
Retomo mi intento de puesta al día con el material argento y me encuentro con esta obra maestra de Kwaichang Kráneo, originalmente serializada en el blog Historietas Reales, ese al que varios lectores salieron a matar con argumentos pedorrísimos en los comentarios a un post reciente.
El Cuervo que Sabía tiene un sólo problema: es 100% anti-pochoclo. Y eso lo condena a pasar desapercibido frente a una masa consumidora que, en caso de olvidarse de los prejuicios y darle una chance, encontraría acá una cautivante anti-epopeya de ciencia-ficción que bien podía ser parte del ciclo de Edena, la saga noventosa (y fundamental) de Moebius. Hay acción, hay sexo, hay cosas que explotan a la mierda, y sin embargo Kráneo des-enfatiza estos elementos para quedarse con otros que le interesan más. Principalmente la búsqueda, el rito iniciático, el tránsito a la madurez de un personaje perfectamente delineado, riquísimo en sus matices, al que cualquiera que lea el libro quiere ver volver en una próxima aventura.
De pronto, el neuquino cambia las reglas de la ciencia-ficción del post-holocausto. De pronto, esta ambientación (habitualmente yerma y sombría como la imaginación de Gerardo Sofovich) se convierte en un escenario de conmovedora belleza, fértil para que crezcan (en vez de horrendas criaturas mutantes) los sentimientos, la conciencia y el intelecto ya no de “los humanos”, sino del único ser humano que parece quedar vivo: el fascinante Mono (por “único”, en latín). Mono es como una especie de anti-Kamandi. No busca el origen del gran desastre que acabó con la Humanidad, no lucha contra bichos, no rescata a chicas en peligro ni libera a tribus sometidas. Se hace un montón de preguntas, claro, pero tienen que ver más con su vida interior que con la vida (o más bien, sobrevida) de su entorno.
Los personajes, acostumbrados a una vida hiper-tecnificada, le otorgan un enorme valor a la información. Kráneo también, y la forma en que la dosifica y se la brinda al lector es uno de los grandes hallazgos de la novela. Con ideas zarpadas, climas pausados, buenos diálogos, y una sensación de vitalidad, de celebración de la vida a pesar de todo, el guión de El Cuervo que Sabía es placer puro.
Y aún así, lo que te parte el cerebro es el dibujo. Moebius (ya lo nombré) es sin duda una referencia obligada. Pero el trazo de Kráneo, esas pinceladas vigorosas, dinámicas, que parecen cobrar vida propia, en las que la línea cambia todo el tiempo de grosor y teje majestuosos claroscuros, nos remiten rápidamente a Oswal. Esto es algo así como un Oswal del futuro. Y después, hay cositas en el ritmo del relato y en la forma en que se mueven los personajes que me hicieron recordar a dos autores que no sé si Kráneo admira, ni siquiera si los conoce: Paul Pope y Jeff Lemire. Y Ana Miralles, claro, que era –hasta Kráneo- la más “moderna” de los seguidores de la línea de Oswal. Con toda esa sumatoria de nombres, te darás cuenta de que esto está muy, pero muy bien dibujado, y además sostenido por una narrativa a prueba de bombas atómicas.
Por su carácter anti-pochoclo, tengo la sensación de que El Cuervo que Sabía no va a ser un éxito. Ni siquiera entre los nuevos seguidores de Kráneo, los que los descubrieron cuando empezó a colaborar en la Fierro (ese otro antro de perdición, acusado de dar asilo a dibujantes improvisados y sn talento). Y la verdad es que sería una injusticia que este libro no arrasara con todo, porque tiene un vuelo, una originalidad y una calidad muy, muy poco frecuentes. Uno de esos orgullos, de esos motivos para esperanzarse por el futuro, ya no de la Humanidad (que según Kráneo se hará mierda en unos 150 años) sino en el de la historieta argentina, que –mientras siga gestando autores de este nivel- tiene garantizada la gloria por los siglos de los siglos, amén.