el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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lunes, 29 de diciembre de 2025

NOCHE DE LUNES

Vengo de unas horas MUY chotas: primero un corte de luz de casi dos horas, y cuando vuelve la luz, me encuentro con la noticia de que falleció alguien que fue amigo mío desde fines de los ´80. Podría dejar las reseñas para mañana, pero había prometido un post más antes de fin de año y el día de mañana va a ser sumamente complicado, porque a los varios compromisos que ya tenía se suma el velatorio de mi amigo. Así que ahí vamos... Empiezo en Francia, año 2016, cuando el maestro Regis Loisel nos sorprende al calzarse la pilcha de camaleón estilístico para una novela gráfica de... Mickey Mouse. Si la portada no dijera "par Regis Loisel", no tendríamos ninguna pista de que este álbum es obra del autor de La Búsqueda del Pájaro del Tiempo y Peter Pan, entre otras. El francés esconde prácticamente todos sus rasgos de estilo para que esto parezca una aventura de Mickey de los años ´30, de cuando era una tira para diarios que escribía y dibujaba el inmenso Floyd Gottfredson (con tintas de Ted Twaithes y Bill Wright). Y sí, se parece mucho al Mickey de esa etapa, pero hay algunas puntitas que nos hacen sospechar que se trata de material mucho más moderno: 1) el entintado de Loisel es más complejo que el de las tiras clásicas de Mickey. Hay más detalles, más texturas, más laburo, y un resultado un poco más oscuro, como si algunas viñetas estuvieran entintadas por Robert Crumb. 2) La trama de Café Zombo es compatible con las de las aventuras clásicas de Mickey, pero Loisel le incorpora una dimensión social. En los momentos más bravos, no es el héroe o su grupito de amigos los que la pasan mal, sino todo un pueblo al que se lo ve sumido en la pobreza y sojuzgado por un garca con mucha plata que (como tantos garcas con mucha plata) se quiere quedar con todo. Como suele suceder, la inoperancia de los villanos, combinada con una excesiva ambición y la astucia y el coraje de los buenos, hará que los garcas se queden sin nada, no sin antes recorrer pasajes bastante dramáticos para una aventura de "dibujitos animados". 3) Lo que más llama la atención es el nivel de violencia que maneja Loisel. Varias veces a lo largo del álbum, Mickey y Horace confrontan con los villanos... ¡y se cagan a trompadas! ¡ Y a palazos en la cabeza! Obviamente sabés que la violencia no es letal, porque también sobreviven a explosiones, choques de autos, yunques que les caen en la cabeza, y todas esas cosas típicas de lo que llamamos "cartoon violence". Pero acá hay peleas muy brutales, que duran varias páginas y en las que se dan con todo. Entre una cosa y otra, Loisel arma una historieta con muchísimo ritmo, una vorágine de sucesos que para encontrar un final feliz va a requerir de la intervención de las mujeres del pueblo. El autor aprovecha para bajar línea acerca de la alienación a la que te condena la explotación laboral y le dedica unos cuantos garrotazos a McDonald´s. Como siempre, Mickey es el Number One en todas las disciplinas, el que más clara la tiene, pero los roles de Horace, Minnie y Clarabelle no son para nada menores. Pluto, Goofy y Donald, en cambio, tienen mucho menos peso en la trama. Nunca supe por qué duró tan poco esta runfla entre Glénat y Disney, pero me alegra que haya durado lo suficiente como para que podamos disfrutar de esta excelente versión del Mickey clásico, traído al cuasi-presente por un talento de la jerarquía de Regis Loisel.
Me vengo a Argentina, año 2025, para disfrutar de Luna Oscura y otros casos de Cecilia Guzmán, un libro con tres historias policiales escritas por Cristian Blasco y dibujadas por Alfredo Retamar. Esto me gustó mucho, es un material muy sólido, muy profesional. Adaptados al formato de historias episódicas de 14 páginas, los casos de Cecilia Guzmán podrían ser tranquilamente una serie regular en una antología onda Skorpio. De hecho, una de las historietas tiene 14 páginas, o sea que ni habría que tocarla (bueno, habría que traducirla al italiano, porque la Skorpio argentina no existe más hace 30 años). Al dibujo le falta soltarse un poco más, ponerle un poquito más de onda, de rasgos identitarios, de modo que vos veas una página y al toque digas "ah, esto lo dibujó Retamar". Por ahora, el entrerriano radicado en Tandil juega a ser un dibujante "genérico", sin mucha personalidad, pero sumamente correcto y eficaz en lo suyo. Y los guiones son realmente buenos. Más allá de algún tropiezo con los signos de puntuación, Blasco presenta muy bien los conflictos, desarrolla a los personajes mediante diálogos que suenan creíbles y lleva los misterios hacia finales lógicos y satisfactorios. No estira innecesariamente las historias, sino que complementa muy bien la intriga policial con escenas más vinculadas a la intimidad de los protagonistas, a los que sentimos muy reales y muy cercanos (aunque sean policías). La historieta argentina tiene una larga tradición de buenas series policiales, con detectives que resuelven los casos con inteligencia más que con tiros o trompadas, y si siguen por este camino, Blasco y Retamar van a lograr que sumemos a Cecilia Guzmán a esa lista de series memorables. Ojalá haya nuevos casos muy pronto. Nada más, por hoy. Cerramos un año bastante generoso en cantidad y calidad de lecturas, y en algún momento de la semana (ya pasada la barrera del 31/12) arrancamos con la decimoséptima temporada del blog. Gracias por el aguante y nos encontramos este martes a las 22:30 en el canal de YouTube de Comiqueando para una nueva emisión de Agenda Abierta, en vivo y gratis para toda el habla hispana.

jueves, 14 de diciembre de 2023

JUEVES A LA MAÑANA

Dormí tan mal y me levanté tan temprano, que capaz que antes del mediodía me vuelvo a meter en la cama. Pero primero, las reseñas de los libros que tengo leídos. Me pareció muy interesante Aquelarres, de Patricio Oliver. Se trata del clásico comic de superhéroes en el que una minoría tiene poderes zarpados y a la vez sufre la persecución de una mayoría facha e intolerante, pero acá hay que cambiar la palabra "mutantes" por la palabra "brujas". Al mejor estilo Chris Claremont, Oliver arma un elenco amplio y diverso, en el que las mujeres tienen los roles protagónicos. La aventura está situada en Buenos Aires, el contexto está bien explicado, hay mucha acción, buenos diálogos, el vínculo entre los personajes es casi tan importante como la machaca mística y -lo que a mí más me impactó- me encontré con un excelente nivel en los bloques de texto, que Oliver (como Claremont) utiliza para que un narrador omnisciente nos cuente en tercera persona cosas que el dibujo no puede mostrar. La prosa vibrante, por momentos profunda, de Oliver se pone al servicio del relato para que, en no muchas páginas, el lector sienta que conoce bien a estos personajes de los que al inicio de Aquelarres no sabemos absolutamente nada. Sin aburrir, sin dárselas de poeta (Oliver sabe que no es Alan Moore, ni Robin Wood, ni Eduardo Mazzitelli) y lo más importante: sin eclipsar ni restarle poder expresivo al dibujo. Y acá es donde Aquelarres rompe el molde de los clásicos comics de mutantes de los ´80: el trazo de Oliver es mucho más jugado y extremo que los de aquellos dibujantes tan correctos. La viñeta más tranqui, más careta, te hace acordar a las más salvajes de John Romita Jr., cuando metía esos planos en los que Rachel Summers aparecía toda deformada por su propio poder. Y el resto, se va al carajo, como si los breakdowns de Romita después los dibujara Fer Calvi en crack. Hay páginas en las que a Oliver le gustaría dibujar como Bill Sienkiewicz en la saga de Demon Bear, pero no se pone la capucha y sale a chorear: echa mano a algún que otro recurso gráfico de los que pelaba Sienkiewicz en los ´80, pero sin adoptar estilos ajenos. El resultado es potente, dinámico, fresco, y seguramente tiene lo que hace falta para captar al lector o lectora de hoy, que difícilmente se enganche con la estética y la narrativa de los comics de mutantes de hace 40 años. Creo que la única contra seria que tiene Aquelarres es que esta aventura sienta las bases de un universo pensado para crecer y alcanzar su potencial en entregas posteriores, que no sabemos cuándo vamos a poder leer. Pero es un gran comienzo.
Hacía bastante que no le entraba a un comic autobiográfico, pero me dejé atrapar por Guía Básica para Sobrevivir a Explosiones, por varios motivos: 1) soy amigo de Cristian Blasco, el guionista; 2) soy amigo de Ian Debiase, el dibujante; y 3) sabía -por conocerlo a Cristian- que la historia que tiene para contar es realmente única, tremenda, mucho más emparentable con la ficción que con una anécdota de las que suelen contar los amigos, encabezadas por la frase "no sabés lo que me pasó el otro día". Lo que le pasó a Cristian no le pasa a nadie más, ni el otro día, ni en las próximas seis o siete vidas. Era obvio que ameritaba contar esa historia en un comic, y encima el dibujo y el color de Debiase garantizaban el disfrute desde lo visual. A la fabulosa aventura de la explosión de gas seguida de incendio en la que Blasco se quemó las manos (y pudo haberse convertido en una brasa), el autor le agrega todo el contexto que no conocíamos: la historia de su familia, de su vínculo con su padre, su pasado en la escena del rock... Sin ventilar "trapitos al sol" pero con mucha honestidad y mucha valentía, Blasco expone sus memorias sus vivencias y sus sentimientos, en secuencias muy bien narradas, con la mezcla ideal entre comedia costumbrista y drama familiar. Después está esa otra faceta, la de su "encuentro" con Dios, el milagro, la fe, la oración, que -con todo respeto- me chupa un huevo y la mitad del otro. No sé si resta que de pronto el guionista le agregue una capa de misticismo a su mirada de la vida, pero en caso de sumar, lo hace de un modo... medio bizarro, digamos. Fuera de eso, la narración de Blasco tiene muchos aciertos: el ritmo, el orden en el que revela los sucesos, dónde decide cortar cada escena, cómo y dónde nos permite escuchar las voces de otros personajes/ personas que tienen algo para aportar a la trama... Se nota que es un trabajo, muy sentido, muy genuino, pero a la vez que está muy bien pensado, orquestado como un gran relato de ficción. Y como ya dije, el dibujo de Debiase es exquisito, suelto, sintético, amistoso, clarísimo, con una narrativa clásica también clarísima, donde todo está perfectamente ordenado para garantizar la atención (y la emoción) del lector. Excelente trabajo por parte de Ian, que hizo suya una historia que -a todas luces- le pertenecía al fuero íntimo de Blasco. Otro libro que va a la pila de los recomendables.
Y finalmente, y en pos de la diversidad, me clavé el Vol.3 (último que conseguí, pero quiero más) de The Unbeatable Squirrel Girl, la serie en la que dejaron el alma el guionista Ryan North y la dibujante Erica Henderson, allá por mediados de la década pasada. Este Vol.3 coincide con el relanzamiento de la serie post-Secret Wars, con un nuevo nº1, y trae los seis primeros, más el nº6 de Howard the Duck para recuperar ese crossover entre ambos personajes que nosotros ya vimos en el libro reseñado hace justo cuatro años, el 14/12/19. Por ahí se acuerdan, es esa saguita donde la villana es una piba cosplayer pasada de rosca, como... sí, esa. Pero no vamos a volver sobre lo que ya comentamos, sobre todo porque el TPB trae los nºs 2 al 5 (de la segunda serie), que componen la mejor aventura de Squirrel Girl que leí hasta ahora: la tetralogía del viaje en el tiempo, con el Dr. Doom como invitado. El nº1 es flojito, sirve para presentarle el elenco de la serie a gente que capaz se enganchaba tarde, precisamente porque salía un nuevo nº1. Pero a partir del nº2, North y Henderson no tienen piedad para nadie y te masacran con una saga espectacular, en la que no parás de cagarte de risa, con un plot alucinante, diálogos geniales, peleas absurdas, personajes copados, giros impredecibles... Todo lo bueno que puede tener un comic de superhéroes que no se toma a sí mismo en serio, está acá, en estos cuatro números. ¿"Justice League de Giffen y DeMatteis", dijo alguien? Sí, hay bastante de eso, pero orientado a un público más adolescente. Posta, no me imaginé que me iba a divertir tanto. No me quiero ir sin destacar la labor de Erica Henderson, que no sólo dibuja bárbaro (y claro, sin sobrecargar a las viñetas con elementos ni texturas innecesarios) sino que además cumple con las entregas en todos los putos números. Ya van tres TPBs de Squirrel Girl sin dibujantes suplentes, y eso es un lujo casi inverosímil. Me encanta cuando los autores se comprometen así con una serie y le ponen todo en cada episodio. Sin dudas acá North y Henderson transpiraron a full la camiseta y besaron el escudito cada vez que metieron un gol. Y metieron muchos. Nada más por hoy. Vuelvo al inframundo de la Comiqueando Digital, a ver si se da la magia de que la podemos tener lista antes de fin de año. Gracias por todo y hasta pronto.

martes, 17 de enero de 2023

MARTES A TODO CALOR

Estos días con pocas obligaciones, en los que hay mucha gente de vacaciones y poca rompiendo las pelotas a los que nos quedamos acá en Buenos Aires, aprovecho para bajar un poco los pilones de lecturas pendientes. Es hora de volver a Fables, que la tengo abandonada desde el 18/08/19. Ya no falta nada: este tomo (Vol.21) es el anteúltimo y la ambiciosa serie de Bill Willingham y Mark Buckingham termina en el 22, que está ahi en el pilón, agazapado. Este es, lógicamente, otro clásico tomo de pretemporada, con nueve episodios en los que todo lo que pasa tiene que ver con preparar el terreno para los sucesos con los que Willingham va a cerrar la serie. El conflicto entre Snow White y Rose Red, el plot que involucra a Bigby y el que gira en torno al Príncipe Brandish son las puntas argumentales que impulsan esta extensa saga. Saga en la que además, como ya no los necesita, Willingham hace boleta a varios personajes, algunos de los cuales venían desde el inicio de la serie, con bastante protagonismo. El tono predominante es el de la rosca palaciega, con muchas escenas basadas en el diálogo entre los personajes, incluso con espacio para revelaciones importantes que tienen que ver con el pasado de algunos de los protagonistas que aún están en pie. Pero también hay espacio para la machaca fuera de control, a todo o nada, e incluso en el tercer episodio de los que reúne el TPB pasa algo que nunca pensé que iba a ver: la gente común de New York descubre a Fabletown. El hechizo que hacía que los "mundis" no pudieran ver la morada de las fábulas no existe más y ahora cualquiera que se acerque al Upper West Side tiene frente a sus ojos el edificio donde viven casi todos los protagonistas de la serie. O sea que en un marco de franela, especulación y conjeturas acerca de lo que hará o no cada uno de los involucrados en el gran final, hay muchas sorpresas, muchas emociones y muchas escenas impresionantes. Obviamente si nunca leíste Fables, este no es el punto donde te recomiendo sumarte. Hay que ir bastante más atrás para entender todo, y sobre todo para familiarizarse con el amplísimo elenco de la serie. El dibujo de Mark Buckingham se mantiene en el grandioso nivel de siempre, y entre los dibujantes invitados (que aportan tres o cuatro paginitas en cada número), quienes más se lucen son Nimit Malavia, Shawn McManus y Eric Shanower. El mes que viene, sin falta, la reseña del último tomo de Fables.
Ahora me vengo a Argentina, donde en 2021 se publica Puerto Kraken, obra del guionista Cristian Blasco y el dibujante Jorge Copó. Perdón: GRAN obra del guionista Cristian Blasco. Acá el autor cordobés demuestra que también en el género de los superhéroes se mueve con mucha categoría. Puerto Kraken es una saga estructurada como si fuera una miniserie de cinco comic books, dividida en capítulos de 22 páginas (salvo el último, que es un poquito más largo) que inevitablemente terminan en cliffhangers jodidos como enema de chimichurri. A Blasco le alcanzan menos de 120 páginas para presentar un universo con héroes, villanos, conflictos grossos, explicaciones verosímiles para la existencia de estos tipos y minas con superpoderes, desarrollo de tres personajes muy fuertes, con muchísima carnadura humana, y por si fuera poco, te cierra el libro con todas las puntas argumentales cerradas de manera satisfactoria, sin frutear ni escaparse por ninguna tangente. En el contexto del mainstream yanki, probablemente Puerto Kraken desentonaría un toque porque es un poco salvaje, hay un nivel de violencia que pocas editoriales habilitan para sus combates entre héroes y villanos. Y además hay dilemas éticos muy espesos, gracias a los cuales llega un punto en que la línea entre buenos y malos se hace finita, casi imperceptible. Claramente el guionista está pensando en un público adulto, que se banca y celebra el grim ´n´gritty, la ambigüedad moral y la violencia extrema. Y le sale muy bien: Puerto Kraken es una muy buena historia para los amantes de un comic de superhéroes más jugado y menos condescendiente. El dibujo de Copó no me copó (perdón, no pude evitarlo). Tiene páginas muy lindas, pero en general sus cuerpos en acción se ven un poco estáticos, les falta plasticidad en los movimientos. Las expresiones faciales fluctúan entre grandes aciertos y pifias notorias, y los fondos aparecen muy de vez en cuando. Hay algunas composiciones gestadas para destacar dibujos de gran detalle y gran despliegue en edificios y puentes, pero la verdad son muy pocas las veces que Copó impacta a la hora de dibujar fondos. El armado de las secuencias en general es correcto, la aplicación de los grises (tributaria de Juan Ferreyra y Salvador Sanz) también es correcta, pero la gran falla está en los cuerpos en acción, y eso es algo que en un comic de superhéroes se nota demasiado. Por ahí en el lápiz se veía otra dinámica, otra fluidez, y en la tinta se perdió... La verdad que no lo sé. Pero, sin ser un desastre ni mucho menos, me parece que Copó no era el dibujante ideal para esta historia. Me la imagino dibujada por otros profesionales con más cancha en el manejo de la anatomía y de ciertos yeites del dibujo superheroico y lo que veo en mi mente me gusta bastante más que lo que veo en el papel. Repito: sin ser un desastre. De hecho hay muchos dibujos que, sacados del contexto de la historieta, se verían buenísimos como pin-ups, posters o figuritas. Si como yo venís siguiendo la constante evolución de Cristian Blasco, no dejes de visitar Puerto Kraken. Y nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas reseñas acá en el blog.

sábado, 3 de abril de 2021

29 de MARZO al 4 de ABRIL

Otra semana de pocas lecturas, porque con el tema de los feriados de Semana Santa me moví poco de casa, y últimamente estoy leyendo más en los viajes en colectivo y subte que en casa. Empecé con un comic editado simultáneamente en varios países de Europa a fines de 2019: El día de Tarowean, también conocido como el Vol.15 de Corto Maltés, y tercero a cargo de la dupla integrada por los españoles Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero. Para esta ocasión a los autores se les ocurrió escribir la previa a La Balada del Mar Salado, es decir, a responder cómo y por qué Corto Maltés llega a esa situación extrema en la que lo encontramos al inicio de aquella mítica historieta realizada por Pratt a partir de 1967 para la revista Sgt. Kirk. Y no sólo lograron empalmar perfectamente con La Balada (y echar luz a aquellos misterios que Pratt se guardaba para explicar andá a saber cuándo) sino que además redondearon una excelente aventura, sin duda la mejor de las tres que publicaron hasta el momento. El día de Tarowean tiene todo lo que tiene que tener un buen álbum de Corto Maltés: una ambientación exótica, roscas entre garcas de distinta magnitud que se quiere quedar con más poder del que tienen, el incentivo medio etéreo de algún beneficio económico para el protagonista, que siempre se verá eclipsado por otro tipo de valores menos tangibles pero más nobles, un buen conflicto que dé pie a escenas de acción y aventura, algún romance que se insinúa pero no se llega a concretar o se encamina rápidamente al fracaso, diálogos ingeniosos, silencios elocuentes y (una regla con la que en algún momento Pratt se limpió el orto) una trama 100% verosímil, sin elementos fantásticos. Esta además tiene un final horrible, porque desde el principio sabemos que a Corto lo van a cagar y va a terminar en esa situación tan precaria, de la que obviamente va a zafar… en la aventura cronológicamente posterior que (como ya mencioné) es nada menos que Una Ballata del Mare Salato. No sé si en algún pasaje de El día de Tarowean fui mucho más feliz que en la primera lectura de alguna de las obras de Pratt de su período más glorioso (1967-80) pero la pasé realmente muy, muy bien. La aventura y el clima me envolvieron y los diálogos de Díaz Canales y el dibujo de Pellejero me pusieron el moñito y me dejaron listo para regalo. Visualmente esto es maravilloso. Está todo el tiempo presente el fantasma de Pratt, el hilo conductor de la faz gráfica es (lógicamente) el estilo del Tano, pero además Pellejero mete cosas de su propio estilo, y de otros maestros del claroscuro, como José Muñoz, Oswal o Eduardo Risso. El resultado es una hermosa actualización de la fórmula prattiana, que respeta a muerte la tradición gráfica de esta serie y además se anima a explorar un poquito de esos otros mundos que habitan los pinceles de esos otros monstruos de la historieta. Esta sintonía entre “clonar al Tano” y darnos los frutos de su propia cosecha también es algo que Pellejero ha ido perfeccionando con el correr de los álbumes y que se agradece muchísimo. La verdad que me animo a recomendarle El día de Tarowean a cualquiera que haya leído La Balada del Mar Salado, lo cual es más o menos lo mismo que decir “a cualquiera que sea fan de Corto Maltés”. Si La Balada… no te hace fan del personaje, nada lo hará. Y si cuando la terminás necesitás con urgencia otra dosis, acá Díaz Canales y Pellejero te ofrecen una que complementa de modo magistral la seminal novela de Hugo Pratt.
Me vengo a Argentina, año 2020, para reencontrarme con la dupla integrada por Cristian Blasco y Pablo Burman, un guionista y un dibujante de los que ya vimos otras obras acá en el blog (11/12/16 y 27/08/18, por ejemplo). Esta vez los autores firman una novela de casi 100 páginas llamada La Bruja de Toska, que debe ser su colaboración más extensa. Se trata de una aventura pura y dura, con elementos de misticismo, misterio y (como ya es costumbre en las historias que abordan la caza de brujas) un mensaje muy claro y potente respecto de las distintas formas en las que las sociedades retrógradas ejercen la violencia contra las mujeres. Blasco ofrece un guion de mucha intensidad, que te hace sentir que todo el tiempo están sucediendo cosas grossas, aunque de hecho no sean tantas las cosas que suceden. Pero hay recursos muy logrados para que vos vivas cada página de La Bruja de Toska a flor de piel: la ambientación, la construcción de la protagonista y los secundarios, los diálogos, los momentos que elige el guionista para calzar los flashbacks… Todo eso contribuye a esa sensación de “aventura a todo o nada” que te caza de la garganta en las primeras páginas y te suelta recién al final. Un final que además está muy bien, porque no es ni obvio ni caprichoso, sino producto de una curva dramática muy bien lograda que lleva a la hermana Rita de un punto A muy atractivo hacia un punto B más que satisfactorio. Con el dibujo de Burman me pasó lo mismo que en las obras anteriores de este autor: me gusta que sea extremo, que se vaya al carajo todo el tiempo, que le cante quiero retruco a los planteos más vanguardistas de Carlos Nine, Philippe Druillet o Ted McKeever, y creo que sus saltos mortales no impiden disfrutar de la trama. Pero también creo que este tipo de guiones más clásicos, más lineales, más “aptos para todo público” van mejor con otro tipo de estéticas, con dibujantes cuyo grafismo no requiera tanta decodificación por parte del lector, sino que se apoye un poco más en lo que éste ya conoce y ya entiende de una, instintivamente. Al lado del dibujo de Burman, el guion de Blasco parece “careta”, fácil, como si le diera la papilla ya masticadita al lector. Y no lo es, ni en pedo. Por eso me parece que hubiese funcionado mejor con otro tipo de dibujo. Por ahí con un claroscuro bien fuerte tipo Mike Mignola, o por ahí con un abordaje más clásico onda Enrique Breccia… No sé, se me ocurren varias alternativas. Pero también me doy cuenta de que Blasco y Burman se entienden muy bien y se saben potenciar el uno al otro. Si no te jode el dibujo barroco, sobrecargado, con varias técnicas de entintado mezcladas y una tendencia descontrolada hacia el expresionismo más grotesco, en La Bruja de Toska vas a encontrar una muy buena lectura, que trasciende la aventura para aportarte algo más. No mucho más, por hoy. Gracias por el aguante, gracias a todos los que descargan la Comiqueando Digital de https://comiqueandoshop.blogspot.com/ y nos reencontramos el próximo finde con nuevas reseñas, acá en el blog.

jueves, 25 de julio de 2019

JUEVES ESPANTOSO

Día desolador de frío y lluvia, ideal para quedarse en casa y leer bocha de comics.
Yo inicio mi habitual repaso por mis lecturas recientes con Historias Cortas de Naoki Urasawa, magnífico masacote editado por Planeta-DeAgostini cuyo título nos explica de modo diáfano lo que estamos por leer: casi 600 páginas con todas las historias cortas realizadas por el glorioso autor de Monster y 20th Century Boys desde sus inicios en 1981 hasta 1984, cuando pega su primer hitazo (Pineapple Army). Este es el material con el que Urasawa ganó sus primeros concursos y concretó sus primeras publicaciones en antologías del ascenso, muchas veces obligado a condensar en pocas páginas ideas que daban para mucho más. Son historietas frescas, muy variadas, claramente gestadas por un artista joven, poseedor de un entusiasmo, de un hambre de gloria sólo comparable a su talento.
Excepto las dos historietas más antiguas (Magia y Return), todas las demás muestran un nivel de dibujo asombroso, muy, muy cercano al de las obras consagratorias que abundarían desde temprano en la carrera de Urasawa. Acá hay personajes repletos de onda, mucha acción, excelentes trabajos en el lenguaje facial y corporal, narrativa hipnótica, maestría para trabajar con páginas de nueve o diez viñetas sin deslucir el dibujo y un increible poder de observación en los detalles que tienen que ver con la vida cotidiana de la gente común.
Y además entre estas 27 historietas hay unos cuantos guiones realmente potentes. Breves comedias de gran impacto cómico, thrillers urbanos con crímenes a veces contados en clave de humor, la atrapante N.A.S.A., la conmovedora Old Western Mama y dos historietas brillantes, imposibles de encasillar en ningún género, ambas realizadas en colaboración con guionistas: ¡Ataca! ¡Ataca! (escrita por el recordado Caribu Marley) y Nana de Shinjuku, un guionazo de Masao Yajima que estaría buenísimo hasta dibujado por mi vieja con la mano izquierda.
No debe ser fácil conseguir este mega-broli, pero si estás muy cebado con las obras actuales de Urasawa, tarde o temprano vas a querer ir más para atrás, a rastrear el secret origin de este genio indiscutido del Noveno Arte.
Cierro con una breve glosa para una historieta también muy corta, Mamma Marilyn, en la que colaboran dos autores cordobeses: el notable guionista Cristian Blasco y el ya consagradísimo dibujante Nicolás Brondo. El trabajo de Brondo es muy bueno, 100% comprometido con el ritmo del relato, sin estridencias ni idas al carajo, como si su único objetivo fuera el lucimiento de su compañero de aventura.
Y sí, el guión de Blasco tiene todo lo que tiene que tener un guión para sumir ese rol de protagonismo y lucirse de punta a punta: conocimiento molecular de las convenciones del género en el que nos zambulle, personajes carismáticos, una voz en off muy original, diálogos filosos, varios cambios de ritmo, acción, un manejo de la tensión que la hace crecer escena a escena y un gran giro cerca del final. La lectura de Mamma Marilyn me transmitió esa extraña sensación de estar frente a un guionista que no oculta para nada (sino que hasta incluso ostenta) un control absoluto, a prueba de balas, sobre lo que nos va a contar y los recursos que va a poner en juego para hacerlo. Ojalá el próximo proyecto que compartan Blasco y Brondo sea una novela gráfica extensa y ambiciosa.
Y nada más, por hoy. El sábado y el domingo voy a estar en Villa Constitución participando de una nueva edición de Villa Viñetas, y la semana que viene nos reencontramos acá en el blog, con nuevas reseñas. Hasta entonces.


viernes, 28 de septiembre de 2018

VIERNES EN CASA

Por distintos motivos, hoy no salí de casa en todo el día. Por suerte está la noche, que siempre da revancha.
Terminé el quinto y último tomo de Promethea, que no es ni remotamente el mejor. Pasa una sola cosa interesante, y es que Promethea cumple con la profecía que la señalaba como la portadora del Apocalipsis, y sí, Alan Moore y J.H. Williams nos invitan a presenciar el fin del mundo tal como lo conocen los habitantes de esta New York alternativa. El conflicto que le puso picante a la serie en el tomo anterior (la superposición de Prometheas) no tiene ningún peso en este tramo final, donde todo pasa por ese nuevo estadío de la conciencia al cual se están por elevar millones de mentes.
Para esta altura, Moore ya había cerrado Tomorrow Stories y había dejado a Tom Strong en manos de otros guionistas. En la saga final de Promethea retoma a muchos de estos personajes, en un rol bastante lamentable, que deja demasiado en claro por qué se fue deshaciendo de ellos y cavó su trinchera en esta única colección. Y después está ese inclasificable nº32, donde Moore y Williams abandonan todas las convenciones del relato secuencial para ofrecernos dos mega-imágenes que a su vez contienen 16 imágenes cada una, con textos y dibujos que no están pensados para narrar absolutamente nada. En esta quijotada que pareciera funcionar como coda a toda la serie, el Mago de Northampton pasa en limpio todo lo que nos explicó acerca de cómo se vinculan entre sí las ideas, los números, las religiones, los sueños, los símbolos y demás conceptos no-materiales, en una especie de hiper-infografía en la que Williams y el letrista (el glorioso Todd Klein) dejan la vida.
A nivel argumental, el final de Promethea no me emocionó tanto como los tomos previos, pero ese último “episodio” le da a la saga un cierre absolutamente memorable, en el que Moore demuestra (una vez más) estar a años luz del que va segundo. Y una nueva consagración definitiva para un J.H. Williams que a lo largo de todo este TPB se ve obligado a trabajar en varios estilos distintos y la rompe en todos, hasta cuando el guión le pide que arme collages con fotos prácticamente sin retocar. Un monstruo.
Hablando de dibujantes que cambian de estilo, lo que más me sorprendió de Sofía (la novela gráfica editada este año por el sello cordobés Buen Gusto) es la transformación gráfica de Kundo Krunch, un dibujante al que me había cruzado en unas cuantas antologías y nunca me había terminado de convencer. No sé qué le dieron para leer (o para inyectarse) a este muchacho, pero de pronto peló un estilo impresionante, una mezcla entre el Ted McKeever salvaje de los ´80 y el Artur Laperla salvaje de los ´90. Krunch se abrazó definitivamente al claroscuro y lo abrazó tan fuerte que empezó a salir sangre. El resultado de este violento viraje estilístico es –además de impactante- muy lindo de mirar. La combinación de la línea finita, casi de Hergé, con esos estallidos de masas y manchas negras realza muchísimo el trabajo de un dibujante al que nunca vimos tropezar en materia de narrativa.
El argumento que propone Cristian Blasco se parece muchísimo al que vimos hace poco (25/07/18) en un libro de Víctor Santos: una minita ultrajada y cagada a palos queda al borde la muerte pero no muere. Alguien la entrena para volver convertida en una máquina de matar, cuyo objetivo será vengarse de los hijos de puta que casi la liquidan. El giro interesante que le pega Blasco a esta trama ya bastante remanida es que los que salvan y entrenan a Sofía son tremendos hijos de puta, y la van a manipular para que cada una de las muertes que cause jueguen a favor de esta sombría organización criminal. Además el guión de Blasco le da poca bola al entrenamiento de Sofía y mucho a su reinserción en el mundo cotidiano, con unas pinceladas costumbristas muy bien logradas, que le restan solemnidad y le agregan humanidad a toda la faceta más policial de la obra.
El principal problema del guión está en los diálogos, donde aparece
una vez más ese síndrome (urgente, ayúdenme a ponerle un nombre) que consiste en mezclar el castellano rioplatense con el neutro. Los personajes tienen nombres argentos (Ramiro, Sofía, Cecilia) y por momentos hablan como porteños (“dale”, “el finde”, “¿qué me recomendás?”), pero unas pocas viñetas después esos mismos personajes están tratándose de tú, no de vos. No usan esas palabras bizarras de traducción chota del inglés (tipo decirle “la nevera” o “el refrigerador” a la heladera), pero dicen “¿qué quieres” en vez de “¿qué querés?”. Muy raro, muy esquizofrénico. Si eso no te la baja, la verdad es que Sofía es una muy buena historieta, profunda, intensa, descarnada en el tratamiento de la violencia y muy potente desde lo visual. Así que se puede recomendar tranquilamente, en cualquier idioma.
Buen finde para todos y, ni bien tenga más material leído, vuelvo a postear acá en el blog. El miércoles hay función de prensa de Venom, así que volverán las reseñas de películas, que hace bastante que no tenemos ninguna…

lunes, 27 de agosto de 2018

HOY, TODO ARGENTINO

Justo se dio la casualidad de que en mi pilón de “álbumes europeos” el de arriba de todo es una obra de un autor que vive en España hace mil años, pero que no se puede sacar del DNI el “nacido en Mendoza, República Argentina”.
Me refiero al maestro Juan Giménez, autor de la trilogía Yo, Dragón, cuyo tercer y último tomo me leí en una terminal de micros el otro día. El Vol.2 de esta saga lo leí el 29/04/14, con lo cual me acordaba bastante poco de la trama. Así es como la primera mitad de este álbum me resultó un poco ardua, un poco confusa. Influye también el criterio de Giménez para clavar los flashbacks (ninguno demasiado importante) en momento que no sé si eran los ideales, y por supuesto me complicó la vida el hecho de que este tramo final entrelazara los destinos de tantos personajes. Ya en la reseña del Vol.2 me habían hecho ruido los flashbacks y la forma en la que el elenco se expandía más allá de los requerimientos de la trama y en este tramo final eso se sufre un poco más.
De nuevo (como en el Vol.2), la segunda mitad del álbum se me hizo mucho más llevadera, y me pude conectar mejor con los personajes. De todos modos, siento que con un elenco más acotado, Giménez podría haberles dado más profundidad, más sustancia a cada protagonista. El tema de que haya un par de mujeres con el poder de transformarse en dragones no está del todo aprovechado, al igual que el personaje de Monseñor Fabián, que pintaba para villano grosso y termina por cumplir un rol bastante prescindible.
Entre toda esta madeja de venganzas, premoniciones, filiaciones sorprendentes, intrigas palaciegas y viejas facturas vencidas que se cobran con cuantiosos intereses, brilla con fulgor incandescente el dibujo de Juan Giménez. Bello, potente, elaborado, funcional al relato, con un color glorioso y un trabajo brutal en fondos y vestimenta, todo lo que surge del lápiz y los pinceles del maestro mendocino está pensado para cautivar al lector y premiarlo con unas maravillas gráficas que muy pocos historietistas le pueden ofrecer. Yo, Dragón no califica para obra maestra por esos altibajos en el guión, pero a nivel visual es un testimonio más que elocuente de la vigencia sempiterna de este genio del dibujo y la ilustración llamado Juan Giménez.
Otra obra de autores argentinos publicada en 2017 que me había quedado en el tintero es Alud, una novela gráfica de Cristian Blasco y Pablo Burman, los autores de Infestado, aquel librito de historias cortas reseñado el 11/12/16. A lo largo de 58 páginas, el guionista cordobés y el dibujante porteño abordan dos tópicos muy frecuentes en la historieta de aventuras: una sociedad distópica (tema que está muy de moda, por cierto) y un pibe común, que no tiene idea de nada, y un día descubre que su padre fue un muuuuy grosso… algo, y se convence de seguir sus pasos e incluso de llevar más allá la cruzada de su padre en pos de… algo. El famoso viaje iniciático tomará la forma de una quijotada épica en la que Charlie, como Chiquito Romero contra Holanda, se va a convertir en héroe.
Contado así, el argumento parece adolecer de una cierta falta de originalidad, pero a) no es tan así y b) Blasco ya demostró que incluso partiendo de premisas ya bastante transitadas puede llegar a resultados atractivos y sorprendentes. Me parece que el logro más notable de Alud es cuándo y cómo elige Blasco revelarnos la verdadera historia del padre de Charlie. El desarrollo en sí, el devenir de la aventura, es atrapante, convincente, pero el vuelo, la estocada de genialidad está (para mi gusto) en ese pase mágico con el que el guionista revela todo ese pasado oculto, que persiste en la memoria de pocos pero que le puede cambiar el futuro a muchos.
Y el dibujo de Burman… me sigue pareciendo muy raro. Impactante, muy original, y a la vez muy retorcido, muy idiosincrático, sin la voluntad de hacer ningún tipo de concesión para con el lector que quiere que le cuenten la historia de un modo cristalino, fácil de decodificar. Es una estética muy elaborada, muy sobrecargada, con una mezcla de técnicas de entintado de la que pocos dibujantes salen bien parados, y a la vez con mucha atención por los climas, por apuntalar desde lo visual las sensaciones que transmite el guión. Los personajes rara vez conservan los mismos rasgos faciales de una secuencia a otra, y la corrección anatómica no es ni a palos una prioridad para el dibujante. Me imagino esta historia en manos de otro dibujante y creo que podría haber funcionado mucho mejor con otra estética, con un dibujante que -por ejemplo- trace líneas rectas cuando aparecen carteles electrónicos en la ciudad futurista… Pero por otro lado creo que los excesos gráficos de Burman constituyen un ejercicio de sana libertad, de ganas de hacer las cosas distinto, de no ceñirse a modelos preexistentes, y además no llegan nunca a convertirse en un obstáculo para el disfrute de la trama. Si los saltos al vacío de este virtuoso pero extraño dibujante no te ahuyentan, estoy seguro de que Alud te va a resultar una muy rica lectura.
Gracias a todos los que se acercaron a saludarme en la Pergamino Comicon, y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

domingo, 11 de diciembre de 2016

LA NOCHE DEL DOMINGO

Ya estoy, ya estoy, ya estoy…
El otro día terminé con el Vol.1 de Wonder Woman de George Pérez y ya arranco con el Vol.2… que me gustó un poco menos. Pasada la novedad, hay que convertir esas maravillosas ideas que sirven para relanzar a un personaje que agonizaba en ideas para bancar una serie mensual a largo plazo. Pérez lo logra, pero sin ese ritmo demoledor de los primeros episodios. El maestro le pone todo al desarrollo de personajes y al dibujo. Y Len Wein se encarga de que los diálogos y los bloques de texto estén a la altura.
En todo caso, lo que se desluce un poco son las tramas en sí: la pelea con Cheetah es casi intrascendente y la saga de “Challenge of the Gods” (que da nombre al tomo) se ve manchada por el crossover forzado con Millennium y termina por darle más chapa a Heracles (que hasta acá tenía todo para ser un gran villano) que a la propia Diana. No me acuerdo si Pérez volverá a veletear y Heracles volverá a hacer de las suyas, pero no me convenció la forma en la que (por ahora) lo redime. Me quedo con el gran trabajo en los personajes secundarios, las inolvidables escenas costumbristas o intimistas en las que no está en juego el destino del mundo pero Pérez y Wein igual tiran magia, tanto cuando hacen interactuar a gente común como cuando se meten con los dioses griegos. Ya arranqué con el Vol.3, así que prometo reseñarlo pronto.
Si algún día te levantás con ganas de leer un comic que te haga sentir para el orto, que cada dos páginas te obligue a decir “No puede ser, qué horror, qué injusticia, qué hijos de puta”, te recomiendo 36-39: Malos Tiempos, del maestro madrileño Carlos Giménez. Son cuatro tomos (tengo sólo los dos primeros pero acepto donaciones) que ofrecen una seguidilla de breves historietas en blanco y negro, todas ambientadas la Guerra Civil Española. El Vol.1 arranca desde el principio, desde el estallido mismo del conflicto en 1936, y nos invita a conocer a un vasto elenco de personajes que volverán a aparecer cada vez que Giménez vuelva a enfocarse en la región que cada uno habita. Es decir que algunos se cruzan normalmente entre sí, y otros no (o todavía no).
Si bien Giménez no se limita a dibujar historias que sucedieron en el mundo real, hay una reconstrucción cuidadísima de la época, que le añade verosimilitud a las desgarradoras situaciones por las que atraviesan los personajes. Como siempre que leemos a Giménez, la duda se evapora en poquísimas viñetas: enseguida el maestro nos convence de que esto que nos está contando es LA REALIDAD. Y en este caso una realidad cruenta, atroz, en la que la esperanza se va esfumando página a página. No es fácil leer 36-39: Malos Tiempos, pero obviamente es enriquecedor, como testimonio de un hecho histórico, y como enésima muestra del apabullante talento de uno de los historietistas más completos de todos los tiempos. En cualquier momento me cicatrizan las heridas que me dejó en el alma este libro y le entro al Vol.2.
Me voy a Uruguay en busca de historieta uruguaya, y me vuelvo con… autores argentinos editados en el país hermano. Infestado es una antología con cinco historias autonclusivas, todas escritas con Cristian Blasco y dibujadas por Pablo Burman, autores argentos a los que nunca había oído nombrar. Blasco firma dos guiones excelentes: Henry y uno sin título, que cierra el libro. Ninguno parte de una premisa original, pero aún así, los dos te atrapan, te sorprenden y te emocionan con su fuerza y su intensidad. De los otros tres, uno (el homenaje a Jodorowsky y Moebius que tampoco tiene título) se la banca muy decorosamente, y los otros dos no me llegaron a convencer pero tampoco son una garcha sin ideas. La verdad es que, para ser relatos tan breves (ninguno llega a las 14 páginas), están todos bastante bien.
El dibujo de Pablo Burman me retrotrajo a mediados de los ´80, cuando los muchachos de aquella primera “primavera de los fanzines” descubrieron al Moebius y al Enki Bilal de principios de los ´70, cuando eran dos bestias desaforadas que te destruían las retinas a base de cross-hatchings enfermizos y ponían “de moda” uan estética barroca, recontra-sobrecargada, con un cierto aire de decadencia, de putrefacción, que les venía bárbaro sobre todo cuando se metían con el universo narrativo de H.P. Lovecraft y cosas así. Burman es una de esas bestias, dueño de un trazo complejísimo, ideal para el barroco y el exceso de rayitas. En general, es un estilo peligroso, que muchas veces conspira contra la comprensión de lo que uno está leyendo y contra el flujo de la vista de una viñeta a otra, que es la esencia misma de este lenguaje al que llamamos Historieta. Burman logra ese improbable equlibrio entre impacto visual y solidez narrativa en las dos últimas historietas del tomo: Paul is Dead (que es la más fea de ver, porque mezcla su técnica con la del claroscuro y el resultado no funciona) y en la de los zombies, que es realmente impecable. Si más adelante logra dibujar una historieta extensa en el nivel de este último unitario, Pablo Burman se va a instalar rápidamente entre los dibujantes argentinos a seguir muy de cerca.
Volvemos pronto con más reseñas.