
Este es el tercer tomo de la colección Mitos Urbanos, gestada en Venezuela y dedicada a explorar mediante una antología de historietas la vida y la leyenda de algún personaje de la mitología popular del país hermano. Los dos primeros tomos habían venido muy bien, y prometían realmente mucho, aunque -como no me canso de señalar- Venezuela es un país con una cultura comiquera incipìente, con poco desarrollo hasta la fecha.
Este tercer tomo, lamentablemente, no está a la altura de los predecesores. María Lionza es una especie de deidad pagana, cuya leyenda viene desde los tiempos de la conquista por parte de los españoles. El libro la enfoca desde cuatro ópticas. Primero, el Mito. Y, además de buenos textos, tenemos a cuatro o cinco historietistas... que nos narran todos el mismo mito! La leyenda de la princesa aborígen Yara, que bla-bla-bla... todo muy bien, pero cinco veces la misma historia, no hacía falta. Como si esto fuera poco, ninguno de los dibujantes es ni remotamente bueno.
La segunda parte se llama El Símbolo, y me parece que los historietistas no entendieron bien la consigna, porque los trabajos de esta sección no tienen pies ni cabeza, nada se termina de explicar, ni nada cierra. Los dibujos también son flojos. La tercera parte se titula El Culto y ahí por lo menos hay un dibujante que, si se esfuerza, puede ser bueno. Se llama Yili Arana y es de los más rescatables del libro. La parte final, La Urbe, es lejos la mejor de todas: acá está la historieta más sólida del libro (de los invitados mexicanos Francisco Arce y Rubén Darío) y dos con buenas intenciones y resultados... casi buenos: la de Anselm Holmes y la de Iván Santiago, dos autores que también, con tiempo y esfuerzo, se pueden llegar a asentar en un estilo atractivo y eficiente.
Por entre medio de las historietas, textos que nos brindan muchísima información sobre María Lionza, y algunas ilustraciones (varias muy buenas) que andá a saber qué hacen en un libro de historietas.
No me quiero extender mucho más, porque no da. La edición está bárbara, con páginas a color, un formato copado, todo bárbaro, pero faltan dibujantes de calidad. Ni siquiera los colombianos del Clan Nahualli, a los que ya vimos en varias antologías con aportes bastante dignos, zafan del pobre nivel general. La historieta venezolana necesita urgente escuela: maestros (seguramente de otros países) que le enseñen a los aspirantes a profesionales del comic los rudimentos del guión y el dibujo. Mientras tanto, proliferan los clones de Michael Turner y J. Scott Campbell, los guiones débiles, las carencias en materia de narrativa y hasta torpezas que en otros países no vemos ni siquiera en el under.
Ojalá el cuarto tomo de este interesante proyecto reúna a autores de mejor nivel, porque la idea detrás de la colección (creada por la especialista Carolina Rodríguez) es realmente buena.