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jueves, 10 de noviembre de 2022
OTRA VEZ DE A TRES
Otros tres libritos leídos, como para retomar un ritmo razonable de reseñas en este espacio.
Le entré a Serie B, la novela gráfica escrita y dibujada por Andrés G. Leiva en 2014, con expectativas muy altas, porque venía recomendada enfáticamente por varias personas cuya opinión suele coincidir con la mía. Y no, no me mintieron. Serie B es una obra maestra, de la que me sorprende no haber oído hablar mucho antes. Es insólito, inaudito, inverosímil que Leiva no haya levantado premios a lo pavote con este homenaje al Hollywood más trucho, más precario y a la vez más genuino. El dibujo está muy en la línea de Joann Sfar, Blutch y Christophe Blain, con ese trazo muy suelto, muy expresivo, una línea generalmente fina y con un cierto tembleque, un color puesto con acuarelas, muy jugado a los climas... Por momentos aparece también la estética retro de Ben Katchor, pero la influencia principal son los autores franceses ya mencionados. Y está buenísimo, porque uno asocia a Sfar, Blutch y Blain con grillas muy tradicionales, de viñetas regulares, y Leiva elige un rumbo diametralmente opuesto para su puesta en página. Hay páginas de cuatro o seis viñetas de idéntico tamaño, pero también páginas llenas de cuadros horizontales (en formato widescreen) o verticales, cuadros enormes, páginas splash, variaciones en la forma de delimitar los contornos de las viñetas... Serie B está llena de sorpresas en materia visual, y tiene la extraña virtud de no parecerse en nada a los trabajos anteriores de Leiva, donde la impronta gráfica era radicalmente distinta.
El guion es exquisito y también, está lleno de sorpresas. Tiene un truco muy ingenioso para hilvanar pedacitos de historias que parecían totalmente inconexas, tiene personajes muy bien desarrollados, y dos relatos en dos niveles distintos: uno de ficción (un director, una guionista y un equipo de actores filman un largometraje con dos mangos) y uno de ficción dentro de la ficción, en el que vemos como "reales" las aventuras que imaginan los autores del film. Los mejores momentos tienen que ver con el carisma de algunos personajes (un elenco magistral donde no hay ni buenos ni malos) y con ese contraste entre lo que narra el film y lo que sucede en el backstage. Cuando Leiva explora este lado de la cámara y revela cuáles de todos esos elementos fantásticos y bizarros existen en el mundo "real", Serie B levanta un vuelo alucinante. No puedo contar nada más sin spoilear, así que dejo acá. Me sumo a la recomendación para que más gente consiga y lea esta obra y redoblo esfuerzos para conseguir otros trabajos de Andrés G. Leiva.
Me voy a Estados Unidos, año 2016, cuando el recordado maestro Len Wein se reencuentra con Swamp Thing, el personaje que había co-creado en 1971 con Berni Wrightson para una miniserie llamada The Dead Don´t Sleep, a la que le fue bastante bien en ventas. Como ya no estaba Wrightson, DC consiguió a su mejor imitador, el gran Kelley Jones, que tiene estudiado el Swamp Thing de los ´70 al milímetro. Jones reproduce situaciones, climas, gestos, y hasta enfoques que habíamos visto en la etapa original de Swamp Thing, y después pone mucho de su propia cosecha: oscuridad, grotesco, músculos desproporcionados, rostros desfigurados y todas esas cosas que lo hacen tan querido por sus fans. Lo que no me cerró es que a la hora de dibujar a Deadman no respetara su propio diseño, el de principios de los ´90, que era glorioso. Pero el trabajo gráfico está muy bien, la narrativa fluye sin tropiezos y Jones logra un equilibrio bastante potable entre las viñetas en las que pela virtuosismo y las que saca con fritas, con lo justo para zafar. El color de Michelle Madsen también está muy en sintonía con una historia de horror al límite.
Además de Deadman, Swampy interactúa con Zatanna, el Phantom Stranger, el Spectre y hasta hay un cameo de Demon. Por ahí nada de esto era 100% necesario para el desarrollo de la trama, pero está bien, no molesta. El argumento es muy interesante, tiene varios giros lindos y está apenas estirado, seguramente para darle espacio a todas estas estrellas invitadas. Mi problema, lo que no me cerró para nada, es cómo Wein escribe los diálogos de Swamp Thing: no solo el monstruo habla muchísimo... también tira chistes, retruques sarcásticos y expresiones groseras al filo de la puteada. Hay momentos en los que le falta el sobretodo y el pucho, y es John Constantine, más que Alec Holland. Obvio que, al ser el creador del personaje, Wein tiene derecho a hacerlo hablar como se le canten las bolas, pero a mí personalmente me hizo mucho ruido y me distrajo de la trama central. Fuera de eso, The Dead Don´t Sleep es una aventura entretenida, efectiva, con muchos elementos pensados para cebar al fan del rincón místico/ dark del Universo DC.
Y termino en Argentina, año 2022, con una breve mención al Vol.6 de Manta, escrito una vez más por Jonathan Crenovich y Martín Mazzeo y dibujado y coloreado por Nicolás Brondo. Esto leído así, de a 60 páginas por año, es un palo en el orto. Me costó muchísimo entender qué pasaba, porque claro, leí el Vol.5 el 31/10/21 y no me acordaba casi nada. Después, con el correr de las páginas, recompuse en mi mente algo de la trama, compleja y sofisticada, que sostiene a esta saga de misterio, suspenso, venganza y violencia. Y me encontré con diálogos (muchos) que indagan en la lógica de los vengadores enmascarados, de los justicieros que no tienen reparo en responder a la crueldad y la atrocidad con más crueldad y más atrocidad. Como siempre, la trama avanza lento, los personajes están muy bien desarrollados y cobran verdadera tridimensionalidad, tanto a través de los diálogos como de las secuencias mudas. Y en esta entrega puntual, tenemos el final más tremendo, más impactante, más hijo de puta de toda la saga, como para que esperemos el Vol.7 más manija que nunca. La verdad que pensaba aguantar el Vol.7 hasta que saliera el 8, como para leer los dos juntos, pero se va a complicar.
Y nada más, por hoy. Nos encontramos el domingo a la tarde en la Pergamino Comic Fest, y si no, la semana que viene con nuevas reseñas, acá en el blog.
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jueves, 10 de diciembre de 2015
10/12: THE SANDMAN Vol.4
Y acá es donde Neil Gaiman se consagra, donde Sandman deja de ser “el hitazo de culto” y se convierte en esa lectura fundamental, en ese comic por el que los fans nos apuñalábamos unos a otros, que se terminaba de leer y se comentaba fervientemente con los amigos y conocidos que lo compraban, muchos años antes de que existieran las redes sociales.
Season of Mists es un pico altísimo, que llega a donde muy pocos comic books mensuales habían llegado en 1990-91. Acá hay literatura, mitología, poesía, comic de terror, de superhéroes, personajes y temas de la Biblia, romance, rosca política, drama familiar… Es increíble como con dos o tres movidas maestras Season of Mists te da vuelta el tablero. Leída con mala leche, en esta saga no suceden tantas cosas. Hechos realmente relevantes, habrá dos o tres. Sin embargo, con ese esqueleto, Gaiman se tira a una saga extensa a la que complementa de modo magnífico con diálogos, con desarrollo de personajes (especialmente del propio Morpheus), con la introducción de ideas y conceptos nuevos, y sobre todo con el sembradío de puntas argumentales.
Esto creo que es lo más notorio. Season of Mists se convirtió por mérito propio en un manantial inagotable de ideas y líneas argumentales en las que abrevarían durante muchísimos años no sólo el propio Gaiman, sino todos los autores que jugaron con el “Universo Sandman” en miniseries, especiales y series regulares como The Dreaming y Lucifer. Pocas veces se vio algo así, una “saga madre” tan generosa a la hora de gestar y alimentar secuelas.
Y fijate cómo me cuidé de no usar nunca la palabra “epopeya”. Neil Gaiman nos hace comer varias veces el amague de que “acá se pudre todo y estalla la hiper-machaca entre seres de poder infinito” y sin embargo la hiper-machaca no llega nunca. La acción es mínima y está desenfatizada. Acá están las pruebas que hacían falta para convencerse de que Sandman no era “ese tipo de comic” sino una cosa distinta, muy difícil de meter en la misma bolsa con las otras series que publicaba DC.
Hablando de DC, los vínculos con el DCU siguen ahí. No sé si el cambio de régimen en el Infierno (del Triunvirato al reinado “solista” de Lucifer) se desarrolló en otra serie, o si Gaiman le pegó un sacudón subrepticio al status quo para que este le resultara más funcional a su historia. Pero mientras te preguntás eso, el ídolo te tira referencias a la Justice Society y te hace aparecer a los Lords of Order y Chaos para el delirio de la hinchada.
En materia de dibujantes, Mike Dringenberg se despide de la serie con el prólogo y el epílogo de esta saga. Te diría que el prólogo fue su mejor trabajo en Sandman si no fuera porque la cara de Delirium está invariablemente mal dibujada en todas las viñetas en las que aparece. El resto, muy bien. Y en el epílogo tiene la mala suerte de que lo entinte George Pratt, que es un monstruo, pero que no era ni en pedo un entintador compatible con el estilo de Dringenberg. En el medio de la saga hay un unitario medio descolguetti, también lleno de ideas que se explorarán más adelante, dibujado por el glorioso Matt Wagner. Y todo el resto del tomo va a parar a las habilidosas manos de un Kelley Jones muy inspirado, que deja la vida en cada página. La combinación entre un guión pausado, protocolar, muy de obra de teatro, con un dibujo zarpado, potente, expresionista y siempre al filo del grotesco, funciona asombrosamente bien. Jones tampoco volverá a visitar los pagos del Rey Sueño, pero su paso por esta serie aún hoy está entre lo más destacado de su extensa carrera.
Como Néstor hace doce años y medio, Gaiman vino a proponernos un Sueño. Y en Season of Mists el sueño se hizo realidad: miles y miles de lectores (algunos con el gusto ya educado por Swamp Thing, Miracleman, o alguna otra gema ochentosa del Mago de Northampton) se volcaron con fervor a una serie única, irrepetible, cósmica en su alcance e íntima en su idiosincracia. Si Moore plantó las semillas de lo que más tarde sería Vertigo, acá es donde ese experimento empieza a florecer, a mostrar las verdaderas posibilidades de lo que en esa época se llamaba “dark fantasy” y de un comic de autor (más o menos) integrado al mainstream. Gloria eterna para Season of Mists.
Season of Mists es un pico altísimo, que llega a donde muy pocos comic books mensuales habían llegado en 1990-91. Acá hay literatura, mitología, poesía, comic de terror, de superhéroes, personajes y temas de la Biblia, romance, rosca política, drama familiar… Es increíble como con dos o tres movidas maestras Season of Mists te da vuelta el tablero. Leída con mala leche, en esta saga no suceden tantas cosas. Hechos realmente relevantes, habrá dos o tres. Sin embargo, con ese esqueleto, Gaiman se tira a una saga extensa a la que complementa de modo magnífico con diálogos, con desarrollo de personajes (especialmente del propio Morpheus), con la introducción de ideas y conceptos nuevos, y sobre todo con el sembradío de puntas argumentales.
Esto creo que es lo más notorio. Season of Mists se convirtió por mérito propio en un manantial inagotable de ideas y líneas argumentales en las que abrevarían durante muchísimos años no sólo el propio Gaiman, sino todos los autores que jugaron con el “Universo Sandman” en miniseries, especiales y series regulares como The Dreaming y Lucifer. Pocas veces se vio algo así, una “saga madre” tan generosa a la hora de gestar y alimentar secuelas.
Y fijate cómo me cuidé de no usar nunca la palabra “epopeya”. Neil Gaiman nos hace comer varias veces el amague de que “acá se pudre todo y estalla la hiper-machaca entre seres de poder infinito” y sin embargo la hiper-machaca no llega nunca. La acción es mínima y está desenfatizada. Acá están las pruebas que hacían falta para convencerse de que Sandman no era “ese tipo de comic” sino una cosa distinta, muy difícil de meter en la misma bolsa con las otras series que publicaba DC.
Hablando de DC, los vínculos con el DCU siguen ahí. No sé si el cambio de régimen en el Infierno (del Triunvirato al reinado “solista” de Lucifer) se desarrolló en otra serie, o si Gaiman le pegó un sacudón subrepticio al status quo para que este le resultara más funcional a su historia. Pero mientras te preguntás eso, el ídolo te tira referencias a la Justice Society y te hace aparecer a los Lords of Order y Chaos para el delirio de la hinchada.
En materia de dibujantes, Mike Dringenberg se despide de la serie con el prólogo y el epílogo de esta saga. Te diría que el prólogo fue su mejor trabajo en Sandman si no fuera porque la cara de Delirium está invariablemente mal dibujada en todas las viñetas en las que aparece. El resto, muy bien. Y en el epílogo tiene la mala suerte de que lo entinte George Pratt, que es un monstruo, pero que no era ni en pedo un entintador compatible con el estilo de Dringenberg. En el medio de la saga hay un unitario medio descolguetti, también lleno de ideas que se explorarán más adelante, dibujado por el glorioso Matt Wagner. Y todo el resto del tomo va a parar a las habilidosas manos de un Kelley Jones muy inspirado, que deja la vida en cada página. La combinación entre un guión pausado, protocolar, muy de obra de teatro, con un dibujo zarpado, potente, expresionista y siempre al filo del grotesco, funciona asombrosamente bien. Jones tampoco volverá a visitar los pagos del Rey Sueño, pero su paso por esta serie aún hoy está entre lo más destacado de su extensa carrera.
Como Néstor hace doce años y medio, Gaiman vino a proponernos un Sueño. Y en Season of Mists el sueño se hizo realidad: miles y miles de lectores (algunos con el gusto ya educado por Swamp Thing, Miracleman, o alguna otra gema ochentosa del Mago de Northampton) se volcaron con fervor a una serie única, irrepetible, cósmica en su alcance e íntima en su idiosincracia. Si Moore plantó las semillas de lo que más tarde sería Vertigo, acá es donde ese experimento empieza a florecer, a mostrar las verdaderas posibilidades de lo que en esa época se llamaba “dark fantasy” y de un comic de autor (más o menos) integrado al mainstream. Gloria eterna para Season of Mists.
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jueves, 12 de abril de 2012
12/ 04: CRIMINAL MACABRE OMNIBUS Vol.1
Ufff... qué trip! Casi 400 páginas al hilo de Criminal Macabre, la serie de Steve Niles que Dark Horse publica desde 2003. Esto de que los libros tengan cada vez más páginas me está matando, cada vez es más difícil bajarme uno por día. Pero por otro lado está buenísimo. Yo conocí a Criminal Macabre por una historia corta en una antología, después vi el primer TPB barato y me lo compré, y después me olvidé, o no le di bola. Años más tarde salió este masacote y ahora tengo en un sólo broli aquella historia corta, la saga que tenía en TPB y tres aventuras más: una de 26 páginas, una de 96 y una de más de 100. Ahora sí, me olvido de Cal McDonald y sus misterios por un largo tiempo, pero tranquilo, porque tengo todo lo que me interesa tener.
Por si no lo ubicás, Cal McDonald es una especie de versión cabeza de John Constantine. Es un detective expulsado de la policía por borracho y drogadicto, que resuelve crímenes en los que suelen estar implicados vampiros, hombres lobo, momias, demonios que poseen gente (o cosas) y monstruos varios. El tipo sabe ocultismo, pero en vez de cancherear tipo Constantine, de hacerles la sutil, de psicopatearlos, opta por cagarse tiros y trompadas con las criaturas de la noche. Como Hellboy, o the Goon, pero sin más superpoderes que la inconciencia absoluta, producto del alcohol y las drogas.
Cal McDonald cobra de lo lindo, pero siempre sale entero, en parte gracias a su amigo y cuasi-guardaespaldas Mo´lock, un muerto resucitado con mucho aguante y mil veces más serio que Cal, que se la pasa profiriendo chistes y guarangadas sumamente ingeniosas. Casi todas las historias respetan el formato del policial, en el que un detective investiga uno o varios crímenes, sigue pistas, interroga a sospechosos, etc., excepto la última, Supernatural Freak Machine, la más extensa. Acá Niles opta por una estructura más típica del comic de superhéroes: un villano al que Cal derrotó en el pasado vuelve para vengarse de nuestro no-héroe. No es la fórmula que mejor funciona en esta serie, lamentablemente, si bien la historia dentro de todo es entretenida.
El resto son muy buenas historias policiales, que rápidamente viran hacia la machaca sobrenatural. La primera tal vez sea la menos lograda, pero ya a partir de la segunda (la cortita, la primera que leí yo) las tramas son redondísimas, las amenazas funcionan perfecto, el ritmo se hace más impredecible, más ágil, y por supuesto Niles conoce mejor a los personajes, con lo cual se mete más y mejor en sus cabezas. Si me tengo que quedar con una, elijo la tercera, Love Me Tenderloin, la de 26 páginas, que creo que es la que mejor combina misterio, investigación, machaca, desarrollo de personajes, bizarreada y chistes de humor negro y mala leche.
Las tres primeras historias están dibujadas por el monstruo Ben Templesmith, co-equiper de Niles en la mucho más famosa 30 Days of Night. Como es su costumbre, Templesmith se caga olímpicamente en los fondos. Mete una texturita de photoshop, dos rayas, una mancha, y a comerla. Ni se le ocurre que se tiene que matar en los fondos... como un ciego en el colectivo, que ni se esfuerza por hacerse el dormido, porque sabe que nadie le va a pedir el asiento. Con Templesmith pasa lo mismo: ¿quién le va a exigir que se rompa el culo en los fondos a un tipo que dibuja esas caras, esos dientes y que tiene ese manejo del color? No seamos ridículos...
Las dos sagas finales están a cargo de Kelley Jones, dibujante emblemático de los ´90. Jones es un virtuoso, de eso no hay dudas. Si quisiera, podría ser un clon perfecto de Berni Wrightson. Pero no quiere. A él e gusta el kilombo, la machaca, el grotesco. Ir al extremo, generar revulsión. Su talón de Aquiles son las minas. Cuando le salen lindas, se nota que están copiadas de fotos. Cuando se nota que no están copiadas de fotos, le salen feas. Y no le pidas que tengan la misma cara de una viñeta a otra, porque no le sale. A veces ni siquiera los varones conservan los rasgos faciales de una viñeta a otra. Igual lo banco.
Un policial con terror, machaca y chistes no es algo fácil de hacer. Steve Niles lo hizo y le salió muy bien. Aguante Criminal Macabre.
Por si no lo ubicás, Cal McDonald es una especie de versión cabeza de John Constantine. Es un detective expulsado de la policía por borracho y drogadicto, que resuelve crímenes en los que suelen estar implicados vampiros, hombres lobo, momias, demonios que poseen gente (o cosas) y monstruos varios. El tipo sabe ocultismo, pero en vez de cancherear tipo Constantine, de hacerles la sutil, de psicopatearlos, opta por cagarse tiros y trompadas con las criaturas de la noche. Como Hellboy, o the Goon, pero sin más superpoderes que la inconciencia absoluta, producto del alcohol y las drogas.
Cal McDonald cobra de lo lindo, pero siempre sale entero, en parte gracias a su amigo y cuasi-guardaespaldas Mo´lock, un muerto resucitado con mucho aguante y mil veces más serio que Cal, que se la pasa profiriendo chistes y guarangadas sumamente ingeniosas. Casi todas las historias respetan el formato del policial, en el que un detective investiga uno o varios crímenes, sigue pistas, interroga a sospechosos, etc., excepto la última, Supernatural Freak Machine, la más extensa. Acá Niles opta por una estructura más típica del comic de superhéroes: un villano al que Cal derrotó en el pasado vuelve para vengarse de nuestro no-héroe. No es la fórmula que mejor funciona en esta serie, lamentablemente, si bien la historia dentro de todo es entretenida.
El resto son muy buenas historias policiales, que rápidamente viran hacia la machaca sobrenatural. La primera tal vez sea la menos lograda, pero ya a partir de la segunda (la cortita, la primera que leí yo) las tramas son redondísimas, las amenazas funcionan perfecto, el ritmo se hace más impredecible, más ágil, y por supuesto Niles conoce mejor a los personajes, con lo cual se mete más y mejor en sus cabezas. Si me tengo que quedar con una, elijo la tercera, Love Me Tenderloin, la de 26 páginas, que creo que es la que mejor combina misterio, investigación, machaca, desarrollo de personajes, bizarreada y chistes de humor negro y mala leche.
Las tres primeras historias están dibujadas por el monstruo Ben Templesmith, co-equiper de Niles en la mucho más famosa 30 Days of Night. Como es su costumbre, Templesmith se caga olímpicamente en los fondos. Mete una texturita de photoshop, dos rayas, una mancha, y a comerla. Ni se le ocurre que se tiene que matar en los fondos... como un ciego en el colectivo, que ni se esfuerza por hacerse el dormido, porque sabe que nadie le va a pedir el asiento. Con Templesmith pasa lo mismo: ¿quién le va a exigir que se rompa el culo en los fondos a un tipo que dibuja esas caras, esos dientes y que tiene ese manejo del color? No seamos ridículos...
Las dos sagas finales están a cargo de Kelley Jones, dibujante emblemático de los ´90. Jones es un virtuoso, de eso no hay dudas. Si quisiera, podría ser un clon perfecto de Berni Wrightson. Pero no quiere. A él e gusta el kilombo, la machaca, el grotesco. Ir al extremo, generar revulsión. Su talón de Aquiles son las minas. Cuando le salen lindas, se nota que están copiadas de fotos. Cuando se nota que no están copiadas de fotos, le salen feas. Y no le pidas que tengan la misma cara de una viñeta a otra, porque no le sale. A veces ni siquiera los varones conservan los rasgos faciales de una viñeta a otra. Igual lo banco.
Un policial con terror, machaca y chistes no es algo fácil de hacer. Steve Niles lo hizo y le salió muy bien. Aguante Criminal Macabre.
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