En otra bizarra coincidencia del destino, justo el día del cumpleaños de Liniers me toca reseñar algo que siempre quise leer, que es una novela gráfica de Liniers.
Es una novela gráfica muy rara, hecha de a una página por mes a lo largo de 79 meses. Seis años y medio en los que Liniers se embarcó en lo que él mismo definió como “un cadáver exquisito unipersonal”, porque el autor sólo leía la página publicada el mes anterior y en base a eso improvisaba una continuación, una nueva peripecia, un nuevo giro del destino para sus personajes, eternos prisioneros de un demiurgo caprichoso, inquieto, sublevado a la clásica estructura narrativa de “principio-desarrollo-fin”.
¿Y qué onda el resultado? ¿Es una aventura consistente, o una sucesión de bizarreadas frutihortícolas sin pies ni cabeza? A simple vista, yo diría (y Liniers pareciera coincidir) que lo segundo. Se nota mucho la ausencia de una línea argumental pensada y trazada por el autor, y su lugar lo ocupa una improvisación sumamente conspicua. Lo bueno es que esta ausencia de rumbo repercute en una ausencia de ataduras, de condicionamientos. Y así es como Posters gana en frescura, en libertad, en espontaneidad. Como ni el propio Liniers sabía qué carajo podía llegar a pasar, puede pasar cualquier cosa y eso hace que la lectura se haga muy divertida, muy amena, poblada de sorpresas y giros impredecibles.
Acá no hay convenciones porque no hay géneros. Escenas que daban para ser clave se convierten en anécdotas menores dentro del big picture. Escenas que podrían haber durado dos viñetas se extienden varias páginas a fuerza de diálogos muy bien escritos, de fina comicidad. No todas las ideas locas tienen que ver con lo visual, con las ganas que por ahí tenía Liniers de dibujar X cosa. Algunas van claramente para otro lado (y andá a saber de dónde vienen). Posters es una montaña rusa enloquecida, una mezcla bizarra entre una novela gráfica de “misterio freak” al estilo Richard Sala y todas las excentricidades retorcidas, cómicas y a veces geniales que aparecían en las historias cortas de Max Cachimba.
A esta altura, asombrarse por la calidad del dibujo de Liniers ya es un acto de ingenuidad sólo comparable al de votar a los políticos a los que promociona la agencia de Ramiro Agulla. Todo lo bueno que le vimos hacer en Macanudo, acá está mejor: el armado de la página, el juego con el tamaño y el contorno de las viñetas, el manejo de ese plumín frenético con el que logra texturas alucinantes, la expresividad de los personajes, la variedad de registros… y a todo eso hay que sumarle algo que Liniers hacía más en sus inicios, allá por principios de este milenio (que fue cuando arrancó con Posters), que es acotar intencionalmente la paleta de colores y trabajar en una única gama, en este caso la que va del rojo al amarillo, con excelentes resultados. A nivel visual, acá tenemos un despliegue increíble y sin esos altibajos que tiene el “guión”. El dibujo es parejo de punta a punta y siempre en un nivel realmente extraordinario.
Resumiendo, si no esperás el recontra-guión, si te animás a leer un relato que responde más a la lógica de los sueños que a la de la narrativa clásica, acá te vas a encontrar con un Liniers que se divierte como nunca, que sabe generar intriga desde los diálogos, que dibuja como la San Puta y que a la hora de salir a limar por los terrenos de la aventura, resulta tan imbatible como a la hora de bancar una tira diaria de gran calidad durante más de 10 años.
Ah, me olvidaba! Se fueron al carajo con el precio de este libro. Por más que sea una obra maestra de un autor que tiene hordas de fans, por más que la calidad de papel e impresión sea increíble, por más que las tapas tengan unas solapas hermosas y laca sectorizada, sigue siendo un libro de 96 páginas. Cobrarlo $ 190 es un suicidio, liso y llano.
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sábado, 15 de noviembre de 2014
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