Mostrando entradas con la etiqueta Vittorio Giardino. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vittorio Giardino. Mostrar todas las entradas
jueves, 2 de marzo de 2023
TARDE DE JUEVES
Antes de que el calor me termine de derretir el cerebro, quiero expresar algunos conceptos acerca de los últimos libros que leí, como siempre, mal y tarde.
Allá por el 2005, el maestro Vittorio Giardino, tipo poco afecto al trabajo con guionistas, formó equipo con Giovanni Barbieri para un experimento a priori muy interesante: un comic que replicara/ satirizara los tropos y los caprichos narrativos de las telenovelas. Así nace Eva Miranda, un proyecto al que le debe haber ido bastante mal, porque termina con el anuncio de una segunda parte que nunca se publicó. Son estas 46 páginas, y no hay más, aunque la historia termine (como en cualquier telenovela que se precie de tal) en un cliffhanger de alto voltaje dramático.
Una pena, sobre todo porque nunca vi a Giardino dibujar mejor que en este álbum. La trama es atrapante (a menos que se te hagan infumables las telenovelas) y la idea de interrumpirla con avisos publicitarios en joda es brillante. Todo ese costado irónico/ satírico funciona a la perfección, sobre todo si conocés los códigos del subgénero al que se proponen satirizar. Hay filiaciones dudosas, traiciones, revelaciones shockeantes, sexo, amor a contra corriente, villanos malísimos, héroes buenísimos... y Eva Miranda, que juega un rol extraño, ambiguo, muy interesante, pero que no se termina de explicar en esta primera (y única) entrega. Como tantas telenovelas, esta historia transcurre en el maravilloso mundo de los millonarios, y también hay afiladas y sutiles reflexiones acerca de eso. O sea que, si bien está intencionalmente superpoblada de clichés, Eva Miranda es una historia sumamente entretenida, con muy buen ritmo, diálogos ingeniosos y algo para decir más allá del gaste al bastardeado subgénero de la telenovela.
Y claro, por encima de todo eso, flotando cerca de la gloria, pasa el dibujo de un Giardino prendido fuego. Un Giardino ya totalmente afianzado en la línea clara, una especie de André Juillard más versátil en el campo de las expresiones faciales, que acá además aprovecha para revelarse como un magnífico diseñador de vestuario. En vez de copiar de fuentes documentales, el creador de Sam Pezzo, Jonas Fink y Max Friedman se luce con la invención constante de nuevos e impactantes atuendos para que luzcan Eva, Mirna, Randa y el resto del elenco femenino de la historieta. Si estás muy acostumbrado al comic de superhéroes, donde los personajes usan básicamente la misma ropa durante décadas, lo que hace Giardino en este álbum te va a sorprender. Visualmente, Eva Miranda es un festival de formas y colores alucinantes, fruto de un laburo atrevido, apasionado, por parte del maestro oriundo de Bolonia.
Es difícil recomendar una obra que no termina, pero con lo que hay en este álbum de Eva Miranda me quedé más que conforme. Y si estás en ese nivel de fanatismo por Giardino en el que ya no importan los guiones, acá lo vas a ver divertirse y arriesgar como pocas veces, con resultados fascinantes.
Allá por el 14/06/19, me tocó reseñar el primer integral de Mikilo, editado por Comic.ar. Después me colgué mal, y recién ahora leí el segundo. Este es un tomo potente, de más de 200 páginas, que requiere ser leído de a poco, porque incluye un montón de historias cortitas, algunas muy similares entre sí. Entonces, si te lo devorás todo de un saque, la fórmula que emplea el guionista Rafael Curci se te empieza a hacer repetitiva, y ya el único atractivo pasa a ser el monstruo/ fantasma/ demonio con el que Mikilo va a intercambiar unos puñetazos. Leído de a poco, con pausas entre las historietas, se disfruta todo mucho más. El vuelo poético de las historias se hace más palpable, se aprecian más los diálogos entre Mikilo y Adolfo, y cuando aparece un guion de esos grossos, pero grossos-grossos (como el de "Dos hermanas", que para mi gusto es la mejor historia del tomo) impacta mucho más.
Una vez que estás familiarizado con la dinámica de la serie, sabés que ninguno de estos mitos criollos van a terminar con la vida de Mikilo, ni de Adolfo, e incluso sabés que ninguno de estos monstruos/ fantasmas/ demonios van a ser una farsa urdida por un garca para engañar a la gilada, como pasa en cualquier capítulo de Scooby-Doo. Y entonces está bueno que la serie agregue una nueva dimensión en la que sí hay sorpresas (y grossas) que es la del cambio constante de dibujantes. Sobre la base cada vez más sólida de Marcelo Basile + Tomás Coggiola, el libro se enriquece y mucho con el aporte primero de Sergio Ibáñez (en un nivel excelente), más tarde Leonel Castellani y después una seguidilla tremenda: Quique Alcatena, con unas páginas preciosas, con el recurso alucinante de no entintar el lápiz cuando aparecen personajes fantásticos; Rubén Meriggi, con un relato muy breve, pero muy power; y el inolvidable Francisco Solano López, también con una historia cortita. En el 2002, cuando entregó estas páginas, Solano ya no estaba en su pico como dibujante, pero se nota mucho la cancha y la maestría en la elección de los ángulos y la distribución de los elementos dentro de la viñeta, items en los que el prócer todavía podía dar cátedra.
Me sorprendió muy gratamente el trabajo de Silvestre Szilagyi, apuntalado por un tremendo trabajo del colorista Andrés Cornejo, me gustó la segunda historia que dibujó Diego Greco (la que es a color directo) y cerca del final, me conmovieron con su entrega otros dos dibujantes que dieron el 110%. Nunca había visto a Pol Maiztegui dibujar tan bien como en estas páginas, y nunca me imaginé que Santiago Caruso (al que, lógicamente, asociaba con su increíble carrera como ilustrador) podía dibujar historietas de un modo tan, pero tan brillante. En las páginas de Caruso (que son apenas seis) reaparece la magia de Alberto Breccia, de Carlos Nine... una demencia maravillosa que rompe con la hegemonía de estilos más clásicos y eleva el vuelo poético del guion de Curci a niveles insospechados. Después hay textos, un bestiario, pin-ups a cargo de otros capos del dibujo y demás. Pero nada me impactó como las páginas de Santiago, que además forman parte del tramo del libro integrado por las aventuras más recientes, que son las que yo estaba descubriendo por primera vez.
Como ya vimos, en 2022 volvió Mikilo con una nueva aventura, con un Rafael Curci muy comprometido y un Marcelo Basile tremendamente upgradeado. Ojalá el público acompañe y haya mucho más Mikilo en los años venideros, pero si eso no sucede, nos queda el consuelo de tener en una excelente edición todo el material de las décadas anteriores, que es mucho y recontra amerita una relectura.
Nada más, por hoy. Me voy a pegar la ducha nº176 y me vuelvo a tirar abajo del ventilador de techo. Será hasta pronto.
miércoles, 7 de septiembre de 2022
DE NUEVO AL RUEDO
Costó encontrar un rato para escribir las reseñas, pero bueno, acá estamos, en la previa a un nuevo viaje a Córdoba para una nueva edición de Docta Comics.
Empiezo con un integral en tapa dura que trae todo el material de Sam Pezzo realizado por el maestro Vittorio Giardino entre 1978 (sí, a mí también me sorprendió que las primeras historias fueran tan antiguas) y 1983. Allá por el 28/11/13 vimos un álbum de Sam Pezzo, que está incluido en este masacote, y me acuerdo que el guion no me había convencido demasiado, principalmente por la sobrecarga de elementos, peripecias y giros argumentales que incorporaba Giardino en una cantidad de páginas relativamente pequeña. Eso se repite a lo largo de todo este tomo: las historias están muy comprimidas, no dan respiro y por momentos agobian al lector con la cantidad de cosas que pasan en 30 ó 35 páginas. No todos los guiones me parecieron flojos, hay un par que realmente funcionan bien... pero seguramente funcionarían mejor con seis u ocho páginas más para que haya pausas, o momentos para bajar un cambio, reflexionar, contemplar, esas cosas que normalmente suceden en las novelas de género hard boiled que inspiraron a Sam Pezzo, pero acá brillan por su ausencia.
Giardino trae todos los tópicos del policial negro yanki a una ciudad que no nombra, pero que claramente es italiana. Así, a la figura del detective que investiga casos turbios (no muy distintos de los que unos años antes investigara Alack Sinner), se suma la sombra de una violencia urbana que a fines de los ´70 estaba muy presente en una Italia dominada por las mafias y por conflictos políticos muy picantes. Entre una cosa y otra, estas historietas desparraman cadáveres a diestra y siniestra y naturalizan totalmente el hecho de que haya tiroteos en cualquier lado y a cualquier hora. Por supuesto Giardino se para del lado correcto de la grieta, y si bien Pezzo no es un héroe ni un personaje particularmente virtuoso, el rol de los villanos suele recaer (como en Alack Sinner) en personajes acomodados, casi siempre elitistas.
Es impresionante lo mucho y lo rápido que evoluciona el dibujo de Giardino. En las primeras historias no opone mayor resistencia a la poderosa influencia de José Muñoz, o incluso a la de Chester Gould, porque puebla estas aventuras de freaks deformes y contrahechos. Gradualmente se calma un poco, y si bien no abandona el uso de abundantes masas negras, estiliza mucho más a los personajes, mientras experimenta una mejora en el manejo de los fondos y el rotulado que va claramente para el lado de Hergé y Edgar-Pierre Jacobs.
Sam Pezzo es una historieta muy de su época, que hoy, comparada con obras más recientes de Vittorio Giardino, se ve bastante precaria. Pero tiene ese atractivo: el de permitirnos constatar cómo el ídolo empieza bien de atrás y evoluciona a pasos agigantados hasta convertirse en un maestro del blanco y negro, el dibujo realista y un grafismo en el que conviven Muñoz, Hergé, Guido Crépax, Milo Manara y varios más de los maestros que marcaban el pulso del comic europeo a principios de los ´80.
Salto brutal a Estados Unidos, años 2000 y 2001, cuando Dan Abnett y Andy Lanning, tras ponerle fin a dos colecciones mensuales de la Legion of Super-Heroes, relanzan al clásico grupo (en su versión post-Zero Hour) en una maxiserie de 12 episodios titulada Legion Lost. Una historia extrema, bastante jugada, a la que por ahí le sobran un par de episodios, pero que me volvió a impactar como cuando la leí por primera vez hace 20 años... y eso que sabía quién moría, quién era el villano encubierto... Los guionistas británicos no solo orquestan una saga grandilocuente y pensada para redefinir al grupo de jóvenes paladines del Siglo XXI, sino que además demuestran un muy buen manejo de personajes que no crearon ellos. Al trabajar sobre una cantidad reducida de Legionarios, todos tienen su oportunidad de lucirse y de desarrollarse. Por ahí Chameleon es quien menos se modifica (mirá qué ironía, un cambiaformas que se resiste al cambio) a lo largo de la historia, pero el resto sin dudas sale de esta ordalía bastante distinto de como entró.
Abnett y Lanning juegan fuerte con los conceptos de ciencia ficción que les habilita el hecho de tener una serie ambientada mil años en el futuro. Por más comics de la Legion que hayas leído, Legion Lost transmite todo el tiempo sentís la sensación de que puede pasar cualquier cosa, y eso probablemente sea lo mejor que tiene la obra. La movida de los británicos de meterle un tono más oscuro a la Legion funcionó, y dio pie a una serie que duró bastante. Parte del gancho tiene que ver con que Legion Lost tuvo como principal dibujante a Olivier Coipel, quien la había roto toda en los últimos números de la serie que precedió a este relanzamiento. Coipel le pone todo a la creación de bichos alienígenas y se nota que disfruta muchísimo las escenas de acción. Los trajes, las armas y los rostros de los personajes también están muy bien logrados. El problema son los fondos. O en realidad, la cantidad de páginas en las que Coipel no te dibuja un puto fondo ni por accidente. Dale, flaco... media pila. Sos francés, a los dibujantes franceses les queman la cabeza para que se maten con los fondos... Alguno, aunque sea para engañar al lector, tenés que dibujar, aunque labures para EEUU. Los números que no dibuja Olivier los saca con jerarquía otro dibujante francés, Pascal Alixe, que también me gusta mucho y que se rompe un poquito más el culo para que de vez en cuando haya un fondo atrás de los personajes. Fuera de ese detalle, este es un comic de superhéroes fuerte, que no perdió vigencia 20 años después, y que por ahí quedó perdido entre tantos relanzamientos fallido de la Legion pero en aquel entonces fue realmente importante, por lo menos para los fans del clásico grupo de DC.
Y termino con un comic argentino reciente, también repleto de conceptos de ciencia ficción, ambientado en una galaxia remota y con una notable escasez de fondos (parece la cuenta bancaria de una empresa quebrada). Galathea es una creación de Lucas Gutiérrez, quien escribe casi todas las historias que integran este librito, colorea todas y dibuja solo algunas. También hay unas cuantas páginas muy bien dibujadas por Fernando Calvi (a quien la paleta de Gutiérrez complementa a la perfección) y breves colaboraciones de Juan Caminador, Nicolás Brondo y Leo Sandler.
Las aventuras de Galathea son sencillas, el conflicto que las motoriza se reitera varias veces en pocas páginas, y en todo caso el atractivo pasa por la acción, por el desarrollo de personajes y por la construcción de un mundo que seguramente Gutiérrez y sus colaboradores tienen pensado seguir explorando en futuras entregas. Por ahora es una aventura bastante clásica, muy en la línea Star Wars, a la que le falta un poco de complejidad y sobre todo más trabajo en los fondos.
Nada más, por ahora. Tengo leído otro libro, pero no me queda tiempo para escribir la reseña (anticipo: es un LIBRAZO). Gracias por el aguante y nos vemos en Docta Comics.
jueves, 28 de noviembre de 2013
28/ 11: SAM PEZZO: SHIT CITY
Vuelvo a visitar al maestro Vittorio Giardino y a la vez vuelvo atrás en el tiempo, para descubrir una historieta de 1983, bastante anterior a Jonas Fink, que fue la que vimos hace poquito (el 5 de este mes).
Sam Pezzo es el típico detective de serie negra, un tipo duro, reservado, del cual no sabemos absolutamente nada. Una auténtica tábula rasa. Si hay algo atractivo en Pezzo serán las cosas que le sucedan por involucrarse en un caso bastante retorcido, porque él, pobrecito, tiene cero onda. La aventura, a su vez, se hace muy complicada al pedo. Todos traicionan a todos, todos tienen su agenda secreta y nadie tiene reparos en cagar a nadie. Lo cual estaría bien si todo se explicara de modo más... orgánico. A lo largo de estas 46 páginas, Giardino se esfuerza para que todo el tiempo pasen cosas, para que el ritmo no decaiga y a cada escena tranqui le suceda rápidamente una de acción. Y hay muchas escenas fuertes, generalmente muy logradas. El problema es que mete tantas que muchas terminan por no tener un verdadero peso en la trama. Lo cual ayuda, además a que la historia se termine por comprimir mucho sobre el final, cuando Giardino se da cuenta de que se acerca la página 46 y hay que cerrar todo lo que queda abierto. Así es como nos presenta revelaciones importantes, diálogos y acciones fundamentales para el sentido de la trama, incluso en la última página y –te juro que es posta- en la última viñeta. No hay lugar para un epílogo, para un final más distendido. La historia se estiró tanto con los tiros y las persecuciones que de verdad termina por resolverse en el último cuadrito del álbum.
Dentro de estos tropiezos en cuanto al timing de la novela, se puede rescatar la construcción de algunos personajes secundarios, el ritmo que hace que la historia nunca se empantane, y no mucho más. Shit City se pasa un poquito de retorcida, no deja ni una rendijita por donde filtrar un chiste o una secuencia más relajada y –lo más grave- le sobran elementos para la extensión que tiene. No te digo que leerla sea un garrón pesadillesco como morfarte 13 horas arriba de un micro sin aire acondicionado, en el que no te dan ni un alfajor piojoso y encima te pasan películas de Francella. Pero tampoco es una obra a la que le sobren los aciertos en materia de guión.
¿Por qué es interesante este álbum de Sam Pezzo? Porque es en blanco y negro y nos permite ver otra faceta del dibujo de Vittorio Giardino. Acá, el maestro combina su línea clara, elegante y sofisticada, con un laburo majestuoso de claroscuro, reminiscente en varios pasajes de lo que hacía el inmenso Guido Crepax. Imaginate a Edgar-Pierre Jacobs entintado por Crepax y enseguida te vas a hacer una idea bastante cabal de lo que pela Giardino en Shit City. En algunas composiciones (no en la resolución de las figuras ni de los fondos), Giardino me hizo acordar al Horacio Altuna de El Loco Chávez, tal vez porque Sam Pezzo se parece muchísimo al periodista hincha de Racing. Como en todas las obras de Giardino, la narrativa es clásica y cristalina, claramente inspirada en la de los maestros de la línea clara de Marcinelle. Pero lo más notable es, sin dudas, lo bien que el autor se adapta al blanco y negro, la cantidad de recursos que pone en práctica para suplir la falta de color y sacarle todo el jugo posible a la (aparentemente) simple lógica binaria de “lo que no es blanco, es negro”.
Si sos fan de los detectives de la serie negra, seguro conocés los climas y los ambientes en los que se mueve Sam Pezzo y leiste historias mejor resueltas que esta. Ahora, si te hiciste fan de Giardino con Little Ego, Max Fridman o Jonas Fink, probablemente no conozcas este increíble laburo en blanco y negro del maestro de Bolonia. En ese caso, y si lo ves barato, no dejes de visitar Shit City.
Sam Pezzo es el típico detective de serie negra, un tipo duro, reservado, del cual no sabemos absolutamente nada. Una auténtica tábula rasa. Si hay algo atractivo en Pezzo serán las cosas que le sucedan por involucrarse en un caso bastante retorcido, porque él, pobrecito, tiene cero onda. La aventura, a su vez, se hace muy complicada al pedo. Todos traicionan a todos, todos tienen su agenda secreta y nadie tiene reparos en cagar a nadie. Lo cual estaría bien si todo se explicara de modo más... orgánico. A lo largo de estas 46 páginas, Giardino se esfuerza para que todo el tiempo pasen cosas, para que el ritmo no decaiga y a cada escena tranqui le suceda rápidamente una de acción. Y hay muchas escenas fuertes, generalmente muy logradas. El problema es que mete tantas que muchas terminan por no tener un verdadero peso en la trama. Lo cual ayuda, además a que la historia se termine por comprimir mucho sobre el final, cuando Giardino se da cuenta de que se acerca la página 46 y hay que cerrar todo lo que queda abierto. Así es como nos presenta revelaciones importantes, diálogos y acciones fundamentales para el sentido de la trama, incluso en la última página y –te juro que es posta- en la última viñeta. No hay lugar para un epílogo, para un final más distendido. La historia se estiró tanto con los tiros y las persecuciones que de verdad termina por resolverse en el último cuadrito del álbum.
Dentro de estos tropiezos en cuanto al timing de la novela, se puede rescatar la construcción de algunos personajes secundarios, el ritmo que hace que la historia nunca se empantane, y no mucho más. Shit City se pasa un poquito de retorcida, no deja ni una rendijita por donde filtrar un chiste o una secuencia más relajada y –lo más grave- le sobran elementos para la extensión que tiene. No te digo que leerla sea un garrón pesadillesco como morfarte 13 horas arriba de un micro sin aire acondicionado, en el que no te dan ni un alfajor piojoso y encima te pasan películas de Francella. Pero tampoco es una obra a la que le sobren los aciertos en materia de guión.
¿Por qué es interesante este álbum de Sam Pezzo? Porque es en blanco y negro y nos permite ver otra faceta del dibujo de Vittorio Giardino. Acá, el maestro combina su línea clara, elegante y sofisticada, con un laburo majestuoso de claroscuro, reminiscente en varios pasajes de lo que hacía el inmenso Guido Crepax. Imaginate a Edgar-Pierre Jacobs entintado por Crepax y enseguida te vas a hacer una idea bastante cabal de lo que pela Giardino en Shit City. En algunas composiciones (no en la resolución de las figuras ni de los fondos), Giardino me hizo acordar al Horacio Altuna de El Loco Chávez, tal vez porque Sam Pezzo se parece muchísimo al periodista hincha de Racing. Como en todas las obras de Giardino, la narrativa es clásica y cristalina, claramente inspirada en la de los maestros de la línea clara de Marcinelle. Pero lo más notable es, sin dudas, lo bien que el autor se adapta al blanco y negro, la cantidad de recursos que pone en práctica para suplir la falta de color y sacarle todo el jugo posible a la (aparentemente) simple lógica binaria de “lo que no es blanco, es negro”.
Si sos fan de los detectives de la serie negra, seguro conocés los climas y los ambientes en los que se mueve Sam Pezzo y leiste historias mejor resueltas que esta. Ahora, si te hiciste fan de Giardino con Little Ego, Max Fridman o Jonas Fink, probablemente no conozcas este increíble laburo en blanco y negro del maestro de Bolonia. En ese caso, y si lo ves barato, no dejes de visitar Shit City.
martes, 5 de noviembre de 2013
05/ 11: JONAS FINK Vol.1 y 2
Hoy van dos reseñas al precio de una. Lo que pasa es que entre estos dos albumcitos apenas juntamos 90 páginas y bueno, los leí muy rápido. Están realizados por el maestro Vittorio Giardino con tres años de diferencia (1994 y 1997) y son dos tercios de una trilogía de la que me falta el último tomito. Re-daba para reseñarlos juntos.
La temática es bastante áspera: llega el comunismo a Checoslovaquia y el régimen empieza a “desaparecer” a gente a la que se acusa sin demasiado sustento de ser “contra-revolucionaria” o simplemente pro-burguesa. Así cae en la volteada el profesor judío Arthur Fink, y su familia no tendrá noticias de él durante largos y angustiosos meses. Giardino se centra en los padeceres de Edith, la mujer de Arthur, que fracasa en sus numerosos intentos por obtener información acerca del paradero de su marido, mientras lucha por la subsistencia económica, que cada vez se le hace más cuesta arriba. Jonas, el hijo de los Fink, todavía es un borreguito de 11 años, pero a él también se le cierran las puertas y se le baja el techo. Pronto se verá excluído del sistema escolar y deberá salir a hacer changas para ayudar a su madre a parar la olla.
La primera parte es eso: los sueños de un niño hechos mierda por la persecución política que sufre su familia. Y ya en la segunda mitad, cuando Jonas alcanza la pubertad, algún primer escarceo con el tema del despertar sexual, que pinta para comedia pero –a tono con el resto del libro- rápidamente deriva en tragedia.
El segundo librito ya pinta un poco menos opresivo. Jonas es un poco mayor y logra desenvolverse decentemente en laburitos menores, mientras que su madre (que aparece bastante menos) sigue trabajando por sueldos misérrimos, pero por lo menos sabe dónde está su marido y cuándo lo va a volver a ver. El protagonismo que pierde Edith se lo reparten entre los jefes de Jonas (con un encantador Sr. Slavek al frente) y los amigos de su edad que, más tarde que temprano, se empiezan a acercar. En la segunda mitad del tomito, Giardino le empieza a poner fichas a un posible romance entre Jonas y la joven Tatiana, mientras nos deja entrever cuál va a ser el arma que va a esgrimir Jonas para ganarle definitivamente a sus infortunios: se trata de un pibe MUY inteligente y que desarrolla una fascinación por la lectura y el conocimiento. No tengo idea de cómo termina la saga, pero apuesto a que va por ahí: a Jonas lo va a salvar su intelecto.
El dibujo de Giardino arranca muy arriba y entre un tomo y otro mejora mucho. Por supuesto estamos ante un típico “virtuoso-pecho frío”, un tipo con un manejo apabullante de la figura humana, de la composición, de los fondos, del color... al que no le podemos pedir que le ponga huevo o emoción al dibujo, porque no le sale. Giardino (como André Juillard y tantos otros cultores de esa línea clara, realista y sofisticada, inventada nada menos que por Winsor McCay) es un dibujante de hielo, una máquina infalible, pero sin alma. Su repertorio de expresiones faciales es muy acotado y además las usa poco. ¿Con qué transmite algún tipo de emoción? Con el armado de las secuencias, con la forma en que acerca y aleja la cámara, con los momentos en los que decide meter viñetas mudas, o más grandes, o más chicas. Ahí, no sin esfuerzo, comunica un poco más acerca de lo que les pasa a los personajes y estos no manifiestan en los diálogos. Que están muy buenos, por cierto. Donde se ven un par de tropiezos es en el armado de la página, que a veces nos encierra en un laberinto de textos e imágenes en el que no queda muy claro qué viñeta (o globo) se lee depués del anterior. Por suerte hay poco de eso en el primer tomo y una sóla pifia heavy en el segundo.
De la indignación a la esperanza, la saga de Jonas Fink le escapa a la grandilocuencia, a la estridencia, e incluso a la aventura. Esto se puede leer como una biografía de alguien que no existe, documentada, pausada, estudiada, 100% verosímil. Y de paso nos brinda un montón de información acerca de cómo se vivía en Praga (maravillosamente dibujada por Giardino) en los años ´50 bajo el régimen comunista. Si sos fan de este maestro del comic italiano, tirate de cabeza, que esto está muy bien. Si no lo conocés, no te recomiendo empezar por acá, sino por sus obras más light, o más aventureras, como los álbumes de Max Fridman o Vacaciones Fatales. Tengo sin leer otra obra de Vittorio Giardino a la que prometo entrarle antes de fin de año.
La temática es bastante áspera: llega el comunismo a Checoslovaquia y el régimen empieza a “desaparecer” a gente a la que se acusa sin demasiado sustento de ser “contra-revolucionaria” o simplemente pro-burguesa. Así cae en la volteada el profesor judío Arthur Fink, y su familia no tendrá noticias de él durante largos y angustiosos meses. Giardino se centra en los padeceres de Edith, la mujer de Arthur, que fracasa en sus numerosos intentos por obtener información acerca del paradero de su marido, mientras lucha por la subsistencia económica, que cada vez se le hace más cuesta arriba. Jonas, el hijo de los Fink, todavía es un borreguito de 11 años, pero a él también se le cierran las puertas y se le baja el techo. Pronto se verá excluído del sistema escolar y deberá salir a hacer changas para ayudar a su madre a parar la olla.
La primera parte es eso: los sueños de un niño hechos mierda por la persecución política que sufre su familia. Y ya en la segunda mitad, cuando Jonas alcanza la pubertad, algún primer escarceo con el tema del despertar sexual, que pinta para comedia pero –a tono con el resto del libro- rápidamente deriva en tragedia.
El segundo librito ya pinta un poco menos opresivo. Jonas es un poco mayor y logra desenvolverse decentemente en laburitos menores, mientras que su madre (que aparece bastante menos) sigue trabajando por sueldos misérrimos, pero por lo menos sabe dónde está su marido y cuándo lo va a volver a ver. El protagonismo que pierde Edith se lo reparten entre los jefes de Jonas (con un encantador Sr. Slavek al frente) y los amigos de su edad que, más tarde que temprano, se empiezan a acercar. En la segunda mitad del tomito, Giardino le empieza a poner fichas a un posible romance entre Jonas y la joven Tatiana, mientras nos deja entrever cuál va a ser el arma que va a esgrimir Jonas para ganarle definitivamente a sus infortunios: se trata de un pibe MUY inteligente y que desarrolla una fascinación por la lectura y el conocimiento. No tengo idea de cómo termina la saga, pero apuesto a que va por ahí: a Jonas lo va a salvar su intelecto.
El dibujo de Giardino arranca muy arriba y entre un tomo y otro mejora mucho. Por supuesto estamos ante un típico “virtuoso-pecho frío”, un tipo con un manejo apabullante de la figura humana, de la composición, de los fondos, del color... al que no le podemos pedir que le ponga huevo o emoción al dibujo, porque no le sale. Giardino (como André Juillard y tantos otros cultores de esa línea clara, realista y sofisticada, inventada nada menos que por Winsor McCay) es un dibujante de hielo, una máquina infalible, pero sin alma. Su repertorio de expresiones faciales es muy acotado y además las usa poco. ¿Con qué transmite algún tipo de emoción? Con el armado de las secuencias, con la forma en que acerca y aleja la cámara, con los momentos en los que decide meter viñetas mudas, o más grandes, o más chicas. Ahí, no sin esfuerzo, comunica un poco más acerca de lo que les pasa a los personajes y estos no manifiestan en los diálogos. Que están muy buenos, por cierto. Donde se ven un par de tropiezos es en el armado de la página, que a veces nos encierra en un laberinto de textos e imágenes en el que no queda muy claro qué viñeta (o globo) se lee depués del anterior. Por suerte hay poco de eso en el primer tomo y una sóla pifia heavy en el segundo.
De la indignación a la esperanza, la saga de Jonas Fink le escapa a la grandilocuencia, a la estridencia, e incluso a la aventura. Esto se puede leer como una biografía de alguien que no existe, documentada, pausada, estudiada, 100% verosímil. Y de paso nos brinda un montón de información acerca de cómo se vivía en Praga (maravillosamente dibujada por Giardino) en los años ´50 bajo el régimen comunista. Si sos fan de este maestro del comic italiano, tirate de cabeza, que esto está muy bien. Si no lo conocés, no te recomiendo empezar por acá, sino por sus obras más light, o más aventureras, como los álbumes de Max Fridman o Vacaciones Fatales. Tengo sin leer otra obra de Vittorio Giardino a la que prometo entrarle antes de fin de año.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)






