Mostrando entradas con la etiqueta Pablo Burman. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pablo Burman. Mostrar todas las entradas
viernes, 19 de diciembre de 2025
TARDE DE VIERNES
Otra vez clavo una pausa en el vértigo y el frenesí que exige la Comiqueando Digital para estar lista a fin de mes, y la aprovecho para reseñar un par de libros que leí en estos días.
Muy brevemente, expreso mi tristeza por no haber podido disfrutar todo lo que esperaba con The Cardboard Valise, la novela gráfica de Ben Katchor publicada en 2011. Y un poco es culpa del que decidió que este material, originalmente publicado por Katchor en entregas semanales en distintos periódicos alternativos, se podía "envasar" en formato libro de 128 páginas. Más allá de cómo las acomodemos, del formato que les queramos dar, estas páginas NO forman un relato consistente con lo que habitualmente llamamos "novela". Son una sucesión de no-historias cortas, que repiten algunos personajes y la ambientación (una isla imaginaria en la que pasan cosas rarísimas) y por ahí tenemos UN momento copado (probablemente el remate de una entrega semanal) cada dos páginas.
Pero presentadas así, en semejante masacote, lujosamente editadas por Pantheon, estas historietas tratan de cagar más alto de lo que les da el culo. Son graciosas, tienen ese humor surrealista de un sketch de Cha-cha-cha, tienen ese ritmo de anécdota pachorra y nostálgica de las Crónicas del Ángel Gris de Alejandro Dolina, el dibujo es fastuoso, pero -discúlpenme si peco de tradicionalista- si no hay conflicto, no hay novela. Una novela no es una sucesión de anécdotas, ni de gente que le explica a otra gente qué había antes en el lugar donde están ahora.
Sin cohesión narrativa, los caprichos y las ocurrencias limadas del autor son solo eso: caprichos y limaduras. Y seguramente ese es el motivo por el cual The Cardboard Valise es la obra menos querida por los fans de Ben Katchor, pese a ser la que gozó de una edición más cheta y más cuidada. Esto así como está es excesivo, es comer dulce de leche en el desayuno, el almuerzo y la cena durante dos semanas. Llega un punto en que ya no podés ni ver al dulce de leche. Con los dibujos de Katchor obviamente eso no pasa, porque son bellísimos, pero la falta de un argumento sólido, de un real desarrollo de personajes, hace que todo el resto (el world-building complejo, lleno de ironía e imaginación, los diálogos bizarros, etc.) a partir de cierto punto se vuelva un plomazo. Hacía muchos años que buscaba este libro, finalmente lo conseguí a buen precio, y ahora no sé si quedármelo o no, porque tengo claro que en la puta vida lo voy a volver a leer. Cosas que pasan.
Y también leí (a velocidades supersónicas) las 96 páginas de Aventureros del Aire, una obra de Rodolfo Santullo y Pablo Burman que se había serializado en el e-zine de Loco Rabia y este año salió en libro a través del sello Los Aspirantes. Más allá de lo rápido que se lee, me encontré con una muy buena historieta de acción y aventura, a la que se le suma un trasfondo muy atractivo, relacionado al abuso de poder, a cómo desde el poder se manipula a la gente común y se le vende humo con total impunidad.
Santullo elige muy bien los momentos en los que nos revela qué hay detrás de esta trama, y los volantazos que pega (personajes que al principio parecen ser del bando de "los malos" y después se dan vuelta, o viceversa) son, además de sorpresivos, totalmente coherentes con la narración que construye. En un guion realmente potente, lo único que -conociendo la obra del uruguayo/mexicano- se echa un poquito de menos es el world-building, que no está muy explorado, sino apenas delineado con unos pocos trazos. Es raro, porque en general, cuando trabaja con mundos fantásticos, Santullo cuida mucho ese detalle. Acá, felizmente, se luce en muchos otros rubros, sobre todo en el desarrollo de los personajes: tanto la protagonista como los secundarios tienen sus arcos narrativos y nadie sale de la novela igual que como entró.
Si yo te contara detalles del argumento, seguro que vos empezarías a flashear imágenes en un estilo tipo Frank Robbins, Juan Giménez, o Solano López, capos indiscutidos en el rubro "historietas de aviación". Bueno, en esta lo tenemos a Pablo Burman, con un grafismo que está a años luz del de los clásicos maestros mencionados (y tantos otros), pero que te cautiva desde la primera página. Ya desde la portada queda claro que Burman se va a decantar por un estilo más pictórico, pero adentro, en vez de esos óleos vamos a tener acuarelas y lápices de colores. Sí, las queridas "pinturitas" convertidas por Burman en varitas mágicas con las que conjura formas, texturas, climas... lo que haga falta. Me gustaba cuando Burman trabajaba en blanco, negro y grises, con tinta china y aguadas, pero esto es infinitamente mejor. Hay momentos en los que no sabés si estás leyendo un comic de aventuras o recorriendo un museo dedicado a las artes plásticas y a los pintores expresionistas. Todas las decisiones estéticas de una bestia como Burman implican algún riesgo, y las decisiones en materia de puesta en página no se quedan atrás. Pero todo esto (más la típica sobriedad que le permite a Santullo contar una historia compleja sin meter enormes cantidades de texto en cada página) contribuye de manera armónica e impactante a lograr un gran ritmo, que te lleva puesto hasta el final.
Aventureros del Aire no es un comic que te cambia la vida, pero es una gran historia, con giros argumentales muy logrados, un vértigo alucinante y unos dibujos atípicos y (por momentos) gloriosos. Recomiendo mucho esta colaboración entre Santullo y Burman y ojalá pronto haya nuevas.
Nada más, por hoy. Buen finde y hasta pronto.
Etiquetas:
Ben Katchor,
Pablo Burman,
Rodolfo Santullo
lunes, 14 de abril de 2025
LUNES TRANQUI
Bueno, acá estoy de nuevo con un par de lecturas más.
Simplemente porque lo vi obscenamente barato en una librería de usados (encima en un estado impecable) me compré Flock of Dreamers, una antología de 1997 que recopila 21 historias cortas a cargo de autores de ocho países distintos, todas basadas en sueños. Ya vimos varias obras en este blog en las que en vez de crear ficciones, los autores cuentan en forma de historieta cosas que soñaron. Suelen ser trabajos cortos, experimentales, de los que uno no espera nada a nivel guiones, desarrollo de personajes, etc.. El atractivo se limita a ver ideas limadas plasmadas de manera ingeniosa u original en la página. Y eso es, básicamente, lo que encontré en un puñado de las historietas que integran esta antología. Algunas no me brindaron ni eso, porque los dibujos son malísimos, o porque la inoperancia de los autores a la hora de armar la página o de equilibrar el texto con la imagen eclipsaron totalmente a la intriga o la extrañeza que generan las ideas.
Thierry Guitard es un autor al que no conocía, que dibuja y narra muy bien. El inmenso Jim Woodring se excede un poco con la cantidad de texto, pero el dibujo es maravilloso. Me pareció interesante el aporte de otro autor al que no conocía, Bob Kathman, Y muy bizarro, muy extremo, pero sin dudas atrapante el breve relato de Luke Walsh, al que tampoco conocía y del que definitivamente quiero leer otras historietas. El maestro Aleksandar Zograf (al que tuve la suerte de conocer personalmente en 2006 y gastarlo sin piedad por el 6-0 de Argentina a Serbia y Montenegro de ese año) tiene una primera página flojita, y después levanta muchísimo, con una serie de viñetas en las que explica una técnica que desarrolló para poder recordar y dibujar sus sueños. Correcto lo de Pat Moriarty, muy notable lo de Rick Veitch (vimos todo un libro de historietas basadas en sus sueños el 01/07/16) y alucinantes esas seis páginas en las que me reencuentro con Francesca Ghermandi (de la que hablamos hace muy poquito), en un trabajo demoledor, realizado a cuatro manos junto a Massimo Semerano.
Dejo de lado a unos cuantos muertos de frío que no tienen nada que hacer en un álbum de estas características, y paro un toque la pelota para hablar de dos autores hiper-grossos que acá dejan la vida en los dibujos, pero lamentablemente eligen no narrar. Lo de Robert Crumb son simplemente dibujos sueltos, acompañados de textos muy breves, y lo que entrega Danijel Zezelj son una serie de ilustraciones fastuosas, en un formato similar al de un cuento ilustrado. Hay una narración, pero pasa exclusivamente por el texto. Las imágenes acompañan y resaltan algunos pasajes de los textos. Técnicamente esto es de una belleza y una originalidad alucinante, pero a mí me gusta ver a Zezelj narrar con el dibujo.
Lectura livianita, rápida, en un punto también despareja... y todavía no decidí si conservar este librito o deshacerme de él.
Me vengo a Argentina, año 2024, para reencontrarme con Antonio Mamerto Gil Nuñez, más conocido como “el Gauchito Gil”, en una nueva aventura escrita por el cordobés Juan Bertá (vimos una el 12/06/21), ahora con los dibujos de Pablo Burman.
Me gusta cómo labura Burman, me vuelve loco esa atmósfera opresiva que logra con esas aguadas bien expresionistas, que me recuerdan al Viejo Breccia de la época de Perramus, me copa cuando de repente cambia de estilo y se va a una línea clara abigarrada, sobrecargada de detallitos onda Moebius, en este libro en particular me encantó su dominio de la puesta en página basada en viñetas widescreen... pero me parece que no era el dibujante adecuado para este guion. Ya me habia pasado antes, cuando leí La Bruja de Toska (ver reseña del 03/04/21). No lo veo al marplatense como un dibujante ideal para estos guiones tan clásicos, tan de aventura tradicional que podrían haberse publicado tranquilamente en la revista Skorpio. Sí para relatos más arriesgados, más experimentales, y más breves.
El Cantar del Prodigio y el Insomne tiene un solo problema, que es su extensión: la trama que plantea Bertá para 72 páginas funcionaría mucho mejor en 48 ó 50. El resto está muy bien. Hay un misterio atrapante, conflictos muy humanos, que van más allá de la lucha entre Nuñez y el villano de turno, está muy bien aprovechada la ambienación en la Argentina rural del último tercio del Siglo XIX, la información está bien dosificada... Y bueno, para llenar 72 páginas con esta idea, Bertá opta por meter largas escenas de diálogos que ralentizan el ritmo del relato. Algunos diálogos sirven para produndizar en la psiquis de los personajes, y otros se hacen un poco tediosos. También hay algunas secuencias mudas que podrían no estar, aunque son momentos en los que generalmente brilla el pincel de Burman.
Este mismo argumento, así como está, con esa impronta criolla y esos tintes shakespereanos, resumido para que ocupe menos páginas y con un dibujante más convencional, podría sostener una historieta realmente potente. Acá se ve una especie de tensión incómoda entre un guionista que quiere ser profundo, dramático y subrayar la humanidad de los personajes, y un dibujante que quiere volar, irse al carajo, dibujar personajes y paisajes a veces grotescos y a veces etéreos, de gran belleza plástica, pero que requieren una cierta decodificación por parte del lector. Y en general, la historieta funciona mejor cuando el guion y el dibujo bailan al mismo ritmo, tienen las mismas metas y tiran para el mismo lado.
Nada más, por ahora. Gracias por leer y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas.
sábado, 3 de abril de 2021
29 de MARZO al 4 de ABRIL
Otra semana de pocas lecturas, porque con el tema de los feriados de Semana Santa me moví poco de casa, y últimamente estoy leyendo más en los viajes en colectivo y subte que en casa.
Empecé con un comic editado simultáneamente en varios países de Europa a fines de 2019: El día de Tarowean, también conocido como el Vol.15 de Corto Maltés, y tercero a cargo de la dupla integrada por los españoles Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero. Para esta ocasión a los autores se les ocurrió escribir la previa a La Balada del Mar Salado, es decir, a responder cómo y por qué Corto Maltés llega a esa situación extrema en la que lo encontramos al inicio de aquella mítica historieta realizada por Pratt a partir de 1967 para la revista Sgt. Kirk. Y no sólo lograron empalmar perfectamente con La Balada (y echar luz a aquellos misterios que Pratt se guardaba para explicar andá a saber cuándo) sino que además redondearon una excelente aventura, sin duda la mejor de las tres que publicaron hasta el momento.
El día de Tarowean tiene todo lo que tiene que tener un buen álbum de Corto Maltés: una ambientación exótica, roscas entre garcas de distinta magnitud que se quiere quedar con más poder del que tienen, el incentivo medio etéreo de algún beneficio económico para el protagonista, que siempre se verá eclipsado por otro tipo de valores menos tangibles pero más nobles, un buen conflicto que dé pie a escenas de acción y aventura, algún romance que se insinúa pero no se llega a concretar o se encamina rápidamente al fracaso, diálogos ingeniosos, silencios elocuentes y (una regla con la que en algún momento Pratt se limpió el orto) una trama 100% verosímil, sin elementos fantásticos. Esta además tiene un final horrible, porque desde el principio sabemos que a Corto lo van a cagar y va a terminar en esa situación tan precaria, de la que obviamente va a zafar… en la aventura cronológicamente posterior que (como ya mencioné) es nada menos que Una Ballata del Mare Salato.
No sé si en algún pasaje de El día de Tarowean fui mucho más feliz que en la primera lectura de alguna de las obras de Pratt de su período más glorioso (1967-80) pero la pasé realmente muy, muy bien. La aventura y el clima me envolvieron y los diálogos de Díaz Canales y el dibujo de Pellejero me pusieron el moñito y me dejaron listo para regalo. Visualmente esto es maravilloso. Está todo el tiempo presente el fantasma de Pratt, el hilo conductor de la faz gráfica es (lógicamente) el estilo del Tano, pero además Pellejero mete cosas de su propio estilo, y de otros maestros del claroscuro, como José Muñoz, Oswal o Eduardo Risso. El resultado es una hermosa actualización de la fórmula prattiana, que respeta a muerte la tradición gráfica de esta serie y además se anima a explorar un poquito de esos otros mundos que habitan los pinceles de esos otros monstruos de la historieta. Esta sintonía entre “clonar al Tano” y darnos los frutos de su propia cosecha también es algo que Pellejero ha ido perfeccionando con el correr de los álbumes y que se agradece muchísimo. La verdad que me animo a recomendarle El día de Tarowean a cualquiera que haya leído La Balada del Mar Salado, lo cual es más o menos lo mismo que decir “a cualquiera que sea fan de Corto Maltés”. Si La Balada… no te hace fan del personaje, nada lo hará. Y si cuando la terminás necesitás con urgencia otra dosis, acá Díaz Canales y Pellejero te ofrecen una que complementa de modo magistral la seminal novela de Hugo Pratt.
Me vengo a Argentina, año 2020, para reencontrarme con la dupla integrada por Cristian Blasco y Pablo Burman, un guionista y un dibujante de los que ya vimos otras obras acá en el blog (11/12/16 y 27/08/18, por ejemplo). Esta vez los autores firman una novela de casi 100 páginas llamada La Bruja de Toska, que debe ser su colaboración más extensa. Se trata de una aventura pura y dura, con elementos de misticismo, misterio y (como ya es costumbre en las historias que abordan la caza de brujas) un mensaje muy claro y potente respecto de las distintas formas en las que las sociedades retrógradas ejercen la violencia contra las mujeres. Blasco ofrece un guion de mucha intensidad, que te hace sentir que todo el tiempo están sucediendo cosas grossas, aunque de hecho no sean tantas las cosas que suceden. Pero hay recursos muy logrados para que vos vivas cada página de La Bruja de Toska a flor de piel: la ambientación, la construcción de la protagonista y los secundarios, los diálogos, los momentos que elige el guionista para calzar los flashbacks… Todo eso contribuye a esa sensación de “aventura a todo o nada” que te caza de la garganta en las primeras páginas y te suelta recién al final. Un final que además está muy bien, porque no es ni obvio ni caprichoso, sino producto de una curva dramática muy bien lograda que lleva a la hermana Rita de un punto A muy atractivo hacia un punto B más que satisfactorio.
Con el dibujo de Burman me pasó lo mismo que en las obras anteriores de este autor: me gusta que sea extremo, que se vaya al carajo todo el tiempo, que le cante quiero retruco a los planteos más vanguardistas de Carlos Nine, Philippe Druillet o Ted McKeever, y creo que sus saltos mortales no impiden disfrutar de la trama. Pero también creo que este tipo de guiones más clásicos, más lineales, más “aptos para todo público” van mejor con otro tipo de estéticas, con dibujantes cuyo grafismo no requiera tanta decodificación por parte del lector, sino que se apoye un poco más en lo que éste ya conoce y ya entiende de una, instintivamente. Al lado del dibujo de Burman, el guion de Blasco parece “careta”, fácil, como si le diera la papilla ya masticadita al lector. Y no lo es, ni en pedo. Por eso me parece que hubiese funcionado mejor con otro tipo de dibujo. Por ahí con un claroscuro bien fuerte tipo Mike Mignola, o por ahí con un abordaje más clásico onda Enrique Breccia… No sé, se me ocurren varias alternativas. Pero también me doy cuenta de que Blasco y Burman se entienden muy bien y se saben potenciar el uno al otro. Si no te jode el dibujo barroco, sobrecargado, con varias técnicas de entintado mezcladas y una tendencia descontrolada hacia el expresionismo más grotesco, en La Bruja de Toska vas a encontrar una muy buena lectura, que trasciende la aventura para aportarte algo más.
No mucho más, por hoy. Gracias por el aguante, gracias a todos los que descargan la Comiqueando Digital de https://comiqueandoshop.blogspot.com/ y nos reencontramos el próximo finde con nuevas reseñas, acá en el blog.
Etiquetas:
Corto Maltés,
Cristian Blasco,
Juan Díaz Canales,
Pablo Burman,
Rubén Pellejero
lunes, 27 de agosto de 2018
HOY, TODO ARGENTINO
Justo se dio la casualidad de que en mi pilón de “álbumes europeos” el de arriba de todo es una obra de un autor que vive en España hace mil años, pero que no se puede sacar del DNI el “nacido en Mendoza, República Argentina”.
Me refiero al maestro Juan Giménez, autor de la trilogía Yo, Dragón, cuyo tercer y último tomo me leí en una terminal de micros el otro día. El Vol.2 de esta saga lo leí el 29/04/14, con lo cual me acordaba bastante poco de la trama. Así es como la primera mitad de este álbum me resultó un poco ardua, un poco confusa. Influye también el criterio de Giménez para clavar los flashbacks (ninguno demasiado importante) en momento que no sé si eran los ideales, y por supuesto me complicó la vida el hecho de que este tramo final entrelazara los destinos de tantos personajes. Ya en la reseña del Vol.2 me habían hecho ruido los flashbacks y la forma en la que el elenco se expandía más allá de los requerimientos de la trama y en este tramo final eso se sufre un poco más.
De nuevo (como en el Vol.2), la segunda mitad del álbum se me hizo mucho más llevadera, y me pude conectar mejor con los personajes. De todos modos, siento que con un elenco más acotado, Giménez podría haberles dado más profundidad, más sustancia a cada protagonista. El tema de que haya un par de mujeres con el poder de transformarse en dragones no está del todo aprovechado, al igual que el personaje de Monseñor Fabián, que pintaba para villano grosso y termina por cumplir un rol bastante prescindible.
Entre toda esta madeja de venganzas, premoniciones, filiaciones sorprendentes, intrigas palaciegas y viejas facturas vencidas que se cobran con cuantiosos intereses, brilla con fulgor incandescente el dibujo de Juan Giménez. Bello, potente, elaborado, funcional al relato, con un color glorioso y un trabajo brutal en fondos y vestimenta, todo lo que surge del lápiz y los pinceles del maestro mendocino está pensado para cautivar al lector y premiarlo con unas maravillas gráficas que muy pocos historietistas le pueden ofrecer. Yo, Dragón no califica para obra maestra por esos altibajos en el guión, pero a nivel visual es un testimonio más que elocuente de la vigencia sempiterna de este genio del dibujo y la ilustración llamado Juan Giménez.
Otra obra de autores argentinos publicada en 2017 que me había quedado en el tintero es Alud, una novela gráfica de Cristian Blasco y Pablo Burman, los autores de Infestado, aquel librito de historias cortas reseñado el 11/12/16. A lo largo de 58 páginas, el guionista cordobés y el dibujante porteño abordan dos tópicos muy frecuentes en la historieta de aventuras: una sociedad distópica (tema que está muy de moda, por cierto) y un pibe común, que no tiene idea de nada, y un día descubre que su padre fue un muuuuy grosso… algo, y se convence de seguir sus pasos e incluso de llevar más allá la cruzada de su padre en pos de… algo. El famoso viaje iniciático tomará la forma de una quijotada épica en la que Charlie, como Chiquito Romero contra Holanda, se va a convertir en héroe.
Contado así, el argumento parece adolecer de una cierta falta de originalidad, pero a) no es tan así y b) Blasco ya demostró que incluso partiendo de premisas ya bastante transitadas puede llegar a resultados atractivos y sorprendentes. Me parece que el logro más notable de Alud es cuándo y cómo elige Blasco revelarnos la verdadera historia del padre de Charlie. El desarrollo en sí, el devenir de la aventura, es atrapante, convincente, pero el vuelo, la estocada de genialidad está (para mi gusto) en ese pase mágico con el que el guionista revela todo ese pasado oculto, que persiste en la memoria de pocos pero que le puede cambiar el futuro a muchos.
Y el dibujo de Burman… me sigue pareciendo muy raro. Impactante, muy original, y a la vez muy retorcido, muy idiosincrático, sin la voluntad de hacer ningún tipo de concesión para con el lector que quiere que le cuenten la historia de un modo cristalino, fácil de decodificar. Es una estética muy elaborada, muy sobrecargada, con una mezcla de técnicas de entintado de la que pocos dibujantes salen bien parados, y a la vez con mucha atención por los climas, por apuntalar desde lo visual las sensaciones que transmite el guión. Los personajes rara vez conservan los mismos rasgos faciales de una secuencia a otra, y la corrección anatómica no es ni a palos una prioridad para el dibujante. Me imagino esta historia en manos de otro dibujante y creo que podría haber funcionado mucho mejor con otra estética, con un dibujante que -por ejemplo- trace líneas rectas cuando aparecen carteles electrónicos en la ciudad futurista… Pero por otro lado creo que los excesos gráficos de Burman constituyen un ejercicio de sana libertad, de ganas de hacer las cosas distinto, de no ceñirse a modelos preexistentes, y además no llegan nunca a convertirse en un obstáculo para el disfrute de la trama. Si los saltos al vacío de este virtuoso pero extraño dibujante no te ahuyentan, estoy seguro de que Alud te va a resultar una muy rica lectura.
Gracias a todos los que se acercaron a saludarme en la Pergamino Comicon, y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
Me refiero al maestro Juan Giménez, autor de la trilogía Yo, Dragón, cuyo tercer y último tomo me leí en una terminal de micros el otro día. El Vol.2 de esta saga lo leí el 29/04/14, con lo cual me acordaba bastante poco de la trama. Así es como la primera mitad de este álbum me resultó un poco ardua, un poco confusa. Influye también el criterio de Giménez para clavar los flashbacks (ninguno demasiado importante) en momento que no sé si eran los ideales, y por supuesto me complicó la vida el hecho de que este tramo final entrelazara los destinos de tantos personajes. Ya en la reseña del Vol.2 me habían hecho ruido los flashbacks y la forma en la que el elenco se expandía más allá de los requerimientos de la trama y en este tramo final eso se sufre un poco más.
De nuevo (como en el Vol.2), la segunda mitad del álbum se me hizo mucho más llevadera, y me pude conectar mejor con los personajes. De todos modos, siento que con un elenco más acotado, Giménez podría haberles dado más profundidad, más sustancia a cada protagonista. El tema de que haya un par de mujeres con el poder de transformarse en dragones no está del todo aprovechado, al igual que el personaje de Monseñor Fabián, que pintaba para villano grosso y termina por cumplir un rol bastante prescindible.
Entre toda esta madeja de venganzas, premoniciones, filiaciones sorprendentes, intrigas palaciegas y viejas facturas vencidas que se cobran con cuantiosos intereses, brilla con fulgor incandescente el dibujo de Juan Giménez. Bello, potente, elaborado, funcional al relato, con un color glorioso y un trabajo brutal en fondos y vestimenta, todo lo que surge del lápiz y los pinceles del maestro mendocino está pensado para cautivar al lector y premiarlo con unas maravillas gráficas que muy pocos historietistas le pueden ofrecer. Yo, Dragón no califica para obra maestra por esos altibajos en el guión, pero a nivel visual es un testimonio más que elocuente de la vigencia sempiterna de este genio del dibujo y la ilustración llamado Juan Giménez.
Otra obra de autores argentinos publicada en 2017 que me había quedado en el tintero es Alud, una novela gráfica de Cristian Blasco y Pablo Burman, los autores de Infestado, aquel librito de historias cortas reseñado el 11/12/16. A lo largo de 58 páginas, el guionista cordobés y el dibujante porteño abordan dos tópicos muy frecuentes en la historieta de aventuras: una sociedad distópica (tema que está muy de moda, por cierto) y un pibe común, que no tiene idea de nada, y un día descubre que su padre fue un muuuuy grosso… algo, y se convence de seguir sus pasos e incluso de llevar más allá la cruzada de su padre en pos de… algo. El famoso viaje iniciático tomará la forma de una quijotada épica en la que Charlie, como Chiquito Romero contra Holanda, se va a convertir en héroe.
Contado así, el argumento parece adolecer de una cierta falta de originalidad, pero a) no es tan así y b) Blasco ya demostró que incluso partiendo de premisas ya bastante transitadas puede llegar a resultados atractivos y sorprendentes. Me parece que el logro más notable de Alud es cuándo y cómo elige Blasco revelarnos la verdadera historia del padre de Charlie. El desarrollo en sí, el devenir de la aventura, es atrapante, convincente, pero el vuelo, la estocada de genialidad está (para mi gusto) en ese pase mágico con el que el guionista revela todo ese pasado oculto, que persiste en la memoria de pocos pero que le puede cambiar el futuro a muchos.
Y el dibujo de Burman… me sigue pareciendo muy raro. Impactante, muy original, y a la vez muy retorcido, muy idiosincrático, sin la voluntad de hacer ningún tipo de concesión para con el lector que quiere que le cuenten la historia de un modo cristalino, fácil de decodificar. Es una estética muy elaborada, muy sobrecargada, con una mezcla de técnicas de entintado de la que pocos dibujantes salen bien parados, y a la vez con mucha atención por los climas, por apuntalar desde lo visual las sensaciones que transmite el guión. Los personajes rara vez conservan los mismos rasgos faciales de una secuencia a otra, y la corrección anatómica no es ni a palos una prioridad para el dibujante. Me imagino esta historia en manos de otro dibujante y creo que podría haber funcionado mucho mejor con otra estética, con un dibujante que -por ejemplo- trace líneas rectas cuando aparecen carteles electrónicos en la ciudad futurista… Pero por otro lado creo que los excesos gráficos de Burman constituyen un ejercicio de sana libertad, de ganas de hacer las cosas distinto, de no ceñirse a modelos preexistentes, y además no llegan nunca a convertirse en un obstáculo para el disfrute de la trama. Si los saltos al vacío de este virtuoso pero extraño dibujante no te ahuyentan, estoy seguro de que Alud te va a resultar una muy rica lectura.
Gracias a todos los que se acercaron a saludarme en la Pergamino Comicon, y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.
Etiquetas:
Cristian Blasco,
Juan Giménez,
Pablo Burman,
Yo Dragón
domingo, 11 de diciembre de 2016
LA NOCHE DEL DOMINGO
Ya estoy, ya estoy, ya estoy…
El otro día terminé con el Vol.1 de Wonder Woman de George Pérez y ya arranco con el Vol.2… que me gustó un poco menos. Pasada la novedad, hay que convertir esas maravillosas ideas que sirven para relanzar a un personaje que agonizaba en ideas para bancar una serie mensual a largo plazo. Pérez lo logra, pero sin ese ritmo demoledor de los primeros episodios. El maestro le pone todo al desarrollo de personajes y al dibujo. Y Len Wein se encarga de que los diálogos y los bloques de texto estén a la altura.
En todo caso, lo que se desluce un poco son las tramas en sí: la pelea con Cheetah es casi intrascendente y la saga de “Challenge of the Gods” (que da nombre al tomo) se ve manchada por el crossover forzado con Millennium y termina por darle más chapa a Heracles (que hasta acá tenía todo para ser un gran villano) que a la propia Diana. No me acuerdo si Pérez volverá a veletear y Heracles volverá a hacer de las suyas, pero no me convenció la forma en la que (por ahora) lo redime. Me quedo con el gran trabajo en los personajes secundarios, las inolvidables escenas costumbristas o intimistas en las que no está en juego el destino del mundo pero Pérez y Wein igual tiran magia, tanto cuando hacen interactuar a gente común como cuando se meten con los dioses griegos. Ya arranqué con el Vol.3, así que prometo reseñarlo pronto.
Si algún día te levantás con ganas de leer un comic que te haga sentir para el orto, que cada dos páginas te obligue a decir “No puede ser, qué horror, qué injusticia, qué hijos de puta”, te recomiendo 36-39: Malos Tiempos, del maestro madrileño Carlos Giménez. Son cuatro tomos (tengo sólo los dos primeros pero acepto donaciones) que ofrecen una seguidilla de breves historietas en blanco y negro, todas ambientadas la Guerra Civil Española. El Vol.1 arranca desde el principio, desde el estallido mismo del conflicto en 1936, y nos invita a conocer a un vasto elenco de personajes que volverán a aparecer cada vez que Giménez vuelva a enfocarse en la región que cada uno habita. Es decir que algunos se cruzan normalmente entre sí, y otros no (o todavía no).
Si bien Giménez no se limita a dibujar historias que sucedieron en el mundo real, hay una reconstrucción cuidadísima de la época, que le añade verosimilitud a las desgarradoras situaciones por las que atraviesan los personajes. Como siempre que leemos a Giménez, la duda se evapora en poquísimas viñetas: enseguida el maestro nos convence de que esto que nos está contando es LA REALIDAD. Y en este caso una realidad cruenta, atroz, en la que la esperanza se va esfumando página a página. No es fácil leer 36-39: Malos Tiempos, pero obviamente es enriquecedor, como testimonio de un hecho histórico, y como enésima muestra del apabullante talento de uno de los historietistas más completos de todos los tiempos. En cualquier momento me cicatrizan las heridas que me dejó en el alma este libro y le entro al Vol.2.
Me voy a Uruguay en busca de historieta uruguaya, y me vuelvo con… autores argentinos editados en el país hermano. Infestado es una antología con cinco historias autonclusivas, todas escritas con Cristian Blasco y dibujadas por Pablo Burman, autores argentos a los que nunca había oído nombrar. Blasco firma dos guiones excelentes: Henry y uno sin título, que cierra el libro. Ninguno parte de una premisa original, pero aún así, los dos te atrapan, te sorprenden y te emocionan con su fuerza y su intensidad. De los otros tres, uno (el homenaje a Jodorowsky y Moebius que tampoco tiene título) se la banca muy decorosamente, y los otros dos no me llegaron a convencer pero tampoco son una garcha sin ideas. La verdad es que, para ser relatos tan breves (ninguno llega a las 14 páginas), están todos bastante bien.
El dibujo de Pablo Burman me retrotrajo a mediados de los ´80, cuando los muchachos de aquella primera “primavera de los fanzines” descubrieron al Moebius y al Enki Bilal de principios de los ´70, cuando eran dos bestias desaforadas que te destruían las retinas a base de cross-hatchings enfermizos y ponían “de moda” uan estética barroca, recontra-sobrecargada, con un cierto aire de decadencia, de putrefacción, que les venía bárbaro sobre todo cuando se metían con el universo narrativo de H.P. Lovecraft y cosas así. Burman es una de esas bestias, dueño de un trazo complejísimo, ideal para el barroco y el exceso de rayitas. En general, es un estilo peligroso, que muchas veces conspira contra la comprensión de lo que uno está leyendo y contra el flujo de la vista de una viñeta a otra, que es la esencia misma de este lenguaje al que llamamos Historieta. Burman logra ese improbable equlibrio entre impacto visual y solidez narrativa en las dos últimas historietas del tomo: Paul is Dead (que es la más fea de ver, porque mezcla su técnica con la del claroscuro y el resultado no funciona) y en la de los zombies, que es realmente impecable. Si más adelante logra dibujar una historieta extensa en el nivel de este último unitario, Pablo Burman se va a instalar rápidamente entre los dibujantes argentinos a seguir muy de cerca.
Volvemos pronto con más reseñas.
El otro día terminé con el Vol.1 de Wonder Woman de George Pérez y ya arranco con el Vol.2… que me gustó un poco menos. Pasada la novedad, hay que convertir esas maravillosas ideas que sirven para relanzar a un personaje que agonizaba en ideas para bancar una serie mensual a largo plazo. Pérez lo logra, pero sin ese ritmo demoledor de los primeros episodios. El maestro le pone todo al desarrollo de personajes y al dibujo. Y Len Wein se encarga de que los diálogos y los bloques de texto estén a la altura.
En todo caso, lo que se desluce un poco son las tramas en sí: la pelea con Cheetah es casi intrascendente y la saga de “Challenge of the Gods” (que da nombre al tomo) se ve manchada por el crossover forzado con Millennium y termina por darle más chapa a Heracles (que hasta acá tenía todo para ser un gran villano) que a la propia Diana. No me acuerdo si Pérez volverá a veletear y Heracles volverá a hacer de las suyas, pero no me convenció la forma en la que (por ahora) lo redime. Me quedo con el gran trabajo en los personajes secundarios, las inolvidables escenas costumbristas o intimistas en las que no está en juego el destino del mundo pero Pérez y Wein igual tiran magia, tanto cuando hacen interactuar a gente común como cuando se meten con los dioses griegos. Ya arranqué con el Vol.3, así que prometo reseñarlo pronto.
Si algún día te levantás con ganas de leer un comic que te haga sentir para el orto, que cada dos páginas te obligue a decir “No puede ser, qué horror, qué injusticia, qué hijos de puta”, te recomiendo 36-39: Malos Tiempos, del maestro madrileño Carlos Giménez. Son cuatro tomos (tengo sólo los dos primeros pero acepto donaciones) que ofrecen una seguidilla de breves historietas en blanco y negro, todas ambientadas la Guerra Civil Española. El Vol.1 arranca desde el principio, desde el estallido mismo del conflicto en 1936, y nos invita a conocer a un vasto elenco de personajes que volverán a aparecer cada vez que Giménez vuelva a enfocarse en la región que cada uno habita. Es decir que algunos se cruzan normalmente entre sí, y otros no (o todavía no).
Si bien Giménez no se limita a dibujar historias que sucedieron en el mundo real, hay una reconstrucción cuidadísima de la época, que le añade verosimilitud a las desgarradoras situaciones por las que atraviesan los personajes. Como siempre que leemos a Giménez, la duda se evapora en poquísimas viñetas: enseguida el maestro nos convence de que esto que nos está contando es LA REALIDAD. Y en este caso una realidad cruenta, atroz, en la que la esperanza se va esfumando página a página. No es fácil leer 36-39: Malos Tiempos, pero obviamente es enriquecedor, como testimonio de un hecho histórico, y como enésima muestra del apabullante talento de uno de los historietistas más completos de todos los tiempos. En cualquier momento me cicatrizan las heridas que me dejó en el alma este libro y le entro al Vol.2.
Me voy a Uruguay en busca de historieta uruguaya, y me vuelvo con… autores argentinos editados en el país hermano. Infestado es una antología con cinco historias autonclusivas, todas escritas con Cristian Blasco y dibujadas por Pablo Burman, autores argentos a los que nunca había oído nombrar. Blasco firma dos guiones excelentes: Henry y uno sin título, que cierra el libro. Ninguno parte de una premisa original, pero aún así, los dos te atrapan, te sorprenden y te emocionan con su fuerza y su intensidad. De los otros tres, uno (el homenaje a Jodorowsky y Moebius que tampoco tiene título) se la banca muy decorosamente, y los otros dos no me llegaron a convencer pero tampoco son una garcha sin ideas. La verdad es que, para ser relatos tan breves (ninguno llega a las 14 páginas), están todos bastante bien.
El dibujo de Pablo Burman me retrotrajo a mediados de los ´80, cuando los muchachos de aquella primera “primavera de los fanzines” descubrieron al Moebius y al Enki Bilal de principios de los ´70, cuando eran dos bestias desaforadas que te destruían las retinas a base de cross-hatchings enfermizos y ponían “de moda” uan estética barroca, recontra-sobrecargada, con un cierto aire de decadencia, de putrefacción, que les venía bárbaro sobre todo cuando se metían con el universo narrativo de H.P. Lovecraft y cosas así. Burman es una de esas bestias, dueño de un trazo complejísimo, ideal para el barroco y el exceso de rayitas. En general, es un estilo peligroso, que muchas veces conspira contra la comprensión de lo que uno está leyendo y contra el flujo de la vista de una viñeta a otra, que es la esencia misma de este lenguaje al que llamamos Historieta. Burman logra ese improbable equlibrio entre impacto visual y solidez narrativa en las dos últimas historietas del tomo: Paul is Dead (que es la más fea de ver, porque mezcla su técnica con la del claroscuro y el resultado no funciona) y en la de los zombies, que es realmente impecable. Si más adelante logra dibujar una historieta extensa en el nivel de este último unitario, Pablo Burman se va a instalar rápidamente entre los dibujantes argentinos a seguir muy de cerca.
Volvemos pronto con más reseñas.
Etiquetas:
Carlos Giménez,
Cristian Blasco,
George Perez,
Pablo Burman,
Wonder Woman
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)










