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sábado, 15 de marzo de 2025
POR FIN DE REGRESO
Vengo de un montón de días sin poder postear por problemas en la conexión a internet que me impedían subir contenidos a la web (Telecentro, compadre..). Lo bueno es que en esos días pude leer bastante y tengo unos cuantos libros para reseñar. Vamos con los dos primeros.
Allá por el 11/05/18, mientras naufragaba el anterior gobierno entreguista de derecha en el que estaban ratas inmundas como Federico Sturzenegger y Patricia Bullrich, yo hablaba del Vol.2 de Orgasmos Cotidianos y decía que nunca había visto el Vol.1. Años más tarde lo conseguí. Hecho mierda, pero lo conseguí. Y me pareció tan copado como el Vol.2.
El Vol.1 es más diverso, porque combina historietas de distintas extensiones (hay de una página, de dos y de tres), hay planchas a color y planchas en blanco y negro, y -lo más importante- en vez de dos autores, hay tres. Están Xavier Roca y el glorioso Alfonso López, y además está otro monstruo como es T.P. Bigart (pseudónimo de Joan Tharrats), a quien vimos hace poquito en el álbum de Johnny Roqueta. Queda claro que tanto a este señor como a López, les compro cualquier cosa que lleve sus firmas. El dibujo parece ser todo obra de Alfonso, con lo cual sospecho de acá T.P. Bigart oficia de guionista, como lo hizo más de una vez en las obras que realizó con su hermano, Tha (de las cuales también vimos varias acá en el blog). Pero por ahí me equivoco.
Con o sin Bigart involucrado en ella, la faz gráfica de este álbum es maravillosa. Con color o sin color, en blanco y negro puro o con grises aplicados, Alfonso López pone toda su magia al servicio de estos breves relatos humorísticos. El ídolo sabe cuándo el efecto cómico requiere una cierta sutileza y cuándo lo mejor es irse bien al carajo e impactar al lector con imágenes fuertes, de cuerpos desnudos y entreverados. Todo esto sin descuidar nunca la fluidez del relato, ni la apabullante generosidad en los fondos y en detalles de la ropa, los peinados, los muebles y demás referencias visuales que nos permiten situar fácilmente estas historias en la segunda mitad de los años ´80.
Entre los guiones, lógicamente hay mejores y peores. Algunos me causaron mucha gracia, otros muy poca, pero me llaman la atención dos cosas: 1) atrasan menos que los que vimos hace poco en el librito de Tabaré. Si bien son anteriores, los Orgasmos Cotidianos quedaron menos anclados en su época y ofrecen una mirada de la temática del sexo bastante más potable en este segundo cuarto del Siglo XXI. 2) dependen menos de los culos, las tetas y las pijas que los del Vol.2, que eran -si mal no recuerdo- un toque más groseros. Acá hay levantes, garches, petes, cuernos, gente que se excita con "cosas raras" y demás tópicos de las comedias de impronta sexual, pero pegan más fuerte la originalidad y la gracia de las ideas de Roca (y la calidad del dibujo) que lo zarpado de lo que efectivamente se muestra.
Creo que no hay más Orgasmos Cotidianos, por lo menos recopilados en álbumes, pero si llego a ver algún otro álbum de la serie, me tiro de cabeza, porque este es -sin dudas- un clásico ochentoso que todavía suena muy bien.
Me vengo a Argentina, año 2024, para presenciar el cierre de la trilogía de Mega, la creación de Salvador Sanz cuyos tomos anteriores vimos el 06/02/21 y el 30/04/23. Es un final lindo, casi poético, en el que cierran todas las puntas que se habían abierto en los tomos anteriores. Creo que lo que más me impactó esta vez no fueron los combates entre las criaturas fantásticas, sino la vuelta que Sanz le pega al personaje del papá de Elmo, que parecía una cosa y termina por ser otra, totalmente distinta. Y esperaba un poco más de Felipe, un personajes que creció muchísimo en el Vol.2, que amagaba con ser definitivo para la resolución de la trama y cuyo rol se disuelve de a poco a lo largo de estas últimas 115 páginas.
La Danza de los Chacales mantiene lo mejor que tuvo el Vol.2: el equilibrio entre el misterio sobrenatural, la machaca entre criaturas colosales y las escenas más intimistas, en las que Sanz le agrega una capa de realidad, de cercanía, a la ambiciosa trama en la que seres ancestrales de inmenso tamaño e imnenso poder coexisten con la gente común, que vive acá a la vuelta. Me dio la sensación (pero no lo cotejé con los tomos anteriores) de que esta entrega tiene más secuencias mudas que los Vol.1 y 2, y que -por ende- se lee más rápido. No es algo que me moleste, a esta altura de la vida, y no porque no sea fan de los diálogos que escribe Salvador, sino porque la narrativa, en este tomo final de Mega, es impecable. No digo que más diálogos pudieran ir en detrimento de este cautivante flujo narrativo, pero así como está, se lee muy bien. Es un relato claro, bien puntuado por las puestas que Sanz elige para cada página, en el que no se resienten ni el clima que busca generar la historia, ni el impacto visual que -obviamente- generan los dibujos.
El dibujo y el color están a ese mismo nivel tremendo de los tomos anteriores. El trabajo de Sanz es sublime de punta a punta, pero se detaca sobre todo en los dos extremos: en la precision minuciosa con la que reproduce los escenarios que existen en la realidad, y en el desborde de imaginación que pela a la hora de crear a estos seres fantásticos. Si los llamamos "kaijus" va a parecer que son clones más o menos disimulados de Godzilla y sus enemigos, y no. Estos bichos no se parecen a nada, son imponentes, majestuosos, fascinantes, y además sumamente originales.
Como en la reseña del Vol.2, no recomiendo empezar a leer Mega por acá, porque no vas a entender una chota. Sí o sí hay que empezar desde el Vol.1. A tal punto que no me extrañaría que en alguno de los mercados en los que se suelen publicar las obras de Salvador Sanz, alguien se juegue a editar todo Mega en un solo tomo, como si fuera una única (y extensa) novela gráfica y no una trilogía. Gran trabajo de este consagradísimo autor argentino, y por supuesto ahora que terminó Mega hay que estar MUY atentos a lo que puede venir después.
Nada más, por hoy. Mañana o pasado, nuevas reseñas de los libritos que ya tengo leídos. Perdón por el inesperado (y prolongado) paréntesis y gracias por el aguante.
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viernes, 28 de febrero de 2025
FINAL PARA FEBRERO
Cerramos un Febrero record, con 12 posteos en 28 días. Una locura... pero bueno, fui a ver dos películas basadas en comics y eso abultó la cantidad de reseñas. Veamos qué fue lo último que leí este mes.
Qué necesario era un libro como Los Enigmas del PAMI (y otras historietas en esa línea), que reuniera en un único tomo todo el material de Enrique Breccia dibujado en su estilo más humorístico. Resultó que se podía meter TODO en un libro de 136 páginas (cifra inflada por carátulas innecesarias, páginas en blanco y demás relleno del que suele encarecer los libros sin aportarle absolutamente nada al lector), lo cual hace menos verosímil que hayamos tenido que esperar hasta 2024 para que exista una cosa así. La tarea de reunir todo el material de Enrique en esta línea (breves trabajos con y sin guiones de Carlos Trillo) fue encarada por Mariano Buscaglia (sobrino de Enrique, nieto de Alberto, hijo de Cristina, etc.) con un criterio amplio y exhaustivo, y así es como el libro incluye historietas que la mayoría de los fans del maestro no conocíamos. Hay algunas que ya teníamos en otros libros, de otras editoriales, pero la posibilidad de reunir TODO en un solo tomo es irresistible.
Ya solo que se incluya El Reino Azul (a mi juicio, la mejor historia corta que escribió Trillo en toda su carrera) justifica comprar el libro, aunque todo el resto sea una garcha. Nunca me voy a poder olvidar de ese día en que tuve en mis manos los ocho originales de El Reino Azul, fue uno de los mayores nerdgasmos de mi vida como fan de los comics... y ahora la tengo en un libro cheto, la puedo releer sin ir a buscarla a la pila de números viejos de Fierro que se te hacen mierda cada vez que los abrís...
Nada, es muy difícil opinar objetivamente sobre este material, porque es parte de mi educación sentimental, de mi formación como lector de comics. Por fuera de El Reino Azul, no hay otros guiones demasiado geniales. Casi todo lo que ofrece el libro es producto del capricho, de las ganas de joder y de divertirse que tenían Enrique y Carlos. Las adaptaciones de Enrique son exquisitas, no solo porque se te tiene que ocurrir la idea de ponerle dibujos al tango Fea, o a La Leyenda del Mojón, sino por cómo resuelve el dibujo y la puesta en página. Es todo juego, es todo disfrute, pero también es todo originalidad y vuelo. Breccia juega entre lo grotesco y lo poético y hasta el rotulado es parte de ese juego, hipnótico y genial.
Probablemente la historieta que menos me gustó haya sido la última del libro, Espanto, un trabajo a color en el que el estilo de Enrique no se luce... al punto que parece una historieta de Alberto, su papá. La narrativa está bárbara, pero es básicamente un chiste largo.
Más allá de ese experimento, el promedio del libro es increíble, el trabajo que tiene cada página es increíble, el nivel de libertad y de desparpajo que tienen las historias es increíble... Seguramente cuando se habla del trabajo en conjunto entre Breccia y Trillo llama más la atención la larguísima epopeya de Alvar Mayor o la aventura fantástica de El Peregrino de las Estrellas, pero acá hay gemas tan raras como fundamentales en la carrera de ambos maestros, todas realizadas en esos primeros años ´80, en los que la dupla era una máquina de producir hitazos. 93 páginas de historieta en un libro de 136 para mi gusto es poco, aún cuando se las disfruta a pleno. Y esa es la única crítica que tengo para hacerle a una edición preciosa, muy cuidada, que le hace justicia al talento descomunal de dos genios como Enrique y Carlos.
Me voy a España, fines de los ´80, a leer un recopilatorio de historias muy cortitas (dos páginas cada una) de Johnny Roqueta, una serie que Rafael Vaquer y TP Bigart (pseudónimo de Joan Tharrats) realizaron durante unos cuantos años para el semanario El Jueves. Son historietas cortas (o chistes largos) de 10 ó 12 viñetas, que tienen como principal atractivo los majestuosos dibujos de TP Bigart, en los que predominan los personajes por sobre los (casi inexistentes) fondos. El foco está puesto en la expresividad de rostros y cuerpos, y en darle vértigo e intensidad incluso a las historias donde lo único que vemos son personajes que hablan entre ellos. Las composiciones de Bigart son tremendas, con un equilibrio perfecto entre espacios blancos, manchas negras y grises aplicados con tramas mecánicas. Imaginate una mezcla muy zarpada entre Frank Margerin, Oswal y Pasqual Ferry, y más o menos te vas a acercar a lo que hace Bigart en estas páginas.
Vaquer incursiona en el subgénero "jóvenes a la deriva", y cierra aún más el espectro para concentrarse en un grupete de varones de veintipocos, fans del rockabilly y las motos, que sobreviven como pueden en una gran ciudad de España de la segunda mitad de los ´80. La mirada del guionista es ambigua: a veces los muestra como unos piolas bárbaros, y otras (la mayoría) como una manga de inútiles, pajeros, borrachines, desubicados o ridículos que desperdician su vida tocando (para el orto) la guitarra y cuya única motivación es conseguir guita para los puchos y la birra. Dentro de este esquema, hay guiones mejores y peores, pero ninguno que te haga decir "Ah, esto es genial"... aunque me imagino que para aquellos lectores de El Jueves que en esa época tenían la misma edad de Johnny y sus amigos, esto debe haber funcionado como un espejo (deforme pero divertido) en el que verse reflejados.
Creo que a mí lo que más gracia me causó fue ver a Vaquer fracasar estrepitosamente en su intento de tener un personaje argentino que hable con nuestros modismos e informalismos. En vez de citar a Ronald Reagan, Héctor habla de Jorge Videla y hace chistes de golpes de estado... pero usa palabras que ningún argentino usaría jamás, como decirle "la primitiva" a la lotería, "cojones" a los huevos, "el carro" al auto, "trempera" a la erección, o "ahorita nomás". Todo esto potenciado por el abuso sistemático de "macanudo", "che", "pìbe" y "boludo"... en unas frases que por ahí a los españoles les causaban gracia, pero a nosotros nos hacen un ruido horrible porque el guionista muy rara vez acierta una.
Johnny Roqueta es una comedia light, muy anclada en su época, apoyada en el carisma de los protagonistas, que se deja leer pero no te cambia la vida. Si alguna vez encontrás los libritos a buen precio, dale una oportunidad, sobre todo por los dibujos de esa bestia llamada TP Bigart.
Y nada más. Nos reencontramos el mes que viene, con nuevas reseñas (no sé si tantas como en Febrero) acá en el blog. Gracias y hasta pronto.
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viernes, 28 de marzo de 2014
28/ 03: ABSURDUS DELIRIUM
Esta es otra de esas “reseñas redundantes” en las que me toca hablar de material ya reseñado anteriormente en el blog, simplemente porque lo conseguí en una edición más copada. Los memoriosos recordarán que Absurdus Delirium fue objeto de una reseña allá por el 02/06/10, y aquella vez todo se centraba en las... 60 páginas que traía el librito editado a principios de los ´90 por Complot. Libro hermoso (y difícil de conseguir!), pero que parece un papel de diario viejo -apenas apto para envolver las papas- cuando se lo compara con la edición de Glénat de 2004. Acá está TODO Absurdus Delirium, en un mega-broli de más de 200 páginas, con tapa dura, un pliego a color, formato grandote... casi un mueble, más que un libro. Y encima hasta hace unos meses estaba en oferta en algunas comiquerías argentas (lo que me hace suponer que en España fue saldado) y se conseguía a un precio realmente ridículo. Así que hice de tripas corazón y le regalé a un amigo mi preciado albumcito de Complot para volcarme por este lujoso mamotreto.
Acá tenemos en un sólo tomo la obra completa con la que se consagraron los hermanos Tha y Joan Tharrats. No sólo lo que publicaron en Cairo, también la etapa en El Jueves y la última, en la revista francesa Fluide Glacial. En total, el libro abarca páginas realizadas a lo largo de 20 años, entre 1981 y 2001. Y subrayo lo de “páginas”, porque la gran mayoría de estas historietas (sobre todo a partir de la llegada a El Jueves) tienen una sola página. Son ideas muy locas, muy ingeniosas, con mucho filo, plasmadas en muy pocas viñetas, que casi siempre desembocan en un remate humorístico, pero que a menudo tienen muy buenos chistes en el primer o segundo cuadro: no hace falta llegar al final para que los Tharrats nos roben una sonrisa. Y a veces se trata de ideas que podrían resolverse en una única viñeta, a la que los hermanos “estiran” un toque para darle forma de breve historieta.
La verdad es que, con el correr de los años, la serie amplió enormemente su abanico de recursos humorísticos y ya para el final, todo vale a la hora de sorprender al lector. Me quedé estupefacto con una idea magnífica, desarrollada en cuatro viñetas: un coronel se retira y, en vez de organizarle un partido de despedida como a los deportistas, le organizan una guerra para homenajearlo. Hay que ser muy cruel para que se te ocurra eso pero, sinceramente, me causó muchísima gracia. Como dije la vez pasada, más allá de cuánta gracia te pueda causar cada historia, es importante subrayar que todas parten de una observación muy aguda y hasta despiadada de la realidad. Los protagonistas son casi siempre gente común, mediocre, sin ningún rasgo llamativo hasta que llega ese quiebre en el que pintan el absurdo o el delirio y la cosa cobra otro color.
En la faz gráfica (que, inmenso mérito de los hermanos, es casi imposible disociar de las ideas y los diálogos) vemos cómo Tha explora nuevos horizontes con un éxito enorme. En las primeras páginas (las que vimos la vez pasada), todo era plumín y carbonilla. En los años posteriores, el dibujante empieza a meter grises con aguadas (furiosas, recontra expresivas) y texturas más locas, sin renunciar nunca a esos cross-hatchings electrizantes de la primera etapa. El laburo de grises es tan impresionante que, si la estética fuera un toque más dark o más grotesca, estaríamos hablando de las muchas similitudes entre Absurdus Delirium y el Perramus de Alberto Breccia. En las páginas a color, Tha mete acuarelas a lo pavote, con esa misma técnica cuasi-salvaje con la que antes incorporaba los grisados. El resultado es de una belleza plástica difícil de describir. Lo más loco es cómo un tipo que parece dibujar tan suelto, con trazos tan fluídos, tan libres, logra captar con tanta precisión los detalles en los edificios, trenes, indumentaria, personas y animales. Creo que sólo a Bill Sienkiewicz le sale tan bien ese combo. Sin dudas, Tha es un dibujante a estudiar en detalle, digno de ser puesto en un pedestal al que pueden aspirar sólo unos pocos.
Y no hay más Absurdus Delirium. Por suerte, este librazo tiene TODO y no es para nada inconseguible. Nunca es tarde para descubrir el laburo descomunal de los talentosos Tharrats, en parte porque son historias que no pasan de moda, que trascienden a su coyuntura y tienen todo para impactar incluso al lector exigente de hoy.
Acá tenemos en un sólo tomo la obra completa con la que se consagraron los hermanos Tha y Joan Tharrats. No sólo lo que publicaron en Cairo, también la etapa en El Jueves y la última, en la revista francesa Fluide Glacial. En total, el libro abarca páginas realizadas a lo largo de 20 años, entre 1981 y 2001. Y subrayo lo de “páginas”, porque la gran mayoría de estas historietas (sobre todo a partir de la llegada a El Jueves) tienen una sola página. Son ideas muy locas, muy ingeniosas, con mucho filo, plasmadas en muy pocas viñetas, que casi siempre desembocan en un remate humorístico, pero que a menudo tienen muy buenos chistes en el primer o segundo cuadro: no hace falta llegar al final para que los Tharrats nos roben una sonrisa. Y a veces se trata de ideas que podrían resolverse en una única viñeta, a la que los hermanos “estiran” un toque para darle forma de breve historieta.
La verdad es que, con el correr de los años, la serie amplió enormemente su abanico de recursos humorísticos y ya para el final, todo vale a la hora de sorprender al lector. Me quedé estupefacto con una idea magnífica, desarrollada en cuatro viñetas: un coronel se retira y, en vez de organizarle un partido de despedida como a los deportistas, le organizan una guerra para homenajearlo. Hay que ser muy cruel para que se te ocurra eso pero, sinceramente, me causó muchísima gracia. Como dije la vez pasada, más allá de cuánta gracia te pueda causar cada historia, es importante subrayar que todas parten de una observación muy aguda y hasta despiadada de la realidad. Los protagonistas son casi siempre gente común, mediocre, sin ningún rasgo llamativo hasta que llega ese quiebre en el que pintan el absurdo o el delirio y la cosa cobra otro color.
En la faz gráfica (que, inmenso mérito de los hermanos, es casi imposible disociar de las ideas y los diálogos) vemos cómo Tha explora nuevos horizontes con un éxito enorme. En las primeras páginas (las que vimos la vez pasada), todo era plumín y carbonilla. En los años posteriores, el dibujante empieza a meter grises con aguadas (furiosas, recontra expresivas) y texturas más locas, sin renunciar nunca a esos cross-hatchings electrizantes de la primera etapa. El laburo de grises es tan impresionante que, si la estética fuera un toque más dark o más grotesca, estaríamos hablando de las muchas similitudes entre Absurdus Delirium y el Perramus de Alberto Breccia. En las páginas a color, Tha mete acuarelas a lo pavote, con esa misma técnica cuasi-salvaje con la que antes incorporaba los grisados. El resultado es de una belleza plástica difícil de describir. Lo más loco es cómo un tipo que parece dibujar tan suelto, con trazos tan fluídos, tan libres, logra captar con tanta precisión los detalles en los edificios, trenes, indumentaria, personas y animales. Creo que sólo a Bill Sienkiewicz le sale tan bien ese combo. Sin dudas, Tha es un dibujante a estudiar en detalle, digno de ser puesto en un pedestal al que pueden aspirar sólo unos pocos.
Y no hay más Absurdus Delirium. Por suerte, este librazo tiene TODO y no es para nada inconseguible. Nunca es tarde para descubrir el laburo descomunal de los talentosos Tharrats, en parte porque son historias que no pasan de moda, que trascienden a su coyuntura y tienen todo para impactar incluso al lector exigente de hoy.
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miércoles, 2 de junio de 2010
02/ 06: ABSURDUS DELIRIUM

Vamos con otra rareza de los ´80. Absurdus Delirium es una serie de historietas sin ninguna conexión entre sí, realizada por Josep Tharrats, más conocido como Tha, y su hermano y guionista Joan Tharrats, que en los ´80 se hacía llamar Bigart. La serie empezó en la revista Cairo en 1982, un par de años después recaló en El Jueves (un medio mucho más afín a la propuesta de los hermanos Tharrats) y de ahí saltó a la fama mundial, cuando se empezó a publicar también en la revista francesa Fluide Glacial.
Como su nombre lo indica, Absurdus Delirium se trata de jugar con el absurdo y el delirio. Excepto por un par de historietas, todas son secuencias breves, de una o dos páginas, donde –en unas pocas viñetas- Tha y Bigart plantean una historia a partir de una ambientación realista y costumbrista y se permiten inyectarle una dosis de surrealidad para que esta despegue hacia un delirio, o hacia un remate cómico. Muchas veces el “chiste” está en lo que se nos muestra: un súbito cambio de enfoque por parte del dibujante revela de pronto un detalle de alguno de los personajes se nos ocultó hasta el final y que le da sentido y gracia a la historieta. O sea que además del esfuerzo por plantear y rematar una historia en pocas viñetas, está el esfuerzo de sorprender también mediante trucos narrativos.
La mejor historieta es, además, la más extensa: siete páginas en las que seguimos a José Alberto en un delirio místico que lo lleva a creerse Dios, y además en su relación con su esposa Esther y su amigo y psicólogo Andrés, que además tienen una historia entre ellos. Acá es donde se ve más clara la influencia del realismo mágico: ya no todo apunta al absurdo, o al efecto cómico, sino que también se explora la veta dramática del elemento fantástico o sobrenatural que ofrece la trama. De hecho, esta historieta NO es graciosa, sino en un punto perturbadora.
Pero también hay grandes ideas muy bien ejecutadas en las historias de una o dos páginas. Algunas ni siquiera rozan el tema de la locura o el delirio, sino que se vuelcan por un humor absurdo, con planteos que recuerdan a lo mejor de los Monty Phyton, aunque a veces con un poquito más de mala leche. Más allá de cuánta gracia te pueda causar cada historia, es importante subrayar que todas parten de una observación muy aguda y hasta despiadada de la realidad. Los protagonistas son casi siempre gente común, mediocre, sin ningún rasgo llamativo hasta que llega ese quiebre en el que pintan el absurdo o el delirio y la cosa cobra otro color.
Un color imaginario, claro, porque en esta primera etapa las historietas están dibujadas en un magnífico blanco y negro. Tha la rompe con el plumín y la carbonilla. Tiene unos cross-hatchings en los fondos que te electrizan la piel, y una soltura en el trazo que parece una cruza entre Oswal y Carlos Giménez (mirá a qué nivel lo estoy poniendo). También cositas de Fred y de Jean-Claude Mézieres, dos ídolos del público francés (lo cual explica en parte la excelente repercusión de la serie en el país galo) y bastantes rasgos en común con otro de los genios cuasi-ocultos de esa generación de historietistas españoles, el alucinante Alfonso López.
Por suerte, y gracias a la chapa que cobró esta serie en su paso por El Jueves y Fluide Glacial, cada tanto salen reediciones de este material que en su momento fue bastante eclipsado por otras obras más populares, pero que tiene todo para ser disfrutado de modo atemporal, más allá de las épocas y las modas. Los hermanos Tharrats rara vez figuran en el atlas de los grossos indiscutidos del comic de los ´80, pero el aporte para figurar lo hicieron, y está bueno que, aunque sea tarde, el público se los reconozca.
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