo le tenía bastante desconfianza, porque está a cargo de Matthew Clark, un dibujante que en Outsiders no me gustaba para nada y que huele a ex-clon choto de Jim Lee y Travis Charest en busca de la improbable redención. Pero está bien, zafa, no se mete en bretes narrativos ni se pasa demasiado de pochoclero. Seguramente Giffen le tirará algún boceto, alguna sugerencia de cómo armar la página para que la historia –además de verse bien- se lea bien. Y en los dos numeritos de Blackest Night, en vez de Clark dibuja Justiniano que, sin poner el 100% de lo que puede llegar a dar, logra secuencias y dibujos que me convencen mucho más que los de Clark. En todos los números el entintador es Livesay, especialista en sobrecargar los dibujos con trazos innecesarios, en meter muchos más detalles de los que el lector requiere para engancharse con los dibujos. Pero bueno, en una industria en la que los editores serían muy felices si tuvieran en todos los títulos a David Finch, Ethan Van Sciver o Leinil Francis Yu, el tema de sobredibujar, de saturar con detallitos barrocos al pedo, no está mal visto, sino todo lo contrario.
En suma, un debut muy digno. En el contexto del mainstream actual de DC, “muy digno” es un montón. Mucho más de lo que se puede decir de la inmensa mayoría de los títulos que, en general, huelen a mondongo recién vomitado por el Ogro Fabbiani.

sábado, 12 de febrero de 2011

12/ 02: DOOM PATROL Vol.3


El tipo que en los ´60 inventó la frase “la imaginación al poder” sabía –no tengo dudas- que en 1990 Grant Morrison iba a escribir estos comics. ¿Cómo lo sabía? Ni idea, pero lo sabía. Por ahí incluso había leído los guiones.
Lo que hace el escocés en este tomo desafía todos los parámetros. No es una tormenta de ideas, es una plaga de ideas, un gang-bang de ideas, un diluvio, un virus que se propaga totalmente fuera de control. Arranca tranqui, con una calle que está viva… y es travesti! Y después viene la saga más grossa (hasta ahora), en la que Morrison cierra el plot de la transformación de Rhea Jones, uno de los personajes que heredó de la etapa anterior. El argumento es sencillo: la Doom Patrol queda atrapada en el conflicto definitivo entre dos civilizaciones eternamente en guerra y Morrison aprovecha para ironizar acerca de lo ridículo de las divisiones y los odios entre naciones, hablando veladamente de nuestro mundo y sus super-potencias. Pero la guerra que viven Cliff, Rebis, Rhea y Crazy Jane no es el famoso super-clásico Rusos vs. Yankis, sino un conflicto entre los Huss del Kaleidoscape y los Anatemáticos del Mesh, que tiene lugar en un mundo en el que NADA se parece al nuestro. Y ahí el genio sale a matar.
Una droga que debilita el espacio al borrar las palabras que lo definen, la Sacrosanta Comunión de Feromonas, las guerras de pestañeos, los enjambres de vidrio, fantasmas de enfermedades que asolan los antiguos campos de batalla, proyecciones psicosomáticas, el webspacio, un cerebro de insecto como portal al paraíso, perfumes climáticos que gatillan las glándulas apocrine, orgasmos epilépticos, la zona de las palabras que matan, la ceremonia de Potlatch, el inminente Aenigma Regis, dendritas de un árbol del pensamiento, ángeles en forma de gigantescas rocas flotantes y una flor dentro de la cual quedó congelado el poder de la verdadera creatividad.
Bueno, Morrison lo descongeló y lo hizo historieta. No es para cualquiera. Son tantas las explicaciones acerca de las facciones enfrentadas, su historia, sus armamentos y sus batallas, que hay poco margen para la machaca e incluso para el desarrollo de personajes. Excepto Rhea, el resto llega a la página 190 muy parecido a como arrancó en la página 1. Pero todos esos diálogos y bloques de texto en los que los personajes de este bizarrísimo mundo explican todo lo que hay que explicar, están regados con conceptos tan geniales y alucinantes como los que enumero en el párrafo anterior y por muchos más que prefieron que descubras vos mismo. Acá la gracia es eso, el derroche de conceptos limados con el cual cualquier otro guionista se haría un festín, al desarrollarlos uno a uno, al tirarte uno por saga (uno por TPB), uno de vez en cuando. Como Eduardo Mazzitelli en Acero Líquido, Morrison elige no guardarse nada, revolear las ideas como si fueran papel picado, en un carnaval de la imaginación dispuesto a arrasar con todo.
Para que esto llegue a buen puerto hace falta un dibujante a la altura de las circunstancias y Richard Case, sin ser Alcatena ni mucho menos, se arremangó y cumplió muy decorosamente con el tremendo desafío que le plantearon los guiones de Morrison. En el numerito que no dibuja Case lo vemos a Kelley Jones, que en los papeles es mejor dibujante, fracasar en el intento de bancarse la locura del escocés (además su Robotman es cualquiera). Pero Case pela y muy bien. Hace ágiles las secuencias con mucho texto, delira casi a la par de Morrison para crear locaciones, criaturas y máquinas y ya está muy, muy canchero para dibujar a los personajes fijos de la serie. Algún día se reivindicará a este dibujante como se lo merece.
Y llego hasta acá, nomás. Los otros tres tomos los leí antes de empezar el blog, hace relativamente poco, y no me da para releerlos. Prefiero pasar a la versión actual, más integrada al mainstream de DC, a ver con qué me encuentro. Y repetir por enésima vez que la Doom Patrol de Morrison y Case es una fuckin´gloria, una lectura que –como los grandes clásicos- no envejece, sino que enriquece.

martes, 1 de febrero de 2011

01/ 02: DOOM PATROL Vol.2


Ah, bueno, ahora sí! Este es el Richard Case que me gusta! El que se combina con las tintas de John Nyberg y mejora número a número, a pasos agigantados. Y el que se banca dibujar los guiones más retorcidos que se habían escrito para 1990. Paradójicamente, ni bien Case mejora, lo bajan de las portadas, donde a partir de ahora tenemos a Simon “la Bestia” Bisley, prendido fuego. Pero lo importante es que los dibujos de Case ya están en un nivel más que digno, con todo lo necesario para apuntalar el despegue de los guiones de Grant Morrison hacia misteriosos territorios más allá del delirio.
A lo largo de nueve episodios, Morrison nos presenta dos sagas: la de la Brotherhood of Dada y la del Culto del Libro No Escrito, mechadas con dos unitarios: uno centrado en Crazy Jane y otro en Robotman y dos villanos de la Doom Patrol clásica, The Brain y Monsieur Mallah. Sí, posta, todo eso está en un sólo tomo. No terminaste de acomodarte la mandíbula que se te cayó al piso con la primera saga, y cuando te querés dar cuenta ya estás en la segunda. La cantidad de conceptos que dispara Morrison en estos nueve episodios alcanzarían para que cualquier otro guionista choreara mínimo dos años en esta o en cualquier otra serie regular. Realmente cuesta creerlo.
Vamos a criticarlo un poquito: en este tomo casi no hay desarrollo de personajes. Sí, en el capítulo de Crazy Jane nos enteramos de MILES de cosas acerca de ella. Pero una cosa es revelar data oculta de un personaje y otra es hacerlo avanzar. Acá, todos avanzan lo mínimo. Por ahí el Jefe y Robotman tienen un cachito más de desarrollo, pero es tanto y tan heavy todo lo que pasa, que no hay tiempo para bajar un cambio y mostrar a los personajes reflexionando acerca de lo que sienten o piensan de sí mismos o de sus compañeros de equipo. El desarrollo más impactante es el de The Brain y Monsieur Mallah, por supuesto barrido abajo de la alfombra por los guionistas posteriores.
El libro lleva por título The Painting that Ate Paris, al igual que la primera saga, la más extensa, que abarca casi 100 páginas. Este arco es tan definitivo de lo que años más tarde va a ser Vertigo como cualquier saga de Sandman o Hellblazer. Acá Morrison perfecciona la fórmula (ensayada en las dos sagas largas del tomo anterior) que le permite incorporar la machaca superheroica a un contexto donde mandan la literatura, la poesía, las artes plásticas y la filosofía del arte. La batalla entre la Doom Patrol y la Brotherhood of Dada adentro de la pintura es uno de los combates entre seres con superpoderes mejor escritos de todos los tiempos. El detalle no menor (sobre todo para el pobre Richard Case) de que cada nivel de la pintura responda a la estética y la lógica de distintos movimientos pictóricos alcanzaría por sí sólo para darle a la saga chapa de Obra Maestra. Pero hay tanto más, tanta sustancia, tantos diálogos magníficos, todo vuela tan alto, que si no lo descalificás por pretencioso, le tenés que dar el diploma de Verdadero Revolucionario del Género; o ni del género, del Noveno Arte en general.
La segunda saga (en la que Morrison tuvo que sacar de la galera a un clon de John Constantine porque no le dejaron usar al verdadero) se mete, además de con la literatura y la poesía, con la arquitectura y el teatro de títeres, y hace el uso más ingenioso que leí hasta ahora de los majestuosos, caprichosos y bizarros monumentos que Antoni Gaudí le legó a la ciudad de Barcelona.
Esto es comic de increíble nivel. Sin perder el sentido del humor, sin tomarse a sí mismo demasiado en serio, sin explicar absolutamente todo (como nos avisó en el primer tomo), Morrison llevó el concepto de “superhéroes atípicos y extraños” a otro nivel, que hace 20 no estaba ni un poquito explorado. Aún hoy son pocos los comics que te parten la cabeza como lo hizo esta etapa de la Doom Patrol, y muchos menos los que te invaden con semejante tsunami de ideas innovadoras, situaciones al borde de la demencia e imágenes tan perturbadoras como estimulantes. Será por eso que nunca es tarde para descubrir la Doom Patrol de Morrison y volverse fan incondicional.

lunes, 24 de enero de 2011

24/ 01: DOOM PATROL Vol.1


Uh, esta es jodida. Se escribió tanto sobre esta historieta en los 20 años y piquito que hace que salió, que se complica ser original. Encima al final, el tomo reproduce un texto que escribió Grant Morrison para la página de correo de uno de sus primeros números, en los que analiza con precisión qué era lo que hacía interesante a la Doom Patrol original, qué cosas no le cerraban de la versión de Paul Kupperberg (a quien el escocés reemplazó, en un intento medio desesperado por salvar a la revista del descenso) y para dónde se proponía llevar las nuevas aventuras de la clasica banda de freaks del Universo DC. Incluso blanqueaba con lujo de detalles las fuentes, los libros y películas que lo habían inspirado para crear estas sagas que hoy parecen interesantes y originales, pero en 1989-90 eran definitivamente alienígenas.
Bueno, no todas las fuentes. Además de no mencionar las drogas que consumía (eso lo blanqueó en entrevistas posteriores) Morrison “se olvida” de nombrar el cuento de donde se afanó la trama central de Crawling from the Wreckage, su primer arco argumental. Crawling… es un crossover perfecto entre la clásica aventura superheroica y un cuento de Jorge Luis Borges: Tlön, Ukbar, Orbis Tertius (buscalo, está en cualquier buena antología del genio). El argumento es EXACTAMENTE igual (años más tarde Morrison se haría cargo del choreo), pero esto tiene el agregado de que, además del generoso despliegue de ideas heredadas del cuento de Borges, Morrison nos muestra la reconstrucción de la Doom Patrol tras la debacle de Invasión!. Nuevos personajes, nuevos conceptos, “nuevo” cuartel general, y una nueva actitud, sobre todo en el Jefe (que vuelve a verse como un tipo que juega muy finito, siempre al filo de la ética) y en Joshua Clay, que renuncia a su carrera como supehéroe, pero no a su vínculo con la Doom Patrol.
La segunda aventura es más rara aún, y termina cuando el villano, en el momento de caer vencido, tira una frase definitiva: “No todas las historias tienen un significado”. Esa es la voz del guionista, diciéndole al lector “preparate, porque nos vamos a ir más al carajo aún”. La Doom Patrol de Morrison se va a hacer famosa, en parte por haber sido un título fundamental de la era proto-Vertigo (aunque por ahora están intactos los vínculos con el DCU), pero además porque significó el avance de los contenidos “literarios” y de vanguardia en el terreno de los superhéroes. Esto, más que el enésimo clon de los X-Men de Claremont y Byrne (el paradigma que gobernaba a todos los comics de super-grupos en 1989), es una bizarra aproximación comiquera a la literatura de James Joyce, al teatro de Samuel Beckett, a los cuadros de Jackson Pollock. No todo tiene un significado, hay cosas que pasan porque sí, porque está bueno. Y las peleas con los villanos están porque son divertidas, pero no definen nada. Los conflictos no se resuelven con violencia física, sino que Morrison los da vuelta para convertirlos en problemas filosóficos, metafísicos o lingüísticos (como en las obras de Beckett) y ahí los finales sorprenden mucho más. La palabra, en tanto expresión del razonamiento, acá es infinitamente poderosa: te gano porque te niego, te gano porque te obligo a enfrentarte a tu propia inexistencia. Impresionante.
Por el lado del dibujo también hay sorpresas: en su trabajo inmediatamente anterior (Dr. Strange), Richard Case dibujaba bastante mejor de lo que muestra en este tomo. ¿Qué pasó? ¿Le dieron poco tiempo, se tiró a chanta? No sé. Pero me acuerdo que rápidamente mejoraba, así que cuando lea los próximos tomos seguro lo vamos a encontrar en un nivel más satisfactorio.
Prometo volver pronto, porque tengo para leer los tres primeros tomos (los otros tres los leí, por primera vez, hace relativamente poco).
Ah, no sé si etiquetar la reseña como “DC” o como “Vertigo”. Las revistas originales las editó DC, los TPBs tienen el logo de Vertigo. ¿Cuál corresponde? Escucho sugerencias…

viernes, 5 de noviembre de 2010

05/ 11: SHOWCASE PRESENTS DOOM PATROL Vol.2


Ah, la Silver Age! Cuánta gente limada junta, en apenas dos editoriales… Acá tenemos el mítico final de la Doom Patrol clásica, que en ningún momento se ve venir. Arnold Drake y Bruno Premiani (creadores y autores de TODOS los números de la serie) venían rumbeando para un cierto punto, y de la nada, un volantazo (relativamente justificado) los lleva a esa secuencia final, en la que Larry, Cliff, Rita y el Jefe se sacrifican por un pueblo y mueren. Unos años, nomás, porque esto es DC. Pero mueren posta y me imagino el impacto que habrá producido leer eso en los chicos que para 1968 seguían con fervor a estos héroes. Inverosímil y todo, aún con sus ribetes trágicos no del todo subrayados, ese final es el que le da visos míticos a esta serie. Si al final los héroes no morían, no hay mucha explicación para la pasión con la que años más tarde otros tipos como Paul Kuppeberg o Marv Wolfman se esforzarían para volver a insertar en el Universo DC a esta bandita de freaks.
El resto de las aventuras son demasiado predecibles: monstruos gigantes (porque le tenían que hacer el aguante a Elasti-Girl, que se hacía gigante), conquistadores alienígenas por docenas (sacaban número, los chabones, a ver a quién le tocaba invadir la Tierra ese mes) y cada tanto alguna saguita contra el clásico rival, la Brotherhood of Evil (sin Mutants). Ahí están generalmente las mejores aventuras, y se pone lindo también el sub-plot en el que Drake desarrolla el romance entre el Jefe y Madame Rouge, con la posibilidad de redención para la villana. Y el otro muy buen sub-plot es el de la disputa legal por la tenencia de Gar Logan (Beast Boy, o Changeling) y los intentos de Rita y su marido (Steve Dayton) por exponer los chanchullos de Nicholas Galtry, el inescrupuloso tutor del joven (y verde) millonario.
Todo esto complementado con buenos diálogos (cada vez que hablan Beast Boy o Robotman se te dibuja una sonrisa) y plots en los que pasaban miles de cosas por episodio. Lo que Drake ponía en cualquier aventura de 24 páginas de la Doom Patrol, hoy es –por lo menos- una saga de seis episodios. Pero claro, los villanos tenían poquísima onda, las luchas se hacían largas y reiterativas y la serie tenía poca dirección, más allá de cómo carajo se las ingeniarían los buenos para ganarle a los malos de turno. En esas luchas anodinas, en esos villanos con escasa onda, Drake también mandaba conceptos bizarros y estrambóticos, de modo que –si tratás de analizar la dinámica de la serie con alguna lógica- terminás como Grant Morrison, encontrándole el lado totalmente surreal, aunque sin peleas con entidades conceptuales choreadas de cuentos de Borges.
Por el lado del dibujo tenemos a Bruno Premiani, italiano radicado en Argentina, un tipo demasiado correcto para un comic que pretendía impactar por lo bizarro y lo grandilocuente de sus historias. Premiani era un clon correcto de Alex Raymond, fino, elegante, especialmente dotado para las adaptaciones de clásicos de la literatura (eso hizo muchos años para editoriales argentas antes de pasarse a DC) y para la historieta romántica. Pero se nota que le costaba la machaca, que no se sentía cómodo dibujando batallas entre freaks con poderes y robots o aliens gigantes. En esas secuencias, la sobriedad y la falta de estridencia se vuelven un handicap, un impedimento a la hora de emocionar al lector. Recién en los últimos episodios, empieza a dibujar más suelto, con un trazo menos académico y más dinámico, y con menos cuadros por página. Pero durante casi todo el tomo, lo vemos brillar en las escenas intimistas y más “reales” y remar muy de atrás cuando los guiones le pedían grandilocuencia y explosión. O sea, Premiani era el Jack Kirby de la Tierra Bizarro.
Este Showcase, entonces, se suma a los que se puede tener como pieza arqueológica, para estudiarlo más que para disfrutarlo. No es una bosta ni mucho menos, pero no se parece casi nada a ningún buen comic de superhéroes contemporáneo, ni de los ´80, ni de los ´70. Esto era “uncanny” de verdad.