el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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jueves, 10 de noviembre de 2022

OTRA VEZ DE A TRES

Otros tres libritos leídos, como para retomar un ritmo razonable de reseñas en este espacio. Le entré a Serie B, la novela gráfica escrita y dibujada por Andrés G. Leiva en 2014, con expectativas muy altas, porque venía recomendada enfáticamente por varias personas cuya opinión suele coincidir con la mía. Y no, no me mintieron. Serie B es una obra maestra, de la que me sorprende no haber oído hablar mucho antes. Es insólito, inaudito, inverosímil que Leiva no haya levantado premios a lo pavote con este homenaje al Hollywood más trucho, más precario y a la vez más genuino. El dibujo está muy en la línea de Joann Sfar, Blutch y Christophe Blain, con ese trazo muy suelto, muy expresivo, una línea generalmente fina y con un cierto tembleque, un color puesto con acuarelas, muy jugado a los climas... Por momentos aparece también la estética retro de Ben Katchor, pero la influencia principal son los autores franceses ya mencionados. Y está buenísimo, porque uno asocia a Sfar, Blutch y Blain con grillas muy tradicionales, de viñetas regulares, y Leiva elige un rumbo diametralmente opuesto para su puesta en página. Hay páginas de cuatro o seis viñetas de idéntico tamaño, pero también páginas llenas de cuadros horizontales (en formato widescreen) o verticales, cuadros enormes, páginas splash, variaciones en la forma de delimitar los contornos de las viñetas... Serie B está llena de sorpresas en materia visual, y tiene la extraña virtud de no parecerse en nada a los trabajos anteriores de Leiva, donde la impronta gráfica era radicalmente distinta. El guion es exquisito y también, está lleno de sorpresas. Tiene un truco muy ingenioso para hilvanar pedacitos de historias que parecían totalmente inconexas, tiene personajes muy bien desarrollados, y dos relatos en dos niveles distintos: uno de ficción (un director, una guionista y un equipo de actores filman un largometraje con dos mangos) y uno de ficción dentro de la ficción, en el que vemos como "reales" las aventuras que imaginan los autores del film. Los mejores momentos tienen que ver con el carisma de algunos personajes (un elenco magistral donde no hay ni buenos ni malos) y con ese contraste entre lo que narra el film y lo que sucede en el backstage. Cuando Leiva explora este lado de la cámara y revela cuáles de todos esos elementos fantásticos y bizarros existen en el mundo "real", Serie B levanta un vuelo alucinante. No puedo contar nada más sin spoilear, así que dejo acá. Me sumo a la recomendación para que más gente consiga y lea esta obra y redoblo esfuerzos para conseguir otros trabajos de Andrés G. Leiva.
Me voy a Estados Unidos, año 2016, cuando el recordado maestro Len Wein se reencuentra con Swamp Thing, el personaje que había co-creado en 1971 con Berni Wrightson para una miniserie llamada The Dead Don´t Sleep, a la que le fue bastante bien en ventas. Como ya no estaba Wrightson, DC consiguió a su mejor imitador, el gran Kelley Jones, que tiene estudiado el Swamp Thing de los ´70 al milímetro. Jones reproduce situaciones, climas, gestos, y hasta enfoques que habíamos visto en la etapa original de Swamp Thing, y después pone mucho de su propia cosecha: oscuridad, grotesco, músculos desproporcionados, rostros desfigurados y todas esas cosas que lo hacen tan querido por sus fans. Lo que no me cerró es que a la hora de dibujar a Deadman no respetara su propio diseño, el de principios de los ´90, que era glorioso. Pero el trabajo gráfico está muy bien, la narrativa fluye sin tropiezos y Jones logra un equilibrio bastante potable entre las viñetas en las que pela virtuosismo y las que saca con fritas, con lo justo para zafar. El color de Michelle Madsen también está muy en sintonía con una historia de horror al límite. Además de Deadman, Swampy interactúa con Zatanna, el Phantom Stranger, el Spectre y hasta hay un cameo de Demon. Por ahí nada de esto era 100% necesario para el desarrollo de la trama, pero está bien, no molesta. El argumento es muy interesante, tiene varios giros lindos y está apenas estirado, seguramente para darle espacio a todas estas estrellas invitadas. Mi problema, lo que no me cerró para nada, es cómo Wein escribe los diálogos de Swamp Thing: no solo el monstruo habla muchísimo... también tira chistes, retruques sarcásticos y expresiones groseras al filo de la puteada. Hay momentos en los que le falta el sobretodo y el pucho, y es John Constantine, más que Alec Holland. Obvio que, al ser el creador del personaje, Wein tiene derecho a hacerlo hablar como se le canten las bolas, pero a mí personalmente me hizo mucho ruido y me distrajo de la trama central. Fuera de eso, The Dead Don´t Sleep es una aventura entretenida, efectiva, con muchos elementos pensados para cebar al fan del rincón místico/ dark del Universo DC.
Y termino en Argentina, año 2022, con una breve mención al Vol.6 de Manta, escrito una vez más por Jonathan Crenovich y Martín Mazzeo y dibujado y coloreado por Nicolás Brondo. Esto leído así, de a 60 páginas por año, es un palo en el orto. Me costó muchísimo entender qué pasaba, porque claro, leí el Vol.5 el 31/10/21 y no me acordaba casi nada. Después, con el correr de las páginas, recompuse en mi mente algo de la trama, compleja y sofisticada, que sostiene a esta saga de misterio, suspenso, venganza y violencia. Y me encontré con diálogos (muchos) que indagan en la lógica de los vengadores enmascarados, de los justicieros que no tienen reparo en responder a la crueldad y la atrocidad con más crueldad y más atrocidad. Como siempre, la trama avanza lento, los personajes están muy bien desarrollados y cobran verdadera tridimensionalidad, tanto a través de los diálogos como de las secuencias mudas. Y en esta entrega puntual, tenemos el final más tremendo, más impactante, más hijo de puta de toda la saga, como para que esperemos el Vol.7 más manija que nunca. La verdad que pensaba aguantar el Vol.7 hasta que saliera el 8, como para leer los dos juntos, pero se va a complicar. Y nada más, por hoy. Nos encontramos el domingo a la tarde en la Pergamino Comic Fest, y si no, la semana que viene con nuevas reseñas, acá en el blog.

lunes, 16 de mayo de 2022

VAMOS CON TRES MÁS

Acá estamos con nuevas reseñas, nada menos que tres libritos. En el año 2003, el diario italiano Repubblica armó su colección de Clásicos de la Historieta, no muy distinta en formato y concepto a la Biblioteca de Historieta que publicó Clarín. El Vol.11 es un tomo de 240 páginas íntegramente dedicado a Ken Parker, la magnífica creación del guionista Giancarlo Berardi y el dibujante Ivo Milazzo. Además de varios textos muy interesantes, el libro ofrece dos historias unitarias cortas que aparecieron en distintas antologías: la primera es una gema, 20 páginas de una belleza apabullante; y la segunda está buena pero es muy rara porque Milazzo cambia por completo su registro gráfico y parece dibujada por otro autor. Y después viene la paponga: dos novelas gráficas de 96 páginas cada una, demasiado buenas para ser reales. La primera, Diritto e rovescio, explora el tema de la homosexualidad en las décadas finales del Siglo XIX y es tremenda. El guion es brillante, aunque por ahí le sobran 15 ó 20 páginas. La segunda, Sciopero, es simplemente perfecta. Una historia desgarradora, de una crueldad atroz, que da testimonio de los abusos que sufrían los obreros a manos de los dueños de las fábricas también sobre el final del Siglo XIX, cuando Estados Unidos vivía una expansión tecnológica y económica sin precedentes, aunque la prosperidad que esta generaba iba a manos de muy pocos. Berardi no disimula en lo más mínimo su militancia de izquierda, y por momentos Sciopero es una versión ilustrada de El Capital, de Karl Marx. Pero en ningún momento la bajada de línea va en detrimento del asfixiante espesor dramático que propone la historia. Son 96 páginas a puro dolor, donde la aventura se tiñe de una desazón y una amargura pocas veces vistas. Ya derramé hectolitros de baba hablando del dibujo de Ivo Milazzo en la reseña del 01/09/16, pero no me canso de repetir lo hermoso que es el trabajo de este prócer italiano. Es como un amalgam glorioso de Oswal, Hugo Pratt, Gustavo Trigo, Alfonso Font, por momentos algunas sombras extremas al estilo Jordi Bernet... Nunca sabés qué nueva fatality te va a tirar Milazzo, pero todas son letales. Estamos ante un narrador impecable, asombroso, que trabaja con la puesta en página más clásica posible para después elegir con enorme criterio cuando suprime los fondos y cuando deja la vida en la recreación de estos ambientes, perfectamente retratados. Envidio mucho a la gente que sigue hace años a Ken Parker y tiene todas (o casi todas) las aventuras de esta especie de Corto Maltés de los Estados Unidos que empezó como un western y terminó como una cátedra de historieta adulta, comprometida y emotiva hasta el tuétano.
Y ya que menciono a EEUU, sigo con el one-shot publicado por DC Comics en 2018, titulado Swamp Thing Winter Special. Acá hay dos historietas: una es casi una bizarreada. Son las 20 páginas que iban a componer el nº1 de una serie de Swamp Thing escrita por Len Wein y dibujada por Joe Kelly, pero que quedó en nada por la inesperada muerte del guionista. Acá vemos la historia completa dibujada y coloreada, pero sin los textos, porque Wein no llegó a escribirlos. Esto es secuela de una miniserie anterior a cargo del mismo equipo, que tengo en la pila de las lecturas pendientes. Ya llegaremos. Pero lo grosso es lo de adelante, la historieta de 40 páginas con la que Tom King y Jason Fabok se llevaron un muy merecido premio Eisner. Seguramente se podría haber narrado lo mismo en 24 páginas, pero el dibujo de Fabok es tan grosso que mejor dame 140 páginas de esto. Fabok es un dibujante no tan original, pero capaz de tomar lo mejor de los dibujantes que lo influencian. Cuando tuvo que dibujar Justice League como continuador de Iván Reis, conservó intacta la magia del astro brazuca. Cuando tuvo que dibujar Three Jokers basado en la estética de Brian Bolland se la bancó con una altura y una solvencia impresionantes. Y acá, tiene algunas secuencias en las que nos tira guiños a los fans de John Totleben y Stephen Bissette y le salen perfecto. Visualmente, es un trabajo realmente exquisito, con un aporte acertadísimo del colorista Brad Anderson. El guion de King está todo basado en el giro totalmente inesperado y brillante que pega en la página 30. Es un recurso de alto impacto, que te detona la cabeza en una doble splash innecesaria, pero memorable. Y si hasta ahí la historia era emotiva, el final te conmueve, te estrangula el alma aunque seas un monolito de piedra sin el menor rastro de sensibilidad. La muerte de Len Wein hizo que este one-shot se vinculara mucho al tributo de DC a uno de sus próceres, pero la verdad que el trabajo de King y Fabok es una maravilla que merece ser atesorada por todos los fans, no solo de Swamp Thing, sino del buen comic en general.
Y cierro con una breve mención a Mini Mundo, recopilatorio de historietas muy cortitas, realizadas por Mariana Ruiz Johnson para alguna publicación infantil. Esto es material para chicos muy chiquitos, con conflictos también muy chiquitos, hábilmente vinculados a situaciones que los chicos de tres a seis años viven en su realidad cotidiana. Los relatos tienen poquísimo texto, para que los padres se los puedan leer a sus hijos sin perder dos horas de sus vidas, y los dibujos son muy lindos, de muy fácil comprensión. Ruiz Johnson viene más del palo de la ilustración, pero acá demuestra que entiende perfectamente cómo armar secuencias y llevar adelante la narración con los dibujos. Con personajes simpáticos y con tramas muy simples, las historietas de Mini Mundo tienen todo para acompañar a las nenas y nenes que están dando sus primeros pasos en la lectura. Y leídas por un adulto tienen algo de gracia, sobre todo porque el trazo de Ruiz Johnson es, además de muy agradable, muy original. Nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

sábado, 25 de octubre de 2014

25/ 10: SWAMP THING Vol.3

Ahora sí, pude leer completa la saga de Rotworld, cuta mitad “roja” vimos el 16 de este mes. La mitad “verde” también tiene muchas páginas, pero se me hizo más rápido de leer, porque 80 de esas páginas ya las había leído en el TPB de Animal Man. Vamos a centrar la reseña, entonces, en los episodios restantes, en los seis episodios que muestran la guerra contra el Rot desde el punto de vista de Swamp Thing, una vez que su camino y el de Animal Man se bifurcan.
Te lo resumo en tres palabras: espejitos de colores. Mucha grandilocuencia, machaca zarpada contra monstruos jodidos, cambios brutales en el status quo (el mundo entero poseído por la putrefacción), una epopeya a escala global… y no pasa nada. Todos los cambios vuelven para atrás, todo queda en el impacto, en el pochoclo y todo huele a relleno, a idea chiquita estirada hasta el infinito, a que se podía contar lo mismo en dos anuales. Así como el TPB de Animal Man mechaba escenas de Buddy en el mundo putrefacto con un subplot más tranqui protagonizado por Maxine, en Swamp Thing tenemos el mismo recurso, pero con Abby Arcane al frente del subplot. Y con Scott Snyder demostrando que no tenía absolutamente nada que contar en esa sub-trama. Las páginas de Abby en Europa (encima ambientadas durante el año en el que Swampy desaparece) son totalmente prescindibles, les podés hacer zapping sin perderte nada, o leerlas para bajar un cambio entre combate y combate de Swampy y sus aliados contra los bichos del Rot, pero sin esperar ningún tipo de desarrollo de nada.
Finalmente, como en el TPB de Animal Man, el último episodio, el epílogo, es donde el guionista realmente se luce y busca la reivindicación después de meses de latrocinio. Como Jeff Lemire en el n°19 de Animal Man, Scott Snyder cierra todo en el n°18 de Swamp Thing, con huevos para pegarle sacudones grossos (y espero que irreversibles) a los personajes, en un capítulo con todas las emociones que no tuvimos hasta ahora. Pero como además Snyder abandona la serie, se juega incluso más que Lemire y su final es mucho más definitivo. La despedida de Snyder invita a no seguir leyendo Swamp Thing mucho más que aquel n°19 de Animal Man, lo cual es… muchísimo. Así que el final de Rotworld terminó por ser un punto clave par bajarse de estas dos series, que prometían mucho y cumplieron hasta por ahí nomás.
Una similitud más entre este TPB y el Vol.3 de Animal Man es que la mayoría de los episodios tienen a un dibujante increíble, quizás en el mejor trabajo de su carrera. Lo que hace Yanick Paquette en este tomo es asombroso, majestuoso, totalmente descomunal, tanto en el dibujo como en la planificación de las páginas. A diferencia de Steve Pugh, el propio Paquette dibuja las secuencias protagonizadas por Abby que transcurren en paralelo a la trama central, y quizás eso sea lo que las haga mínimamente legibles. Pero también a diferencia de Pugh, Paquette no se banca más de dos o tres episodios seguidos y así es como aparecen los suplentes a los que ya sufrimos en el TPB de Animal Man: Marco Rudy, el clon choto de Totleben y Bissette que afana fotos a lo bestia, y el impresentable Andrew Belanger, que en un mundo más justo estaría preso en un penal de máxima seguridad.
Me quedo con esas últimas 22 páginas, con esos bellísimos y vibrantes dibujos de Paquette y con esos riesgos tan bien asumidos por Snyder para terminar con la mentira y darle a su despedida un verdadero sello de autor. Impredecible, emotivo, coherente, impactante, ese episodio final es lo que seguramente va a mostrar Scott Snyder cuando “le pidan el carnet” para entrar al club de los grandes guionistas de Swamp Thing, fundado por Len Wein y presidido hace 30 años por Alan Moore. El resto, hay que ser muy talibán de los New 52 (o haber leído poco Swamp Thing) para ponerlo entre las etapas más gloriosas de este entrañable personaje.

domingo, 9 de marzo de 2014

09/ 03: SWAMP THING Vol.2

Bueno, tardé más de 13 meses en retomar esta serie (reseñé el Vol.1 el 06/02/13), pero la espera valió bastante la pena. A diferencia de lo que pasaba con el Vol.2 de Animal Man, acá se ve algo más que un guionista que “hace tiempo” hasta llegar al momento del crossover con la revista vecina. Y al igual que el Vol.2 de Animal Man, tenemos un libro raro, porque la historia posta, la que transcurre en el presente se termina pasadita la mitad del tomo para darle lugar a historias que nos llevan al pasado de los personajes.
Por lo menos, en esas 80 páginas iniciales, las ambientadas en el presente, Scott Snyder tiene el decoro de contarnos dos cosas: primero, la lucha de Swamp Thing contra Sethe, uno de los capos máximos del Rot, que tiene a Abby en su poder. Y después, la aparición de Anton Arcane y el combate contra este villano, que tiene un tratamiento muy cuidado por parte del guionista. El cuarto episodio (segundo del arquito contra Arcane) termina con lo que venimos esperando desde que arrancó la serie: el encuentro con Buddy Baker. Obviamente querés que Snyder te cuente YA eso, no historias del pasado, pero bueno, ya vendrá el team-up entre ambos campeones. Lo bueno es que estas primeras 80 páginas no huelen a relleno, ni a ideas ínfimas (o viejas) estiradas para zafar. Si el Vol.1 iba un poco lento, acá eso se corrige. Quizás no del mejor modo, porque la variante que encuentra Snyder es irse un poquito del terror a la machaca épica en la que Swampy es un coloso de la lucha que se caga a palos con miles de monstruos (y aún así la que salva las papas en ambas peleas es Abby). Por ahí más adelante se logra un equilibrio más sutil, que no vaya de la parsimonia más densa a la machaca más cabeza...
Las dos historias ambientadas en el pasado le dan MUCHA chapa a Arcane. La primera lo vincula directamente al origen del actual Swamp Thing. Y la segunda narra una interesantísima historia de la juventud de Alec Holland, en la que conoce (y después olvida, claro) a quien será su némesis y a su encantadora sobrina. Esta historia, al ser más larga, tiene otros condimentos: un mini-anticipo de cosas que sucederán ya entrada la saga del Rot, toquecitos de continuidad que tienen que ver con el origen de Jason Woodrue, y sobre todo un clima distinto, menos dark, en el que no está todo podrido todo el tiempo. Me parece que a nivel guión, las mejores páginas del tomo están en esa historia.
El gran problema de este tomo es la incesante rotación de dibujantes, que realmente es un kilombo. En el Vol.1 había un titular (Yannick Paquette) y un suplente (Marco Rudy). Acá, además de esos dos, meten mano Becky Cloonan, Francesco Francavilla, Kano y Andrew Belanger. Y la que más dibuja es Cloonan, con sólo 33 páginas. Veamos qué onda:
Medalla de Oro para Paquette, sin dudas. Dibuja sólo 31 páginas, pero son alucinantes. Claramente es el que mejor arma el combo Terror + Machaca, se va a al carajo con la puesta en página y se luce con su gran manejo de la anatomía. Medalla de Plata para Francavilla, que se entinta y colorea a sí mismo en 20 páginas logradísimas, con un clima propio, en las que todo está dibujado muy distinto a como dibujan todos los demás. Medalla de Bronce para Cloonan, que mejoró muchísimo respecto de otros trabajos suyos que vimos en el blog (Demo, American Virgin, etc.). Excelente trabajo y notable evolución de la italiana. Y muy breve mención para los otros tres: Belanger parece muy bueno, no lo pongo más arriba porque dibuja sólo 5 páginas; Kano es correcto, cumplidor, le falta un poquito más de riesgo, de buscar una identidad gráfica más personal; y Marco Rudy, al que me cansé de putear en el Vol.1, acá está un poquito mejor, todavía duro, dependiente de la foto y con achacos muy obvios a John Totleben y Stephen Bissette, pero esta vez sus 30 páginitas no se me hicieron tan infumables como la vez pasada.
Y bueno, se acaba el jugueteo previo. En los próximos tomos de Animal Man y Swamp Thing vamos a ver la saga pulenta, a todo o nada, y veremos si efectivamente todo este extenso prólogo garpó o no. Scott Snyder ya se anotó un poroto extra, porque durante la previa le dio a Swampy algo que Animal Man no tiene, que es el villano grosso, bien planteado y bien construído. Prometo no tardar 13 meses en entrarle al Vol.3.

miércoles, 6 de febrero de 2013

06/ 02: SWAMP THING Vol.1

Bueno, por fin un recopilatorio de los New 52 que me deja más satisfacciones que dudas. Lo que propone Scott Snyder para Swamp Thing no es hiper original, y aún así se la banca muy decorosamente.
Los problemas que le veo a este primer tramo son tres: 1) va muuuy lento. En cada episodio de 20 paginitas pasa lo que en los ´80 pasaba en cinco páginas. De hecho, en los ´80, todo este TPB era –con suerte- un Annual de 45 páginas. 2) Al igual que en Animal Man, los autores eligen arrancar con una saga demasiado grandilocuente, demasiado “a todo o nada”. Por ahí era más copado desarrollar primero a los personajes, armar un elenco grosso de secundarios, ganarle a alguna amenaza más chiquita y después sí, poner toda la carne al asador para esta hiper-saga contra el Rot que arranca con ambiciones gigantescas, que ojalá cumpla y que ojalá no sea un clon milimétrico de aquella machaca contra Matango, del Gris, que ya vimos en esta serie allá por 1990. 3) En los episodios en los que se ausenta Yanick Paquette entra un suplente absolutamente desgarrador, Marco Rudy, un Juan Carlos Flicker de la C que cuando no afana de fotos afana de las gloriosas Swamp Thing de los ´80 dibujadas por John Totleben y Stephen Bissette.
En cuanto a los hallazgos, el más conspicuo es que esto está MUY bien escrito. Las escenas de terror son tremendamente escalofriantes, los diálogos son excelentes, y cuando Snyder se manda algún moorismo, la danza entre textos e imágenes cobra un vuelo poco frecuente en los comics del mainstream actual. Un truco que funciona muy bien, aunque sólo se puede aplicar en este TPB y que le debemos justamente a la parsimonia en el relato, es que acá Alec Holland NO es Swamp Thing. Tiene poderes sobre el Verde, memorias de haber sido Swamp Thing y un montón de personajes que le dicen “dale, flaco, convertite en Swamp Thing”. Snyder aprovecha a fondo este recurso para contar varias cosas de la vida de este científico que nunca antes nos habían revelado y que no sé si sumarán a futuro, pero ayudan a hacer atractivo este primer tramo que –repito- avanza más lento que el 151 por Medrano un martes a las cuatro de la tarde.
Me gustó el nuevo rol de Abby, me gustó que Arcane sea un pendejito en vez de un viejo decrépito, me gustaría (aunque lo dudo mucho) que al Parlamento de los Arboles realmente le queden pocos minutos de vida antes de desaparecer para siempre, y descubrí con satisfacción que esa aparición de Superman en el primer episodio (totalmente intrascendente) era sólo eso, un engaña-pichanga, ya que de ahí en más Snyder no vuelve a meter ni la más mínima mención al resto del DCU.
Por supuesto, me volvió loco el dibujo de Paquette. Ma-mita, qué jugador! El tipo pela una anatomía portentosa, tipo Bryan Hitch, pero a la hora de meter sombras parece Sean Phillips y a la hora de meterle detalles y expresiones a los rostros parece Kevin Nowlan. En la gran mayoría de las secuencias, se juega por una puesta en página muy loca, muy al estilo de lo que hacía Rick Veitch, sin zanjas blancas entre las viñetas, que son de los tamaños y formas más irregulares y bizarros que se te ocurran. A la hora de dibujar fondos, Paquette deja la vida y además decora todo con plantitas, flores y fumanchereadas varias. Para mi gusto, se zarpa apenitas un toque en el gore y el resto, todo de muy grosso para arriba. Lástima que no se banque dibujar todos los episodios, sobre todo a la luz de la ínfima calidad de su reemplazante.
Con ideas arriesgadas, un clima muy truculento y millones de homenajes a los autores que hicieron fundamental a esta serie en las décadas anteriores, Snyder y Paquette trajeron de vuelta a Swamp Thing. Por ahora, la historia que quieren contar se parece mucho a una que ya leímos en la época en la que en cada episodio de 20 páginas pasaban varias cosas. Y también por ahora, no escasean en absoluto los motivos para tenerles paciencia y bancar un TPB más, a ver cómo evoluciona la propuesta, que –más allá de algunos “peros”- se lee bien y se ve mejor.

lunes, 30 de agosto de 2010

30/ 08: SWAMP THING: BAD SEED


Había una vez una revista maravillosa que se llamaba Swamp Thing, por la que en los ´80 habían pasado Alan Moore y Rick Veitch y habían dejado el listón demasiado alto para cualquiera que viniera después. Los dos autores siguientes (Doug Wheeler y Nancy Ann Collins) fracasaron miserablemente y para 1994 Swamp Thing era el comic que nadie leía ni ebrio ni dormido. Pero vino Mark Millar, cuando no era nadie, con la humildad del pibe que debuta en un club del ascenso, y logró lo impensable: casi 40 meses más de vida para este fiambre y, lo que es mejor, un nivel impresionante. Posta, el Swamp Thing de Millar y Phil Hester es excelente por donde se lo mire, con nada para envidiarle al de Moore o al de Veitch. Pero el costo de esos hermosos números fue altísimo: Millar transformó a Swamp Thing en otra cosa, en algo demasiado grosso, en algo que no encaja en ningún universo, en ningún relato, algo más allá de los conflictos que hacen interesante a cualquier guión. Y claro, así no se podía seguir.
De hecho, cuando a Brian Vaughan le encargan resucitar la serie, el grosso hace trampa: la revista se llama Swamp Thing, pero la protagonista es Tefé, porque Swamp Thing –tal como lo dejó Millar- era más jodido de usar que las galeras de Aníbal Pachano. Hacía falta un mecanismo de continuidad, un truco que volviera a Swamp Thing para atrás pero sin cagarse estrepitosamente en nada de lo anterior, un pase de manos que volviera a hacer viable (“aventurable”, diría el Maestro Sasturain) al viejo personaje de Len Wein y Berni Wrightson, ese “abuelo de Vertigo” al que tanto amamos desde los ´70.
Y apareció, nomás, un hechicero valiente que dijo “Yo me hago cargo. Seis numeritos, nomás, después que la siga otro”. Pero en esos seis episodios, Andy Diggle (que de él se trata) hizo lo imposible: respetó lo de Millar, abrevó de lo de Vaughan y volvió a Swamp Thing a un status quo que en este tomo no se llega a ver, pero que seguro tiene mucho más que ver con el de Wein o el de Moore que con lo del ´94-2001. Con eso alcanzaba, no lo dudes un instante: nadie esperaba que Bad Seed fuera un gran comic, simplemente que dejara a Swamp Thing en un nuevo punto de partida más o menos fértil para seguir adelante con la saga. Pero –mirá lo que son las cosas- Diggle redobló la apuesta y además de recuperar al personaje, se mandó una historia de la San Puta, memorable más allá de las grossísimas consecuencias que traerá para el monstruo del pantano.
La clave está en el manejo de los personajes: Diggle los estudió a fondo y logró componer la partitura que los enrede a todos en una danza perfecta: Swamp Thing, Alec Holland, su esposa Abby, su hija Tefé, el siempre sorprendente John Constantine y, por si faltara alguien, Sargón el Hechicero, el personaje menos conocido y más ambiguo de este elenco, y obviamente el que funciona como catalizador de casi todo lo que va a pasar. No quiero revelar detalles de la trama, pero sí subrayar el gran nivel de los diálogos y lo absolutamente coherente que es el desarrollo de la saga, de principio a fin. Está apenitas estirada, pero cuando hay personajes tan ricos y diálogos tan copados, no molesta en lo más mínimo.
Parte de la enorme chapa de Bad Seed se le debe a los dibujos (¿qué digo dibujos? Recontra-dibujazos!) del glorioso Enrique Breccia, en su primera y única incursión por el mundo de las series mensuales para el mercado yanki. Lo que dibuja Breccia en Swamp Thing es completamente sobrenatural. Secundado por los colores de su hijo Martín, echa mano a todos sus recursos (que son infinitos) para darle vida a un comic que conmueve, impacta, por momentos da miedo (¿lo tenías al Churrique dibujando monstruos pesadillescos?), perturba y trata de que tomes partido en dilemas morales muy incómodos. Las seis portadas de Breccia son sendas obras maestras de la ilustración fantástica y si sos fan de Swamp Thing como yo, creo que das un brazo por colgar uno de esos lienzos en tu casa. Breccia se quedó varios números más en la serie, pero eso ya es otra historia (escrita por Joshua Dysart) que creo que no voy a leer nunca, porque tengo entendido que es flojita. Pero la Bad Seed se plantó acá y fue una cátedra difícil de olvidar a cargo de dos monstruos de carne y hueso.