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lunes, 2 de febrero de 2026
NOCHE DE LUNES
Otra vez perdió Racing contra un equipo que a priori parecía bastante inferior, y ya nos empezamos a acostumbrar de nuevo a la derrota y la desazón. Por lo menos nos quedan los comics, así que vamos con las reseñas de lo último que leí.
Nevermore es una antología producida por la editorial británica Self Made Hero, y más tarde replicada por su par estadounidense Sterling. Se trata de nuevas versiones de los relatos clásicos de Edgar Allan Poe, reinterpretados por autores actuales, y con la libertad de tomar solo algún elemento de las versiones originales y modificar el resto a gusto y piaccere. Olvidate de las fieles adaptaciones onda Horacio Lalia o Bernie Wrightson: esta antología juega a otra cosa. Veamos cómo le va.
Dan Whitehead y Stuart Tipples (que por momentos parece un Kelley Jones del Ascenso) reformulan The Raven, sin dejar de lado el hecho de que se trata de un poema escrito en rima. No está mal. La segunda adaptación (The Pit and the Pendulum) tiene un dream team: Jamie Delano y Steve Pugh y, si bien se cae un poquito al final, tiene unos textos y unos dibujos magníficos, con un Pugh que hace magia con el combo blanco/ negro/ gris. Realmente muy elegante y sofisticado todo. En cambio, a la hora de adaptar The Facts in the Case of Mr. Valdemar, un dibujante habitualmente correcto como es John McCrea aprovecha el blanco y negro para probar cosas nuevas, con resultados bastante chotos. El guion de Jeremy Slater no está mal. Después llega otro dream team: Ian Edginton y D´Israeli, que le meten una extraña ambientación futurista al clásico The Murders in the Rue Morgue. El clásico cuento que dio origen al subgénero de misterios de cuarto cerrado, combinado con elementos de ciencia ficción, se vuelve bizarro e impredecible, y por supuesto D´Israeli le incorpora una impronta visual fascinante. Para adaptar The Fall of the House of Uhser lo tenemos de nuevo a Dan Whitehead, ahora junto a un dibujante espectacular aunque no muy conocido: Shane Ivan Oakley, un salvaje del claroscuro que obviamente estudió a Mike Mignola, Alberto Breccia y otros referentes del palo, y que entendió todo. Hermosas páginas, posta.
Y en las cuatro últimas, baja un poco la vara. The Black Cat no tiene prácticamente nada que ver con el cuento de Poe. Es un guion de John Reppion y Leah Moore (la hija de Alan), dibujado por un desparejo James Fletcher, que tiene una muy buena planificación de la página y un gran laburo de tramas mecánicas, pero muchos altibajos en el dibujo. The Oval Portrait tal vez sea la peor historia del libro, a cargo de David Berner y Natalie Sandelis, también muy alejados de la esencia del cuento original. El mítico The Tell-Tale Heart también agarra para otro lado, cortesía del reincidente Jeremy Slater, quien ahora cuenta con los excelentes dibujos de Alice Duke. Está bien, es medio falopa el desarrollo, casi un chiste largo, pero disfrutable. Y cerramos con una versión de The Masque of the Red Death, en la que el guionista Adam Prosser toma un pedacito de la obra original para embarcarse en una intensa y potente bajada de línea progre, dibujada sin mucho impacto por Erik Rangel.
En síntesis, una antología interesante no tanto para el fan de Poe (porque le meten tantos cambios a los cuentos que son prácticamente irreconocibles, como si le diéramos partituras de Astor Piazzola a Trueno, WOS o la Joaqui) sino para el fan de la historieta británica contemporánea. Por ese lado, el del descubrimiento de nuevos artistas, o nuevas facetas de los autores clásicos, llega el disfrute de Nevermore.
Y si, tengo más libros de autores argentinos publicados en 2025, y más obras escritas por Rodolfo Santullo, un pulpo prendido fuego. Un ya lejano 28/05/17 vimos por acá El Dormilón, una excelente historia en la que Santullo y Carlos Aón combinaban una ambientación post-apocalíptica con una trama de misterio tipo "whudunnit". El Dormilón se convirtió en un merecido éxito en varios países, y en 2025 llegó la inevitable secuela, titulada "La Caravana". Y lo único choto que tiene esta segunda parte, es que deja un montón de puntas abiertas para resolver en una eventual tercera parte. Lo cual a su vez es una buena noticia, porque quiere decir que en algún momento saldrá un tercer libro de esta misma dupla.
Sin la urgencia de rematar la trama en 100 ó 110 páginas, Santullo orquesta un relato pausado, con margen para la contemplación, la reflexión y el desarrollo de los personajes, tanto del Dormilón de la primera parte como del elenco de secundarios que lo apuntala en esta nueva aventura. Aventura que, felizmente, va para otro lado: no regurgita los mecanismos narrativos (ni siquiera la ambientación) del primer arco. Sin dudas el gran hallazgo de Santullo en esta secuela es presentarnos a otro tipo de monstruos humanoides: no son zombies, no son antropófagos, pero son garcas. Y a los garcas, si los dejás, te morfan crudo con tal de salvarse a ellos mismos. Acá aparece de modo muy explícito uno de los slogans de la serie de El Eternauta que vimos el año pasado en Netflix: nadie se salva solo. Los nuevos villanos de El Dormilón encarnan la ideología contraria, la de "yo me salvo, y a vos que te ayude Magoya". Por supuesto, todo garca recibirá su merecido, y la solidaridad dará sus frutos a aquellos que eligen jugarse por el prójimo, sobre todo en situaciones extremas como las que viven el Dormilón y sus aliados.
El dibujo de Carlos Aón es excelente, absolutamente funcional a la narración, tanto en la puesta en página como en la elección de paletas de colores que acompañen a los distintos climas y las distintas locaciones por las que transitan los personajes. El trazo de Aón se acerca de a poco al de un ídolo absoluto como es Frederik Peeters, pero sin robarle. El guion le ofrece a Carlos la posibilidad de lucirse en unas cuantas secuencias mudas, y el dibujante las aprovecha plenamente, en unas páginas memorables (sobre todo la del Dormilón solo en los túneles).
Gran trabajo de una dupla de comprobada eficacia, que hace gala de una química increíble y que encontró en este post-apocalipsis un gran vehículo para contar historias fantásticas, pero que intersectan de un modo sumamente ingenioso (y hasta por momentos incómodo) con los aspectos más hostiles y desoladores de la realidad que transitamos los lectores. Muy recomendable... si leíste el primer libro. Si no, tratá de empezar por ahí, no por La Caravana.
Y nada más. Acá me informan por cucaracha que parece que mañana también hay reseñas, así que nos vemos muy pronto, acá en el blog.
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sábado, 16 de octubre de 2021
11 al 17 de OCTUBRE
Sigo adelante con las lecturas, ya muy cerca de un anuncio que para mí es muy importante y espero que entusiasme a tod@s l@s que leen este blog.
Pegué un salto en la lectura de las novelitas de Cybersix y me fui al Vol.37, Notti Selvagge, a ver cómo resolvía Carlos Trillo uno de los plots que habían quedado colgados durante muchísimas entregas: la desaparición de Lucas Amato, el papá del hijito de Cybersix. Acá vemos el regreso de Lucas a Meridiana, ahora totalmente amnésico, como en las telenovelas de los ´80, en las que siempre había alguien que perdía la memoria. El núcleo de esta novelita es cómo reacciona Cybersix (y por ende, Adrián Seidelman) a la reaparición de Lucas, y en el medio hay una trama más aventurera, bastante poco atractiva, en la que la superheroína-vampiro-androide-transexual deberá desbaratar un plan de Helmut, el joven clon de Krumens y esbirro de Joseph. Tanto el aspecto más emocional como el más orientado a la acción sufren el mismo problema: el estiramiento excesivo. Trillo tiene ideas para unas… 56 páginas y las desparrama en 96, o sea que el interés dramático que pueda tener el relato se disuelve entre secuencias innecesariamente largas, o secuencias metidas simplemente para rellenar páginas. El resultado es apenas soportable.
A cargo del dibujo tenemos a Gustavo Mazali, mucho más afianzado que la última vez que lo vimos trabajar bajo la órbita de Carlos Meglia. Hay unos cuantos dibujos (fondos y personajes) del prócer quilmeño, y cuando todo lo que vemos es obra del lápiz de Mazali, el contraste no se nota demasiado. O sea que a nivel visual, esto es bastante digno. Me quedan algunos tomitos más de Cybersix, como para leer y reseñar en las próximas semanas.
Nos vamos un ratito a Brasil, donde en 2009 sale un libro que recopila las primeras seis aventuras de Necronauta, el personaje creado por Danilo Beyruth en 2007. A veces con guionistas invitados, a veces solo, en fanzines impresos por él mismo en blanco y negro o en un libro a todo color editado por Image, Beyruth puso en marcha, en muy poco tiempo, una serie interesantísima, donde lo vamos a ver mejorar como dibujante a pasos agigantados. Aún así, el episodio más moderno de Necronauta (de estos seis que componen el libro) todavía está varios pasos atrás de lo que va a mostrar Beyruth en Banda de Dois, que es de 2010. O sea que la evolución de este monstruo va a ser muy notable y sobre todo muy acelerada.
Las historias en general son originales, y a pesar de lo que pueda sugerir el aspecto del protagonista, rozan de manera muy tangencial el género superheroico. Necronauta no es ni bueno ni malo, es casi un mecanismo pensado para resolver conflictos que complican la llegada al Más Allá de gente que estiró la pata. Conflictos que pueden ser emocionales o incluso metafísicos, no necesariamente violentos ni de buenos contra malos. Eventualmente, todos los fans de Beyruth (los que lo conocieron gracias a Banda de Dois, o los que lo siguen en sus trabajos para el mainstream yanki) caemos en Necronauta, un poco por curiosidad y un poco porque se trata de una serie realmente atractiva, bien hecha, que explica de modo contundente por qué este autor se ganó el lugar que tiene hoy en el comic sudamericano. No tengo otros tomitos de Necronauta, pero sé que hay más y trataré de conseguirlos.
Allá por 2000, cuando se publicaba muy poca historieta de autores argentinos, irrumpió en San Nicolás una obra que sacudió el avispero y le enseñó a toda una generación que era posible crear y editar novelas gráficas en aquel contexto tan adverso. La obra era Hacia el Hondo Bajo Fondo, de Federico Baert, una novela gráfica a la que el narratólogo David William Foster le pondría sin dudar el rótulo de “existencialista”. Hoy, con más de dos décadas a cuestas, Hacia el Hondo Bajo Fondo ofrece un solo flanco vulnerable, que es el del dibujo. Para el lector actual, el dibujo del Baert de hace 21 años puede resultar crudo, o incluso rudimentario. Pero felizmente existe la remake: otras 90 páginas, con el mismo guion que utilizó Baert en 2000, pero dibujadas por Carlos Aón y coloreadas por Lara Lee. Es decir que a alguien se le ocurrió tomar lo mejor que tenía Hacia el Hondo Bajo Fondo y reemplazar esa faceta gráfica que hoy puede veerse precaria por una 100% nueva, a cargo de un dibujante y una colorista absolutamente afianzados, con amplio dominio de todos los elementos que pueden hacer atractiva a una novela gráfica para el público actual.
La nueva versión respeta a rajatabla los magníficos diálogos, el armado de las secuencias y muchas veces hasta la cantidad de viñetas de cada página y los planos elegidos por Baert para la versión original. Por otro lado, Aón cambia bastante el diseño de los personajes secundarios y la paleta de Lee le agrega a la obra climas que la primera versión no tenía. No te digo que estoy para tirar a la mierda la edición del 2000, pero sí afirmo que la de 2021 es muchísimo mejor. Si querés sumergirte en el abismo de la mala leche, el enrosque emocional, el cinismo y la poesía berreta de Ácido Van Rotren, sin dudas te recomiendo entrar por acá. De la mano de Baert, pero también de Aón y Lee, que supieron hacer suya esta obra y pegarle un upgrade notable a algo que ya era un clásico de culto entre los fans de la historieta argentina post-industrial.
Nada más por esta semana. Gracias y será hasta la próxima.
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domingo, 28 de mayo de 2017
TARDE DE DOMINGO
Tarde aburrida, lluviosa, fresca… hermosa para quedarse en la cama haciendo cucharita. Pero si no tenés con quién cucharear (la almohada no vale, pobrecita), quedate a leer unas reseñas…
En 2015 salió el recopilatorio de Vertigo CMYK, un voluminoso tomo con la animalada de 36 historias cortas, a cargo de un elenco de autores en el que se mezclan consagrados con jóvenes promesas todavía poco conocidas en el medio, pero con muchas ganas de innovar y de escaparle al “más de lo mismo”.
Como me pasó con la antología de Vertigo que reseñé el mes pasado (27/04/17) la lista de autores grossos supera ampliamente a la lista de historietas que me partieron el cerebro. Mirá este line-up: Peter Milligan, Tom King, Bill Sienkiewicz, Fábio Moon, Steven Seagle, Jeff Lemire, Si Spencer, Gene Luen Yang, Francesco Francavilla, Gerard Way, Rian Hughes, Matteo Scalera, Amy Chu, Nathan Fox, Philp Bond, John Paul Leon, Sonny Liew, Marguerite Bennett, Tommy Lee Edwards, Al Davison, Jock, Teddy Kristiansen, Steve Orlando, Carla Berrocal, Joao Lemos y cuatro argentinos: Martín Morazzo, Emilio Utrera y la dupla Diego Agrimbau-Lucas Varela. Sí, Vertigo publicó una historieta con GUION de un autor argentino.
No me voy a poner a repasar una por una las 36 historias, porque no termino más (y mañana temprano tengo función de prensa de Wonder Woman). Pero quiero subrayar algunos hallazgos. No conocía a Ken Garing, dibujante que me gustó muchísimo. Tampoco a Monty Nero, guionista responsable de una de las mejores historias del tomo. Matteo Scalera se superó a sí mismo en su colaboración para esta antología, también en equipo con una guionista a la que no conocía y cuyo trabajo me encantó: Rachel Deering. Otra excelente historieta es la de Tommy Lee Edwards y el guionista Ryan Lindsay, a quien tampoco conocía. También me sorprendieron los desconocidos Matt Miner y Taylan Kurtulus, el guionista Benjamin Read y el dibujante Nimit Malavia.
Para terminar de redondear una propuesta muy ganchera, Tom King, John Paul Leon, Milligan, Hughes, Fábio Moon, Sienkiewicz, Bond, Francavilla, Lemire, Liew, Kristiansen, Varela y Agrimbau son algunos de los nombres fuertes que aportan historietas al nivel que uno espera de ellos e incluso un poquito por encima. Como en toda antología hay sapos y cosas que te arrancan un “what the fuck?!?”, pero como proyecto vanguardista y experimental está muy, muy bien.
Me vengo al Río de la Plata, para reseñar una coedición de 2016 que involucra a una editorial argentina y una uruguaya, en team-up para llevar al libro El Dormilón, una gran obra de Rodolfo Santullo y Carlos Aón originalmente serializada en un sitio web.
El Dormilón es un clásico misterio “whodunnit”, donde un detective debe resolver un crimen en un lugar cerrado, del que nadie puede salir (ni entrar), lo cual acota notoriamente la cantidad de sospechosos. La gracia es cómo y dónde ambienta Santullo esta estructura tan típica de los cuentos de misterio policial del Siglo XX, como respeta las reglas del género y a la vez lo hace propio. El detective no es un detective, el lugar cerrado es un edificio sitiado por zombies antropófagos, el occiso resulta ser un sorete hijo de mil putas, el crimen sirve para desnudar los vicios y las tensiones en el seno de una pseudo-sociedad organizada a los ponchazos para sobrevivir a un cataclismo socioeconómico, y el asesino… Bueno, no. No te voy a dar pistas de quién es el asesino.
Estamos frente a un comic muy ganchero, que te atrapa en poquísimas viñetas, con un gran ritmo, muchas puntas para pensar, para reflexionar, una resolución incuestionable y excelentes diálogos… esta vez poblados de modismos uruguayos, algo poco frecuente en las obras en las que Santullo colabora con dibujantes argentinos…
Y hablando de dibujantes, el trabajo de Aón es realmente exquisito en todos los rubros. El diseño de los personajes y del mundo en el que viven, la composición de las viñetas, el armado de las páginas, el color (esos engamados que van variando de capítulo a capítulo), hasta el rotulado es original y atractivo. Y sí, como en todo relato en el que se investiga un misterio, los personajes hablan mucho. Pero ahí entra en juego la cancha de Aón para que las abundantes escenas de diálogo se vean como algo dinámico, vibrante, que suman a esa gran virtud que tiene el guión de lograr que te compenetres rapidísimo con la historia y todo el tiempo quieras saber más. Recomiendo mucho El Dormilón, una novela gráfica realmente sólida, entretenida, con la profundidad que muchas veces no tienen los thrillers ambientados en mundos post-apocalípticos y con una impronta visual alucinante.
Prometo volver a postear pronto, seguramente la reseña de la peli que voy a ver mañana. ¡Hasta entonces!
En 2015 salió el recopilatorio de Vertigo CMYK, un voluminoso tomo con la animalada de 36 historias cortas, a cargo de un elenco de autores en el que se mezclan consagrados con jóvenes promesas todavía poco conocidas en el medio, pero con muchas ganas de innovar y de escaparle al “más de lo mismo”.
Como me pasó con la antología de Vertigo que reseñé el mes pasado (27/04/17) la lista de autores grossos supera ampliamente a la lista de historietas que me partieron el cerebro. Mirá este line-up: Peter Milligan, Tom King, Bill Sienkiewicz, Fábio Moon, Steven Seagle, Jeff Lemire, Si Spencer, Gene Luen Yang, Francesco Francavilla, Gerard Way, Rian Hughes, Matteo Scalera, Amy Chu, Nathan Fox, Philp Bond, John Paul Leon, Sonny Liew, Marguerite Bennett, Tommy Lee Edwards, Al Davison, Jock, Teddy Kristiansen, Steve Orlando, Carla Berrocal, Joao Lemos y cuatro argentinos: Martín Morazzo, Emilio Utrera y la dupla Diego Agrimbau-Lucas Varela. Sí, Vertigo publicó una historieta con GUION de un autor argentino.
No me voy a poner a repasar una por una las 36 historias, porque no termino más (y mañana temprano tengo función de prensa de Wonder Woman). Pero quiero subrayar algunos hallazgos. No conocía a Ken Garing, dibujante que me gustó muchísimo. Tampoco a Monty Nero, guionista responsable de una de las mejores historias del tomo. Matteo Scalera se superó a sí mismo en su colaboración para esta antología, también en equipo con una guionista a la que no conocía y cuyo trabajo me encantó: Rachel Deering. Otra excelente historieta es la de Tommy Lee Edwards y el guionista Ryan Lindsay, a quien tampoco conocía. También me sorprendieron los desconocidos Matt Miner y Taylan Kurtulus, el guionista Benjamin Read y el dibujante Nimit Malavia.
Para terminar de redondear una propuesta muy ganchera, Tom King, John Paul Leon, Milligan, Hughes, Fábio Moon, Sienkiewicz, Bond, Francavilla, Lemire, Liew, Kristiansen, Varela y Agrimbau son algunos de los nombres fuertes que aportan historietas al nivel que uno espera de ellos e incluso un poquito por encima. Como en toda antología hay sapos y cosas que te arrancan un “what the fuck?!?”, pero como proyecto vanguardista y experimental está muy, muy bien.
Me vengo al Río de la Plata, para reseñar una coedición de 2016 que involucra a una editorial argentina y una uruguaya, en team-up para llevar al libro El Dormilón, una gran obra de Rodolfo Santullo y Carlos Aón originalmente serializada en un sitio web.
El Dormilón es un clásico misterio “whodunnit”, donde un detective debe resolver un crimen en un lugar cerrado, del que nadie puede salir (ni entrar), lo cual acota notoriamente la cantidad de sospechosos. La gracia es cómo y dónde ambienta Santullo esta estructura tan típica de los cuentos de misterio policial del Siglo XX, como respeta las reglas del género y a la vez lo hace propio. El detective no es un detective, el lugar cerrado es un edificio sitiado por zombies antropófagos, el occiso resulta ser un sorete hijo de mil putas, el crimen sirve para desnudar los vicios y las tensiones en el seno de una pseudo-sociedad organizada a los ponchazos para sobrevivir a un cataclismo socioeconómico, y el asesino… Bueno, no. No te voy a dar pistas de quién es el asesino.
Estamos frente a un comic muy ganchero, que te atrapa en poquísimas viñetas, con un gran ritmo, muchas puntas para pensar, para reflexionar, una resolución incuestionable y excelentes diálogos… esta vez poblados de modismos uruguayos, algo poco frecuente en las obras en las que Santullo colabora con dibujantes argentinos…
Y hablando de dibujantes, el trabajo de Aón es realmente exquisito en todos los rubros. El diseño de los personajes y del mundo en el que viven, la composición de las viñetas, el armado de las páginas, el color (esos engamados que van variando de capítulo a capítulo), hasta el rotulado es original y atractivo. Y sí, como en todo relato en el que se investiga un misterio, los personajes hablan mucho. Pero ahí entra en juego la cancha de Aón para que las abundantes escenas de diálogo se vean como algo dinámico, vibrante, que suman a esa gran virtud que tiene el guión de lograr que te compenetres rapidísimo con la historia y todo el tiempo quieras saber más. Recomiendo mucho El Dormilón, una novela gráfica realmente sólida, entretenida, con la profundidad que muchas veces no tienen los thrillers ambientados en mundos post-apocalípticos y con una impronta visual alucinante.
Prometo volver a postear pronto, seguramente la reseña de la peli que voy a ver mañana. ¡Hasta entonces!
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miércoles, 12 de agosto de 2015
12/ 08: CAUSAS PERDIDAS
La nueva novela gráfica de Federico Baert (a quien ya vimos un lejano 13/03/11) incorpora una novedad sorprendente: el dibujante no es el propio Baert, sino que el guionista nicoleño forma equipo con Carlos Aón, el versátil artista a quien ya nos cruzamos en varias publicaciones de Loco Rabia, especialmente en la reseñada el 23/05/13. El equipo se completa con la colorista Lara Lee, que realiza un muy buen trabajo.
Baert dedica estas 55 páginas a hacer lo que mejor le sale: historias verídicas, con conflictos chiquitos, personajes llenos de dobleces, cero elementos fantásticos y mucha mala leche. Causas Perdidas transcurre básicamente en una pensión bastante crota, de un barrio bastante humilde, de una ciudad bastante periférica. La gracia, claramente, no está en la ambientación, sino en los personajes y en las relaciones entre ellos, en las historias que se cuentan y en las que cada uno oculta.
No son muchas páginas y Baert lo tiene claro. Por eso acota el elenco a cinco personajes importantes, entre los que se destaca Facundo, el chico que estudió periodismo y busca insertarse en ese medio tan complicado. Los giros argumentales más impredecibles, más impactantes, tendrán que ver con Facundo, con cómo trata Baert a los sueños y convicciones de este pibe humilde, copado y un poco idealista.
Como en las obras anteriores de Baert, los diálogos están afiladísimos y suenan 100% reales e incluso cuando llegan las piñas y los tiros todo se siente cercano y posible. En ningún momento Causas Perdidas se va para el bando de la aventura. Siempre es un slice of life, aunque en un momento la mala onda degenere en un festival de puteadas, piñas y corchazos. Sobre el final, la comedia costumbrista le deja su lugar a una tragedia bien heavy, bien sórdida, lo cual es consecuente con la decisión de Baert de llevar a los personajes bien al límite, de no permitirles nunca estar cómodos con las situaciones en las que los envuelve.
El dibujo de Carlos Aón está muy bien, pero es un poquito light para lo espeso de la trama. Es un Aón distinto al de obras anteriores, que incorpora un poco más ese tinte grotesco o esperpéntico que sabe ponerle Angel Mosquito a sus tragicomedias suburbanas. Y es muy loco, porque tiene ese tono justo, que te hace acordar también a otros trabajos de Aón y a las historietas de Baert dibujadas por él mismo (aunque con menos viñetas por página). Aón simplifica el trazo en la medida exacta para permitir el lucimiento del color y acompaña al guión al darle a los personajes ese toque caricaturesco, muy expresivo, que le permite poner en un verdadero primer plano las emociones que estos nos tienen que transmitir. Me gusta más el Aón puro que este “Aón mixto”, pero esto también se ve muy bien.
Causas Perdidas es una muy buena historia suburbana, con sexo, drogas y un poquito de rockanrol, que bien podría haberse publicado en El Víbora. O no, porque en El Víbora le hubiesen pedido a los autores que los garches fueran más explícitos y acá están apenas sugeridos. Lo cierto es que es una historia fuerte, que emociona, que te pone nervioso y que muestra una pasión genuina por parte de los autores, que no juegan a complacer al lector sino a empujarlo a un pantano bastante asqueroso, donde hay lugar para la risa pero de donde se sale enchastrado en tragedia. Muy recomendable.
Baert dedica estas 55 páginas a hacer lo que mejor le sale: historias verídicas, con conflictos chiquitos, personajes llenos de dobleces, cero elementos fantásticos y mucha mala leche. Causas Perdidas transcurre básicamente en una pensión bastante crota, de un barrio bastante humilde, de una ciudad bastante periférica. La gracia, claramente, no está en la ambientación, sino en los personajes y en las relaciones entre ellos, en las historias que se cuentan y en las que cada uno oculta.
No son muchas páginas y Baert lo tiene claro. Por eso acota el elenco a cinco personajes importantes, entre los que se destaca Facundo, el chico que estudió periodismo y busca insertarse en ese medio tan complicado. Los giros argumentales más impredecibles, más impactantes, tendrán que ver con Facundo, con cómo trata Baert a los sueños y convicciones de este pibe humilde, copado y un poco idealista.
Como en las obras anteriores de Baert, los diálogos están afiladísimos y suenan 100% reales e incluso cuando llegan las piñas y los tiros todo se siente cercano y posible. En ningún momento Causas Perdidas se va para el bando de la aventura. Siempre es un slice of life, aunque en un momento la mala onda degenere en un festival de puteadas, piñas y corchazos. Sobre el final, la comedia costumbrista le deja su lugar a una tragedia bien heavy, bien sórdida, lo cual es consecuente con la decisión de Baert de llevar a los personajes bien al límite, de no permitirles nunca estar cómodos con las situaciones en las que los envuelve.
El dibujo de Carlos Aón está muy bien, pero es un poquito light para lo espeso de la trama. Es un Aón distinto al de obras anteriores, que incorpora un poco más ese tinte grotesco o esperpéntico que sabe ponerle Angel Mosquito a sus tragicomedias suburbanas. Y es muy loco, porque tiene ese tono justo, que te hace acordar también a otros trabajos de Aón y a las historietas de Baert dibujadas por él mismo (aunque con menos viñetas por página). Aón simplifica el trazo en la medida exacta para permitir el lucimiento del color y acompaña al guión al darle a los personajes ese toque caricaturesco, muy expresivo, que le permite poner en un verdadero primer plano las emociones que estos nos tienen que transmitir. Me gusta más el Aón puro que este “Aón mixto”, pero esto también se ve muy bien.
Causas Perdidas es una muy buena historia suburbana, con sexo, drogas y un poquito de rockanrol, que bien podría haberse publicado en El Víbora. O no, porque en El Víbora le hubiesen pedido a los autores que los garches fueran más explícitos y acá están apenas sugeridos. Lo cierto es que es una historia fuerte, que emociona, que te pone nervioso y que muestra una pasión genuina por parte de los autores, que no juegan a complacer al lector sino a empujarlo a un pantano bastante asqueroso, donde hay lugar para la risa pero de donde se sale enchastrado en tragedia. Muy recomendable.
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jueves, 23 de mayo de 2013
23/ 05: TEATRO EN VIÑETAS
Vamos, que ya me falta poquito para terminar de reseñar todos los lanzamientos de autores argentinos del 2012. Este libro, un objeto realmente precioso, con una edición de altísima calidad, nos ofrece las adaptaciones a la historieta de dos obras clásicas de nuestro teatro: Venecia, de Jorge Accame, y Yepeto, de Roberto “Tito” Cossa. Parece una bizarreada, pero ¿no se adaptan todo el tiempo las películas? ¿Por qué no adaptar obras de teatro? Además, hay varias versiones en historieta de Romeo y Julieta, o Hamlet... ¿esas no eran obras de teatro?
Mi respuesta a por qué esto suena extraño es la siguiente: se supone que las puestas teatrales están sumamente condicionadas por cuestiones presupuestarias. Miles de cosas que se pueden hacer con el presupuesto de una película, en teatro NO se pueden hacer, porque sale carísimo. La puesta teatral promedio se concentra en pocos decorados, en espacios más bien reducidos, dentro de los cuales los personajes tienen poco margen para desplazarse. Todo lo que uno ve en escena tiene que ser fácil de desmontar y trasladar, porque se supone que una misma puesta se monta en teatros de varias ciudades, y así. La historieta, en ese sentido, es todo lo contrario. Acá el presupuesto es un lápiz y una hoja de papel (o una tablet, ponele). Si tenés eso, podés hacer lo que quieras, te podés ir al carajo y más allá en tus ambiciones narrativas y estéticas, sin que nadie te diga “No, eso sacalo, que no alcanza la guita”. O sea que traer a la historieta obras que fueron concebidas con la premisa de “mostrar lo que se pueda sin gastar un fangote de guita” es, en alguna medida, desaprovechar las posibilidades de este medio.
Esta elucubración mía no detuvo a Alejandro Farías, el guionista que se lanzó a adaptar estas dos piezas teatrales. La primera, Venecia, me sorprendió por partida doble, porque nunca había visto la puesta teatral. Realmente cuesta creer que esto no se haya pensado desde el vamos para ser una historieta. Okey, las 20 primeras páginas suceden en dos ambientes pequeños dentro de una misma casa (un prostíbulo de mala muerte de Santiago del Estero). Pero las otras 30... están repletas de escenas muy historietísticas, que por supuesto Farías, y especialmente Carlos Aón, el dibujante, aprovechan a pleno. No sé cómo se resolverá en la puesta teatral la dicotomía entre lo que la Gringa cree ver y lo que realmente está sucediendo. No sé qué verá el espectador. El lector del comic ve las dos cosas: realidad y ficción, en un contrapunto grotesco, hilarante y plasmado con muchísimo ingenio por los autores de la historieta. El argumento de la obra me pareció una gansada atómica, un chiste largo y sin mucha gracia (a menos que pongas a actores superdotados para la comedia). La historieta, en cambio, al poder mostrar desde el dibujo de Aón las dos visiones de la anécdota, se enriquece muchísimo y resulta muy divertida.
Yepeto me sorprendió un poco menos. Nunca la vi en teatro, pero sí vi la versión fílmica de Eduardo Calcagno de fines de los ´90, que me pareció buenísima. De hecho me acordaba algunos diálogos de memoria. Y la verdad es que los diálogos son tan, pero tan buenos, cada vez que habla el Profesor dice cosas tan, pero tan brillantes, que todo lo demás empalidece en la comparación. Farías tuvo el acierto de conservar en su versión los mejores diálogos de la obra. El tema es que, junto a semejante genialidad, no se luce ni su trabajo como adaptador, ni el de Hurón, el dibujante. Y mirá que Hurón se deja la vida en cada viñeta, eh? Hay unos fondos increíbles, unos grises hermosísimos, aplicados con inmejorable criterio, unos personajes recontra-expresivos, mucho movimiento de cámara para que no te aburras en las extensas escenas en las que sólo hay gente hablando, unas páginas laburadísimas, con muchas viñetas chiquitas, pefectamente compuestas y bien equilibradas... Realmente el trabajo de Hurón, el despliegue, el esfuerzo que hace por lucirse es más que encomiable. Y sin embargo, cuando cerrás el libro, lo que te queda son (de nuevo) los diálogos.
El resultado global es muy, muy satisfactorio. Incluso para mí, que siempre que puedo digo (a contramano de 2500 años de cultura occidental) que el teatro no me interesa, que no me parece viable como soporte para la ficción. Las ideas de Accame y Cossa, transplantadas por Alejandro Farías a este otro soporte, me convencieron mucho más por varios motivos, principalmente porque no sé si hay actores que tengan la onda y la expresividad que Hurón y Aón supieron darles a estos personajes. Este es un gran libro para regalarle a gente que habitualmente no lee historietas: acá van a descubrir una nueva y muy lograda vuelta de tuerca a textos que quizás conozcan, y a deleitarse con la labor de dos excelentes dibujantes a los que desde esta humilde butaca ovacionamos de pie.
Mi respuesta a por qué esto suena extraño es la siguiente: se supone que las puestas teatrales están sumamente condicionadas por cuestiones presupuestarias. Miles de cosas que se pueden hacer con el presupuesto de una película, en teatro NO se pueden hacer, porque sale carísimo. La puesta teatral promedio se concentra en pocos decorados, en espacios más bien reducidos, dentro de los cuales los personajes tienen poco margen para desplazarse. Todo lo que uno ve en escena tiene que ser fácil de desmontar y trasladar, porque se supone que una misma puesta se monta en teatros de varias ciudades, y así. La historieta, en ese sentido, es todo lo contrario. Acá el presupuesto es un lápiz y una hoja de papel (o una tablet, ponele). Si tenés eso, podés hacer lo que quieras, te podés ir al carajo y más allá en tus ambiciones narrativas y estéticas, sin que nadie te diga “No, eso sacalo, que no alcanza la guita”. O sea que traer a la historieta obras que fueron concebidas con la premisa de “mostrar lo que se pueda sin gastar un fangote de guita” es, en alguna medida, desaprovechar las posibilidades de este medio.
Esta elucubración mía no detuvo a Alejandro Farías, el guionista que se lanzó a adaptar estas dos piezas teatrales. La primera, Venecia, me sorprendió por partida doble, porque nunca había visto la puesta teatral. Realmente cuesta creer que esto no se haya pensado desde el vamos para ser una historieta. Okey, las 20 primeras páginas suceden en dos ambientes pequeños dentro de una misma casa (un prostíbulo de mala muerte de Santiago del Estero). Pero las otras 30... están repletas de escenas muy historietísticas, que por supuesto Farías, y especialmente Carlos Aón, el dibujante, aprovechan a pleno. No sé cómo se resolverá en la puesta teatral la dicotomía entre lo que la Gringa cree ver y lo que realmente está sucediendo. No sé qué verá el espectador. El lector del comic ve las dos cosas: realidad y ficción, en un contrapunto grotesco, hilarante y plasmado con muchísimo ingenio por los autores de la historieta. El argumento de la obra me pareció una gansada atómica, un chiste largo y sin mucha gracia (a menos que pongas a actores superdotados para la comedia). La historieta, en cambio, al poder mostrar desde el dibujo de Aón las dos visiones de la anécdota, se enriquece muchísimo y resulta muy divertida.
Yepeto me sorprendió un poco menos. Nunca la vi en teatro, pero sí vi la versión fílmica de Eduardo Calcagno de fines de los ´90, que me pareció buenísima. De hecho me acordaba algunos diálogos de memoria. Y la verdad es que los diálogos son tan, pero tan buenos, cada vez que habla el Profesor dice cosas tan, pero tan brillantes, que todo lo demás empalidece en la comparación. Farías tuvo el acierto de conservar en su versión los mejores diálogos de la obra. El tema es que, junto a semejante genialidad, no se luce ni su trabajo como adaptador, ni el de Hurón, el dibujante. Y mirá que Hurón se deja la vida en cada viñeta, eh? Hay unos fondos increíbles, unos grises hermosísimos, aplicados con inmejorable criterio, unos personajes recontra-expresivos, mucho movimiento de cámara para que no te aburras en las extensas escenas en las que sólo hay gente hablando, unas páginas laburadísimas, con muchas viñetas chiquitas, pefectamente compuestas y bien equilibradas... Realmente el trabajo de Hurón, el despliegue, el esfuerzo que hace por lucirse es más que encomiable. Y sin embargo, cuando cerrás el libro, lo que te queda son (de nuevo) los diálogos.
El resultado global es muy, muy satisfactorio. Incluso para mí, que siempre que puedo digo (a contramano de 2500 años de cultura occidental) que el teatro no me interesa, que no me parece viable como soporte para la ficción. Las ideas de Accame y Cossa, transplantadas por Alejandro Farías a este otro soporte, me convencieron mucho más por varios motivos, principalmente porque no sé si hay actores que tengan la onda y la expresividad que Hurón y Aón supieron darles a estos personajes. Este es un gran libro para regalarle a gente que habitualmente no lee historietas: acá van a descubrir una nueva y muy lograda vuelta de tuerca a textos que quizás conozcan, y a deleitarse con la labor de dos excelentes dibujantes a los que desde esta humilde butaca ovacionamos de pie.
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