el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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martes, 30 de agosto de 2011

30/ 08: KABUKI: SKIN DEEP


Uno de los tsunamis más nefastos que sacudieran al comic norteamericano en su larga historia fue la moda de las Bad Girls, una plaga que a mediados de los ’90 nos flageló con miríadas de historietas obscenamente mal escritas, burdas y predecibles, llenas de mujerzuelas de curvas imposibles, armadas hasta la argolla y con una insaciable sed de violencia. Como suele suceder, de ese inmundo pantano surgió una joya memorable, un comic complejo, sugestivo, cautivante y absolutamente personal. En pocos años, David Mack pasó de ser un absoluto desconocido a ser un autor de culto con mucha chapa y muchos premios, y todo gracias a Kabuki.
Después de dos sagas en las que pasaba de todo (Fear the Reaper y Circle of Blood), Mack produce un par de historias en las que la trama avanza poco o nada, pero a nadie le importa porque cambia el blanco y negro por el color y le detona las retinas a los lectores como nunca antes. En Skin Deep, Mack deslumbra en su exploración de varios estilos, entre ellos el que se convertiría en su estilo definitivo. La cantidad y diversidad de técnicas pictóricas que manda Mack en cada página son la pesadilla de cualquier profesor de dibujo. A primera vista parece un derivado de Dave McKean, pero también hay Bill Sienkiewicz, Alex Ross, un montón de artistas plásticos (Gustav Klimt a morir) y hasta historietistas más dark, o más “sucios” como James O’ Barr, Jae Lee o Leo Manco. Y mucha referencia fotográfica, ya que Mack capta muchísimas poses de su coordinadora, Connie Jiang, para luego convertirlas en dibujos. De toda esta mescolanza, emerge un autor firmemente asentado en un estilo personal y fascinante.
A nivel guión, Skin Deep es apenas un puente entre Circle of Blood y la siguiente saga grossa, Metamorphosis (la que marcará el paso de la editorial Caliber a Image). De hecho, buena parte de lo que pasa en Skin Deep se recuenta –de modo más breve- en el tramo inicial de Metamorphosis. Básicamente, en esta saga nos enteramos de que, antes que las agentes de Noh encontraran el “cadáver” de Kabuki, otra agencia secreta la rescató aún con vida y la internó en una especie de instituto neuropsiquiátrico en el que están confinados varios ex-agentes secretos que se tildaron, o que se rebelaron a su organización. Acá, una terapeuta se mete a fondo en la mente de Ukiko (que así se llama Kabuki), y Mack nos sumerge también a los lectores en esa psiquis traumada, donde juega como nunca a perturbarnos desde los climas, con increíbles trucos para desorientarnos y dejarnos pensando qué carajo sucedió en realidad y qué de lo que vimos es producto del delirio de Ukiko. La heroína, mientras tanto, intentará armar un plan de escape antes de que sus ex-compañeras invadan la clínica para matarla, y además conoceremos a la misteriosa Akemi y a Kageko, la elegida por Noh para convertirse en la nueva Kabuki. El resultado es una joya absoluta de la sutileza y la psicopateada, además de la orgía gráfica y visual y el jueguito de los dibujos repetidos tres millones de veces.
Ese es un clásico de Mack: los mismos dibujos aparecen una y otra vez, aunque cambien los textos y hasta la puesta en página. No todos, claro. Hay muchos dibujos pensados para ser usados una sóla vez. Pero son muchísimos los que se reciclan. Como es diseñador gráfico, su tratamiento de la imagen y su cancha para la narrativa le permiten pilotear con éxito el constante reciclaje de dibujos, al mejor estilo Carlos Meglia, aunque con una estética a milenios de distancia del prócer quilmeño.
Kabuki es una serie rara, atípica, pero alucinantemente bella. Dentro de ese contexto, Skin Deep también aporta rareza y belleza en grandes dosis, pese a que su injerencia en la trama central de la saga sea poca.